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viernes, 11 de enero de 2013

Fumo, bebo copas y me tomo la vida a chufla, ¿qué pasa?.




Pues sí, fumo, me encanta salir de copas los fines de semana y me río, conste que suelo hacerlo cada vez con mayor frecuencia, de la vida en general, a eso, le tenemos que sumar otras costumbres y hábitos que bien pudieran también ser calificados como de “políticamente incorrectos”, ¿y qué pasa?.

El estigma de mi profesión lleva implícita esa idea generalizada de que el Abogado tiene que ser alguien serio en su trato, pausado en su hacer, mesurado y comedido en sus costumbres y oscuro en el vestir.

Así, cualquiera podría pensar, por ejemplo, que el lugar en el que trabajo debe, también, oler a rancio y a papeles húmedos, ser un espacio impersonal de paredes de un blanco inmaculado de las que en, perfecta hilera, se encuentren simétricamente exhibidos los diplomas y títulos que avalen una presunta pericia profesional y con aburrida música ambiente instrumental de fondo, etc. Nada más lejos de la realidad: mis paredes están pintadas de un cálido color ocre, color predominante que combino con un azul cobalto brillante en las persianillas y marcos de las láminas multicromáticas de Gustav Klimt, diseminadas por toda la estancia entre otros dibujos infantiles – enmarcados a juego – que me han venido regalando mis sobrinos, en diversos eventos o atendiendo a diferentes causas. Y no, tampoco escucho música ambiental para trabajar, normalmente es P!nk, Gwen Stefani, Amy Winehouse, Rob Stewart, Emeli Sandè, The Cure, Coldplay, Sting, No Doubt, U2, Gotye… o cualquiera de los más de doscientos C.D’s de los que hago acopio junto al archivo de carpetas colgantes, donde guardo mis expedientes.

Tengo la mala costumbre también, ya lo sabéis, de ver las cosas con el mayor humor posible – normalmente ácido, cuando no recalcitrante o cáustico, siempre corrosivo -, empezando por reírme de mi propia sombra, lo que no implica, en modo alguno, que sufra, con relativa regularidad, contrariedades y algún episodio, transitorio, de mal humor, aunque el mismo suela durar más bien poco.

Me caracteriza, principalmente, mi impulsividad. Si hay algo que me encanta son los VAQUEROS, (¡los adoro!) de todos los modelos y colores, que no dejo de utilizar ni cuando entro a una “sacrosanta” Sala de Vistas – odio, por principio, los aburridos trajes de chaqueta porque soy de la opinión de que la elegancia no reside en ellos, si no en quien los lleva, por lo que no se hace preciso adoptarlos como “uniforme” -; disfruto (a tope) del fin de semana, especialmente de los sábados, siendo el día tradicionalmente consagrado, por mí, al asueto y a la holganza, mi favorito es ese momento, único por delicioso, en que me encuentro tumbada en el sofá, sumida en un placentero estado de semiinconsciencia, vulgarmente conocido como “siesta borreguera” o “del Obispo” y que tiene lugar justo antes de la hora del almuerzo, un breve y “necesario” descanso de unos veinte minutos, no más – tras el reparador sueño nocturno de un interminable viernes, cuya finalización se ha prolongado más de lo habitual y que culmina con un profuso desayuno a una hora inusualmente tardía para mí – indicativo del parsimonioso transcurso del día que termina frecuentemente en una salida nocturna en la mejor de las compañías, destacando siempre la presencia obligada del ABSOLUT – NARANJA… Pues sí, todo eso y más hago, pero como cualquiera de los que me leéis… Y a los hechos me remito:

