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lunes, 19 de diciembre de 2016

Para después de las Fiestas.



En esta sociedad, tan plural como moderna, en la que vivimos todo está estereotipado. Son las convenciones y formulismos instaurados los que con frecuencia, quizás más de la que sería aconsejable, nos hacen caer en cierta inercia gregaria abocada al más profundo de todos los apáticos estatismos, olvidándonos del fondo pero cumpliendo escrupulosamente con la forma. El pasado día 8 de diciembre – para muchos Día de la Inmaculada Concepción- dio inicio lo que se conoce como “las Fiestas”, ese, tácitamente adoptado, período comprendido entre este día y el 8 de enero en el que la actividad, en general, se paraliza, al menos la burocrática, puesto que la social sufre uno de sus máximos repuntes. Así, mientras todo son comidas, cenas y reuniones con familia y amigos que terminan, irremisiblemente, con alguna que otra copa de más – se entiende, estamos “en Fiestas” -, la actividad laboral cesa, cualquier atisbo de trabajo, durante la jornada habitual, se queda congelado porque ya se sabe que “estas fechas son muy malas, ya si eso… para después de las Fiestas”… Y, mientras, yo que me declaro abiertamente enemiga de cualquier cliché social, ya sea el “para cuándo el novio”, “cuándo os casáis” o “vamos con los niños que se os va a pasar el arroz”, todas esas expresiones socialmente admitidas como síntoma de educada consideración e inocente cortesía que a mí me parecen una forma velada de meter las narices donde a uno no le llaman y no merecen mejor respuesta que “y a Vd. que le importa, oiga”, empiezo a experimentar algo similar con “las Fiestas”: cuanto nos rodea, por perentorio que pueda ser, pasa a un segundo plano pues aquí lo que prima es el jolgorio y la algarabía y es cuando me pregunto si, en realidad, no será la excusa – perfecta – para disfrutar de esa alegre gandulería que tanto nos atrae a los españoles. Los autónomos y profesionales liberales no podemos dejar de atender un asunto urgente porque “estemos en Fiestas” – más allá, claro es, del 24, 25 y 31 de diciembre y los consabidos 1 y 6 de enero, si no fallan las matemáticas se trata de cinco días -, pero para la generalidad, durante todo un mes no existe nada que no sean “las Fiestas”… En esta España de arraigada tradición y creencia católica es preceptivo conmemorar el nacimiento del Mesías Salvador, congratularnos por la venida al Mundo de ese Redentor durante la Misa del Gallo, a la que la gran mayoría no asiste por encontrarse, precisamente, celebrando “las Fiestas” y digo yo ¿por qué, para no herir la susceptibilidad de los practicantes que viven con fervor el sentido de la Navidad – Natividad del Señor -, no elegimos otra fecha para esta ociosidad beoda que tan fraternales sentimientos nos inspira al poseernos con esa desaforada tendencia a la falta de mesura en el comer y el beber en compañía de personas a quienes no vemos el resto del año?. Bastaría con sustituir las tarjetas, cada vez más ausentes en el correo postal que se ve desplazado por el electrónico, que representan helados paisajes por otros más florales que nos evoquen el final del invierno por ejemplo, podríamos celebrar, en su lugar, otras “Fiestas”: las de la primavera, total, si aquí al parecer, la razón que nos mueve es buscar la excusa para dejar de cumplir con nuestras obligaciones, al menos así gozaríamos de una mejor temperatura – con lo que nos gusta clavarnos en las terrazas al amor de esa caña fresquita -, eso o sustituir el cargante “para después de la Fiestas” por – como decimos en Jaén – “para cuando cobre la aceituna”, el efecto es el mismo: dar a entender al receptor del mensaje que no se tiene la menor intención de acceder a su solicitud. Así que, en contra de ese vacío protocolo socialmente instaurado con independencia de su significado – no importa qué se celebra, lo importante es celebrarlo-,  mis deseos para ustedes en estos días: que el Niño les bendiga desde el pesebre colmándoles con todos los dones que puedan desear y que el Nuevo Año nos sea propicio y nos permita, al menos, “cobrar la aceituna”, aunque sea “después de las Fiestas”.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca en VIVA JAÉN, el 19/12/2016.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Intxaurrondo, ese último bastión de honor y dignidad que resistió a Caín.


Fue durante la sobremesa de un caluroso día de agosto, apenas si tenía seis años pero mi recuerdo es nítido, los juegos y risas infantiles con mis hermanas se vieron interrumpidas por la melodía del avance informativo de la 1 – no teníamos entonces tantos canales -, la afectada presentadora comunicó la perpetración de un atentado en el aeropuerto de Sondica con el resultado de tres guardias civiles heridos, uno, finalmente, muerto. Su nombre: Antonio Nieves Cañuelo. Jamás olvidaré la reacción de mi padre al levantarse y dar un fuerte puñetazo contra la pared que hizo volar un cuadro próximo, derrumbándose, después, abatido sobre un sillón. Recuerdo también sus sollozos, no lo he vuelto a ver llorar. ETA había matado a Antonio, quien unos años antes, pocos, había sido su alumno. La serie “El Padre de Caín”, basada en el libro del mismo nombre de Rafael Vera ha levantado, me ha levantado, ampollas. Los llamados “años de plomo” no tuvieron, en realidad, esos efluvios tan románticos como edulcorados que se desprenden de una ficción con cierta, pero lejana, inspiración en el sufrimiento de 209 familias que dejaron a algún miembro en el País Vasco, 100 en Intxaurrondo. Asistí, atónita, a ese alarde de equipamientos de protección de los ficticios agentes de la Guardia Civil protagonistas de esta versión televisiva: cascos, chalecos antibalas, guantes anti-corte y vehículos blindados que aparecen, flamantes, en esa simulada recreación de lo que fue un infierno para ellos, los auténticos, para sus familias y para todos los españoles de bien. Me cuenta hoy, exhibiendo las cicatrices que la metralla de la muerte de sus Compañeros dejó en su alma perforada quien prestó servicio allí en los 80, que tampoco jamás se empleó la tortura, no era precisa, cuando detenían a un terrorista, éste, después de esputar su desprecio con el consabido “txakurra” – perro – en un último estertor de ese odio lentamente inoculado en ikastolas y solidificado, más tarde, en herriko tabernas, terminaba orinándose en los pantalones confesando lo inconfesable, incluido las más oscuras y viscosas miserias de su progenitora, tal era la ‘valentía’ de estos asesinos al verse acorralados. Tampoco es cierto que se celebraran esos fastuosos funerales; en Intxaurrondo tenían su propio Capellán castrense, para no despojar al caído de ese último honor póstumo de cubrir su féretro con la bandera por la que había entregado su vida en cumplimiento del deber, pues con frecuencia los sacerdotes exigían que la misma se retirase del ataúd durante sus exequias como modo de “evitar hacer política en la iglesia”, la misma iglesia que, días antes, había cobijado a terroristas “acogidos a sagrado”. Esos asesinos confesos, de cuyas fauces aún gotea la sangre de sus víctimas, ocupan hoy cargos en las mismas Instituciones Públicas de las que una vez abjuraron, cuyos sueldos pagamos todos; los asesinados – esos grandes olvidados del Estado – yacen en sus tumbas, tras clandestinos funerales pagados por sus familias, que han asistido impotentes a una doble ejecución: la de la bala y la del olvido, siendo ésta última la más cruenta. No hablemos, pues, de “guerra sucia”, ni tan siquiera de “guerra”, se trató de viles asesinatos de inocentes que llevaban, digna y honradamente, el pan a su casa. Mantengamos el decoro en memoria de nuestros muertos. Y aunque es cierto que ETA ya no mata, esto no absuelve al Estado del pecado del olvido de sus víctimas. Permítanme que hoy, mientras escribo estas líneas, me hierva la sangre pero es que yo la tengo verde. Hay que tener honor, mucho honor, para tener delante a Caín y no descerrajarle dos tiros entre los ojos. ¡Viva siempre, honrada, nuestra Guardia Civil!.

In memoriam de nuestros héroes caídos.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en VIVA JAÉN el día 12/12/16.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Ni pan, ni libertad, miseria y hambre en el Edén de Pepo.



