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martes, 24 de febrero de 2015

El egolatrado y odioso Caín o la Divina Gaita.



Todos, en alguna ocasión, nos hemos visto en la necesidad, por obligado imperativo de las buenas formas, de “sufrir” a algún ser engreído y vanidoso, encantado de haberse conocido, odioso por afición e imbécil por vocación que mira, despectivo, al resto de la Humanidad, por encima de su hombro, creyéndose superior y regodeándose en una pretendida divinidad, todos hemos experimentado, también, el irreprimible impulso de estamparle en pleno rostro una sonora bofetada y hemos declinado hacerlo por ser, más que predecible, inevitable, que sea la propia vida la que se la dé… Todos, absolutamente todos, hemos puesto, así, en algún momento de nuestra vida, “un egolatrado y odioso Caín” sólo para tener la certeza de saber cómo no queremos ser.

Conocí al egolatrado y odioso Caín, una noche de verano. Había emplazado a sus más allegados únicamente para pavonearse de la maravillosa existencia de la que gozaba, para exhibir su innegable condición de ganador, he de afirmar, pues no me cabe duda de que no era otra cosa lo que celebraba. Allí estaba él, sonriendo, displicente, con unos dientes blanquísimos que, más tarde, comprobé se transformaban en afilados colmillos, altivo, soberbio y henchido de su propia vanidad. Un ser que lejos de despertar simpatías resultaba pedante, a mí así me lo pareció habré de reconocer, alardeando con esa petulancia propia de quien se considera un triunfador, venerado, admirado y, para su desordenada mente, también, envidiado.

Imaginé, mientras saboreaba aquél gin tonic que, sin duda, habría sido un niño malcriado, egoísta y caprichoso, para pasar, más tarde, a ser un adolescente maleducado, colérico y estúpido que terminó convirtiéndose en aquél hombre, soberbio y vanidoso, que interiormente se congratulaba de no ser como el resto de los mortales. Recuerdo cómo, aquella noche, presuntuoso, narraba algunos episodios que si bien, debían parecerle a él de lo más cómico, terminaron por saturar mi paciencia y mi capacidad de atención, me perdí en mis pensamientos deseando que ese ser, abominable, no se instaurara en mi mundo por mucho tiempo, pero me equivocaba…

Durante algún tiempo, de insufrible cercanía, pude constatar cómo en su concepción utilitarista de las personas, sólo éramos visibles cuando precisaba de nosotros – de esa generalidad: “los demás, esos pobres seres” -, cómo, si bien jamás felicitaba un cumpleaños o una Navidad, no tenía el menor remilgo en dorarte la píldora, abonando el terreno, para exigir – pues nunca supo pedir – lo que precisaba de ti. Ahora sé, también, que esa pretendida superioridad que, en realidad, no es tal sino la simple máscara que cubre sus complejos, sus resentimientos y el “bien nutrido intelecto”, exclusivo don de los dioses a unos pocos elegidos, del que hace gala, es el máximo exponente de su absoluta necedad, pues creyéndose tan superior subestima a quienes le rodean, cayendo en el error de no reconocerles, tan siquiera, la capacidad de “leer” con claridad sus intenciones y actuaciones, desde el convencimiento de que él, sólo él, el egolatrado y odioso Caín, maneja la situación, creyendo engañar al resto, manipulándolo - o cuanto menos, intentándolo- a su antojo… Que eso debe creer. Hay que ser lerdo, pero LERDO (con mayúsculas) para no ver que es tan sólo por ineludible imperativo de la educación o de las buenas formas, las dos primeras veces, que se “cede” a sus exigencias, para pasar luego – de manera exquisita – a mandarlo floridamente a la mierda. Él es así: el egolatrado y odioso Caín. Se lo gana a pulso. No cabe discusión pues cree merecerse todo y aún más.

Hoy, ya desde la lejanía, me imagino su futuro, más o menos próximo, imbuido de la más absoluta soledad, única compañía inmune a su insoportable existencia, carcomido por la envidia que le genera cualquier persona que pueda brillar, eclipsando así su esplendorosa existencia, pues no concibe dicha cualidad fuera de las ingentes fronteras de su nutrido ego…

El egolatrado, odioso, avaricioso, ruin y, necesariamente, mezquino Caín seguirá siendo, siempre, la Divina Gaita: un ser engreído, egoísta, colérico, narcisista y bipolar. Encantado – cómo no - de haberse conocido.

Vaya Vd. con Dios… le dije, hastiada, un día y... siguió saliendo el sol.

“Quien sólo vive para sí, está muerto para los demás”.

(Publio Siro)

viernes, 30 de enero de 2015

El Abogado indigno o la mala conciencia.


Ya he hablado en anteriores ocasiones de lo que conlleva esta profesión mía, narrando experiencias positivas y negativas, que de todas ha habido, a lo largo de estos años de carrera. Ayer, precisamente ayer, obtuve lo que no puede calificarse sino como de una “apabullante e incontestable victoria moral”, el triunfo de la decencia y la dignidad sobre la aplastante vileza de aquél que se llama Abogado, cuando no deja de ser un simple sicario, pues no merece calificativo distinto, el estúpido que se opone a la lícita reclamación de Honorarios de un Compañero. Un sayón, deslucido y cínico, que se vende por unas monedas, prestándose al deleznable juego del “todo vale”, considerándose por encima del bien, del mal y del resto de la Humanidad. Hoy, a pesar de esa victoria, un nuevo nombre engrosa la lista de “persona non grata” a las que, lejos de atacar, veré, no obstante algún día, arrastrarse entre el lodo, pues así ha venido siendo hasta el momento, sin sentir pena alguna, más allá del asco provocado por la basca que ascienda, entonces, desde la boca del estómago, motivada por el hedor que desprende el despojo humano que, como Judas, vendió su decencia por un puñado de monedas, olvidándose de la máxima “los Clientes, pasan… los Compañeros, quedan…”.

No soporto la prepotencia, la falta de formas ni, mucho menos aún, las exigencias, no lo he hecho nunca. Así que, tras el colgar el teléfono, me cuestioné – como suele ser habitual en mí – si realmente merecía la pena asumir la defensa de los intereses de un cretino integral que era tal y como habían definido sus propias palabras al “Sr.” J.S.M., la decisión apenas me llevó un par de segundos, los justos para dejar el teléfono en el soporte. Calculé los honorarios devengados hasta la fecha y le dirigí una comunicación instándolo a la recogida de la documentación que me había hecho entrega a la encomienda del asunto, así como a la preceptiva liquidación de lo que me adeudaba. Un absoluto mutismo se extendió durante más de un mes, reserva que sólo podía tener una única lectura, así que, como de lo que se trataba era de una cuestión de dignificar el trabajo realizado y el tiempo perdido con semejante patán, redacté la reclamación judicial, adjuntando, obviamente, la documentación original “en prueba de mi efectiva intervención profesional”, por unos honorarios devengados y no satisfechos.

Unos días después se me notificó su admisión a trámite, había resultado turnada a un Juzgado en el que, afortunadamente, su titular se caracteriza no sólo por un apabullante sentido común, rasgo evidente de certera inteligencia, sino además, por su gran practicidad. Sería cuestión de tiempo, pero tuve la certeza de que no sólo cobraría mi trabajo, sino que se dignificaría mi labor profesional. Para mi estupor, a la semana siguiente, recibí la llamada de quien, se dice, aún hoy, cínicamente entiendo, Compañero, intentando condescendientemente “llegar a un acuerdo aunque tenía instrucciones de oponerse a la reclamación”, “claro que es posible el acuerdo, estimado Compañero – solté una bocanada de humo del cigarrillo a modo de pausa - pagando íntegramente lo que se me debe”… “Bueno pues lo consulto con mi Cliente y te llamo de nuevo con lo que sea…”. He de reconocer que esa llamada no tuvo lugar jamás, por el contrario, un escrito oponiéndose a la reclamación fue lo que recibí, tras haber visto como ese “compañero abogado” se escondía de mí, ridículamente, cuando nos cruzábamos por la calle. Sonreí en mi fuero interno, pues si bien es cierto que, estatutariamente, no puede retenérsele la documentación a nadie como medio de presión para forzar el pago, yo había tenido la prevención de adjuntar, a la reclamación, la totalidad de la que se me había facilitado. Si el moroso tenía prisa por interponer el procedimiento que yo había declinado asumir, iba, necesariamente, a pagar su deuda, pues mezquino y ridículo como ya quedaba acreditado que era, no iba a desembolsar ni un solo euro en solicitar la expedición, respecto de Notarías y Colegios Técnicos, de documentos originales que, en prueba de la realización de mi trabajo, estaban ya en el Juzgado. Paladeé una vez más la venganza pasiva, que es la más eficaz, al no precisar de acto alguno por mi parte, dejándome un gusto dulce en el paladar y una profunda tranquilidad en la conciencia, mientras apuntaba en mi agenda el señalamiento para celebrar el juicio oral, a más de cinco meses vista. Sería una lenta y tediosa agonía el castigo impuesto a aquél miserable – me barruntaba yo -, un juego de desgaste psicológico en el que vencería quien no desistiera: yo quería cobrar mi trabajo, la otra parte, quería su documentación, ¿quién cedería primero?, estaba claro que yo no.

