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lunes, 22 de enero de 2018

Nuestra protección no es su lucha.



Es una tarde de viernes, como cualquier otra, me encuentro absorta en las líneas de un artículo del ‘Irish Independent’ acerca de la temprana e inopinada muerte de la cantante de The Cranberries, icono de toda una generación, la mía, cuando me sobresalta el sonido alertando de que el buzón electrónico acaba de recibir un nuevo e-mail y aunque la lectura es interesante la curiosidad me obliga a interrumpirla, consulto el correo. Es una solicitud de apoyo, a través de la plataforma change.org, a la petición formulada por el padre de Diana Quer quien, bajo el lema “tu protección es nuestra lucha”, solicita apoyos para evitar la derogación de la prisión permanente revisable en los casos de delitos de extrema gravedad. Sin dudarlo la suscribo y explico el motivo, no es una decisión repentina y guiada por la indignación provocada tras conocer los detalles más escabrosos de la actuación de ese psicópata de grandes incisivos que tras su bobalicón rostro, casi cómico, esconde un alma despiadada y enferma. Esta medida coercitiva que entiendo ajustada y proporcionada para determinados ilícitos y así lo avalan sujetos como éste o los protagonistas de numerosas crónicas de sucesos – Bretón, Santiago del Valle, Carcaño y tantos otros depredadores sexuales – que contemplamos, no obstante, desde la poco empática y lenitiva distancia de resultarnos ajena la familia afectada. Fue, cabía esperarlo, el PNV quien presentó una proposición de Ley tendente a la derogación de la pena introducida en el Código Penal por el PP en 2015 – que desaparecerá, si no lo remediamos, en unos días -, castigo éste que, curiosamente, parece herir la extrema sensibilidad, tan cívica y avanzada, de nuestros representantes legislativos que no la de la ciudadanía, pues casi un 70% se muestra proclive a su aplicación, propuesta a la que se unió la totalidad de la “progresía” como adalid de los derechos humanos, la justicia y la reinserción – imposible en estos casos – con la incomprensible connivencia de Ciudadanos, sigo sin comprender su abstención pues no entiendo que un tema de este calado deje indiferente a nadie: o se está a favor o se está en contra, por lo que me inclino a pensar que es un mero acto de cobardía o de pusilanimidad política de la formación redentora que tan mesiánicamente se postula como única alternativa. Con su aquiescencia, los naranjas, avalan la supresión de una condena que apoya la mayoría del pueblo español, posicionándose, junto con el bloque progresista, de parte del delincuente merecedor de una segunda oportunidad que les ha sido negada a Diana, a Mariluz, a Marta, a los pequeños Ruth y José. ¿Alguien, en su sano juicio, puede pensar que alguno de estos asesinos se rehabilitará pudiendo reinsertarse en una sociedad que no esté tan enferma como ellos?, no hemos de perder de vista que las penas tienen, efectivamente, una doble función: la punitiva a modo de expiación por el pecado cometido y que encierra, o se pretende, un efecto disuasorio y la de reinserción mediante una reeducación del delincuente que posibilite la eliminación del riesgo para la seguridad y el orden común. Algo poco probable en este tipo de conductas pero ya lo ven, la mayoría de nuestro Parlamento proclama la abolición de una reclusión a perpetuidad sometida a revisiones, garante de la seguridad ciudadana, en pro de las ‘libertades civilizadas’ y dormirán luego, los señores diputados, plácidamente desde el convencimiento de que contribuyen al sostenimiento de una sociedad desarrollada y moderna, condenándonos al resto a un desasosegado y perpetuo insomnio: nuestra protección, no es su lucha. Mientras termino de escribir el artículo me viene a la cabeza esa estrofa de la canción ‘Zombie’, inspirada en un atentado del IRA, en la que la gran Dolores O’Riordan, tras mencionar como el cadáver de un niño es recogido, se pregunta “¿Quién de nosotros está equivocado?”. Creo que, en nuestro caso, es evidente.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, diario VIVA JAÉN, el día 22/01/2018.

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