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jueves, 25 de julio de 2013

Iacobus Lacrymis.


Jamás pudo haber un Día del Apóstol más triste que el de hoy. Nunca pensé, tampoco, que una tragedia como ésta iba a devolverme el orgullo de sentirme española. Este país nuestro es un país de contrastes: a veces las personas son lo peor y, en cambio otras, simplemente lo mejor. Hoy, Galicia llora, hoy, España se desangra con su dolor. Hoy, todos los españoles somos gallegos, todos íbamos en ese tren, todos somos padres, hijos, hermanos y amigos.

El Destino, siempre caprichoso, puede ser cruel. Es él quien decide, tras repartir las cartas a su antojo, cuando se acaba la partida para cada uno de nosotros. Vísperas de la Festividad del Apóstol Santiago, vísperas del Día Grande de Galicia: el manto lóbrego de la muerte apaga los fuegos de artificio en la Plaza del Obradoiro, el lamento desgarrador de las almas rotas ahoga la Muñeira.

Las gaitas lloran su saudade.

Hoy, los tristes a los que ya cantara nuestra Gallega inmortal, cobran un abyecto sentido, aquellos seres predestinados al dolor y al sufrimiento desde su nacimiento, se nos dibujan ahora como sombras cubiertas junto a una fría vía de tren. Es una Estación sin vida, inerte, a la espera. El azar adverso que les quiso privar de cualquier alegría y que les persiguió hasta darles caza, cayó sobre ellos ayer, a las ocho y media de una tarde de verano teñida de desgracia.

Sangrienta puesta de sol en el Finis Terrae.

¿Será, también en esta ocasión, Pelayo el eremita, quien observe los resplandores de setenta y ocho almas?, ¿acaso él, quien escuche sus cantos en este “Campus Stellae”?. Ellos ya han alcanzado el final del Camino, ahora, como buenos Peregrinos, sólo resta el abrazo al Patrón, mientras el Botafumeiro perfuma su entrada y una alfombra de pétalos les conduce hasta él. Les llevaba esperando desde toda la eternidad.

Descansen en paz junto al pecho de Iacobus, el Apóstol ausente en vísperas de su Día Grande.



“…Cayó por fin en la espumosa y turbia
recia corriente, y descendió al abismo
para no subir más a la serena
y tersa superficie. En lo más íntimo
del noble corazón ya lastimado,
resonó el golpe doloroso y frío
que ahogando la esperanza
hace abatir los ánimos altivos,
y plegando las alas torvo y mudo,
en densa niebla se envolvió su espíritu.

Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,
¿qué entendéis de sus ansias malogradas?
Vosotros, que gozasteis y sufristeis,
¿qué comprendéis de sus eternas lágrimas?
Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos
son como niebla que disipa el alba,
¡qué sabéis del que lleva de los suyos
la eterna pesadumbre sobre el alma!”.

(Del poema “Los Tristes”, Rosalía de Castro).





jueves, 18 de julio de 2013

De las vértebras invertebradas de la idiotez supina.



Un decrépito torero “en porretas” en la portada de una publicación, un político ex tesorero, apodado “El Cabrón”, haciendo temblar los cimientos de un Estado de Derecho y dejando en evidencia al Gobierno (aún no está claro si “corrupto o no” pues siguen sin decir “esta boca es mía, que no los dineros”) y provocando continuos guiños nerviosos a su Presidente… Un Jefe de Oposición de más que dudosa autoridad moral, amenazando con una Moción de Censura, por considerar “intolerable” lo que calla, cuando corresponde a su Partido en Andalucía, a cuenta de los “Fondos de Reptiles”, una nueva Presidenta de la Junta, sin estudios universitarios ni ocupación laboral conocida fuera de la Organización en la que milita, la Corona Española de paseo por Marruecos cuando no se está matando en los Juzgados, un índice de desempleo y un riesgo de pobreza en un elevado porcentaje de la población que ya ni nos alarma ni nos preocupa, dada la generalizada resignación… Así va España…

“España limita al norte con el Mar Cantábrico y los Montes Pirineos que nos separan de Fraaaaaaaaaaaaancia…”, es el primer recuerdo que tengo de aquella clase de primaria en la que, desde el encerado – como lo llamaba aquella entrañable Maestra – colgaba un mapa de la Península, envuelto en el olor de colonia infantil, tiza y pinturas “de dedo”, donde un puñado de tiernos infantes nos iniciábamos en la instrucción académica.

Hoy quedan ya muy lejos esas lecciones “cantadas” de geografía, me parece a mí que pronto dejaremos de tener un Estado al que cantar, para tener una selva en la que, sálvese el que pueda, matar será el instinto primario más efectivo, por necesario, para sobrevivir. Hoy esos cantos infantiles, ya se han sofocado por el lamento generalizado de una población que, a duras penas, subsiste, sufriendo los continuos sobresaltos de la corrupción y la hedionda podredumbre que, ya se ha visto, no conoce de estirpes ni de ideologías.

Cuando repaso mentalmente aquellas clases de Historia de España a lo largo de mi educación, básica primero y luego media, el recorrido desde los iberos y los fenicios hasta los Borbones, pasando necesariamente por los Trastámara y los Austrias, el descubrimiento del Nuevo Mundo y la conquista de lo que terminó siendo uno de los mayores imperios, me pregunto qué pensaría de esta situación la Santa Isabel – que tuvo que empeñar sus propias joyas para que luego el Almirante descubriera aquél continente que llegamos a poseer – si pudiera ver en lo que hemos convertido este Reino… Me pregunto con frecuencia, también, qué diría Felipe II… Si tenemos aquí a toda una horda de “Antonios Pérez” que encarnan a la perfección el más siniestro concepto de “Leyenda Negra” por sus intrigas, sus fechorías, sus traiciones y sus expolios…

Tengo que reconocer que crecí y fui formada dentro del más profundo orgullo de sentirme española, me inculcaron unos valores que, hoy, lejos de estar en boga no son “sino las formas trasnochadas que no te llevan a ningún sitio”, ¿para qué esforzarte?... “total, puedes dedicarte a la política y ganar dinero” – en algunos casos –  o dedicarte – como otra opción valorable -, al postureo en TV y que te paguen por hacer alarde de un analfabetismo obsceno que, permítanme, resta dignidad al ser humano que lo porta con el orgullo de saberse “famoso”, ¿para qué adquirir unos conocimientos que te lleven a tener una mente analítica y crítica que, en definitiva, te convierta en alguien capaz de pensar?... “si ya se sabe que todos son iguales ¿no?, pero a alguien habrá que votar…” ¿Tiene alguna utilidad ser consciente de que tenemos la obligación, si no legal, sí moral, de ayudar a aquél que se encuentre en una posición menos favorecida que la nuestra?, “si hombre y… ¿a mí qué?, que se busquen la vida…”