El día anterior a la cita judicial, un Compañero y sin embargo gran amigo mío, vino a mi Despacho pues sería él quien defendiera mis intereses (mi DIGNIDAD PROFESIONAL) en el estrado, ya se sabe que “el Abogado que se tiene a sí mismo por Cliente, tiene un tonto por Cliente”, de manera que renuncié, en aras de la objetividad, a mi defensa, encomendándosela a él. Le vaticiné, aquella tarde, lo que probablemente ocurriría…

Y se cumplió.

Al día siguiente, mi amigo, entre risas, al otro lado del teléfono, me reproducía el episodio mientras, una vez más, yo, por mi parte, me regodeaba en el triunfo. Los acontecimientos se desarrollaron exacta y fielmente a cómo yo los había previsto: el reclamado no se presentó, pero sí su flamante abogado (el sicario) y haciendo gala de su más falsa y artera simpatía propuso a mi amigo llegar a un acuerdo “Quítame aunque sea 20 euros y me allano”, la respuesta fue la que, en prevención de ello, ya le había indicado al bueno de este compañero: “No es una cuestión de dinero, sino de dignificar el trabajo de Carmen, así que, llegados a este punto, será la Juez quien determine si se debe o no y cuánto es lo que se debe por tu Cliente”, me contó que apenas había terminado de hablar, cuando la respuesta fue “¿Sabes lo que te digo?, ¡que me allano de todos modos!. Que sí, que debe la cantidad que se reclama y que la va a pagar, pero por favor… No te opongas a que nos entreguen, ahora mismo, la documentación para poder poner el otro procedimiento cuanto antes…”

A ver sicario: si reconoces que estoy reclamando el importe de mi trabajo, ¿por qué te opusiste en su momento alegando que no era así?. Continúo, sayón: ¿alguien que se niega a pagar a su abogado anterior, crees que va a pagarte a ti?, pero voy más allá, necio: ¿qué clase de ética tienes para hacer un juicio frente a un Compañero que reclama el fruto de su labor que ya no sólo consiste en el estudio del asunto sino en el, incuantificable, esfuerzo de soportar a semejante besugo?... Eres un estúpido: te vendes por las migajas que yo, previamente y dada la catadura moral del cliente, he desechado, pues sigo teniendo la absoluta facultad de elegir los asuntos y los clientes, me pregunto si la ostentas tú. Al parecer, NO.

Me contó, finalmente, mi amigo que cuando entraron a la sala de vistas, únicamente con el objeto de poner en conocimiento del Juzgado que se había llegado al “acuerdo” del allanamiento del moroso; el sicario, ruborizado y tartamudeando, intentaba explicarle a la Juez – “excusatio non petita accusatio manifesta” - que “Bueno… fíjese Vd. Señoría, ¿yo qué le voy a cobrar al Cliente por oponerme a esto?, pero… claro, como me ha encomendado el otro asunto también… pues…” PUES TIENES QUE QUEDAR COMO LO QUE ERES, concluyo yo ahora su absurdo discurso, tú, carroñero, como un mal compañero y peor persona, yo, simplemente, como alguien que tras hacer su labor, exige el pago de lo que le es debido. A tu “cliente” le urgía la documentación, yo, en cambio, lo que menos tenía era prisa en que se me reconociera mi gestión, pues sé lo que hago, cómo y por qué, así que a mayor tiempo transcurrido, mayor victoria conseguida. ¿Qué has conseguido tú?.

Hoy, con un gin tonic delante, escribo esta Reflexión, brindando por la mezquindad de un cliente que hizo aún más ruin a su abogado el sicario, aquél, el de la mala conciencia…

“Grave es el peso de la propia conciencia…”

(Marco Tulio Cicerón)

viernes, 23 de enero de 2015

La Hija de la Hidra.



Hay personas desequilibradas, ya sea, este desequilibrio, provocado por causas exógenas a ellas o bien, endógenas, al tener su origen en alguna patología mental, si bien suelen ser, las últimas, algo menos frecuentes. Ese desorden lo transmiten, genéticamente o por simple mimetismo, a sus vástagos, quienes terminan convirtiéndose, así, en fieles aprendices que superan, un día, al maestro. Presentando, al alcanzar su desarrollo adulto, un grado mucho más profundo de las taras y manías con las que se encuentra aquejado el propio progenitor. Al menos es como yo lo vengo observando en la mayoría de los casos que conozco. De manera que de un ser despreciable sólo puede provenir otro, aún más, despreciable. Truman Capote en sus Cuentos, todos ellos deliciosos aunque desgarradores, culmina, en mi opinión, el elevado arte de encontrar belleza donde sólo hay hediondez, diseccionando psicológicamente a los personajes más viles a los que reviste con la atractiva belleza de su narrativa, me vienen ahora a la mente, algunos pasajes de “Las paredes están frías”, “Miriam” o “El Halcón Decapitado”, haciendo convivir, en sus páginas, lo más deleznable del ser humano con la plasticidad de un lenguaje que podría llegar a hacer parecer, a ese mismo ser, sublime, pese a las miserias que lo ornan. Hoy me atrevo, humildemente, a emularlo. Os presento, así, a “La Hija de la Hidra”…

A modo de cruel venganza hacia la despiadada Humanidad, con quien la enfrentaba, ya desde su nacimiento, una guerra abierta de complejos y suspicacias, la Hidra decidió castigar a sus semejantes con aquella hija del odio y la mentira que trajo al mundo hace años. Un pequeño ser, blanquecino – casi verdoso –, enfermizo y huesudo que dejó de ser una niña flacucha, caprichosa y consentida, para convertirse en una adolescente rebelde y rencorosa. Hoy es tan sólo un engendro de mujer, “muy chic”, apenas con la inteligencia suficiente como para someter a la Hidra, quien adolece completamente de ella, pero no como para ser nociva, pese a sus frustrados intentos, fermentados en una ira compulsiva y el recalcitrante temor lentamente inoculado a lo largo de muchos años. Engreída y envidiosa. Falsa y desconfiada. Impertinente. Execrable. Plena y funcionalmente inútil. Abyecta.

Hace poco me la encontré, por casualidad, contoneando su divina existencia en una cafetería del centro, me fulminó con la mirada, a la que respondí con una amplia sonrisa, no muy sincera, habré de reconocer, pues lo que se escondía tras ella era la carcajada que, finalmente, quedó atascada en mi garganta, mientras le sostenía, indiferente, los afilados cuchillos que clavaba en mis ojos. Se giró, luego, enérgicamente, dándome la espalda en un amago de desprecio que, a mí, más me resultó un alivio pues su mera visión me resultaba repugnante y aunque el aire viniera cargado de puntiagudas tachuelas, se me antojó que una cálida brisa atravesaba la estancia.

Retorné, entonces, a la interesante lectura de aquél artículo sobre los huertos urbanos al que había dado inicio a mi llegada, aunque entonces no me percatara de la presencia del ser, enfrascándome en la revista con un intenso sabor a moka en el paladar, ajena al mundo, ajena a la tétrica descendiente de la despiadada Hidra. No puedo precisar el tiempo que transcurrió hasta que el estruendo, motivado por una taza de porcelana al estrellarse, jalonando el impoluto suelo brillante de añicos que nadaban entre restos de café con leche y el grito, aquél grito desgarrador y agudo, que sucedió al estallido, emitido por la garganta inhumana de la envidia y la soberbia más oscuras, me sacaron de las técnicas de optimización del espacio de cultivo. Levanté los ojos hacia la esquina donde un rato antes, la hija de la Hidra me había ofrecido su curvada espalda: los globos oculares, inyectados en sangre, parecían a punto de salírsele de las cuencas, las manos terminaban en afiladas uñas rojas que se asemejaban a los crueles garfios de la de Lerna, se crispaban, de manera espasmódica, a escasos centímetros de la cara de su joven acompañante que, aterrorizado, asistía a tan esperpéntico espectáculo, víctima del horror y la más sonrojada vergüenza ante tan desproporcionado comportamiento. Natural, siempre, en este tipo de bestias.

Aparté la mirada, ruborizada, dirigiéndola entonces hacia la calle, muy transitada a aquellas horas y, escudriñando en los laberintos olvidados de mi memoria, descubrí episodios similares enclavados en un pasado lejano. Sonreí, no pude evitar hacerlo. Pues tuve el convencimiento de que aquél ser vanidoso, inestable y neurótico, era digno sucesor de su madre, la Hidra. Poco después salió del local, caminando firmemente sobre dos pétreas columnas salomónicas, demasiado gruesas, quizás, para el tronco desgarbado sobre el que flotaba un pelo teñido y tocado con un ridículo sombrerito que pretendía ser, no obstante, fashion-hipster. La cara, demasiado ovalada, recordaba ligeramente a un inmaculado huevo, sobre el que destacaban unos labios rojos, muy rojos, apretados en un rictus de ira sofocada y las cejas excesivamente depiladas que le conferían una extraña expresión facial, completaban el esperpéntico conjunto anatómico que acababa de abandonar aquella plácida cafetería, dejando tras de sí tanto estupor como vergüenza ajena en los rostros de los incrédulos espectadores que, paulatinamente, fueron retornando a las bondades de sus consumiciones mientras cruzaban, entre sí, azoradas miradas de asombro.

