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lunes, 26 de marzo de 2018

Un café frío, una tarde de perros y los posos de la tiranía tecnológica.





Sentada en la mesa del fondo de una cafetería, e-book en mano y un café enfriándose, levanto la vista cada vez que el movimiento de un cuerpo se interpone entre la luz y mi lectura, espero a mi amiga. Estoy diez minutos antes de la hora marcada, simple manía. Llueve a intervalos rabiosos y, de vez en cuando, tras la violenta descarga de cada uno de esos torrentes expelidos sin piedad por unas nubes grises arreciadas por el viento, asoman tímidamente unos segundos de sol. Hay menos gente en el establecimiento de lo que el estridente ruido de ambiente parece indicar. En la mesa de al lado una familia, padre, madre y niña de unos cinco años. Él, corpulento y con el rostro congestionado, probablemente la copa de coñac que bebe a sonoros sorbos no sea ni la tercera ni, tampoco, la cuarta de ese día, está pegado al móvil por el que habla a voces como queriendo participarnos, al resto, la interesante conversación que mantiene con su amigo Lolín; la madre, entrada en carnes y con cierta carencia de un retoque en el tinte desvaído, parte con las manos grandes trozos de un croissant que se desmiga y que mete, casi a presión, en la boca de la niña a quien le afloran lágrimas, supongo que por la sofocación, apenas si le da tiempo a masticar aunque deglute a la misma velocidad que la madre destripa el bollo. La niña tiene la vista fija en otro teléfono móvil que reproduce alguna serie de animación a todo volumen. Las conversaciones, telefónicas en su mayoría, se entremezclan en ruidosa pugna por prevalecer sobre las demás, una irritante atmósfera cargada de la sonora lucha de egos por imponer la soberanía del timbre de voz más rotundo que me va alterando el sistema nervioso. Mi amiga no llega, normal, aún no es la hora. Vaya tarde de perros y yo que buscaba un refugio tranquilo donde guarecerme de esta inclemente lluvia en buena conversación… Es imposible concentrar la atención en las líneas de la pantalla con tanto ruido. Desisto. De modo distraído voy posando la mirada en las mesas ocupadas y detecto que, en la mayoría de los casos, la gente no mira a los ojos de sus interlocutores, tiene los propios clavados en el teléfono. El teléfono móvil, ese demoníaco aparato que nos ha terminado esclavizando hasta el punto de omitir toda comunicación si no es a través de su tecnológica anatomía, nada escapa a su férrea y opresiva dictadura. El ruido sigue en aumento, fuera llueve como si estuviese próximo el fin de los tiempos, el café se ha quedado frío y mi amiga no viene. Intento llamar la atención del camarero que, con cara de tedio, se encuentra apoyado en la barra, ajeno a las necesidades de la atronadora clientela y absorto en la conversación que, sin duda, tiene lugar en su WhatsApp. Aguardo, esperanzada, a que aun cuando sea de modo involuntario o por un simple acto reflejo levante la mirada presta a hacerle señas para que me dé la cuenta. No aguanto más. Es la oportuna carcajada que ha provocado alguna ocurrencia del tal Lolín en mi vecino de mesa lo que le hace reaccionar, levanta la cabeza, aprovecho y le hago el gesto. Se acerca con desgana y con el móvil en la mano escribiendo un mensaje, apenas me mira cuando me dice el importe. Saco un par de monedas y las dejo sobre la mesa, junto al café frío. Me sobresalta el aviso de la recepción de un mensaje, se enciende la pequeña luz led que me anuncia la causa del retraso, ahora ya sí, de mi amiga a nuestra cita: “He tenido que volver a por el móvil, se me había olvidado. Ya voy ;oP”. Resoplo contrariada mientras pienso en que las relaciones humanas en nuestros días se han terminado limitando a no escuchar al de enfrente sino a embutir, a toda velocidad, palabras tecleadas y absurdos iconos en sofisticadas maquinitas que, cada vez, nos aíslan más de la realidad mermando nuestras habilidades sociales y convirtiéndonos en desconsiderados prisioneros de una ficticia comunicación virtual. ¡Bendita tecnología!.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 26/03/2018.

lunes, 19 de marzo de 2018

Clamor de justicia.



Aspiro profundamente el aroma que desprende su pelo rubio y, escudriño en mi memoria olfativa, es el mismo desde que naciera hace ya seis años. Gonzalo se ha quedado dormido y su naricilla respingona exhala un vaho agradable que me cosquillea en el cuello a intervalos acompasados. Respira tranquilo, reposa sobre tu tía desde la confianza, plácida y serena, de una sensación de protección. Lo abrazo fuerte intentando aprehender esa fragancia balsámica a inocencia, a dulzura… a amor. Sí, huele a puro amor. Pienso entonces en el “Pescaito”, ese pequeño de ocho años a quien un desvarío desalmado le ha arrebatado la vida. Y pienso, cómo no hacerlo, en sus padres. En un enorme vacío ocupado ahora por la nada; una nada fría, gris, lúgubre que espero y deseo no los acabe engullendo. Es duro, muy duro. El ser humano no está, no puede estarlo, preparado para asumir la pérdida de un hijo y menos en condiciones tan execrables. No quiero ni imaginar el dolor de esa madre a quien le han desgarrado las mismas entrañas que una vez le dieran la vida a su niño muerto, no puedo pensar en la sensación de culpabilidad del padre quien, de modo totalmente involuntario, puso en el camino del hijo al monstruo que lo terminaría convirtiendo, por unos días, en el hijo de todos los españoles que hemos seguido, con angustia y desazón, esos doce días de horror hasta el fatal desenlace. No puedo omitir, tampoco, mi admiración y respeto hacia los “cazadores de brujas” que, sin cejar en su empeño, cumplieron con la palabra empeñada de encontrar a Gabriel; lo hicieron aunque ese siniestro hallazgo les provocara el llanto, por tantos días contenido. Lágrimas de dolor, un dolor tan fino como el que causa el cristal al resbalar por la piel mojada. El “Pescaito” yacía en un maletero. Ocho cortos años de vida dormían un sueño eterno, cubiertos de barro y arropados por una sucia manta. Un niño, otro más, inerte. Su asesina a quien le niego el derecho de haber actuado empujada por un delirio celotípico -los psicópatas carecen de sentimientos, viven anclados en un desierto en el que la empatía es sólo un espejismo- que pudiera atenuar la gravedad de su condena, deberá cumplir, ahora, su deuda con la sociedad asumiendo la pena que se le imponga pero jamás podrá saldar la moral: la pérdida irreparable de una vida humana destrozando, también, las de toda una familia. Veremos si se le aplica, además, esa ley no escrita de la cárcel, la verdadera condena que dudo pueda resistir, y que vendrá impartida por la propia población reclusa: las presas ya han dictado Sentencia haciendo suyo el hijo muerto. Y aunque no creo que la solución para proteger el bien común sea instaurar la pena de muerte pues la sociedad se deshumanizaría al presentar un comportamiento similar al que precisamente pretende punir creo, firmemente, que el único medio efectivo para salvaguardar el orden social y preservar, de este modo, a los más vulnerables es desterrar a quien no está preparado para habitar entre sus congéneres sin atentar contra ellos. No es sed de venganza sino un profundo clamor de justicia. ¿Imaginan cómo nos sentiríamos si, por uno de esos desatinados avatares del destino, se cruzara algún día en nuestras vidas una “Ana Julia”, un “Chicle” o un “Bretón” cualquiera?, ¿acaso no impetraríamos un castigo proporcional a la gravedad del daño sufrido?, ¿de verdad pensamos que nuestro actual sistema penitenciario tiene un fin tendente a la reinserción social del delincuente?, ¿alguien cree que un ser que no tiene escrúpulo alguno en privar de vida o violar a otro puede modificar su conducta?... Perdónenme, amigos lectores, pero no estoy segura de, llegado el caso, poder ser una Patricia Ramírez, un Juan Carlos Quer, un Juan José Cortés o un Antonio del Castillo más aceptando, desde la serena entereza, semejante dolor. No. Prefiero prevenir a tener que llorar… Gonzalo abre los ojos y me sonríe, es cuando le prometo que siempre haré lo que esté en mi mano por protegerlo incluso exigir la prisión permanente revisable. Es mi deber, ¿no lo consideran también el suyo?.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 19/03/2018.

lunes, 12 de marzo de 2018

Llamadme Ismael...


