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lunes, 31 de octubre de 2016

Don Rajoy y Doña Inés en la víspera de todos los Santos.






Como cada año vamos preparando las castañas, las nueces y las gachas que estamos en vísperas de una de las más tradicionales aunque, ya también, más desnaturalizada festividad, la de Todos los Santos y Fieles Difuntos. Días de recuerdo y honra a quienes nos dejaron, aunque no creo yo que el Partido Susanista Obrero Español llore a su recién finado, Pedro Sánchez, ni vaya, tampoco, a venerar su memoria tras la cruenta defenestración del “noesnoísmo” que casi termina con el sistema nervioso de los españoles y dinamita los pilares de un Partido histórico. Y ahí andamos, a vueltas con los Santos y el exportado Halloween, pero asistiendo en su víspera, como manda nuestra patria costumbre, a esa escena tragicómica del estafermo Tenorio que ronda las beldades de una Doña Inés que parece cejar, al fin, en su rechazo, portando al cuello una cruz de Borgoña, “ironías de la Historia” osó afirmar una mala e ignorante conciencia desde el estrado. Y se ha adelantado, así, el aterrador desfile del “truco o trato” en el Camposanto de la Democracia que es nuestro Congreso, pues como bien dijo T. Roosvelt “una gran Democracia debe crecer para seguir siéndolo” y la nuestra, raquítica y asentada sobre las bases del libertinaje voraz de unos espectros que ansían el don de la ubicuidad, al pretender estar, a un tiempo, renegando del Tenorio y rodeando el cementerio de libertades e ideologías que ha pasado a ser nuestro Parlamento, parece estar abocada a una crispación que terminará, sin duda, destruyendo al propio Estado. Deambulaban, estos días, Sus Señorías cuán fantasmagóricas criaturas por los pasillos del hemiciclo portando en sus maletines los buñuelos y los huesos de santo con los que acompañar el café del receso tras otra nueva jornada, ésta ya más relajada, de tibias luchas de egos, escupitajos en pleno rostro, insultos ‘sotto voce’ y  sustos, mientras, expectantes, aguardábamos el final, tan próximo como ambicionado, de la obra, aquél en el que Doña Inés de Ulloa se lleva a Don Rajoy Tenorio, con ella, por toda la eternidad de la nueva legislatura, pero por una cuestión de honor más que de amor, que después de diez meses, tenemos derecho, los españoles, a honrar a nuestros muertos con la serenidad y la paz de un Gobierno estable, queda por ver, ahora, cuánto durará la tregua de estos fuegos fatuos, pues ciertas modernidades como el amplio abanico de opciones ideológicas que enterraron el, antes, denostado y hoy anhelado bipartidismo, no están hechas para nosotros, los españolitos no tenemos cultura democrática, no creemos en el voto de castigo y arrastramos, irremisiblemente, sobre nuestra boina irónicas cruces que son motivo de las más radicales soflamas proferidas por aquél que un día aspiró a gobernar el grandioso país del que, incluso, desconoce su Historia. Supongo que será un sentimiento colectivo, el de este año, cuando camino del cementerio, con ramos de coloridas naturalezas poliméricas “Made in China” bajo el brazo, imbuidos en nuestros pensamientos y recuerdos, dediquemos uno muy especial a nuestros Sres. Diputados: “Señorías, si quieren que los españoles dejemos ya a sus muertos en paz, dejen, primero, Vds. en paz a los nuestros, olvídense de trucos que lo que exigíamos era un trato”.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en diario VIVA JAÉN, 31/10/16.

lunes, 24 de octubre de 2016

Una zapatilla de paño y muy buena puntería.




A veces ocurre que aquello que, aparentemente, nos resulta más complicado de resolver, tiene, en realidad, la más fácil de todas las soluciones: la que se encuentra en el mero sentido común. Algo así como la elemental respuesta al famoso enigma del “huevo de Colón”. Con frecuencia, cuando nos parece que una determinada cuestión, difícil componenda puede encontrar, es tan simple como escuchar mentalmente el temido “ten la dicha de que vaya yo a buscarlo y lo encuentre”, recurrente frase aquella, de toda madre, en nuestra niñez, ante los reiterativos requerimientos de dónde estaba tal o cual cosa que, curiosamente y a modo de desesperado intento de eludir el inexorable cumplimiento de tan funesta advertencia, siempre terminaba apareciendo. Pues bien, tengo el convencimiento de que la razón de todas nuestras tribulaciones colectivas se debe a que, efectivamente, no se ha optado por “profesionalizar” el altruista arte de la “cosa pública” y no me refiero a diseñar un cumplido plan de estudios que forme a gestores, oradores, estadistas, políticos en suma, capaces de redimensionar los recursos públicos, ya sea en el ámbito municipal, provincial, regional o en el estatal. No. Nada más lejos de eso, sino en poner al frente del gobierno a una madre, de las de antes, de las de toda la vida, que coja el timón de esta enorme nao que navega a la deriva por el motín generado, en ese desmedido afán de timoneles, capitanes e, incluso, remeros y grumetes de continuar con la inútil pugna de “aquí la barca la piloto yo o nadie”. ¿Que no se ponen de acuerdo?, pues madre al canto: “no discutáis más y haced el favor de llegar a un acuerdo que ya veréis como vuelva yo a oír siquiera una mosca”. ¿Que las cuentas no cuadran?, ahí estaría esa madre con sus “apartadillos” destinados a suplir los gastos precisos para el óptimo funcionamiento de una economía doméstica que terminan estirándose hasta el punto de conseguir, incluso, ahorrar. Que las calles están sucias por la falta de una gestión efectiva de mantenimiento, recogida y tratamiento de basura, bien porque no sea posible hacer un estudio presupuestario hasta no se sabe qué fecha, bien porque no se encuentra a quien contratar para el desempeño eficiente de este servicio público, si hubiera, también, una madre al mando ya podríamos apostar que no habría ni un solo papel en el suelo “¿tú haces eso en tu casa?, ¡pues busca una papelera ahora mismo que al final lo vas a terminar recogiendo con un pescozón puesto!”. Si es que una madre es, dado su sentido común, la mejor gobernante, la mejor gestora, la mejor en lanzarte la zapatilla y, siempre, con tan buena puntería que ese escozor, en salva sea la parte, no es sino el más efectivo fármaco para acabar con todos los males que, irremisiblemente, principian con el más abundante e inevitable padre de todos: la soberana estulticia. ¿Acaso seguiríamos a vueltas con esas terceras elecciones; de verdad estaríamos haciendo objeto de estudio municipal la concesión de un servicio de recogida y tratamiento de basura o, incluso, tendríamos unas horribles e inútiles escalerillas mecánicas que nunca funcionan en la Calle Nueva, si hubiera una madre que, tras proferir el lapidario “tómate el zumo rápido que se le van las vitaminas”, se quitara la zapatilla con cara de pocos amigos mientras guiña un ojo para afinar la puntería?... Yo creo que no, no sé qué opinaran ustedes.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en Viva Jaén, el día 24/10/2016

lunes, 17 de octubre de 2016

Es a Vd., señor director de geriátrico, a quien debería darle vergüenza, si la tuviera claro.