Cuando lo recuerdo ahora se sucede una serie, imaginaria, de instantáneas que recogen, con el encuadre perfecto, cada segundo. En la última de ellas: la hija de la Hidra, de espaldas, en plena calle, paseando sus altaneras miserias como antes, también, lo hiciera su predecesora. “De tal palo, tal astilla” – pensé – y continué mi lectura justo donde la había dejado “por lo que es indiscutible que la ventaja que presenta el cultivo en vertical es maximizar el espacio del que se dispone, posibilitando de este modo la siembra de un mayor número de variedades”… Aunque para mí, he de reconocer, sólo se distinguen dos en la especie humana, si bien con diferente nomenclatura: las buenas y las malas personas. El ser o el parecer… la Hidra y su hija o el resto.

“One doesn’t stop seeing. One doesn’t stop framing.
It doesn’t turn off and turn on.
It’s on all the time”.

(Annie Leibovitz)

miércoles, 21 de enero de 2015

El final de los días inciertos.




Fue un día de finales de agosto, hace ya algunos años, cuando recibí una llamada de teléfono que me hizo cambiar mi perspectiva, dinamitando la estructura que la había venido sustentando y convirtiéndola en cenizas de las que emergió otra, mucho más fiable y segura, infinitamente más poderosa. Me encontraba en un anticuario de la zona de Tribunal, curioseando entre los miles de artículos que allí se encontraban expuestos para su venta a los impenitentes amantes de lo antiguo, sin terminar de decidirme cuál sería el que finalmente llevara conmigo, pues todos presentaban un valor único y exclusivo, pese a verme en la ineludible necesidad de tomar una decisión, cuando el móvil empezó a vibrar en el interior de mi bolso. Una conversación breve, de apenas unos minutos, no más de tres, un monólogo al otro lado de la línea, que culminó, para mí, con una indescriptible sensación de alivio extremo, la determinación, tan pletórica como férrea, de dar inicio a una etapa nueva y unas cañas, poco después y a modo de festivo colofón, en un garito en la Plaza Vázquez de Mella, prolegómeno de una continua y renovada celebración vital que se ha dilatado, felizmente, hasta hoy. Pues fue, en las postrimerías de aquél verano, cuando llegó el final de los días inciertos…

Me encanta Madrid, suelo realizar viajes con frecuencia y cierta periodicidad, no sólo para asistir a la ópera o al teatro, sino para perderme en largos paseos que, irremisiblemente, me llevan a visitar anticuarios, otra de mis grandes pasiones.

Hace algunos años, a finales de verano, me encontraba precisamente allí. Fue el término del viaje que hice durante mis vacaciones, tres o cuatro días en esa ciudad a mi vuelta, para disfrutar de los últimos de descanso, antes de retornar a la actividad laboral, con fuerzas renovadas. Me costaba decidir, no sabía si comprar aquél elegante bureau inglés del siglo XIX con infinidad de cajones secretos y un fino escritorio en piel verde integrado en el delicado tablero o, bien, la silla austríaca de macizos reposabrazos en madera de caoba. Un zumbido oscilante en el interior de mi bolso, irremediable preludio del aviso de llamada entrante, me sacó de mis cavilaciones sobre los condicionantes, positivos y negativos, de los dos artículos que, desde hacía diez minutos habían captado, poderosamente, toda  mi atención. Difícil elección. Fue un rápido vistazo a la pantalla lo que me hizo excusarme ante el solícito dependiente que, con paciencia, iba narrando las excelsas cualidades de ambos artículos y salir a la calle en busca de intimidad. Descolgué, se sucedió entonces un rápido intercambio de frases, por pura y mera cortesía, más que por sincero interés y un par de minutos, luego, escuchando las palabras que se vertían desde el auricular, como una refrescante lluvia de verano, empapándome de un profundo sentimiento de alivio que me fue embargando paulatinamente hasta posarse en lo más recóndito de mi ser desde el que empezó a desplegarse invadiendo cada pequeño rincón. Recuerdo que antes de colgar, sólo dije: “Venga, perfecto. Hasta luego” y volví, tranquilamente, a entrar en el establecimiento, dejando suspendido en el aire, a mi paso, el alegre tintineo de la campanita de cobre colocada en el dintel de la puerta que volvió a darme la bienvenida ya no sólo a aquél espacioso ambiente, sino a lo que sería un nuevo tiempo vital.

… (…) …

Aquella tarde terminó, con la entrañable compañía de amigos, en un tugurio de vermouth casero en la Plaza Vázquez de Mella, me embargaba un solazado sentimiento de incontenible alegría, de libertad desbocada, de tranquilidad absoluta que aún, hoy, perdura. Supongo que los acontecimientos sólo pueden producirse en el preciso instante en el que los mismos tienen lugar y me pregunto por qué determinadas decisiones no pueden ser tomadas mucho tiempo antes, por qué no seremos capaces de ver la realidad cuando una venda nos cubre los ojos del alma. Obligándonos a permanecer a la inquieta espera de ese, ansiado, final que vaticinamos desde hace tiempo… He vuelto después, una infinidad de veces, a ese mismo anticuario y siempre recuerdo aquél momento como uno de los mejores de mi vida, el establecimiento se convirtió, aquél afortunado día, en el bastión de una renovada existencia, equilibrada, positiva y tranquila. Y no renuncio, no sería justo, a mantenerlo entre uno de mis predilectos, sin duda por el significado que, desde aquél pasado mes de agosto, encierra para mí.

Supongo que la vida consiste en un camino que, irremisiblemente, ha de consumirse por etapas, cada una de ellas representa un grado de nuestra evolución que nos regala experiencia y sabiduría exigiendo a cambio, únicamente, el fin completo de la anterior como vestíbulo a la que le sucede. He aprendido que el inicio y el fin de cada tramo no depende, en la mayoría de las ocasiones, de nuestra voluntad a la que sólo se le puede pedir no retroceder al estadio previo.

Hoy, sentada en una silla austriaca de caoba, plasmo estas reflexiones sobre el fino escritorio en piel verde de un elegante bureau inglés, ambos, recuerdo vívivo del final de los días inciertos que me hace tener presente que no debemos, jamás, basar nuestras decisiones en los consejos de personas que no tendrán que lidiar con sus resultados y es inevitable que éstos siempre se produzcan, consecuencia insoslayable de la acción que los motiva.

“La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada”.

(Gabriel García Márquez)

lunes, 5 de enero de 2015

Noche de Reyes o cuando la sombra del camello es alargada.








Recuerdo cómo a la vuelta de la Cabalgata, mis hermanas y yo nos afanábamos con el Kanfort y la esponja autobrillo, para dejar nuestros zapatos, relucientes, bajo el árbol de Navidad. Solíamos cenar a toda prisa e irnos a la cama mucho antes de lo habitual, con el ansioso deseo de que la noche transcurriera rápido, a la espera de saltar de la cama por la mañana y dar inicio a una ruidosa carrera en dirección al salón donde, indefectiblemente, se amontonaban las cajas y golosinas que Sus Majestades habían dejado durante algún momento de la noche con la – obligada – nota que solía encontrar en un sobre a mi nombre, junto a dos trozos de carbón dulce, apercibiéndome de que el año próximo no iban a ser tan benévolos ni generosos si continuaba el rosario de trastadas que había jalonado el año anterior y que yo, por mi parte, como ya se había convertido en costumbre, enseñaba a mis hermanas con una sonrisa triunfal “¿Lo véis?, ¿eh, lo véis?... no pasa nada, al final siempre me dejan los regalos… Por más que me avisen, siempre me los dejan”, ellas miraban atónitas aquél papel firmado con tres coronas y me decían que no siempre iban a ser tan buenos… que cualquier año sólo iban a dejarme carbón y que entonces me iba a arrepentir de no esforzarme durante los 365 días precedentes como ellas, diligentemente, siempre hacían.

Terminé de pasar la gamuza por el zapato Gorila y lo dejé, junto al otro, en el lugar que, bajo el abeto primorosamente adornado, me había asignado mi madre. Allí estaban ya los de mis padres y los de mis tres hermanas, en perfecto orden y deslumbrando tanto como las bolas rojas y doradas que colgaban de las ramas.
Oía a mis hermanas, nerviosas en el baño, cepillándose los dientes, se preparaban para irse a dormir. Habíamos ido a ver la cabalgata y volvimos a casa con los bolsillos repletos de caramelos y el pelo de confeti, la ilusión desbocada y un sospechoso afán de incontenible curiosidad que nos llevaba a conversaciones clandestinas en la oscuridad, bajo las mantas, que eran inopinadamente sofocadas con el carraspeo de mi padre desde el pasillo.