En fin, que nos hemos convertido en una panda de maleantes y holgazanes, conformistas y oligofrénicos que, o bien somos muy tontos, o bien muy sinvergüenzas… Porque hay que ser muy estúpido, o tan canalla como el que lo está haciendo para permanecer en semejante estado de aletargamiento, pero así es España, “Spain is different”, aquí se roba, se miente y no pasa nada…

Aquí hay gente pasándolas putas, pero… mientras no me toque a mí… Si es que somos así: siempre nos ha gustado vivir a cuenta de los estipendios y limosnas de Europa, total… Es que hace tan buen tiempo que nos encanta pasarlo en la calle, de terracita en terracita, caña va y caña viene, que eso no puede faltar y luego si no hay para las facturas… pues “Dios proveerá” que a religiosos y capillitas tampoco nos gana nadie y nos tiramos a la calle en Semana Santa y lloramos de emoción al ver a los Santos salir de sus templos, sobre todo cuando suena el Himno Nacional.

Porque ¿qué pasa del orgullo patrio?... pues ahí lo tenemos, que juega la Selección y si no, pues plantamos a viejas glorias de la tauromaquia en plena portada con la “pirulilla” al aire que puestos a presumir, presumimos hasta de ignorancia y de ridículo que a eso, como en fútbol... tampoco nos gana nadie.

 
“En vez de renovar periódicamente el tesoro de ideas vitales, de modos de coexistencia, de empresas unitivas, el Poder público ha ido triturando la convivencia española y ha usado de su fuerza nacional casi exclusivamente para fines privados. ¿Es extraño que, al cabo del tiempo, la mayor parte de los españoles, y desde luego la mejor, se pregunte: para qué vivimos juntos?. Porque vivir es algo que se hace hacia adelante, es una actividad que va de este segundo al inmediato futuro. No basta, pues, para vivir la resonancia del pasado, y mucho menos para convivir. Por eso decía Renan que una nación es un plebiscito cotidiano. En el secreto inefable de los corazones se hace todos los días un fatal sufragio que decide si una nación puede de verdad seguir siéndolo. ¿Qué nos invita el Poder público a hacer mañana en entusiasta colaboración?. Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder público que los españoles existamos no más que para que él se dé el gusto de existir. Como el pretexto es excesivamente menguado España se va deshaciendo, deshaciendo... Hoy ya es, más bien que un pueblo, la polvareda que queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran pueblo...”.

(De “La España Invertebrada” de Ortega y Gasset, para mí, un visionario).

martes, 16 de julio de 2013

En el Valle de Arauca...





Andalucía, tierra de sol y siesta. De cañas y alegría. Andalucía… el Valle de Arauca de un cacique llamado JUNTA, donde los ERE falsos, convertidos en el expolio más impune, mantenían subyugados a miles de los moradores que allí habitaban, sufriendo el escarnio de tan poderoso truhán. Un paraíso que dejó de serlo por el castigo cruento de los corruptos gobernantes, dueños y señores de las tierras y de su producto, administrando el bien común como mejor les venía en gana porque ya lo había dicho el Sabio Oráculo que los iluminaba: “Los dineros públicos, NO SON DE NADIE”…

Y así comienza la historia de una conquista, emprendida en solitario por una heroína: Mercedes Carmen Alaya Rodríguez, la implacable Alaya, que dio ejecución civil a los malvados caciques, libertando así a los sometidos contribuyentes de la pesada carga de “mantener el cortijillo de los bellaconazos” que, hasta entonces, hacían y deshacían con los caudales de los araucanos según su arbitrario y provechoso entender.



Hubo una vez un fértil valle, donde el agua brotaba cristalina y las ramas de los árboles frutales cedían, hasta casi partirse, por el peso de sus abundantes y dulces frutos. Gozaba de un clima envidiable que invitaba a la continua holganza y festivo asueto, bajo un cielo intensamente azul. Se encontraba poblado por diversas tribus que, lejos de entrar en guerra, mantenían su apacibles vidas ajenas entre sí, tal era la abundancia de caudales y riquezas que parecía que éstas jamás se acabarían y su disfrute era desmedido, sin encontrar más mesura en su uso, ni mayor limitación que la rivalidad en su alegre consumo.

Había en él un sangriento Reyezuelo llamado “Junta de Andalucía” que campaba a sus anchas sin encontrar sometimiento alguno a mayor derecho ni elevada justicia que no fueran los que él había impuesto de su atenazadora mano y ante los que permanecía impune, inaplicando sus normas cuando le convenía y aplicándolas, despiadadamente, sobre sus indefensos súbditos. Este Reyezuelo cacique tenía dos Edecanes de los muy principales: uno llamado Diego Valderas y otro, José Antonio Griñán.

Diego, apodado “el coherente” por llevar a cabo el principio ideológico de “lo mío, es mío y lo tuyo, de todos”, Edecán del cacique Supremo por la gracia del proletariado y máximo impulsor de la polémica “Ley antidesahucios contra los Bancos” que se había aprobado por el Consejo de la Tribu en tiempo reciente, decidió que no estaba dispuesto a pagarle a su vecino el importe que le restaba a éste por devolver del préstamo que había solicitado para adquirir su vivienda, concluir así el pago y no deberle nada al usurero prestamista, saldando la totalidad de la deuda con esta posible venta, tras haber perdido su trabajo. El Edecán optó por no hacer nada y permanecer impasible ante la desgracia de un “compañero camarada” que era arrojado de su choza, junto a su familia, quedando, de igual modo, endeudado ya de por vida. Con ello, consiguió eludir el abono de 18.000’00 “maravedíes” pagando un precio de subasta y consintiendo – y propiciando el muy canalla - la desgracia de “su igual”.