“Ni pan sin libertad, ni libertad sin pan”, proclamaba el Comandante en Jefe, Fidel Alejandro Castro Ruz, el 24 de abril del 54, erigiéndose así en el líder de una victoriosa revolución libertadora que pondría fin, no ya al cambio del yugo imperialista tras la pérdida de Cuba por España, sino al descarnado latrocinio de Batista y la fallida toma de posesión, luego, de Rivero Agüero. Tras numerosos intentos de quebrar el espinazo de la oligarquía cubana, finalmente fue un abogado, ajeno hasta entonces a las ideas comunistas y de origen español, quien se convirtiera en el instaurador de una “pseudodemocracia” que pronto se despojaría de su máscara: fusilamientos masivos, expropiaciones colectivas, provocaciones continuas a Estados Unidos bajo el auspicio de la antigua URSS o desesperados éxodos clandestinos de familias enteras. Pero de las numerosas tropelías cometidas por este ególatra dictador, sin duda, la peor fue el secuestro de su propio país, a aquél Edén, a cuyo malecón se han dedicado tantas estrofas acompasadas, en cálidos ritmos, con el secuenciado arrullo de las olas, en estrelladas noches de sabor a ron, tabaco puro y sinuosos bailes de negros, se le extirpó, con la crueldad del carnicero, toda posibilidad de futuro, de progreso, con el fulminante cierre de fronteras. El encarcelamiento indiscriminado y la tortura arbitraria supusieron la aniquilación de cualquier vestigio de libertad y democracia. Ese reparto, equitativo, de la más absoluta miseria que muerde las entrañas de los cubanos hasta provocar la desesperada venta de su belleza de ébano, caribeña y sensual, a turistas sin escrúpulos a cambio de un puñado de monedas que mitiguen su hambre. Hambre prolongada a lo largo de los años en los que el gigante barbudo, henchido de sí, denostador impenitente de ese capitalismo en el que él mismo vivía instaurado, rodeado de lujo y placeres carnales y desde el que cargó, impune, sobre las magulladas espaldas de sus compatriotas, el triunfo de su revolución: un satrapismo burgués, tirano y despiadado que se transmitió con el relevo del poder a su hermano, Raúl, infame custode del legado conferido y a quien esa agónica revolución ha encomendado el vergonzante cometido de amnistiar los execrables crímenes que pesan sobre la memoria de Fidel, que era ya la de un muerto en vida desde que se retirara de la vida política para refugiarse en la comodidad del chándal. Mucho se ha especulado, desde entonces, acerca del delicado estado de salud de Castro y muchos, también, han sido los frustrados amagos especulativos, con su esperada muerte, de libertar del exilio en Miami a millones de cubanos que hoy celebran la auténtica liberación de su isla, tras el estertor de uno de los últimos reductos de la autocracia más deshumanizada y nociva de nuestra Historia Moderna. Salvas de honor y una fastuosa procesión de sus cenizas por tierra cubana,  exequias en una tierra prometida para unos, que ansían volver allí de donde jamás quisieron huir, sangrante de infortunio para otros que, desconocedores de la existencia de algo más que carestía y penuria, lloran al opresor, aquejados de ese síndrome de Estocolmo que implica el desconcierto, el miedo y el desasosiego de no saber gestionar una libertad de la que han estado privados. Miro a los ojos risueños, pequeños y negros, de Pepo, mi amigo cubano, jamás han perdido su brillo pese a las innumerables arrugas que los enmarcan, desde su marcha, en balsa, de La Habana con una bolsa de plástico que contenía todas sus pertenencias atada a la trabilla del pantalón, hace hoy más de cuarenta años, eleva un vaso con ron de caña mientras me dice, sin dejar de sonreír: “Tanta gloria lleve, como paz nos deja el Comandante, ¡salud, mi amol!” engullendo, de un trago, el dulce licor de su anhelada felicidad.

Publicada en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en VIVA JAÉN el 05/12/2016

lunes, 28 de noviembre de 2016

De la biliosa obscenidad mortuoria, ese deporte nacional tan nuestro.



La vida política se paralizó el pasado miércoles, ante el abyecto y repentino fallecimiento de la ‘Alcaldesa de España’. El, ya maltrecho, corazón de Rita también le jugó una mala pasada y decidió abandonarla a su suerte, como hiciera antes su Partido, el mismo al que consagrara su vida y que terminó arrebatándosela, quizás, del modo más indigno y deshonroso para todo político de raza, al desterrarla al sombrío reino del ostracismo y la fría indiferencia, antesala anunciada del patíbulo en el sacrosanto escenario de la res publica.
No faltó el execrable desaire de unos refractarios enemigos políticos incapaces de estar a la altura de un respetuoso minuto de silencio en memoria de la difunta, aunque no creo que a ella le importara un bledo, acostumbrada, como estaba, a lidiar en fieros combates dialécticos de los que salía airosa esgrimiendo, con gran temple y maestría, las letales armas de una aguda inteligencia y ese sarcasmo, tan corrosivo como certero, que zanjaba toda disputa con similar efecto al de la plúmbea descarga del bofetón dispensado con un puño de hierro, creo que, por el contrario, lo que, con toda probabilidad, hubiera desatado su furia habrían sido las aduladoras palabras farisaicas de sus antiguos compañeros de filas, sepulcros blanqueados y esperpénticos portavoces de la hipocresía más baja y rastrera, defendiendo la honestidad de aquella a quien despojaron, a jirones, de presunción de inocencia y militancia, a modo de leal ofrenda por ese victimario ávido de ocupar el Gobierno que proclamaba, en escrupulosa observancia del pacto alcanzado que lo elevara al poder, la cruenta extirpación de los viscosos tentáculos de las corruptelas. Ese mismo trilero del verbo que, tras vocear la irremisible expulsión de la “presunta corrupta”, vino el miércoles a justificar, con gesto adusto, el destierro infligido por el todopoderoso PPadre como único medio de evitar el previsible linchamiento mediático de la finada. Alguien dijo, una vez, que “en política, hoy ERES y mañana, ERAS”, yo me atrevo a afirmar, “hoy ERES y mañana ERAS, salvo que te mueras, pues entonces SIEMPRE SERÁS” y es que en esta España nuestra, la biliosa obscenidad mortuoria, ese deporte nacional tan nuestro, nos lleva a lapidar al “culpable sin juicio” para canonizarlo tras su muerte, pasando, así, de ser despiadados verdugos para convertirnos en dolientes plañideras, desdiciéndonos, sin pudor, de lo que dijimos para culpar de nuestros propios actos a quienes, adversarios naturales, carecen del mínimo poder para producir tan deletéreo daño. Y es que así somos, fuimos y seguiremos siendo, siempre, los españoles.

DEP, Rita Barberá Nolla - Eterna "Alcaldesa de España".

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, de VIVA JAÉN el 28/11/2016.


                                                                                                                                                      

lunes, 21 de noviembre de 2016

El monstruo que ya no vendrá a verla.




En ocasiones como ésta, la empatía no resulta suficiente para llegar a comprender el dolor ajeno. Dolor de una niña a quien, del modo más despiadado, cruel y atroz, le han arrebatado la infancia y dolor, también, de la madre que le dio la vida. Una vida resquebrajada a los 11 años, cuando comenzó a sufrir, en silencio, el más humillante de todos los abusos, infligido por quien debía protegerla, aun a costa de la propia existencia: su progenitor, discúlpenme si no lo llamo padre pero el término le viene muy grande a un ser capaz de encontrar el disfrute en lascivos tocamientos realizados a su propia hija. No puedo imaginar el sentimiento de vergüenza, de repulsión y de angustia que la criatura debió experimentar, ni las amargas lágrimas engullidas bajo la mordaza que la ha atenazado durante cinco años. El miedo, su miedo, esa pegajosa sensación que se va apoderando, lentamente, de tus músculos hasta paralizarte y que nadie debería jamás experimentar, mucho menos un niño. Leí, estupefacta, la terrible noticia y si cualquier daño a un menor me parece execrable, éste constituye la peor de todas las aberraciones que un ser humano pueda cometer. Pese a que resuena aún el estallido, no termino de digerirlo, no puedo, no DEBO, pues no escandalizarme ante semejante oprobio significaría que me estoy desnaturalizando, que paso a engrosar esa larga lista de enfermos sociales que hacen víctima de su delirio, siempre, al más vulnerable. No soy penalista, nunca lo he sido, ni pretendo tampoco serlo ahora, pero habré de reconocer el éxito profesional del abogado que ha conseguido semejante reducción de pena quedándose, el tiempo que el autor de tan reprobable conducta deba estar confinado, precisamente, en la mitad del que su hija vivió en el infierno: sólo dos años y medio, una indemnización - ¿tiene, acaso, precio la feliz infancia? -, la privación de la patria potestad - ¡qué menos! – y una orden de alejamiento por ocho años a partir de su excarcelación. Me pregunto si no sería más justo aplicar la Ley del Talión... Hoy, mientras escribo estas líneas, a la pequeña valiente le deseo que el maravilloso resorte de autoprotección llamado memoria selectiva cumpla pronto con su labor; la serenidad y el consuelo que otorgan la certeza de que el monstruo ya no vendrá más a verla y, también, que llegue el día en que, ojalá, comprenda que si la Naturaleza erró al darle semejante padre, Dios la ha compensado con la mejor de las madres, a quien le muestro mi sincera admiración por la entereza y el coraje que sólo aquellas a quienes llamamos ‘MAMÁ’ poseen y que, instintivamente, enarbolan ante el ataque a un hijo; no quiero, tampoco, olvidarme del delincuente confeso de semejante brutalidad, para quien ruego que el tiempo de prisión le sea propicio y no se convierta en un averno habitado por malignos espectros al acecho, durante las horas tristes de oscura soledad, de obsequiarle con la misma acción de su propia culpa; pido porque la indeleble huella de su pecado lo acompañe hasta el último de sus alientos y que, más allá de esta falible justicia humana, purgue un día su doble falta: la cobarde dejación en sus deberes de padre y la de la vileza de romper la vida de aquella por quien debió estar dispuesto a perderla. Dijo, una vez, Jean A. Petit – Senn “los hijos se convierten para los padres, según hayan recibido, en una recompensa o en un castigo”… ¿le serán suficientes treinta meses para reflexionar sobre ello?. Que la culpa lo ampare: salud y larga vida.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en Viva Jaén 21/11/2016.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Desiderátum: el Presidente con nombre de pato que nadie recordará.