Estaba guardando en el zapatero el kanfort y la esponja cuando mi padre, que, en aquél momento, salía de la cocina, me dijo:

- “Deberías irte a la cama… y asegúrate, antes, de que dejas el cubo con agua para los camellos. Tus hermanas ya han puesto el roscón y tres copas para Sus Majestades. Venga no te entretengas, ya sabes que si te pillan levantada…”

-  “Sí, sí, sí… pasarán de largo sin dejarme nada, ¿no?...” – terminé con sorna la frase, pues a pesar de los continuos apercibimientos anteriores, los Reyes siempre accedían a mis peticiones. No obstante, en el Colegio había oído ciertos rumores cuya certeza o no, había tomado la determinación, iba a comprobar aquella misma noche… Me hice la remolona, fingiendo que me aseguraba de que aquellos pobres camellos, cansados como estarían, sin duda, tras una jornada tan atareada, encontrarían agua suficiente con la que aplacar su sed. Tranquilamente me dirigí a mi habitación, pero tal y como tenía previsto, me pasé antes por la habitación de mis padres, del cajón extraje la cámara polaroid de mi padre y la escondí bajo la almohada, tras sacar el pijama. Fingí, con aparente normalidad, que me iba a la cama, por lo que tras lavarme los dientes, desear las buenas noches y apagar la luz de la mesilla, me acosté.

El tiempo parecía pasar muy despacio, aún oía a mis padres hablar en la sala de estar, intenté serenar mi ánimo imaginando cómo sería llegar al Colegio con una foto de los Reyes Magos dejando los regalos… era arriesgado, lo sabía, siempre habían dicho que si te veían despierta no te dejaban nada, pero a mí no me verían, tenía preparado un estupendo escondite: fue durante el tiempo en que me había quedado sola, terminando de sacarle brillo a mis zapatos, que ya refulgían, algo para lo que conscientemente había empleado más tiempo del necesario, salí despavorida hacia el otro extremo del salón, moví el sillón aproximándolo al mueble estantería de modo que quedaba un hueco en el que me resultaría fácil camuflarme sobre los cojines que ya había dispuesto para mi mayor comodidad junto con una gran parte de las chucherías que había recolectado en la cabalgata aquella tarde, pues la noche, me barruntaba, iba a ser larga.

Paulatinamente los sonidos de la casa fueron enmudeciendo, hasta quedar sumida en el más absoluto silencio. Me levanté sigilosamente y abrí la puerta, de puntillas me acerqué a la habitación de mis padres, apliqué el oído a la madera, a través de la cuál pude percibir la respiración sosegada y, casi casi, acompasada de los dos. Me dí  la vuelta y entré de nuevo para coger la cámara de fotos y la linterna que guardaba en el cajón de los calcetines para las ocasiones en las que mi madre apagaba la luz y yo seguía leyendo bajo el mullido y cálido edredón.

Unos minutos después me encontraba, cómodamente, en el hueco que había preparado, dispuesta a capturar la instantánea que me haría laureada merecedora, sin duda, de las envidias – sanas y malsanas – de todas las niñas de la clase de 2º A. Había llegado el momento cumbre de mi existencia: probar que podía verse a los Reyes Magos y que, aún así, te dejaban tus juguetes siempre que ellos no te vieran a tí, claro, eso era evidente. Tendría que ser más lista que ellos…

… (…) …

Las voces cantarinas de mis hermanas y sus risas nerviosas, al rasgar el papel en el que venían envueltos los regalos, me despertaron… Abrí un ojo y luego el otro, parpadeé varias veces y fui consciente, entonces, de que me había quedado dormida esperando la visita nocturna. Tenía las piernas entumecidas y la cámara sobre el regazo, en algún momento debí apretar el disparador porque había algunas polaroids a las que ni presté atención en aquél instante. Salí y me dirigí hacia donde mis hermanas continuaban abriendo paquetes con gran alboroto, bajo la atenta mirada de mi madre que sostenía en brazos, sonriente, a la más pequeña, aún un bebé, y mi padre inmortalizaba para nuestros anales de la historia familiar tan festivo episodio.

Para mi sorpresa y estupor constaté que no había nada junto a mis zapatos Gorilas, pulcramente abrillantados, más allá de dos grandes trozos de carbón, ninguna carta o nota explicativa… Nada más que dos tristes trozos de carbón. Atónita miré a mi madre.

-          “¿Qué pasa?... ¿no te han dejado nada…?. Vaya, debe ser porque, sin duda, debieron verte anoche, ahí escondida cuando debías estar en la cama…”
-          “Pero… pero… mamá… Todos los años me dejan el carbón y además mis juguetes…”
-          “Pero todos los años te han venido avisando – intervino mi padre sin dejar de mirar  por el objetivo de la cámara Super8 – y creo que éste has debido sobrepasar ya todos los límites… ¿a quién se le ocurre esconderse para intentar fotografiar a los Reyes mientras hacen su trabajo…?.

Lo que más me fastidió fueron las caras de suficiencia de mis hermanas, parecían mirarme con cierta conmiseración, es cierto, pero podía oir el toniquete de “si es que...ya te lo había dicho yo…” mientras sostenían en sus brazos la rebosante materialización de sus respectivas cartas. Suspiré resignada pensando que había desperdiciado la oportunidad de tener, al fín, el tan ansiado Halcón Milenario, mientras intentaba calcular los meses que aún faltaban hasta mi cumpleaños, la voz de mi padre interrumpió mis pensamientos:

-          “Anda, ve a ponerte las zapatillas… te vas a enfriar…”.

Miré mis pies, cubiertos sólo con los calcetines de Spiderman que usaba para dormir, había decidido prescindir de todo elemento que pudiera emitir el menor sonido delator cuando la noche anterior había dado inicio, a hurtadillas, tan infructuosa aventura. Me dirigí a mi cuarto, más por sufrida inercia que por un repentino impulso de obediencia, cuando abrí la puerta me quedé petrificada bajo el dintel… A los pies de mi cama, se amontonaban múltiples cajas envueltas en papel de colores y sobre todas ellas, refulgiendo desde su privilegiada posición, estaba la soñada y anhelada nave espacial, junto a las reproducciones de Han Solo y del peludo Chewbacca. Tras ese primer momento de desconcierto me embargó una profunda euforia que me hizo bailar, frenéticamente, al ritmo de una inaudible samba.

He visto muchas veces, después, aquella vieja filmación y siempre consigue sacarme la mayor de las sonrisas al verme a mí misma, con siete años bailando en pijama y calcetines de Spiderman alrededor de una cama atestada de cajas mientras el Halcón Milenario sobrevolaba pilotado por Han Solo. Conservo, también, dos recuerdos más de aquella Noche de Reyes: una misiva que, junto con las advertencias habituales sobre el comportamiento que debía observar en lo sucesivo, terminaba con un sabio consejo: “No olvides nunca que la curiosidad mató al gato… SSMM Los Reyes Magos de Oriente” y algunas instantáneas veladas, en una de ellas aparecen unas extrañas formas que, no sin cierta dosis de imaginación,  podrían recordar las siluetas de unos camellos, si bien distorsionadas y algo más alargadas…

Y ahora, amigos lectores, aunque es cierto que me gustaría seguir compartiendo estos recuerdos infantiles con vosotros, tengo una ineludible tarea pendiente que no puedo desatender: bajo mi árbol hay un sitio, aguardando a un par de zapatos relucientes que habré de dejar antes de irme a la cama, pues hace tiempo que desistí de aquella idea de sorprender a los Magos de Oriente durante la Noche de Reyes…

¡Feliz Noche de Reyes! y... no olvidéis que "la curiosidad mató al gato..."



martes, 2 de diciembre de 2014

Esperando al amanecer: los episodios trashumantes.


Que no todo el mundo detenta las aptitudes exigibles para vivir en comunidad es una verdad irrefutable. Que, por otro lado, la educación es una lengua que no todo el mundo habla, también lo es. Que, en estos tiempos que corren, la desconsideración y falta de respeto generalizada parecen ser valores en alza… es, por su parte y finalmente, algo evidente.
Llevo un par de años sufriendo, invariablemente, el estrepitoso despertar a una hora excesivamente temprana, con sendos portazos que se suceden en la puerta metálica de acceso al garaje de mi edificio, uno tiene lugar a las 5.30 y otro, poco después, a las 5.45. A pesar de mi paciente actitud, de abnegada resignación y considerada súplica, esto ha venido a determinar que llegue a experimentar problemas de sueño que, obvia y evidentemente, repercuten, debido a la falta de descanso, en el resto de las facetas cotidianas: trabajo, carácter, etc., así que esta insufrible circunstancia fue lo que motivó que, hastiada de que mis educados apercibimientos a los causantes de semejante estrépito no dieran resultado, remitiese el siguiente correo que ahora reproduzco, a los Sres. Presidente y Secretario Administrador de mi Comunidad, si bien, obviamente preservando ahora su identidad.

