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lunes, 19 de septiembre de 2016

Escuchar al campanero.






Hace unos días, se nos atragantó el primer café de la mañana al asistir, estupefactos, al vil acto televisado de arrancar de las entrañas de su familia de acogida al pequeño Joan, sus padres “pre-adoptivos” – me pregunto qué figura legal es esa de la “pre-adopción”, cuando nuestro sistema sólo recoge el acogimiento o la adopción como tal -, se veían obligados a dejar a “su” pequeño, de apenas cuatro años, en la Comandancia de la Guardia Civil, por orden de una “injusta y aberrante” Sentencia dictada a favor de la madre biológica que acababa de cumplir la mayoría de edad. A todos se nos encogió el corazón y empezó el linchamiento mediático, especialmente enardecido tras las primeras imágenes de la madre, quiero pensar que nada tuvo que ver el color de su piel, su apariencia e incluso, su juventud. Más tarde, las redes sociales, ardieron con una desgarradora carta abierta en la que esta joven de origen guineano, María José Abeng, narra su personal odisea, desde su internamiento en un Centro de Menores, su embarazo a los 14 años y lo que ella misma denomina su “lucha contra el dragón” por recuperar a su hijo “que se llama Juan Francisco, ni Joan, ni Xuanín”, nos hizo cambiar la perspectiva, ya teníamos las dos versiones…
También hemos vivido un episodio similar con la joven madrileña desaparecida en A Pobra do Caramiñal, Diana Quer, desatándose una guerra de graves acusaciones, retirada incluida de la custodia de la otra hija menor a la madre, entre sus progenitores, en plena vorágine de un cinematográfico “Quer contra Quer”, fuimos obteniendo más datos: la especial afición de la chica a “desaparecer” durante varios días de su domicilio, la alienación parental en relación a la otra hija del matrimonio, cuyo padre le aseguraba que con él estaría mejor que con la “psicópata” de la madre, por lo que tras digerir la avalancha informativa concluimos que ni el bueno, al parecer, es tan bueno, ni la mala lo ha de ser tanto, pues como alguien dijo, “siempre hay dos versiones, luego está la verdad”.
Es menos reciente, pero ¿quién no recuerda a aquél “pobre chaval” granadino, Alejandro Fernández, que hubo de entrar en prisión por haber pagado 79 € con una tarjeta falsa?, nos rasgamos, entonces, las vestiduras y cuán victimarios de un injusto sistema judicial nos mesábamos los cabellos al grito de “la justicia es para los ricos”, pero tras salir a la luz el larguísimo recorrido del pobre chaval por esos submundos del hampa y la delincuencia, pasó así de ser un ángel, a un verdadero demonio: “no, si ya decía yo que nadie va a la cárcel por 79 €”…

Todo esto, me lleva a pensar en la existencia de ese intangible cuarto Poder en España, en cómo se puede inducir o manipular a la opinión pública, dando una u otra versión, siempre sesgada, siempre partidista, para crear un convencimiento firme pero equivocado que nos termine abocando a esa inclinación, tan nuestra, de tomar parte activa en una lapidación social mientras nos negamos a escuchar todas las campanas y, cuando es posible, al campanero.

- Publicado en el diario VIVA JAÉN, Reflexiones de butaca, día 19 de septiembre de 2016 -

Panem et circenses.





