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martes, 8 de enero de 2013

Decálogo del perfecto gilipollas (o cómo descubrir un cretino integral en sólo diez puntos básicos). Parte II.


                Queridos seguidores, nos habíamos quedado en el punto 5 del Decálogo, lo retomo ahora, donde lo dejamos, es decir, en el ejemplar gregario, patilargo y melenudo, catalogado como GRAN GILIPOLLAS, que es el inmediatamente precedente a los demás, que aún nos quedan por estudiar. Así y puesto que lo prometido es deuda - y así me lo habéis solicitado a pesar de seguir con vuestra costumbre de hacerlo en privado, cuando me consta que hemos superado ya las 400 visitas... -:

6. De la teleoperadora inoportuna y pesada (gilipollas, pues) del Departamento de Telemárketing de una Empresa de Telefonía móvil que te llama, únicamente, para joderte la comida.- He llegado hace un momento a casa, me he puesto las zapatillas y me dispongo a sentarme a la mesa para dar buena cuenta de las viandas de ese día. Cuán ávido can en la experiencia de Paulov, mi proceso de insalivación se activa por la “bombilla roja” del apetitoso aroma que desprende ese pescado al horno… Siguiendo el ritual, me sirvo una generosa copa de Chardonnay, dejo que su afrutada fragancia me embriague, paladeando, por fín, un momento placentero de calma que… repentinamente (¡oh!, ¡¡¡¡horror olvidé apagar el móvil y suena presuroso desde el fondo del bolso…!!!!) se ve interrumpido… Me levanto y le echo una ojeada a la pantalla encendida: cuatro cifras, los cuatro dígitos malditos de cualquier servicio de Telemárketing… ¡ufffffffffffffffffffffffffff!:
-          “¿Sí?” – contesto en tono de resignado hastío -
-          “Buenas tardes, le llamo desde el Departamento de Marketing de …, mi nombre es … ¿puedo hablar con el usuario habitual o titular de la línea por favor?...”
-          “Lo está Vd. haciendo - ¿quien si no contestaría el teléfono? -, pero mire… No es un buen momento, ¿sabe?, me disponía a…”
-          “Encantada de saludarle, ¿me podría facilitar su nombre para dirigirme a Vd. por él?...” – me interrumpe la locuaz operadora  -.
-          “Mire, se-ño-ri-ta… Le repito que no es un buen momento para atender su amable llamada, es más, no estoy interesada en ningún cambio de Operador de Telefonía – me adelanto-, en ninguna promoción tampoco, ni en…”
-          “¿Su nombre por favor…?” – Insiste la amable interlocutora–
-          “Erm… pues sí, mire, está Vd. hablando con … Elena Nito del Bosque, no es un buen momento y le pediría por favor que…”
-          “Muy bien, Sra. doña “Elenanitodelbosque” – hay que ser pollina para repetir mecánicamente algo así, sin caer en la cuenta de lo que me está diciendo -, encantada de hablar con Vd., el motivo de mi llamada es… “(Miro, tan desesperada como impotente, la lubina humeante que entre su lecho de patatas parece clamar, pidiendo mi clemencia, para no dejar que se enfríe … , al otro lado de la línea, una ya estridente voz, monocadencial, sigue con su discurso, cuyo contenido me resulta totalmente ajeno, ¡maldito el interés que me despierta y menos a estas horas!… Miro de nuevo la fuente humeante… La inconexa, para mí, alocución de la teleoperadora, contiene palabras como “promoción”, “precio especial”, “oferta que no podrá rechazar”… se hace una pausa al terminar la voz con una pregunta que, infiero retórica no obstante, al no admitir respuesta alguna por mi parte: “¿Qué le parece entonces, Sra. Doña “Elenanitodelbosque”? (repite de nuevo la mentecata)”, pues… me parece que la lubina ha terminado imponiendo su valía sobre cuotas telefónicas, prestaciones y terminales y sin pensármelo dos veces, decido zanjar tan absurda conversación:
-          “Señorita (esta vez elevo ligeramente la voz para imponerme a la desenfrenada alocución de tan avezada parlanchina) ¿podría preguntarle cómo ha tenido Vd. acceso a este número que, en la actualidad y por graves motivos de seguridad personal, se encuentra protegido por una Orden Judicial?... Verá – no le doy tiempo a responder, ¡ja! es mi turno y me regodeo en él ahora -, me gustaría saberlo para poder exponerlo claramente en la denuncia que voy a interponer frente a su Empresa en cuanto finalice esta conversación…” (Se hace el silencio repentino, un breve silencio tras el cuál, lo único que me devuelve ya la línea telefónica es la señal de estar comunicando… pi, pi, pi, pi, piiiiiiiiiiiii…). Respiro, sonrío para mis adentros, apago – esta vez sí – el terminal móvil y me dedico a mostrar mi más alta consideración y distinguida estima hacia la lubina que, cierto es, empezaba ya a impacientarse.