Y tal y como narro, ocurre cada una de las noches… a la eterna espera de mi ‘idílico’ amanecer…
Comparto a continuación, con vosotros, el contenido de la citada comunicación:

Estimado Compañero y, siempre buen amigo, XXX y en similares términos, también, para el Sr. Presidente de la Comunidad a quien pongo en copia por dispensarle idéntica estima:

A pesar de ser consciente de que no todo el mundo se encuentra en posesión de las más mínimas aptitudes para convivir en comunidad, ni goza, tampoco, de la educación suficiente como para dispensar un comportamiento cívico y considerado, que podríamos tildar simplemente ya de aceptable sin ninguna otra pretensión mayor, hacia el resto de las personas que, como es el presente caso, nos vemos en la – sufrida - obligación de compartir las zonas comunes de un edificio, te dirijo el presente en tu calidad de Secretario Administrador de la C.P. de XXX, desde el convencimiento de que te será, sin duda, tan violento transmitir a quien corresponda su contenido, como lo está siendo para mí, en este momento, hacerte partícipe de la situación, razón por la cuál te agradezco por adelantado, muy sinceramente, tu gestión.

Entrando ya, sin más paliativos, en el fondo del asunto, te diré que, desde hace un par de años, vengo soportando, de manera impenitente, cada madrugada, sendos portazos que si sitúan en torno a las 5.30 y 5.45 de la mañana, cuando, al parecer, propietarios de vehículos depositados en el garaje del inmueble, acceden al mismo para proceder a su retirada.

Se trata de un turismo - el que se retira en primer lugar - y de un ciclomotor, poco después, cuyo conductor, SIN BAJARSE DE ESTE - lo que por otro lado encierra un indudable riesgo para su integridad, Dios permita permanezca por muchos años inalterada -, cierra la puerta metálica con el estruendo lógico, derivado de dicha acción, dada la fuerza que debe imprimirle para forzar su cierre encaramado a dicho vehículo. Supongo que, en ninguno de los casos, las personas implicadas deben ser conscientes de que sus vehículos se encuentran estacionados, no en un PARKING PÚBLICO, como probablemente y dadas las circunstancias, me aventuro a afirmar, sería lo más conveniente, sino en un GARAJE PRIVADO y que, pese a su encomiable - por otro lado – abnegación por el esfuerzo, sin duda, de concurrir a sus respectivos trabajos a horas tan infames en las que el resto de los mortales aún gozamos - o así lo intentamos - del reparador descanso nocturno, sería aconsejable trasladar a los propietarios de las plazas de garaje - las tengan o no cedidas en régimen de alquiler, extremo que desconozco en relación al asunto que nos ocupa y que, en cualquier caso, resulta irrelevante - la perentoria necesidad de dispensar, a la hora de proceder a la retirada de los vehículos en ellas estacionados, el tacto exigible a cualquier ser humano que, insisto, pese a gozar de nuestra admiración por el suplicio que sufren al poner fin a su reposo a una hora quizás demasiado temprana, intenten, en la medida de lo posible, no alterar el del resto de los condueños que habitamos el edificio, pues no todos nos vemos, afortunadamente, en la necesidad de madrugar tanto, agradeciendo, al menos así resulta en mi caso, el clásico recurso al despertador y no a los continuos sobresaltos que motiva la irrupción - en el, ahora añorado por solazado, silencio nocturno - de esos estallidos que más se asemejan a los prolegómenos de un apocalíptico derribo inminente que a la salida de un estacionamiento por parte de un bípedo.

Este correo te lo dirijo, no obstante, por si no estuviera perdida, aún, toda esperanza y fuera posible rectificar semejantes comportamientos, tan molestos como recurrentes, en las dos personas en cuestión y con carácter previo a emprender, ya fuera por la Comunidad o únicamente a mi personal instancia, las acciones que, estime, asisten a mi derecho pues dicha conducta, ruidosa y molesta, empieza ya a incidir en mi propia salud, sin que tenga obligación alguna, por otro lado y resulta evidente, de seguir soportándola ya que, en todo caso, se trata de la salida de una "casa de vecinos" en plena madrugada, supongo deberías transmitir, y no del Parking Público de La Alameda al que, sin duda, siempre podrán recurrir caso de no poder evitar su escandalosa salida a horas tan tempranas, dado que, estoy convencida, en dicho establecimiento no presentarán molestia alguna sus respectivas y desconsideradas actuaciones.

Reiterándote mi agradecimiento por tu, y de ello estoy convencida, diligente gestión en aras de resolver tan abyecto lance,  aprovecho para enviarte un fuerte abrazo.

Carmen Millán Cerceda.
Propietaria del XX

P.D.- Pese al tinte jocoso que puedas percibir en las líneas precedentes, se trata de una grave cuestión por su, reitero, indudable y obvia incidencia en la salud, la mía personal, que estoy dispuesta a llevar a sus últimos extremos caso de no producirse el cese inmediato de los comportamientos que he puesto de manifiesto. ¡Quiero, NECESITO, dormir!.

Y así fue, amigos lectores, como, ante mi más absoluta desesperación, lo puse en conocimiento de la ‘autoridad competente’… y a la espera estoy de que se tomen las medidas precisas para evitar las molestias que se vienen produciendo en lo que ya parece ser una zona de trashumancia, en lugar de una zona de paso común de un edificio habitado por bípedos.

Seguiré informando, no obstante, del resultado obtenido por las gestiones del diligente Sr. Secretario Administrador, gran amigo y Compañero, aunque no espero milagros pues ya se sabe que ‘la educación conviene sólo para usarla con quien la tiene’…

Me pregunto ahora si algunos asesinatos con ensañamiento entre convecinos no deben estar sobradamente justificados…


miércoles, 26 de noviembre de 2014

El grillo cantor y su insufrible necedad.

A todos, en alguna ocasión, nos ha pasado que hemos identificado a alguien con algún animal, ya sea por su comportamiento, sus rasgos físicos, sus cualidades o, simplemente, por esas extrañas asociaciones de ideas que se instauran en nuestra mente, semejando personas con animales y animales con personas. He de reconocer que a mí me ocurre con suma frecuencia.
Hoy, mientras me dirigía al Despacho, me he cruzado con alguien que, no sé por qué, ha activado ese resorte, provocándome, primero, la irreprimible sonrisa que, poco después, se ha convertido en carcajada al imaginarme la cómica imagen que, inopinadamente, me ha venido a la cabeza.
Los grillos… esos pequeños insectos, tan molestos como recurrentes, que en las noches de verano pueden llegar a convertirse en una tortura insufrible y por más remedios que intentes aplicar para extinguir su desagradable chirrido, éste se acaba instaurando en el ambiente generando un histriónico estado de nerviosismo que, termina – salvo en quienes gozan de esa envidiable virtud que poseen sólo aquellos que se abstraen en el vacío, envolviéndose en una nube de suave algodón que los aleja de la molesta realidad – en una iracunda explosión de mal humor.
Cri-cri, cri-cri, cri-cri…

Recuerdo las cálidas noches de verano en el campo, cuando por la ventana abierta llegaba, arrastrado por la suave brisa estival, el desgarrador chirrido de los grillos desde el jardín: cri-cri, cri-cri, cri-cri… Con el tiempo llegué a acostumbrarme a él hasta el punto de que ya pasaba desapercibido y sólo cuando conscientemente reparaba en ellos, los grillos, era cuando volvía a hacerse audible, aún cuando de forma ininterrumpida, esa sinfonía hubiera dado inicio al anochecer y se prolongara hasta los albores del nuevo día.
Lejos de molestarme o alterar mi sueño, pasó a convertirse en un arrullo, un sonido familiar y cotidiano. Imperceptible.

Desconozco la razón lógica, caso de existir la misma, que me ha llevado hoy a recordar mi infancia y los sonidos y aromas anclados en aquellos recuerdos, pero lo cierto es que, una vez más, he encontrado paralelismos entre el comportamiento animal y el humano, entrelazándose así, imágenes de entonces y de ahora, retazos de realidades, presentes y pasadas, que han motivado mi sonrisa interior.

El sonido, emitido por el continuo frote de las alas delanteras del grillo, que percibimos como un chirrido intermitente puede resultar molesto, es más, me atrevería a decir que odioso por cansino, pero, cuando lo ignoramos, parece desaparecer. No ocurre lo mismo, en cambio, cuando intentamos mitigarlo, pues no existe remedio alguno que pueda evitar este instintivo comportamiento animal. Bien, pues creo que algo similar tiene lugar cuando existe alguien plomo a nuestro lado, el típico “coñazo” que, prevaliéndose de tu buena educación, va lentamente adentrándose en la esfera de tu privacidad sin que tú, previamente, lo hayas invitado ni autorizado, en modo alguno. Cuando topamos con un espécimen de este tipo, ya lo he aprendido, es inútil intentar paliar su fastidiosa forma de absorber tu tiempo o tu libertad,  pues cualquier concesión que puedas realizar, en aras de las buenas maneras, es tomada por su parte como una victoria sin paliativos, la conquista de  un nuevo fragmento de ese territorio en el que jamás debería haberse adentrado, razón por la cuál, vengo observando, resulta mucho más útil y efectivo dispensar, como única respuesta, una total y absoluta indiferencia. Así, ante tediosos comportamientos recurrentes: INDOLENCIA, cri-cri, cri-cri…, la única réplica acertada a los numerosos y parece que inagotables intentos de aproximación: IGNORACIA, cri-cri, cri-cri.., es cierto que, como ocurre con esta clase de insectos, podemos llegar a pensar que el desagradable sonido será eterno, pero la clave está en esa abstracción de la que hablaba, el truco es, sin duda, envolverte en esa enorme y nívea capa de algodón que amortigua el chirrido haciéndolo inaudible y permitiendo su percepción sólo cuando, conscientemente, te propones escucharlo.  Pues sería imposible intentar razonar con un insecto, tanto como con seres humanos necios, y lo que no puede combatirse, por cuestiones obvias, es mejor omitirlo, de manera que el reparador descanso de una noche estival que, trae la liviana brisa perfumada con el característico aroma del verano, no se vea alterado por estridentes sonidos suspendidos en él, es más conveniente, según mi personal experiencia, acomodarse a su tolerancia, pues de ese modo se le estará condenando a su inevitable y forzosa desaparición.

