Seguir este Blog

viernes, 30 de enero de 2015

El Abogado indigno o la mala conciencia.


Ya he hablado en anteriores ocasiones de lo que conlleva esta profesión mía, narrando experiencias positivas y negativas, que de todas ha habido, a lo largo de estos años de carrera. Ayer, precisamente ayer, obtuve lo que no puede calificarse sino como de una “apabullante e incontestable victoria moral”, el triunfo de la decencia y la dignidad sobre la aplastante vileza de aquél que se llama Abogado, cuando no deja de ser un simple sicario, pues no merece calificativo distinto, el estúpido que se opone a la lícita reclamación de Honorarios de un Compañero. Un sayón, deslucido y cínico, que se vende por unas monedas, prestándose al deleznable juego del “todo vale”, considerándose por encima del bien, del mal y del resto de la Humanidad. Hoy, a pesar de esa victoria, un nuevo nombre engrosa la lista de “persona non grata” a las que, lejos de atacar, veré, no obstante algún día, arrastrarse entre el lodo, pues así ha venido siendo hasta el momento, sin sentir pena alguna, más allá del asco provocado por la basca que ascienda, entonces, desde la boca del estómago, motivada por el hedor que desprende el despojo humano que, como Judas, vendió su decencia por un puñado de monedas, olvidándose de la máxima “los Clientes, pasan… los Compañeros, quedan…”.

No soporto la prepotencia, la falta de formas ni, mucho menos aún, las exigencias, no lo he hecho nunca. Así que, tras el colgar el teléfono, me cuestioné – como suele ser habitual en mí – si realmente merecía la pena asumir la defensa de los intereses de un cretino integral que era tal y como habían definido sus propias palabras al “Sr.” J.S.M., la decisión apenas me llevó un par de segundos, los justos para dejar el teléfono en el soporte. Calculé los honorarios devengados hasta la fecha y le dirigí una comunicación instándolo a la recogida de la documentación que me había hecho entrega a la encomienda del asunto, así como a la preceptiva liquidación de lo que me adeudaba. Un absoluto mutismo se extendió durante más de un mes, reserva que sólo podía tener una única lectura, así que, como de lo que se trataba era de una cuestión de dignificar el trabajo realizado y el tiempo perdido con semejante patán, redacté la reclamación judicial, adjuntando, obviamente, la documentación original “en prueba de mi efectiva intervención profesional”, por unos honorarios devengados y no satisfechos.

Unos días después se me notificó su admisión a trámite, había resultado turnada a un Juzgado en el que, afortunadamente, su titular se caracteriza no sólo por un apabullante sentido común, rasgo evidente de certera inteligencia, sino además, por su gran practicidad. Sería cuestión de tiempo, pero tuve la certeza de que no sólo cobraría mi trabajo, sino que se dignificaría mi labor profesional. Para mi estupor, a la semana siguiente, recibí la llamada de quien, se dice, aún hoy, cínicamente entiendo, Compañero, intentando condescendientemente “llegar a un acuerdo aunque tenía instrucciones de oponerse a la reclamación”, “claro que es posible el acuerdo, estimado Compañero – solté una bocanada de humo del cigarrillo a modo de pausa - pagando íntegramente lo que se me debe”“Bueno pues lo consulto con mi Cliente y te llamo de nuevo con lo que sea…”. He de reconocer que esa llamada no tuvo lugar jamás, por el contrario, un escrito oponiéndose a la reclamación fue lo que recibí, tras haber visto como ese “compañero abogado” se escondía de mí, ridículamente, cuando nos cruzábamos por la calle. Sonreí en mi fuero interno, pues si bien es cierto que, estatutariamente, no puede retenérsele la documentación a nadie como medio de presión para forzar el pago, yo había tenido la prevención de adjuntar, a la reclamación, la totalidad de la que se me había facilitado. Si el moroso tenía prisa por interponer el procedimiento que yo había declinado asumir, iba, necesariamente, a pagar su deuda, pues mezquino y ridículo como ya quedaba acreditado que era, no iba a desembolsar ni un solo euro en solicitar la expedición, respecto de Notarías y Colegios Técnicos, de documentos originales que, en prueba de la realización de mi trabajo, estaban ya en el Juzgado. Paladeé una vez más la venganza pasiva, que es la más eficaz, al no precisar de acto alguno por mi parte, dejándome un gusto dulce en el paladar y una profunda tranquilidad en la conciencia, mientras apuntaba en mi agenda el señalamiento para celebrar el juicio oral, a más de cinco meses vista. Sería una lenta y tediosa agonía el castigo impuesto a aquél miserable – me barruntaba yo -, un juego de desgaste psicológico en el que vencería quien no desistiera: yo quería cobrar mi trabajo, la otra parte, quería su documentación, ¿quién cedería primero?, estaba claro que yo no.