Del comportamiento sordo, a las demandas educadas de no poder atender la comunicación, e, insistente en la colocación “a tuerca” del mensaje verbal; de la repetición mecánica de lo que pretendía ser el vocativo nominal de la receptora de la llamada (“El – enanito – del – bosque”), así como de la reacción ante una inexistente, por disparatada, advertencia de protección judicial de un número telefónico, junto con la innegable inoportunidad de la hora de contacto… Se infiere, también de un modo indubitado y sin necesidad de mayor confirmación, que nos encontramos ante otro ejemplar aquejado de GILIPOLLEZ, en este caso podríamos hablar de una GILIPOLLEZ AGUDA, fácilmente derivable a GILIPOLLEZ PROFUNDA en breve.

7. Del mancebo (gilipollas) que pretende cargarte con una serie de productos innecesarios, sí o sí.- Hora de volver al trabajo, me dirijo de nuevo al Despacho, con una obligada parada en la Farmacia – la cabeza me está doliendo, no es para menos con lo que llevo ya en mis huesos hoy no quiero que lo que se apunta como una molestia, acabe siendo una jaqueca monumental que arruine mi tarde de trabajo -. Pido Ibuprofeno 600 al solícito mancebo, de amplia sonrisa y cabello engominado, quien con carácter previo a entregármelo, comienza con el discursito de “¿Conoces la nueva crema de manos?...Es buenísima, mira nos la trajeron hace dos días y ya se nos ha acabado, estamos esperando que nos la repongan”, me pregunto la razón por la qué el imbécil de inmaculada bata entonces me la ofrece, si no la tiene en la Botica porque se ha acabado, más vale que lo haga cuando vuelva a tenerla, ¿no?, contesto sin ganas: “Gracias, la compraré cuando termine la que tengo”, sigue peleándose con el lector del código de barras de la caja de Ibuprofeno mientras vuelve a la carga “Tenemos unas pastillas de extracto de raíz de valeriana que tienen una fórmula mejorada que son…”, “Gracias (empieza a irritarme) pero últimamente duermo muy bien y no, tampoco las necesito ya por el estrés o por ningún estado de nerviosismo…” – le miento evidentemente… impacientándome, al mismo tiempo, ante la torpeza manifiesta en el uso del lector -, “¿Has probado el Gel de baño hipoalergénico de…?”, ya no puedo más: “No mira, no lo he probado, no necesito valeriana – aunque no me vendría mal cualquier objeto arrojadizo de cierta dimensión con el que aplastar tu engominado cráneo, pienso – ni crema de manos, por cierto, como voy con algo de prisa y se ve que tienes problemillas con el lector, me paso luego más tarde…”.

Evidentemente no me pasaría, ni más tarde ni nunca, hoy, tras cambiar de expendedor de medicamentos habitual, afortunadamente acudo a un establecimiento en el que, ajenos a las posibles o potenciales necesidades de tu sistema nervioso o epidermis, se limitan a facilitarte lo que les estás pidiendo y, en ocasiones, no en todas, a saludarte con un lacónico: “Buenos días, ¿qué es lo que necesitas?”. Pues bien, el enfijatado sujeto en cuestión es, innegablemente, otro exponente más de las múltiples variantes del GILIPOLLAS que nos rodean.