Si Stephen Grover Cleveland, quien fuera el 22º y 24º Presidente de los Estados Unidos de América, Demócrata, para más seña, que será siempre recordado por su lapidaria frase “solo tengo algo que hacer y es hacer lo correcto”, hubiera considerado que lo acertado no era masacrar a los apaches bajo el mando de Gerónimo, auténticos nativos de las tierras norteamericanas, como medio de erradicar la molestia que los asentamientos indígenas suponían para la progresiva colonización blanca del Oeste, sino construir muros que impidieran el acceso a inmigrantes de modo que a un tal Friedrich Drumpf, alemán llegado en compañía de su esposa, también alemana, en 1885 a América, en lugar de permitirle su naturalización, años después, como ciudadano americano se le hubiere deportado a su país de origen “por delincuente”, estoy segura de que el más ario de los norteamericanos, Frederick Trump antes Friedrich Drumpf, no sería el abuelo del nuevo Presidente de Estados Unidos. Ese histriónico teutón – por carácter y genealogía - hilarante en su comportamiento, misógino convencido, racista proclamado, clasista confeso y homófobo impenitente que se auspició, cuán Mesías redentor, bajo el lema “We are going to make OUR country great again” – “Vamos a hacer NUESTRO país grande de nuevo” – es ya el Presidente nº 45 de ese enorme territorio que aniquiló a sus pobladores autóctonos para convertirse en una nación sin Historia, fundada, en origen, por los condenados a galeras de la Corona Británica y otros desechos excretados por la vieja Europa pero que ha terminado erigiéndose en el mayor artífice de los designios de la Humanidad; un vasto país, aquél, en el que se persigue ese “sueño americano” como paradigma de las libertades, los derechos y la igualdad y que hoy se convulsiona en plena crisis social: el nuevo Presidente electo, descendiente de inmigrantes como todo el mundo allí, es repudiado por casi el 70% de la población norteamericana habiéndose izado, contra todo pronóstico, en el democrático trampolín de unas elecciones presidenciales que se han decantado, finalmente, del lado Republicano. Y mientras pienso en esa previsible ruptura del Tío Sam con esta Europa nuestra, condenada al pago del portazgo, me convenzo del peligro que nos acecha en los radicalismos proteccionistas e intervencionistas que, desde un extremo y otro, terminan convergiendo para materializarse en bizarras figuras caracterizadas por su personal estética capilar, pues si en Estados Unidos tienen el tupé rubio pollo de la extrema derecha, en España no nos iba a faltar la coleta desgreñada de la extrema izquierda. Espero que mi desiderátum de que el extravagante Presidente de los EEUU, con nombre de pato animado, pase sin pena ni gloria por la Casa Blanca nos haga reflexionar acerca de los riesgos del descontento generalizado en una Democracia, pues ya se sabe que “más vale prevenir que curar” y poco avezados han estado allí cuando, hoy, miles de ciudadanos lo lamentan al grito de “¡no es mi Presidente!”. ¿Escarmentaremos aquí, aun cuando sea por una sola vez, en cabeza ajena?. Ya veremos.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, de VIVA JAÉN el 14/11/2016.




lunes, 7 de noviembre de 2016

Los galones de Cospedal y la cabra Lola.


Leía el otro día un artículo de Arcadi Espada en el que a colación de la, en aquél momento, quiniela de ministrables, apelaba al “hartazgo icónico” que ya padece el pueblo y expresaba, con un acertado criterio, la necesidad de ir rompiendo esa red de compromisos, favores, amistades y enemistades personales que el bueno de Don Mariano, tan dontancredo, tan estafermo y tan gallego él, había ido tejiendo y que, lógica y consiguientemente, al rodearse de deméritos más que de méritos, había terminado descalabrando algunas de las patas de su Ejecutivo. Escribía el periodista, también con gran acierto, acerca del objetivo fracaso de la Vicepresidencia en la tarea de coordinación ministerial, su incompetencia manifiesta en relación al coqueteo secesionista catalán o en la simple gestión de la televisión pública. Pasaba Arcadi, no obstante, de puntillas por las torpezas y mentecateces  - con el único y aciago precedente de los ministros zapateristas - de Margallo y Fernández Díaz, sin olvidarse de la “despótica brutalidad” de Montoro, al emplear un conocimiento privilegiado para el ataque descarnado hacia determinados contribuyentes, tras lo cual concluía, el columnista, en la necesidad “adjetiva y sustantiva” de un nuevo gobierno. Le di la razón: existía un imperativo de sangre nueva que fluyera por el organigrama estatal, y ese convencimiento parecía desprenderse, también, de las palabras del Presidente en ciernes, ya más relajado pero igual de gallego, al afirmar que “había entendido el mensaje y que se hacía preciso negociar”, apelando, entonces, a ese talante conciliador de quienes integrarían – o así lo entendimos la mayoría – el nuevo, competente y flamante Gobierno, para, una vez asegurada su investidura, desdecirse de lo dicho porque a él, tan gallego, “nadie le iba a coaccionar, ni siquiera la oposición”. ¡Toma ya!, y con ese plúmbeo ostracismo se fue del Congreso, dejándonos a nosotros las cábalas y elucubraciones de quién ostentaría, por ser el mejor cualificado, una cartera u otra y así anduvimos hasta que, por fin, se levantó el secreto de sumario sobre tan espinoso asunto: repetían caras, pese al “hartazgo icónico” e inhabilidad acreditada de los propietarios de las mismas, frustrando el esperanzador nombramiento de los “nuevos valores del PP” que facilitara esa anhelada ‘sucesión natural’ que ya va tocando si la derecha española quiere seguir evolucionando, pero, al menos para mí, lo más sorprendente ha sido la designación de María Dolores de Cospedal como Ministra de Defensa y no porque crea que una mujer no puede ser una buena “sargenta” sino porque poco o nada puede aportar, al cargo, una Abogado del Estado, algo así como encomendar la dinámica castrense a un pacifista, cuando si invocamos esa “aptitud y preparación” prometida por el PP tras la agónica impericia de la era ZP, lo predecible hubiera sido designar a un militar. Pero no, Don Mariano es así y María Dolores, me cuentan, ya ha empezado a estudiarse los rangos del escalafón militar, memorizando disciplinadamente el significado de las divisas que festonean cada uno de los uniformes verde caqui, blanco y azul… Quién sabe si, en un alarde de esa férrea caballerosidad marcial que la caracteriza, la Legión no llamará Lola a la próxima cabra que desfile con ellos el Día de la Hispanidad. ¡Hagan sus apuestas, señores, abran juego!.

Publicada en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en VIVA JAÉN el día 07/11/2016.

lunes, 31 de octubre de 2016

Don Rajoy y Doña Inés en la víspera de todos los Santos.






Como cada año vamos preparando las castañas, las nueces y las gachas que estamos en vísperas de una de las más tradicionales aunque, ya también, más desnaturalizada festividad, la de Todos los Santos y Fieles Difuntos. Días de recuerdo y honra a quienes nos dejaron, aunque no creo yo que el Partido Susanista Obrero Español llore a su recién finado, Pedro Sánchez, ni vaya, tampoco, a venerar su memoria tras la cruenta defenestración del “noesnoísmo” que casi termina con el sistema nervioso de los españoles y dinamita los pilares de un Partido histórico. Y ahí andamos, a vueltas con los Santos y el exportado Halloween, pero asistiendo en su víspera, como manda nuestra patria costumbre, a esa escena tragicómica del estafermo Tenorio que ronda las beldades de una Doña Inés que parece cejar, al fin, en su rechazo, portando al cuello una cruz de Borgoña, “ironías de la Historia” osó afirmar una mala e ignorante conciencia desde el estrado. Y se ha adelantado, así, el aterrador desfile del “truco o trato” en el Camposanto de la Democracia que es nuestro Congreso, pues como bien dijo T. Roosvelt “una gran Democracia debe crecer para seguir siéndolo” y la nuestra, raquítica y asentada sobre las bases del libertinaje voraz de unos espectros que ansían el don de la ubicuidad, al pretender estar, a un tiempo, renegando del Tenorio y rodeando el cementerio de libertades e ideologías que ha pasado a ser nuestro Parlamento, parece estar abocada a una crispación que terminará, sin duda, destruyendo al propio Estado. Deambulaban, estos días, Sus Señorías cuán fantasmagóricas criaturas por los pasillos del hemiciclo portando en sus maletines los buñuelos y los huesos de santo con los que acompañar el café del receso tras otra nueva jornada, ésta ya más relajada, de tibias luchas de egos, escupitajos en pleno rostro, insultos ‘sotto voce’ y  sustos, mientras, expectantes, aguardábamos el final, tan próximo como ambicionado, de la obra, aquél en el que Doña Inés de Ulloa se lleva a Don Rajoy Tenorio, con ella, por toda la eternidad de la nueva legislatura, pero por una cuestión de honor más que de amor, que después de diez meses, tenemos derecho, los españoles, a honrar a nuestros muertos con la serenidad y la paz de un Gobierno estable, queda por ver, ahora, cuánto durará la tregua de estos fuegos fatuos, pues ciertas modernidades como el amplio abanico de opciones ideológicas que enterraron el, antes, denostado y hoy anhelado bipartidismo, no están hechas para nosotros, los españolitos no tenemos cultura democrática, no creemos en el voto de castigo y arrastramos, irremisiblemente, sobre nuestra boina irónicas cruces que son motivo de las más radicales soflamas proferidas por aquél que un día aspiró a gobernar el grandioso país del que, incluso, desconoce su Historia. Supongo que será un sentimiento colectivo, el de este año, cuando camino del cementerio, con ramos de coloridas naturalezas poliméricas “Made in China” bajo el brazo, imbuidos en nuestros pensamientos y recuerdos, dediquemos uno muy especial a nuestros Sres. Diputados: “Señorías, si quieren que los españoles dejemos ya a sus muertos en paz, dejen, primero, Vds. en paz a los nuestros, olvídense de trucos que lo que exigíamos era un trato”.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en diario VIVA JAÉN, 31/10/16.

