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lunes, 31 de julio de 2017

Porque es de bien nacidos.




Para todos a quienes nos gusta escribir nada puede haber más gratificante que ser leído. Al publicar, hacemos partícipes de nuestros pensamientos y opiniones a aquellos otros a los que les otorgamos el legítimo derecho a enjuiciarnos, pudiendo o no compartir nuestras ideas, si bien con la única limitación del respeto y las buenas formas, algo que, aun siendo mínimamente exigible, siempre he creído que es como un idioma: hay quien lo habla y hay quien no. No negaré que ha sido un curso muy placentero y plagado de anécdotas para esta humilde plumilla. Así, recuerdo que con el segundo artículo, un Juez, tras darme la enhorabuena al encontrarnos en un pasillo del Juzgado, me dijo “espero que el periodismo, Letrada, no te seduzca hasta el punto de abandonar la profesión. Personalmente lo lamentaría” o cuando aquél simpático abuelete me paró en la plaza de San Ildefonso sólo para decirme “el Evangelio, niña, el Evangelio has hablao’ que parece que aquí, nosotros, no pagamos los impuestos, muy bien dicho, di que sí. Sigue, sigue escribiendo lo que escribes, hija mía” en relación a otra de las columnas, o el día en el que, al entrar en el estanco, el saludo fue “Yo sí te entiendo, ¿eh?”, tras pedir dos paquetes de Camel Light, lo que provocó un estallido de cómplices carcajadas a cuenta del relato de mi visita a Barcelona y del incidente lingüístico con un estanquero del Paseo de Gracia. Siempre guardaré en el alma, pues ahí es donde los llevo a todos ellos, el agradecimiento de “mis Civiles” y su emotiva reacción ante aquél “Intxaurrondo, ese último batión de honor y dignidad que resistió a Caín”. Han sido miles los episodios que podría narrar hoy, las risas y chascarrillos con ustedes, amigos lectores, en la consulta del médico, en el supermercado o en cualquier terraza en la que hayamos podido coincidir, en relación a los “asustaviejas”, “Sénecas”, “moradores de ciénagas”, “pagafantas” o “sabeores” retratados en mis columnas; las peticiones que, en la medida de lo posible, he intentado siempre atender pero, sobre todo, ha sido alentador recibir sus comentarios, siempre enriquecedores, y su franco cariño. Deberán, no obstante, disculparme, pues para ustedes ha sido más fácil ponerme cara e ir familiarizándose, a través de los artículos semanales, con mi personal forma de ver el mundo que nos rodea y aunque aquí nos conozcamos todos, sea sólo “de vista”, les ruego sean condescendientes si, al pararme en la calle, detectan en mí una momentánea reacción de desconcierto que no deben jamás confundir con fastidio. Siempre voy a agradecer sus sanas críticas y sugerencias pero no deben molestarse si, alguna vez, no las satisfago con la celeridad que, sin duda, todas merecen. Sé que valoran ese peculiar sentido del humor que procuro no perder nunca, por nefasta que pueda ser la actualidad, hay quien dice de mí que tengo “buena puntería” o que lo que escribo “lo piensan muchos de ustedes aunque no lo digan” pero, sin duda, no faltará tampoco a quien pueda incomodar con mis palabras, casi siempre en socarrona clave de humor, en este último caso pido sinceras disculpas pues nada más lejos de mi intención que ofender a nadie. Y aunque este primer año podamos entenderlo como un “rodaje” sepan que es mi intención seguir compartiendo muchos más si ustedes me lo permiten, claro, pues en esto de la escritura es siempre el público soberano quien manda. Me gustaría reiterarles mi eterno y profundo agradecimiento por la cálida acogida que me han dispensado y desearles, como no, un reparador descanso durante el mes de agosto. A partir de septiembre les estaré esperando en mi “butaca” para compartir con ustedes, cada lunes, las reflexiones que la misma me inspira o, puede que sea más acertado decir, me susurra. Hasta entonces, lectores, sean felices y muchas, muchísimas gracias de corazón.

Publicado en Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 28/07/2017.

lunes, 24 de julio de 2017

De listos, listillos y “sabeores”.