Cri-cri…, cri-cri, CRI-CRI…, Cri-cri… cri-cri... Esa letanía pasa así a convertirse en algo que, por habitual, deja de captar nuestra atención hasta que fenece, sumida en los mares grises de la más absoluta indiferencia. Ha sido así desde el principio y así habrá de seguir siendo hasta el final.

“La estupidez insiste siempre”.

(Albert Camus).

martes, 25 de noviembre de 2014

Renè Goscinny, un joven pícaro y el país de los idiotas.



Sigo sin dar crédito al potencial mediático de una criaturilla de veinte años, con gran verborrea y un pobre expediente académico que ha motivado, no obstante, la proliferación de numerosos comunicados oficiales desmintiendo sus palabras por parte de las más altas instituciones del Estado: Vicepresidencia del Gobierno, Casa Real e, incluso, CNI. Es más, no puedo creer que la seguridad nacional se deje en manos de alguien que, con tan escasa edad, aunque vista trajes de chaqueta hechos a medida y corbatas de Hermès y se desplace en coches oficiales de alta gama, no se le conoce oficio ni beneficio, más allá del ‘postureo’ fotográfico con altas personalidades. Lo más grave, sin duda, no es que de vez en cuando salga a escena algún pillo, simpático y golfete, que ponga en más de un apuro a esta clase política, idiotizada y corrupta, para divertimento y disfrute de los españoles que empezamos ya a dispensarle cierta simpatía al caballerete, sino que el mismísimo Centro Nacional de Inteligencia, “cuna” de nuestros más avezados espías, se vea acorralado por un imberbe que, tras ser expulsado de un colegio religioso por su estrepitoso fracaso escolar, ahí anda el hombre, a trancas y barrancas con sus estudios de Derecho y nada menos que en CUNEF. Un ‘niño sabio’ dicen, aún cuando sus propios compañeros lo tachen de ‘zoquete’ que, digo yo, algún motivo deberán tener para realizar semejante afirmación…
El sábado tras esa entrevista a tan pintoresco personaje, seguí tan desconcertada como antes de que se produjera la misma, tan desconocedora de qué es lo que, en realidad, ha pasado con este mequetrefe, porque una de dos: o es una mente brillante o aquí los gobernantes son imbéciles… Y aunque dudo de lo primero y me inclino más por lo segundo, siempre me quedará la duda: ¿qué hay de verdad y qué de mentira en esta rocambolesca historia?.

Recuerdo que, durante mi infancia, eran numerosas las horas de lectura que dedicaba a las ‘aventuras del Pequeño Nicolás’, un niño travieso y simpático nacido de la imaginación de Renè Goscinny que, a pesar de sus denodados esfuerzos por portarse bien, siempre terminaba haciendo alguna trastada que, no obstante, enseñaba una sabia moraleja al joven lector. No pensé jamás que a mis más de cuarenta años iban a volver a encandilarme las andanzas del Pequeño Nicolás, si bien éste Nicolás es otro: Francisco Nicolás Gómez Iglesias, o Fran, que es como gustan de llamarle sus amigos. No habría podido imaginarme, nunca, como un pillastre con cara de bueno y cabello anillado, iba a clavar su glauca y angelical mirada en una cámara de televisión para mandar “mensajitos de aviso” a aquellas autoridades que intentan desvincularse, al parecer ahora, de quien ha venido siendo “el perejil de todas las salsas”, de manera que, según parece, si no estabas en la foto con el Pequeño Nicolás, no existías en política. Al estupor del inicio, causado por lícitos interrogantes sobre cómo alguien tan joven puede tener tanto morro para llegar, incluso, a ‘colarse’ en la recepción del flamante y nuevo Rey de España… o de cómo un mozalbete se pasea, impunemente, en coches de la flota oficial y goza de escolta, acude a la Universidad con un solícito chófer o posee esa lista de contactos de la que alardea, que promete ser aún más larga de lo que insinúa, siguió, poco después, el terror provocado por la esperpéntica situación: ¿será posible que este monigote esté poniendo en jaque al Servicio de Inteligencia del Estado?... Me vino entonces a la mente, salvando evidentemente las distancias, el gran Frank W. Abagnale Jr., que inspirara, en su día, la película de Spielberg “Atrápame si puedes”, pues las similitudes son innegables, y no me refiero – pues de momento no se ha producido en el caso patrio– a la condena que llevó a prisión a Abagnale por los delitos de suplantación de identidad, fraude, falsificación documental, ejercicio ilegal de profesiones, estafa o robo de bancos… ¿Terminará así el polluelo ibérico?...

No sabemos, y dudo que lleguemos a hacerlo algún día, qué encierra la mente de Fran y si realmente se trata de un genio, de un patriota o simplemente de un adolescente con delirios de grandeza y la cara muy dura, a mí personalmente poco me importa, aunque me preocupa ¿es tan fácil, entonces y según nos lo pinta, acceder a esas altas esferas?, en ese caso ¿debemos seguir sintiéndonos protegidos por nuestra Inteligencia?... Pero me resulta aún más inquietante en el supuesto de que, efectivamente, Francisco Nicolás hubiere sido elegido para realizar ciertas tareas, pues ¿realmente tenemos una organización institucional a la altura que los españoles nos merecemos?. A mí me parece una, sinceramente, de pacotilla, en la que los designios del espionaje y la seguridad, la Corona o el Gobierno se depositan en las inexpertas – aunque hábiles y a la vista está - manos de un adolescente que aún no ha sido capaz de aprobar el primer curso de su Licenciatura. Esto es de chiste ¿¡qué digo chiste!? de película de Almodóvar y como siempre, una vez más, España vuelve a estar a la cabeza…  del flagrante ridículo ante la Comunidad Internacional pues ya se sabe que ‘Spain is different’ que aquí ‘el que no corre, vuela…’ y quien ‘no mete la mano en la caja es porque ya la ha sacado’, que lejos de primar a científicos e investigadores, los expulsamos al vil destierro, pero eso sí, ensalzamos a personajes mediáticos que alardean, según  el caso, de su manifiesta incultura o del 'morrazo' que se gastan… Spain is different.

Veamos, si como en mi infancia, también en esta ocasión extraemos una sabia moraleja de las ‘aventuras del Pequeño Nicolás”…

Y dijo Napoleón Bonaparte:

“Siempre habrá pícaros, suficientemente pícaros como para comportarse como personas honradas”.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Caminando entre las sombras de la brisa.





Tengo el convencimiento más profundo de que, conforme van transcurriendo los años, nos vamos transformando en otra persona. Creo sinceramente que las alegrías, las penas, los fiascos y los logros personales nos van esculpiendo, a modo de impronta, tanto nuestro carácter como nuestra alma. A veces son leves rasguños o magulladuras que apenas si nos lastiman, pero nos contrarían, en ocasiones, en cambio, se trata de cicatrices que se han restañado tras un desgarro sufrido, pero cada uno de los episodios que vivimos, estoy segura, nos van transformando en un nuevo ser, distinto del que éramos antes.
Algunos lo llaman experiencia, yo he decidido llamarlo, simplemente, vivir.
Recuerdo cómo, cuando tenía apenas trece o catorce años, la vida se me antojaba un camino largo, el tiempo parecía quedar suspendido, en un lento y tedioso transcurrir que se acentuaba, aún más, durante los largos y cálidos veranos. Hoy, apenas si reparo en la rapidez de los días que se suceden, formando meses y convirtiéndose, después, en años. Mi recorrido vital, por lo general, suele ser agradable y solazado, tengo una vida que podría calificar, sin duda alguna, de plena, y con frecuencia mis jornadas se convierten en placenteros paseos, sintiendo la frescura de una brisa eternamente primaveral, si bien en ocasiones, no lo negaré, me sorprende la caída de la noche y las sombras que la abrigan que, no obstante, siempre culminan con un límpido amanecer en el que, de nuevo, doy inicio a mi caminar, reconfortada por ese liviano céfiro que se despereza a bostezos perfumados bajo la calidez del sol, en lento ascenso hacia el punto zenital de un cielo claro, límpido y azul.