lunes, 24 de octubre de 2016

Una zapatilla de paño y muy buena puntería.




A veces ocurre que aquello que, aparentemente, nos resulta más complicado de resolver, tiene, en realidad, la más fácil de todas las soluciones: la que se encuentra en el mero sentido común. Algo así como la elemental respuesta al famoso enigma del “huevo de Colón”. Con frecuencia, cuando nos parece que una determinada cuestión, difícil componenda puede encontrar, es tan simple como escuchar mentalmente el temido “ten la dicha de que vaya yo a buscarlo y lo encuentre”, recurrente frase aquella, de toda madre, en nuestra niñez, ante los reiterativos requerimientos de dónde estaba tal o cual cosa que, curiosamente y a modo de desesperado intento de eludir el inexorable cumplimiento de tan funesta advertencia, siempre terminaba apareciendo. Pues bien, tengo el convencimiento de que la razón de todas nuestras tribulaciones colectivas se debe a que, efectivamente, no se ha optado por “profesionalizar” el altruista arte de la “cosa pública” y no me refiero a diseñar un cumplido plan de estudios que forme a gestores, oradores, estadistas, políticos en suma, capaces de redimensionar los recursos públicos, ya sea en el ámbito municipal, provincial, regional o en el estatal. No. Nada más lejos de eso, sino en poner al frente del gobierno a una madre, de las de antes, de las de toda la vida, que coja el timón de esta enorme nao que navega a la deriva por el motín generado, en ese desmedido afán de timoneles, capitanes e, incluso, remeros y grumetes de continuar con la inútil pugna de “aquí la barca la piloto yo o nadie”. ¿Que no se ponen de acuerdo?, pues madre al canto: “no discutáis más y haced el favor de llegar a un acuerdo que ya veréis como vuelva yo a oír siquiera una mosca”. ¿Que las cuentas no cuadran?, ahí estaría esa madre con sus “apartadillos” destinados a suplir los gastos precisos para el óptimo funcionamiento de una economía doméstica que terminan estirándose hasta el punto de conseguir, incluso, ahorrar. Que las calles están sucias por la falta de una gestión efectiva de mantenimiento, recogida y tratamiento de basura, bien porque no sea posible hacer un estudio presupuestario hasta no se sabe qué fecha, bien porque no se encuentra a quien contratar para el desempeño eficiente de este servicio público, si hubiera, también, una madre al mando ya podríamos apostar que no habría ni un solo papel en el suelo “¿tú haces eso en tu casa?, ¡pues busca una papelera ahora mismo que al final lo vas a terminar recogiendo con un pescozón puesto!”. Si es que una madre es, dado su sentido común, la mejor gobernante, la mejor gestora, la mejor en lanzarte la zapatilla y, siempre, con tan buena puntería que ese escozor, en salva sea la parte, no es sino el más efectivo fármaco para acabar con todos los males que, irremisiblemente, principian con el más abundante e inevitable padre de todos: la soberana estulticia. ¿Acaso seguiríamos a vueltas con esas terceras elecciones; de verdad estaríamos haciendo objeto de estudio municipal la concesión de un servicio de recogida y tratamiento de basura o, incluso, tendríamos unas horribles e inútiles escalerillas mecánicas que nunca funcionan en la Calle Nueva, si hubiera una madre que, tras proferir el lapidario “tómate el zumo rápido que se le van las vitaminas”, se quitara la zapatilla con cara de pocos amigos mientras guiña un ojo para afinar la puntería?... Yo creo que no, no sé qué opinaran ustedes.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en Viva Jaén, el día 24/10/2016

lunes, 17 de octubre de 2016

Es a Vd., señor director de geriátrico, a quien debería darle vergüenza, si la tuviera claro.







No hay negocio más censurable que aquél que se lucra a costa del bienestar de niños o mayores, los primeros porque nada más enternecedor hay que un infante que no puede valerse por sí mismo, al carecer de la autonomía suficiente para cubrir sus necesidades vitales básicas y los segundos porque, además, se han hecho merecedores, por derecho propio, de ese retiro dorado tras una vida de trabajo, de ahí que siempre estén mejor valoradas las residencias públicas que las gestionadas con capital privado. Me cuentan que, durante este verano, se contrató a un trabajador con la cualificación de experto en atención geriátrica en una residencia que se publicita, en Jaén, como el paradigma de las comodidades y esmerados cuidados asistenciales para la tercera edad, ya puede, pensé, cuando el importe medio de la mensualidad asciende a 1.500 euros que, religiosamente, han de abonar sus residentes. Al incorporarse a su puesto de trabajo detectó ciertas anomalías tales como una manifiesta carencia de personal para atender debidamente a los ancianos, el uso de toallitas de bebé para el aseo diario de los mismos en lugar de esponjas jabonosas, un único trabajador para el servicio de comedor, retirada y limpieza de menaje, sólo otro más para la higiene de las instalaciones, amén una larga pléyade de irregularidades que contravienen la reglamentación de este tipo de establecimientos. Estos extremos fueron expuestos ante la dirección del Centro que, al parecer, piensa que invertir en geriatría es un negocio muy rentable, pues obtiene su beneficio a expensas de la carencia prestacional debida a los usuarios que pagan por ella. Y al no ser posible redimensionar la actividad sin incurrir en costes que mermen sus pingües ganancias, por expresa negativa del responsable, este trabajador decidió renunciar a su contrato laboral, algo loable en los tiempos que corren, pero que denota una gran profesionalidad al negarse a participar de tan execrable contubernio, renuncia que, no obstante, debía llevar implícito el abono de los servicios prestados. Tras dos largos meses en los que el Centro en cuestión no tuvo a bien pagar la nómina del tiempo durante el que este, insisto, profesional de la geriatría estuvo desempeñando su labor en unas condiciones, cuanto menos, deficitarias, se contactó con el gerente para requerir el pago de su sueldo y finiquito, obteniendo no sólo imprecaciones y desabridas advertencias que califican a este miserable como lo que no podrá jamás dejar de ser, sino, además, un zafio “click” al otro lado de la línea, tras el apercibimiento de la posibilidad de reclamar lo debido ante la oportuna sede. Un par de días después, y un gran número de llamadas perdidas en el móvil del trabajador mediante, se le cita, por fin, para liquidarle su derecho de cobro. Este buhonero de la senectud llega, incluso, a insultar al trabajador “¡No tienes vergüenza, amenazar con llevarme al Juzgado, a mí, a mí!”, cuando, es obvio, quien carece de ella es el que provoca que los demás tengan que ejercer sus derechos; no la tiene, tampoco, aquél que mantiene en unas condiciones deplorables a personas que pagan – y a qué precio – por los servicios que no reciben. Amigos lectores: asegúrense de en qué tipo de residencia dejan a sus mayores, velen porque se cumpla escrupulosamente la legalidad en las mismas y exijan la garantía de calidad por la que están pagando. Y ahora si me disculpan, en ejercicio de mi deber cívico y en beneficio de nuestros venerables ancianos, tengo una denuncia que interponer.

"Esto es envejecer y es jodido, mucho, pero es MI problema no el vuestro y es aquí, 
en mi casa, donde quiero estar. Hay belleza en la vejez
"

De Natalia (Lola Herrera) en La Velocidad del Otoño.

lunes, 10 de octubre de 2016

25 años de cromosomas de lunares y farolillos en la feria de San Lucas.


