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viernes, 22 de marzo de 2013

La historia del pavo y la pava.





Cuando, con el hastío que confiere la habitualidad al involuntario espectador que la sufre, repaso las noticias que pueblan nuestros diarios y telediarios, no sé ya si reír –ante la manifiesta y más que acreditada, por solvente, ineptitud de quienes gobiernan nuestros designios -, o, llorar – por la desesperación y la incertidumbre, al no ser capaz de vislumbrar el final - …

Me cuestiono, con más frecuencia de la que debiera ser deseable, en qué tipo de país, de continente, de mundo, es en el que vivimos. Desconozco si es que la piel se nos ha endurecido hasta el extremo de hacernos insensibles a cuanto ocurre a nuestro alrededor o si, es que, acostumbrados al profundo grado de idiocia que aqueja a nuestros dirigentes, nos hemos terminado sumiendo en esa soporífera indiferencia, amarga resignación del impotente, que nos impide ver más allá de nuestro propio ombligo, que últimamente, bastante tenemos si conseguimos mantener lo poco que la voraz crisis no ha engullido ya a su paso: reventando negocios y empresas, hogares y familias. Vidas.

Cada mañana, cuando me levanto y, mientras desayuno, enciendo el televisor, no consigo alegrar el día que me propongo vivir, ningún auspicio favorable se nos presenta propicio, pues los dioses han decidido darnos la espalda. Todo son penas, descalabros y tristezas. Pasividad e impericia. Me viene entonces a la cabeza la historia del pavo y la pava. La historia de lo que parecen ser los Gobiernos actuales:

Y el pavo mira a la pava. Y la pava mira al pavo…. “¡Gluuuuuuuuuuuuugh!”, le dice el pavo a la pava. Y “¡Gluuuuuuugh!”, le contesta, luego, la pava al pavo. Y así siguen, cada uno a lo suyo, día tras otro. El pavo que mira, la pava que también. El pavo que gluglutea y la pava, por no ser menos, también. El pavo, animal imbécil por naturaleza. Un singracia, sin más aspiraciones que picotear hasta cebarse y alegrar los estómagos de los felices – por beodos ya – comensales en una mesa navideña.

“¡Gluuuuuuuuuuuuuuuuuuugh!”, dice el Presidente del Gobierno…  “¡Gluuuuuuuuuuuuuuuuugh!”, le contesta el de la Oposición. Luego, el Presidente mira al adversario. El adversario, mira, también, al Presidente. “¡Gluuuuuuuuuuuuuuuuugh!”… Y así siguen, el par de idiotas, cada uno a lo suyo, día tras otro. Y gluglutean, los dos, y se miran. Y vuelven a gluglutear y luego a mirarse otra vez… “¡Gluuuuuuuuuuuuuuugh!”… El Político, animal imbécil por naturaleza. Un singracia, otro más, sin mayor aspiración que la de picotear hasta cebarse los propios bolsillos y alegrar los estómagos felices – por corruptos – de quienes, compinches ya de su vileza, participan de tan obsceno festín.

Porque si tonto era el pavo, más tonta era la pava… ¡Gluuuuuuuuuuuugh!.


 “Y si finalmente se prohíbe la tauromaquia en España…
¿dejarán ya, todos éstos desgraciados, de torearnos?”.
- Pregunta formulada por un sabio anónimo -


jueves, 21 de marzo de 2013

Rigoberta y Efraín nunca se entendieron.




Tras conocer la histórica noticia que ha dado la vuelta al mundo por la trascendencia de su significado, similar, se me antoja a mí, a la expectación generada, en su día, por los Juicios de Nüremberg, no he podido evitar la tentación de imaginarme un episodio que, en mi fantasía, bien habría podido tener lugar si a sus dos protagonistas no los separasen treinta y trés años de edad, la evidente pertenencia a clases sociales distintas, ni la innegable categoría humana que los lleva a estar en polos opuestos.
Hoy, Rigoberta Menchú Tum, posee en su haber un Premio Nobel de la Paz, por su denodada lucha en pro de los Derechos Humanos, el Ex-Presidente del Congreso de Guatemala, José Efraín Ríos Montt, sólo tiene un banquillo desde el que responder, como autor de Crímenes contra la Humanidad, a las preguntas que tengan a bien formularle en el Tribunal, durante el proceso, las almas de 1.771 indígenas ixiles masacrados. Almas que acompañarán su "conciencia", hasta el día en que exhale su último hálito… si es que la tiene.

Cuando aquella mañana la pequeña Rigoberta llegó al Colegio, cansada y con los pies doloridos por la larga caminata de cuatro kilómetros a través de espesa selva, desde su casa, reparó en que había olvidado el cuaderno sobre la mesa de la cocina con las tareas que le había impuesto la maestra el día anterior. Sintió una punzada de angustia y unas irreprimibles ganas de llorar, pero ya era demasiado tarde como para intentar volver y regresar a tiempo para la hora de la entrada puntual en clase. Se levantaba, cada día, antes del amanecer, no sólo porque le gustara realizar primorosamente las redacciones para la escuela y a esa hora reinaba el silencio a su alrededor, sino porque tenía que ayudar, además, en las labores que tenía encomendadas: darle de comer al ganado y acarrear el agua para cubrir las necesidades diarias de toda la familia y de los animales que poseían.

Rigoberta pertenecía a una numerosísima familia de indígenas de la etnia maya-quiché, de ahí sus rasgos físicos: tez, pelo y ojos oscuros, de un negro casi azulado. Vivían en plena selva guatemalteca. Eran campesinos pobres que, a duras penas, salían adelante con gran esfuerzo. A pesar de la radical oposición paterna, ella había conseguido, a diferencia de sus hermanas mayores, ir a la escuela. Le gustaba, disfrutaba estudiando y tenía mucha facilidad para el aprendizaje, al final, su padre se había alegrado por la decisión, pues ahora no tenía que recurrir a ningún vecino que le leyera las cartas que, rara vez, le eran remitidas y casi siempre por el Estado, que exigía, implacable, el pago de impuestos, la mayoría de ellos gravaban, únicamente, su origen indígena, se veían obligados, así, a pagar por el aire que él, su esposa y su desnutrida prole, respiraban. También se alegró de las inquietudes que presentaba la pequeña por instruirse y aprender cuando la hizo que lo acompañara a la ciudad para comerciar con la cosecha anual. Desde que Rigoberta conocía las letras y los números nadie había vuelto a engañarlo. Estaba contento de que ella supiera leer y escribir, sumar y restar. No había sido mala idea, finalmente, ceder a la insistencia de la niña.