“Llamadme Ismael…” pocos comienzos hay tan famosos en la historia de la Literatura. Con esa frase y no otra inicia, el narrador de Moby Dick, el épico relato de la caza de la gran ballena blanca. Lo que se gestaba en la mente de Melville al relatar, magistralmente, la travesía del ballenero ‘Pequod’ nadie podrá saberlo a ciencia cierta, una obra es tanto mejor cuanto mayor es el número de significados que de ella se desprendan y, es inevitable, cada lector la interpretará de forma subjetiva variando en función de la época, las circunstancias o, incluso, de la personal visión que del mundo tenga quien se sumerja en sus páginas. Aunque parezca obvio que la novela trata sobre la venganza, no puede negarse el paralelismo entre el demente proceder del Capitán Ahab y la moralizante obsesión puritana de los fundadores de las “Trece Colonias”. Para mí es, simplemente, una de las más bellas alegorías de la política humana atemporal, aquella que queda reducida a la pérdida de la dignidad o, incluso, la vida tras los pasos de un líder que hace tiempo sucumbió a la sinrazón llevando al desastre del hundimiento a la nave y a su tripulación. Pienso que la novela, que traspira una gran riqueza descriptiva arrastrando al lector hacia una apasionante navegación por experiencias metafísicas, culminó para su autor con el nacimiento de una criatura monstruosa que lo terminaría engullendo, como a Jonás, mientras a través de sus líneas nos enseña a esperar igual que esperaron atónitos, en medio de tempestades y atardeceres en calma, los arponeros del barco, siempre sometidos a la totalitaria y enfermiza voluntad del Capitán. Apago, hastiada, el televisor y resuena en mi mente, con un eco casi metálico, ese “Llamadme Ismael”… La proyección mediática de lo que han venido en denominar “paro histórico” ha copado la actualidad informativa hasta el hartazgo, postulada como una movilización apolítica en favor de la mujer se invocaba a la unidad frente a no sé bien qué. Han salido así, a la calle, miles de mujeres – no emplearé, deliberadamente, el término “feminista” para no desnaturalizarlo, yo lo soy y nunca permitiría que nadie pusiera voz a mis palabras, no toleraría un trato desigual por mi condición y, por supuesto, no me considero inferior ni superior a ningún hombre como tampoco a ninguna mujer- y han ejercido, quienes lo han considerado oportuno, su derecho a huelga; no haciéndolo aquellas otras que, a su libre criterio, han optado por lo contrario. Yo, el pasado 8 de marzo, desde el profundo reconocimiento y sincera admiración hacia quienes nos precedieron y contribuyeron, con su esfuerzo, a levantar la sociedad actual, lo dediqué a cumplir con mi obligación y no porque me muestre a favor de la discriminación de ningún ser humano, por la causa que sea, sino porque creo que el lugar que cada uno quiere ocupar lo gana con trabajo y con sacrificio. La educación que recibí de mis padres fundamenta una mentalidad crítica hacia todo aquello que pueda venir impuesto y si jamás aceptaría tener un portavoz, no sé por qué extraña razón iba a consentir que lo fuera una “portavoza”. Ya lo ven, no creo en el politizado “apesebramiento” de protestas reivindicativas y cuando, alguna vez, me he sentido víctima de un acto machista y créanme que han sido frecuentes en mi profesión, tradicionalmente masculina hasta hace bien poco, me he defendido, sin perder jamás las formas, poniendo en su sitio al mentecato autor de semejante osadía. Siempre he preferido ser yo quien inicie la solitaria persecución de mi personal gran ballena blanca sin arrastrar a nadie más, especialmente si se torna obsesiva, razón por la que no permito que me incluyan en guerras colectivas con las que no puedo ni debo identificarme. No veo la necesidad de exigir un derecho que ya se encuentra consagrado, ni la de defender de modo colectivo una vulneración individual del mismo. Cada quien, hombre o mujer, habrá de narrar, en primera persona, la historia de su propia lucha pues sólo así se habrá ganado el derecho a ser llamado Ismael…


Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, el 12/03/2018.

lunes, 5 de marzo de 2018

Las cigüeñas burguesas: crónica de dos realidades paralelas.





Es curioso que no haya, en Badajoz, una sola chimenea o campanario que no estén coronados por un nido de cigüeña. Estoy trabajando en la habitación de la última planta del hotel cuando reparo en la existencia de dos aves de regio porte, entorno los ojos intentando agudizar la vista. Hieráticas, sobre sus esbeltas patas, observan desde la altura y, en un alarde de simpleza vital, parecen conformarse con asistir, impertérritas, al discurrir de la vida que tiene lugar ahí abajo. Apenas se mueven, sólo leves giros de cabeza. Me pregunto qué pensarán, si es que piensan, de esos insignificantes bípedos, incapaces de desplazarse por el aire, ajenos a la majestuosidad del vuelo y el planeo. Sí; estoy convencida de que nos consideran inferiores. Vuelvo al café que, poco antes, me ha traído la camarera de planta pero no puedo desprender los ojos de las cigüeñas. Las cigüeñas… esos extraños seres, otrora, migratorios. Es asombroso el paralelismo que encuentro entre ellas, las cigüeñas, y nuestra clase política, también extraña y migratoria. Antes, cuando la temperatura se hacía menos benévola, alzaban el vuelo en busca de climas más benignos: los pájaros hacia África, los humanos hacia la orilla que mayor indulgencia pudiera proporcionar a la bandada. Me sorprende que hayan modificado, dentro de la cadena trófica, sus hábitos alimentarios abandonando el natural instinto de la caza de saltamontes y otros pequeños insectos, peces o anfibios por la placidez del cómodo abastecimiento en basureros urbanos, lugares, éstos, donde con menor esfuerzo se nutren de la inmundicia que les permite dar continuidad a su ciclo vital. Exactamente igual que nuestros políticos que, lejos de batirse en los honorables combates dialécticos de antaño, desde la solemnidad de un hemiciclo considerado el templo de la sagrada representación institucional de todos los españoles, han descendido paulatinamente, auspiciados en su caída por rastas y vaqueros rotos, a la ciénaga del ataque personal, la corrupción y el enriquecimiento propio a costa de los exangües ciudadanos a quienes nos consideran, sin duda, insignificantes bípedos incapaces de desplazarnos por el aire, ajenos a la majestuosidad de su vuelo y planeo en ese cielo de las altas esferas. Sí; nuestros políticos son cigüeñas. Así, el polluelo de la orgullosa cigüeña naranja cuando rompió el cascarón crotoró con fuerza reivindicando su condición para ir variando luego, su plumaje, hacia un tono entre el azul o el rojo, según le conviniera, iniciando una predecible oscilación a fin de saciar la gula acumulada durante su proceso de gestación. En cambio, la conocida como cigüeña de plumaje azul conserva, como principal característica, un severo estatismo pues, a modo de alarde de simpleza vital, se conforma con asistir, impertérrita, al discurrir de la vida que tiene lugar bajo sus esbeltas patas; sin prisas, sin tiempos. La de cola roja, por su parte, presenta mayor similitud con el comportamiento de las avestruces, con frecuencia ni está ni se la espera más allá de mantener la cabeza bajo tierra y sacarla del agujero sólo cuando el hambre aprieta, por contraposición a la más agresiva de la especie, producto de un accidente de la democrática Madre Naturaleza: la morada; ave a la que, hace tiempo, se incluye dentro de las carroñeras por alimentarse de la biomasa en descomposición aunque, dicen los entendidos, se encuentra en vías de extinción dado que, con frecuencia y pese al instinto de supervivencia, los especímenes que presentan algún defecto o tara en su morfología acaban siendo fagocitados por otros. Su fin es inevitable… Elucubro acerca de esos movimientos migratorios y en ambos casos, el animal y el humano, concluyo que el motor de esos ciclos de migración, más que en la temperatura, se explica en el sustento: ¿por qué conseguir con esfuerzo lo que se obtiene sin él aunque sea en un vertedero?. El café se ha quedado frío. El cursor parpadea en la pantalla a la espera de que abandone mis pensamientos y me centre en mi tarea. Las cigüeñas siguen arriba, en su nido, ajenas al discurrir de la vida y nuestros políticos, hieráticos, en el suyo, también ajenos. Es… mi crónica de dos realidades paralelas.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 05/03/2018.



martes, 27 de febrero de 2018

Un enano negro con azogue, una anticapitalista y la clase económica.








Llego exhausta y empapada en sudor a la puerta de embarque: portátil, bolso, trolley -de las dimensiones exigidas por la Compañía para ser considerado equipaje de cabina- a punto de eclosionar, temo que, en cualquier momento, su contenido acabe desparramado sobre el pulido suelo y el abrigo puesto, carezco de brazos ya en los que portarlo. Quedan más de cuarenta minutos para embarcar, saco el portátil y me dispongo a aprovechar el tiempo. Hay más pasajeros, en tránsito, procedentes de otros puntos que también tomarán ese mismo vuelo hacia Roma donde tendré que correr, otra vez, para alcanzar la conexión que me lleve a mi destino. Cada uno está a lo suyo, respiro hondo intentando apaciguar el estrés que me invade cada vez que salgo de viaje: los nervios que genera encontrar el vuelo en las pantallas, la incertidumbre del tiempo que llevará llegar hasta el embarque, no olvidar nada en la cafetería en la que has tomado un café malísimo después de pasar el control de seguridad y recoger todas tus pertenencias de las diversas bandejas donde las has diseminado y que acabas colocando rápidamente mientras te abrasas el paladar con el contenido del vaso de plástico. Es lo que tiene volar en clase económica: cargas con tu equipaje y no disfrutas de una sala VIP en la que amenizar la espera. Reparo en un niño pequeño justo a mis pies, repta por el suelo, se levanta, salta desde un carro porta-equipajes, grita, corre entre quienes aguardan la apertura de la puerta con caras de fastidio ante las molestias que provoca, me pregunto bajo la responsabilidad de quien estará. Consulto el correo. Levanto la mirada justo cuando el niño impacta contra mí golpeando el ordenador, le clavo los ojos entornados mascullando un “nene, te estampaba contra la cristalera como si fueras una mosca”. Se aleja, vuelvo al correo. No advierto que el señor que ocupaba el asiento de al lado se ha levantado hasta que en mi campo de visión entra una manita gordezuela de dedos cortos que invade el teclado golpeando las teclas aleatoriamente, el cursor escupe una hilera indescifrable de símbolos y letras. Pienso en que si aquél enano con azogue no fuera negro – sí, negro, como yo soy blanca o el que no tiene pelo es calvo – hace tiempo que habría puesto el grito en el cielo pero, claro, nos invade cierto pudor cuando el causante de la molestia es diferente. Le sujeto la mano y busco con la mirada a la persona con la que viaja, es una chica que habla por teléfono, al principio creo que es la hermana, no aparenta más de quince o dieciséis años pero no, es la madre, la interrogo con la mirada queriendo saber si piensa o no hacer algo. No suelto la mano del niño y se la exhibo. “¡Ay!, espera, mi ‘amol’ que Alfonsito ‘parese’ que la ha vuelto a ‘lial’ – le dice al auricular con el acento dulzón del Caribe– Ande, mi negro - ¡¿mi negro?!, toma ya y yo con escrúpulos – pórtese bien o no le daré sus chocolates”. El niño rompe en llanto, se tira al suelo y la emprende a patadas conmigo. Ya está bien, hasta aquí hemos llegado, yo soy blanca y el que no tiene pelo es calvo, el nene es un salvaje y ya puede ser verde aguamarina pero yo no aguanto esta tortura más. “Oiga, haga el favor de atender a su hijo”. Es lo que tiene volar en clase económica, ya lo ven. El señor que se sentaba a mi lado ha ido en busca de alguien del personal de tierra que se dirige a la madre llamándole la atención mientras él, en un perfecto inglés pincelado de matices italianos, me explica que el niño lleva con esa actitud desde que salieron de Miami la noche anterior. Sonríe mientras con el mentón me señala el periódico que alguien ha olvidado en el que aparece la foto de una irreconocible Anna Gabriel y sentencia: “Seguro que su compatriota no ha sufrido tales molestias durante su viaje a Suiza”. “Claro –reconozco devolviéndole el guiño- ella es anticapitalista y, sin duda, ya está acostumbrada”.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 26/02/2018.-