La trisomía 21 es sólo la existencia de un cromosoma extra que provoca un síndrome, un conjunto de síntomas y signos, no es una enfermedad, de modo que quienes lo padecen no son enfermos, sino personas con capacidades diferentes, ríen, lloran, estudian y trabajan igual que quienes no lo padecemos. Conocí a Cristina cuando tenía apenas cuatro años, saltando en pijama, zapatillas de paño y bigotes de chocolate en la cocina de su casa, inundando aquél hogar de juegos, risas, trastadas y alegría, como cualquier otro niño. Hoy es una chica independiente que trabaja, se divierte con sus amigos y lleva la vida de cualquier otro joven. – “¿Estás contenta?” – “Claro, estamos de cumple”, me contesta, guiñándome un ojo, ilusionada por la celebración del aniversario de la Asociación, su Asociación. Ella pertenece a una familia numerosa y desde que nació ha estado muy estimulada, pero no siempre es así, otros niños no tienen la suerte de pertenecer a una enorme “tribu” con hermanos próximos en edad y encuentran esa estimulación, necesaria a lo largo de toda su vida, a través de las diversas actividades que organiza la Asociación, una Asociación fruto de la esforzada obcecación, el esfuerzo y las lágrimas de muchas personas anónimas y de otras más conocidas como nuestro Santi Rodríguez. La Asociación de Síndrome de Down de Jaén y Provincia instala también, con mucha ilusión, este año su caseta. Llevan un cuarto de siglo de andadura: unos lejanos pero duros inicios, primero, en el domicilio de la Presidenta, más tarde se trasladarían a un bajo de la Avda. de Andalucía y desde hace cinco años disfrutan de una nueva sede en la que orientan a las familias y promueven la importancia de una atención temprana para desarrollar las aptitudes de los niños Down. Hoy, desde esta tribuna, me propongo transmitir una invitación, -“Oye Cristi ¿tú quieres que yo cuente en el periódico lo del cumple de la Asociación?” –“Síiiiiii… y que venga mucha gente”, una propuesta solidaria para contribuir a los proyectos e ilusiones de las personas Down, - “¿A qué se va a la Feria?”, le pregunto de nuevo a Cristina – “A disfrutar, a comer en familia y a tomarse unas copas con los amigos”, ¡pues claro, toma ya!, ¿a qué si no?, todos vamos a eso y el mejor sitio, sin duda, es aquél que se encuentra atendido por el infinito cariño, la abnegación, el esmero y la generosidad de unos padres voluntarios que nos regalan su tiempo para que podamos divertirnos en el nuestro, respondamos con la nobleza, la grandeza y el talante de los jienneses de bien, no creo que los fondos recaudados puedan tener, jamás, un mejor destino ahora que se han reducido las ayudas y subvenciones, tan necesarias para el continuo desarrollo de mis, nuestros, niños Down, así que vamos a la Feria, hay un cumpleaños y tenemos que celebrarlo, nos invitan Cristina, Manuel, Pablo, Montse, Mario y muchos más amigos, celebremos juntos ese “cumple”, los 25 años de cromosomas de lunares y farolillos en la feria de San Lucas. Yo, por supuesto, la acepto y os espero a todos en la caseta de la Calle 14 de octubre, ¿quién podría declinar tan tierna invitación?.


Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en Viva Jaén, el día 10/10/2016.

lunes, 3 de octubre de 2016

Los de San Ildefonso también pagamos los impuestos, oigan.



Vivir en el barrio más céntrico y tradicional de Jaén, donde el intrincado laberinto de calles y callejuelas confiere al parroquiano el anhelado sosiego de una vida ajena al ruidoso bullicio del centro con el que linda, es un verdadero lujo. Quienes vivimos allí, disfrutamos a diario del sabor de sus costumbres: un café con tostadas de aceite y tomate, unas cañas a medio día en cualquiera de sus apetecibles tabernas con esa tapa que regala nuestro sentido del gusto y ¿por qué no decirlo?, unas calles sucias y descuidadas en las que se acumula, junto con demás porquería, la cera de las procesiones –“¡pero qué bonito es ver los pasos procesionar por el barrio de San Ildefonso!”– que hace estragos con las primera lluvias. Mi barrio es un barrio joven-viejo, una miscelánea humana en la que plácidamente convivimos gente joven y mayor, muy mayor, sin que, no obstante, la edad sea una criba para los, inevitables, resbalones y caídas especialmente crueles en las caderas más veteranas, es obvio –“Doña Paquita, tenga Vd. cuidado, no vaya Vd. a resbalarse…”, “Ay sí, hija, que con una vez ya fue suficiente pero como, aquí, las calles no se limpian…”-. Es bellísimo el enclave, en pleno casco histórico, aunque los fines de semana se vuelva impracticable, los vehículos toman manu militari el espacio destinado al tránsito de los viandantes, especialmente en la Calle de Teodoro Calvache, con el riesgo que de ello se deriva, ante la pasividad de aquellos a quienes compete velar por nuestra seguridad, eso sí, la multa es inevitable cuando dejas el coche en la puerta de tu casa para descargar la compra – “¡qué mala suerte la mía que los fines de semana no puedo caminar por la acera pero ahora, en cinco minutos, me llevo un bonito boletín de color rosa, dedicado y todo!… ¡la vida es una tómbola!” que cantaba Marisol -. No resta esto ningún valor, tampoco, a mi barrio, uno de los más tradicionales, en el que exhibimos orgullosos nuestra Basílica Menor de la que tomamos el nombre, una zona de rancio abolengo, de esas que, en cualquier ciudad, se mima y cuida con esmero, al saberse una joya del patrimonio demanial, por eso, supongo, mi calle es de las pocas por las que la Navidad no pasa, o si lo hace, es de puntillas, no vaya a dañarse este tesoro urbanístico: ni una sola bombilla de iluminación navideña. Así, mientras Jaén huele a castañas, a turrón y mazapán y se extasia con el alumbrado de sus avenidas y arterias principales al son de panderetas y zambombas, los de San Ildefonso – que también pagamos impuestos – carecemos de ese espíritu navideño, dadivoso aguinaldo consistorial, que imbuye a quien contempla la colorista catenaria de las calles adyacentes. Es bonito San Ildefonso, un barrio perfecto en el que residir, donde sus vecinos, nos conocemos y nos saludamos llamándonos por nuestro nombre, un barrio con historia: los restos de la muralla donde, soberbia y ajena al devenir del tiempo, se yerge la Puerta del Ángel, junto al Convento de las Bernardas…San Ildefonso, un barrio, el mío, en el que los residentes, a pesar de todo y aunque no lo parezca, también pagamos religiosamente nuestros impuestos, oigan.

Publicada en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en Viva Jaén el día 03/10/2016.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Del impune latrocinio de los bancos y otras tropelías.





¿Gastos?, si no tienen justificada la contraprestación efectivamente prestada se convierten en comisiones encubiertas y no todas la comisiones son legales, no lo digo yo, lo dice el Banco de España. Nos sobresalta continuamente ese apunte en la cuenta corriente, a veces de un euro, en ocasiones de varios pero siempre, o casi siempre, sin justificación. Te quejas, te lo devuelven. ¿Por qué tengo que quejarme para que me devuelvan lo que no les debo?. “Han cambiado las condiciones de la cuenta”. Disculpe, pero ¿a mí, eso, quien me lo ha notificado?. Vamos a ver si lo entiendo, Vds., señores, me obligan a mantener una cuenta corriente –con sus correspondientes gastos de mantenimiento, comisiones y condiciones que modifican, a su muy voluntarista socaire, cuando les place o según se les antoja– que yo utilizo, únicamente, para devolverles el préstamo hipotecario, es decir: me cobran, también, por cumplir con mi obligación de devolverles el dinero, de modo que aprovechando, cuán viles cuatreros, la transferencia del importe exacto, ni un céntimo más, porque no me da mi realísima gana de que custodien ni uno sólo que no les deba, se inventan una comisión, un gasto o una canonjía cualquiera, lo mismo da, para evitar que se produzca el puntual pago de la hipoteca, de modo que cuando vayan a cargarla no pueda hacerse efectiva y se genere lo que denominan, ya hay que tener jeta, un “impago” que, a su vez, conlleva una comisión por “reclamación”, que jamás articulan por medio alguno y de la que deriva otra más por “descubierto” y así sucesivamente. Protesto, nuevamente, por este abuso en la oficina que, indefectiblemente, deriva, mi queja, al Defensor del Cliente - ¡¿pero Vds. saben leer?!, en ese papel no dice “Al defensor del Cliente”, sino “Al Sr/a. Director/a de la Oficina”-, respuesta: “le comunicamos que al no contar con la documentación suficiente no podemos resolver la cuestión planteada”, “¿y a mí que me importa, Don Defensor del Cliente?, si yo con Vd. no hablaba…” Y así día tras día, mes tras mes y año tras año desde que, hastiada por el despotismo lucrativo del banco sanguijuela, decidí que abonaría mensualmente el importe de la hipoteca por ventanilla y así lo seguiré haciendo mientras continúe esta solazada espera mía de una respuesta lógica y coherente por parte del Sr/a Director/a de la Oficina, que no del Sr/a Defensor del Cliente a quien no tengo el gusto de haberme dirigido jamás, antes de recurrir al Banco de España o a los Tribunales -a mí el abogado me sale gratis- mientras los gastos que la Entidad ha tenido a bien inventarse, salvo acreditación en contrario, siguen incrementándose en mi cuenta sumidos en ese interesado ostracismo de quien debe justificarlos y no lo hace. Y ahí vamos, a ver quién tiene más cabeza –  no será, en esta ocasión, D. Bernardo López - o se cansa antes, cuando, montada en mi burro, lo que me sobra es tiempo y paciencia. No voy a cejar en mi empeño y Vds., al parecer tampoco, por lo que me barrunto yo que, al final, esto terminará en el Juzgado y mientras tanto, emulando a Pérez – Reverte, sólo me resta decirles “permítanme que les tutee, imbéciles”: ¡a robar, a Sierra Morena!.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, de VIVA JAÉN el 26/09/2016.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Escuchar al campanero.