No hay negocio más censurable que aquél que se lucra a costa del bienestar de niños o mayores, los primeros porque nada más enternecedor hay que un infante que no puede valerse por sí mismo, al carecer de la autonomía suficiente para cubrir sus necesidades vitales básicas y los segundos porque, además, se han hecho merecedores, por derecho propio, de ese retiro dorado tras una vida de trabajo, de ahí que siempre estén mejor valoradas las residencias públicas que las gestionadas con capital privado. Me cuentan que, durante este verano, se contrató a un trabajador con la cualificación de experto en atención geriátrica en una residencia que se publicita, en Jaén, como el paradigma de las comodidades y esmerados cuidados asistenciales para la tercera edad, ya puede, pensé, cuando el importe medio de la mensualidad asciende a 1.500 euros que, religiosamente, han de abonar sus residentes. Al incorporarse a su puesto de trabajo detectó ciertas anomalías tales como una manifiesta carencia de personal para atender debidamente a los ancianos, el uso de toallitas de bebé para el aseo diario de los mismos en lugar de esponjas jabonosas, un único trabajador para el servicio de comedor, retirada y limpieza de menaje, sólo otro más para la higiene de las instalaciones, amén una larga pléyade de irregularidades que contravienen la reglamentación de este tipo de establecimientos. Estos extremos fueron expuestos ante la dirección del Centro que, al parecer, piensa que invertir en geriatría es un negocio muy rentable, pues obtiene su beneficio a expensas de la carencia prestacional debida a los usuarios que pagan por ella. Y al no ser posible redimensionar la actividad sin incurrir en costes que mermen sus pingües ganancias, por expresa negativa del responsable, este trabajador decidió renunciar a su contrato laboral, algo loable en los tiempos que corren, pero que denota una gran profesionalidad al negarse a participar de tan execrable contubernio, renuncia que, no obstante, debía llevar implícito el abono de los servicios prestados. Tras dos largos meses en los que el Centro en cuestión no tuvo a bien pagar la nómina del tiempo durante el que este, insisto, profesional de la geriatría estuvo desempeñando su labor en unas condiciones, cuanto menos, deficitarias, se contactó con el gerente para requerir el pago de su sueldo y finiquito, obteniendo no sólo imprecaciones y desabridas advertencias que califican a este miserable como lo que no podrá jamás dejar de ser, sino, además, un zafio “click” al otro lado de la línea, tras el apercibimiento de la posibilidad de reclamar lo debido ante la oportuna sede. Un par de días después, y un gran número de llamadas perdidas en el móvil del trabajador mediante, se le cita, por fin, para liquidarle su derecho de cobro. Este buhonero de la senectud llega, incluso, a insultar al trabajador “¡No tienes vergüenza, amenazar con llevarme al Juzgado, a mí, a mí!”, cuando, es obvio, quien carece de ella es el que provoca que los demás tengan que ejercer sus derechos; no la tiene, tampoco, aquél que mantiene en unas condiciones deplorables a personas que pagan – y a qué precio – por los servicios que no reciben. Amigos lectores: asegúrense de en qué tipo de residencia dejan a sus mayores, velen porque se cumpla escrupulosamente la legalidad en las mismas y exijan la garantía de calidad por la que están pagando. Y ahora si me disculpan, en ejercicio de mi deber cívico y en beneficio de nuestros venerables ancianos, tengo una denuncia que interponer.

"Esto es envejecer y es jodido, mucho, pero es MI problema no el vuestro y es aquí, 
en mi casa, donde quiero estar. Hay belleza en la vejez
"

De Natalia (Lola Herrera) en La Velocidad del Otoño.

lunes, 10 de octubre de 2016

25 años de cromosomas de lunares y farolillos en la feria de San Lucas.


La trisomía 21 es sólo la existencia de un cromosoma extra que provoca un síndrome, un conjunto de síntomas y signos, no es una enfermedad, de modo que quienes lo padecen no son enfermos, sino personas con capacidades diferentes, ríen, lloran, estudian y trabajan igual que quienes no lo padecemos. Conocí a Cristina cuando tenía apenas cuatro años, saltando en pijama, zapatillas de paño y bigotes de chocolate en la cocina de su casa, inundando aquél hogar de juegos, risas, trastadas y alegría, como cualquier otro niño. Hoy es una chica independiente que trabaja, se divierte con sus amigos y lleva la vida de cualquier otro joven. – “¿Estás contenta?” – “Claro, estamos de cumple”, me contesta, guiñándome un ojo, ilusionada por la celebración del aniversario de la Asociación, su Asociación. Ella pertenece a una familia numerosa y desde que nació ha estado muy estimulada, pero no siempre es así, otros niños no tienen la suerte de pertenecer a una enorme “tribu” con hermanos próximos en edad y encuentran esa estimulación, necesaria a lo largo de toda su vida, a través de las diversas actividades que organiza la Asociación, una Asociación fruto de la esforzada obcecación, el esfuerzo y las lágrimas de muchas personas anónimas y de otras más conocidas como nuestro Santi Rodríguez. La Asociación de Síndrome de Down de Jaén y Provincia instala también, con mucha ilusión, este año su caseta. Llevan un cuarto de siglo de andadura: unos lejanos pero duros inicios, primero, en el domicilio de la Presidenta, más tarde se trasladarían a un bajo de la Avda. de Andalucía y desde hace cinco años disfrutan de una nueva sede en la que orientan a las familias y promueven la importancia de una atención temprana para desarrollar las aptitudes de los niños Down. Hoy, desde esta tribuna, me propongo transmitir una invitación, -“Oye Cristi ¿tú quieres que yo cuente en el periódico lo del cumple de la Asociación?” –“Síiiiiii… y que venga mucha gente”, una propuesta solidaria para contribuir a los proyectos e ilusiones de las personas Down, - “¿A qué se va a la Feria?”, le pregunto de nuevo a Cristina – “A disfrutar, a comer en familia y a tomarse unas copas con los amigos”, ¡pues claro, toma ya!, ¿a qué si no?, todos vamos a eso y el mejor sitio, sin duda, es aquél que se encuentra atendido por el infinito cariño, la abnegación, el esmero y la generosidad de unos padres voluntarios que nos regalan su tiempo para que podamos divertirnos en el nuestro, respondamos con la nobleza, la grandeza y el talante de los jienneses de bien, no creo que los fondos recaudados puedan tener, jamás, un mejor destino ahora que se han reducido las ayudas y subvenciones, tan necesarias para el continuo desarrollo de mis, nuestros, niños Down, así que vamos a la Feria, hay un cumpleaños y tenemos que celebrarlo, nos invitan Cristina, Manuel, Pablo, Montse, Mario y muchos más amigos, celebremos juntos ese “cumple”, los 25 años de cromosomas de lunares y farolillos en la feria de San Lucas. Yo, por supuesto, la acepto y os espero a todos en la caseta de la Calle 14 de octubre, ¿quién podría declinar tan tierna invitación?.


Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en Viva Jaén, el día 10/10/2016.

lunes, 3 de octubre de 2016

Los de San Ildefonso también pagamos los impuestos, oigan.



Vivir en el barrio más céntrico y tradicional de Jaén, donde el intrincado laberinto de calles y callejuelas confiere al parroquiano el anhelado sosiego de una vida ajena al ruidoso bullicio del centro con el que linda, es un verdadero lujo. Quienes vivimos allí, disfrutamos a diario del sabor de sus costumbres: un café con tostadas de aceite y tomate, unas cañas a medio día en cualquiera de sus apetecibles tabernas con esa tapa que regala nuestro sentido del gusto y ¿por qué no decirlo?, unas calles sucias y descuidadas en las que se acumula, junto con demás porquería, la cera de las procesiones –“¡pero qué bonito es ver los pasos procesionar por el barrio de San Ildefonso!”– que hace estragos con las primera lluvias. Mi barrio es un barrio joven-viejo, una miscelánea humana en la que plácidamente convivimos gente joven y mayor, muy mayor, sin que, no obstante, la edad sea una criba para los, inevitables, resbalones y caídas especialmente crueles en las caderas más veteranas, es obvio –“Doña Paquita, tenga Vd. cuidado, no vaya Vd. a resbalarse…”, “Ay sí, hija, que con una vez ya fue suficiente pero como, aquí, las calles no se limpian…”-. Es bellísimo el enclave, en pleno casco histórico, aunque los fines de semana se vuelva impracticable, los vehículos toman manu militari el espacio destinado al tránsito de los viandantes, especialmente en la Calle de Teodoro Calvache, con el riesgo que de ello se deriva, ante la pasividad de aquellos a quienes compete velar por nuestra seguridad, eso sí, la multa es inevitable cuando dejas el coche en la puerta de tu casa para descargar la compra – “¡qué mala suerte la mía que los fines de semana no puedo caminar por la acera pero ahora, en cinco minutos, me llevo un bonito boletín de color rosa, dedicado y todo!… ¡la vida es una tómbola!” que cantaba Marisol -. No resta esto ningún valor, tampoco, a mi barrio, uno de los más tradicionales, en el que exhibimos orgullosos nuestra Basílica Menor de la que tomamos el nombre, una zona de rancio abolengo, de esas que, en cualquier ciudad, se mima y cuida con esmero, al saberse una joya del patrimonio demanial, por eso, supongo, mi calle es de las pocas por las que la Navidad no pasa, o si lo hace, es de puntillas, no vaya a dañarse este tesoro urbanístico: ni una sola bombilla de iluminación navideña. Así, mientras Jaén huele a castañas, a turrón y mazapán y se extasia con el alumbrado de sus avenidas y arterias principales al son de panderetas y zambombas, los de San Ildefonso – que también pagamos impuestos – carecemos de ese espíritu navideño, dadivoso aguinaldo consistorial, que imbuye a quien contempla la colorista catenaria de las calles adyacentes. Es bonito San Ildefonso, un barrio perfecto en el que residir, donde sus vecinos, nos conocemos y nos saludamos llamándonos por nuestro nombre, un barrio con historia: los restos de la muralla donde, soberbia y ajena al devenir del tiempo, se yerge la Puerta del Ángel, junto al Convento de las Bernardas…San Ildefonso, un barrio, el mío, en el que los residentes, a pesar de todo y aunque no lo parezca, también pagamos religiosamente nuestros impuestos, oigan.