viernes, 23 de febrero de 2018

Y lo llamaron “arte”.






No comenzaré, hoy, mi reflexión mediante el ñoño y pánfilo recurso al latín con un encopetado “¡vade retro, Satanás!” ni seré, tampoco yo, quien les espute en pleno rostro pintarrajeado, bajo una lluvia de agua bendita, la amenaza divina de una potencial condena al fuego eterno, a esos esperpentos sobre ingentes plataformas que han encontrado en la blasfemia una fuente inagotable de inspiración carnavalesca parodiando, sin ningún rubor, escenas de una cargada simbología para los creyentes católicos. No. No lo haré y no me disculpo por ello, ya lo ven. Mi crítica hacia todos esos irreverentes que pueblan éste, nuestro país, históricamente aquejado por una recalcitrante mala baba tiene argumentos menos escatológicos y más mundanos y son, entre otros, que como católica empiezo a experimentar un profundo hastío ante la continua ridiculización de mi fe. Aplaudo vivir en un Estado aconfesional que garantice la libertad de credo pero agradecería que, por éste, se reconocieran, también, mis derechos. No hay conflicto posible: una persona puede – para mí perdiendo, con ello, todo sentido del ridículo e, incluso, la dignidad – desvestirse o vestirse como guste, pintarse y/o tocarse con un enorme penacho de plumas para divertimento propio o ajeno haciendo uso de su libertad pero, sin duda, lo que no se puede amparar es que lo haga a costa de la mía, algo por lo que tampoco voy a disculparme. Tenemos la piel muy fina cuando se trata de preservar a ciertos colectivos, llegando incluso a proscribir términos que pudieran resultar hirientes – cuando un imbécil, es obvio, es y será toda la vida un imbécil, no hay más, ni tampoco mayores paliativos para expresar una realidad objetiva: la absoluta supremacía de la imbecilidad más arraigada – pero, en cambio, la manga se torna muy ancha cuando de lo que se trata, en pro de la modernidad, es de denostar la fe católica. Hay quien alude a la evidente cobardía de los autores de semejante oprobio al evitar, en cambio, hacer broma con el Islam, ya sabemos que cualquier afrenta al Profeta se paga con la sangre del infiel; nuestro credo predica el ofrecimiento de la otra mejilla, bien cierto es, pero nada dice acerca de una posterior actuación tras ese doble abofeteamiento siendo esta ausencia de instrucciones lo que me lleva a cuestionarme qué pasaría si, los católicos, haciendo honor a esos retratos costumbristas de la época de Goya que decoraran un día la Quinta del Sordo, recrearan una de aquellas pinturas negras: ‘Duelo a garrotazos’ tras saltar al escenario donde se caricaturiza su fe. Supongo que los titulares serían “brutal ataque homófobo en pleno carnaval”, “ultracatólicos la emprenden a golpes” o “quiebra de la libertad de expresión”. Sería noticia el hecho y lo seguiría siendo, después, las consecuencias judiciales derivadas del mismo. En cambio que, por segundo año consecutivo, unos espantajos afeminados – dado que el uso de otro término no sería políticamente correcto, amén de denigrante – no encuentren mejor modo de hacer el indio que el de desairar y escarnecer al catolicismo no deja de ser meramente anecdótico, transgresor e incluso, pobres idiotas, hasta original. Maravillas del progreso y de su progresía. Y aunque el ‘Drag’ autor de tan provocador numerito blasfemo – “arte” lo llamó - se haya declarado abiertamente homosexual, no caeré ahora en la tentación de hacer chascarrillo fácil de su siempre respetable condición pero sí me permito la licencia, sin tener que disculparme –en Carnaval todo se permite-, de sugerirle otro argumento, en similares términos jocosos y festivos, con el que dar rienda suelta a su, al parecer, monotemática creatividad para el año próximo con una fantasía que bien pudiera titularse “De plumitas y plumones, maquillaje y tacones". Pues si se trata de arte y no puede calificarse de cristianofobia tampoco podrá apreciarse homofobia en su próximo espectáculo. Bondades de la Santa Democracia por cuya intercesión todo se concede, ya lo ven.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 19/02/2018.

lunes, 12 de febrero de 2018

Sin remedio, sin perdón ni futuro, según Lola.


He tenido la prevención de llegar quince minutos antes de la hora acordada pero Lola ya está allí, siempre tuvo esa manía. Está sentada en una mesa de la (nuestra) Plaza del Pósito, donde concertamos vernos unos días antes de su regreso a Jaén después de veinte años, que son los que lleva por esos mundos de Dios, de cooperante en misiones humanitarias. Lola está más vieja, yo también, claro. Estoy a pocos metros y es cuando escucho su cantarina voz “Nene, jomío, dale chisque a eso que me estoy quedando entelería”, le dice al solícito camarero que sube inmediatamente el gas de la estufa bajo la que se encuentra sentada. Con cara de fastidio deja el periódico que estaba leyendo sobre la mesa y es cuando repara en mí, se le ilumina la cara con una amplia sonrisa. Un par de fuertes abrazos después, multitud de besos y expresiones de alborozada y sincera alegría por el reencuentro, nos sentamos y pedimos unas cervezas. Me cuenta que ha venido unos meses para “arreglar papeles” pero que su intención es volver a Mozambique donde colabora en un dispensario que ofrece información y medidas preventivas para combatir el SIDA y otras enfermedades. Cuando le pregunto cómo se ha encontrado la ciudad me mira entornando los ojos –temo lo que pueda soltar tras ese gesto, tan suyo, y me mantengo alerta esperando su respuesta- “Pues… peor que nunca ¿o es que, acaso, tú la ves mejor?. Un tranvía fantasma reconvertido en parking, unas escaleras mecánicas paradas, parques que son verdaderos campos de minas de deposiciones caninas, suciedad en las calles, una circulación rodada poco práctica…” enumera extendiendo sus dedos, largos y huesudos, según va relatando. La interrumpe el griterío de niños jugando entre las mesas, uno de ellos tropieza y acaba sobre ella. El zagal, de unos siete u ocho años, se incorpora y sale en estampida junto a los otros sin disculparse pero propinando un codazo a Lola. “Anda que… menuda educación le están dando al criaturo” y continúa diciéndome que le parece un despropósito las actuaciones que se han venido acometiendo, la emprende inevitablemente con la clase política, se enciende, aún más, con la noticia de la remodelación de la (nuestra) Plaza del Pósito que, al parecer, era lo que estaba leyendo cuando he llegado, no quiero interrumpir su discurso y la dejo explayarse: “…Porque, ea claro, es muy necesario rebajar el desnivel, ¡cómo si esto no fuera Jaén y sus cuestas!, pretenden hacer un pasillo que rodee los bares y locales y cambiar el embaldosado también – me explica -, todo eso es mucho más importante que invertir en mejorar las instalaciones municipales, los servicios públicos o el fomento del turismo… vamos que, la remodelación, es tan útil y precisa como tener unas vías de tranvía sin tranvía… – los niños vuelven a acercarse a la carrera, sorteando camareros con bandejas en alto y clientes, gritando entre empellones y ruidosas carcajadas- … ¡Nenes ya, qué a gusto deben estar vuestros papas disfrutando de su cerveza, cooooño!... – les clava una mirada asesina – En educación, habría que invertir en educación” decreta. “Oye… - es una mujer con cara de enfado que se nos acerca - ¿por qué no dejas tranquilos a los niños? sólo están jugando”, ¡glup!, me barrunto que se avecina el temporal y, antes de que termine de pensarlo, oigo la respuesta serena de Lola que, sin levantar la voz, contesta en tono de hastío “Verá, señora, esto no es una zona de juegos. Quienes venimos aquí es para disfrutar de un rato de ocio y descanso. Me parece muy bien, incluso necesario, que los nenes jueguen pero, claro, sin molestar al prójimo. Supongo que alguno de ellos es su hijo, debe estar usted, sin duda, muy orgullosa de él. Enhorabuena pero, por favor, disfrútelo usted y prívenos al resto, de tan incordioso goce. Gracias”. La atónita madre se da la vuelta, muda, al tiempo que Lola se dirige a mí “¿Qué estaba diciendo…? – frunce el ceño, bebe un sorbo del botellín - ¡ah sí!… ¿y, con este panorama, me sigues preguntando que cómo está Jaén? pues sin remedio ni perdón y creo que aún menos futuro, ya lo ves” y mira hacia los pequeños salvajes que cabriolean, ajenos, entre la sufrida concurrencia. 