La pequeña, se sentó en el escalón de acceso al edificio que antes había sido una Misión Española y que habían reconvertido en Escuela gratuita, a la que acudían los niños de la zona, con independencia de su etnia y clase social. Había sido la única condición impuesta por los religiosos españoles cuando el Gobierno Guatemalteco les permitió abrir aquél Centro Educativo: que asistieran, sin excepción, todos y cada uno de los niños en edad escolar en un radio de siete kilómetros.

Mientras aguardaba, pacientemente, a que llegara la hora del inicio de las clases, repasó mentalmente la redacción que había escrito con las primeras luces del alba, así si la maestra le pedía que la leyese podría recitarla de memoria, la tranquilizó aquella idea, no recibiría ningún castigo por ello. La había hecho, cumpliendo diligentemente con su obligación, pero había dejado el cuaderno, por descuido, olvidado en su casa. Vio aparecer a lo lejos a aquél niño que se divertía martirizándola durante los recreos, con frecuencia se reía de sus pies desnudos y jamás la llamaba por su nombre, le decía “indígena” o “perra india”, le desagradaba aquél muchacho, le resultaba odioso. Presumía, el engreído, constantemente de su ropa cara y se pasaba el día jugando “a las guerras”, llevaba en la cartera una pistola de juguete que solía cargar de bolitas de plástico que disparaba contra sus compañeros, especialmente a los que eran indígenas, los insultaba y molestaba constantemente. Humillándolos hasta el límite de obligarlos a imitar el sonido de los monos o a arrastrarse por el suelo, gruñendo como los cerdos, bajo la amenaza de una inevitable agresión que, indefectiblemente, siempre tenía lugar tras el denigrante episodio. Vio como el niño empezaba a correr en su dirección, tan pronto como reparó en su solitaria presencia, e imaginó entonces que sería para aprovechar la ausencia de la maestra y quedar así impune ante el ataque, que sin duda, se proponía acometer contra ella. Estaba ya preparada para recibir algún empellón o insulto, pues era el habitual saludo matutino de aquél cafre, cuando de repente, el muchacho quien se encontraba ya a escasos metros de ella, tropezó y fue a caer de bruces con gran estruendo. Debió dañarse el tobillo pues aullaba sujetándoselo con ambas manos, retorciéndose en una complicada contorsión. Rigoberta se levantó, iba a ayudarlo a incorporarse mientras le preguntaba:

-          “¿Estás bien, Efraín?, ¿te has hecho daño?. ¿Te duele?” – Rigoberta le tendió la mano para ayudarle a incorporarse.

-          “¡No me toques, puerca! – le gritó – me has tirado al suelo.  ¡Has sido tú!.¡Cerda apestosa, ya me las pagarás!” – escupió su ira en el mismo rostro de Rigoberta.

La usual palidez del chico se había tornado de un carmesí arrebolado que encendía sus mejillas y se extendía hasta los ojos, por los que parecía despedir llamaradas de fuego, producto no tanto del dolor, como de la vergüenza ante su traspié y sonora caída. Se levantó como pudo y en cuanto estuvo erguido, propinó una sonora bofetada a la niña que enmudeció de estupor. Malhumorado y mascullando maldiciones, Efraín se dirigió, entonces, cojeando hacia la puerta de la escuela, sacudiéndose, con rabia, las coderas de la chaqueta azul de tergal. El joven ayudante de la maestra se encontraba en ese momento abriendo la segunda hoja que se resistía a ceder. Bandadas de niños somnolientos fueron aproximándose y cuando el mismo ayudante, relamido y repeinado, hizo sonar la campana briosamente, los colegiales se apresuraron, ruidosos, a entrar para ocupar sus respectivos pupitres. Instantes después hizo su entrada la maestra, rechoncha y lustrosa, con un moño azabache sobre la nuca y unas gafas metálicas. Tras dar los buenos días y apuntar, con grácil letra redonda, la fecha en la esquina superior derecha de la desconchada pizarra, preguntó si había algún voluntario que quisiera leer ante la clase la redacción, cuyo tema era “Qué voy a ser cuando crezca”. Una generalizada reacción de miradas hacia el suelo, encogiendo los hombros y agachando la cabeza, en un intento inútil de hacerse invisible, recorrió el aula. Entonces, a la maestra no le quedó otra opción:

-          “José Efraín Ríos, ¿querrías por favor proceder a la lectura de tu redacción?”.

-          “Sí, señorita” – el dolorido demonio, de apenas once años, cogió su cuaderno y se dirigió con una evidente, aunque digna, cojera hacia la pizarra, donde unos instantes después dio inicio a la lectura de los primeros renglones garrapateados y emborronados con letra picuda y trazo nervioso. Había vertido sus sueños y esperanzas en aquella hoja de papel y ahora le daban la oportunidad de leerlos ante el resto de los alumnos. Se aclaró la garganta antes de comenzar, con gran parsimonia, la lenta lectura en la que se regodeaba silabeando:

- “Cuando sea mayor seré militar. Voy a tener un ejército que luchará y defenderá a Guatemala de sus enemigos, empezando por esos indios piojosos a los que quemaré vivos en las chozas en las que viven mientras estén dormidos, les quitaré sus tierras y…”.


-          “¡Ya basta, José Efraín!… - interrumpió la maestra con severidad - Lo que has escrito es una barbaridad. Guatemala es un país integrado por personas de diferentes etnias, pero todos pertenecemos a él. Todos somos iguales, tenemos los mismos derechos y obligaciones. Eso que has escrito está francamente mal. Te pondré muy mala nota si no reescribes nuevamente tu redacción admitiendo tu error y disculpándote por semejante tropelía”.

Dos humillaciones en apenas diez minutos fueron demasiado para el endemoniado mocoso que no pudo contener la rabia que lo invadió y arrojó el cuaderno contra el pequeño indígena, Luis Vicente, que ocupaba la primera banca por sus problemas, no corregidos, de visión deficitaria que le impedían ver la pizarra con nitidez a cierta distancia. Ocurrió en apenas unos segundos, los que Efraín necesitó para alcanzar la puerta y gritar desde ella: “¡Algún día os mataré!. Os lo juro, cerdos indios… ¡Os quemaré vivos a todos!”.

La maestra, que aún tardó unos momentos en reaccionar, fingió que nada había ocurrido y se dirigió a su alumna más aventajada, estaba convencida de que la niña haría olvidar pronto a sus compañeros aquél abyecto episodio que acababan de presenciar, tenía una gran facilidad para la narración y una voz dulce y cantarina. No obstante, tampoco le había pasado desapercibido que durante la lectura de Efraín, la pequeña había hecho verdaderos esfuerzos por contener las lágrimas. Rigoberta, como tantos otros indios, había presenciado e incluso sufrido en sus propias carnes los abusos y humillaciones, los malos tratos y los injustificados castigos con los que los militares venían hostigando cruelmente a la comunidad indígena de Guatemala. Suspiró.