Siempre me ha parecido un síntoma de cauta prudencia no subestimar la inteligencia ajena aun cuando sea, en la mayoría de los casos, atribuirle generosamente al de enfrente una cualidad que no posee. Newton estableció que “toda acción conlleva una reacción igual y opuesta” lo que debería exigirnos calibrar, previamente, los posibles efectos que una determinada acción u omisión puede provocar, sopesando las probabilidades reales de que la misma pueda ser neutralizada y garantizarnos una minoración de los daños que podamos sufrir como legítima reacción a nuestra acción. Lo que parece obvio, con frecuencia, no lo es tanto o puede –sí, quizás sea eso- que el pecado de la soberbia lleve al incauto a creerse “el listo de la clase” despreciando al común de los mortales que no alcanzan ese elevado nirvana intelectual en el que se instauran los elegidos. En ello ando pensando últimamente y habré de reconocer que por más que busque una explicación lógica, irremisiblemente, siempre acabo varada en la solitaria playa de la misma conclusión: es muy elevado el riesgo de ir de listo porque, donde vayas, siempre habrá alguien que te supere. Siempre. Lo aconsejable es hacer las cosas de manera correcta lo que eludiría muchos de los quebraderos de cabeza que las irregularidades suelen generar pero cuando se opta por seguir la oscura senda de los vericuetos de la ilegalidad lo mínimo que puede esperarse, cuando te sorprenden en ese paseo furtivo, es la bonhomía de reconocerlo y asumir las consecuencias, por nefastas que resulten, en lugar de mantener la negación sistemática de los hechos o el burdo recurso a absurdas explicaciones que evidencian, aún más si cabe, la torpeza del listillo que se creía impune. En Jaén, tenemos un término que define a la perfección el espécimen al que me refiero y no es otro que el de “sabeor”. Un “sabeor” habla siempre desde el convencimiento de encontrarse en posesión de la verdad absoluta, es experto en todos los temas sobre los que diserta desde el elevado púlpito de la osadía de su petulante ignorancia y es docto, no podría ser de otro modo, en cualquier ámbito de opinión al sentar cátedra con sus asertos. Personalmente, amigos lectores, no suelo dispensarle mayor atención al “sabeor” que la que le concedería a un mero bufón pero no he soportado, jamás, esa actitud de altiva condescendencia que presentan cuando soy yo con quien se miden y no porque me altere que me contradigan o que discrepen de mi criterio sino porque no hay nada que me ofusque más que la infundada creencia de que me he caído de un guindo. No. No lo tolero, en realidad, me enerva. Que pretendan hacer lo blanco, negro, me repatea. Que dibujen una situación que poco o nada tiene que ver con la real desde el necio convencimiento de que tú vas a reconocerlo de igual modo tras sus explicaciones, me crispa aunque la edad me haya domado el carácter hasta el punto de no entrar en diatribas ni absurdas discusiones haciéndome optar, casi siempre, por un silencio activo como reacción pareja y que se puede resumir en “tú di lo que quieras que yo haré lo que crea” y concluido mi cometido, mirando con sorna a los estólidos ojos del “sabeor” de turno, con la satisfacción de haber actuado tal y como me correspondía pero sin haber perdido ni un segundo en discutir acerca de las patrañas y milongas que me haya querido vender, le pregunto: “¿Qué más quieres, Federico, si eres joven, alto, guapo y rico?”…

“A veces nos ciega la arrogancia y no somos conscientes de lo elementales que son las cosas hasta que alguien nos pone delante de los ojos la simplicidad desnuda de la realidad” (“Misión Olvido” - María Dueñas)

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 24/07/2017.


lunes, 17 de julio de 2017

Del espíritu de Ermua al fantasma de la ópera bufa.