El día anterior a la cita judicial, un Compañero y sin embargo gran amigo mío, vino a mi Despacho pues sería él quien defendiera mis intereses (mi DIGNIDAD PROFESIONAL) en el estrado, ya se sabe que “el Abogado que se tiene a sí mismo por Cliente, tiene un tonto por Cliente”, de manera que renuncié, en aras de la objetividad, a mi defensa, encomendándosela a él. Le vaticiné, aquella tarde, lo que probablemente ocurriría…

Y se cumplió.

Al día siguiente, mi amigo, entre risas, al otro lado del teléfono, me reproducía el episodio mientras, una vez más, yo, por mi parte, me regodeaba en el triunfo. Los acontecimientos se desarrollaron exacta y fielmente a cómo yo los había previsto: el reclamado no se presentó, pero sí su flamante abogado (el sicario) y haciendo gala de su más falsa y artera simpatía propuso a mi amigo llegar a un acuerdo “Quítame aunque sea 20 euros y me allano”, la respuesta fue la que, en prevención de ello, ya le había indicado al bueno de este compañero: “No es una cuestión de dinero, sino de dignificar el trabajo de Carmen, así que, llegados a este punto, será la Juez quien determine si se debe o no y cuánto es lo que se debe por tu Cliente”, me contó que apenas había terminado de hablar, cuando la respuesta fue “¿Sabes lo que te digo?, ¡que me allano de todos modos!. Que sí, que debe la cantidad que se reclama y que la va a pagar, pero por favor… No te opongas a que nos entreguen, ahora mismo, la documentación para poder poner el otro procedimiento cuanto antes…”

A ver sicario: si reconoces que estoy reclamando el importe de mi trabajo, ¿por qué te opusiste en su momento alegando que no era así?. Continúo, sayón: ¿alguien que se niega a pagar a su abogado anterior, crees que va a pagarte a ti?, pero voy más allá, necio: ¿qué clase de ética tienes para hacer un juicio frente a un Compañero que reclama el fruto de su labor que ya no sólo consiste en el estudio del asunto sino en el, incuantificable, esfuerzo de soportar a semejante besugo?... Eres un estúpido: te vendes por las migajas que yo, previamente y dada la catadura moral del cliente, he desechado, pues sigo teniendo la absoluta facultad de elegir los asuntos y los clientes, me pregunto si la ostentas tú. Al parecer, NO.

Me contó, finalmente, mi amigo que cuando entraron a la sala de vistas, únicamente con el objeto de poner en conocimiento del Juzgado que se había llegado al “acuerdo” del allanamiento del moroso; el sicario, ruborizado y tartamudeando, intentaba explicarle a la Juez – “excusatio non petita accusatio manifesta” - que “Bueno… fíjese Vd. Señoría, ¿yo qué le voy a cobrar al Cliente por oponerme a esto?, pero… claro, como me ha encomendado el otro asunto también… pues…” PUES TIENES QUE QUEDAR COMO LO QUE ERES, concluyo yo ahora su absurdo discurso, tú, carroñero, como un mal compañero y peor persona, yo, simplemente, como alguien que tras hacer su labor, exige el pago de lo que le es debido. A tu “cliente” le urgía la documentación, yo, en cambio, lo que menos tenía era prisa en que se me reconociera mi gestión, pues sé lo que hago, cómo y por qué, así que a mayor tiempo transcurrido, mayor victoria conseguida. ¿Qué has conseguido tú?.

Hoy, con un gin tonic delante, escribo esta Reflexión, brindando por la mezquindad de un cliente que hizo aún más ruin a su abogado el sicario, aquél, el de la mala conciencia…

“Grave es el peso de la propia conciencia…”

(Marco Tulio Cicerón)

3 comentarios:

  1. Muy bueno. Ademas me alegro de tu victoria. Será que te lo mereces por ser como eres. Clara como el agua.

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias por tu comentario y por seguir, claro, mi Blog.

    ResponderEliminar
  3. Muchas gracias por tu comentario y por seguir, claro, mi Blog.

    ResponderEliminar

Gracias por tu participación en este Blog, recuerda que tu comentario será visible una vez sea validado.