-          “Rigoberta, ¿querrás leernos tú la tuya ahora, por favor?”.

-          “La he olvidado en casa, pero puedo recitarla porque me la sé de memoria, señorita”.

-          “Adelante…” .

La niña se levantó obedientemente y se dirigió hacia el mismo punto donde había dado inicio su predecesor a tan horrenda lectura. Sonrió y dio comienzo:

-       “Cuando sea mayor voy a ayudar a todos los guatemaltecos, especialmente a las guatemaltecas que viven en la selva. Voy a dedicar mi empeño y mi esfuerzo a que aprendan y a que puedan ir a la escuela. Todos somos iguales y debemos tener los mismos derechos, nadie debe ser privado de la educación … (…)… Y todo eso es lo que voy a hacer cuando crezca. Me llamo Rigoberta Menchú y así nacerá mi conciencia” – concluyó unos minutos después -. Sin duda tenía razón la pequeña nieta de los Mayas, años más tarde, esa frase, precisamente, encabezaría su conocido discurso: “Me llamo Rigoberta Menchú y así nació mi conciencia…”

Efraín jamás volvió a la escuela. Rigoberta supo luego que sus padres lo habían matriculado en un exclusivo Liceo Francés en la ciudad, donde terminaría los estudios antes de su ingreso en la Academia Militar. De hecho, no volvió a saber nada más de su avieso compañero de pupitre hasta años después, al reconocerlo, ya hombre, en aquél adusto militar de uniforme que ordenaba, con tanta insensibilidad como frecuencia, el exterminio masivo de indígenas, sin que le temblara el pulso al firmar la orden y cuyos discursos y arengas eran retransmitidos diariamente por la televisión, enalteciendo así el despótico y sangriento gobierno que golpeó a la nación de Guatemala durante su mesiánico poder. El del General Don José Efraín de los Ríos Montt... que hoy rinde cuentas ante la Justicia por los atroces crímenes cometidos.

Ambos cumplieron fielmente, sin saberlo, con sus expectativas cuando crecieron, aunque jamás llegaran a entenderse. Estuvieron, desde el principio, condenados a no hacerlo.

“Nada se parece tanto a la INJUSTICIA,
como la JUSTICIA tardía…”
(Séneca)



miércoles, 20 de marzo de 2013

La soledad de unos zapatos usados.






Cuando esta mañana he entrado en aquél pequeño cuartucho, atestado de pares de zapatos, remendados, unos; a la espera de su compostura, otros, un fuerte olor a goma, piel recalentada y pegamento inundaba la pequeña estancia, cargando el ambiente hasta hacerlo, casi, irrespirable.

Estaba aguardando mi turno pacientemente, pues el arremangado regente estaba haciéndose cargo de dos buques ortopédicos que, al parecer y a pesar de haber sido, previamente, sometidos a tortura en la correspondiente horma, seguían sin claudicar a la anchura requerida por su paquiderma propietaria.

Las paredes, cubiertas de calendarios y anuncios de “VENDO O ALQUILO”, destilaban, o eso me ha parecido a mí, una mugrienta soledad. Me pregunto cómo se sentirán los zapatos, cuando al final de cada jornada, el zapatero remendón baje la persiana metálica y todo quede sumido en una pegajosa oscuridad. En silencio. He intentado pensar como un zapato, sentir como un zapato. No ha sido difícil, me ha bastado con echar una ojeada a un par de botas desmadejadas que había en un rincón, de las que asomaba por una de sus flácidas cañas, en un trozo de papel cuadriculado, con una letra de trazos torpes, garabateado a lápiz el nombre de su propietario. “Esas botas se sienten abandonadas -  me he dicho - no hay más que mirarlas a la cara para ver la infinita tristeza que experimentan al saberse conocedoras del fin de su existencia, durante su juventud, cuando eran un par de flamantes y soberbias botas tachonadas, de cowboy, su dueño las mimaba, nutriéndolas cada noche tras su uso. Presumía de ellas. Hoy, en ese discreto rincón, esperan, inútilmente, su recogida. Ajadas. Humilladas. Olvidadas”.

No he podido evitar fijarme entonces, en otros de aguja, de un flamante color rojo, su estancia allí obedece al ímpetu de una cuidadosa novedad, pues únicamente se encontraban a la espera de sustituir las tapillas que hicieran más seguro su uso por la propietaria, a quién me he imaginado recreándose ante la imagen que, cada mañana, le devuelve el espejo, ensayando ridículas posturas que le hicieran lucir espectacular sobre aquella atalaya acharolada. “Disfrutad”, les he dicho con ironía al petulante par que me miraban altaneros, “disfrutad mientras podáis, pronto seréis desterrados al más profundo, frío y recóndito lugar de un armario que supondrá vuestra prisión, un encierro en vida, tan pronto como cambie la estación o dejéis de aparecer en catálogos…” He sonreído, consciente de mi malicia, les estará bien empleado a ese par de engreídos tan deshonroso fin. No merecen otro.

En mi distraído recorrido visual me he topado, también, con unos más pequeños, los típicos de colegial, esos que las madres compran una o dos tallas más y que acomodan, ingeniosamente, con plantillas a los infantiles pies, para que duren. Ya que se hace la inversión hay que amortizarla. La suela gruesa y el material resistente. Zapatos de calidad. A prueba de patadas a balones y a cualquier otro corpúsculo que obstaculice el camino, chapoteo en charcos y desollones por derrape. Se encontraban descansando, he pensado, "están aquí a modo de relajante estancia en un balneario, reponiéndose tras el trote y a la espera de recuperar las fuerzas perdidas por la dura batalla de su portador". Un portador que, por el tamaño de los mismos, se debía encontrar en la plenitud de la etapa destructiva.

Dispuestos sobre la mesa de trabajo del artesano, he podido ver los que, sin duda, eran amados y estimados, sin límite, por su propietario: unos elegantes zapatos de caballero. Cordones, corte inglés y color marrón. Muy lustrados. Evidentemente, habían sido recompuestos por las experimentadas manos del zapatero una y mil veces, en una obcecada resistencia de su propietario a desprenderse de ellos y su denodada pugna por mantenerlos en un más que aceptable estado de conservación. “Sois afortunados”, les he dicho, “os quieren porque sois preciosos y, sin duda, caros. Os miman, os cuidan con la única intencionalidad de no desprenderse de vosotros… Normal, tenéis tan buena pinta. Elegantes, cómodos… ¡Chicos, lo tenéis todo ciertamente!. Triunfadores”.