8. Del mensajero (gilipollas) que si pudiera ser ya más necio habría nacido siendo una mata de habas.- Entro en el Despacho, por suerte, he conseguido rescatar de algún recoveco perdido del bolso, un paracetamol – algo hará, o eso espero para mitigar ese principio de dolor de cabeza -, antes de comenzar, observo que aún no han hecho entrega del Libro que solicité hace dos semanas, por enésima vez reitero, entonces, la llamada a la editorial que, ante mi amenaza de anular la compra, insisten en comprobar si hay alguna incidencia con el envío para devolverme la llamada a continuación. Nada más eficaz que el ladino chantaje de ver frustrada cualquier transacción económica… A los poco minutos se me indica, por una señorita de lo más obsequioso, para mi estupor, que “según les informa el servicio de mensajería, han intentado la entrega hasta en CUATRO ocasiones y que no he atendido las llamadas que me han venido haciendo al móvil”. Me altero ante tamaña patraña, niego, hasta la saciedad y  en un altanero tono de dignidad que hayan tenido lugar semejantes episodios y reitero, nuevamente mi intención de “rescindir” mi compra si a lo largo de esta tarde no se me entrega el manual que les solicité.

A la hora o así, aparece en el umbral de mi puerta un tipo que, sin duda, sobrepasa los 198 centímetros, contados los mismos desde el suelo hasta su incipiente calvicie, que llama de manera insistente al timbre con un paquete bajo el brazo – mi libro -, tras preguntarle dónde estaba el fuego que le urgía a maltratar de aquel modo el desvalido timbre, me tiende el paquete y un albarán para su firma, todo lo cuál lo realiza sin quitarse un palillo que cuelga de la comisura:

-          “¿Cuántas veces, dice Vd., que ha intentado la entrega?” – pregunto mientras firmo la instancia, reconozco que no sin escrúpulos por estar en contacto con lo que, probablemente han tocado también las manos del dueño del palillo…-.
-          “Erm… un par de ellas…” – me dice receloso y presintiendo lo que se le avecina  el gigante de la puerta–. Le devuelvo entonces la hojilla firmada y le pregunto “¿En qué días y a qué horas?”… El patán resopla mientras su faz, rubicunda, comienza a tomar un color ligeramente más rojizo, como si hubiera sido víctima de una insolación. “Pues mire, Vd., no se lo puedo decir con seguridad, pero dos o tres veces sí habré estado…” “y yo, en eso tengo que hacer un acto de fe… O es que ha dejado los avisos?” –vuelvo a preguntarle incisiva -… “Pues no – contesta – no se los dejé…”, “Aaaaaaaah… no me los dejó – repito sosteniéndole su cada vez más huidiza mirada – “¿Vd. se cree que si yo llamo a la editorial para quejarme por la demora en la recepción del envío, en dos semanas, es por gusto, buen hombre?… vamos a ver, que Vd. diga que ha intentado la entrega varias veces cuando ahora ME RECONOCE QUE NO HA DEJADO NINGÚN AVISO… ¿cómo sé yo – en el caso hipotético de que así fuera – que están intentando dejarme un paquete cuando la bola de cristal la tengo averíada?...”, aquél pedazo de buey empieza a sentirse acorralado y en un desesperado intento por excusarse balbucea que “no me abrían los vecinos”… “¿Qué no le abrían los vecinos?... – casi es inevitable soltar ya la carcajada , aún así, consigo sofocarla y con paciencia continúo - alma de Dios, esto es un edificio exclusivamente de despachos y oficinas, la puerta de acceso se abre a las ocho de la mañana y se cierra a las diez de la noche… Por cierto, ¿es tan amable de indicarme el teléfono, por favor, al que ha estado llamando sin éxito alguno puesto que no le hemos atendido la llamada…?”, “erm… pues esto … es que me lo he dejado en la furgoneta…” Como no quería yo seguir vapuleando a semejante tarugo, que me parecía hasta una obscenidad moral hacerlo, dado el tamaño del ente y los escasos argumentos con los que intentaba defender  lo que era, desde todo punto indefendible y como además, nos pongamos como nos pongamos, “el Cliente siempre tiene la razón” – que es el lema de las editoriales -, decidí dar por concluida ya la conversación puesto que a ningún destino llevaba, tras lo cuál procedí a catalogarlo:

Espécimen, de gran tamaño, parece cumplirse la más pura y elemental de las leyes físicas: a mayor tamaño, mayor cabida… también para la GILIPOLLEZ. El ejemplar se cataloga como un GRAN GILIPOLLAS al cuadrado, en atención evidente tanto a su desmesurada dimensión y como al grado con el que se encuentra aquejado.