Es tarde. Otro día más que, sin reparar en la hora, mi jornada laboral se ha prolongado en demasía, apago el ordenador mientras flotan en el ambiente las últimas notas de Memphis In June gravitando en la aterciopelada voz de Annie Lennox: Nostalgia. Intento componer cierto orden en mi mesa de trabajo. No suelo irme del Despacho sin dejar los expedientes apilados a un lado, siempre el izquierdo, en el orden exacto en el que, al día siguiente, deben continuar mis tareas. Hago, a continuación, un par de anotaciones en la agenda. Estoy distraída, me siento algo confundida y es cuando me digo, por enésima vez, que ni debe tenerse, jamás, a un “amigo” por Cliente ni permitir, nunca, que los Clientes sean amigos, pues se corre el riesgo de transgredir las líneas de la profesionalidad que definen la prestación de los servicios que constituyen el medio de vida. Suspiro contrariada, casi molesta, pero conmigo misma.

No es ésta la primera vez que pasa,  han sido múltiples las ocasiones anteriores y, me lamento, es evidente que no termino de aprender. Vuelvo a suspirar e intento desechar la idea que ocupa mi cabeza, lejos de producirme el menor beneficio, sólo consigue sumirme en un desalentador sentimiento de desencanto que termina instaurándome en el convencimiento, cierto y profundo, de la más ruin vileza humana.

Echo una última mirada a mi alrededor para asegurarme de que todos los aparatos eléctricos se encuentran apagados y cierro la puerta, introduzco la llave y escucho como lentamente se va deslizando la persiana metálica, el chirriante recorrido culmina con un leve “clack” que indica que el punto ciego de seguridad está en su tope, extraigo la pequeña llave y tomo el camino de regreso a casa. Hace una noche gélida pero despejada, las estrellas parpadean en la velada bóveda que se despliega, silenciosa, sobre mí, así que decido ir por el trayecto más largo. Me vendrá bien un poco de ese aire fresco para despejar la cabeza y serenar el ánimo agitado.

Las luces de neón atraviesan, en estridentes haces, el manto oscuro que hace ya algunas horas se instauró, envolviendo la ciudad. Apenas si hay tráfico e imagino que debe estar dando inicio el ritual del reparador descanso tras las ventanas encendidas jalonando los edificios que flanquean mi solitario paseo. En mi cabeza aún resuena el eco de la personal versión que la propia Lennox nos ofrece de aquella vieja canción de Ray Charles, Georgia… “Other arms reach out to me, other eyes smile tenderly still in peaceful dreams I see the road leads back to you I said Georgia, ooooh, Georgia, no peace I find just an old sweet song keeps Georgia on my mind…” Imagino que cuando alguien compone una canción dice mucho más de lo que pueda parecer, supongo que cuando un músico se expresa, lo hace a través de esas letras y melodías que siempre nos acaban hablando de algo que no será nunca lo mismo que el significado que pueda percibir otra persona, es más, estoy segura de que el autor piensa en otra cosa o tiene un sentimiento distinto al que a nosotros nos pueda suscitar… “other arms reach out to me, other eyes smile tenderly…”

Pienso ahora en aquellos seres que, en las diferentes etapas de mi vida, han aparecido un día, algunos para desaparecer poco después, por fortuna; otro,s para quedarse definitivamente; en las diferentes vivencias, algunas dolorosas, otras edificadoras, las hay nefastas y también divertidas, pero todas, absolutamente todas, enriquecedoras y esto es algo que he descubierto con el paso del tiempo. ¿Qué es el tiempo?. Creemos dominarlo, pero es sólo una falacia, pensamos controlarlo aunque carecemos de ese poder. El indómito, implacable y justiciero tiempo.

Recuerdo los inicios de mi carrera profesional, con poco más de veinte años, la inexperiencia la suplía, entonces, con mucha ilusión, pero finalmente, fue la experiencia la que, precisamente, terminó matando a esa ilusión. Hoy soy una persona mucho más curtida, en todos los aspectos, no ya sólo en el laboral sino, y puede que sea el más importante, también en el personal. Hoy soy ya, definitivamente, otra persona, ni mejor ni peor, otra distinta. Sonrío intentando imaginar cómo habrían sido actualmente algunas de mis reacciones del pasado, basadas en una inocencia, casi siempre mancillada y zaherida por seres nocivos a quienes, lejos de guardarles rencor alguno, les mostraré siempre mi mayor agradecimiento por la más valiosa enseñanza: es preciso conocer a alguien execrable para saber en lo que no quieres llegar a convertirte con el tiempo. El tiempo. Otra vez el tiempo… Me lo imagino como un anciano de luenga barba blanca y ojillos que destilan sabiduría – la que otorga la propia vida -, enmarcados por innumerables surcos dejados al paso de cada uno de los días que han ido transcurriendo indómitos, implacables... justicieros.

Se levanta ahora una brisa nocturna que trae consigo, en remolinos, algunas hojas secas, un hálito que, en las noches de invierno, hace acelerar el paso a los transeúntes solitarios que caminan entre las sombras de la ciudad, me subo las solapas del abrigo para protegerme de ella mientras noto los brazos y piernas entumecidos, imprimo a mis pasos una mayor velocidad. Sólo soy consciente de que he llegado a casa cuando, de modo maquinal, saco la llave y me recibe, tras la puerta que cede suavemente, el cálido abrazo de un aroma familiar: el de mi hogar. Me quito los zapatos, me encanta andar descalza sobre la madera, tibia ya a esas horas por el efecto de la calefacción, y me asalta, entonces, un profundo sentimiento de felicidad, el que sin duda embarga a toda persona que duerme tranquila, por la ausencia de remordimientos, que vive feliz, por la plenitud de su existencia, despreocupada, por el desconocimiento de las envidias ajenas y me pregunto, ya por última vez, qué empuja al ser humano a la más absoluta y miserable de todas las bajezas antes de sentarme, como cada noche, a reflexionar en mi butaca.

Thomas Hobbes  dijo “El hombre es un lobo para el hombre”, supongo que no le faltaba razón, pero por suerte, también el hombre es la mejor medicina para el hombre y no creo estar equivocada en eso…


jueves, 20 de noviembre de 2014

Lo que la vida le enseñó. Genio y figura…



Denostada y admirada en idéntica proporción. Envidiada y querida, así fue esa Grande de España que decidió, un buen día,  ponerse el mundo por montera.
Hoy, 20 de noviembre y tras una – considero – larga agonía, sin duda, otra muestra más de su indomable carácter, pues jamás hizo lo que se le dijo y no iba a ser una excepción esa de someterse sumisamente a la muerte a quien, estoy segura, le habrá hecho más de un corte de manga.
Así que María del Rosario Cayetana Victoria Alfonsa Fitz – James Stuart y Silva, Duquesa de Alba y Berwick y, de haberse conseguido la independencia, Reina de Escocia, por línea sucesoria, como descendiente de la dinastía Estuardo, ha debido decidir que había llegado el momento de marcharse, pues jamás se habría dejado vencer por ninguna imposición, y se ha ido, eligiendo para ello el Palacio de las Dueñas en Sevilla.
Podría Cayetana de Alba suscitar simpatía o aversión, pero lo que es indiscutible es que no dejaba a nadie indiferente, esa especial filosofía de vida, su personal percepción del mundo a mí, personalmente, me sorprendió cuando las descubrí en las líneas de su libro “Lo que la vida me ha enseñado”, en ese momento decidí que aquél pintoresco personaje, excéntrico en ocasiones e incendiario siempre, merecía mi consideración y no precisamente por ser la tataranieta de La Maja, sino por ser, simplemente, ella: una señora de 88 años que hizo hasta el último día lo que le dio su realísima gana de la manera menos ortodoxa, la suya propia, la de la Duquesa.
Descanse en paz.

Siempre he sentido fascinación, creo haberlo apuntado ya en alguna de mis anteriores Reflexiones, por los caracteres fuertes. Siendo numerosos los personajes femeninos que han suscitado mi interés: Hipathia de Alejandría, Isabel de Trastámara, María de Escocia, Ana de Mendoza Princesa de Éboli… o, en la historia más reciente, Irena Sendler, Martha Gellhorn, Margaret Thatcher, así como exponentes del arte en cualquiera de sus manifestaciones: Mary Cassatt, Georgia O’Keeffe, Frida Khalo, María Callas, Karen von Blixen, Leonora Carrington o la mismísima Annie Leibovitz… Si lo pienso, todas tienen en común una marcada personalidad que las hizo adelantarse a su tiempo, imponerse a una sociedad machista, reivindicando su lugar en el mundo, un lugar, el suyo, que les pertenecía por derecho propio y así lo dejaron patente.

Tras leer las memorias de la Grande de España más indómita me sorprendió, en primer lugar, su mentalidad, transgresora y auténtica, y luego la ausencia de tabúes, hablaba de todo con absoluta naturalidad, pero lo que subyacía en esa vida contada en primera persona era, sin duda, el carácter rebelde que la llevó a saltarse a la torera convencionalismos y protocolos, voló libremente desde el principio y así ha debido ser hasta el final.

