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lunes, 5 de enero de 2015

Noche de Reyes o cuando la sombra del camello es alargada.








Recuerdo cómo a la vuelta de la Cabalgata, mis hermanas y yo nos afanábamos con el Kanfort y la esponja autobrillo, para dejar nuestros zapatos, relucientes, bajo el árbol de Navidad. Solíamos cenar a toda prisa e irnos a la cama mucho antes de lo habitual, con el ansioso deseo de que la noche transcurriera rápido, a la espera de saltar de la cama por la mañana y dar inicio a una ruidosa carrera en dirección al salón donde, indefectiblemente, se amontonaban las cajas y golosinas que Sus Majestades habían dejado durante algún momento de la noche con la – obligada – nota que solía encontrar en un sobre a mi nombre, junto a dos trozos de carbón dulce, apercibiéndome de que el año próximo no iban a ser tan benévolos ni generosos si continuaba el rosario de trastadas que había jalonado el año anterior y que yo, por mi parte, como ya se había convertido en costumbre, enseñaba a mis hermanas con una sonrisa triunfal “¿Lo véis?, ¿eh, lo véis?... no pasa nada, al final siempre me dejan los regalos… Por más que me avisen, siempre me los dejan”, ellas miraban atónitas aquél papel firmado con tres coronas y me decían que no siempre iban a ser tan buenos… que cualquier año sólo iban a dejarme carbón y que entonces me iba a arrepentir de no esforzarme durante los 365 días precedentes como ellas, diligentemente, siempre hacían.

Terminé de pasar la gamuza por el zapato Gorila y lo dejé, junto al otro, en el lugar que, bajo el abeto primorosamente adornado, me había asignado mi madre. Allí estaban ya los de mis padres y los de mis tres hermanas, en perfecto orden y deslumbrando tanto como las bolas rojas y doradas que colgaban de las ramas.
Oía a mis hermanas, nerviosas en el baño, cepillándose los dientes, se preparaban para irse a dormir. Habíamos ido a ver la cabalgata y volvimos a casa con los bolsillos repletos de caramelos y el pelo de confeti, la ilusión desbocada y un sospechoso afán de incontenible curiosidad que nos llevaba a conversaciones clandestinas en la oscuridad, bajo las mantas, que eran inopinadamente sofocadas con el carraspeo de mi padre desde el pasillo.

Estaba guardando en el zapatero el kanfort y la esponja cuando mi padre, que, en aquél momento, salía de la cocina, me dijo:

- “Deberías irte a la cama… y asegúrate, antes, de que dejas el cubo con agua para los camellos. Tus hermanas ya han puesto el roscón y tres copas para Sus Majestades. Venga no te entretengas, ya sabes que si te pillan levantada…”

-  “Sí, sí, sí… pasarán de largo sin dejarme nada, ¿no?...” – terminé con sorna la frase, pues a pesar de los continuos apercibimientos anteriores, los Reyes siempre accedían a mis peticiones. No obstante, en el Colegio había oído ciertos rumores cuya certeza o no, había tomado la determinación, iba a comprobar aquella misma noche… Me hice la remolona, fingiendo que me aseguraba de que aquellos pobres camellos, cansados como estarían, sin duda, tras una jornada tan atareada, encontrarían agua suficiente con la que aplacar su sed. Tranquilamente me dirigí a mi habitación, pero tal y como tenía previsto, me pasé antes por la habitación de mis padres, del cajón extraje la cámara polaroid de mi padre y la escondí bajo la almohada, tras sacar el pijama. Fingí, con aparente normalidad, que me iba a la cama, por lo que tras lavarme los dientes, desear las buenas noches y apagar la luz de la mesilla, me acosté.

El tiempo parecía pasar muy despacio, aún oía a mis padres hablar en la sala de estar, intenté serenar mi ánimo imaginando cómo sería llegar al Colegio con una foto de los Reyes Magos dejando los regalos… era arriesgado, lo sabía, siempre habían dicho que si te veían despierta no te dejaban nada, pero a mí no me verían, tenía preparado un estupendo escondite: fue durante el tiempo en que me había quedado sola, terminando de sacarle brillo a mis zapatos, que ya refulgían, algo para lo que conscientemente había empleado más tiempo del necesario, salí despavorida hacia el otro extremo del salón, moví el sillón aproximándolo al mueble estantería de modo que quedaba un hueco en el que me resultaría fácil camuflarme sobre los cojines que ya había dispuesto para mi mayor comodidad junto con una gran parte de las chucherías que había recolectado en la cabalgata aquella tarde, pues la noche, me barruntaba, iba a ser larga.

Paulatinamente los sonidos de la casa fueron enmudeciendo, hasta quedar sumida en el más absoluto silencio. Me levanté sigilosamente y abrí la puerta, de puntillas me acerqué a la habitación de mis padres, apliqué el oído a la madera, a través de la cuál pude percibir la respiración sosegada y, casi casi, acompasada de los dos. Me dí  la vuelta y entré de nuevo para coger la cámara de fotos y la linterna que guardaba en el cajón de los calcetines para las ocasiones en las que mi madre apagaba la luz y yo seguía leyendo bajo el mullido y cálido edredón.