Tras nueve tediosos meses y dos agónicos procesos electorales, las grandes familias patricias siguen sus pugnas políticas emulando a los Emilio Paulos, los Metelos o los Escipiones, en encarnizados combates dialécticos, alianzas y traiciones mediante, que quedan reducidos a la simple disputa por conseguir el honorable título del más imbécil, mientras el pueblo, sofocado ya el primer ataque de risas y chanzas, ante lo que bien podría ser una hilarante comedia de Plauto, se instala en un hastío que adereza con el encabronamiento, lógico y natural, de saberse ninguneado por tan indolente desgobierno.
Estúpida lucha de egos que esquilma el Tesoro público con fallidas fiestas de la Democracia, enfilando vamos, inexorablemente, el camino hacia la tercera en un año, los unos manteniendo el no tan claro mensaje de gobernar en precario, los otros, reivindicando la pretenciosa posición de resultar indispensables y, cuan lena en la antigua Roma, haciendo obscenos guiños a derecha e izquierda, cualquiera es bueno si les paga sus servicios, los de más allá alegando un compromiso con su electorado y mientras tanto, la ciudadanía, garabateando en los desconchados muros el “No reírse de Pedro Sánchez, por favor, no reírse”, cuando la realidad es que ya no nos quedan más carcajadas que soltar, ni más guasa que derrochar, pues el nivel de ineptitud de quien se ofreció en su día para Sumo Pontífice de esta herética religión, zozobra en un mar de ridículo e impericia. Y ahí siguen, viviendo de la sopa boba, que les pagamos su sueldo por no hacer nada, a la vista queda, no son capaces de llegar a un consenso por el bien del pueblo soberano al que representan y ya sólo les falta citarse en los aledaños del Congreso para solventar a puñetazos sus diferencias –a ver quien la tiene más larga – que, con corbata o descamisados, no son sino simples macarras de barrio. Indecentes trabajadores del dolce far niente, burlándose impunemente de su electorado: los abnegados españolitos de a pie, extraña raza ésta que se caracteriza por ganarse el pan con el sudor de su frente, no está para más pamplinas, y ya sólo aspira a tener un Gobierno del que poder quejarse, pues no nos vale el “pan y circo”, tenemos el vicio de ganarnos el sustento trabajando a diario y el espectáculo montado en la gran carpa de San Jerónimo ya empieza a importunarnos.

Pónganse de acuerdo de una vez y si no lo hacen, al menos, no sigan cobrando, que a nosotros, los que, por miedo o practicidad, les hemos puesto en esa pista central, nadie nos paga por perder el tiempo.

- Publicado en diario VIVA JAÉN, "Reflexiones de butaca" el pasado día 12 de septiembre de 2016 -

jueves, 1 de septiembre de 2016

Matones de tres años hoy, macarras de quince mañana.



No falta quien dice que “no hay niño feo”, aserto éste que no puedo compartir en modo alguno, pues los hay, al igual que entre los adultos, feos y guapos, simpáticos y estúpidos, educados y maleducados, pero cuando un niño poco favorecido, por no llamarlo directamente adefesio, concita en su nefasto ser diminuto junto con unos rasgos faciales difíciles de mirar, un carácter agresivo y cargante, el engendro en sí pasa a convertirse en una odiosa criaturilla del mal. Ese pequeño monstruo que campa a sus anchas en su más tierna infancia, sin conocer normas ni reglas, ni reconocer autoridad alguna, ajeno al concepto de respeto a los demás, será luego un adolescente conflictivo y, con toda probabilidad, un adulto delincuente. Es así, no hay más… Ser feo no tiene remedio, pero ser un salvaje se puede corregir… o no, depende claro.