Hace unos días, se nos atragantó el primer café de la mañana al asistir, estupefactos, al vil acto televisado de arrancar de las entrañas de su familia de acogida al pequeño Joan, sus padres “pre-adoptivos” – me pregunto qué figura legal es esa de la “pre-adopción”, cuando nuestro sistema sólo recoge el acogimiento o la adopción como tal -, se veían obligados a dejar a “su” pequeño, de apenas cuatro años, en la Comandancia de la Guardia Civil, por orden de una “injusta y aberrante” Sentencia dictada a favor de la madre biológica que acababa de cumplir la mayoría de edad. A todos se nos encogió el corazón y empezó el linchamiento mediático, especialmente enardecido tras las primeras imágenes de la madre, quiero pensar que nada tuvo que ver el color de su piel, su apariencia e incluso, su juventud. Más tarde, las redes sociales, ardieron con una desgarradora carta abierta en la que esta joven de origen guineano, María José Abeng, narra su personal odisea, desde su internamiento en un Centro de Menores, su embarazo a los 14 años y lo que ella misma denomina su “lucha contra el dragón” por recuperar a su hijo “que se llama Juan Francisco, ni Joan, ni Xuanín”, nos hizo cambiar la perspectiva, ya teníamos las dos versiones…
También hemos vivido un episodio similar con la joven madrileña desaparecida en A Pobra do Caramiñal, Diana Quer, desatándose una guerra de graves acusaciones, retirada incluida de la custodia de la otra hija menor a la madre, entre sus progenitores, en plena vorágine de un cinematográfico “Quer contra Quer”, fuimos obteniendo más datos: la especial afición de la chica a “desaparecer” durante varios días de su domicilio, la alienación parental en relación a la otra hija del matrimonio, cuyo padre le aseguraba que con él estaría mejor que con la “psicópata” de la madre, por lo que tras digerir la avalancha informativa concluimos que ni el bueno, al parecer, es tan bueno, ni la mala lo ha de ser tanto, pues como alguien dijo, “siempre hay dos versiones, luego está la verdad”.
Es menos reciente, pero ¿quién no recuerda a aquél “pobre chaval” granadino, Alejandro Fernández, que hubo de entrar en prisión por haber pagado 79 € con una tarjeta falsa?, nos rasgamos, entonces, las vestiduras y cuán victimarios de un injusto sistema judicial nos mesábamos los cabellos al grito de “la justicia es para los ricos”, pero tras salir a la luz el larguísimo recorrido del pobre chaval por esos submundos del hampa y la delincuencia, pasó así de ser un ángel, a un verdadero demonio: “no, si ya decía yo que nadie va a la cárcel por 79 €”…

Todo esto, me lleva a pensar en la existencia de ese intangible cuarto Poder en España, en cómo se puede inducir o manipular a la opinión pública, dando una u otra versión, siempre sesgada, siempre partidista, para crear un convencimiento firme pero equivocado que nos termine abocando a esa inclinación, tan nuestra, de tomar parte activa en una lapidación social mientras nos negamos a escuchar todas las campanas y, cuando es posible, al campanero.

- Publicado en el diario VIVA JAÉN, Reflexiones de butaca, día 19 de septiembre de 2016 -

Panem et circenses.





Tras nueve tediosos meses y dos agónicos procesos electorales, las grandes familias patricias siguen sus pugnas políticas emulando a los Emilio Paulos, los Metelos o los Escipiones, en encarnizados combates dialécticos, alianzas y traiciones mediante, que quedan reducidos a la simple disputa por conseguir el honorable título del más imbécil, mientras el pueblo, sofocado ya el primer ataque de risas y chanzas, ante lo que bien podría ser una hilarante comedia de Plauto, se instala en un hastío que adereza con el encabronamiento, lógico y natural, de saberse ninguneado por tan indolente desgobierno.
Estúpida lucha de egos que esquilma el Tesoro público con fallidas fiestas de la Democracia, enfilando vamos, inexorablemente, el camino hacia la tercera en un año, los unos manteniendo el no tan claro mensaje de gobernar en precario, los otros, reivindicando la pretenciosa posición de resultar indispensables y, cuan lena en la antigua Roma, haciendo obscenos guiños a derecha e izquierda, cualquiera es bueno si les paga sus servicios, los de más allá alegando un compromiso con su electorado y mientras tanto, la ciudadanía, garabateando en los desconchados muros el “No reírse de Pedro Sánchez, por favor, no reírse”, cuando la realidad es que ya no nos quedan más carcajadas que soltar, ni más guasa que derrochar, pues el nivel de ineptitud de quien se ofreció en su día para Sumo Pontífice de esta herética religión, zozobra en un mar de ridículo e impericia. Y ahí siguen, viviendo de la sopa boba, que les pagamos su sueldo por no hacer nada, a la vista queda, no son capaces de llegar a un consenso por el bien del pueblo soberano al que representan y ya sólo les falta citarse en los aledaños del Congreso para solventar a puñetazos sus diferencias –a ver quien la tiene más larga – que, con corbata o descamisados, no son sino simples macarras de barrio. Indecentes trabajadores del dolce far niente, burlándose impunemente de su electorado: los abnegados españolitos de a pie, extraña raza ésta que se caracteriza por ganarse el pan con el sudor de su frente, no está para más pamplinas, y ya sólo aspira a tener un Gobierno del que poder quejarse, pues no nos vale el “pan y circo”, tenemos el vicio de ganarnos el sustento trabajando a diario y el espectáculo montado en la gran carpa de San Jerónimo ya empieza a importunarnos.

Pónganse de acuerdo de una vez y si no lo hacen, al menos, no sigan cobrando, que a nosotros, los que, por miedo o practicidad, les hemos puesto en esa pista central, nadie nos paga por perder el tiempo.

- Publicado en diario VIVA JAÉN, "Reflexiones de butaca" el pasado día 12 de septiembre de 2016 -

jueves, 1 de septiembre de 2016

Matones de tres años hoy, macarras de quince mañana.



No falta quien dice que “no hay niño feo”, aserto éste que no puedo compartir en modo alguno, pues los hay, al igual que entre los adultos, feos y guapos, simpáticos y estúpidos, educados y maleducados, pero cuando un niño poco favorecido, por no llamarlo directamente adefesio, concita en su nefasto ser diminuto junto con unos rasgos faciales difíciles de mirar, un carácter agresivo y cargante, el engendro en sí pasa a convertirse en una odiosa criaturilla del mal. Ese pequeño monstruo que campa a sus anchas en su más tierna infancia, sin conocer normas ni reglas, ni reconocer autoridad alguna, ajeno al concepto de respeto a los demás, será luego un adolescente conflictivo y, con toda probabilidad, un adulto delincuente. Es así, no hay más… Ser feo no tiene remedio, pero ser un salvaje se puede corregir… o no, depende claro.