El otro Edecán, Griñán “el honesto”, en connivencia con una tal Magdalena Álvarez, sagaz y afamada, por portentosa, “curandera de la faltriquera propia” – como bien demuestran los anales de la Historia -, tuvieron a bien falsear en 124 millones de “maravedíes”, el fondo para unos ERE que se descubrieron luego falsos, haciéndolo, además, fuera del Presupuesto aprobado por todos los Sabios del Consejo… Y quien no recordará, en los siglos venideros, la proeza de esa “gran cabeza” pensante, llamada Manuel Chaves quien, pasándose por el sacrosanto y beatífico arco del triunfo la “Ley de Incompatibilidades”, aprobó una “ayudita” de 10 millones de “maravedíes” destinada a una empresa, MATSA, de la que su brillante vástaga y heredera, por natural derecho, era apoderada…

Y así se iban fraguando los “Fondos de Reptiles” y otros vertederos de la más vergonzosa y vergonzante ponzoña, todos éstos robaban, todos éstos expoliaban y todos éstos, disponían de las riquezas naturales a sus muy impunes apetencias, hasta que de repente un día, desembarcó en aquél Valle (de Lágrimas), en compañía de oscuros nubarrones y una violenta lluvia de frío granizo, una mujer blanca como la leche, de gesto hierático y larga melena negra a juego con su atuendo, para conquistar aquél reino y someterlo a la verdadera JUSTICIA: la Libertadora Jueza Alaya – que bien podría adoptar el sobrenombre de “Alonso de Ercilla” y dio cruenta muerte a los caciques mapuches que allí moraban – que no eran ni Lautaro ni Caupolicán – y otro gallo nos cantó y las hordas de indígenas sometidos a tan despótico gobierno la aplaudían y vitoreaban, mientras le impetraban seguir poniendo orden en otras regiones cercanas donde otros caciques similares a los ajusticiados, chantajeaban a un Gobierno corrupto, intentando manipular al Poder Judicial y dejando en clara evidencia una máxima: “el poder corrompe lo que a la Justicia no se esconde” y con el firme trazo de su pluma, Alaya dio inicio a la redacción de su muy personal "Araucana".


“¿Todo iba a ser batallas y asperezas,
discordia, sangre, fuego, enemistades,
odios, rencores, señas y bravezas,
desatinos, furor, temeridades,
rabias, iras, venganzas y fierezas,
muertes, destrozos, riñas, crueldades;
que al mismo Marte ya pondría hastío,
agotando un caudal mayor que el mío?”.

(De “La Araucana”, Alonso de Ercilla).

lunes, 8 de julio de 2013

Un reguero de tinta negra.



Cuando me siento a escribir mis reflexiones no lo suelo hacer delante del ordenador, sino en mi cuaderno de notas. Una libreta Moleskine, color verde, tamaño A5 que suelo llevar en el bolso como otro más de mis artículos indispensables. Me gusta escribir a mano, tomar breves apuntes que luego se convierten en un relato, una reflexión o simplemente quedan ahí, plasmados, aguardando el momento idóneo para ser desarrollados.
Utilizo la pluma, siempre tinta negra, supongo que me resulta más fácil dejar deslizar el plumín que, sospecho, se ha acostumbrado al trazo de mi letra hasta el punto, en ocasiones, de no saber qué es primero: la escritura o el pensamiento, a veces creo que esa pluma me conoce tan bien que yo sólo me limito a sujetarla mientras da comienzo su danza… La danza que plasma mis pensamientos sobre un reguero de tinta negra. Sólo al redescubrirlos pienso “si no me habré quedado aquí durmiendo, mientras han aparecido esas visiones y ésta débil y humilde ficción sólo tiene la inconsciencia de un sueño”.


Es una noche de primeros de julio, calurosa y seca. De aire estancado y pesado que parece detener el transcurso natural de la sosegada vida nocturna. Me encuentro en el patio de mi casa, iluminada, tan sólo, por esa gran vela de jardín que desprende el envolvente aroma del jazmín en flor. Sobre mi cabeza se recorta un rectángulo oscuro jalonado de estrellas silenciosas, me hacen ser consciente de la hora tardía y de la proximidad del nuevo amanecer.

Curiosamente me siento despejada, a pesar del calor, no sufro el castigo del cansancio adormecedor que muerde, implacable, la vigilia involuntaria. Cojo distraídamente el cuaderno de notas que dejé sobre la mesa hace algún rato y lo hojeo. Sonrío: 2 de agosto de 2.011, parece tan lejana ahora esa fecha, releo la Reflexión, si bien saltándome algunos párrafos pues podría recitarla de memoria… Vuelvo a sonreír y paso, aleatoriamente, las páginas hasta que me detengo en otra, ésta datada a principios de enero de este año y publicada en el Blog el día 24, cuando mentalmente repaso la polémica suscitada a raíz de ciertos comentarios no puedo evitar pensar nuevamente, una vez más, en la mezquindad del ser humano, en su cobardía, en la hipocresía, el patetismo y la malicia, condecoraciones luctuosas que adornan a personas que han pasado por nuestra vida y que una vez expulsadas de ella, se pierden en la nebulosa del olvido, en el mar gris de la más fría indiferencia mientras sientes el placentero sentimiento del alivio ansiado y, por ello, disfrutado con mayor deleite.

Me abstraigo en las páginas escritas en este Cuaderno de Bitácora, son un recorrido por mi vida, una radiografía de mi estado de ánimo, de la opinión que me ha suscitado la realidad vivida, de recuerdos y experiencias que alguien, no hace mucho, me alentó a compartir en un Blog. Si lo pienso bien, la única diferencia es que ahora esos pensamientos tan íntimos los comparto, pero aún así, no tengo la sensación de perder mi intimidad. De hecho, no la he tenido jamás, ni siquiera con el primer comentario a la publicación con la que abrí este espacio… Me pierdo en el recuerdo de todas esas participaciones, la gran mayoría exhortándome a seguir escribiendo y dándome las gracias, aún hoy sigo sin saber por qué. La publicación del Cuento de mi sobrina Marta del que digo, con sincero orgullo, es una de las entradas más visitadas. El relato dedicado a una amiga que expresamente así me lo pidió, mis ficticias conversaciones con Capote o con los personajes nacidos del intelecto de Virginia Woolf, mis mordaces críticas al panorama económico y político, mis viajes o recuerdos de infancia, en definitiva, lo que ha venido pasando por mi mente, plasmado en un largo reguero de tinta negra… Perpetuo y cierto testigo de mi camino.

El calor empieza a ser sofocante, no consigo atenuarlo con ese enorme vaso de agua helada en el que comienza a derretirse el hielo, adoptando caprichosas formas efímeras que apenas si duran un momento, antes de transformarse para ir extinguiéndose. Un trocito de limón parece resistirse a su hundimiento. Sonrío. ¿Seremos, tal vez, como esa rodaja cítrica que presenta resistencia intentando mantenerse a flote a lo largo de la vida que nos ha tocado vivir?. Sí, me digo, a eso se reduce este bello arte, que será más elevado cuanto más lo disfrutemos. Noto como la pesadez del ambiente actúa como un potente narcótico sobre mí, un sopor cadencioso se va apoderando de mi cuerpo lentamente. Apago la vela y me dispongo a volver a la cama, aún quedan un par de horas para que de inicio un nuevo día.

