Recuerdo
el inicio de la primavera como esa brisa de aire fresco que te eriza la piel
perlada de gotas de sudor, como un alivio vigoroso que reanudaba los días con
una mayor luminosidad por la mañana y que pintaba el cielo de rosa o naranja al
atardecer, diluyéndose en un tornasol de colores acuarelados hasta fundirse con
un profundo azul noche. El aire olía mejor, estaba perfumado con leves efluvios
que preludiaban el largo y cálido verano que se iba abriendo paso a insolentes
zancadas. Era cuando, al salir de clase, podías saborear un chupachups de Kojak
bajo unos rayos que irradiaban la calidez anhelada durante el invierno. Se oía
el alegre canto de los pájaros y la ciudad mudaba su piel a otra más liviana
mientras yo la observaba con los ojos entrecerrados imaginando las
conversaciones que tenían lugar a mi alrededor entre aquellas personas que, eso
creía, se habían contagiado de ese espíritu que hacía estallar en llamativos
colores los jardines.
En
aquella época solía perderme en mis pensamientos, quizás con demasiada frecuencia,
surcados por los abundantes libros que devoraba; mis visitas a la Biblioteca
llegaron a tener una asiduidad casi diaria, tanto, que el bibliotecario me
preguntaba cómo era posible que ya me hubiera leído el ejemplar que devolvía
antes de llevarme el nuevo. Yo me limitaba a sonreír, impaciente, retirando de
su mano el carné que me tendía tras hacer el oportuno apunte en la ficha que
guardaba en la cajonera de madera pulcramente encerada.
Fue
a la salida de aquél santuario de sabiduría cuando, una tarde templada, conocí
a Pick.
Salía
del edificio absorta, hojeando el ejemplar que acaba de retirar y con la ansiedad,
hormigueándome en el estómago, de dar inicio a su lectura: “La mano del muerto”
que era, naturalmente, lo que debía leer tras haber concluido “El conde de
Montecristo” aquella misma mañana. Bajaba las escaleras “…Tres amigos se encontraban reunidos en el taller de un pintor durante
una sombría y fría noche de diciembre, mientras la lluvia golpeaba los
cristales…” cuando por el rabillo del ojo pude ver que algo asomaba por
detrás del arbusto de adelfas, parpadeé un par de veces para asegurarme de que
lo que estaba viendo era real. Se trataba de una figura enjuta, apenas de la
altura de un niño de cuatro o cinco años, pero con una agilidad que no
correspondía a la humana. Al verme se deslizó de un salto hasta plantarse
delante de mí con una reverencia burlona. Su piel era de un azul eléctrico,
profundo, como si hubiera sido tallado en un pedazo de cielo nocturno antes de
que cuajaran las primeras estrellas.
—¿Te
gusta Dumas? — preguntó con una voz que crujió como cruje el papel viejo, arrojando
diminutas partículas de polvo que quedan suspendidas en los haces de luz
oblicua —. A él también le gustaba traicionar a sus personajes antes de
salvarlos – sentenció.
Me
quedé pasmada. Aquél duende, a quien – desconozco el motivo - llamé Pick, empezó
a moverse a mi alrededor, saltando y contorsionándose de un modo diabólico, mientras
me rodeaba, sus rasgos empezaron a vibrar, primero, para desenfocarse como un
reflejo en el agua agitada cuando repentinamente, su rostro azul se estiró y se
aclaró hasta convertirse en la cara de María aquella amiga de la infancia que
me vendió ante el resto de la clase por no permitirle hacer trampas en un
examen mientras buscaba la aceptación de la corte de niñas estúpidas que
jugaban a ser mayores en aquellos días tan lejanos. Los ojos de Pick mantenían aún
su brillo añil, pero la sonrisa... la sonrisa era la de María el día que me dio
la espalda con burlas.
—No
me mires así —dijo Pick, aunque ahora su voz tenía el timbre agudo de mi antigua
amiga—. Sólo soy el espejo de lo que aún no has querido ver.
Antes
de que pudiera articular palabra, su rostro volvió a mutar. La nariz se afiló,
el mentón se volvió prominente y sus ropas de duende se tornaron, por un
instante, en una toga de color negro, aquel impostado “maestro” de profesión
que me mentiría, años después, aprovechándose de mi labor mientras me palmeaba
la espalda con aduladoras palabras. La cara azul de Pick se superponía a la de
aquél paleto, estafador de ilusiones y presuntuoso, de mostacho cano y rasgos porcinos
como una máscara traslúcida, revelando una fealdad que los libros de la
biblioteca no me habían enseñado a identificar… aún. Atónita seguía esa metamorfosis
facial, en continua transformación, pasando de unos malignos ojillos miopes,
oscuros como la pez y traidores, por mentirosos y egoístas, al azul estólido de
una mirada aparentemente inofensiva por falta de inteligencia pero dañina por
tosca. Se sucedían una serie de cambios fisionómicos que, entonces, fui incapaz
de reconocer pero que tiempo después pude atribuir a diferentes personas: desde
aquella falsa compañera que sólo buscaba suplir, a mi costa, su clamorosa mediocridad,
a la de aquél otro “amigo” que se disolvió en el tiempo como si nunca hubiera
existido. Asistí entonces a una sucesión
de rostros que, con el transcurso de las diferentes primaveras hoy vividas, han
ido teniendo una identidad propia aun cuando entonces eran meras distorsiones
que se trocaban, alternando los tonos y timbres de voz de un modo espeluznante
mientras los rasgos faciales se distorsionaban para volver a conformarse con
otras arquitecturas diferentes.
—Vengo
de tu futuro y de tu pasado —susurró el duende, recuperando su tono rasposo
mientras sus facciones volvían a aquel azul primigenio—. Me verás en cada
esquina, en cada mano extendida que luego se retira, en cada promesa que se
deshace bajo la calidez del sol de esa primavera a la que cada año esperas con
la misma impaciencia con la que abres un nuevo libro.
Se
acercó tanto que pude oler el rancio aroma de la decepción en su aliento. Me
puso una mano, pequeña y fría, sobre la mía que sostenía el libro de Dumas y en
una mueca cínica me guiñó un ojo mientras mostraba una hilera de dientecillos
afilados:
—Te
acompañaré —sentenció con una solemnidad cruel—. Seré tu sombra azul hasta que
tus ojos dejen de entrecerrarse para imaginar oníricos mundos de colores y se
abran, por fin, a la bajeza moral de quienes te rodean y te rodearán a lo largo
de tu vida. Sólo entonces, cuando aceptes que la primavera también es el inicio
de la podredumbre de aquellos que no dan valor a su palabra, dejarás de
buscarme entre los arbustos pues me habrás encontrado en todas y cada una de
las personas que te defrauden.
Pick
desapareció entre las sombras de las adelfas, con la misma simiesca agilidad
con la que se presentó ante mis ojos, dejándome sola con el peso de mi carné de
biblioteca y la certeza de que, a partir de ese día, el mundo nunca más volvería
a oler sólo a flores y a la fresa del caramelo de Kojak.
No volví a saber de Pick…
"En este mundo no hay ni felicidad ni
desgracia; sólo existe la comparación de un estado con otro, nada más. Solo el
que ha sentido el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema." — El conde de Montecristo (A. Dumas)
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