He decidido dedicarle a mi sobrina Victoria mi último día de vacaciones disfrutando de su compañía y llenando nuestro tiempo de pintura de dedos, helado de chocolate y juegos, hoy. Ha cedido ya, un poco, el calor imperante en este último día de agosto y nos dirigimos, a la caída de la tarde, hacia la zona infantil de un parque próximo a mi casa. Victoria, al igual que su hermano y sus primos, está recibiendo una educación basada en la disciplina y en el orden. Mis hermanas, con gran acierto, intentan inculcarles a sus vástagos ya no sólo las más elementales normas de comportamiento y civismo, comúnmente denominadas educación, sino que además promueven valores como la generosidad, la tolerancia, el respeto, la cooperación y ayuda al más débil… conceptos éstos, al parecer, desconocidos en la actualidad. Nos aproximamos a ese hervidero de duendes vocingleros donde se amontonan, entre mobiliario de juego anclado a una mullida superficie, pequeños seres de diversos tamaños y sexo, pugnando por descalabrarse desde el barco pirata o saltando entre pequeñas setas que provocarían, sin duda, el descoyuntamiento de cualquiera que exceda de los 25 años. Ahí está la ruidosa manada de funambulistas, cabrioleando y deslizándose por el tobogán que surge desde las almenas de un castillo en miniatura. Mi sobrina, de apenas tres años, se suelta de mi mano y entra despavorida en el recinto, la veo correr para, ordenada y pacientemente, ponerse a la cola de ascenso al barco pirata, supongo que para mitigar la tediosa espera, comienza entonces una conversación con la niña que la precede, algo más pequeña, y, de forma cortés, no podría ser de otro modo, se presenta solicitándole, a continuación, el nombre a esa espontánea compañera de juegos, entablan, así, un diálogo en el que planean cómo subir entre la tela de araña de cuerdas multicolor para coronar la cubierta, cuando llega un niño, aproximadamente de la edad de Victoria, feo como la muerte y bruto como un nativo de Borneo que, entre empujones al resto, se coloca el primero, entorpeciendo en su violenta subida la de otro niño que casi pierde el equilibrio al recibir un señor pisotón, del cafre, en ambas manos. El salvaje en cuestión sale disparado luego por la barra, con la buena fortuna de no estamparse contra suelo, para dirigirse, como poseído, hacia uno de los balancines en el que juega otro y siguiendo lo que parece ser su normal forma de proceder, lo tira al suelo de un empellón ante la estólida y silente mirada de quien, supongo, debe ser la madre de aquél animalito con zapatillas de deporte, pues porta en los brazos otro pequeño simio muy parecido, físicamente, al talibán.

Observo como mi sobrina ya está subiendo ayudando a Julia, esa nueva e inopinada amiga cuya ascensión, al ser más pequeña, le resulta tanto más dificultosa. Veo que, junto con otros niños, empiezan a jugar y me despreocupo de ella fijando, nuevamente, mi atención en el bárbaro de distraída belleza - ¡pero que niño más feo! - que se pasea en plan matón por la zona de juego, desafiante, soltando golpes y mandobles a cualquiera que intente evitar su voluble apetencia por disfrutar de los diversos elementos. Al parecer, el pequeño patán, que aún no es consciente de que no puede jugar con todo a la vez y debe tener la creencia de que es de su absoluta y exclusiva propiedad, está, ahora, en pugna por tirar de la seta a otra niña que acaba de sentarse en ella. Miro a la madre: nada. Ninguna reacción por su parte, ni reprende la actitud de macarra que mantiene en ese absolutismo violento que, desde mi llegada, desprende aquél enano cabrón, ni le afea, tampoco, su rudo comportamiento de sátrapa.

Se queda una de las setas libres y llega Victoria – que ya se había hecho previamente merecedora de dos empujones en el barco que quise interpretar como simples “lances” y a los que no dí ninguna importancia, pese a tener ya en el punto de mira al niño-bestia-, apenas se sienta, el horrendo cafre le propina un nuevo empujón en la espalda, ella se queja a la indolente madre: “No deja de empujarme” quien no mueve un músculo de la cara pero repara en el modo en que estoy mirando a su hijo, la interpretación, obviamente, no podría ser otra que “Si pudiera, te soltaba dos guantazos que te dejaba nuevo, ¡animal de bellota!” y es entonces cuando le dice, en el mismo tono neutro que si le preguntara si el bocata lo quiere de Nocilla o de queso, “Ángel, no se empuja”, ante la falta de sangre en aquella mujer le digo: “Mira, es que no es el primero que se lleva, puede que debas explicarle a tu hijo que hay que respetar a los demás niños y que el parque no es suyo”, me mira inexpresiva sin abrir la boca, cuando la choni que la acompaña, cigarrito en ristre pese a encontrarnos en una zona infantil y pelo bicolor: frito en las puntas, de un estridente color amarillo pollo en llamativo contraste con unas grasientas raíces negras sale al quite, “Son niños…” - intentando así justificar el comportamiento del tal Ángel, a quien le resultaría más apropiado el nombre de Belcebú -, es cuando ya estallo: “Perdona, hablaba con ella. No obstante, hoy son niños, pero si no se les reprende, en unos años, se convierten en verdaderos delincuentes, agresivos matones de barrio”, éste ya me barrunto yo que es carne de prisión y un psicópata en potencia, pensé, y vuelve, la choni a decir “¿No ves que le está regañando?. Será que ella – dirigiéndose con un ligero cabeceo a la madre modelada en plastilina – no tiene educación y vergüenza, vamos, y su familia igual”, desisto de entrar en diatribas y respondo clavándole al puñetero niño una mirada asesina: “Evidentemente, evidentemente…  a la vista está. Venga, Victoria, vamos a la otra zona a ver si allí encontramos algo más de civismo o, al menos, restos de vida inteligente”, cojo la pequeña mano de Victoria y paso entre la choni fumadora y la madre con el mono llorón en brazos en dirección a otros toboganes instalados a unos metros, le digo: “Victoria, tienes que espabilarte, no puedes permitir esa conducta de ningún abusón, si te ha empujado aposta, devuélvele el empujón” y me contesta “Mami dice que no hay que pelearse”, tras el episodio que, momentos antes, ha dejado en evidencia que un simple parque infantil es el fiel reflejo de la realidad actual, pues los niños son, por mimetismo, la réplica exacta de sus familias y desde el convencimiento de que, en la vida, mis sobrinos deben aprender a defenderse de los avasallamientos y a hacerse respetar, le sujeto la barbilla para mirarla: “Me parece bien lo que dice mami y tiene razón: no hay que pelearse, aunque tu tía te aclara que nunca debes pegarle a nadie pero si alguien te pega a tí primero, te defiendes. Una pelea jamás se empieza, siempre se termina y ahora corre, mira que cama elástica tan chula”.


“Es propio de aquellos de mentes estrechas EMBESTIR contra lo que no les cabe en la cabeza”, dijo Antonio Machado y yo ahí lo dejo.

jueves, 28 de julio de 2016

El valor de lo que, de verdad, importa.



Son, apenas, las tres y media de la tarde cuando recibo, en mi casa, la inesperada visita de un repartidor del Club Gourmet, quien, en medio de un calor impenitente, me trae una caja primorosamente envuelta. Le firmo el albarán de entrega y tras darle las gracias, la dejo en la cocina preguntándome qué puede contener y, sobre todo, la identidad de su remitente. La abro despacio ayudándome de las tijeras y descubro en su interior unas botellas de buen vino, junto con una tarjeta de exiguo contenido que, no obstante, rebosa gratitud y afecto.

Sonrío, es inevitable no hacerlo, y pienso en la bonhomía de Clientes que, con detalles como éste, me instalan en el convencimiento y  esa serena paz de espíritu germinada al abrigo de la satisfacción por el trabajo bien hecho. Que valoren mi esfuerzo y reconozcan la labor, motiva, con gran frecuencia, una inyección de complacencia que no supone sino un nuevo aldabonazo sobre la acertada elección tomada hace ya casi veinte años, aunque siempre he dicho que yo no elegí mi profesión, más bien, fue ella quien me eligió a mí y he de reconocer que, si no me dedicara al ejercicio de la Abogacía, no podría dedicarme a ninguna otra cosa, al menos, no con la plácida sensación que me acompaña desde mis inicios, la de consagrarme, en cuerpo y alma, a lo que siempre ha sido un baluarte a lo largo de mi vida: contribuir, en la medida de mis posibilidades, a hacer Justicia, hoy, siguiendo la definición de Ulpiano, al practicar “el arte de lo bueno y de lo justo”, desde, y cada día es mayor mi certeza, una faceta quijotesca: luchando contra gigantes, que no molinos, vagando por amplias mesetas junto a mi fiel escudero, la Ley. Librando, en mi apasionante andanza, mil y una batallas.

Son múltiples las cicatrices que me recuerdan mi condición, una por cada pleito encomendado, y las inherentes consecuencias de vestir la toga, pues los atributos que la recubren deben ornar, siempre, el proceder de quien la porta: lealtad, decoro, sensatez, dignidad, trabajo, honradez, esfuerzo, mesura, justicia y verdad, términos todos que, no exentos de cierta evocación romántica, son los que han de regir la andadura del Abogado, tanto en el plano profesional como en el personal, no pudiendo desligarse sin incurrir en una malsana bipolaridad, siendo que quien se postula como buen profesional ha de ser, necesariamente, buena persona primero, al excluirse naturalmente, en esta ecuación, los signos opuestos.

Pienso ahora, mientras me dispongo a disfrutar de una copa de Ribera, en esos traviesos guiños que, en ocasiones, te regala la vida como cuando alguien te muestra su sincero agradecimiento sólo por cumplir con tu deber. ¡Salud!.

“El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro y acompasarlo con el blanco para correr sin perder el equilibrio”.
(Platón)

miércoles, 27 de julio de 2016

En el Nombre del Padre.







Contemplo, horrorizada, a la circunspecta presentadora del informativo dar la noticia de un nuevo ataque yihadista en Normandía con el tétrico resultado de un sacerdote, de 86 años, degollado ante los fieles que asistían a la celebración de la Santa Misa, dos religiosas y dos laicos, mientras sus asesinos grababan el primer ataque perpetrado contra la Iglesia Católica.