Miro el cuaderno verde abierto por la última página escrita y pienso en la siguiente, aún en blanco, aún por escribir. En ella plasmaré mi próximo pensamiento, pero creo que será cuando me despierte, empiezo a acusar el sueño. Quien sabe si será, una vez más, "el sueño de una noche de verano"…



“Que brille la casa con luz indecisa junto a la lumbre medio apagada.
Cada duende y espíritu encantado, salte tan ligero como ave sobre zarzal,
mano en mano, con gracia hechicera,
 cantaremos y bendeciremos este sitio ahora hasta rayar el día,
que cada hada vague por este hogar a su capricho,
cada hada póngase en movimiento y bendiga las divinas habitaciones de este palacio con dulce paz.
Reinará mansa quietud y el dueño será bendito.
Si nosotros, vanas sombras, los hemos ofendido, piensen solo esto: que se han quedado aquí  durmiendo, mientras han aparecido esas visiones y esta débil y humilde ficción
 no tendrá sino la inconsciencia de un sueño…”

(De “El Sueño de una Noche de Verano” de William Shakespeare)

miércoles, 3 de julio de 2013

Beatus qui inimicum non habet… o “Haciendo Bloggerías”.




Pues sí, dichoso aquél que carece de enemigos… Me pregunto por qué extraño motivo nadie está exento de contar, entre sus parroquianos, con detractores y voraces enemigos, por más que en su forma de vida impere la, básica y más que aconsejable, Ley del “vive y deja vivir”, máxima que se reduce al simple hecho de no meterse en las vidas ajenas, pues bastante tenemos ya cada uno con la nuestra, ni alegrarnos por el mal de nadie, ni congratularnos, tampoco, con sus penas, no es que suponga un gran esfuerzo, digo yo, pues lo complicado sería lo contrario.


Reconozco, no obstante, que las filias y las fobias son libres y, en ocasiones, más que involuntarias. De manera que no alcanzamos a entender qué razón nos empuja a tener cierta química con una determinada persona y a experimentar la más acerba y violenta repulsión hacia otra, sin que en modo alguno venga ello a justificar, es mi opinión, que se denoste gratuitamente a nadie, siendo suficiente, me sigue pareciendo, con ignorar su existencia y seguir adelante con la propia.


Estas reflexiones vienen al hilo de las críticas que viene sufriendo alguien que, para mí, lejos de ser un imbécil, es un verdadero genio contemporáneo: Mario Vaquerizo. Que una persona sea original hasta el punto de permanecer inmune a cualquier tipo de convencionalismo o moda, que permanezca fiel a sus principios – por descerebrados o estúpidos que al resto les pueda parecer – y viva como él, y solo él, decida vivir, no es un factor abonable para tacharlo, tildarlo o encasillarlo en cualquiera de esas despectivas etiquetas, si no es, obviamente, motivado por la envidia que parece ser una pandemia muy extendida en nuestro país o, al menos, el deporte nacional por excelencia.


Hablamos de una persona que, detentador de una inteligencia preclara, más que indicativo de lo cuál es su innegable sentido del humor y ese bien aprendido papel de “tonto” que engancha y arrastra masas, ha decidido ponerse el mundo por montera, sin miedo al ridículo y por supuesto, triunfando en todo cuanto se propone. A los hechos me remito:


Decide montar un esperpéntico grupo musical con un absurdo nombre del que es vocalista y… resulta que el mismísimo Alejandro Amenábar dirige su último vídeo, apuntando que es la primera vez que este tan premiado cineasta se presta a colaborar con la música. El tema empieza a dibujarse ya como la “canción del verano 2.013” para más señas…


Licenciado en periodismo y, por tanto, con cierta facilidad para la escritura, publica su autobigrafía y resulta ser todo un éxito, en pugna con obras de escritores laureados -serios- en nuestra narrativa actual…

Los programas de televisión, e incluso, de radio se rifan su presencia como colaborador…

Su faceta de representante de otros artistas es a lo que dedica, con gran fortuna y producto, sus ratos libres, siendo muy considerado profesionalmente…

Posee un programa de máxima audiencia en MTV…

De manera que el “imbécil” no debe serlo tanto, o si lo es, se encuentra aquejado en un grado bastante inferior al de todos aquellos imbéciles que solicitan sus servicios o de quienes no lo hacen pero se rompen el lomo a trabajar, sin conseguir mejoría alguna en su nivel de vida, mientras a este “le pagan por hacer el indio”… ¿Qué daño o mal hace, en este caso concreto, este personaje?, me parece que ninguno, salvo que por perjuicio se entienda hacer reír a mandíbula batiente a aquellos que escuchamos sus ocurrentes intervenciones. Personalmente es objeto de admiración, vamos a ser claros: alguien que no se pone límites y que termina consiguiendo todo cuanto se propone, lejos de ser un fracasado, resulta ser el justo acreedor de la más sincera y profunda admiración.


Este mundo nuestro está movido por la ENVIDIA, ¿qué duda puede caber?. Envidia materializada en la obscenidad de seres que, corroídos por el espurio resentimiento de ansiar lo que otros poseen, llámese éxito profesional, sentimental o económico, ante la frustración de no poder alcanzarlo encuentran alivio en la crítica encarnizada y destructiva como único medio de saciar sus carencias.

Dicho lo cuál, sólo resta por mi parte rendirle hoy mi mayor admiración al autor de “Haciendo Majaradas”, todo un icono de nuestra generación y así se le ha de reconocer, por más que a muchos les escueza, que ya para ellos quisieran la IMBECILIDAD del Gran Vaquerizo quien, por cierto, se toma a chufla las críticas riéndose de las mismas públicamente, al encontrarse muy por encima de lo que se le pueda reprochar por no ser lo "políticamente correcto".


“Me está siguiendo un tío vestido de gamba…
¿Será el cobrador del langostino?...”
(El único, irrepetible, inimitable e inigualable: Mario Vaquerizo)

lunes, 17 de junio de 2013

The World of… (the Greatest, the One and Only) REBECA: “ABBA sin mí no sería nada. Lo sé, de nada”.