Publicada en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, en Viva Jaén el día 03/10/2016.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Del impune latrocinio de los bancos y otras tropelías.





¿Gastos?, si no tienen justificada la contraprestación efectivamente prestada se convierten en comisiones encubiertas y no todas la comisiones son legales, no lo digo yo, lo dice el Banco de España. Nos sobresalta continuamente ese apunte en la cuenta corriente, a veces de un euro, en ocasiones de varios pero siempre, o casi siempre, sin justificación. Te quejas, te lo devuelven. ¿Por qué tengo que quejarme para que me devuelvan lo que no les debo?. “Han cambiado las condiciones de la cuenta”. Disculpe, pero ¿a mí, eso, quien me lo ha notificado?. Vamos a ver si lo entiendo, Vds., señores, me obligan a mantener una cuenta corriente –con sus correspondientes gastos de mantenimiento, comisiones y condiciones que modifican, a su muy voluntarista socaire, cuando les place o según se les antoja– que yo utilizo, únicamente, para devolverles el préstamo hipotecario, es decir: me cobran, también, por cumplir con mi obligación de devolverles el dinero, de modo que aprovechando, cuán viles cuatreros, la transferencia del importe exacto, ni un céntimo más, porque no me da mi realísima gana de que custodien ni uno sólo que no les deba, se inventan una comisión, un gasto o una canonjía cualquiera, lo mismo da, para evitar que se produzca el puntual pago de la hipoteca, de modo que cuando vayan a cargarla no pueda hacerse efectiva y se genere lo que denominan, ya hay que tener jeta, un “impago” que, a su vez, conlleva una comisión por “reclamación”, que jamás articulan por medio alguno y de la que deriva otra más por “descubierto” y así sucesivamente. Protesto, nuevamente, por este abuso en la oficina que, indefectiblemente, deriva, mi queja, al Defensor del Cliente - ¡¿pero Vds. saben leer?!, en ese papel no dice “Al defensor del Cliente”, sino “Al Sr/a. Director/a de la Oficina”-, respuesta: “le comunicamos que al no contar con la documentación suficiente no podemos resolver la cuestión planteada”, “¿y a mí que me importa, Don Defensor del Cliente?, si yo con Vd. no hablaba…” Y así día tras día, mes tras mes y año tras año desde que, hastiada por el despotismo lucrativo del banco sanguijuela, decidí que abonaría mensualmente el importe de la hipoteca por ventanilla y así lo seguiré haciendo mientras continúe esta solazada espera mía de una respuesta lógica y coherente por parte del Sr/a Director/a de la Oficina, que no del Sr/a Defensor del Cliente a quien no tengo el gusto de haberme dirigido jamás, antes de recurrir al Banco de España o a los Tribunales -a mí el abogado me sale gratis- mientras los gastos que la Entidad ha tenido a bien inventarse, salvo acreditación en contrario, siguen incrementándose en mi cuenta sumidos en ese interesado ostracismo de quien debe justificarlos y no lo hace. Y ahí vamos, a ver quién tiene más cabeza –  no será, en esta ocasión, D. Bernardo López - o se cansa antes, cuando, montada en mi burro, lo que me sobra es tiempo y paciencia. No voy a cejar en mi empeño y Vds., al parecer tampoco, por lo que me barrunto yo que, al final, esto terminará en el Juzgado y mientras tanto, emulando a Pérez – Reverte, sólo me resta decirles “permítanme que les tutee, imbéciles”: ¡a robar, a Sierra Morena!.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de butaca, de VIVA JAÉN el 26/09/2016.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Escuchar al campanero.






Hace unos días, se nos atragantó el primer café de la mañana al asistir, estupefactos, al vil acto televisado de arrancar de las entrañas de su familia de acogida al pequeño Joan, sus padres “pre-adoptivos” – me pregunto qué figura legal es esa de la “pre-adopción”, cuando nuestro sistema sólo recoge el acogimiento o la adopción como tal -, se veían obligados a dejar a “su” pequeño, de apenas cuatro años, en la Comandancia de la Guardia Civil, por orden de una “injusta y aberrante” Sentencia dictada a favor de la madre biológica que acababa de cumplir la mayoría de edad. A todos se nos encogió el corazón y empezó el linchamiento mediático, especialmente enardecido tras las primeras imágenes de la madre, quiero pensar que nada tuvo que ver el color de su piel, su apariencia e incluso, su juventud. Más tarde, las redes sociales, ardieron con una desgarradora carta abierta en la que esta joven de origen guineano, María José Abeng, narra su personal odisea, desde su internamiento en un Centro de Menores, su embarazo a los 14 años y lo que ella misma denomina su “lucha contra el dragón” por recuperar a su hijo “que se llama Juan Francisco, ni Joan, ni Xuanín”, nos hizo cambiar la perspectiva, ya teníamos las dos versiones…
También hemos vivido un episodio similar con la joven madrileña desaparecida en A Pobra do Caramiñal, Diana Quer, desatándose una guerra de graves acusaciones, retirada incluida de la custodia de la otra hija menor a la madre, entre sus progenitores, en plena vorágine de un cinematográfico “Quer contra Quer”, fuimos obteniendo más datos: la especial afición de la chica a “desaparecer” durante varios días de su domicilio, la alienación parental en relación a la otra hija del matrimonio, cuyo padre le aseguraba que con él estaría mejor que con la “psicópata” de la madre, por lo que tras digerir la avalancha informativa concluimos que ni el bueno, al parecer, es tan bueno, ni la mala lo ha de ser tanto, pues como alguien dijo, “siempre hay dos versiones, luego está la verdad”.
Es menos reciente, pero ¿quién no recuerda a aquél “pobre chaval” granadino, Alejandro Fernández, que hubo de entrar en prisión por haber pagado 79 € con una tarjeta falsa?, nos rasgamos, entonces, las vestiduras y cuán victimarios de un injusto sistema judicial nos mesábamos los cabellos al grito de “la justicia es para los ricos”, pero tras salir a la luz el larguísimo recorrido del pobre chaval por esos submundos del hampa y la delincuencia, pasó así de ser un ángel, a un verdadero demonio: “no, si ya decía yo que nadie va a la cárcel por 79 €”…

Todo esto, me lleva a pensar en la existencia de ese intangible cuarto Poder en España, en cómo se puede inducir o manipular a la opinión pública, dando una u otra versión, siempre sesgada, siempre partidista, para crear un convencimiento firme pero equivocado que nos termine abocando a esa inclinación, tan nuestra, de tomar parte activa en una lapidación social mientras nos negamos a escuchar todas las campanas y, cuando es posible, al campanero.

- Publicado en el diario VIVA JAÉN, Reflexiones de butaca, día 19 de septiembre de 2016 -

Panem et circenses.





Tras nueve tediosos meses y dos agónicos procesos electorales, las grandes familias patricias siguen sus pugnas políticas emulando a los Emilio Paulos, los Metelos o los Escipiones, en encarnizados combates dialécticos, alianzas y traiciones mediante, que quedan reducidos a la simple disputa por conseguir el honorable título del más imbécil, mientras el pueblo, sofocado ya el primer ataque de risas y chanzas, ante lo que bien podría ser una hilarante comedia de Plauto, se instala en un hastío que adereza con el encabronamiento, lógico y natural, de saberse ninguneado por tan indolente desgobierno.
Estúpida lucha de egos que esquilma el Tesoro público con fallidas fiestas de la Democracia, enfilando vamos, inexorablemente, el camino hacia la tercera en un año, los unos manteniendo el no tan claro mensaje de gobernar en precario, los otros, reivindicando la pretenciosa posición de resultar indispensables y, cuan lena en la antigua Roma, haciendo obscenos guiños a derecha e izquierda, cualquiera es bueno si les paga sus servicios, los de más allá alegando un compromiso con su electorado y mientras tanto, la ciudadanía, garabateando en los desconchados muros el “No reírse de Pedro Sánchez, por favor, no reírse”, cuando la realidad es que ya no nos quedan más carcajadas que soltar, ni más guasa que derrochar, pues el nivel de ineptitud de quien se ofreció en su día para Sumo Pontífice de esta herética religión, zozobra en un mar de ridículo e impericia. Y ahí siguen, viviendo de la sopa boba, que les pagamos su sueldo por no hacer nada, a la vista queda, no son capaces de llegar a un consenso por el bien del pueblo soberano al que representan y ya sólo les falta citarse en los aledaños del Congreso para solventar a puñetazos sus diferencias –a ver quien la tiene más larga – que, con corbata o descamisados, no son sino simples macarras de barrio. Indecentes trabajadores del dolce far niente, burlándose impunemente de su electorado: los abnegados españolitos de a pie, extraña raza ésta que se caracteriza por ganarse el pan con el sudor de su frente, no está para más pamplinas, y ya sólo aspira a tener un Gobierno del que poder quejarse, pues no nos vale el “pan y circo”, tenemos el vicio de ganarnos el sustento trabajando a diario y el espectáculo montado en la gran carpa de San Jerónimo ya empieza a importunarnos.