Recuerdo que me encontraba en las postrimerías del último curso, siempre digo que mi fin de carrera estará indeleblemente vinculado al trágico asesinato de Miguel Ángel Blanco. De hecho, la mañana de aquél 12 de julio tras salir del Departamento de Derecho Internacional, opté por examinarme de forma oral en lugar de esperar al ejercicio escrito, me encaminé hacia aquella concentración silenciosa, una sórdida vigilia apolítica integrada por gente de toda edad y condición a la ávida espera de alguna noticia acerca de la inexorable sentencia de muerte que pesaba sobre un concejal, apenas unos años mayor que yo, al no haber cedido el Gobierno al chantaje etarra. Mientras cubría con pintura blanca las palmas de mis manos, en aquél gesto que consiguió poner fin al terror experimentado, hasta entonces, por la ciudadanía que se movilizó masivamente y que culminaría con espontáneos y sentidos abrazos a ertzaintzas que prefirieron desprenderse de los verdugos que les cubrían los rostros, por seguridad, para recibir el agradecimiento de los vascos de bien a cara descubierta, libraba una feroz lucha intestina: me embargaba la satisfacción de haber concluido mis estudios universitarios -tenía la absoluta certeza de que aquél 12 de julio yo ya me había convertido en licenciada en Derecho- entusiasmo que se debatía con el sentimiento encontrado de la rabia contenida ante lo que, todo apuntaba, sería un fatal desenlace. Revivo con nitidez la tristeza, la desolación, la angustia atenazando miles, millares, millones de gargantas… Había elegido dedicarme a contribuir, en la medida de mis posibilidades, a hacer justicia y paradójicamente me topaba, a modo de estreno, con la cara más despreciable y vil de la injusticia: la de ETA. Blanco falleció la madrugada del domingo 13 de julio, por la tarde lo habían encontrado maniatado, descalzo, con la cara destrozada y agonizante en un descampado de Lasarte-Oria. Su asesino le había descerrajado dos tiros en la nuca. Aquella tarde nos habían descargado dos balazos a todos los españoles. Todos fuimos Miguel Ángel esperando, de rodillas e inermes, los dos disparos que pusieron fin a la vida de la que nació otra: el llamado espíritu de Ermua, embrión del principio del fin de la banda terrorista. Ese espíritu inmortal que nos sigue imbuyendo a la mayoría de los españoles se ha convertido, para una minoría, en un fantasma. El fantasma de una ópera bufa en la que un siniestro reparto de tenores, bajos, barítonos y mezzo-sopranos oriundos de la izquierda abertzale más radical, heredera legítima de los asesinos etarras, reciben el alentador coro sinfónico de las nuevas sabandijas cantoras, gestadas en los pútridos úteros de regímenes totalitarios y amamantadas con dinero manchado, también, de sangre; sus voces, cacofónicas y disonantes, son las mismas que amparan los impunes asesinatos de víctimas inocentes. Ese fantasma poseyó, hace unos días, a la Alcaldesa de Madrid quien no sólo declinó, inicialmente, otorgar el justo homenaje a la memoria de aquél que posibilitó la primera gran derrota al miedo sino que recriminó las formas a su propia hermana que sólo exigía el justo reconocimiento hacia la dignidad del asesinado. Los muertos de ETA no son patrimonio de ningún partido, pertenecen a todos los demócratas; los muertos de ETA reivindican la paz cuando jamás hubo una guerra sino una tétrica y larga pléyade de asesinatos en serie perpetrados por los cobardes que hoy se aúpan en las instituciones públicas con el apoyo, precisamente, del partido que le dio a Carmena la Alcaldía en Madrid de quien prefiero pensar sea la edad y el natural deterioro cognitivo lo que le lleva a hacerse acreedora de meritorios abucheos. El 13 de julio de 1997 no asesinaron a un concejal del Partido Popular, mataron a un español, a un demócrata, a uno de los nuestros; veinte años después me pregunto en qué bando se sitúan los apóstatas de la consideración a su recuerdo, que es la de las otras 828 víctimas, pues me barrunto yo que mientras unos gritábamos “¡ETA, aquí tienes mi nuca!” o “¡No estamos todos, falta Miguel Ángel!” otros, los negadores, hoy, del pan y la sal, sostenían con firmeza la mano que empuñaba la pistola.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, 17/07/2017


lunes, 10 de julio de 2017

Mi amiga Marisa, la hermana de Carlos.