Me encuentro en el andén de la Estación de Autobuses, un espacio semiabierto, a la espera de recoger unos sobres que me envían desde otra localidad – como antiguamente -, a través del “transporte regular de pasajeros” que parece que nadie haya inventado aún el “servicio de mensajería”, hay un retraso en la línea y empiezo a impacientarme: “¡Dios!... como si no tuviera yo, otras cosas mejores que hacer…” (Resoplo angustiada, la simple reproducción mental de mi agenda en ese momento, me produce ansiedad). “Bueno… resignación (me digo), total, no puedo hacer otra cosa…”. Me enciendo un cigarrillo, a pesar de la prohibición estatal de NO FUMAR EN ESPACIOS PÚBLICOS, que han sido declarados “ESPACIOS SIN HUMO”, “¿¿¿¿¿Sin humo?????... ¿Qué pasa… que los vehículos expelen ahora confeti multicolor?... Bah!”. De repente, noto cómo se me clava una penetrante e intensa mirada en la nuca – lo he percibido con la misma claridad como si me hubieran taladrado el cráneo con una broca del nº 10 -, exhalo una bocanada de humo, sin duda, para hacer acopio del valor suficiente como para enfrentarme a esa “mirada” escariadora y lentamente, muy lentamente, me doy la vuelta. Topo entonces con la aviesa visión de dos ojillos oscuros, como los de una comadreja, enterrados entre una infinidad de arrugas, de un octogenario personaje que me está asesinando con esa mirada mustélida… “Este va a ser uno de esos “esquiroles” que por indicación médica deja de fumar, cuando lo lleva haciendo toda su vida, y es ahora el más radical de los intolerantes al consumo de tabaco en esa absurda cruzada… Verás, verás como la monta” (Me digo, mientras veo que se ha decidido, por fin, a caminar en mi dirección). “Pues nada – jejeje – aquí estamos, vamos a recibirlo a “porta gayola”…Que no merece menos tan pintoresco caballero andante”. Con ese arrastrar de pies cansados, propio de la senectud, del que hacen gala ya quienes detentan, en su haber personal, el crédito de toda una vida que contar, el buen hombre se aproxima, conforme se va acercando su gesto se vuelve más y más adusto, cuando se encuentra a escasos 25 cm de mí, lo que ya considero una hosca intromisión en mi espacio vital, me dice “Señorita, señorita… que aquí no se puede fumar, ¿no ha visto los carteles?” – Todo ello con esa característica forma de vocalizar, típica del usuario de dentadura postiza que ya ha tomado holgura y el inconfundible “lentol” de un carajillo recién  atizado -. “… Pues, mire Vd. caballero… (Pausa) Si me está Vd. recriminado que, en este preciso momento, me encuentre plácidamente fumando este cigarrillo y me exhorta a que lo apague, lo haré. (Pausa) Lo haré sólo si es porque a Vd. le molesta el humo, pero si es por el cartel, lamento comunicarle que seguiré fumando” (Vamos con el precio que ha alcanzado la cajetilla, como para tirar un cigarro a medias). “¿A mí?, ¿a mí qué me va a molestar… (Replica) Si me he pasado 65 años fumando… (Jejejeje, ¿ves?, si ya te lo decía yo, estos son los peores, los más acerbos, por resentidos, defensores de la prohibición)… Pero es que aquí no se puede fumar” (Insiste con obstinación). “Caballero, le repito, nuevamente, que si no es por que a Vd. le produzca la más mínima molestia, no tengo ninguna intención de apagar el cigarrillo…” (Intento zanjar así la polémica) “Pues está prohibido y voy a ir a buscar al <guarda> y se lo voy a decir”, me amenaza y me digo hastiada: “Sí, está prohibido, Ley 28/2.005 de 26 de diciembre… y ¡dale!, ¡qué plomo de hombre!... Y sí, vaya Vd. a buscar al <guarda>, que supongo, querrá decir uno de esos Controladores de Seguridad… sin más autoridad que la que podría tener yo misma si me hubieran contratado para tales fines”. Le contesto, ya casi sin ganas, que tengo mucho trabajo atrasado a mi vuelta al Despacho como para empezar una absurda discusión con el picatoste dinosaurio que me pueda demorar aún más: “Es su obligación ciudadana, caballero, no lo olvide: contribuir a la justicia, teniendo el deber de denunciar las conductas que sean contrarias a la Ley… Por cierto, encontrará Vd. al vigilante de seguridad en la puerta de la Estación, estaba fumándose un cigarro allí, el hombre,  cuando he llegado…” – Le indico amablemente, no tanto porque, consciente de la velocidad de su desplazamiento hasta la salida, el tiempo empleado en contarle al Controlador que hay alguien - de los muchos “alguienes” que fuman en los andenes - fumando y el preciso para que el otro acceda a venir, no sé bien a qué por otro lado, puesto que lo único que puede hacer es solicitarme, además educadamente que nunca se sabe por donde te pueden salir, que apague el cigarrillo, sino por dejar de escucharlo… Lo veo alejarse, a la vertiginosa velocidad de una tortuga reumática, mientras me digo:

“Pues sí, FUMO (en sitios donde no se debe, prohibición absurda donde las haya cuando hablamos de espacios abiertos o semiabiertos), BEBO COPAS y me TOMO LA VIDA A CHUFLA, como bien se puede comprobar a través de la lectura de mi Blog, y yo me pregunto…  ¿QUÉ PASA?”

4 comentarios:

  1. Que bueno!!!!!!. Me encanto.

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    Respuestas
    1. Me alegro, anonim@ participante... Gracias!. Ahora soy yo quien te pregunta a ti: acaso no has vivido tu, en primera persona, alguno de los episodios que yo cuento?...
      :-)

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    2. Si... A veces mientras voy leyendo alguno de tus episodios, me llegan a la cabeza cosas similares que me han pasado a mi tambiem. Sigue asi de entusiasmada para poder seguir leyendo muchos capitulos mas. Y muchas gracias, pero a ti Carmen.

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  2. Exacto, amiga, tomarse la vida a chufla forma parte de la superviviencia humana. Lo importante no es tanto conseguirlo como intentarlo, hay que tomarse las cosas con el mayor humor posible, de esa forma nada será siempre "tan grave".

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