Toledo es, objetivamente, una de las ciudades más bonitas de España. Subjetivamente: la más bonita. Allí, hasta las piedras tienen una historia que rezuma al paso del absorto visitante, imbuyéndole del hechizo mágico que otorga su presencia en un escenario de transcendental importancia en nuestra cultura. Ya sabéis, lo he dicho en varias ocasiones, que soy una enamorada de la “Ciudad de las Tres Culturas”, este fin de semana he estado allí y paseando por las callejuelas de su judería, descubrí que en el Palacio de Congresos “El Greco” iba a tener lugar – lo que se anunciaba como – la ÚNICA FUNCIÓN de “THE WORLD OF ABBA”, la visión del cartel que se presentaba ante mí, me sugirió inmediatamente que sería la mejor forma de iniciar la noche del sábado, al ser este grupo uno de mis favoritos en el elenco de clásicos indispensables que integran mis “incunables”. Me embargó desde ese momento una gran excitación que me hizo acudir a retirar las entradas casi una hora antes en taquilla, previamente las habíamos comprado por Internet, pudiendo incluso elegir butacas “preferentes”. Mi  grado de expectación iba en aumento, no sólo por poder disfrutar de un musical, sino porque, precisamente, estaba dedicado a uno de mis grupos fetiche a los que me aficioné en mi infancia, escuchando los vinilos de mis padres. En ese estado de euforia contenida me acomodé en mi butaca a la espera – ansiosa – de que diera inicio el espectáculo… No sabía yo entonces lo que me aguardaba tras el telón… Esta es mi personal crónica del espectáculo:



Siete y media de una calurosa tarde en Toledo. Palacio de Congresos “El Greco”. Un empresario mayor, de “los de toda la vida”, de esos que se apoltronan, lata de refresco en mano y empapado de un sudor, que se me antoja tan pegajoso como pestilente, en la taquilla, sometiendo a inquisitiva vigilancia cualquier movimiento de mano de sus empleados, cuando sus extremidades recorren el trayecto que va de las localidades a la caja y de la caja a las localidades. Enredando y entorpeciendo, más que facilitando, la labor a las solícitas azafatas que te entregaban el ticket con impecable sonrisa, el hombre había generado, como consecuencia de su evidente ineptitud y estado de nerviosismo, una larga cola que empezaba a sufrir los primeros síntomas de aguda exasperación. Aguardaba yo, impaciente, mi turno, la señora que me precedía, había entrado en agria disputa con el Sr. Empresario que se empecinaba en que las “localidades eran las que eran” y “que la suya – adquirida por Internet – al parecer no se la habían enviado, que le daba otra o que le devolvía el dinero”, le insistía… Perdió la paciencia el patán y soltó un par de exabruptos a los que la señora, con una irritada educación, contestó, no exenta de toda la razón, que “por favor, no le hablara en esos términos y que no quería que le devolvieran el dinero, sino las dos localidades por las que ya había pagado”. Aquél usurero impertinente, con severos problemas de calvicie, sobrepeso, sudoración y halitosis, ajeno al mundo cibernético y un poquito limitado intelectualmente, no se había percatado de que “aquellas” que sostenía en las manos eran las entradas no vendidas y que las adquiridas a través de la plataforma internauta se encontraban debidamente grapadas al comprobante del pago por tarjeta y número de localizador primorosamente ordenadas a un lado de la mesa. No iba a permitir yo que este episodio me arruinara el buen rato que me disponía a pasar, disfrutando de la banda sonora de mi infancia, así que conté hasta diez mentalmente, respiré hondo, me armé de paciencia e, ignorando al sudoroso zoquete, le pedí a la atenta señorita – cuando me llegó el turno y no antes – que fuera tan amable de comprobar si las entradas que iba a retirar se encontraban en el taco de las grapadas. Así fue: allí estaban.

Con idéntica ansiedad a la experimentada al despertar cada mañana del Día de Reyes, entramos en el recinto y nos sentamos en nuestras butacas, apenas unos minutos después se descorrió el telón y cuatro músicos de una innegable calidad profesional dieron inicio a un breve recorrido musical, en acústico, por los temas más conocidos del grupo sueco, para el deleite de los espectadores que comenzamos a tararear y a mover acompasadamente las piernas siguiendo el ritmo. Arropando la música en directo, un amplio despliegue de efectos visuales inundó el recinto: diseños multicolor creados ad hoc entre los que se intercalan proyecciones originales de diferentes temas y épocas de los que componen la amplia trayectoria musical del grupo ABBA y que dieron paso a la magistral interpretación de Lorena Jamco, una voz potente, glamourosa y elegante, toda una dama de la canción, hube de reconocer entonces y ratificar ahora, que dio inicio con el célebre y melódico I had a dream, para dejar paso a continuación, inopinadamente, a una histriónica Rebeca “duro-de-pelar” que salió a escena tocada por el dedo divino, sobreactuando e intentando eclipsar al resto de los intérpretes – casi todos de mayor calidad vocal que ella misma, no cabe la menor duda -, con continuos cambios de vestuario, a cuál más hortera pero en total consonancia con la ordinaria percha. Ese insolente descaro, esa simpatía fingida, ese “canto Waterloo mejor que la tal Agnetha Fältskog esa… ABBA me debe, sin duda, todo el éxito de lo que fue. Lo sé, de nada” era el mensaje que destilaba por cada uno de sus poros. En fin que la ordinariez, al igual que la imbecilidad humana, según mi más que ya demostrada teoría, no conoce límites. Una Rebeca “duro-de-pelar” pavoneándose sobre el escenario cuán palomo buchón, encantada de haberse conocido, que de eso a mí no me cabe duda, con un afán de protagonismo desmesurado y vocación, clara, de hedonista egolatría, creía deleitar, con su mera presencia, al agradecido por ello, auditorio cuando cualquiera de los otros tres vocalistas, la ya citada Lorena Jamco o los dos intérpretes masculinos que asumían los papeles de Benny Andersson y Björn Ulvaeus eran cualitativamente superiores, tanto en técnica como en voz.

Reconozco, no obstante, que el espectáculo, aún sin grandes pretensiones, es todo un regalo para nostálgicos, una excelente ejecución musical y un digno elenco de bailarines que destacan a pesar de los denodados intentos de la protagonista por deslucir el trabajo del resto de intérpretes… Eso sí, más que un merecido homenaje al desaparecido grupo escandinavo podría ser un Canto a la más grosera ordinariez, personificada en esta “pseudofamosilla caza-toreros frustrada” que, como Ulises, vive su particular Odisea en pos de una fama que ni merece ni detentará jamás. La verdadera grandeza se esconde tras la humildad. La falta de talento se enmascara tras la vacua egolatría.

