Cuando me siento
a escribir mis reflexiones no lo suelo hacer delante del ordenador, sino en mi
cuaderno de notas. Una libreta Moleskine, color verde, tamaño A5 que suelo
llevar en el bolso como otro más de mis artículos indispensables. Me gusta
escribir a mano, tomar breves apuntes que luego se convierten en un relato, una
reflexión o simplemente quedan ahí, plasmados, aguardando el momento idóneo
para ser desarrollados.
Utilizo la
pluma, siempre tinta negra, supongo que me resulta más fácil dejar deslizar el
plumín que, sospecho, se ha acostumbrado al trazo de mi letra hasta el punto,
en ocasiones, de no saber qué es primero: la escritura o el pensamiento, a
veces creo que esa pluma me conoce tan bien que yo sólo me limito a sujetarla
mientras da comienzo su danza… La danza que plasma mis pensamientos sobre un
reguero de tinta negra. Sólo al redescubrirlos pienso “si no me habré quedado
aquí durmiendo, mientras han aparecido esas visiones y ésta débil y humilde
ficción sólo tiene la inconsciencia de un sueño”.
Es una noche de primeros de julio, calurosa y seca. De
aire estancado y pesado que parece detener el transcurso natural de la sosegada
vida nocturna. Me encuentro en el patio de mi casa, iluminada, tan sólo, por
esa gran vela de jardín que desprende el envolvente aroma del jazmín en flor.
Sobre mi cabeza se recorta un rectángulo oscuro jalonado de estrellas silenciosas,
me hacen ser consciente de la hora tardía y de la proximidad del nuevo amanecer.
Curiosamente me siento despejada, a pesar del calor, no
sufro el castigo del cansancio adormecedor que muerde, implacable, la vigilia
involuntaria. Cojo distraídamente el cuaderno de notas que dejé sobre la mesa
hace algún rato y lo hojeo. Sonrío: 2 de agosto de 2.011, parece tan lejana
ahora esa fecha, releo la
Reflexión, si bien saltándome algunos párrafos pues podría
recitarla de memoria… Vuelvo a sonreír y paso, aleatoriamente, las páginas
hasta que me detengo en otra, ésta datada a principios de enero de este año y
publicada en el Blog el día 24, cuando mentalmente repaso la polémica suscitada
a raíz de ciertos comentarios no puedo evitar pensar nuevamente, una vez más,
en la mezquindad del ser humano, en su cobardía, en la hipocresía, el patetismo
y la malicia, condecoraciones luctuosas que adornan a personas que han pasado
por nuestra vida y que una vez expulsadas de ella, se pierden en la nebulosa
del olvido, en el mar gris de la más fría indiferencia mientras sientes el
placentero sentimiento del alivio ansiado y, por ello, disfrutado con mayor deleite.
Me abstraigo en las páginas escritas en este Cuaderno de
Bitácora, son un recorrido por mi vida, una radiografía de mi estado de ánimo,
de la opinión que me ha suscitado la realidad vivida, de recuerdos y experiencias
que alguien, no hace mucho, me alentó a compartir en un Blog. Si lo pienso bien,
la única diferencia es que ahora esos pensamientos tan íntimos los comparto, pero
aún así, no tengo la sensación de perder mi intimidad. De hecho, no la he
tenido jamás, ni siquiera con el primer comentario a la publicación con la que
abrí este espacio… Me pierdo en el recuerdo de todas esas participaciones, la
gran mayoría exhortándome a seguir escribiendo y dándome las gracias, aún hoy
sigo sin saber por qué. La publicación del Cuento de mi sobrina Marta del que
digo, con sincero orgullo, es una de las entradas más visitadas. El relato
dedicado a una amiga que expresamente así me lo pidió, mis ficticias
conversaciones con Capote o con los personajes nacidos del intelecto de Virginia
Woolf, mis mordaces críticas al panorama económico y político, mis viajes o
recuerdos de infancia, en definitiva, lo que ha venido pasando por mi mente,
plasmado en un largo reguero de tinta negra… Perpetuo y cierto testigo de mi camino.
El calor empieza a ser sofocante, no consigo atenuarlo
con ese enorme vaso de agua helada en el que comienza a derretirse el hielo,
adoptando caprichosas formas efímeras que apenas si duran un momento, antes de transformarse para ir extinguiéndose. Un
trocito de limón parece resistirse a su hundimiento. Sonrío. ¿Seremos, tal vez, como esa
rodaja cítrica que presenta resistencia intentando mantenerse a flote a lo
largo de la vida que nos ha tocado vivir?. Sí, me digo, a eso se reduce este
bello arte, que será más elevado cuanto más lo disfrutemos. Noto como la pesadez del
ambiente actúa como un potente narcótico sobre mí, un sopor
cadencioso se va apoderando de mi cuerpo lentamente. Apago la vela y me
dispongo a volver a la cama, aún quedan un par de horas para que de inicio un
nuevo día.
Miro el cuaderno verde abierto por la última página
escrita y pienso en la siguiente, aún en blanco, aún por escribir. En ella
plasmaré mi próximo pensamiento, pero creo que será cuando me despierte, empiezo
a acusar el sueño. Quien sabe si será, una vez más, "el sueño de una noche de verano"…
“Que brille la casa con
luz indecisa junto a la lumbre medio apagada.
Cada duende y espíritu
encantado, salte tan ligero como ave sobre zarzal,
mano en mano, con gracia
hechicera,
cantaremos y bendeciremos este sitio ahora
hasta rayar el día,
que cada hada vague por
este hogar a su capricho,
cada hada póngase en
movimiento y bendiga las divinas habitaciones de este palacio con dulce paz.
Reinará mansa quietud y
el dueño será bendito.
Si nosotros, vanas
sombras, los hemos ofendido, piensen solo esto: que se han quedado aquí durmiendo, mientras han aparecido esas
visiones y esta débil y humilde ficción
no tendrá sino la inconsciencia de un sueño…”
(De “El Sueño de una
Noche de Verano” de William Shakespeare)
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