Más allá del mostrador, sobre una tabla desnivelada que hacía las veces de desvencijada repisa, por el exceso de peso soportado, se amontonaban una amalgama de zapatos, sin ningún criterio ni orden, descansando unos sobre otros. Me ha venido a la mente la espeluznante imagen de una “fosa común”, donde los parias, los desahuciados – por feos o por su mala calidad -, yacen durmiendo el sueño del olvido de quienes una vez los calzaron pero que, sin duda, han terminado decidiendo ya que no merecía la pena invertir ni un solo céntimo más en ellos. Pobres y miserables… escucho sus silenciosos lamentos, algunos con resentimiento, otros, con una profunda tristeza que les rememora tiempos mejores, cuando por ser jóvenes, que no siempre bonitos, le dispensaban un mejor tratamiento. Es el desgarrador lamento del desuso. Ha sido en ese momento cuando he apretado contra mi pecho a mi par de botines de piel de potro que iban cómodamente dispuestos en su funda, como queriendo infundirles el ánimo y mi rotunda decisión de evitarles, algún día, tan cruel destino. “No bonitos, vosotros sois preciosos. Unos verdaderos zapatos de tacón. De calidad. De marca…”, les he susurrado, intentando interponerme entre ellos y la horrorosa visión de aquel despiadado hacinamiento. Tan preocupada andaba yo intentando evitar el menor padecimiento de mis amados botines que me ha sobresaltado el “¿Qué va a ser?” del zapatero que devolvía el lapicero a su oreja derecha. Con gran esmero y un sumo cuidado, casi reverencial, he procedido lentamente a extraer cada uno de mis dos botines, los he acariciado y he dicho “Las tapillas… empiezan a estar un poco gastados”.

-        "Puede pasar a recogerlos …" - ha mirado hacia uno de los almanaques sopesando la fecha -.
-      "¿Cómo?, ¡ah no…! - creo que lo he dicho con un énfasis histriónico, desmedido, fruto de un arranque psicótico - los necesito con urgencia, si no me los puede arreglar en el acto, me los llevo". No iba yo a permitir que se quedaran allí mis dos joyas, entre "vagos y maleantes de baja estofa", de una más que sospechosa procedencia y origen: China o cualquier mercadillo ambulante. Los míos son de marca. Creo que, sobre el mostrador, se han tranquilizado al escuchar la rotundidad de mi discurso, pues he podido percibir un suspiro de alivio.
-        "Bien, en ese caso, déjemelos y los tendrá listos en un minuto".
-     "Aquí, los tiene. Con cuidado, por favor, no quiero que se estropee el tacón… Cuide de no manchar la piel tampoco". - ¡Impertinente!, me de dicho luego.

Lo triste de todo esto es que cuando, una vez debidamente recompuestos los he devuelto, con gran mimo a su mullido transportín, no merecen menor tratamiento, he pensado lo soez que, con frecuencia, puede llegar a ser la naturaleza del ser humano, al valorar a las personas, únicamente, por la apariencia – entre la que se ha de incluir, necesaria y lógicamente, la de sus zapatos -.

“El mundo recompensa antes las apariencias de mérito que al mérito mismo”.
F. de la Rochefoucauld.


lunes, 18 de marzo de 2013

Hola, me llamo Calpurnia Tate.






Hace un par de años, mientras me encontraba en la cocina, apresurándome a terminar el primer café de aquél día, a una hora inusualmente temprana, recibí la llamada de una amiga que, desde la tienda de Prensa  de un Aeropuerto con destino a Los Ángeles (California), me solicitaba consejo. Me demandaba, como sugerencia, algún título que le ayudara a amenizar el tedio de las largas horas de vuelo que tenía por delante.
Por aquél entonces recuerdo que me encontraba absorta en la lectura de “La evolución de Calpurnia Tate”, ejemplar que, en su momento, legué a quien considero mi más legítima heredera por derecho propio, integrando hoy – y así me consta – su más preciado tesoro: una pequeña biblioteca de la que mi sobrina Marta, presume orgullosa, con cada nueva adquisición que realiza.
Ese libro, dirigido, en principio, a un público juvenil, me hizo recordar episodios de mi infancia, al descubrir en sus pasajes, historias vividas en primera persona cuando era niña, episodios pasados que hoy dan título a mi relato:

“Hola, me llamo Calpurnia Tate”.

Hay seres, en la vida, con quienes experimentas una especial afinidad, resulta inexplicable para otras personas e, incluso para una misma, pero es así. Jamás llegas a comprender la razón pero, de un modo u otro, dejan una impronta en tu carácter que condiciona y determina tu ulterior evolución como persona, marcando tu forma de ser.

Es mi caso con Víctor.

Víctor era, es y seguirá siendo, mi abuelo – aunque jamás lo llamé de ese modo -, mi amigo, mi confidente, mi compañero de aventuras… Mi HÉROE.

Tengo el profundo convencimiento de que yo no sería yo de no haber existido él. Así que puedo afirmar con rotundidad, sin temor a equivocarme, que un 13 de septiembre, algo dentro de mí murió con él. Aquél 13 de septiembre, simplemente, me hice mayor. Muy mayor.

No creo que dos personas puedan llegar a entenderse mejor, ni quererse, tampoco, más de lo que Víctor y yo lo hicimos. No creo que nadie, además de Calpurnia Tate, pueda jamás sentirse más orgullosa de quien fuera su abuelo, ni creo que me sienta nunca tan unida a nadie, ni que pueda profesarle a ningún otro ser, mayor admiración de la que tuve y le seguiré teniendo siempre a Víctor.

Víctor me regaló mi propia esencia – su mejor herencia -: un carácter inquieto y curioso. Rebelde y crítico, inconformista y luchador. Me regaló las estrellas y mi pasión por las rosas. Blancas. Amo – amamos – las rosas blancas. Me regaló también sus ojos – aunque de diferente color – y la capacidad de ver, de observar, el universo a través de otros: los que él me descubrió. Los de la experiencia empírica.

No pasa ni un solo día en el que no siga hablando con él. Ni uno, en el que no tenga la férrea convicción de que me escucha y me acompaña. Hay un momento especial – por íntimo y privado – cada noche, tiene lugar justo antes de dormirme cuando le dedico, irremisiblemente, mi último pensamiento. Le participo las incidencias de la jornada: cómo ha ido ese juicio que tanto me preocupaba, ese desencuentro con tal o cuál persona o mis tribulaciones y pesares en general, así como mis alegrías que, siempre, es el primero en conocer y compartir conmigo. Y así, cada noche, me duermo plácidamente – escuchando la poderosa voz que me repite -: “No te preocupes, has hecho lo que creías que debías hacer y eso es lo que importa. Habrá quien no lo entienda, pero lo importante es que tu sepas el por qué”.