Recuerdo que, cuando en las páginas de la prensa rosa, veía las instantáneas de una anciana disfrazada de hippy en las playas ibicencas, ataviada con modelitos imposibles en combinaciones coloristas antagónicas, me asaltaba un irreprimible rubor provocado por la vergüenza ajena que, entonces, aquella visión me causaba, llegué, incluso, a pensar que no debía andar muy bien de la cabeza aquella señora para salir a la calle con tan infames pintas… Luego me dí cuenta de que me dominaban los prejuicios, tontos y absurdos, pues siempre la había visto como esa descendiente directa de los Álvarez de Toledo, tataranieta de la musa de Goya y miembro de los Estuardo. Tenía el convencimiento de que una aristócrata, del más rancio abolengo, debía ser alguien políticamente correcto, de refinados gustos y distinguidos modales y me parecía tan ridícula como excéntrica, esa – creía yo – manía suya de mimetizarse con el pueblo llano, llegando a límites que entonces me parecían esperpénticos o chabacanos…

Ahora sé que estaba totalmente equivocada y se hizo necesario conocer su historia, narrada por ella misma, para descubrir un espíritu libre, con un personal sentido de la vida y de los valores que deben aderezarla, de lo que debería ser accesorio y qué lo importante. Fue cuando descubrí a Cayetana. A esa mujer que decía, riéndose para sus adentros, “se han enterado sólo de lo que a mí me ha dado la gana” y no le faltaba razón a esta Grande, no sólo de España.

Hoy Sevilla la llora, llora a su Duquesa y ella, seguro que emocionada y agradecida, se despide para siempre de su ciudad, entre naranjos y rumbas, mientras se aleja llevando consigo en la memoria el color del Guadalquivir y el aroma del azahar.

Vaya Usted con Dios, Duquesa…


“Aquí yace Cayetana, que vivió como sintió”

(Epitafio que la mismísima Cayetana Fitz-James Stuart eligió para su sepultura, según su libro. Nada más acertado, me atrevo a afirmar, pues de admirar resultó su vida, elegida, esculpida, modelada y VIVIDA a su muy personal modo: el que a ella le dio la gana. D.E.P.)

lunes, 17 de noviembre de 2014

Yo no odio Halloween.



Desconozco el motivo de esa aversión que algunos dicen sentir hacia Halloween… total, aquí siempre hemos tenido los huesos de santo, las gachas, las visitas al cementerio que, en esas fechas, se convierte en una feria multicolor y… la omnipresente representación de Don Juan y Doña Inés. No sé por qué hay quien manifiesta un profundo fastidio por el hecho de reírse de la muerte que es lo que, en definitiva, supone Halloween. En la España profunda, ese día huele a castañas asadas, a crisantemos, a canela y a chocolate, en México a pan de muerto y calaveritas dulces, al color amarillo del cempasúchitl y al de las Catrinas – o "calaveras garbanceras" -, en EEUU a “trucos o tratos”, a calabazas siniestras y a risas infantiles. En definitiva, en todos los sitios se hace una fiesta de la muerte, recordando a los que, de los nuestros, ya nos han abandonado. Me pregunto qué más dará, que la forma de celebrar ese día tenga un acento u otro, si es, a la postre, la excusa perfecta para pasar, en familia, un rato de diversión y risas.

Este año he organizado una fiesta para mis sobrinos y… sinceramente, no nos lo pudimos pasar mejor, tengo que reconocer de este modo, que yo no odio Halloween. Es más, me encanta y tengo el presentimiento de que hemos instaurado lo que promete convertirse en una larga – y esperada – tradición familiar.

      Llegué a casa de mi hermana cargada de bolsas y paquetes del material que emplearía en la decoración, las golosinas y los disfraces para aquella fiesta, tras varios mensajes de WhatsApp que, la pequeña Irene, nerviosa y alterada, me había enviado desde el teléfono de su madre urgiéndome a ir, “se va a hacer de noche y tiene que estar todo preparado” o "ven ya", decía. Tan pronto como se abrió la puerta, los niños salieron a mi encuentro, solícitos a ayudarme con la carga. Unos minutos después nos encontrábamos en el sótano en plena labor. Esparcimos sobre la amplia mesa, guirnaldas, naranja y negro, globos, cartulina, tijeras y papel de celo ... y tras un par de horas de frenética actividad, bajo mi supervisión, terminamos de colgar aquellos adornos en el porche de la casa, Laura e Irene me miraban expectantes, había llegado el momento que tanto habían ansiado, así que fuimos a buscar las pinturas faciales. Media hora después, ya estábamos listas para salir por la urbanización a la caza y captura de algún incauto al que asustar que luego nos premiara con algún dulce o caramelo.


      Previamente, ya había advertido de nuestra visita a una colega –y, me gusta decir a modo de coletilla cuando me refiero a ella, “sin embargo buena amiga” -, que nos esperaba, algunas casas calle arriba, con una fuente atestada de dulces que ofreció a aquellos pequeños esqueletitos, en zapatillas deportivas, que aguardaban extendiendo una bolsa en forma de tétrica, pero simpática, calabaza mientras miraban sonrientes a su tía. Deshicimos el camino, saludando a brujas, demonios, momias, monstruos, zombies y otros seres espeluznantes de pequeño tamaño que, indefectiblemente, iban acompañados de otros de mayor estatura, e intercambiando con ellos caramelos, galletas y gominolas. Cuando llegamos, ya nos esperaban mis padres, la sorpresa fue que también ellos se habían puesto algún detalle para mimetizarse con el ambiente: el abuelo llevaba una horrorosa dentadura postiza que daba realmente pavor bajo aquél gorro pirata y la abuela unas gafas de las que salían unos ojos ensangrentados que se movían sujetos por un muelle, aquél atrezzo provocó las divertidas carcajadas de mis sobrinos que rieron divertidos mientras simulaban asustarse para luego, ser ellos los que asustaban a los abuelos que corrían despavoridos por el porche. Tras recibir a un par de grupos de “criaturillas del mal” a las que obsequiamos con el contenido de aquél enorme bol que habíamos preparado colocando esqueletos y arañas sobre los caramelos, nos sentamos a la mesa a cenar, no pudo faltar el postre típico: las gachas dulces, los huesos de santo y los buñuelos.

      Aquella noche en familia, se vio alterada en alguna ocasión, por las continuas llamadas a la puerta que atendíamos, turnándonos para ver quién debía abrir y quién asustar al incauto visitante.


      Cuando los niños se acostaron, cansados pero felices, y nos quedamos ya los mayores disfrutando de la placentera conversación que suele aderezar una tranquila copa, pensé que, con frecuencia y por fortuna, en mi caso, los que allí estábamos, siempre buscamos excusas para pasar más tiempo con la familia, lo de menos era si nos habíamos reunido para celebrar los Santos, la fiesta de los Muertos o Halloween, me pareció llamativo que mi propio padre, tan amante de sus raíces y reticente a todo lo que sea hacer propia una costumbre ajena, hubiera participado tan activamente aquella noche, pero tengo el firme convencimiento de que lo de menos fue el por qué, sino el qué y el qué se reduce a tener una familia como la nuestra, para la que siempre es poco el tiempo que se disfruta en compañía del resto. Desconozco cuál será el recuerdo que, cuando crezcan, puedan llegar a tener de aquél día mis sobrinos, yo, por mi parte, siempre lo guardaré en mi memoria como una noche más, de las muchas en las que he sido feliz en compañía de esos seres que, sin elegirlos, constituyen mi mayor riqueza y orgullo: mi propia FAMILIA.

    Así que no, no odio Halloween, no podría hacerlo, es más, supongo que me he acabado convirtiendo en una de sus mayores defensoras, como símbolo de unidad familiar: la preparación de la fiesta, la diversión en compañía de los más pequeños y obviamente, el conjuro más maravilloso de todos, aquél cuyos ingredientes son: unas gotitas de cariño, un chorrito de risas, un puñado de besos, un par de kilos de abrazos y toneladas de amor que dan como resultado… chispazos de felicidad durante una terrorífica cena en la que esqueletos y piratas, brujas y zombies terminan compartiendo una gran fuente de gachas dulces, huesos de santo y buñuelos, mientras aguardan la visita de otros seres aterradores para invitarlos a caramelos…



      “Es la noche de los espíritus y los muertos vivientes, caminando bajo la luna observarás la imagen de una bruja en la escoba, carcajeándose con una risa estridente… el mundo festeja el momento en que los vivos y los muertos se unen…”


     Como ya ha ocurrido en otras ocasiones, mi Reflexión de Halloween va dedicada a esas personitas que constituyen el corazón de la familia, el futuro de la perpetuidad y creo, que nuestro mayor orgullo... Para mis seis "terroríficos" duendes: Marta, Álvaro, Laura, Irene, Gonzalo y Victoria... Para que algún día seáis vosotros quienes busquen la excusa perfecta para compartir un rato en familia, la vuestra, la mía... la NUESTRA.