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lunes, 17 de octubre de 2016

Es a Vd., señor director de geriátrico, a quien debería darle vergüenza, si la tuviera claro.







No hay negocio más censurable que aquél que se lucra a costa del bienestar de niños o mayores, los primeros porque nada más enternecedor hay que un infante que no puede valerse por sí mismo, al carecer de la autonomía suficiente para cubrir sus necesidades vitales básicas y los segundos porque, además, se han hecho merecedores, por derecho propio, de ese retiro dorado tras una vida de trabajo, de ahí que siempre estén mejor valoradas las residencias públicas que las gestionadas con capital privado. Me cuentan que, durante este verano, se contrató a un trabajador con la cualificación de experto en atención geriátrica en una residencia que se publicita, en Jaén, como el paradigma de las comodidades y esmerados cuidados asistenciales para la tercera edad, ya puede, pensé, cuando el importe medio de la mensualidad asciende a 1.500 euros que, religiosamente, han de abonar sus residentes. Al incorporarse a su puesto de trabajo detectó ciertas anomalías tales como una manifiesta carencia de personal para atender debidamente a los ancianos, el uso de toallitas de bebé para el aseo diario de los mismos en lugar de esponjas jabonosas, un único trabajador para el servicio de comedor, retirada y limpieza de menaje, sólo otro más para la higiene de las instalaciones, amén una larga pléyade de irregularidades que contravienen la reglamentación de este tipo de establecimientos. Estos extremos fueron expuestos ante la dirección del Centro que, al parecer, piensa que invertir en geriatría es un negocio muy rentable, pues obtiene su beneficio a expensas de la carencia prestacional debida a los usuarios que pagan por ella. Y al no ser posible redimensionar la actividad sin incurrir en costes que mermen sus pingües ganancias, por expresa negativa del responsable, este trabajador decidió renunciar a su contrato laboral, algo loable en los tiempos que corren, pero que denota una gran profesionalidad al negarse a participar de tan execrable contubernio, renuncia que, no obstante, debía llevar implícito el abono de los servicios prestados. Tras dos largos meses en los que el Centro en cuestión no tuvo a bien pagar la nómina del tiempo durante el que este, insisto, profesional de la geriatría estuvo desempeñando su labor en unas condiciones, cuanto menos, deficitarias, se contactó con el gerente para requerir el pago de su sueldo y finiquito, obteniendo no sólo imprecaciones y desabridas advertencias que califican a este miserable como lo que no podrá jamás dejar de ser, sino, además, un zafio “click” al otro lado de la línea, tras el apercibimiento de la posibilidad de reclamar lo debido ante la oportuna sede. Un par de días después, y un gran número de llamadas perdidas en el móvil del trabajador mediante, se le cita, por fin, para liquidarle su derecho de cobro. Este buhonero de la senectud llega, incluso, a insultar al trabajador “¡No tienes vergüenza, amenazar con llevarme al Juzgado, a mí, a mí!”, cuando, es obvio, quien carece de ella es el que provoca que los demás tengan que ejercer sus derechos; no la tiene, tampoco, aquél que mantiene en unas condiciones deplorables a personas que pagan – y a qué precio – por los servicios que no reciben. Amigos lectores: asegúrense de en qué tipo de residencia dejan a sus mayores, velen porque se cumpla escrupulosamente la legalidad en las mismas y exijan la garantía de calidad por la que están pagando. Y ahora si me disculpan, en ejercicio de mi deber cívico y en beneficio de nuestros venerables ancianos, tengo una denuncia que interponer.

"Esto es envejecer y es jodido, mucho, pero es MI problema no el vuestro y es aquí, 
en mi casa, donde quiero estar. Hay belleza en la vejez
"

De Natalia (Lola Herrera) en La Velocidad del Otoño.

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