He decidido dedicarle a mi sobrina Victoria mi último día de vacaciones disfrutando de su compañía y llenando nuestro tiempo de pintura de dedos, helado de chocolate y juegos, hoy. Ha cedido ya, un poco, el calor imperante en este último día de agosto y nos dirigimos, a la caída de la tarde, hacia la zona infantil de un parque próximo a mi casa. Victoria, al igual que su hermano y sus primos, está recibiendo una educación basada en la disciplina y en el orden. Mis hermanas, con gran acierto, intentan inculcarles a sus vástagos ya no sólo las más elementales normas de comportamiento y civismo, comúnmente denominadas educación, sino que además promueven valores como la generosidad, la tolerancia, el respeto, la cooperación y ayuda al más débil… conceptos éstos, al parecer, desconocidos en la actualidad. Nos aproximamos a ese hervidero de duendes vocingleros donde se amontonan, entre mobiliario de juego anclado a una mullida superficie, pequeños seres de diversos tamaños y sexo, pugnando por descalabrarse desde el barco pirata o saltando entre pequeñas setas que provocarían, sin duda, el descoyuntamiento de cualquiera que exceda de los 25 años. Ahí está la ruidosa manada de funambulistas, cabrioleando y deslizándose por el tobogán que surge desde las almenas de un castillo en miniatura. Mi sobrina, de apenas tres años, se suelta de mi mano y entra despavorida en el recinto, la veo correr para, ordenada y pacientemente, ponerse a la cola de ascenso al barco pirata, supongo que para mitigar la tediosa espera, comienza entonces una conversación con la niña que la precede, algo más pequeña, y, de forma cortés, no podría ser de otro modo, se presenta solicitándole, a continuación, el nombre a esa espontánea compañera de juegos, entablan, así, un diálogo en el que planean cómo subir entre la tela de araña de cuerdas multicolor para coronar la cubierta, cuando llega un niño, aproximadamente de la edad de Victoria, feo como la muerte y bruto como un nativo de Borneo que, entre empujones al resto, se coloca el primero, entorpeciendo en su violenta subida la de otro niño que casi pierde el equilibrio al recibir un señor pisotón, del cafre, en ambas manos. El salvaje en cuestión sale disparado luego por la barra, con la buena fortuna de no estamparse contra suelo, para dirigirse, como poseído, hacia uno de los balancines en el que juega otro y siguiendo lo que parece ser su normal forma de proceder, lo tira al suelo de un empellón ante la estólida y silente mirada de quien, supongo, debe ser la madre de aquél animalito con zapatillas de deporte, pues porta en los brazos otro pequeño simio muy parecido, físicamente, al talibán.

Observo como mi sobrina ya está subiendo ayudando a Julia, esa nueva e inopinada amiga cuya ascensión, al ser más pequeña, le resulta tanto más dificultosa. Veo que, junto con otros niños, empiezan a jugar y me despreocupo de ella fijando, nuevamente, mi atención en el bárbaro de distraída belleza - ¡pero que niño más feo! - que se pasea en plan matón por la zona de juego, desafiante, soltando golpes y mandobles a cualquiera que intente evitar su voluble apetencia por disfrutar de los diversos elementos. Al parecer, el pequeño patán, que aún no es consciente de que no puede jugar con todo a la vez y debe tener la creencia de que es de su absoluta y exclusiva propiedad, está, ahora, en pugna por tirar de la seta a otra niña que acaba de sentarse en ella. Miro a la madre: nada. Ninguna reacción por su parte, ni reprende la actitud de macarra que mantiene en ese absolutismo violento que, desde mi llegada, desprende aquél enano cabrón, ni le afea, tampoco, su rudo comportamiento de sátrapa.