“…You are the Dancing Queen, young and sweet,
 only seventeen…
Dancing Queen feel the beat from the tambourine .
You can dance,
You can jive, having the time of your life
See that girl, watch that scene, diggin' the Dancing Queen…”

(De la canción “Dancing Queen” – ABBA, escrita por Benny Andersson, sin duda, pensando en Rebeca “duro-de-pelar” que es quien los capultaría a la fama, no lo olvidemos lectores, gracias a ella todos conocemos hoy a aquél grupo sueco de los 70-80).

miércoles, 5 de junio de 2013

Mordekai, el Judío de Toledo.





El día se extingue. Con él languidece también la última luz de un sol que poco a poco se va ocultando, dejando al Tajo huérfano de su luminosidad plateada que serpentea bordeando la ciudad en sinuosos meandros. La atmósfera dentro de la Sinagoga del Tránsito es diáfana, atemporal. Rezuma una quietud y un silencio que se me antoja blanco y almidonado.

Mis pasos resuenan sobre la bruñida solería, su eco se pierde entre la geometría insuperable que confiere al interior una sensación de limpia claridad. Me adentro en la zona de culto, tras de mí Patricia me sigue en un reverencial silencio, absorta en la contemplación de cuanto nos rodea.

Imponente, aguardando el paso de los siglos que restan por venir, el paramento vertical se alza bajo la yesería mudéjar que lo reviste, con una suntuosidad decorativa que contrasta con la austeridad del exterior. Tapizándose finamente – bajo el artesonado de madera pintada con ricas incrustraciones de marfil - se labra una amplia temática heráldica que tiene como tema predominante la epigrafía. Lo observo, a los débiles destellos de un sol decadente que le otorga una majestuosidad soberbia. Me detengo, pausadamente y con profundo deleite, en la visión de las representaciones que, siguiendo los preceptos aniconistas de la Ley Mosaica, omiten cualquier representación de todo ser humano o animal. Me pregunto, entonces, qué alabanzas a Yavhé y salmos davídicos encierra el encaje abigarrado que se presenta ante mí.

Supongo que la experta mano de Samuel Leví ejecutó proverbialmente ese “horror vacui” hebreo, sin duda, influencia directa del ataurique musulmán. Le señalo a Patricia las hojas de parra propias de ese estilo y de nuevo me pierdo en la fachada sur, alzo la vista y con un gesto le indico que aquél, precisamente aquél, era el sitio destinado a la mujer durante la celebración del culto. Escrupulosamente separado por una amplia celosía de las indiscretas miradas de los hombres que pudieran, con ello, distraerse de la liturgia. Imagino ahora como el Rabino daba inicio a  la solemne lectura de la Torá desde una pequeña elevación a la derecha.

Me alejo hacia el lugar más oscuro de la estancia: un rincón dirección este y es, sólo cuando me encuentro a un par de pasos, cuando reparo en su presencia. Un anciano, envuelto en su talit para la oración y tocado por un kipá, entorna los ojos con la mirada perdida en algún punto del infinito. Sobre su brazo izquierdo luce las filacterias. Está tan ensimismado en la oración, que no ha advertido, aún, mi compañía. Me siento sobre el suelo y lo miro hacer. Apenas si cambia de posición, parece suspendido en algún recóndito lugar de los laberintos de su memoria, repasa – aventuro - la Ley Sagrada, con un casi imperceptible movimiento de labios. Me mira de reojo inopinadamente y sonríe:

-          “¡Shalom!” – me saluda.
-          “Shalom” – le contesto tímidamente -.

Es en ese momento cuando me tiende un cilindro de piel marrón oscuro, creo que es el Pentateuco, donde se guardan las Escrituras Sagradas. No me atrevo, casi, a tocarlo por temor a estropearlo, pero él me sonríe de nuevo, su mirada es de color miel, un color miel profundo, irisado de destellos dorados enmarcados por una infinidad de arrugas y surcos que dan fe de los muchos años que ya ha recorrido.

-          “Lo siento… No sé leer hebreo” – me disculpo en un susurro  para no alterar el silencio que reina a nuestro alrededor -.
-          “Solo reza, no te hace falta leer hebreo. Descubre a Yavhé”.

El anciano vuelve a sumirse entonces en un plácido estado de recogimiento sin dejar de sonreír. Intento imitarlo. No sé si estoy rezando, no sé si hablo con Yavhé, sólo empiezo a percibir una tranquilidad interior que motiva que, en mi imaginación, empiecen a tomar forma algunos conceptos: Toledo, tres culturas, calles empedradas, Mezquita, Zoco, Yeshiva…

Abro los ojos y descubro una ciudad muy distinta a aquella que he atravesado hasta llegar a la Sinagoga. Es como haber retrocedido en el tiempo. Camino bajo un cegador sol de justicia ahora, me acompaña un anciano – el mismo que me ha aconsejado momentos antes que descubriera a Yavhé -, me ha dicho que se llama Mordekai y es rabino en la Sinagoga. Me adentro, en su compañía, en un caos de callejones estrechos conformados por casas encaladas primorosamente, sobre los dinteles, esculpidas en la piedra, una infinidad de Estrellas de David parecen darme la bienvenida. Nos detenemos junto a una pequeña puerta de madera, un rectángulo oscuro que rompe la inmaculada blancura de la fachada. Mordekai introduce una llave de grandes dimensiones que lleva colgada al cuello con una cadena, en la herrumbrosa cerradura que cede sin esfuerzo para dejar paso a un amplio patio sobre el que se distribuyen el resto de las estancias, la puerta de acceso a cada una de ellas permanece abierta. Me apoyo sobre la pequeña fuente que hay en el centro. La sensación de frescor es inmediata, el incesante sonido del agua acompasa mi pulso hasta relajarlo mientras me invade una infinita sensación de sosiego. Cierro los ojos y me dejo vencer por el sueño, mientras oigo al Judío hablar en una lengua que no puedo comprender… O quizá sí.

-          “¡Increíble! – me sobresalta Patricia sacándome de mi estado de semiinconsciencia  - ¿has sido capaz de quedarte dormida sentada en el suelo?... Pensé que estabas en la parte de arriba, me ha avisado un vigilante de que iban a cerrar y he subido a buscarte… Venga levanta – me da la mano para incorporarme -, van a cerrar ya”.