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 12/02/2018.

lunes, 5 de febrero de 2018

El profeta postrado.


Estuvo a la altura intelectual esperada, el Magistrado Llarena, rechazando la petición de la Fiscalía de dictar una orden europea de detención contra Puigdemont quien creyéndose el “más listo de la clase” e insultando, con ello, la inteligencia de nuestras instituciones, había urdido la provocación de un viaje a Dinamarca, como burdo medio de forzar su detención y justificar su ausencia en el pleno de investidura pero no sólo no cayó en su trampa la Justicia Española sino que aceleró, drásticamente, el final de la bufonada independentista alentada por la torpeza del Gobierno con una aplicación leve del 155 y la convocatoria precipitada de nuevas elecciones sin haber limpiado la era previamente, lo que culminó, tal y como era predecible, con un nuevo giro de tuerca que nos puso en la antesala del esperpento: la posible investidura telemática de un delincuente prófugo, un holograma, como Presidente de un gobierno autonómico golpista. La sucesión de los hechos – tras haberse cerrado cualquier posible vía de escape decorosa – ha derivado, finalmente, en el “sacrificio” del huido por parte de sus acólitos. “Supongo que tienes claro que esto se ha terminado, los nuestros nos han sacrificado, al menos a mí”, rezaba un desvaído mensaje recibido por Comín de quien, personalmente, sospecho fue el ungido para difundir la mártir revelación - ¿qué avezado político abre el móvil y lee los mensajes sin ocultar la pantalla cuando sabe que a sus espaldas se sitúa todo un ejército de cámaras y periodistas?, ¿intencionalidad u oportuna torpeza?-; unas palabras escritas con los estertores de la resaca del delirio provocado por esa ingesta, ansiosa y temeraria, del proscrito licor en una timba de póker con cartas marcadas que, aun así, ha resultado fallida aunque poco haya faltado, al haber sido inevitable ese recorrido por el filo de la navaja, y cerca estuvo el Gobierno del PP de facilitar a los rebeldes una victoria, sin paliativos, a la que hubieran sacado un gran provecho, en España y fuera de ella, mediante el recurso al indigno arte de la manipulación propagandística en el que han demostrado ser grandes maestros. Los españoles podemos respirar ya tranquilos, el prófugo no será Presidente de la Generalidad, hasta sus correligionarios lo dan por extinto, una felonía esperada como paso previo a la progresiva asfixia de la intentona golpista que fenece ante esa lastimosa mirada que asoma bajo el grotesco flequillo de aquél que, principal instigador, quedará indeleblemente unido, en la memoria colectiva, a los impúdicos adjetivos de “cobarde”, “delincuente” o lo que, sin duda, le resultará al henchido ego de Puigdemont infinitamente más doloroso: “ridículo”, encontrándose abocado a la prisión o a la perpetua huida. Y es que este esperpento de pobre factura ha llegado ya a su fin, el recorrido, aunque corto, ha sido más largo y costoso de lo aconsejable si tenemos presentes los mecanismos legales que el Gobierno de España tenía a su alcance para haber sofocado de manera irreversible esta patochada que, no obstante, podría haber irrogado un insalvable daño a la Nación. No faltará quien se ponga las medallas enarbolando la manida enseña de “quien resiste, gana” o los portavoces del Ejecutivo, felicitándose por su buen hacer, desde la displicente posición que les otorga ese mensaje subliminal que parece guiar cada uno de sus actos “No sabemos que haríais sin nosotros; no nos merecéis, lo sabemos. De nada” pero lo cierto y verdad es que este fracaso se debe, única y exclusivamente, al propio independentismo intrínsecamente traidor en su esencia. Ya se sabe que nadie es profeta en su tierra pero a éste, además, lo han crucificado sus correligionarios a modo de redentor chivo expiatorio por los pecados de soberbia cometidos contra el Padre Estado y la Santa Madre Constitución. Probablemente este desvarío continúe pero, al menos ahora, los instigadores conocen las consecuencias de quebrantar la Ley. No seguirán los pasos de un profeta postrado. Ya no.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 05/02/2018.


lunes, 29 de enero de 2018

El tonto y la ‘verea’.


Categórica es la sabiduría popular, basada en la incunable experiencia del vivir, al rezar “cuando un tonto coge una ‘verea’ se acaba la ‘verea’ y sigue el tonto”... Tras la descarnada pugna a sangre y puñal, ya sofocada, por lo que parecía ser la sucesión de un pretendido Rajoy fenecido, don Mariano, que no se anda con chiquitas, ha firmado cuantas sentencias de ejecución política ha sido menester frente a los osados que amagaron con obstaculizar sus planes de un perpetuo apoltronamiento en el sacrosanto trono de la Moncloa -¡con pistolicas de agua y naricicas de goma le va a venir nadie al gallego!-. Ha sabido dividir, hábilmente, a sus enemigos hasta provocar el recíproco exterminio quedando, siempre, incólume a toda culpabilidad y ya ha confirmado que se presentará candidato para volver a liderar el PP. Un PP que se desmorona bajo unos cimientos pútridos, deteriorados por la carcoma de la corrupción y el estatismo timorato en las labores, legítimamente exigibles por la ciudadanía, del gobierno de una nación soberana más expuesta que nunca a los peligros de su desfragmentación. Ha sido larga la ‘verea’, demasiados años, quizás, en el poder desde que diera inicio su trayectoria a principios de los 80. Una senda transitada en compañía de millones de españoles, ya hastiados, que se han ido quedando en sus márgenes aunque, esto, poco – o nada- le haya importado al andariego que, con paso firme y ajeno a críticas y advertencias, continúa su marcha alentado por los vítores de quienes medran a su sombra. Hoy, tras numerosas derrotas electorales de un desacreditado partido que han encontrado su culmen en Cataluña con un hilarante “entierro de la sardina”, los continuos incumplimientos de promesas electorales garantistas del derecho a la vida o de la lucha contra los herederos naturales del terrorismo etarra y las reveladoras informaciones acerca de una financiación ilegal y del enriquecimiento ilícito de algunos de sus dirigentes, Mariano Rajoy se postula, por sexta vez, como único líder de una institución, fermentada y añeja, que impide el paso a nuevas caras, libres de pecado y merecedoras de mayor crédito, que puedan revitalizar una organización con metástasis aplicando una terapia de choque que limpie el engranaje y recupere el hálito de lo que un día fue, y supuso, el Partido Popular -¡bendito tiempo aquél!-. Pero ya se sabe que “cuando el tonto coge la ‘verea’…” y es, precisamente, ese obcecado empecinamiento en seguir quemando cartuchos, de pólvora húmeda se entiende, lo que está provocando la agonía, una lenta exanguinación de votos que resbalan hacia otras siglas. Un descontento generalizado que invade, incluso, el mecanismo endógeno de la propia organización, también en esferas inferiores: las de las otras ‘vereas’, municipales o regionales, en las que, aquellos a quienes se acusa de insurrectos, se niegan al inamovible estatismo de cargos imperante, a los “dedazos” del amiguismo  interesado y a las predecibles coronaciones de delfines prematuramente endiosados,  los mismos, silenciados, que reprueban la autoritaria endogamia que se retroalimenta del “hoy por ti, mañana por mí” y que, indefectiblemente, se ven, por ello, condenados al vil ostracismo. Y es que el hartazgo aunque ignorado por el instinto de supervivencia de la ególatra cúpula popular es patente entre votantes y militantes que asisten incrédulos a un ceremonioso harakiri pues deben pensar, los impasibles dirigentes, que esa muerte es más honrosa que un abandono del campo de batalla que, en modo alguno, sería por cobardía pues se requiere gran gallardía para reconocer la manifiesta incapacidad propia para seguir tripulando una nave a la deriva que se hunde con el lastre de la negación de lo evidente… y es que la ‘verea’ hace tiempo que se acabó.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 29/01/2018.

lunes, 22 de enero de 2018

Nuestra protección no es su lucha.