Poso mi mirada en la suya asomándome a dos insondables pozos de tristeza azul muy claro, casi transparente. El velo de un desconsuelo glauco tapiza la alegría contagiosa que irradia habitualmente. Sonríe aunque sus ojos lloran; es un llanto seco, quedo, liberador de la tensión y del sufrimiento soportado durante los últimos meses. Volvemos a ser las adolescentes que, con la cara embadurnada de protector solar de colores fluorescentes, regresan después de una agotadora jornada de esquí, portando al hombro sus equipos, entre risas que se nos atascan en la garganta hasta hacernos aflorar las lágrimas, parecemos más un par de apaches chifladas que dos aficionadas a los deportes de nieve. De eso hace casi treinta años. Treinta años… toda una vida. Ni recuerdo ya cómo nos conocimos y aunque es cierto que nuestra travesía hacia la madurez ha sido muy distinta, siempre ha corrido paralela, cercana. Durante años ambas hemos residido fuera pero a nuestras respectivas vueltas nos hemos reencontrado como si no hubiera existido el tiempo ni la distancia. Es como, si de nuevo, acabáramos de bajar de aquél ruidoso autobús preñado de bastones, botas y tablas para dirigirnos al mítico Zahira de nuestra primera juventud en busca de unas cañas clandestinas, ni siquiera éramos mayores de edad. Como si el tiempo se hubiera detenido en aquellos días felices; como si la vida, aún, no nos hubiera hecho reaccionar con alguna de esas tremendas bofetadas tras las cuales envejeces de golpe sintiendo la caída, a plomo sobre tus hombros, de todos los años transcurridos. Un WhatsApp escueto pero rebosante de cariño había puesto fin a meses de incertidumbre “A las 13.47 mi hermano Carlos coronó su último pico, el más alto”. Aunque previsible, el desenlace resultó tan inopinado que, pese a haber ido conociendo diariamente el estado y evolución, me impresionó; debe ser que una jamás se hace a la idea. Respeté con mi silencio ese instante que entendí debía ser íntimo, un primer duelo, privado y necesario, durante los momentos posteriores a un fallecimiento para que, cada quien, lo somatice o lo exteriorice como tenga por conveniente. La acompañé desde la distancia, como correspondía, aguardando una nueva señal que supusiera su expresa anuencia para invadir esa esfera de dolor y pesadumbre, invitándome a estar allí, si era donde debía encontrarme. Aquél indicio se materializó más tarde en una llamada y luego en estos momentos de desguarnecida compañía en la cocina de una casa, testigo mudo de nuestras otras muchas vivencias anteriores, que destila una paz fraguada en la fortaleza del carácter férreo, generoso y abnegado. Percibo la templanza en su aceptación, serena, de la marcha de un ser querido sin perder de vista a otro, mucho más vulnerable y dependiente de que ella, Marisa, mi amiga del alma, no se derrumbe. Ha perdido a su hermano mayor pero sostiene, con todo el amor, delicadeza y esmero, a su hermana pequeña a quien conocí, en esta cocina, cuando saltaba en pijama rosa y zapatillas de paño con sólo tres o cuatro años de edad; la misma que me invitó a escribir una Reflexión acerca de la Asociación de Síndrome de Down; la misma a quien, ahora, procuramos abstraer de la punzante realidad de la partida de Carlos unas horas antes preguntándole por la receta de la tortilla de patata que tanto le gusta y que está cenando o de la fiesta que al día siguiente va a tener lugar en su Asociación. Acaba por irse a la cama arropada por la entrañable protección de Marisa quien se asegura de que duerme profundamente antes de regresar a sentarse en la enorme mesa familiar de madera, no es necesaria ninguna palabra: levantamos al unísono los vasos, como en los viejos tiempos del Zahira, deseándole un buen viaje a quien, de forma tan prematura, se ha ido y anhelando, también, que sean muchos más los momentos, buenos o malos, que aún nos queden por compartir en esta cocina…

Ahora, mientras escribo estas líneas en soledad, brindo por la siempre cándida adolescencia y por mi amiga Marisa, la hermana de Carlos.