Allah u-Akbar… Objeto de la ira más radicalizada, inoculada por el recién instaurado Califato de DAESH en ese caldo de cultivo que es la marginalidad y la falta de instrucción de las que salen los soldados de Allah. Estos muyahidines ya habían sembrado el terror en un supermercado judío, una redacción de prensa, un tren, en terrazas y bares, en una sala de conciertos, un colegio, un estadio deportivo, incluso en la vivienda de dos policías y en un paseo marítimo abarrotado de familias con niños que se disponían a celebrar su Fiesta Nacional, generando con esta abominable sacudida la fractura social de Francia, brutalmente golpeada, donde ha terminado por germinar, a partes iguales, el patriotismo xenófobo y la reivindicación de los derechos humanos de los refugiados. Pero hasta ayer, los sicarios islamistas habían respetado lo que mayor odio les suscita: la Iglesia Católica. Allah u-Akbar…

Esos ignorantes a quienes consiguen, desconozco el método empleado pero debe, sin duda, estar basado en la más pedestre de las quimeras cuando quienes saltan por los aires provienen de los estratos más bajos de la sociedad, de ese fangoso submundo del hampa y la delincuencia, empujar a la propia inmolación que les abrirá las puertas del Paraíso con la premisa de alcanzar mayor gloria en función del número de vidas infieles que arrebaten en su resurgimiento como mártires de la Yihad, se han atrevido, finalmente y en un osado acto de oprobio, con un hombre de Dios, no del suyo claro está, asaeteando las entrañas mismas del Catolicismo, llamando a una Nueva Cruzada, heredera de la descalabrada que auspiciara el rey francés Luis IX. La Historia sigue, inexorablemente, un recorrido cíclico y ha de empezar donde terminó, así ha venido sucediendo desde el inicio de los tiempos y así seguirá siendo. Con Francia terminó, con Francia habrá de principiar.


Se reabrirán las heridas que empujen, quizás, a la guerra entre sarracenos y cristiandad, proclamando mártires en uno y otro bando, una lucha en la que lo que menos importa será la religión, el mundo del siglo XXI sólo se mueve por intereses económicos y políticos, pero ¿eso qué más da?, no faltará, jamás, quien con el Corán en una mano y la cimitarra en la otra despoje de vida al infiel al grito de Allah u-Akbar, sin llegar a comprender, durante tal ignominia, la Sura 5.32 del Corán “quien matara a una persona que no hubiera matado a nadie, ni corrompido en la tierra, fuera como si hubiera matado a toda la Humanidad. Y quien salvara una vida, fuera como si hubiera salvado las vidas de toda la Humanidad”. Y, mientras tanto, los Cruzados, inermes y desarmados por la desidia de nuestros dignatarios, seguiremos recibiendo la cuchillada asesina en el Nombre del Padre.

"Dios, mi Señor, consigue con mi espada que aquellos que te buscan,
te encuentren.
Dame fuerza para los desalentados, dame esperanza para los oprimidos, 
dame misericordia para los arrepentidos,
sobretodo da tormento para los perversos y 
ante todo, da justicia a los excluidos".
(Oración de los Caballeros del  Temple antes de la batalla)

lunes, 25 de julio de 2016

Es la Festividad de mi Patrono, permítanme celebrarla: "¡Santiago y cierra España!".



Ya los mauros, sufrieron su peor derrota en la Batalla de Simancas, en la que fuera, bajo la protección del Apóstol, la mayor de las victorias que tuvieron lugar, engrandecida y mitificada por la pérdida del preciado ejemplar del Corán de Abderramán III, ante la constante amenaza musulmana. Aquél día, los valientes caballeros cristianos, arrodillados en el campo de batalla, encomendaban sus vidas al Altísimo antes de entablar contienda, conocedores de su desventaja ante las huestes moras, cuando abriéndose el cielo en dos descendió de él toda una cohorte de bravos guerreros capitaneados por Santiago, en su imponente corcel blanco, flanqueada su derecha por el joven mártir San Paio espada en alto, para auspiciar, en respuesta a sus plegarias, la victoria de las tropas del Rey leonés, Ramiro. Capitulación que, no obstante, no quedaría sin venganza, pues nuevamente y en aquella ocasión, los muyahidines, espoleados entonces por el sangriento Almanzor el Victorioso, cargaron y asolaron Santiago, sin atreverse, no obstante, a profanar el pequeño mausoleo donde reposaban los restos del Santo, sustrayendo, a modo de injuriosa humillación en aquella cruenta razzia, las campanas que fueron obligados a portar, sobre sus hombros, los prisioneros cristianos hasta su llegada a Córdoba, las mismas que tornarían, por idéntico camino, a espaldas musulmanas, tras la Reconquista cristiana doscientos años después.

No es casualidad, pues, que ya desde la Reconquista, pasando por las guerras Imperiales y hasta nuestra historia moderna, las tropas españolas, antes de cada carga, se encomienden al Apóstol, invocando su protección al grito de “¡Santiago y cierra España!”. Tampoco es en vano Patrón de España: Santiago el Mayor, el Santiño, el Apóstol Guerrero, el Protector.

Y aunque haya quien, a estas alturas, aún no se haya enterado, nos hallamos ante otra Guerra Santa, la iniciada frente a Occidente por aquellos que han llamado a la Yihad desde el Califato del autodenominado Estado Islámico, hemos sufrido ya el zarpazo de la bestia en países vecinos, mientras esperamos, resignadamente y mirando hacia otro lado, como si esa indolencia nuestra fuera a indultarnos de una condena ya sentenciada y a expensas de su inexorable cumplimiento, que no seamos nosotros, moradores del extinto Al Andalus, quienes reciban el mandoble de la furia islámica, bañado en negro dolor y púrpura sangre, a la luz de una media luna siniestra que se yergue en la oscuridad de la noche, pues pesa sobre nosotros el lúgubre pronunciamiento: somos infieles y ocupamos el territorio que una vez conquistaron.

Así que aunque sólo se deba a que la intimidación propagandística de este radicalismo reviste serios tintes de veracidad, a la silente apatía de nuestros dirigentes que no son, ni podrán serlo jamás, como los fieros reyes astures o leoneses, o al profundo convencimiento de mi fe en el Apóstol: hoy es la Festividad de mi Patrono, permítanme celebrarla haciéndolo como desde hace siglos lo vienen haciendo nuestros ancestros, honorables predecesores de los, hoy, españoles de bien, y no puede ser sino al grito de ¡Santiago y cierra España!.

“Verás la maravilla del Camino,
 camino de soñada Compostela.
 ¡Oh lirio y oro! Peregrino en un llano entre copos de candela”
(Antonio Machado).


viernes, 22 de julio de 2016

El Maestro Armero.



                Entre el cansancio acumulado de un largo año, el calor sofocante que nos acecha desde una atmósfera preñada de ese rojizo polvo sahariano que escupe barro para arrancar, luego, fuego de la tierra y la histeria colectiva que se contagia, curiosamente, cada mes de julio, los finales de Curso Judicial son extenuantes, supongo que el maltrecho sistema nervioso se encuentra ya próximo al paroxismo y que cuanto más se anhela la llegada de un acontecimiento, más parece demorarse en el tiempo que, lejos de transcurrir con la rapidez habitual que te obliga a ir al límite en los plazos procesales, parece regodearse en una flemática parsimonia que roza la crueldad, infligiendo al ansioso, que se encuentra ya gravemente aquejado por ese recalcitrante síndrome pre-vacacional, el martirio de asistir a una indolente suspensión de los días en los vértices de un tiempo paralizado.

                Y así transcurren los finales de cada mes de julio, sumergidos en el sopor de un aletargamiento perpetuamente asaeteado por molestas llamadas telefónicas, urgiendo a la resolución de “lo mío, que… me tengo que ir unos días de vacaciones y me lo quiero yo dejar eso averigua’o…” o aquellas otras que, inopinadamente, te hacen estudiarte el asunto e interponer la demanda porque el 31 de julio va a acabarse el mundo, y es algo que no puede esperar a septiembre, “no vaya a ser que (en pleno apocalipsis) se tuerza la cosa luego”… Son inevitables, también, los demás contratiempos e inconvenientes que, por aquello de que todos los golpes van al mismo dedo, suelen suscitarse, irremisiblemente, cada final de julio: plazos, señalamientos de última hora que no tenías previstos y que, precisamente por ello, escuecen más. Esas últimas exigencias de “ajuste y cierre”, tan comunes en cualquier despacho, la extenuación y las ganas de desconectar hacen, al doliente Abogado adoptar el modo stand by desde mediados de mes y yo, claro, no iba a ser la excepción.

                Mientras intento poner algo de orden en los papeles que se acumulan en mi mesa, ubicando cada expediente en el sitio que le corresponde y cruzando los dedos para no encontrarme con ningún sobresalto con origen en la, tan temida, LexNet, doy inicio a la operación “desvío”, marcando inconscientemente un número: el del Maestro Armero.