Pónganse de acuerdo de una vez y si no lo hacen, al menos, no sigan cobrando, que a nosotros, los que, por miedo o practicidad, les hemos puesto en esa pista central, nadie nos paga por perder el tiempo.

- Publicado en diario VIVA JAÉN, "Reflexiones de butaca" el pasado día 12 de septiembre de 2016 -

jueves, 1 de septiembre de 2016

Matones de tres años hoy, macarras de quince mañana.



No falta quien dice que “no hay niño feo”, aserto éste que no puedo compartir en modo alguno, pues los hay, al igual que entre los adultos, feos y guapos, simpáticos y estúpidos, educados y maleducados, pero cuando un niño poco favorecido, por no llamarlo directamente adefesio, concita en su nefasto ser diminuto junto con unos rasgos faciales difíciles de mirar, un carácter agresivo y cargante, el engendro en sí pasa a convertirse en una odiosa criaturilla del mal. Ese pequeño monstruo que campa a sus anchas en su más tierna infancia, sin conocer normas ni reglas, ni reconocer autoridad alguna, ajeno al concepto de respeto a los demás, será luego un adolescente conflictivo y, con toda probabilidad, un adulto delincuente. Es así, no hay más… Ser feo no tiene remedio, pero ser un salvaje se puede corregir… o no, depende claro.

He decidido dedicarle a mi sobrina Victoria mi último día de vacaciones disfrutando de su compañía y llenando nuestro tiempo de pintura de dedos, helado de chocolate y juegos, hoy. Ha cedido ya, un poco, el calor imperante en este último día de agosto y nos dirigimos, a la caída de la tarde, hacia la zona infantil de un parque próximo a mi casa. Victoria, al igual que su hermano y sus primos, está recibiendo una educación basada en la disciplina y en el orden. Mis hermanas, con gran acierto, intentan inculcarles a sus vástagos ya no sólo las más elementales normas de comportamiento y civismo, comúnmente denominadas educación, sino que además promueven valores como la generosidad, la tolerancia, el respeto, la cooperación y ayuda al más débil… conceptos éstos, al parecer, desconocidos en la actualidad. Nos aproximamos a ese hervidero de duendes vocingleros donde se amontonan, entre mobiliario de juego anclado a una mullida superficie, pequeños seres de diversos tamaños y sexo, pugnando por descalabrarse desde el barco pirata o saltando entre pequeñas setas que provocarían, sin duda, el descoyuntamiento de cualquiera que exceda de los 25 años. Ahí está la ruidosa manada de funambulistas, cabrioleando y deslizándose por el tobogán que surge desde las almenas de un castillo en miniatura. Mi sobrina, de apenas tres años, se suelta de mi mano y entra despavorida en el recinto, la veo correr para, ordenada y pacientemente, ponerse a la cola de ascenso al barco pirata, supongo que para mitigar la tediosa espera, comienza entonces una conversación con la niña que la precede, algo más pequeña, y, de forma cortés, no podría ser de otro modo, se presenta solicitándole, a continuación, el nombre a esa espontánea compañera de juegos, entablan, así, un diálogo en el que planean cómo subir entre la tela de araña de cuerdas multicolor para coronar la cubierta, cuando llega un niño, aproximadamente de la edad de Victoria, feo como la muerte y bruto como un nativo de Borneo que, entre empujones al resto, se coloca el primero, entorpeciendo en su violenta subida la de otro niño que casi pierde el equilibrio al recibir un señor pisotón, del cafre, en ambas manos. El salvaje en cuestión sale disparado luego por la barra, con la buena fortuna de no estamparse contra suelo, para dirigirse, como poseído, hacia uno de los balancines en el que juega otro y siguiendo lo que parece ser su normal forma de proceder, lo tira al suelo de un empellón ante la estólida y silente mirada de quien, supongo, debe ser la madre de aquél animalito con zapatillas de deporte, pues porta en los brazos otro pequeño simio muy parecido, físicamente, al talibán.

Observo como mi sobrina ya está subiendo ayudando a Julia, esa nueva e inopinada amiga cuya ascensión, al ser más pequeña, le resulta tanto más dificultosa. Veo que, junto con otros niños, empiezan a jugar y me despreocupo de ella fijando, nuevamente, mi atención en el bárbaro de distraída belleza - ¡pero que niño más feo! - que se pasea en plan matón por la zona de juego, desafiante, soltando golpes y mandobles a cualquiera que intente evitar su voluble apetencia por disfrutar de los diversos elementos. Al parecer, el pequeño patán, que aún no es consciente de que no puede jugar con todo a la vez y debe tener la creencia de que es de su absoluta y exclusiva propiedad, está, ahora, en pugna por tirar de la seta a otra niña que acaba de sentarse en ella. Miro a la madre: nada. Ninguna reacción por su parte, ni reprende la actitud de macarra que mantiene en ese absolutismo violento que, desde mi llegada, desprende aquél enano cabrón, ni le afea, tampoco, su rudo comportamiento de sátrapa.

Se queda una de las setas libres y llega Victoria – que ya se había hecho previamente merecedora de dos empujones en el barco que quise interpretar como simples “lances” y a los que no dí ninguna importancia, pese a tener ya en el punto de mira al niño-bestia-, apenas se sienta, el horrendo cafre le propina un nuevo empujón en la espalda, ella se queja a la indolente madre: “No deja de empujarme” quien no mueve un músculo de la cara pero repara en el modo en que estoy mirando a su hijo, la interpretación, obviamente, no podría ser otra que “Si pudiera, te soltaba dos guantazos que te dejaba nuevo, ¡animal de bellota!” y es entonces cuando le dice, en el mismo tono neutro que si le preguntara si el bocata lo quiere de Nocilla o de queso, “Ángel, no se empuja”, ante la falta de sangre en aquella mujer le digo: “Mira, es que no es el primero que se lleva, puede que debas explicarle a tu hijo que hay que respetar a los demás niños y que el parque no es suyo”, me mira inexpresiva sin abrir la boca, cuando la choni que la acompaña, cigarrito en ristre pese a encontrarnos en una zona infantil y pelo bicolor: frito en las puntas, de un estridente color amarillo pollo en llamativo contraste con unas grasientas raíces negras sale al quite, “Son niños…” - intentando así justificar el comportamiento del tal Ángel, a quien le resultaría más apropiado el nombre de Belcebú -, es cuando ya estallo: “Perdona, hablaba con ella. No obstante, hoy son niños, pero si no se les reprende, en unos años, se convierten en verdaderos delincuentes, agresivos matones de barrio”, éste ya me barrunto yo que es carne de prisión y un psicópata en potencia, pensé, y vuelve, la choni a decir “¿No ves que le está regañando?. Será que ella – dirigiéndose con un ligero cabeceo a la madre modelada en plastilina – no tiene educación y vergüenza, vamos, y su familia igual”, desisto de entrar en diatribas y respondo clavándole al puñetero niño una mirada asesina: “Evidentemente, evidentemente…  a la vista está. Venga, Victoria, vamos a la otra zona a ver si allí encontramos algo más de civismo o, al menos, restos de vida inteligente”, cojo la pequeña mano de Victoria y paso entre la choni fumadora y la madre con el mono llorón en brazos en dirección a otros toboganes instalados a unos metros, le digo: “Victoria, tienes que espabilarte, no puedes permitir esa conducta de ningún abusón, si te ha empujado aposta, devuélvele el empujón” y me contesta “Mami dice que no hay que pelearse”, tras el episodio que, momentos antes, ha dejado en evidencia que un simple parque infantil es el fiel reflejo de la realidad actual, pues los niños son, por mimetismo, la réplica exacta de sus familias y desde el convencimiento de que, en la vida, mis sobrinos deben aprender a defenderse de los avasallamientos y a hacerse respetar, le sujeto la barbilla para mirarla: “Me parece bien lo que dice mami y tiene razón: no hay que pelearse, aunque tu tía te aclara que nunca debes pegarle a nadie pero si alguien te pega a tí primero, te defiendes. Una pelea jamás se empieza, siempre se termina y ahora corre, mira que cama elástica tan chula”.


