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lunes, 3 de octubre de 2016

Los de San Ildefonso también pagamos los impuestos, oigan.



Vivir en el barrio más céntrico y tradicional de Jaén, donde el intrincado laberinto de calles y callejuelas confiere al parroquiano el anhelado sosiego de una vida ajena al ruidoso bullicio del centro con el que linda, es un verdadero lujo. Quienes vivimos allí, disfrutamos a diario del sabor de sus costumbres: un café con tostadas de aceite y tomate, unas cañas a medio día en cualquiera de sus apetecibles tabernas con esa tapa que regala nuestro sentido del gusto y ¿por qué no decirlo?, unas calles sucias y descuidadas en las que se acumula, junto con demás porquería, la cera de las procesiones –“¡pero qué bonito es ver los pasos procesionar por el barrio de San Ildefonso!”– que hace estragos con las primera lluvias. Mi barrio es un barrio joven-viejo, una miscelánea humana en la que plácidamente convivimos gente joven y mayor, muy mayor, sin que, no obstante, la edad sea una criba para los, inevitables, resbalones y caídas especialmente crueles en las caderas más veteranas, es obvio –“Doña Paquita, tenga Vd. cuidado, no vaya Vd. a resbalarse…”, “Ay sí, hija, que con una vez ya fue suficiente pero como, aquí, las calles no se limpian…”-. Es bellísimo el enclave, en pleno casco histórico, aunque los fines de semana se vuelva impracticable, los vehículos toman manu militari el espacio destinado al tránsito de los viandantes, especialmente en la Calle de Teodoro Calvache, con el riesgo que de ello se deriva, ante la pasividad de aquellos a quienes compete velar por nuestra seguridad, eso sí, la multa es inevitable cuando dejas el coche en la puerta de tu casa para descargar la compra – “¡qué mala suerte la mía que los fines de semana no puedo caminar por la acera pero ahora, en cinco minutos, me llevo un bonito boletín de color rosa, dedicado y todo!… ¡la vida es una tómbola!” que cantaba Marisol -. No resta esto ningún valor, tampoco, a mi barrio, uno de los más tradicionales, en el que exhibimos orgullosos nuestra Basílica Menor de la que tomamos el nombre, una zona de rancio abolengo, de esas que, en cualquier ciudad, se mima y cuida con esmero, al saberse una joya del patrimonio demanial, por eso, supongo, mi calle es de las pocas por las que la Navidad no pasa, o si lo hace, es de puntillas, no vaya a dañarse este tesoro urbanístico: ni una sola bombilla de iluminación navideña. Así, mientras Jaén huele a castañas, a turrón y mazapán y se extasia con el alumbrado de sus avenidas y arterias principales al son de panderetas y zambombas, los de San Ildefonso – que también pagamos impuestos – carecemos de ese espíritu navideño, dadivoso aguinaldo consistorial, que imbuye a quien contempla la colorista catenaria de las calles adyacentes. Es bonito San Ildefonso, un barrio perfecto en el que residir, donde sus vecinos, nos conocemos y nos saludamos llamándonos por nuestro nombre, un barrio con historia: los restos de la muralla donde, soberbia y ajena al devenir del tiempo, se yerge la Puerta del Ángel, junto al Convento de las Bernardas…San Ildefonso, un barrio, el mío, en el que los residentes, a pesar de todo y aunque no lo parezca, también pagamos religiosamente nuestros impuestos, oigan.

Publicada en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en Viva Jaén el día 03/10/2016.

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