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martes, 5 de julio de 2016

La mala educación, ese valor en alza.



Lo mío con mi casa, he de reconocer, es una verdadera historia de amor. La descubrí, por casualidad, un día de febrero de hace ya casi diez años y me fue más que suficiente, la breve visita realizada, acompañada de la agente inmobiliaria, para enamorarme profundamente de ella y al cabo de no más de tres minutos decir, sin más: “Me la quedo”, ante el estupor de la solícita chica a quien no le hizo falta hablarme de las bondades del enclave, la calidad de los materiales, etc. Aquél apartamento, de nueva obra, integrado en un inmueble rehabilitado donde la piedra natural y la madera predominan, en pleno corazón del casco histórico, me cautivó hasta el extremo de decidir que aquél, y no otro, sería mi hogar. Tardé poco más de un mes en hacer algunas mejoras: un maravilloso suelo de madera oscura, un armario empotrado, construido en el mismo material, en la habitación, y un cabecero de escayola donde irían instalados diversos puntos de luz cálida que proyectarían su iluminación sobre los huecos donde colocaría algunas de mis láminas predilectas de Gvstav Klimt, yo ya lo veía en mi cabeza antes, incluso, de materializarse por los operarios siguiendo mis expresas indicaciones. Pero sin duda, lo que más me cautivó fue el patio interior, “aquí – me dije – será donde pase la mayor parte de mi tiempo libre leyendo o escribiendo, un oasis de paz que decoraré a base de plantas y flores y donde disfrutaré de la templanza de las noches de primavera”, con esa idea instalé una preciosa reja de forja en la puerta de acceso al mismo, a juego con la de la ventana del cuarto de baño, desde cuyo petril empezaron, rápidamente, a tomar ascendente posesión los potos, creando una tupida cortina entre la que, a retazos, aparece el hierro torneado. Sembré diversas plantas y lo terminé acomodando con algunos otros detalles decorativos de exterior: una mesa y dos sillones, un centro cerámico, velas de jardín y un farol marroquí. Pasó de este modo, aquél patio, a tomar un protagonismo especial con la aparición del buen tiempo y, hasta la fecha, es un ritual que se ha venido repitiendo con la llegada de cada primavera. El hecho de que la ventana del piso de al lado, que se corresponde con el pasillo de entrada a ese inmueble, se halle abierta al patio, nunca había supuesto inconveniente alguno, ese hueco, propiedad de la Comunidad, tiene como finalidad recibir luces, que no vistas y hasta hoy, la discreción de los diferentes moradores que, en régimen de alquiler, lo han ido ocupando sucesivamente, ha permitido que, en ocasiones, no llegara a conocer ni sus rostros… pero claro, eso ha sido hasta hace unos días…

Es un sábado de julio, como cualquier otro, salgo al patio para regar las plantas y, sentarme tranquilamente, después, a disfrutar de un calmo desayuno, con la placidez del frescor del agua mientras me recreo en la lectura de los periódicos digitales del día. Es entonces cuando me topo con la turbadora visión de unas flores y hojas, de plástico, colocadas sobre los tres maceteros de terracota que ya se encontraban listos para ser repoblados con hortensias azules a cuya espera de recibir me encuentro y echo en falta, también entonces, el macetero rojo. Me llama poderosamente la atención la instalación de una pequeña valla de madera, anclada directa e inestablemente sobre el mantillo, a modo de esperpéntico colofón de ese atentado contra la estética al que asisto. Tras mi estupor incial, decido prudentemente no adulterar el clima de buena vecindad que debe regir en cualquier relación entre condueños y culmino mi tarea, intentando, en todo momento, evitar semejante visión, pero decidida a reivindicar mi propiedad tan pronto como tenga en mi poder la mercadería que hace unos días encargué en el vivero.

Poco después, salgo de casa y es cuando me encuentro en el rellano con el inquilino del inmueble, un joven greñudo con gafas, pero de simpática sonrisa que, a modo de saludo, me espeta: “¿Qué vecina, te gustan las flores que hemos puesto en la ventana?”, le sonrío y con toda la cordialidad de la que soy capaz, le aclaro: “Verás, esos maceteros son míos, en realidad, cada año con la llegada del buen tiempo, los repueblo con plantas naturales, preferentemente de flor, de hecho ya se encontraban limpios y listos para…”, no puedo concluir, su pareja se asoma en ese momento: “¿Perdona?, el casero me dijo que podía poner unas macetas ahí”, el tono que emplea ya no es tan afable, “Buenos días. Verás, el uso del patio me corresponde a mí y, sobre todo, es que los tiestos que habéis empleado son míos”, “¿Tuyos? – ahora parece titubear -, ah, pues… perdona entonces porque no lo sabía, lo mismo también es tuyo uno rojo que he cogido para ponerlo en mi patio”, “Pues sí, uno rojo tubular, de cerámica, donde suelo poner tulipanes, aunque su sitio habitual está en mi cocina”, contesto, para aclarar a continuación: “Pero vamos que hasta que no me avisen del vivero que puedo retirar las hortensias, no me importa que siga ahí ‘eso’ que has puesto”. Me mira de manera indescriptible pero no me dice nada, nos despedimos y cada uno se va a sus quehaceres, los propios, supongo, de un sábado por la mañana.