9. Del compañero listillo (que se reventaba las espinillas preparando la Selectividad cuando una ya llevaba años arrastrando la toga por los Juzgados) que por tener padrino forma parte de un Despacho de los “Grandes”.- Normalmente y es una presunción que otorgo a todos y cada uno de mis Compañeros de profesión, hasta que no me demuestren lo contrario – lo que ocurre con cierta y preocupante frecuencia – les presupongo, como no puede ser de otro modo, la mayor profesionalidad y ética en su actuación, son detentadores de todo mi respeto y por supuesto estima y consideración. Algo que, no obstante, viene a dar al traste cuando ocurren episodios como este:

Recibo la llamada de un joven Compañero que, por avatares del destino o por tener un buen padrino, ha empezado a ejercer, recientemente, en lo que llamamos un “Gran Despacho”, normalmente alguno titularidad de quien entre la Curia, puede ser catalogado, en señal de respeto y reconocimiento, como de “vaca sagrada del Derecho”. Me llama al objeto de zanjar el asunto que ha terminado con una Sentencia favorable para los intereses de mi Cliente, por haberse estimado sus pretensiones y desfavorable para el suyo, una Aseguradora a la que han condenado, junto al abono de la indemnización reclamada, al de los intereses y al de las tan temidas “costas”, suponía yo – y fue, ahora lo tengo claro, un exceso de confianza en su inteligencia por mi parte– que el joven leguleyo contactaba conmigo, asumiendo así , digna y elegantemente, la derrota (que la madurez del Abogado se alcanza cuando hace su trabajo siempre de forma satisfactoria, con independencia del sentido de la Resolución) para solicitar un número de cuenta donde hacer los respectivos ingresos, pero no, el motivo de la llamada era “ver cómo se arreglaba el tema de las costas…”, “El arreglo es muy simple: pagándolas”, le indiqué cada vez más convencida de su torpeza evidente, “Lo suyo es que me las perdonaras” – este cree que el pedigree le viene por la placa que adorna el local en el que desempeña su labor o lo que quiera que haga allí, pienso yo -, “Pues mira… te podría hacer una “gracia” y para que te pusieras la medallita delante de la Aseguradora, rebajarte, pongamos un 10% y eso, claro, siempre que mi Cliente obtenga la indemnización y los intereses antes de una semana…”, “¿Cóoooomo?, no, eso no es así… la tendría si no hay costas, si las hubiera pues… entonces tendríamos que hablar…”, “¿Hablar? – le pregunto-, ¿hablar de qué?...”, en un audaz órdago me aconseja “Yo empezaría por pedir Tasación… puede que – ahora me cambia el tono, ¿detecto cierta entonación amenazante en él? – entre impugnación de Intereses y Costas y demás trámites… con suerte tu Cliente, cobre para final del año que viene…” (Respiro hondo para evitar decirle que si la primera ya se la ha llevado en la frente, la segunda y ulteriores las va a recibir en el mismo sitio… Te has equivocado, listillo, te has equivocado de teléfono, de Compañera y de objeto de tus intimidaciones… Pero sobre todo te has equivocado en el discurso y en el tono que empleas: ¿Te crees que porque en tu tarjeta ponga “…. ABOGADOS” me vas a imponer a mí las reglas del juego?, jejejeje… Que yo en esta plaza llevo ya más Ferias que el tío de los Churros, nene…) Le recojo el guante y me despido con un “Sinceramente, no creo que mi Cliente necesite con tanta urgencia ese dinero, al menos no como para evitar que le corten la luz y el agua, por facturas impagadas que deba atender de forma tan perentoria, así que haz lo que veas oportuno, Compañero…  Lo voy a entender. Gracias por tu llamada”…

Tres o cuatro meses después, una vista oral de Impugnación de Intereses y Costas – pero lejos de ser “al final del año que viene”, en todo caso -, recibí un Auto cuyo Fallo rezaba: “Que desestimando íntegramente la impugnación de Honorarios formulada por el Procurador de los Tribunales Don … en nombre y representación de la Aseguradora … ,  debo declarar procedente y declaro la cuantía de …,  en concepto de Liquidación de Intereses, y del mismo modo declarar la íntegra procedencia del importe de …, por la Tasación de las Costas.
                Del mismo modo, se imponen las costas del presente incidente a la Aseguradora …, quien ha visto desestimadas todas sus pretensiones”.

