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viernes, 27 de marzo de 2026

Las mil caras de Pick



 



Recuerdo el inicio de la primavera como esa brisa de aire fresco que te eriza la piel perlada de gotas de sudor, como un alivio vigoroso que reanudaba los días con una mayor luminosidad por la mañana y que pintaba el cielo de rosa o naranja al atardecer, diluyéndose en un tornasol de colores acuarelados hasta fundirse con un profundo azul noche. El aire olía mejor, estaba perfumado con leves efluvios que preludiaban el largo y cálido verano que se iba abriendo paso a insolentes zancadas. Era cuando, al salir de clase, podías saborear un chupachups de Kojak bajo unos rayos que irradiaban la calidez anhelada durante el invierno. Se oía el alegre canto de los pájaros y la ciudad mudaba su piel a otra más liviana mientras yo la observaba con los ojos entrecerrados imaginando las conversaciones que tenían lugar a mi alrededor entre aquellas personas que, eso creía, se habían contagiado de ese espíritu que hacía estallar en llamativos colores los jardines.

 

En aquella época solía perderme en mis pensamientos, quizás con demasiada frecuencia, surcados por los abundantes libros que devoraba; mis visitas a la Biblioteca llegaron a tener una asiduidad casi diaria, tanto, que el bibliotecario me preguntaba cómo era posible que ya me hubiera leído el ejemplar que devolvía antes de llevarme el nuevo. Yo me limitaba a sonreír, impaciente, retirando de su mano el carné que me tendía tras hacer el oportuno apunte en la ficha que guardaba en la cajonera de madera pulcramente encerada.

 

Fue a la salida de aquél santuario de sabiduría cuando, una tarde templada, conocí a Pick.

 

Salía del edificio absorta, hojeando el ejemplar que acaba de retirar y con la ansiedad, hormigueándome en el estómago, de dar inicio a su lectura: “La mano del muerto” que era, naturalmente, lo que debía leer tras haber concluido “El conde de Montecristo” aquella misma mañana. Bajaba las escaleras “…Tres amigos se encontraban reunidos en el taller de un pintor durante una sombría y fría noche de diciembre, mientras la lluvia golpeaba los cristales…” cuando por el rabillo del ojo pude ver que algo asomaba por detrás del arbusto de adelfas, parpadeé un par de veces para asegurarme de que lo que estaba viendo era real. Se trataba de una figura enjuta, apenas de la altura de un niño de cuatro o cinco años, pero con una agilidad que no correspondía a la humana. Al verme se deslizó de un salto hasta plantarse delante de mí con una reverencia burlona. Su piel era de un azul eléctrico, profundo, como si hubiera sido tallado en un pedazo de cielo nocturno antes de que cuajaran las primeras estrellas.

 

—¿Te gusta Dumas? — preguntó con una voz que crujió como cruje el papel viejo, arrojando diminutas partículas de polvo que quedan suspendidas en los haces de luz oblicua —. A él también le gustaba traicionar a sus personajes antes de salvarlos – sentenció.

 

Me quedé pasmada. Aquél duende, a quien – desconozco el motivo - llamé Pick, empezó a moverse a mi alrededor, saltando y contorsionándose de un modo diabólico, mientras me rodeaba, sus rasgos empezaron a vibrar, primero, para desenfocarse como un reflejo en el agua agitada cuando repentinamente, su rostro azul se estiró y se aclaró hasta convertirse en la cara de María aquella amiga de la infancia que me vendió ante el resto de la clase por no permitirle hacer trampas en un examen mientras buscaba la aceptación de la corte de niñas estúpidas que jugaban a ser mayores en aquellos días tan lejanos. Los ojos de Pick mantenían aún su brillo añil, pero la sonrisa... la sonrisa era la de María el día que me dio la espalda con burlas.

 

—No me mires así —dijo Pick, aunque ahora su voz tenía el timbre agudo de mi antigua amiga—. Sólo soy el espejo de lo que aún no has querido ver.

 

Antes de que pudiera articular palabra, su rostro volvió a mutar. La nariz se afiló, el mentón se volvió prominente y sus ropas de duende se tornaron, por un instante, en una toga de color negro, aquel impostado “maestro” de profesión que me mentiría, años después, aprovechándose de mi labor mientras me palmeaba la espalda con aduladoras palabras. La cara azul de Pick se superponía a la de aquél paleto, estafador de ilusiones y presuntuoso, de mostacho cano y rasgos porcinos como una máscara traslúcida, revelando una fealdad que los libros de la biblioteca no me habían enseñado a identificar… aún. Atónita seguía esa metamorfosis facial, en continua transformación, pasando de unos malignos ojillos miopes, oscuros como la pez y traidores, por mentirosos y egoístas, al azul estólido de una mirada aparentemente inofensiva por falta de inteligencia pero dañina por tosca. Se sucedían una serie de cambios fisionómicos que, entonces, fui incapaz de reconocer pero que tiempo después pude atribuir a diferentes personas: desde aquella falsa compañera que sólo buscaba suplir, a mi costa, su clamorosa mediocridad, a la de aquél otro “amigo” que se disolvió en el tiempo como si nunca hubiera existido.  Asistí entonces a una sucesión de rostros que, con el transcurso de las diferentes primaveras hoy vividas, han ido teniendo una identidad propia aun cuando entonces eran meras distorsiones que se trocaban, alternando los tonos y timbres de voz de un modo espeluznante mientras los rasgos faciales se distorsionaban para volver a conformarse con otras arquitecturas diferentes.

 

—Vengo de tu futuro y de tu pasado —susurró el duende, recuperando su tono rasposo mientras sus facciones volvían a aquel azul primigenio—. Me verás en cada esquina, en cada mano extendida que luego se retira, en cada promesa que se deshace bajo la calidez del sol de esa primavera a la que cada año esperas con la misma impaciencia con la que abres un nuevo libro.

 

Se acercó tanto que pude oler el rancio aroma de la decepción en su aliento. Me puso una mano, pequeña y fría, sobre la mía que sostenía el libro de Dumas y en una mueca cínica me guiñó un ojo mientras mostraba una hilera de dientecillos afilados:

 

—Te acompañaré —sentenció con una solemnidad cruel—. Seré tu sombra azul hasta que tus ojos dejen de entrecerrarse para imaginar oníricos mundos de colores y se abran, por fin, a la bajeza moral de quienes te rodean y te rodearán a lo largo de tu vida. Sólo entonces, cuando aceptes que la primavera también es el inicio de la podredumbre de aquellos que no dan valor a su palabra, dejarás de buscarme entre los arbustos pues me habrás encontrado en todas y cada una de las personas que te defrauden.

 

Pick desapareció entre las sombras de las adelfas, con la misma simiesca agilidad con la que se presentó ante mis ojos, dejándome sola con el peso de mi carné de biblioteca y la certeza de que, a partir de ese día, el mundo nunca más volvería a oler sólo a flores y a la fresa del caramelo de Kojak.

 

No volví a saber de Pick…        

 

"En este mundo no hay ni felicidad ni desgracia; sólo existe la comparación de un estado con otro, nada más. Solo el que ha sentido el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema."El conde de Montecristo (A. Dumas)


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