Y, entonces, una mano cálida me retira el pelo de la frente para recibir en ella un beso. El beso que, al final de cada día, me induce al más reparador y tranquilo de todos los sueños…

-          “¿Víctor…?” – recuerdo haber repetido en más de una ocasión en plena oscuridad, en esa duermevela en la que la realidad pasa a formar parte del reino de lo irreal, al encontrarnos en un estado de semi-inconsciencia tal que nos adormece los sentidos hasta despertar la imaginación y recuerdos más remotos con la nítida percepción de una vivencia momentánea-.

-         “¡Chst…! ahora duerme y descansa tranquila. Mañana tenemos todo un día que conquistar… Y empezará como siempre: nadando hasta el Molino del Marqués, muy temprano, cuando salgamos del agua, beberemos agua de la Fuente Agria de Zocueca. Descansaremos un rato y luego desayunaremos: huevos fritos, muy hechos, con ajos y torticas de harina. Pero ahora descansa, “americana”, o no podrás hacer todo eso por la mañana. Duerme tranquila. Estoy aquí”.

Creo que es el arrullo lejano de las melodías de los Indios Tabajaras, los mismos que nos acompañaban durante nuestros múltiples viajes en coche hace tantos años, lo que empiezo a escuchar… Miro a Víctor que me sonríe y entonces, me duermo para soñar con un baño matutino, apenas si amanece, que me lleva hasta el antiguo Molino del Marqués. El agua está fría y me entumece las extremidades provocándome una dolorosa tensión muscular, pero aún así, sigo braceando detrás de Víctor. Algún día, no sé cuando, pero llegará: nadaré más rápido que él y seré yo quien lo espere, sentada, al lado de la Fuente Agria:

-          ““Americano”, tendrás que seguir nadando y esforzarte más si quieres superarme… Ahora venga, hay unos huevos fritos con ajos que ya  nos están esperando…”.


A Víctor, a quien le debo lo que fui,
lo que soy y lo que seré, pues fue él quien me lo dio.

viernes, 15 de marzo de 2013

El Desván de la Abuela Bicha.

Hoy he recibido un “curioso” regalo. Una preciosa maceta de albahaca. Cuando he llegado al Despacho estaba sobre mi mesa, envuelta, primorosamente, en un celofán transparente y un enorme lazo. En ella había, también, una tarjeta de color naranja. Era un regalo de mi amiga Lola. Ya os he hablado de Lola antes. Lola está empeñada en que tengo que encontrar en las plantas los remedios a todos mis males – sean del cuerpo o bien del alma - y hoy me ha enviado una maceta de albahaca cuyo destino será, me parece a mí, una sabrosa salsa de pesto: el mejor remedio para la sensación de estómago vacío. El olor que inundaba la estancia me ha transportado, una vez más, a mi  infancia. A las tardes en el patio de la casa de la Abuela de Lola: Doña María Luisa – como se la conocía respetuosamente en su vecindario - . La Abuela Bicha, así era como la llamábamos, había vuelto a España después de la aventura “indiana” de sus padres que, allende los mares, encontraron su personal “dorado” y volvieron a la Madre Patria con una más que saneada economía que le había reportado la posibilidad de casar a sus hijos “como Dios manda”, e, incluso, mejor. Tenía seis años, Doña María Luisa, cuando llegó para quedarse y seguía viviendo en la misma casa familiar que el patriarca había comprado. Un antiguo palacete en el casco histórico de la ciudad. Había un gran patio central, enorme, con vegetación entre la que abundaba la albahaca y una fuente en la que, con frecuencia, soltábamos peces de colores o tortugas. Allí solíamos pasar muchas tardes, jugando, después del Colegio. Hoy, no sé por qué, me he acordado. Y me he acordado también del desván de la Abuela Bicha.

Cuando aquella tarde, al salir del Colegio, Lola me sugirió que la acompañara a merendar a casa de su abuela no me pude negar. Las meriendas allí eran estupendas: chocolate y bizcotelas, las que quisieras comer, no tenías a tu madre diciéndote que no abusaras del chocolate que “te iba a dar acetona”, sólo a la asistenta que, con una absoluta y hastiada indiferencia, volvía a reponer la bandeja y la taza tan pronto como las vaciábamos. Tras aquellos copiosos atracones, recuerdo que salíamos al patio  a jugar o nos adentrábamos, cautelosas, en los misterios de la última planta de la casa. Desafiando la prohibición, expresamente impuesta por la Abuela Bicha, de no trastear habíamos llegado, incluso, a asomarnos al desván por algunos segundos en alguna que otra ocasión. Los suficientes como para mitificar aquella habitación, haciéndola objeto de nuestros sueños y fantasías infantiles.

Cuando salimos de la cocina, relamiéndonos aún con fruición, los bigotes de chocolate de nuestros labios superiores, nos topamos con el primo de Lola en el zaguán: Lucas. Lucas era un niño pelirrojo, enfermizo y asustadizo, era uno o dos años más pequeño que nosotras y usaba unas enormes gafas de pasta – de “listillo” – que nos otorgaban el derecho, o eso creíamos entonces, a reírnos de él. Nos gustaba su compañía, únicamente, por la cruel razón de someterlo a una continua y deliciosa tortura, ya fuera haciéndole comer tierra del arriate de jazmines, una de las pruebas que debía pasar para ser del “Club Secreto” que Lola y yo habíamos constituido, o, atormentándolo con supuestas visiones de fantasmas y monstruos que siempre terminaban con el llanto desesperado e histérico de Lucas y la consiguiente reprimenda de la abuela Bicha que aguantábamos con gran estoicismo, plenamente conscientes de la fechoría cometida. Hoy, Lucas tiene dos hijos y trabaja como ingeniero aeronáutico en Barcelona, mantenemos un cierto contacto a través de Facebook por el que intercambiamos información y fotografías. Pero, desgraciadamente para él, aquella tarde, como otras muchas antes, era sólo la víctima de nuestras perversas maquinaciones.