                ¿Cómo calificarías, amigo seguidor, al Abogado a quien se le está perdonando un 10% y que, por su tozudez, acaba cargando a su Cliente con ese 10% más unas nuevas Costas? (para hacerlo aún más evidente, te cuantifico lo que a la Aseguradora le ha supuesto su actuación: alrededor de 2.700’00 € más el correspondiente IVA que, Dios mediante y si Rajoy lo permite, se encuentra al tipo actual vigente del 21%)… En efecto, se encuadra, necesaria y perfectamente, en lo que podríamos denominar GILIPOLLAS DE INGENTE ENVERGADURA.

10. Todo vuelve a su origen, el círculo de la evolución debe cerrarse precisamente donde principia, para seguir así con su devenir cíclico.- Del gilipollas por antonomasia (nuevamente).

Encontrándose ya mi maltrecho sistema nervioso al borde del más violento e irreversible de los paroxismos, decido dar por concluida mi jornada laboral, encaminándome de vuelta a casa y sin imaginarme, si quiera, lo que aún me aguardaba. Entro en el portal y me encuentro con un llamativo cartel manuscrito, pero sin firma cuyo contenido reza así:

AL SR. PRESIDENTE DE LA COMUNIDAD:
Sr. Presidente, algún imbécil ha “arrancado” los cables de la T.V. y no se ve, por favor arréglelo.
Un vecino.

                Le concedo el beneficio de la duda – a pesar de no haber recibido ninguna llamada, ni aviso de ningún propietario sobre esta incidencia a lo largo de todo el día– al condueño que, de semejante modo y cauce, lo pone en mi conocimiento y tras la preceptiva comprobación y dado mi desconocimiento sobre a quien debo informar, decido utilizar la misma vía a fin de garantizarme su debida recepción, rotulador en ristre procedo a comunicar al anónimo:

ESTIMADO CONDUEÑO:
Es evidente que los imbéciles abundan, aún así lamento comunicarle que no puedo atender su amable solicitud, a cuyos fines le participo que NO SOY TÉCNICO DE T.V. y que el resto de los propietarios no tenemos problemas para su visionado, por lo que le sugiero dé aviso Vd. a experto de su confianza que vuelva a reponerle al estado primitivo los cables “arrancados” por el imbécil.
La Presidenta de la Comunidad:

                Siendo de este modo que como toda teoría que se fundamente en un desarrollo lógico y coherente, sirviendo al mismo tiempo, como comprobación fehaciente de su correcta composición, de modo irrefutable, hemos de concluir precisamente en la esencia del principio, que, en este caso no es otro que el GILIPOLLAS POR ANTONOMASIA….

Ahora ya, a esperar a que mañana vuelva a regalarme el placentero despertar  de cada día, que sospecho yo, que el anónimo en cuestión si no es el ausente propietario del despertador bien debe estar emparentado…

6 comentarios:

  1. Me ha gustado un montón !!, ahhh el Ibuprofeno es muy dañino para el híagado, es mejor paracetamol

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  2. Gracias Puri!... Pero ¿a quién no le pasan episodios de estos a diario?... jajajaja, estamos rodeados. Lo sé, pero cuando el dolor de cabeza aprieta... jajaja, tomo buena nota, no obstante de tu consejo farmacológico.

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  3. la verdad que estoy contigo, yo a la señorita teleoperadora si encima viene de esos países que no vocalizan, vamos, la había ..... !!! no sigo jajjajaja

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  4. Estimada y ferviente seguidora: tienes toda la razon, es para cortarse las venas en el mas violento arranque autolitico... En cuanto a lo del pseudonimo "Elena Nito del Bosque" lo he utilizado, de forma recurrente, en diversas y diferentes ocasiones y... Siempre he obtenido ilustrativos y sorprendented resultados... Puede que lo considere como tema de futura reflexion.
    Gracias por tu comentario.

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  5. Gracias, Pablo!!!!!... Espero seguir disfrutando de mi nuevo proyecto pero para ello necesito vuestra inestimable colaboración. Desde España... Besos!!!

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