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viernes, 22 de abril de 2016

La invasión de los bárbaros famélicos.



En estos tiempos convulsos en los que, durante tres meses, no han sido capaces de ponerse de acuerdo, nuestros representantes, para formar un Gobierno estable, cumpliendo así el democrático mandato conferido por sus votantes. En estos tiempos revueltos en los que asistimos impertérritos a la animalización del ser humano: unos, muyahidines enviados de Allah, destruyendo tesoros arqueológicos a cuenta de una Guerra Santa, otros, bañando a sus hijos en charcos de un barro frío mientras, en su desesperada huida hacia ninguna parte, se hacinan suplicando se les dispense la dignidad que es claro, Europa se niega a otorgarles.

Me pregunto quien divide Oriente y Occidente trazando esa imaginaria línea cultural, que considera a quienes nacieron en el primero, unos ‘bárbaros’ y confiriendo a quienes tuvimos la suerte, accidental, de nacer en la “cuna de la civilización”, una superioridad que, a la vista está, no detentamos: ¿Quién permanece impasible ante la miseria de miles de seres asustados, ateridos de frío y flagelados por el hambre y el horror?, sin duda, aquí, en el ilustrado Occidente, no faltaría el filántropo de turno que respondiera sin dudar: “Sólo un bárbaro”…

Bárbaros. Es, en lo que indefectiblemente, nos hemos convertido: unos bárbaros. ¿Qué nos diferencia, a los “civilizados” moradores de la Europa del siglo XXI de aquellos otros que no pertenecían al Imperio Romano?, pueblos que, lejos de la sofisticación de la refinada Roma, no ofrecían otra cosa que costumbres “deshumanizadas”, adorando enormes monolitos donde esculpían un sinfín de símbolos extraños y practicando ciertas conductas que eran total y absolutamente reprobadas por la flor y nata del Senado Romano, una elevada intelectualidad que no alcanzaba a comprender no obstante y, por tanto, denostaba todo lo que pudiera contravenir la férrea organización política, ególatra y narcisista de un arte y una oratoria que los situaba en la cúspide de una pirámide fuera de la cual no había nada, sólo barbarie.

Mientras en Occidente, vamos acusando los estragos del sedentarismo sufriendo serios problemas de salud, hay quien intenta escapar de Oriente pagando, con frecuencia, un elevado precio por esa fuga que sólo persigue un Dorado: la opción de vivir fuera de la miseria. Mientras nuestros representantes, aquí, negocian y fijas las cuotas de asilados, los suyos, allí, se erigen en vanguardistas sátrapas, convirtiendo las vidas humanas en rentas y réditos. Nuestros niños aquí, tienen más de lo que necesitan, los suyos allí – o en esa tierra de nadie donde los mantienen en un régimen estabular – juegan entre el lodo; los nuestros sufren depresión infantil por cualquier carencia superflua de lo último que anuncian en televisión, los suyos, allí, no pierden la sonrisa mientras esperan pacientemente, un día y otro, a que Occidente les permita tener sólo unas migajas de la dignidad que les es negada.

Bárbaros… sólo son eso: unos bárbaros…

Y nos rasgamos las vestiduras: la gente civilizada, en Occidente, ha de mostrarse contraria a cualquier tipo de discriminación ya sea por razón de raza, sexo, ideología o religión; nos erigimos en paladines de la justicia y es cuando, con la mano en el pecho, condenamos el apartheid, el holocausto y los regímenes totalitarios.

Bárbaros… son sólo eso, unos pobres bárbaros y mientras, aquí, jugamos a ser Dios y decidimos quien sí y quien no es merecedor de tener la mínima posibilidad de tener una vida mejor, dejando claro que siempre serán ciudadanos de segunda: un refugiado, un asilado, un apátrida, un número de una cuota, alguien que “estará de prestado” y ello, claro, gracias a la desinteresada generosidad de los occidentales, de los superiores, de los privilegiados.

Bárbaros… les decimos, cuando nosotros sólo somos eso, unos pobres bárbaros que tememos una nueva invasión: la de los bárbaros famélicos del Oriente…

"Occidente parece inclinarse a unas formas de aislamiento creciente y egoísta"

(Karol Józef Wojtyła – San Juan Pablo II)

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