… (…)…

Es domingo y me encuentro disfrutando del solazado descanso al abrigo de unas maravillosas líneas del cuño de Kundera, envuelta por la aterciopelada voz de Annie Lennox, cuando me sobresalta el sonido del timbre. Con el fastidio propio de la interrupción me dirijo hacia la puerta, mientras voy ensayando una enorme sonrisa, no espero a nadie y aún menos el ceñudo rostro de mi vecina, la amante de la naturaleza ortopédica, que se me representa cuál fantasmagórica aparición:

-          “Oye, que vengo a decirte que las flores que puse ayer, se han caído a tu patio, volcando la valla de madera y los maceteros y que está todo en el suelo”.
-          “Buenos días – aunque la información me ha sentado como un puñetazo en pleno rostro, amplío la sonrisa -, ya, es que al no estar anclada, pues claro… Es que no deberías haberlo puesto porque…” – me resulta imposible terminar:
-          “¡¡Vamos a ver, que he llamado a mi casero, me he informado y me ha dicho que yo en ‘mi’ ventana puedo poner ‘lo que me salga del coño’ - ¡toma ya! - que tú no tienes por qué usarla para nada!!”.
-          “Verás – intento controlar las ganas de estamparla contra la pared, ya no sólo es que se dibuje como un grotesco ser, carente de instrucción y formación, es que es, en toda regla, el paradigma de la falta de educación en su más puro estado -, no es mi intención discutir contigo y, aún menos, en los términos que estás empleando, el uso y disfrute del patio es un derecho que tengo atribuido en exclusiva, lo que tú llamas ‘tu ventana’, no es tal sino ‘propiedad de la Comunidad’, tu casero puede decir lo que tenga a bien o se le antoje, pero, desde luego, lo que no puede hacer es: ni disponer, ni autorizar, tampoco, disposición alguna de sobre algo que no es suyo. Vuelve a tu casa y ahora te doy, por la ventana, lo que se ha caído”. –

Cierro la puerta, respiro profundamente y me dirijo al patio temiendo el estropicio que resulta ser aún peor de lo que me podía barruntar: me encuentro el suelo, limpio, lleno de tierra y esas “beldades” sintéticas diseminadas sobre unas preciosas baldosas de terracota que esmeradamente riego a diario, mientras la oigo mascullar: “¡¡¡Vamos, vamos, vamos…!!! a discutir, dice, que yo no he ido a discutir sino a avisarte, y que yo en ‘mi’ ventana pongo lo que me dé la gana, ¿pero esto qué es?, vas a venir tú ahora a decirme, a mí, lo que puedo o no hacer yo en mi puta casa. ¡A mí!”.

Me agacho para ir recogiendo, uno a uno, aquellos egendros “Made in China” enterrados entre el mantillo, así como ese listón de madera desmadejado, creo que lo más efectivo es poner fin a semejante discusión y le digo:

-          “Nadie te ha dicho que no hagas en tu casa lo que estimes procedente y más oportuno, pero permíteme que te insista en que este petril, antepecho o poyete, no es de tu propiedad, sino de la Comunidad, déjame que te reitere, también, que el uso exclusivo de la totalidad del patio es mío, pero vamos, que no voy a tener ningún inconveniente en que instales aquí lo que te apetezca siempre y cuando lo hagas en maceteros y tiestos de tu propiedad y procures que no ensucien el patio”.
-          “¡¡Ah sí!!, tú es que sabes muchas leyes, si ya me lo ha advertido mi casero, que eres abogada”…
-          “Mira – intento no perder la calma aunque noto una oleada de ácida irritación que me asciende desde la boca del estómago -, sinceramente, a tu casero y a ti tanto os debería dar que yo sea abogado o cajera de Carrefour… nuevamente te digo que no es mi intención discutir contigo y… para zanjar definitivamente esta cuestión, aunque ningún derecho te asista, si quieres decorar el petril, antepecho o poyete: hazlo – mastico con fruición mi venganza al cruzarse, rauda como un rayo por mi mente, la idea de instalar una celosía que evite, en lo sucesivo, este tipo de incidentes pero que, sin duda, va a perjudicar su pretendido disfrute visual-. Si bien, vuelvo una vez más a apercibirte  de que lo que se te ocurra poner, debe tener una doble limitación: ser de tu propiedad y no ensuciar el patio”. Concluyo así, retirando mis recién recuperados maceteros y apilándolos calmosamente en el suelo, próximos a la pared, mientras hago caso omiso a los visajes y a la absurda e inconexa retahíla cuya verbalización tiene lugar al otro lado de la dichosa ventana.

        Y así es, amigos lectores, cómo hoy me encuentro a la espera de instalar una preciosa celosía que ya tengo encargada como otro más de los elementos decorativos que ornan mi patio, ese remanso de paz ajeno a todo, incluso, a la mala educación, ese valor en alza…

          Y parafraseando a otro de mis escritores favoritos “Se necesitan dos años para aprender a hablar, y otros sesenta más para aprender a callar”, dijo Ernest Hemingway y yo me atrevo a apostillar, especialmente cuando no se sabe ni de lo que se habla pero se arroga, uno, el derecho “porque se lo ha dicho su casero” extremo que denota una soberana falta de entendederas, de modo que antes de enzarzarte en una absurda discusión con un idiota, rebajándote así al terreno de la supina idiotez, omítelo, porque en ese campo él te lleva ventaja y terminará ganando la partida.

        Solución: celosía que preserve mi intimidad y me evite, de paso, la espeluznante visión de naturalezas polímeras. Principio y fin de la discusión.



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