“Es propio de aquellos de mentes estrechas EMBESTIR contra lo que no les cabe en la cabeza”, dijo Antonio Machado y yo ahí lo dejo.

jueves, 28 de julio de 2016

El valor de lo que, de verdad, importa.



Son, apenas, las tres y media de la tarde cuando recibo, en mi casa, la inesperada visita de un repartidor del Club Gourmet, quien, en medio de un calor impenitente, me trae una caja primorosamente envuelta. Le firmo el albarán de entrega y tras darle las gracias, la dejo en la cocina preguntándome qué puede contener y, sobre todo, la identidad de su remitente. La abro despacio ayudándome de las tijeras y descubro en su interior unas botellas de buen vino, junto con una tarjeta de exiguo contenido que, no obstante, rebosa gratitud y afecto.

Sonrío, es inevitable no hacerlo, y pienso en la bonhomía de Clientes que, con detalles como éste, me instalan en el convencimiento y  esa serena paz de espíritu germinada al abrigo de la satisfacción por el trabajo bien hecho. Que valoren mi esfuerzo y reconozcan la labor, motiva, con gran frecuencia, una inyección de complacencia que no supone sino un nuevo aldabonazo sobre la acertada elección tomada hace ya casi veinte años, aunque siempre he dicho que yo no elegí mi profesión, más bien, fue ella quien me eligió a mí y he de reconocer que, si no me dedicara al ejercicio de la Abogacía, no podría dedicarme a ninguna otra cosa, al menos, no con la plácida sensación que me acompaña desde mis inicios, la de consagrarme, en cuerpo y alma, a lo que siempre ha sido un baluarte a lo largo de mi vida: contribuir, en la medida de mis posibilidades, a hacer Justicia, hoy, siguiendo la definición de Ulpiano, al practicar “el arte de lo bueno y de lo justo”, desde, y cada día es mayor mi certeza, una faceta quijotesca: luchando contra gigantes, que no molinos, vagando por amplias mesetas junto a mi fiel escudero, la Ley. Librando, en mi apasionante andanza, mil y una batallas.

Son múltiples las cicatrices que me recuerdan mi condición, una por cada pleito encomendado, y las inherentes consecuencias de vestir la toga, pues los atributos que la recubren deben ornar, siempre, el proceder de quien la porta: lealtad, decoro, sensatez, dignidad, trabajo, honradez, esfuerzo, mesura, justicia y verdad, términos todos que, no exentos de cierta evocación romántica, son los que han de regir la andadura del Abogado, tanto en el plano profesional como en el personal, no pudiendo desligarse sin incurrir en una malsana bipolaridad, siendo que quien se postula como buen profesional ha de ser, necesariamente, buena persona primero, al excluirse naturalmente, en esta ecuación, los signos opuestos.

Pienso ahora, mientras me dispongo a disfrutar de una copa de Ribera, en esos traviesos guiños que, en ocasiones, te regala la vida como cuando alguien te muestra su sincero agradecimiento sólo por cumplir con tu deber. ¡Salud!.

“El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro y acompasarlo con el blanco para correr sin perder el equilibrio”.
(Platón)

miércoles, 27 de julio de 2016

En el Nombre del Padre.







Contemplo, horrorizada, a la circunspecta presentadora del informativo dar la noticia de un nuevo ataque yihadista en Normandía con el tétrico resultado de un sacerdote, de 86 años, degollado ante los fieles que asistían a la celebración de la Santa Misa, dos religiosas y dos laicos, mientras sus asesinos grababan el primer ataque perpetrado contra la Iglesia Católica.

Allah u-Akbar… Objeto de la ira más radicalizada, inoculada por el recién instaurado Califato de DAESH en ese caldo de cultivo que es la marginalidad y la falta de instrucción de las que salen los soldados de Allah. Estos muyahidines ya habían sembrado el terror en un supermercado judío, una redacción de prensa, un tren, en terrazas y bares, en una sala de conciertos, un colegio, un estadio deportivo, incluso en la vivienda de dos policías y en un paseo marítimo abarrotado de familias con niños que se disponían a celebrar su Fiesta Nacional, generando con esta abominable sacudida la fractura social de Francia, brutalmente golpeada, donde ha terminado por germinar, a partes iguales, el patriotismo xenófobo y la reivindicación de los derechos humanos de los refugiados. Pero hasta ayer, los sicarios islamistas habían respetado lo que mayor odio les suscita: la Iglesia Católica. Allah u-Akbar…

Esos ignorantes a quienes consiguen, desconozco el método empleado pero debe, sin duda, estar basado en la más pedestre de las quimeras cuando quienes saltan por los aires provienen de los estratos más bajos de la sociedad, de ese fangoso submundo del hampa y la delincuencia, empujar a la propia inmolación que les abrirá las puertas del Paraíso con la premisa de alcanzar mayor gloria en función del número de vidas infieles que arrebaten en su resurgimiento como mártires de la Yihad, se han atrevido, finalmente y en un osado acto de oprobio, con un hombre de Dios, no del suyo claro está, asaeteando las entrañas mismas del Catolicismo, llamando a una Nueva Cruzada, heredera de la descalabrada que auspiciara el rey francés Luis IX. La Historia sigue, inexorablemente, un recorrido cíclico y ha de empezar donde terminó, así ha venido sucediendo desde el inicio de los tiempos y así seguirá siendo. Con Francia terminó, con Francia habrá de principiar.


Se reabrirán las heridas que empujen, quizás, a la guerra entre sarracenos y cristiandad, proclamando mártires en uno y otro bando, una lucha en la que lo que menos importa será la religión, el mundo del siglo XXI sólo se mueve por intereses económicos y políticos, pero ¿eso qué más da?, no faltará, jamás, quien con el Corán en una mano y la cimitarra en la otra despoje de vida al infiel al grito de Allah u-Akbar, sin llegar a comprender, durante tal ignominia, la Sura 5.32 del Corán “quien matara a una persona que no hubiera matado a nadie, ni corrompido en la tierra, fuera como si hubiera matado a toda la Humanidad. Y quien salvara una vida, fuera como si hubiera salvado las vidas de toda la Humanidad”. Y, mientras tanto, los Cruzados, inermes y desarmados por la desidia de nuestros dignatarios, seguiremos recibiendo la cuchillada asesina en el Nombre del Padre.

"Dios, mi Señor, consigue con mi espada que aquellos que te buscan,
te encuentren.
Dame fuerza para los desalentados, dame esperanza para los oprimidos, 
dame misericordia para los arrepentidos,
sobretodo da tormento para los perversos y 
ante todo, da justicia a los excluidos".
(Oración de los Caballeros del  Temple antes de la batalla)

lunes, 25 de julio de 2016

Es la Festividad de mi Patrono, permítanme celebrarla: "¡Santiago y cierra España!".



Ya los mauros, sufrieron su peor derrota en la Batalla de Simancas, en la que fuera, bajo la protección del Apóstol, la mayor de las victorias que tuvieron lugar, engrandecida y mitificada por la pérdida del preciado ejemplar del Corán de Abderramán III, ante la constante amenaza musulmana. Aquél día, los valientes caballeros cristianos, arrodillados en el campo de batalla, encomendaban sus vidas al Altísimo antes de entablar contienda, conocedores de su desventaja ante las huestes moras, cuando abriéndose el cielo en dos descendió de él toda una cohorte de bravos guerreros capitaneados por Santiago, en su imponente corcel blanco, flanqueada su derecha por el joven mártir San Paio espada en alto, para auspiciar, en respuesta a sus plegarias, la victoria de las tropas del Rey leonés, Ramiro. Capitulación que, no obstante, no quedaría sin venganza, pues nuevamente y en aquella ocasión, los muyahidines, espoleados entonces por el sangriento Almanzor el Victorioso, cargaron y asolaron Santiago, sin atreverse, no obstante, a profanar el pequeño mausoleo donde reposaban los restos del Santo, sustrayendo, a modo de injuriosa humillación en aquella cruenta razzia, las campanas que fueron obligados a portar, sobre sus hombros, los prisioneros cristianos hasta su llegada a Córdoba, las mismas que tornarían, por idéntico camino, a espaldas musulmanas, tras la Reconquista cristiana doscientos años después.