Es una tarde de viernes, como cualquier otra, me encuentro absorta en las líneas de un artículo del ‘Irish Independent’ acerca de la temprana e inopinada muerte de la cantante de The Cranberries, icono de toda una generación, la mía, cuando me sobresalta el sonido alertando de que el buzón electrónico acaba de recibir un nuevo e-mail y aunque la lectura es interesante la curiosidad me obliga a interrumpirla, consulto el correo. Es una solicitud de apoyo, a través de la plataforma change.org, a la petición formulada por el padre de Diana Quer quien, bajo el lema “tu protección es nuestra lucha”, solicita apoyos para evitar la derogación de la prisión permanente revisable en los casos de delitos de extrema gravedad. Sin dudarlo la suscribo y explico el motivo, no es una decisión repentina y guiada por la indignación provocada tras conocer los detalles más escabrosos de la actuación de ese psicópata de grandes incisivos que tras su bobalicón rostro, casi cómico, esconde un alma despiadada y enferma. Esta medida coercitiva que entiendo ajustada y proporcionada para determinados ilícitos y así lo avalan sujetos como éste o los protagonistas de numerosas crónicas de sucesos – Bretón, Santiago del Valle, Carcaño y tantos otros depredadores sexuales – que contemplamos, no obstante, desde la poco empática y lenitiva distancia de resultarnos ajena la familia afectada. Fue, cabía esperarlo, el PNV quien presentó una proposición de Ley tendente a la derogación de la pena introducida en el Código Penal por el PP en 2015 – que desaparecerá, si no lo remediamos, en unos días -, castigo éste que, curiosamente, parece herir la extrema sensibilidad, tan cívica y avanzada, de nuestros representantes legislativos que no la de la ciudadanía, pues casi un 70% se muestra proclive a su aplicación, propuesta a la que se unió la totalidad de la “progresía” como adalid de los derechos humanos, la justicia y la reinserción – imposible en estos casos – con la incomprensible connivencia de Ciudadanos, sigo sin comprender su abstención pues no entiendo que un tema de este calado deje indiferente a nadie: o se está a favor o se está en contra, por lo que me inclino a pensar que es un mero acto de cobardía o de pusilanimidad política de la formación redentora que tan mesiánicamente se postula como única alternativa. Con su aquiescencia, los naranjas, avalan la supresión de una condena que apoya la mayoría del pueblo español, posicionándose, junto con el bloque progresista, de parte del delincuente merecedor de una segunda oportunidad que les ha sido negada a Diana, a Mariluz, a Marta, a los pequeños Ruth y José. ¿Alguien, en su sano juicio, puede pensar que alguno de estos asesinos se rehabilitará pudiendo reinsertarse en una sociedad que no esté tan enferma como ellos?, no hemos de perder de vista que las penas tienen, efectivamente, una doble función: la punitiva a modo de expiación por el pecado cometido y que encierra, o se pretende, un efecto disuasorio y la de reinserción mediante una reeducación del delincuente que posibilite la eliminación del riesgo para la seguridad y el orden común. Algo poco probable en este tipo de conductas pero ya lo ven, la mayoría de nuestro Parlamento proclama la abolición de una reclusión a perpetuidad sometida a revisiones, garante de la seguridad ciudadana, en pro de las ‘libertades civilizadas’ y dormirán luego, los señores diputados, plácidamente desde el convencimiento de que contribuyen al sostenimiento de una sociedad desarrollada y moderna, condenándonos al resto a un desasosegado y perpetuo insomnio: nuestra protección, no es su lucha. Mientras termino de escribir el artículo me viene a la cabeza esa estrofa de la canción ‘Zombie’, inspirada en un atentado del IRA, en la que la gran Dolores O’Riordan, tras mencionar como el cadáver de un niño es recogido, se pregunta “¿Quién de nosotros está equivocado?”. Creo que, en nuestro caso, es evidente.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, el día 22/01/2018.

lunes, 15 de enero de 2018

Defender lo público en Jaén: ¿misión imposible?.


Siempre me he sentido – y me sentiré- orgullosa de ser “más de Jaén que Furnieles”. Como enamorada de mi tierra la defenderé a capa y espada pero he de reconocer que cada día se me hace más difícil poner en valor mi ciudad y sus bondades. Los ‘recursos son escasos’, hecho objetivo y totalmente cierto. No podemos ‘esperar milagros’ de quienes los gestionan, habrá de concederse necesariamente pero… se les puede, y debe, exigir una racionalización de su gestión. Lo que no se puede negar, tampoco, es el paulatino efecto disuasorio que, para quienes gustamos de practicar deporte con regularidad en las instalaciones municipales, suponen las dificultades con las que nos venimos encontrando y que terminarán abocándonos al uso alternativo de centros deportivos privados. Cada día, a las ocho en punto, acudo la piscina de La Salobreja, a excepción de los viernes que, al abrir a las nueve, la conciliación con el horario laboral se torna imposible y ahora, al parecer, también tendré que renunciar a asistir los jueves, día en el que los Centros Educativos, con algún Convenio suscrito, llevan a sus pupilos a familiarizarse con la natación. De las seis calles de las que dispone, frente a las ocho de la otra piscina municipal, se ceden tres gratuitamente para uso y disfrute de la jubilosa chavalería a fin de inculcarle la práctica del deporte. Esto es, los usuarios que, por afición o por prescripción terapéutica, abonamos el precio que nos da derecho a hacer uso de la instalación pública a una hora que, es obvio, es la única a la que podemos concurrir, nos vemos en la necesidad de hacinarnos en tres calles. Algo que puede considerarse un dislate, las razones son tan abundantes como abrumadoras y, con frecuencia, dolorosas. Para empezar porque resulta absurdo pretender un uso ‘compartido’ de una calle entre tres o, incluso, cuatro nadadores de un dispar nivel técnico – un involuntario aletazo en la cara por aquí, un accidental palazo en la pierna por allá y un más que irritante entorpecimiento continuo en los respectivos entrenamientos - y es que ésta, señores, es la particular ‘tasa administrativa’ que soportamos por inducir a la práctica de tan saludable actividad a la alborozada chiquillería. Me pregunto si, caso de que esos Convenios contemplaran un desembolso económico por el uso de las calles, se seguirían utilizando tres en lugar de dos o de una; me cuestiono, también, si para evitar este tipo de molestias, los parroquianos “de pago” que concurrimos diariamente, desistiéramos de hacerlo y migráramos, como tengo el convencimiento de que terminará sucediendo, hacia instalaciones privadas  -ya se sabe que en ese sector “quien paga, exige” y que “el cliente, a diferencia del votante que sólo la detenta una vez cada cuatro años, siempre tiene la razón”- resultaría sostenible para el Consistorio tan dadivoso empleo de sus instalaciones. Obviamente, lo imaginarán, ya he cursado la pertinente queja; según mis habituales compañeros de batalla acuática, las suyas – ante esta misma situación o las motivadas por el nivel de cloro o la temperatura del agua - jamás han sido atendidas pero yo, ya lo ven, me niego a resignarme pues cuando se abona un servicio público – y, oigan, lo pago religiosamente – nada reprobable hay en reivindicar su calidad. Defiendo el libre acceso de todo tipo de concurrencia, especialmente de la más joven, como también la práctica deportiva a cualquier edad y creo que no debe ser tan ardua la tarea, ni tan ajena a la gestión de la cosa pública, articular un horario racional de uso, en función de las características y dimensiones objetivas de cada instalación y de sus habituales usuarios, que armonice las necesidades de quienes trabajamos y queremos nadar con las de aquellos cuya jornada lectiva se extiende a lo largo de toda la mañana, optimizando así, quizás, los escasos recursos disponibles ante una creciente demanda. No faltará luego, entre nuestros insignes políticos municipales, quien se rasgue las vestiduras cuando sea galardonado con el dudoso honor de ser el nuevo ‘peor gestor público de España’. Precedentes tenemos y la senda está abierta…

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de Butaca, diario VIVA JAÉN, 15/01/18.


lunes, 8 de enero de 2018

Crónica de un bofetón anunciado.




Es lo que tienen las chapuzas. Suelen conllevar que sea, siempre, peor el remedio que la propia enfermedad. La aplicación laxa del artículo 155 por parte de nuestro Gobierno, tan laxa que incluso despertó suspicacias, al menos las mías, acerca de un posible pacto ha supuesto uno de los mayores errores del Ejecutivo pues si ‘Puigdemont I el Huido’ cometió el dislate de proclamar una República Catalana, éste fue superado con creces por Rajoy al convocar unas nuevas elecciones a la mayor brevedad y evitar, así, el “devastador” efecto de una aplicación continuada en la suspensión de la autonomía de la Comunidad rebelde. Las reglas del juego democrático no se ciñen, únicamente, a que la ciudadanía pueda ejercer su derecho a voto con todas las garantías legales sino que, además, pueda –y deba- hacerlo con libertad. El derecho a decidir libremente sobre cuáles sean las mejores opciones y que pasa por la ausencia de adoctrinamiento y el acceso global a la información, el pleno conocimiento de los timos y fraudes y los efectos de los mismos sin contaminación alguna. En las actuales condiciones no hacía falta ser un Séneca para saber que los separatistas jugarían con la ventaja de desempeñar el papel de mártires vilmente zaheridos a manos del déspota victimario. No era posible que tuvieran lugar unas elecciones libres en el mismo terreno de juego previamente excretado y emponzoñado por la basura sediciosa pero había que hacerlo cuanto antes por ese vano temor a la aplicación de los medios constitucionales que podían, quizás, haber hecho merecedor de nuevas críticas al tibio Gobierno del PP. Este remiendo, cobarde y ladino, se podía -se debía- haber evitado con la firmeza y la valentía que otorga el aval de casi ocho millones de votos, reivindicando, sin complejos ni tapujos, la unidad y la soberanía nacional, denunciando las fullerías de los secesionistas, aplicando la Ley y creyéndose el mensaje constitucional de la indisolubilidad de España. El PP, lejos de eso, ha caído en la red de sus propios miedos y ha pagado un alto precio en Cataluña con miles de votos que han migrado hacia otras fuerzas, haítos, sus propietarios, de la corrupción y la pusilanimidad que enarbola la gaviota por enseña. Sí, señores, en Cataluña ha ganado la formación naranja a quien, personalmente, jamás otorgaría mi voto pero de justicia es reconocerle, y así lo hago, a Inés Arrimadas lo que ha conseguido: derrotar a los separatistas en su propio campo, aun cuando, por obra y gracia de nuestra santa Ley Electoral, se vea abocada a continuar en la oposición. Ella ha tenido los ardiles de llamar a las cosas por su nombre, de denunciar los cambalaches de los golpistas y de clamar por la aplicación, sin paliativos, de los mecanismos legales para evitar la ruptura de España. No ha sido “una victoria que celebrarán cinco minutos para pasar luego a la oposición” como clamaba el mal perdedor, ese gigantón de estólida sonrisa cuya envergadura física es inversamente proporcional a su talla intelectual, ha sido una victoria sin precedentes y que ha supuesto un sonoro bofetón en el rostro, cariacontecido, del Partido Popular; el merecido castigo por ese estático ‘dontrancredismo’ de un líder, sin carisma y sin sangre, que está empujando a muchos a un cambio de signo ideológico o, en el mejor de los casos, a la nulidad del voto por ese empecinamiento suyo de no ventilar la casa, añeja y de enrarecida atmósfera cuyos cimientos se asientan sobre las arenas movedizas de la corruptela y la aprensiva cobardía, de Génova, 13. Una de dos: o entra aire fresco ya o el suicidio del PP está próximo eso si, antes, Ciudadanos no lo acaba fagocitando. De momento mi voto será nulo, ya lo ven, llámenlo simple coherencia.