Unos minutos después me encontraba, cómodamente, en el hueco que había preparado, dispuesta a capturar la instantánea que me haría laureada merecedora, sin duda, de las envidias – sanas y malsanas – de todas las niñas de la clase de 2º A. Había llegado el momento cumbre de mi existencia: probar que podía verse a los Reyes Magos y que, aún así, te dejaban tus juguetes siempre que ellos no te vieran a tí, claro, eso era evidente. Tendría que ser más lista que ellos…

… (…) …

Las voces cantarinas de mis hermanas y sus risas nerviosas, al rasgar el papel en el que venían envueltos los regalos, me despertaron… Abrí un ojo y luego el otro, parpadeé varias veces y fui consciente, entonces, de que me había quedado dormida esperando la visita nocturna. Tenía las piernas entumecidas y la cámara sobre el regazo, en algún momento debí apretar el disparador porque había algunas polaroids a las que ni presté atención en aquél instante. Salí y me dirigí hacia donde mis hermanas continuaban abriendo paquetes con gran alboroto, bajo la atenta mirada de mi madre que sostenía en brazos, sonriente, a la más pequeña, aún un bebé, y mi padre inmortalizaba para nuestros anales de la historia familiar tan festivo episodio.

Para mi sorpresa y estupor constaté que no había nada junto a mis zapatos Gorilas, pulcramente abrillantados, más allá de dos grandes trozos de carbón, ninguna carta o nota explicativa… Nada más que dos tristes trozos de carbón. Atónita miré a mi madre.

-          “¿Qué pasa?... ¿no te han dejado nada…?. Vaya, debe ser porque, sin duda, debieron verte anoche, ahí escondida cuando debías estar en la cama…”
-          “Pero… pero… mamá… Todos los años me dejan el carbón y además mis juguetes…”
-          “Pero todos los años te han venido avisando – intervino mi padre sin dejar de mirar  por el objetivo de la cámara Super8 – y creo que éste has debido sobrepasar ya todos los límites… ¿a quién se le ocurre esconderse para intentar fotografiar a los Reyes mientras hacen su trabajo…?.

Lo que más me fastidió fueron las caras de suficiencia de mis hermanas, parecían mirarme con cierta conmiseración, es cierto, pero podía oir el toniquete de “si es que...ya te lo había dicho yo…” mientras sostenían en sus brazos la rebosante materialización de sus respectivas cartas. Suspiré resignada pensando que había desperdiciado la oportunidad de tener, al fín, el tan ansiado Halcón Milenario, mientras intentaba calcular los meses que aún faltaban hasta mi cumpleaños, la voz de mi padre interrumpió mis pensamientos:

-          “Anda, ve a ponerte las zapatillas… te vas a enfriar…”.

Miré mis pies, cubiertos sólo con los calcetines de Spiderman que usaba para dormir, había decidido prescindir de todo elemento que pudiera emitir el menor sonido delator cuando la noche anterior había dado inicio, a hurtadillas, tan infructuosa aventura. Me dirigí a mi cuarto, más por sufrida inercia que por un repentino impulso de obediencia, cuando abrí la puerta me quedé petrificada bajo el dintel… A los pies de mi cama, se amontonaban múltiples cajas envueltas en papel de colores y sobre todas ellas, refulgiendo desde su privilegiada posición, estaba la soñada y anhelada nave espacial, junto a las reproducciones de Han Solo y del peludo Chewbacca. Tras ese primer momento de desconcierto me embargó una profunda euforia que me hizo bailar, frenéticamente, al ritmo de una inaudible samba.

He visto muchas veces, después, aquella vieja filmación y siempre consigue sacarme la mayor de las sonrisas al verme a mí misma, con siete años bailando en pijama y calcetines de Spiderman alrededor de una cama atestada de cajas mientras el Halcón Milenario sobrevolaba pilotado por Han Solo. Conservo, también, dos recuerdos más de aquella Noche de Reyes: una misiva que, junto con las advertencias habituales sobre el comportamiento que debía observar en lo sucesivo, terminaba con un sabio consejo: “No olvides nunca que la curiosidad mató al gato… SSMM Los Reyes Magos de Oriente” y algunas instantáneas veladas, en una de ellas aparecen unas extrañas formas que, no sin cierta dosis de imaginación,  podrían recordar las siluetas de unos camellos, si bien distorsionadas y algo más alargadas…

Y ahora, amigos lectores, aunque es cierto que me gustaría seguir compartiendo estos recuerdos infantiles con vosotros, tengo una ineludible tarea pendiente que no puedo desatender: bajo mi árbol hay un sitio, aguardando a un par de zapatos relucientes que habré de dejar antes de irme a la cama, pues hace tiempo que desistí de aquella idea de sorprender a los Magos de Oriente durante la Noche de Reyes…

¡Feliz Noche de Reyes! y... no olvidéis que "la curiosidad mató al gato..."



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