No es casualidad, pues, que ya desde la Reconquista, pasando por las guerras Imperiales y hasta nuestra historia moderna, las tropas españolas, antes de cada carga, se encomienden al Apóstol, invocando su protección al grito de “¡Santiago y cierra España!”. Tampoco es en vano Patrón de España: Santiago el Mayor, el Santiño, el Apóstol Guerrero, el Protector.

Y aunque haya quien, a estas alturas, aún no se haya enterado, nos hallamos ante otra Guerra Santa, la iniciada frente a Occidente por aquellos que han llamado a la Yihad desde el Califato del autodenominado Estado Islámico, hemos sufrido ya el zarpazo de la bestia en países vecinos, mientras esperamos, resignadamente y mirando hacia otro lado, como si esa indolencia nuestra fuera a indultarnos de una condena ya sentenciada y a expensas de su inexorable cumplimiento, que no seamos nosotros, moradores del extinto Al Andalus, quienes reciban el mandoble de la furia islámica, bañado en negro dolor y púrpura sangre, a la luz de una media luna siniestra que se yergue en la oscuridad de la noche, pues pesa sobre nosotros el lúgubre pronunciamiento: somos infieles y ocupamos el territorio que una vez conquistaron.

Así que aunque sólo se deba a que la intimidación propagandística de este radicalismo reviste serios tintes de veracidad, a la silente apatía de nuestros dirigentes que no son, ni podrán serlo jamás, como los fieros reyes astures o leoneses, o al profundo convencimiento de mi fe en el Apóstol: hoy es la Festividad de mi Patrono, permítanme celebrarla haciéndolo como desde hace siglos lo vienen haciendo nuestros ancestros, honorables predecesores de los, hoy, españoles de bien, y no puede ser sino al grito de ¡Santiago y cierra España!.

“Verás la maravilla del Camino,
 camino de soñada Compostela.
 ¡Oh lirio y oro! Peregrino en un llano entre copos de candela”
(Antonio Machado).


viernes, 22 de julio de 2016

El Maestro Armero.



                Entre el cansancio acumulado de un largo año, el calor sofocante que nos acecha desde una atmósfera preñada de ese rojizo polvo sahariano que escupe barro para arrancar, luego, fuego de la tierra y la histeria colectiva que se contagia, curiosamente, cada mes de julio, los finales de Curso Judicial son extenuantes, supongo que el maltrecho sistema nervioso se encuentra ya próximo al paroxismo y que cuanto más se anhela la llegada de un acontecimiento, más parece demorarse en el tiempo que, lejos de transcurrir con la rapidez habitual que te obliga a ir al límite en los plazos procesales, parece regodearse en una flemática parsimonia que roza la crueldad, infligiendo al ansioso, que se encuentra ya gravemente aquejado por ese recalcitrante síndrome pre-vacacional, el martirio de asistir a una indolente suspensión de los días en los vértices de un tiempo paralizado.

                Y así transcurren los finales de cada mes de julio, sumergidos en el sopor de un aletargamiento perpetuamente asaeteado por molestas llamadas telefónicas, urgiendo a la resolución de “lo mío, que… me tengo que ir unos días de vacaciones y me lo quiero yo dejar eso averigua’o…” o aquellas otras que, inopinadamente, te hacen estudiarte el asunto e interponer la demanda porque el 31 de julio va a acabarse el mundo, y es algo que no puede esperar a septiembre, “no vaya a ser que (en pleno apocalipsis) se tuerza la cosa luego”… Son inevitables, también, los demás contratiempos e inconvenientes que, por aquello de que todos los golpes van al mismo dedo, suelen suscitarse, irremisiblemente, cada final de julio: plazos, señalamientos de última hora que no tenías previstos y que, precisamente por ello, escuecen más. Esas últimas exigencias de “ajuste y cierre”, tan comunes en cualquier despacho, la extenuación y las ganas de desconectar hacen, al doliente Abogado adoptar el modo stand by desde mediados de mes y yo, claro, no iba a ser la excepción.

                Mientras intento poner algo de orden en los papeles que se acumulan en mi mesa, ubicando cada expediente en el sitio que le corresponde y cruzando los dedos para no encontrarme con ningún sobresalto con origen en la, tan temida, LexNet, doy inicio a la operación “desvío”, marcando inconscientemente un número: el del Maestro Armero.


martes, 5 de julio de 2016

La mala educación, ese valor en alza.



Lo mío con mi casa, he de reconocer, es una verdadera historia de amor. La descubrí, por casualidad, un día de febrero de hace ya casi diez años y me fue más que suficiente, la breve visita realizada, acompañada de la agente inmobiliaria, para enamorarme profundamente de ella y al cabo de no más de tres minutos decir, sin más: “Me la quedo”, ante el estupor de la solícita chica a quien no le hizo falta hablarme de las bondades del enclave, la calidad de los materiales, etc. Aquél apartamento, de nueva obra, integrado en un inmueble rehabilitado donde la piedra natural y la madera predominan, en pleno corazón del casco histórico, me cautivó hasta el extremo de decidir que aquél, y no otro, sería mi hogar. Tardé poco más de un mes en hacer algunas mejoras: un maravilloso suelo de madera oscura, un armario empotrado, construido en el mismo material, en la habitación, y un cabecero de escayola donde irían instalados diversos puntos de luz cálida que proyectarían su iluminación sobre los huecos donde colocaría algunas de mis láminas predilectas de Gvstav Klimt, yo ya lo veía en mi cabeza antes, incluso, de materializarse por los operarios siguiendo mis expresas indicaciones. Pero sin duda, lo que más me cautivó fue el patio interior, “aquí – me dije – será donde pase la mayor parte de mi tiempo libre leyendo o escribiendo, un oasis de paz que decoraré a base de plantas y flores y donde disfrutaré de la templanza de las noches de primavera”, con esa idea instalé una preciosa reja de forja en la puerta de acceso al mismo, a juego con la de la ventana del cuarto de baño, desde cuyo petril empezaron, rápidamente, a tomar ascendente posesión los potos, creando una tupida cortina entre la que, a retazos, aparece el hierro torneado. Sembré diversas plantas y lo terminé acomodando con algunos otros detalles decorativos de exterior: una mesa y dos sillones, un centro cerámico, velas de jardín y un farol marroquí. Pasó de este modo, aquél patio, a tomar un protagonismo especial con la aparición del buen tiempo y, hasta la fecha, es un ritual que se ha venido repitiendo con la llegada de cada primavera. El hecho de que la ventana del piso de al lado, que se corresponde con el pasillo de entrada a ese inmueble, se halle abierta al patio, nunca había supuesto inconveniente alguno, ese hueco, propiedad de la Comunidad, tiene como finalidad recibir luces, que no vistas y hasta hoy, la discreción de los diferentes moradores que, en régimen de alquiler, lo han ido ocupando sucesivamente, ha permitido que, en ocasiones, no llegara a conocer ni sus rostros… pero claro, eso ha sido hasta hace unos días…

Es un sábado de julio, como cualquier otro, salgo al patio para regar las plantas y, sentarme tranquilamente, después, a disfrutar de un calmo desayuno, con la placidez del frescor del agua mientras me recreo en la lectura de los periódicos digitales del día. Es entonces cuando me topo con la turbadora visión de unas flores y hojas, de plástico, colocadas sobre los tres maceteros de terracota que ya se encontraban listos para ser repoblados con hortensias azules a cuya espera de recibir me encuentro y echo en falta, también entonces, el macetero rojo. Me llama poderosamente la atención la instalación de una pequeña valla de madera, anclada directa e inestablemente sobre el mantillo, a modo de esperpéntico colofón de ese atentado contra la estética al que asisto. Tras mi estupor incial, decido prudentemente no adulterar el clima de buena vecindad que debe regir en cualquier relación entre condueños y culmino mi tarea, intentando, en todo momento, evitar semejante visión, pero decidida a reivindicar mi propiedad tan pronto como tenga en mi poder la mercadería que hace unos días encargué en el vivero.