Al salir, nos dirigimos hacia el centro de la ciudad, hacia la Plaza de Zocodover. En una de las empinadas calles me cruzo con un anciano que me sonríe al pasar, tiene los ojos de un profundo color miel irisado de reflejos dorados, a su paso me ha parecido percibir, en un casi inapreciable susurro, un breve saludo. Me vuelvo:

-          “Shalom Mordecai…” - le contesto en el mismo tono inaudible –
-          “Desde luego que estás de un rarito¿Qué has dicho?, ¿quién era ese señor?” – me inquiere Patricia a punto de perder ya la paciencia.

-          “Erm… no sé, lo he debido confundir con alguien, venga vamos… Te invito a unas cañas…” - Le dirijo una última mirada al silencioso anciano que camina lentamente calle abajo, sobre su coronilla se perfila un kipá  y tengo la absoluta seguridad de que su nombre es Mordekai.



A Toledo, la ciudad que me cautivó.

miércoles, 29 de mayo de 2013

¡No lo eches... No lo eches...!




Ha sido hoy, durante la sobremesa de una agradable comida familiar imprevista, cuando he recordado aquél tragicómico episodio, no sé por qué motivo me ha venido a la cabeza precisamente hoy, pero cuando se lo he relatado a mi madre no hemos podido dejar de reír durante un buen rato: yo rememorando la escena, ella, probablemente, imaginándosela.

Tengo dos primas de edad similar a la mía, de hecho, somos de años consecutivos, por lo que son las primeras personas con quienes tengo consciencia de haber compartido juegos, meriendas, aventuras y diabluras infantiles. Vivíamos al lado e íbamos al mismo Colegio, por lo que era más que habitual que mis días transcurrieran en su compañía, ya fuera en mi casa o bien en la suya.

Hoy, Anabel se dedica a su gran pasión: el arte, impartiendo clases de dibujo y ocupando su tiempo libre en la pintura y en la escultura, Victoria – para nosotros siempre ha sido Vivi – optó por la música, decantándose por el piano y es la feliz mamá de cinco vástagos, la mayor de ellos ya toda una joven de dieciocho añazos, y yo… bueno ya sabéis todos lo que es de mi vida, más o menos. Pero lo que voy a narrar ahora hace muchísimos años que ocurrió, Anabel tenía diez años, Vivi nueve y yo ocho y aunque no recuerdo la razón, un sábado por la mañana mis padres me dejaron en su casa al cuidado de su abuela Ana, desconozco el motivo por el que ni mis tíos, ni tampoco su hermano pequeño, mi primo Javier, estaban, sólo recuerdo que era un día de principios de verano, hacía calor y la mañana había discurrido con relativa tranquilidad entre juegos, dando paso a la comida y luego a una tarde de divertimento…


Estábamos desperdigadas por los sofás, terminando la merienda: un vaso de leche – que siempre se me antojaba interminable y con un insufrible “sabor a vaca” - y un sándwich de Nocilla. Recuerdo que veíamos una sesión continua de “Los Barbapapás”, aún hoy sigo agradeciendo al ingenio de sus autores Annette Tison y Talus Taylor quienes dieron vida, originariamente, a los pintorescos y llamativos personajes que transmitían un claro mensaje contra el racismo y a favor de la diversidad, materializado en las diferentes formas que podían adoptar y los múltiples colores que, cada uno de los siete hijos de Barbapapá y Barbamamá, presentaban. Me encantaban y supongo que a mis primas también, pues apenas si parpadeábamos, absortas, ante la sucesión colorista del televisor, debían ser alrededor de las seis y media de la tarde o así, cuando entró Ana, la abuela:

-          “Venga niñas, arreglaros que nos vamos a misa…”

Un relámpago de contrariedad nos sacudió al unísono, al tiempo que exclamábamos un “¡Jooooooooooooooooooooo…!” que se quedó inmediatamente en suspenso ante la mirada severa de la abuela. De nada sirvieron nuestras protestas y reticencias, veinte minutos después, medio bote de colonia Nenuco encima y algún pescozón preventivo de posibles sublevaciones internas, nos disponíamos a salir a la calle. Las caras nos relucían después de restregárnoslas a conciencia y las coletas las llevábamos tan tirantes que a las tres nos costaba gesticular. Resignadas y con algún mal disimulado resoplido nos encaminamos a la Iglesia, la abuela Ana sostuvo la pesada puerta de madera mientras entrábamos en fila india y nos apercibía del silencio que debíamos guardar. La inmediata sensación de frescor fue sólo un alivio momentáneo, en el interior del templo, la atmósfera estaba cargada de un intenso olor a pachuli y laca, a cera y a incienso que pronto se hizo irrespirable para mí, con ligeros arrecios de intensidad arrastrados por la brisa que generaba el uso de los abanicos de las briosas señoras que los empuñaban, comenzaron a escocerme los ojos y recuerdo que tras confesarnos, bajo la vigilante mirada de la abuela, nos sentamos en uno de los primeros bancos guardando un silencio sepulcral.

La liturgia transcurrió sin contratiempos, al menos, no más allá de alguna risita contenida o alguna mueca que nos intercambiábamos hasta que Ana nos miraba de reojo y todo volvía repentinamente a la más absoluta normalidad. Fue a la hora de ir a comulgar, la abuela, sentada en un extremo del banco, se levantó y permaneció en pie esperando a que nos incorporáramos a la fila de fieles, una tras otra las tres pasamos: Anabel, Vivi y finalmente yo. Al principio no me percaté, Vivi tomó su comunión y se giró para volver a su sitio, al pasar junto a mí de vuelta, noté cierto mohín que ya me adelantó lo que apenas unos segundos después comprobé, la oblea de la Sagrada Forma no era como las que estábamos acostumbradas –blanca impoluta y finita- sino otra, un poco más gruesa y de color algo más oscuro, supongo ahora que sería de trigo integral, cuyo paladar provocó en mi prima primero un gesto raro que dio paso después a una imponente arcada, luego vinieron algunas más… Y todo eso durante el trayecto de vuelta al banco – Diooooos, qué vergüenza, todo el mundo mirando y aguantándose, como podía, la inoportuna risita que este tipo de episodios suele producir en el espectador -, aunque lo peor estaba por llegar. Vivi se detuvo súbitamente, creo que la pobre lo estaba pasando tan mal que no sabía que hacer, ya se nos venía instruyendo durante la catequesis de años anteriores que no se podía escupir la forma, el ayuno previo y todo lo demás, hacía verdaderos esfuerzos por omitir unas arcadas que cada vez se hacían más violentas, en un intento desesperado se tapó la boca con ambas manos, yo estaba paralizada tras ella y Anabel nos miraba con cara de guasa desde el reclinatorio del banco… Por fin reaccionó la abuela, Ana se apresuró a la nieta poniendo las manos bajo su boca mientras le decía en voz baja:

-          “Vivi, por favor, no lo eches… ¡No lo eches…!”