“El honor no espera…” – “Crónica de una muerte anunciada”, G. García Márquez.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 08/01/2018.-

lunes, 18 de diciembre de 2017

Matar por odio. Morir por amor.


No creo que en ningún otro país del mundo se asesine a alguien por lucir la bandera patria. Si hay alguna razón para morir, desde luego, no puede ser la de exhibir sus colores en unos tirantes como tampoco encuentro su justificación en salir, de madrugada, de un bar de copas. Intento adentrarme en la mente, perturbada y enferma, de esos odiadores profesionales que se declaran, abiertamente, “anti-sistema” cuando precisamente lo que hacen es “vivir a costa del sistema” y ni así soy capaz de dar con un motivo que explique la atrocidad del asesinato. Tanto me da que el miserable ‘okupa’, asesino de Víctor Laínez, sea chileno o español aun cuando haya de reconocer que se me torna brutalmente más doloroso que un español sea asesinado, en España, por enarbolar su bandera a manos de un extranjero que lleva a gala el ignominioso demérito de haber cumplido cinco años de condena, no “por ser un sudaca”, como denunciaba arropado por los gerifaltes de PODEMOS, sino por haber dejado tetrapléjico, de una pedrada, a un guardia urbano que se limitaba a cumplir con su labor en un desalojo. Cinco años no son nada comparados con toda una vida de limitaciones como tampoco lo serían los veinticinco por matar a golpes en la cabeza a un hombre. No quiero que me malinterpreten, amigos lectores, siempre defenderé el derecho de los emigrantes que acuden a nuestro país en busca de unas oportunidades que le son negadas en el suyo, jamás rechazaré a quienes de manera honrada y con su esfuerzo abnegado contribuyen, con independencia de su origen, al crecimiento económico de España pero a la vista de los acontecimientos y siendo éste un nuevo ataque producido por un foráneo que nada provechoso hacía aquí, más allá de delinquir, como tampoco creo que lo hicieran el senegalés que empujó a las vías del metro al policía que falleció atropellado por un convoy en Embajadores o el ciudadano del Este que ha protagonizado en Albalate el abyecto tiroteo que se ha cobrado tres víctimas mortales, dos de ellas guardias civiles, me pregunto si no estaremos teniendo la manga muy ancha para permitir la entrada de este tipo de morralla, agresiva y marginada, a la que auspicia y cobija la progresía podemita quien, como feroz depredadora de volubles votos desarraigados, agita a quienes nada tienen que perder alentándoles a una violencia desmedida y al odio hacia todo aquello que desprenda el menor tufillo a orden, a Ley, a respeto por las Instituciones y a la idea de Nación Soberana. Iglesias, máximo exponente de ese corrosivo afán desfragmentador y rupturista de España, carece de reparos a la hora de alinearse con el independentismo más radical – sea vasco o catalán –, ni los tiene tampoco para elogiar al hampa foráneo, todo sea por destrozar el país. No pueden tolerarse declaraciones como las que ha tenido la desvergüenza de verter afirmando que le “emociona ver las agresiones” a agentes de la ley posicionándose, indefectiblemente, con los outsiders, como ya hiciera a la salida de prisión con el chileno asesino a quien sólo deseo pase el resto de su desdichada existencia encarcelado, no en nuestras prisiones –cuyas envidiables condiciones son soportadas por los esforzados contribuyentes- sino en las de su país, aquél que jamás debió abandonar, pues de justicia es que cada quien recoja su propia basura. Ese despojo humano, escoria de la más baja estofa, ha asesinado a traición y por la espalda a un español que eligió portar su bandera. No entraré ahora en si, una vez, Laínez fue o no Legionario pero, aún sin serlo, lo cierto es que se ha terminado convirtiendo, por obra y gracia de un extremista de izquierdas que ni tan siquiera debía estar aquí, en el verdadero ‘Novio de la Muerte’. Quizás de la más despiadada y atroz: aquella que germina al abono de la intolerancia y del odio irracional hacia quienes generosamente acogen a un ápatrida desharrapado.

Que las salvas de honor guíen y acompañen, en el último viaje, al Caballero Legionario que murió por amor… a su bandera.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, Diario VIVA JAÉN, 18/12/2017.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Iceta o un cuento de Navidad catalán.


Al son, ahora, de panderetas y zambombas pero cada loco sigue con su tema: los unos quejándonos de la lobreguez del alumbrado navideño, los otros poniendo los billetes de lotería cerca de San Pancracio, no falta tampoco quien ya anda “esnucando” gambas con los compañeros de trabajo y todos, o la mayoría, a la espera de un 21D que se nos empieza a atragantar como los polvorones caseros. Pendientes, mientras tanto, de los resultados que arrojan las encuestas del CIS y de las idioteces que el “gordito bailongo” de Iceta – nuestro particular Scrooge patrio - quiera soltar. Pues anda, el buen hombre, encendiendo una vela a Dios y otra al diablo sin tener claro aún de qué lado se posicionará pero mirando con ojos golositos el desahuciado despacho de un huido Puigdemont. Esa mente suya –tengo para mí que tan ‘exigua’ como el propio Dionisio- ha fraguado en esta escalada, febril y sin escrúpulos, que guía su más que cuestionable comportamiento, propuestas tan peregrinas e hilarantes como la creación de una Agencia Tributaria Catalana que privilegie a sus contribuyentes de modo similar a como lo hacen el País Vasco o Navarra a los suyos o – y esto es para nota, señores – que se condone la deuda de la Generalidad. Vamos, lo que viene a ser en uno u otro caso que, aquí, los demás españoles vengamos a convidar a esta ronda a nuestros vecinos de Cataluña, olvidándose de que entre los residentes en el resto de la geografía nacional también hay quienes alardean de pertenecer al partido del puño y la rosa y no comparten tal demostración de insolidaridad y enfermiza avaricia. Y así es como durante esta larga noche que es la campaña de una prematura convocatoria electoral, en el mismo terreno de juego previamente abonado por los propios golpistas que ansían destrozar el país en unas elecciones en las que nos jugamos el todo o nada, está recibiendo la visita de los tres Fantasmas: el del Pasado, que transportó a Miguel a esa época llena de añoranza cuando comenzaba a dar sus primeros pasos en política con la bisoñez, aún virgen y sin mácula alguna, de los ideales socialdemócratas intactos y que una vez lo imbuyeran antes de verse poseído por un desmedido afán de poder. El del Presente, en la que, este inmisericorde espíritu, ya le está mostrando la mezquindad de su ambición, de la miseria de un amor desmedido por la silla vacante y que le ha revelado, antes de abandonarlo y cual si fuera su propio reflejo en el cristal, la siniestra imagen de dos tiernos infantes: la ignorancia y la necesidad. Pero me barrunto yo que, sin duda, será aún peor la siguiente visita, la del Fantasma del Futuro cuando, éste, le descubra el destino que irremisiblemente aguarda a los avaros y no pierdo la esperanza de que la reacción de nuestro “Scrooge Iceta” sea la de suplicar una nueva oportunidad para cambiar, alineándose entonces del lado de la legalidad y formando, junto con C’s y PP, un bloque constitucionalista que impida la materialización de las aviesas pretensiones secesionistas. Puede – ojalá y así sea - que este funesto cuento de Navidad termine como el de Dickens y veamos al, hasta ahora, avariento hombrecillo despertar de su pesadilla para convertirse en un político generoso que posibilite la restauración de la Ley en esa parte de España, vilmente atacada por el independentismo demente más voraz. Sólo deseo que también, el nuestro, tenga un final feliz. Por el bien de Cataluña y… por el bien de toda nuestra nación soberana.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca del diario VIVA JAÉN, 11/12/2017.


jueves, 7 de diciembre de 2017

El 'Lado Oscuro' de la Navidad.