Poco después, salgo de casa y es cuando me encuentro en el rellano con el inquilino del inmueble, un joven greñudo con gafas, pero de simpática sonrisa que, a modo de saludo, me espeta: “¿Qué vecina, te gustan las flores que hemos puesto en la ventana?”, le sonrío y con toda la cordialidad de la que soy capaz, le aclaro: “Verás, esos maceteros son míos, en realidad, cada año con la llegada del buen tiempo, los repueblo con plantas naturales, preferentemente de flor, de hecho ya se encontraban limpios y listos para…”, no puedo concluir, su pareja se asoma en ese momento: “¿Perdona?, el casero me dijo que podía poner unas macetas ahí”, el tono que emplea ya no es tan afable, “Buenos días. Verás, el uso del patio me corresponde a mí y, sobre todo, es que los tiestos que habéis empleado son míos”, “¿Tuyos? – ahora parece titubear -, ah, pues… perdona entonces porque no lo sabía, lo mismo también es tuyo uno rojo que he cogido para ponerlo en mi patio”, “Pues sí, uno rojo tubular, de cerámica, donde suelo poner tulipanes, aunque su sitio habitual está en mi cocina”, contesto, para aclarar a continuación: “Pero vamos que hasta que no me avisen del vivero que puedo retirar las hortensias, no me importa que siga ahí ‘eso’ que has puesto”. Me mira de manera indescriptible pero no me dice nada, nos despedimos y cada uno se va a sus quehaceres, los propios, supongo, de un sábado por la mañana.

… (…)…

Es domingo y me encuentro disfrutando del solazado descanso al abrigo de unas maravillosas líneas del cuño de Kundera, envuelta por la aterciopelada voz de Annie Lennox, cuando me sobresalta el sonido del timbre. Con el fastidio propio de la interrupción me dirijo hacia la puerta, mientras voy ensayando una enorme sonrisa, no espero a nadie y aún menos el ceñudo rostro de mi vecina, la amante de la naturaleza ortopédica, que se me representa cuál fantasmagórica aparición:

-          “Oye, que vengo a decirte que las flores que puse ayer, se han caído a tu patio, volcando la valla de madera y los maceteros y que está todo en el suelo”.
-          “Buenos días – aunque la información me ha sentado como un puñetazo en pleno rostro, amplío la sonrisa -, ya, es que al no estar anclada, pues claro… Es que no deberías haberlo puesto porque…” – me resulta imposible terminar:
-          “¡¡Vamos a ver, que he llamado a mi casero, me he informado y me ha dicho que yo en ‘mi’ ventana puedo poner ‘lo que me salga del coño’ - ¡toma ya! - que tú no tienes por qué usarla para nada!!”.
-          “Verás – intento controlar las ganas de estamparla contra la pared, ya no sólo es que se dibuje como un grotesco ser, carente de instrucción y formación, es que es, en toda regla, el paradigma de la falta de educación en su más puro estado -, no es mi intención discutir contigo y, aún menos, en los términos que estás empleando, el uso y disfrute del patio es un derecho que tengo atribuido en exclusiva, lo que tú llamas ‘tu ventana’, no es tal sino ‘propiedad de la Comunidad’, tu casero puede decir lo que tenga a bien o se le antoje, pero, desde luego, lo que no puede hacer es: ni disponer, ni autorizar, tampoco, disposición alguna de sobre algo que no es suyo. Vuelve a tu casa y ahora te doy, por la ventana, lo que se ha caído”. –

Cierro la puerta, respiro profundamente y me dirijo al patio temiendo el estropicio que resulta ser aún peor de lo que me podía barruntar: me encuentro el suelo, limpio, lleno de tierra y esas “beldades” sintéticas diseminadas sobre unas preciosas baldosas de terracota que esmeradamente riego a diario, mientras la oigo mascullar: “¡¡¡Vamos, vamos, vamos…!!! a discutir, dice, que yo no he ido a discutir sino a avisarte, y que yo en ‘mi’ ventana pongo lo que me dé la gana, ¿pero esto qué es?, vas a venir tú ahora a decirme, a mí, lo que puedo o no hacer yo en mi puta casa. ¡A mí!”.

Me agacho para ir recogiendo, uno a uno, aquellos egendros “Made in China” enterrados entre el mantillo, así como ese listón de madera desmadejado, creo que lo más efectivo es poner fin a semejante discusión y le digo:

-          “Nadie te ha dicho que no hagas en tu casa lo que estimes procedente y más oportuno, pero permíteme que te insista en que este petril, antepecho o poyete, no es de tu propiedad, sino de la Comunidad, déjame que te reitere, también, que el uso exclusivo de la totalidad del patio es mío, pero vamos, que no voy a tener ningún inconveniente en que instales aquí lo que te apetezca siempre y cuando lo hagas en maceteros y tiestos de tu propiedad y procures que no ensucien el patio”.
-          “¡¡Ah sí!!, tú es que sabes muchas leyes, si ya me lo ha advertido mi casero, que eres abogada”…
-          “Mira – intento no perder la calma aunque noto una oleada de ácida irritación que me asciende desde la boca del estómago -, sinceramente, a tu casero y a ti tanto os debería dar que yo sea abogado o cajera de Carrefour… nuevamente te digo que no es mi intención discutir contigo y… para zanjar definitivamente esta cuestión, aunque ningún derecho te asista, si quieres decorar el petril, antepecho o poyete: hazlo – mastico con fruición mi venganza al cruzarse, rauda como un rayo por mi mente, la idea de instalar una celosía que evite, en lo sucesivo, este tipo de incidentes pero que, sin duda, va a perjudicar su pretendido disfrute visual-. Si bien, vuelvo una vez más a apercibirte  de que lo que se te ocurra poner, debe tener una doble limitación: ser de tu propiedad y no ensuciar el patio”. Concluyo así, retirando mis recién recuperados maceteros y apilándolos calmosamente en el suelo, próximos a la pared, mientras hago caso omiso a los visajes y a la absurda e inconexa retahíla cuya verbalización tiene lugar al otro lado de la dichosa ventana.

        Y así es, amigos lectores, cómo hoy me encuentro a la espera de instalar una preciosa celosía que ya tengo encargada como otro más de los elementos decorativos que ornan mi patio, ese remanso de paz ajeno a todo, incluso, a la mala educación, ese valor en alza…

          Y parafraseando a otro de mis escritores favoritos “Se necesitan dos años para aprender a hablar, y otros sesenta más para aprender a callar”, dijo Ernest Hemingway y yo me atrevo a apostillar, especialmente cuando no se sabe ni de lo que se habla pero se arroga, uno, el derecho “porque se lo ha dicho su casero” extremo que denota una soberana falta de entendederas, de modo que antes de enzarzarte en una absurda discusión con un idiota, rebajándote así al terreno de la supina idiotez, omítelo, porque en ese campo él te lleva ventaja y terminará ganando la partida.

        Solución: celosía que preserve mi intimidad y me evite, de paso, la espeluznante visión de naturalezas polímeras. Principio y fin de la discusión.



martes, 26 de abril de 2016

Lola (mi Lola) se va a los puertos.


Ya os he hablado en alguna ocasión de Lola. Mi amiga de la infancia que una vez se llamó Alejandra y os he narrado, también, algunos de los episodios que han tenido lugar a lo largo de nuestros muchos años de amistad. Hoy ha aparecido en el Despacho, sin avisar. Lola – que antes se llamaba Alejandra -, es así: se niega, por principio, a aceptar y reconocer convencionalismos, dice y hace, siempre, lo que le apetece y ha debido decidir que hoy era tan buen día como otro cualquiera para visitarme. Una de esas fugaces visitas por sorpresa que tanto le gustan…

Estaba enfrascada en la lectura de una demanda que debía contestar, absorta en la disección fáctica y jurídica que la fundamentaba cuando unos golpecitos en el cristal han terminado sacándome de mi ensimismamiento, entre las persianillas y el vinilo he conseguido atisbar el rostro sonriente de Lola. Mi amiga de la infancia. Le he hecho un gesto invitándola a pasar mientras me levantaba para abrirle la puerta. Un par de sonoros besos y algunos efusivos abrazos después nos encontrábamos sentadas cómodamente, una al lado de la otra.

-          “Tengo que contarte algo muy importante” – me ha disparado a bocajarro. Me esperaba cualquier cosa viniendo de ella, claro, y he guardado un absoluto mutismo como índice de que esperaba ávidamente a que me transmitiera qué era eso tan trascendente que había venido a decirme.

-          “Sabes que llevo tiempo, demasiado quizás, dejándome llevar por la rutina Siento que me asfixio y que me puede el aburrimiento, todos, absolutamente todos, los días son iguales, grises y monótonos… estoy empezando a pensar que esa apatía me anquilosa…”

Lola, desde que a los cuatro años decidió que era así como se llamaba y no Alejandra, siempre ha sido una persona inquieta y muy activa, supongo que en su concepción de vida no cabe el estatismo y jamás ha sido capaz de hacer, durante más de un tiempo razonable, lo mismo, ha viajado por medio mundo, ha trabajado en infinidad de actividades, pero Lola es así, dice que, como Ulises, navega en su personal odisea hacia Ítaca y que ese viaje finalizará cuando entreguen sus cenizas al familiar más próximo, y no es que sea alguien macabro – que en modo alguno lo es -, es que Lola es así: muy Lola.