Esperamos pacientemente a que terminara su merienda, observándolo con malicia ante su desconcierto y recelo, para plantearle un reto, único medio que se nos ocurrió para mitigar nuestro aburrimiento. El "reto" final, pues afirmamos, que supondría “la prueba de fuego” definitiva para integrarse en nuestra “Sociedad Secreta”, como uno más, con plenos derechos y obligaciones. “A partir de hoy, si lo haces – le dijo Lola con gran solemnidad y boato – te dejaremos ser el jefe, por lo menos, un día a la semana. Jamás volveremos a decirte que tienes gafas de listillo ni enano y podrás jugar todos los días con nosotras”. Lucas, haciendo acopio del valor que, hasta entonces, nunca había tenido y henchido de la posibilidad de dejar de ser el blanco de nuestras continuas mofas, sacó pecho y dijo: “¿Qué tengo que hacer?”. Tras intercambiar una aviesa mirada, Lola y yo impusimos, por un riguroso turno de intervención tácitamente acordado, la misión y las normas que el pobre Lucas debía afrontar para conseguir su anhelado estatus:

-     “Deberás subir al desván y quedarte allí, como mínimo, diez minutos” – dictaminó Lola -.

-   “Y cuando bajes, sin poder encender la luz de las escaleras en ningún momento, deberás traernos un tesoro. Eso sí, no puedes llorar ni gritar ¿eh?” – Le apercibí, puesto que los continuos episodios de llanto del infeliz nos habían acarreado más de un capón por parte de la Abuela Bicha que perdía la paciencia ante las nerviosas lágrimas del enclenque aquél.

-    “¿…Yo… solo….?” – pareció titubear Lucas tragando saliva -.

-     “Elige, Piojo: o lo haces o prepárate para ser nuestro esclavo hasta que cumplas, por lo menos doce o... catorce años… Y lo haremos, ¿eh?, tendrás que hacer todo lo que te ordenemos y sin rechistar”. – Amenacé al chiquillo, que ya empezaba a hacer pucheros y nos miraba de hito en hito bajo sus enormes lentes. Tras dudar unos instantes y sopesar, sin duda, los nocivos efectos que tendría sobre su miserable existencia aquél acto de cobardía, afirmó con tanta resolución, por su parte como asombro por la nuestra:

-    “¡Iré!” – entonces sacó del bolsillo, con la ceremoniosa parsimonia de un pistolero de western, del pantalón gris del uniforme colegial su inhalador de asmático, tras dispensarse sendas dosis en cada una de sus fosas nasales. Dar un sonoro sorbetón y expeler los restos de mucosidad de su garganta. Simplemente dijo “adiós” a modo de despedida. Y se encaminó escaleras arriba ante nuestro estupor y mutismo.

Oimos el quejido de los goznes de la puerta que daba acceso al desván, tanto cuando Lucas la abrió, como cuando la cerró tras de sí y se adentró en aquella polvorienta y oscura estancia ante nuestra incredulidad. En unos minutos, según íbamos subiendo las escaleras en dirección al desván empezamos a oír las toses y estornudos del infeliz enano que, alérgico y asmático, empezaba a sufrir los efectos del polvo allí acumulado.

Transcurrió un espacio de tiempo que se nos hizo eterno y que sólo rompió el reloj de pared del salón abajo: las seis, anunciaron los seis campanazos. Aún resonaba el eco del último cuando inopinadamente la puerta, sobre la que habíamos aplicado los oídos, se abrió. Tras el susto vimos a Lucas, su silueta se recortó contra el trasluz de una ventana, cubierta parcialmente con una gruesa cortina oscura. Nos miraba sonriente.

- “Han pasado los diez minutos...” - declaró, sonriendo ufano. Lola y yo no íbamos a permitir que aquél mequetrefe consiguiera lo que habíamos considerado imposible para él.

- “No, aún no y... además ¿la segunda parte?. Tenías que haber descubierto un tesoro…”

- Y lo he hecho. Pasad y lo veréis”. – Lucas mantenía una sospechosa actitud, poco usual en su timorato comportamiento, que nos hacía recelar. Dudamos. Siempre habíamos experimentado cierto temor hacia aquella habitación que permanecía cerrada y cuya entrada a la misma teníamos expresamente prohibida por orden de la propietaria del caserón. Tras intercambiarnos una mirada, nos decidimos, por fin, a entrar, no sin cierto reparo, el que confiere el conocimiento de estar transgrediendo los límites de lo prohibido.

Aquella enorme estancia estaba en penumbra, sólo a medias, en la que se aglutinaba una infinidad de formas indefinidas cubiertas con sábanas que le daban una atmósfera fantasmagórica. Ascendía, desde la calle, el ruido amortiguado de voces ininteligibles y sobre nuestras cabezas, entre las vigas, podía percibirse el arrullo de palomos, o eso suponíamos. Daba miedo, mucho, pero no podíamos permitir que el ego de Lucas siguiera inflamándose o perderíamos la posibilidad de seguir divirtiéndonos a costa de las pesadas bromas con las que lo atosigábamos a diario.

Había un sin fin de trastos acumulados allí a lo largo de los años, inservibles, cubiertos por una espesa capa de polvo, tan absortas nos encontrábamos curioseando que el portazo nos sobresaltó provocando un histérico grito que no pudimos reprimir. Entonces lo vimos, una figura proyectaba su demoníaca sombra e iniciaba su marcha hacia nosotras, cerré los ojos imaginándome que un horrible final me aguardaba, oía el arrastrar de pasos que se aproximaban, abrí un ojo y vi una forma blanca dirigiéndose hacia mí. Se había situado sólo a un palmo, el terror me había paralizado cuando un repentino ataque de tos, proveniente de la sombra, disipó cualquier rastro de miedo. Me levanté de un salto y tiré fuertemente de la sábana que cubría la forma que tosía: los ojos irritados de Lucas aparecieron bajo aquella cubierta polvorienta.

-    “¡¡¡¡Eres un imbécil, Lucas!!!!” - le di un empujón que le hizo tambalearse entre una tos convulsa y violenta.

La tos, irregular y desgarradora, se confundía con la risa del mocoso por cuyo rostro, congestionado, empezaban a resbalar las lágrimas.

-          “Lucas eres idiota...” - la cabeza de Lola se asomó, aliviada, por detrás de mi hombro -.

Cuando cesó la tos. Lucas se dirigió hacia la puerta, desde la que se volvió para invitarnos a salir con él en dirección a la planta de abajo. Una vez en el patio Lucas seguía sonriendo y mirando con una extraña superioridad que nunca antes habíamos visto en él.

- “Deja ya de sonreír como un imbécil. No has superado la prueba, era necesario que trajeras un tesoro”.

- “Lo tengo” - Entornó los ojos con cierto misterio, sin dejar esa petulante actitud que sorprendentemente tenía.

- “Pues enséñanoslo” - apremió Lola que también empezaba a estar harta de la chulesca actitud de aquél pigmeo  -.