Entre la exitosa y útil peatonalización del centro urbano y el más que muy popular cambio de direcciones, los atascos de vehículos y el accidentado peregrinar de bípedos, desorientados y titubeantes ante el temor de un inopinado atropello procedente del sentido opuesto al hasta entonces natural en la circulación, la sinfonía de cláxones y los estridentes silbatos de quienes ordenan – o desordenan - el tráfico, el desplazamiento a pie se ha convertido en la mejor opción para el tránsito por Jaén. Salí de casa el viernes por la tarde con la intención de dar un solazado paseo desde esa euforia contenida que nos invade con la llegada del fin de semana y ansiosa, lo admito, por descubrir las bondades del alumbrado navideño que nuestro Excmo. Ayto. nos tenía preparado. Ya había dado por sentado que mi calle iba a carecer, como es habitual, de la más mínima catenaria lumínica que inspire esos buenos deseos que, de modo inconsciente, proferimos a cuantos parroquianos nos salen al paso durante tan entrañables fiestas. Repasaba mentalmente el presupuesto destinado a la colorista muestra de Paz, Amor y Prosperidad a la que este año se destinarían 2 euros más que el anterior, los 42.272 euritos se habían estirado, según la información del Consistorio, hasta alcanzar los 355 arcos, 71.600 puntos leds y otros 2.000 metros más de tiras de luces de bajo consumo que ornamentarían – nos decían - los árboles del Paseo de la Estación y de la Avda. de Andalucía. Atravesaba el barrio de San Ildefonso, orgullo de la ciudad, en el que los adornos navideños brillan por su ausencia o bien, los mismos, se verían eclipsados por la cuantiosa suciedad – con solera, oigan, lleva con nosotros tanto tiempo que ya hasta le hemos tomado afecto – para toparme de frente con la Carrera. Hube de reconocer que, al menos allí, se atisbaban los primeros visos de festividad a lo que contribuía, sin duda, el enorme abeto del palacio de la Diputación. “Bueno…” – pensé concediendo ilusa el beneficio de la duda -. Dejé vagar mis pasos en un calmo deambular errático para colisionar, en la calle Millán de Priego, con las representaciones, o al menos a mí me lo parecen, de un sonriente Patricio, la estrella de mar de la serie infantil Bob Esponja, tocadas con un simpático gorrito de Papá Noel. Continué caminando atenta, siempre, al nuevo sentido de la circulación no fuese a ser que, tan extasiada como me encontraba recreándome en el producto de la partida presupuestaria que iluminará nuestra Navidad, tuviera que comerme las uvas, este año, en el hospital. Me embargaba la curiosidad por descubrir en la siguiente calle, quizás, al propio Bob Esponja vestido de Rey Baltasar y así, casi sin darme cuenta, fue como desemboqué en el Gran Eje donde sendas hileras de fantasmagóricos arboles lucían unas siniestras ristras de luces, colocadas sin ningún orden ni concierto, la mera visión de los mismos me hizo salir en estampida hacia el primer taxi libre que me llevó de regreso. Durante el trayecto reparé en la lobreguez de la vía pública en zonas más apartadas: Avda. de Granada, Santa María del Valle… e incluso, ya lo he dicho, mi propio barrio, el castizo San Ildefonso. Pagué al amable taxista y mientras, sumida en mis cavilaciones, introducía la llave en la cerradura pensé que la Navidad había traído a Jaén una nueva secuela de la saga La Guerra de las Galaxias, en la que los convecinos – también contribuyentes – de determinadas zonas hemos pasado a convertirnos en los moradores del Lado Oscuro. Entré en casa, recibiendo el abrazo del calefactado hogar y me dirigí directamente al balcón, donde activé el encendido de pequeñas bombillas de luz cálida que, con motivo de la recurrente omisión consistorial pese a las reivindicaciones que llevo haciendo desde hace doce, instalé finalmente el año pasado y que desde entonces no he retirado a modo de simbólica y pacífica protesta. Las observé a través del cristal sintiéndome parte de ese enorme Ejército Imperial que conformamos la mayoría de los vecinos de Jaén y sólo pude formular un deseo para todos nosotros, los desterrados, los olvidados, los moradores de la más absoluta oscuridad. Anhelo que resonó en mi cabeza con una familiar voz metálica, profunda y entrecortada por una respiración dificultosa: “que LAS LUCES nos acompañen, Jedis”…

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 4/12/2017.

Hoy el cupo, mañana los presos y nosotros, mientras, con sardinas a Santa Catalina.





Es lo que tiene perder la mayoría absoluta. Uno, por más que le duela, tiene que tragarse su soberbia y descender al averno de la negociación de la que tan poco parece gustar nuestro Presidente. Un nuevo chantaje, otro más, ante el que se ha visto obligado a ceder si quiere que los Presupuestos Generales salgan adelante y no, precisamente, por “Decretazo” como antaño – dichoso el tiempo aquél en el que hacía y deshacía según su antojo-. De modo que la cantidad que el País Vasco y Navarra deben abonar al Estado, en pago, por las competencias públicas no transferidas que se prestan en su territorio, con origen en antiguos fueros medievales, ya hubo de ser metida a machamartillo –dado el carácter discriminatorio del tratamiento fiscal que supone- en la Constitución para solaz del nacionalismo moderado, en plena época de la ETA más virulenta y descarnada, al que se puso  de este modo el balsámico caramelo en los labios no fuera a ser que nos viéramos como en Irlanda. Esta prebenda ha venido siendo un privilegio cada vez más jugoso para los foráneos que han visto incrementada su financiación con motivo de la “rebaja”, a modo de prolegómeno del Black Friday, de los más de 500 millones de euros en el canon que las Haciendas Forales tienen que abonar a la Estatal, arrojando una liquidación – oigan, esto ya es como en la renta – que ¡les va a salir a devolver! por la regularización de atrasos y otros ajustes de vaya Dios a saber qué. Siendo que los españoles – a quienes la Constitución, en su artículo 14, nos consagra “iguales ante la Ley” – residentes en los agraciados territorios forales no sólo van a pagar menos impuestos sino que gozarán de salarios más altos dentro de la función pública y recibirán mayores y mejores prestaciones en Sanidad, Educación o Justicia frente a los del resto del territorio nacional y, especialmente, a quienes pertenecemos a Comunidades más desfavorecidas que asistimos incrédulos a la paradoja de ver cómo las regiones más ricas no sólo no contribuyen a la caja común sino que, además, reciben de ella suculentos estipendios y todo a cuenta de cinco míseros votos que han resultado ser los más valiosos dentro del plural abanico multicolor que se despliega en nuestro democrático hemiciclo legislativo. Ya me barrunto yo que, en este cínico mercadeo de lealtades pancistas y nocivas hasta el extremo para el resto de la ciudadanía nacional, antes que después, se terminará negociando también con el acercamiento de los presos de ETA, algo en lo que, sin duda, Urkullu y ad lateres deben tener ya puesto el punto de mira y nuevamente, si las urnas no lo remedian, el Gobierno volverá a comprar esos carísimos votos del PNV. Es, ya lo ven, el elevado precio que los españoles nos vemos obligados a sufragar con motivo de frecuentar meretrices de tan alto standing pues éstas, a la vista está, no se venden por poco. Ya veremos si no cunde el ejemplo con la renovada y a partir de ahora, más que nunca, inquietante Cataluña quien, cuando ha recurrido al precedente de los territorios forales en demanda de un tratamiento similar, siempre se ha encontrado, de momento, con la indefectible negativa pero todo, señores -absolutamente todo y ya lo ha dicho Don Mariano Rajoy-, es susceptible de “revisión y negociación” aunque poco se note que aquí, los andaluces y en particular los jiennenses, tengamos paisanos en el Ministerio de Hacienda. Me pregunto si no será por eso por lo que nos fuimos, el pasado sábado, a las faldas del castillo de Santa Catalina a arrimar, cada parroquiano, el ascua a su propia sardina aunque sólo fuera una por barba que no están las cosas para tanto despilfarro ni hay, tampoco, aquí fueros que valgan.

Publicada en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, Diario VIVA JAÉN, 27/11/2017.


miércoles, 22 de noviembre de 2017

Aldabonazos sordos.




Ando últimamente pensando en ‘política’, no me malinterpreten, he estado elucubrando sobre el origen etimológico del término ‘politeia’ o teoría de la polis –ciudad-, no negaré que me sorprendió la ligazón que, algunos doctos, establecen con ‘paideia’ –educación- también, de modo que ‘paid-agogia’, pedagogía, deviene en “conducir al niño de la mano por el camino de la vida”... Parece un chiste tal y como está el patio, ¿verdad?, aunque si lo pensamos con detenimiento puede que sea ésta una explicación lógica al “borreguismo”, tan dócil y servil, imperante. Sé que me caracteriza mi sentido del humor, a veces ácido y siempre sarcástico, con frecuencia me río, por no llorar, intentando el análisis en clave humorística, es por ello que suelo recurrir a un tono jocoso cuando se hace precisa alguna crítica aunque, reconozco, esos arponazos no se encuentren, jamás, huérfanos de veracidad en cuanto a la reclamación formulada. A estas alturas, tras haber dejado atrás hace años  -tantos que ya he perdido la cuenta- la bisoñez de los románticos ideales de juventud y de haber, incluso, coqueteado durante un tiempo con la política, el plácido discurrir del calendario ha ido depositando una capa de absoluta indiferencia que ha terminado adhiriéndose a mi piel cubriendo las cicatrices que las mil batallas libradas me han dejado, de modo que he optado por conferir la mayor dosis de ingeniosidad posible a las quejas por el deficitario funcionamiento, en general, que los servicios públicos presentan y por la supina estupidez, en particular, que aqueja a la clase política – soy de la opinión de que es precisamente en este ámbito donde mejor se ha desarrollado la profesionalización de la estulticia pues, indefectiblemente, el mal profesional acaba convirtiéndose en excelso político, sálvese quien pueda-. No deja de asombrarme el hálito de etérea deidad que envuelve al cargo público mientras lo detenta, loado y palmeado por doquier, dejándose adular por aquellos que persiguen la obtención de algún beneficio. Indignidad, ésta, tan evidente en el lisonjero como en el propio lisonjeado; uno por descender al barro de las suelas que besa a expensas de lograr –o no que, en este arte, el político es un experto- lo pretendido y el elogiado, por su parte, por permitirlo a sabiendas de la rastrera causa que motiva que se le reconozca como el más alto, el más guapo y el más listo. Jamás he soportado ese indecoroso cobismo tan extendido y comúnmente aceptado como algo cotidiano llegando, incluso, a estar bien visto al impostarse tras la mascarada genérica de “las relaciones con contactos”. Vamos a ser claros: es hacer la rosca para medrar u obtener un provecho propio, dejémonos de eufemismos, todo en la vida social –y política- se reduce a ese refrán que glosa la vasta sapiencia popular de “quien tiene padrino, se bautiza” o “dame pan y dime tonto”, así es y será siempre desgraciadamente y, mientras, quienes nos negamos a volver a las prácticas del vasallaje medieval, seguimos dando aldabonazos sordos por nuestro obcecado rechazo a conseguir a título de graciosa concesión lo que nos debería corresponder por derecho, ya lo ven. Siendo que, a quienes optamos por tal proceder, se nos tilda de “disidentes” o “contestatarios” sólo porque nos negamos a atusarles los bigotillos o a regalarles los oídos a los ‘servidores’ de la cosa pública, criticando lo que es razonablemente criticable pese a reconocerles también los adventicios aciertos que, por alguna extraña casualidad, puedan tener, lo que nos hace merecedores del destierro en el favoritismo del Olimpo, efecto natural e intrínseco de esa injusticia que se produce no tanto por actuar fuera de la equidad sino por omitir su aplicación. Nuevo aldabonazo. Nada. Otro más y… silencio administrativo. Invariablemente, el silencio.