Publicada en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, Diario VIVA JAÉN, 10/07/17.

lunes, 3 de julio de 2017

El rey olvidado.





Si lo que se pretendía era homenajear, desde el patrio sentimiento de admiración y respeto, una época de nuestra Historia reciente como fue la Transición Democrática, el fiasco no pudo ser mayor. Esas Cortes Generales, en los 70 imbuidas de un prestigio y talento integrador que hoy brillan por su ausencia, volvieron a convertirse, nuevamente, en un circo. Y es que el paulatino fenecimiento de la gentileza detentada antaño por brillantes oradores, de uno y otro signo, ha terminado hoy materializada en la vulgaridad de los cantamañanas que, muy a pesar nuestro, nos representan. Intentaba la Presidenta del Congreso, Ana Pastor, cumplir con sus protocolarias funciones, como diligente maestra de ceremonias, imprimiendo a su discurso un tan hiperbolado entusiasmo oficialista que me llevó a cuestionarme si, en realidad, nuestra Historia no habría dado comienzo con la campaña electoral del 77. El ambiente traslucía una nostalgia ñoña, cuasi beatífica que obvió, no obstante, la ilustre presencia de uno de los artífices vivos del agasajado período. El Rey emérito no asistió pese a ser uno de los forjadores – o así nos lo han venido presentando los libros al dibujarlo como el vértice del consenso entre las dos Españas – de nuestra Democracia. No sé si de modo intencionado o no, desconozco si existió tal invitación o si la misma pudo ser declinada, quien sabe si gustosísimamente, por Juan Carlos I aunque todo parece indicar lo contrario, lo que sí me pareció es que Felipe VI pretendía arrogarse unos méritos que en modo alguno podrían corresponderle y no es que pretenda justificar, tal demérito, en su cada vez más evidente tendencia funcionarial en el desempeño de un cargo institucional que bien parece escrupulosamente reducido a un mero horario laboral, carente de todo compromiso con aquél amantísimo pueblo que lo aclamaba tras su proclamación, una actitud, la suya, en total y absoluta consonancia con el hierático desdén que muestra el rictus, frío y lejano, de la Reina Consorte, cada día más estirada y encopetada. Lo cierto es que yo sí eché de menos al padre del Rey, ese que jamás se refería al régimen como “Dictadura” – el hombre mostraba así su agradecimiento hacia el dedo divino por cuya obra y gracia pasó a ocupar un trono forzosamente vacante -, ese Borbón, tan Borbón, que resulta simpático por su peculiar modulación y forma, llana y casi gamberra, de excusarse cuando las circunstancias lo requieren – “lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir” justificaba, de este modo y con el único apoyo de dos muletas, la muerte de un elefante en Bostwana, rubias aparte, mientras ponía un gesto a mitad de camino entre la sorna, la compunción y el rubor de un párvulo sorprendido en medio de una travesura -, una personalidad que dista mucho de la de su hijo quien se dio un inmerecido baño de honores y gloria. No, no le correspondía. Será que Juan Carlos I ya incordia o que no se contempla en el protocolo un superávit de coronadas testas en un mismo acto o que, sencillamente, no se trataba de ninguna corrida de toros o alguna ‘castaña’ como cualquier inauguración de escasa proyección o la recepción de invitados segundones pero en ese acto debió estar el Rey Emérito recogiendo la gratitud y consideración mostradas por los asistentes hacia sus coetáneos, aquellos que no imprecaban desde los escaños portando claveles rojos y leyendas de un más que cuestionable gusto y pertinencia; los mismos portadores del decoro y buen hacer, hoy inexistentes, a quienes hemos de agradecer las libertades y derechos que un Estado Democrático nos otorga a sus ciudadanos por el mero hecho de serlo. Felipe VI, en el 77, vestía pantalón corto pero recibió las mieles del acto de conmemoración de las primeras elecciones democráticas como si a él se le debiera algo; su padre, el Rey olvidado, tendrá que aguardar a que surja algún ‘marrón’ que no demande la presencia del primer espada de la Familia Real. Una pena. Una injusticia. Y una vergüenza.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca de diario VIVA JAÉN, 03/07/17