-  “Bien, cerrad los ojos un momento, os avisaré cuando podáis abrirlos. No vale hacer trampas ¿eh?”.

Cerramos los ojos y esperamos, ansiosas, la señal para su apertura. Fue entonces cuando escuchamos a Lucas con una extraña modulación, como la que se tiene cuando una intenta hablar con la boca llena de comida:

-  “¡Abridddddlod daa, daa bodeid!”

Lucas nos sonreía mostrándonos unos dientes excesivamente grandes para un niño de su edad a quien, además, le faltaban un par de ellos que se le acababan de caer. Era una dentadura postiza que se extrajo para mostrarla, orgulloso, en la palma e su mano.

- “¡¡¡¡¡¡Qué assssssssssco...!!!!! - no pude reprimir la arcada.

-  “¿Por qué?, son unos dientes mágicos, me los ha dado Braulio... Dice que así dejaréis de meteros conmigo”.

Estábamos sentados en el suelo, junto a la fuente del patio, mirando con cierta aprensión la dentadura cuando entró la Abuela Bicha, procedente de su misa diaria.

-  “¿Qué hacéis aquí diablillos?, ¿habéis merendado?... Pero, ¿de dónde has sacado eso, Lucas?, déjame ver... ¡Anda!, si es la dentadura de vuestro tatarabuelo Braulio... Hace años que la guardamos en el desván… ¿Dónde la has encontrado?... Ay, Señor estos duendes locos que andan enredando por ahí todo el día…” – Salió meneando la cabeza en dirección al salón, tras devolverle la dentadura a Lucas y palmearle la cabeza cariñosamente -.

Lola y yo palidecimos al mirarnos.

Cómo llegó Lucas a encontrar esa dentadura postiza y cómo conocía la existencia del antepasado, Braulio, siempre ha sido un misterio, lo cierto es que desde aquél día. La "Sociedad Secreta", pasó a denominarse "el Club Secreto del Desván de la Abuela Bicha" y estuvo integrada por tres miembros que, con una paciente e indiscutida alternancia, iban asumiendo la jefatura por turnos semanales. Jamás volvimos a martirizar a Lucas que, a partir de entonces, empezó a gozar de todo nuestro respeto.

Se lo había ganado. Nos había "enseñado los dientes" por fin.



jueves, 14 de marzo de 2013

El Quinto Secreto: Crónica del Camarlengo.




Quiero dejar expresa constancia de que el relato de hoy es pura y absoluta ficción, no tiene nada que ver con quien actualmente detenta el cargo de Camarlengo dentro de la Iglesia Católica, el Cardenal Tarcisio Bertone. Tampoco pretendo, en modo alguno, herir sensibilidades ni menos aún, ofender creencias. Fui educada en la Fe Católica y,  aunque no practique, hoy en día sigo creyendo en Dios. Le profeso el mayor respeto a la Iglesia Católica y a quien es su Cabeza visible, lo  considero “un Hombre de Dios” y por tanto un hombre bueno, como lo son, también, el Dalai Lama o cualquiera de los Patriarcas de la Iglesia Ortodoxa.

Intentó serenar sus nervios, removiéndose en la silla en la que permanecía sentado a la espera de que finalizara el escrutinio de los votos vertidos por los Cardenales electores. Habían sido unos días de intenso trabajo para él, quien a los cuarenta años, portaba sobre sus espaldas el peso de toda la Comunidad Católica. Había velado por el fiel cumplimiento del ritual consagrado por la Constitución Vaticana, tras la renuncia de Benedicto XVI. El primero, había sido inutilizar el “anillo del Pescador”, al no haber fallecido el predecesor, se decidió que lo más aconsejable era no destruirlo, él mismo supervisó, personalmente, el trabajo del orfebre designado para tallar sobre él una cruz, siguiendo, escrupulosamente, las instrucciones conferidas por el Colegio Cardenalicio. Luego se sucedieron el sellado de las estancias papales, la preparación del Cónclave del que saldría el nuevo Vicario de Cristo y el cierre de la Capilla Sixtina, tras la entrada del último Cardenal, donde tendría lugar la deliberación y el fallo.

Inconscientemente palpó, con la palma húmeda, el bolsillo de la sotana donde guardaba las llaves del doble candado de oro con el que había cerrado la estancia mientras repasaba, mentalmente, los tres Pontificados que habían tenido lugar durante su, aún joven, existencia: el de Juan Pablo I al que casi no recordaba y el revuelo que levantó su muerte, en lo que dieron en denominar “extrañas circunstancias” que suscitaron la floración de multitud de “teorías conspirativas” que ya, en su día, la Policía Vaticana se encargó de refutar.  Había leído, con gran interés, los detallados informes que se guardaban en el Archivo Secreto, pero sin duda, por lo que aquél Papa que consiguió “humanizar” la figura de la Cabeza visible de la Iglesia, quedaría siempre en su memoria, era por su gran habilidad como comunicador y consumado escritor, de hecho, Illustrissimi seguía siendo su libro de cabecera. Sonrió al recordar alguna de las cartas que integraban aquella obra literaria. Juan Pablo II fue siempre su “abuelo”, un abuelo entrañable y sonrosado, con quien había compartido muy poco tiempo, pues llegó a su cargo tan sólo unos meses antes del fallecimiento del Papa, sentía por él un profundo cariño y su risueña mirada azul cielo quedó impresa en el corazón del Camarlengo desde el primer día en que se arrodilló ante él para besarle, reverentemente, el anillo. Volvió a sonreir y dirigió una mirada hacia la cúpula, se fijó en el dedo divino que le confería vida al hombre: “La creazione di Adamo”, desde pequeño se había sentido fascinado por esa imagen y estaba convencido de que descubrió su vocación mientras estudiaba la lámina para un examen de Historia del Arte en su último curso del Instituto de Enseñanza Media. Para él, simplemente, simbolizaba el amor: el mismo Dios dando vida a su criatura a sabiendas de lo que acarrearía el posterior acto de desobediencia de la misma para las generaciones venideras, expulsadas con deshonor del Paraíso, y el precio que el Creador tendría que pagar al entregar a su propio Hijo como chivo expiatorio de la errática Humanidad. Intentó concentrarse en los nombres que se iban leyendo – se había repetido con más frecuencia de lo usual el del Cardenal Bergoglio, su íntima apuesta había sido, desde el principio, por él -, pero lejos de conseguirlo, su mente voló nuevamente, esta vez hacia Benedicto XVI a quien, cariñosamente y con un juego de palabras relativo a su apellido, llamaba “Papa Mazinger”, broma que el Sumo Pontífice aceptaba, consciente del infinito cariño que inspiraba a aquel jovencísimo y esperanzador Cardenal, a quien veía casi como a un hijo. Recordaba sus largos paseos por los Jardines de la Residencia Papal en el Vaticano, los veranos en Castel Gandolfo y, también, la ponzoña que los más acérrimos detractores de la Iglesia habían vertido sobre las causas de la renuncia de aquél Gran Hombre, aludiendo, para ello, a las más bajas pasiones y a toda una oscura red de intereses económicos y desviados, arraigados en las entrañas mismas vaticanas que, se afirmaba insidiosamente, aquél anciano Papa no se veía capaz de combatir… Él conocía el motivo real, pero se lo guardaría, a ello estaba obligado. ¿Acaso no era el custode de los Secretos?. En todo caso, el anciano teólogo Joseph A. Ratzinger, merecía en todas sus decisiones, estuvieran motivadas por la razón que fuese, el mismo respeto que las de cualquier otro ser humano, resolvió para zanjar aquél asunto que le distraía de lo que estaba ocurriendo a su alrededor. No terminaba de ser consciente del hecho histórico al que asistía como testigo de excepción.