“Quien gusta de ser adulado, digno es de su adulador”.
(William Shakespeare)

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 20/11/17.



lunes, 13 de noviembre de 2017

La mochila de Moussa.


Amanece sobre Jaén y me dirijo, como cada día, a la piscina. Me cruzo con las cotidianas sombras cansadas y trémulas que, en un calmo ritual, se encaminan hacia el centro a sabiendas de que tampoco hoy tendrán nada que hacer más allá de dejar transcurrir el tiempo pacientemente. Hombres jóvenes, en su mayoría, con el rostro tiznado de sol africano deambulando a la espera de encontrar un jornal de temporeros que les permita, siquiera, acariciar el Dorado que vienen buscando. Hay que tener valor, mucho, para marcharte a un país con un puñado de monedas en el bolsillo al reclamo de las oportunidades que te son negadas en el tuyo. Les doy los buenos días y levantan la mirada que posaban antes en el suelo contestando con una amplia sonrisa. Uno de ellos es Moussa. Moussa tiene 23 años. Los sábados, al finalizar mi entrenamiento, coincidimos en los aledaños de la cafetería donde suelo desayunar. Hemos instaurado, tácitamente, un riguroso orden de alternancia en nuestras mutuas invitaciones – creo que accedí al obsequio para no ofenderlo – aunque los días que paga Moussa sólo me apetezca café, una tostada es un gravoso lujo adicional que, no creo, pueda permitirse. Durante uno de estos desayunos, en los que el aroma de las tazas humeantes se funde con el del almizcle que todo él desprende, me contó que duerme junto con otros compatriotas en el abandonado parking en construcción que ocupa las antiguas instalaciones del Club Hípico donde han encontrado, dado que empieza a refrescar, un techo bajo el que guarecerse a la espera del inicio de la campaña de recogida de aceituna ubicando allí su hogar hasta que el albergue municipal abra. Reparo en la pulcritud de su ropa y de las impolutas deportivas blancas; lava con el agua que acarrea en garrafas desde el pilón del Convento de las Bernardas y la deja tendida durante la noche para volver a guardarla, a la mañana siguiente, en la mochila que siempre lo acompaña: “Todo aquí, todo. No roban” la palmea satisfecho. Más tarde, en su rudimentario inglés que, no obstante, nos permite la comunicación me dice que, desde hace una semana, un grupo de rumanos intenta amedrentarlos para que se vayan y que, incluso, los amenazan con barras de hierro pero él se niega a marcharse “Senegaleses primero. No vamos. Ellos piden luego dinero a otros para dormir, quieren vayamos pero espacio para todos”. “Moussa y… ¿qué pasa si no encuentras tajo en la aceituna o, después, cuando acabe la campaña?, ¿dónde irás?”. Me clava sus pupilas, risueñas y negras como la pez, se encoge de hombros y, mostrándome una perfecta hilera nívea, contesta: “Dios sólo sabe”. Me asombra su falta de temor pero, desde luego, no es ningún demente, es sólo una persona que persigue una ilusión: regresar a la aldea al norte de Senegal, donde le esperan sus padres, abuela, siete hermanas y tres hermanos pequeños, con el dinero suficiente para construir una casa. Cuando me intereso por saber si le preocupa dónde dormirá si, finalmente, se ve obligado a abandonar aquél destartalado edificio o si no consigue una cama en el albergue, bebe, con parsimonia, un sorbo, sonríe y contesta: “Dios es grande, nunca deja”. Abre la cartera de la que asoman las esquinas dobladas de una deteriorada foto de su familia, me la tiende y afirma: “Día yo vuelvo, hay gran casa y gran fiesta”, se levanta y paga los dos cafés mientras, galante, aguarda a que yo también lo haga retirándome la silla. Al despedirme de él veo el rostro de alguien que rebosa dignidad. Me pregunto si no seremos nosotros quienes, al mirar para otro lado de esa cruel realidad que sufren los jornaleros de sueños rotos, la hayan terminado perdiendo.

“Dignidad es el respeto que una persona tiene de sí misma,
 quien la tiene no puede hacer nada que lo vuelva despreciable”.

Concepción Arenal

lunes, 6 de noviembre de 2017

Presidente a la fuga.



Y es que el mazazo, no por predecible, había de ser menos doloroso. El pasado jueves la Audiencia Nacional decretó prisión incondicional para Junqueras, ex vicepresidente de la Generalidad y para los ex consejeros Jorge Turull, Raúl Romeva, José Rull, Dolores Bassa, Merichel Borrás, Joaquín Forn y Carlos Mundó; el más sagaz, el ex consejero de Empresa, había puesto previamente sus barbas a remojar dándose una primera ‘agüilla’ con su dimisión y, luego, con la elección de un letrado distinto que asumiera, desmarcándose así de la camarilla, su defensa, lo que le ha permitido driblar la entrada en prisión a cambio de prestar fianza – escasas 24 horas le duró aquella “solidaridad” de acompañar a sus secuaces en el afligido baile del rock de la cárcel-. Mientras tanto el cabecilla de la rebelión sigue en Bélgica asesorado por un abogado de etarras, Bekaert, que debe, el hombre, ser todo un experto en Derecho de la inmundicia y la bascosidad, a la vista está, intentando zafarse de la acción de la justicia tras abandonar a su suerte a quienes lo acompañaron en un descalabro político que nació ya con vocación de defenestración colectiva. No ha faltado quien ha dicho de él que “siendo rata gorda, sería el primero en abandonar el barco” y razón no habré yo de restarle a ese sabio pero por más que huya, cerrando con ello la puerta de la celda a sus compinches, largo es el ecuánime brazo que lo acecha y le acabará dando caza. Será entonces cuando comprobaremos las punitivas consecuencias de un desafío continuado a la legalidad, a la soberanía del pueblo español y al Estado de Derecho aunque ya se haya desmarcado Pablo Iglesias anunciando que pedirá el armisticio puesto que se avergüenza de que en su país existan presos políticos, olvida, este vendedor de humo, que aquí, los Sénecas, no van a la cárcel por sus ideas sino por delincuentes siendo extenso el rosario de ilícitos que se les puede imputar: rebelión, sedición, desobediencia, malversación de caudales públicos... Pero ha sido, sin duda, la esperada orden europea de detención de Puigdemont y de los cuatro jinetes de ese hilarante apocalipsis que cabalgan con él en Bélgica lo que ha supuesto la más demoledora de las decisiones judiciales, esa actuación que nos ha devuelto la esperanza a los demócratas, pues pese a que la puesta a disposición de la Audiencia Nacional de los delincuentes huidos quede, en última instancia, sometida a la voluntad de la justicia de aquél país, el cerco se va estrechando. La expedición de una orden europea de detención a cualquier país miembro de la Unión debe suponer la entrega inmediata del reclamado por la justicia que emite la misma, si bien, el país de Tintín no tipifica, como tales, los delitos de rebelión y sedición siendo que este principio de doble incriminación o de existencia de los delitos tanto en el país que reclama como en el que entrega, es preciso que concurra para que cualquier Estado miembro se atenga a la legalidad procediendo a cumplimentar la solicitud aun cuando el primer paso se haya dado por la Fiscalía belga que, al parecer, tiene bastante menos paciencia que la patria, nos alegró el desayuno del domingo manifestando que ordenaría la detención de los forajidos que habrán de comparecer ante el Juez que decida finalmente su destino. Numerosas serán las zancadillas e infinitos los vericuetos legales que el abogado de alimañas, desde la experiencia que le otorga su lúgubre recorrido profesional dada la catadura moral de sus frecuentes defendidos, podrá oponer recurriendo a las falsedades que se han venido vertiendo, últimamente, a fin de justificar lo injustificable: que esa república imaginaria tiene un Presidente a la fuga pero, al menos, ahora campa sin máscara. Todo el mundo sabemos lo que es y cómo se las gasta. Y aunque sepamos, también, que delinquir nunca ha sido gratis a esta ronda, no obstante, convida la Magistrada Carmen Lamela.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 06/11/2017.