-          “Así que… he decidido que me vendrá bien un cambio de aires… - ha sonreído enigmática y yo, por mi parte, he imaginado que se trasladaba al campo, donde tiene esa especie de exótico huerto donde cultiva las plantas a las que, a su muy libre antojo, le atribuye tal o cual efecto sanador, como ya sabéis por habéroslo participado en algunos de mis posts anteriores, he pensado que, en el fondo y dada su riqueza interior, sería feliz siguiendo una vida de eremita, pero unos instantes después supe que me equivocaba – ¡me voy a Tamiahua!, ha soltado de repente.

-          “¿Qué te vas a dónde…?” – casi le he gritado -.

-          “Tamiahua… verás, es un pequeño pueblo pesquero de Veracruz, en México”.

-          “Ah…”, en mi cabeza empezaban a tomar forma las miles de posibilidades por las que Lola había decidido, tan repentinamente, irse a un pueblo pesquero de México, se me ha ocurrido que hubiera conocido a alguien interesante por internet, que hubiera decidido establecerse allí temporalmente para estudiar la flora mexicana o que, incluso, hubiese aceptado una oferta de empleo, no obstante, y como no quería desilusionarla, le he preguntado, intentando imprimir un tono serio a la cuestión, con sincero interés - ¿Qué vas a hacer allí?, no sé…¿tienes pensado que sea por mucho tiempo… conoces a alguien…?

Y aunque, como digo, Lola ha formado parte importante de mi existencia desde que tengo recuerdos y sé que no debería sorprenderme absolutamente ninguna de sus decisiones, aún sigo atónita por la explicación que me ha dado:

-          “Necesitaba comprar tomates para una ensalada y esta mañana he ido temprano al mercado, iba distraída mirando los puestos cuando al pasar por una pescadería he visto una langosta preciosa: brillante y roja, me he acercado como atraída por un imán y al posar mi mano en su caparazón, he oído el mensaje: DEBES SALVAR A LAS LANGOSTAS, me ha dicho mirándome con esos ojillos negros lastimeros y, sinceramente, no he podido negarme, evidentemente, la he comprado y me la he llevado a casa, salvándola de una muerte segura, escalfada en algún caldero de agua hirviendo… Está bien, está bien, Ingrid está bien – se ha apresurado a tranquilizarme, al confundir, probablemente, mi gesto de estupor con el de preocupación -, está en la bañera y hemos tenido una larga charla, así que finalmente hemos decidido que viajaremos a Tamiahua y allí, las dos, crearemos un HOGAR PARA LANGOSTAS… hemos pensado ya hasta el nombre “LA CASA DE LOLA E INGRID – LAS LANGOSTAS SON Y SERÁN SIEMPRE BIEN RECIBIDAS EN NUESTRO HOGAR”. Por cierto, nos vamos mañana… “  - ha sentenciado a continuación poniendo punto y final –

Sé que no debería haberme impresionado ni su decisión, ni las razones que la han llevado a adoptarla, pero llevo sumida en el asombro desde entonces. Lola se ha levantado, pidiéndome que le deseara toda la suerte del mundo, me ha abrazado muy fuerte y se ha ido. Me he sentado, consternada, nuevamente ante el ordenador y sólo me ha vuelto a sacar de ese estado de abstracción en el que me ha dejado, cuando inopinadamente ha vuelto a abrir la puerta para preguntarme:

-          “¿Crees que podré llevar en cabina a Ingrid o me obligarán a que vaya en la bodega?”, sin esperar mi respuesta ha vuelto a desaparecer, afortunadamente, porque he de reconocer que desconozco las normas de las Compañías Aéreas en relación al “animal de compañía langosta”. Supongo que, dentro de unos días, recibiré algún e-mail o puede que, por ese sentido de un añejo romanticismo decimonónico que imbuye todo lo relacionado con Lola, reciba una postal de un precioso pueblo a orillas del Pacífico con un matasellos de Veracruz – México. No lo sé… la verdad es que no lo sé, tendremos que esperar.

Ya os contaré…


Ha sido, tras su marcha hace un rato, cuando, una vez más, me ha venido a la mente esa frase de Paulo Coelho que Lola repite como un mantra: “DEJA DE PENSAR EN LA VIDA Y RESUÉLVETE A VIVIRLA”. Me parece una buena filosofía vital ésta, la de mi amiga Lola.

viernes, 22 de abril de 2016

La invasión de los bárbaros famélicos.



En estos tiempos convulsos en los que, durante tres meses, no han sido capaces de ponerse de acuerdo, nuestros representantes, para formar un Gobierno estable, cumpliendo así el democrático mandato conferido por sus votantes. En estos tiempos revueltos en los que asistimos impertérritos a la animalización del ser humano: unos, muyahidines enviados de Allah, destruyendo tesoros arqueológicos a cuenta de una Guerra Santa, otros, bañando a sus hijos en charcos de un barro frío mientras, en su desesperada huida hacia ninguna parte, se hacinan suplicando se les dispense la dignidad que es claro, Europa se niega a otorgarles.

Me pregunto quien divide Oriente y Occidente trazando esa imaginaria línea cultural, que considera a quienes nacieron en el primero, unos ‘bárbaros’ y confiriendo a quienes tuvimos la suerte, accidental, de nacer en la “cuna de la civilización”, una superioridad que, a la vista está, no detentamos: ¿Quién permanece impasible ante la miseria de miles de seres asustados, ateridos de frío y flagelados por el hambre y el horror?, sin duda, aquí, en el ilustrado Occidente, no faltaría el filántropo de turno que respondiera sin dudar: “Sólo un bárbaro”…

Bárbaros. Es, en lo que indefectiblemente, nos hemos convertido: unos bárbaros. ¿Qué nos diferencia, a los “civilizados” moradores de la Europa del siglo XXI de aquellos otros que no pertenecían al Imperio Romano?, pueblos que, lejos de la sofisticación de la refinada Roma, no ofrecían otra cosa que costumbres “deshumanizadas”, adorando enormes monolitos donde esculpían un sinfín de símbolos extraños y practicando ciertas conductas que eran total y absolutamente reprobadas por la flor y nata del Senado Romano, una elevada intelectualidad que no alcanzaba a comprender no obstante y, por tanto, denostaba todo lo que pudiera contravenir la férrea organización política, ególatra y narcisista de un arte y una oratoria que los situaba en la cúspide de una pirámide fuera de la cual no había nada, sólo barbarie.

Mientras en Occidente, vamos acusando los estragos del sedentarismo sufriendo serios problemas de salud, hay quien intenta escapar de Oriente pagando, con frecuencia, un elevado precio por esa fuga que sólo persigue un Dorado: la opción de vivir fuera de la miseria. Mientras nuestros representantes, aquí, negocian y fijas las cuotas de asilados, los suyos, allí, se erigen en vanguardistas sátrapas, convirtiendo las vidas humanas en rentas y réditos. Nuestros niños aquí, tienen más de lo que necesitan, los suyos allí – o en esa tierra de nadie donde los mantienen en un régimen estabular – juegan entre el lodo; los nuestros sufren depresión infantil por cualquier carencia superflua de lo último que anuncian en televisión, los suyos, allí, no pierden la sonrisa mientras esperan pacientemente, un día y otro, a que Occidente les permita tener sólo unas migajas de la dignidad que les es negada.

Bárbaros… sólo son eso: unos bárbaros…

Y nos rasgamos las vestiduras: la gente civilizada, en Occidente, ha de mostrarse contraria a cualquier tipo de discriminación ya sea por razón de raza, sexo, ideología o religión; nos erigimos en paladines de la justicia y es cuando, con la mano en el pecho, condenamos el apartheid, el holocausto y los regímenes totalitarios.

Bárbaros… son sólo eso, unos pobres bárbaros y mientras, aquí, jugamos a ser Dios y decidimos quien sí y quien no es merecedor de tener la mínima posibilidad de tener una vida mejor, dejando claro que siempre serán ciudadanos de segunda: un refugiado, un asilado, un apátrida, un número de una cuota, alguien que “estará de prestado” y ello, claro, gracias a la desinteresada generosidad de los occidentales, de los superiores, de los privilegiados.

Bárbaros… les decimos, cuando nosotros sólo somos eso, unos pobres bárbaros que tememos una nueva invasión: la de los bárbaros famélicos del Oriente…

"Occidente parece inclinarse a unas formas de aislamiento creciente y egoísta"

(Karol Józef Wojtyła – San Juan Pablo II)