A cada espasmo, la pobre criatura cambiaba de posición y la abuela que se movía, manos en ristre, de acá para allá… Una con las arcadas y la otra con las súplicas. Anabel riéndose ya abiertamente y yo, que debí contagiarme de ella, solté la carcajada. El efecto fue inmediato, toda la iglesia estaba más pendiente de lo que estaba ocurriéndole a mi prima que del sacerdote. Vivi se debatía, haciendo ímprobos esfuerzos, los ojos le lloraban y estaba tan roja como una amapola, creí que le iba a dar algo o que, finalmente vomitaría… Pero por suerte, poco a poco, entre unas contorsiones y guiños horribles, terminó por tragar lo que al principio no podía, tosió y muy digna volvió a su sitio. El resto de la celebración fue un verdadero suplicio, Anabel y yo no sabíamos que hacer para reprimir, entre codazos mutuos, la risa, Vivi nos miraba molesta de hito en hito…

Cuando volvimos a casa no dejamos de reírnos ni de tomarle el pelo a la sufrida víctima. No sé si ellas lo recordarán, creo que tendré que preguntárselo la próxima vez que nos veamos…

“La infancia tienes sus propias maneras de ver,
pensar y sentir;
nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras”.
(J.J. Rousseau)


La Chica de la Librería.






Hoy es tan buen día como otro, se me antoja, para escribir sobre una breve, pero ya dilatada, historia de constancia, de esfuerzo y de triunfo porque a eso es a lo que se reduce la trayectoria empresarial de GRX WORKSHOP.

Conocí a Patricia Brañas, cabeza visible de la empresa, hace años, muchos, tantos que a veces me da vértigo advertir la velocidad a la que pasa el tiempo cuando hablamos. Hoy, veinte años después, una “memorable” operación de apendicitis en medio que culminó con un furtivo par de bollos suizos en la habitación del hospital al amanecer, algunos disgustos, pero sobre todo: risas, muchas risas, aventuras compartidas y una fructífera asociación laboral, aquella “Chica de la Librería” ha conseguido, con su tesón y férrea voluntad, dirigir una empresa de proyección internacional especializada en la Organización de Eventos y Congresos como Spin-Off de la Universidad de Granada y este es su Quinto Año de toda una serie de éxitos concatenados, promete ser larga, que avalan su trayectoria profesional.

Hoy es tan buen día como otro, me parece a mí, para descubrir en esa avezada empresaria a la “Chica de la Librería” que fue ayer. Y a quien ahora, es inevitable una sonrisa evocadora al hacerlo, vuelvo a descubrir entre montones de clásicos de nuestra Literatura, solícita siempre a las demandas, de su experto consejo, por parte de la clientela de entonces. Paciente, comprensiva, olvidadiza – en ocasiones -, valiente, decidida, prudente, leal y divertida.

Es una tarde fría y gris de invierno, llueve de manera tórrida. De esa manera, tan violenta como molesta, con la que suele llover en Jaén y que provoca con más frecuencia de la deseable la pérdida masiva de paraguas en los parroquianos – ya sea por deterioro de los mismos al volverse por la fuerza del viento o por salir, directamente y sin permiso alguno de su propietario, volando entre los remolinos de hojas secas que en imposibles espirales invaden la calle, cegando e impactando contra el sufrido transeunte -. He decidido ausentarme de las dos últimas horas de clase en la Facultad, experimento una profunda repulsión por el Derecho Penal y, no lo voy a negar, también por ese tedioso profesor que nos amarga las somnolientas tardes con una ininteligible disertación monocadencial y mal modulada, algunos lo achacan a su afición por los Gin Tonics de la ruidosa cafetería del Campus, que convierte en una verdadera tortura nuestra aproximación al Código Penal. Cierro el paraguas y me sacudo el agua que resbala por mi chaqueta, tengo los pies empapados y empiezo a notar un ligero hormigueo en los dedos. Me molesta esta lluvia, me molesta hasta el extremo de irritarme, y lo peor de todo es que por más que me rebele seguirá lloviendo, con toda probabilidad, durante toda esa noche y lo hará, también, todo el día de mañana.

Abro la puerta dejando suspendido, a mi paso, el leve tintineo de las campanitas que advierten de la entrada de un cliente y dejo el paraguas en el paragüero de latón, donde reposan dos más. Tras el reverente y resignado paso por la alfombra a fin de secar las suelas, me adentro dispuesta, en lo que para mí fue siempre un remanso de tranquilidad en la mejor de todas las compañías posibles: los silenciosos y versátiles tomos. Ávida de conquistar y vivir cada una de las historias que encierran.

Al final de la estancia, en una mesa camilla, bajo una atestada estantería y absorta, plácidamente, en la lectura de algún ejemplar que no consigo distinguir desde mi posición, está la chica rubia que suele atenderme. Levanta la mirada un momento y me sonríe:

-          “Hola, ¿vienes a hacer tu visita semanal?”.
-          “Hola. Sí, pero me parece que no he elegido el mejor de los días” – le contesto -. “¿Hay alguna novedad interesante?”. Se levanta mientras esboza un gesto que parece indicarme que no, que no hay nada nuevo que pueda llamar mi atención, ella ya conoce mis gustos.

-          “No, pero ya ha llegado el que me pediste de Pérez – Reverte, “El Maestro de Esgrima”… “

Bueno, no todo iba a ser malo una tarde de invierno lluviosa…

Frecuenté durante mucho tiempo aquella vieja librería que olía a útiles escolares y a tinta. Con cada una de mis habituales visitas se iba afianzando la amistad: un café, alguna cerveza, horas de piscina, ratos de estudio o charla… Y aquella “Chica de la Librería” cambió de ciudad, ahora sé que se hizo preciso, así descubrió el horizonte profesional idóneo para su preparación universitaria. A fuerza de disciplina y constancia, de una ingente capacidad de trabajo y a su gran pragmatismo, decidió cambiar los libros por la Organización de Eventos, aunque sigo manteniendo la sospecha de que no del todo…



A Patricia Brañas,
Por sus sabios consejos, por su infinita paciencia,
Por sus elocuentes silencios y precisas palabras,
Por su abrumador sentido común y demoledora practicidad,
Por seguir siendo, para mí al menos y hoy más que nunca, “la Chica de la Librería”.