Le sobresaltó el “Habemus Papam” que resonó, con rotundidad en la Capilla. Miró al elegido, quien en ese preciso momento acaba de responder que aceptaba la transmisión de poderes espirituales. No pudo evitar que dos lágrimas le rodaran por las mejillas. Estaba presenciando el inicio del cuarto Pontificado de su vida, entre el tañir de campanas y las alegres voces de una algarabía que, amortiguadas, llegaban desde la Plaza del Vaticano donde ya se debía estar divisando, sin duda, la Fumata Blanca. Aquél jesuita argentino acaba de asumir las riendas del devenir de la Iglesia Católica con el nombre de Francisco I, contraviniendo así los nombres esperados – Ignacio, Iñigo… -. Se apresuró entonces a abrir la puerta de la Capilla Sixtina, aliviándose así de la carga de otro de los Secretos cuya sagrada guarda le fuera confiada y de la que ahora se liberaba para siempre, mientras la abría rezó por Francisco I, para que las fuerzas y el Espíritu Santo no le abandonaran en su labor pastoral, rezó para que, de una vez por todas, el nuevo Vicario de Cristo pusiera fin a las tradicionales disputas entre las dos facciones encontradas de la Iglesia Católica, rezó con intensidad. Al abrir la puerta y dejar escapar la tensión acumulada durante los días anteriores, pensó que había que comunicárselo al Papa Emérito, debía ser el primero en conocer la identidad de su Sucesor. Y debía enterarse por él. Nervioso buscó su iPhone y lo encendió, esperó impaciente a que la cobertura fuera suficiente como para permitir la llamada y en la agenda de contactos buscó apresuradamente la M.

-          ¿Pronto…? – la cansada voz de Joseph A. Ratinzger, "su Papa Mazinger", contestó tras el primer tono -.
-        ¡ Habemus Papam …! - fue todo cuanto la emoción, que le atenazaba la garganta, le permitió decir, luego rompió a llorar. Asistía al inicio de una nueva página de la Historia-.


“Aunque haya religiones diferentes, debido a distintas culturas, lo importante es que todas coincidan en su objetivo principal: ser buena persona y ayudar a los demás”.

(His Holiness the Dalai Lama)
 

lunes, 11 de marzo de 2013

Mensaje en una botella.



Hoy alguien me ha preguntado cuál era mi secreto para permanecer inmune a los ataques de mis enemigos. Tras pensarlo unos segundos, mi respuesta ha sido tan clara como concisa: “No tenerlos”. La cara de incredulidad de mi interlocutor reflejaba el mensaje de “eso es imposible”, ante lo cuál, me he apresurado a desarrollar mi razonamiento, lo que, nuevamente, me dispongo a hacer ahora.

Para mí, las personas se clasifican en dos grandes categorías básicas:

-        Aquellas quienes forman parte integrante de mi vida, a las que quiero y me importan y, en segundo lugar,

-          Aquellas otras cuya existencia es, total y absolutamente, ajena a la mía, resultándome, por tanto así, indiferentes.

Es, este segundo grupo, sin el menor género de dudas, el más amplio y en él se aglutinan aquellos seres cuyas vidas discurren en un perfecto paralelismo respecto de la mía, de modo que jamás llegarán a converger, interseccionándose o superponiéndose, en punto alguno. Esa indiferencia absoluta, ya sea en su vertiente positiva o en la negativa, es lo que me provoca la total desafección respecto de acciones y omisiones que, o bien me pasan inadvertidas o bien, contemplo como una mera espectadora accidental a modo de entretenido divertimento personal cuando no tengo otra actividad en la que emplear mi tiempo, algo que rara vez ocurre. De manera que, según esta efectiva táctica, de cualquier ataque personal que se me pueda dirigir, habré de salir, necesariamente, indemne. Dada la insignificancia que para mí presentan los propietarios de esas existencias ajenas, no me afectan jamás ni sus palabras ni, por supuesto y aún menos, sus actuaciones.

Un enemigo – así continuaba yo -, para ser considerado como tal, debe representar una amenaza, real, objetiva y cierta, para nuestra integridad y no ser, únicamente, alguien por quien no se sienta la menor simpatía, de manera que, y según mi personal concepción, carezco de enemigos, pues.

No viene lo anterior, no obstante, así lo aclaré y lo aclaro ahora, a significar que no goce de detractores que, vanamente, intenten hacerme daño, o que yo no tenga mis propias fobias, pues de ambos tengo, sin carencias en este orden, si bien y dentro de la total indiferencia que les dispenso, existen ciertos y determinados grados, siendo el más leve aquél que me suscita el sentimiento de asco o el de pena, pero sin llegar a suponer, en ninguno de los casos, un condicionante en mi vida que, insisto, discurre plena y felizmente, al margen de ellos.

Personalmente, y con ello concluyo, siempre me inspirará una mayor consideración, aquél que me provoca asco y violenta repulsión, al que sólo me inspira pena. Portando una coraza invisible de acero, ligera en cuanto a su liviano peso pero resistente a las asechanzas de quienes mi destino ha decidido, sabia y acertadamente, defenestrar a esa “tierra de nadie” de la que, tan lejana, ni  siquiera, puede llegarme el eco de los pasos de quienes por ella transitan. 


                                                                            "Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos 
                                                                     porque uno termina, siempre, pareciéndose a ellos".
                                                                                                             (Jorge Luis Borges) 
                                                                       
    Mi respuesta es: "Mejor que elegir, IGNORAR, supone un menor esfuerzo".