Se queda una de las setas libres y llega Victoria – que ya se había hecho previamente merecedora de dos empujones en el barco que quise interpretar como simples “lances” y a los que no dí ninguna importancia, pese a tener ya en el punto de mira al niño-bestia-, apenas se sienta, el horrendo cafre le propina un nuevo empujón en la espalda, ella se queja a la indolente madre: “No deja de empujarme” quien no mueve un músculo de la cara pero repara en el modo en que estoy mirando a su hijo, la interpretación, obviamente, no podría ser otra que “Si pudiera, te soltaba dos guantazos que te dejaba nuevo, ¡animal de bellota!” y es entonces cuando le dice, en el mismo tono neutro que si le preguntara si el bocata lo quiere de Nocilla o de queso, “Ángel, no se empuja”, ante la falta de sangre en aquella mujer le digo: “Mira, es que no es el primero que se lleva, puede que debas explicarle a tu hijo que hay que respetar a los demás niños y que el parque no es suyo”, me mira inexpresiva sin abrir la boca, cuando la choni que la acompaña, cigarrito en ristre pese a encontrarnos en una zona infantil y pelo bicolor: frito en las puntas, de un estridente color amarillo pollo en llamativo contraste con unas grasientas raíces negras sale al quite, “Son niños…” - intentando así justificar el comportamiento del tal Ángel, a quien le resultaría más apropiado el nombre de Belcebú -, es cuando ya estallo: “Perdona, hablaba con ella. No obstante, hoy son niños, pero si no se les reprende, en unos años, se convierten en verdaderos delincuentes, agresivos matones de barrio”, éste ya me barrunto yo que es carne de prisión y un psicópata en potencia, pensé, y vuelve, la choni a decir “¿No ves que le está regañando?. Será que ella – dirigiéndose con un ligero cabeceo a la madre modelada en plastilina – no tiene educación y vergüenza, vamos, y su familia igual”, desisto de entrar en diatribas y respondo clavándole al puñetero niño una mirada asesina: “Evidentemente, evidentemente…  a la vista está. Venga, Victoria, vamos a la otra zona a ver si allí encontramos algo más de civismo o, al menos, restos de vida inteligente”, cojo la pequeña mano de Victoria y paso entre la choni fumadora y la madre con el mono llorón en brazos en dirección a otros toboganes instalados a unos metros, le digo: “Victoria, tienes que espabilarte, no puedes permitir esa conducta de ningún abusón, si te ha empujado aposta, devuélvele el empujón” y me contesta “Mami dice que no hay que pelearse”, tras el episodio que, momentos antes, ha dejado en evidencia que un simple parque infantil es el fiel reflejo de la realidad actual, pues los niños son, por mimetismo, la réplica exacta de sus familias y desde el convencimiento de que, en la vida, mis sobrinos deben aprender a defenderse de los avasallamientos y a hacerse respetar, le sujeto la barbilla para mirarla: “Me parece bien lo que dice mami y tiene razón: no hay que pelearse, aunque tu tía te aclara que nunca debes pegarle a nadie pero si alguien te pega a tí primero, te defiendes. Una pelea jamás se empieza, siempre se termina y ahora corre, mira que cama elástica tan chula”.


“Es propio de aquellos de mentes estrechas EMBESTIR contra lo que no les cabe en la cabeza”, dijo Antonio Machado y yo ahí lo dejo.

jueves, 28 de julio de 2016

El valor de lo que, de verdad, importa.



Son, apenas, las tres y media de la tarde cuando recibo, en mi casa, la inesperada visita de un repartidor del Club Gourmet, quien, en medio de un calor impenitente, me trae una caja primorosamente envuelta. Le firmo el albarán de entrega y tras darle las gracias, la dejo en la cocina preguntándome qué puede contener y, sobre todo, la identidad de su remitente. La abro despacio ayudándome de las tijeras y descubro en su interior unas botellas de buen vino, junto con una tarjeta de exiguo contenido que, no obstante, rebosa gratitud y afecto.

Sonrío, es inevitable no hacerlo, y pienso en la bonhomía de Clientes que, con detalles como éste, me instalan en el convencimiento y  esa serena paz de espíritu germinada al abrigo de la satisfacción por el trabajo bien hecho. Que valoren mi esfuerzo y reconozcan la labor, motiva, con gran frecuencia, una inyección de complacencia que no supone sino un nuevo aldabonazo sobre la acertada elección tomada hace ya casi veinte años, aunque siempre he dicho que yo no elegí mi profesión, más bien, fue ella quien me eligió a mí y he de reconocer que, si no me dedicara al ejercicio de la Abogacía, no podría dedicarme a ninguna otra cosa, al menos, no con la plácida sensación que me acompaña desde mis inicios, la de consagrarme, en cuerpo y alma, a lo que siempre ha sido un baluarte a lo largo de mi vida: contribuir, en la medida de mis posibilidades, a hacer Justicia, hoy, siguiendo la definición de Ulpiano, al practicar “el arte de lo bueno y de lo justo”, desde, y cada día es mayor mi certeza, una faceta quijotesca: luchando contra gigantes, que no molinos, vagando por amplias mesetas junto a mi fiel escudero, la Ley. Librando, en mi apasionante andanza, mil y una batallas.

Son múltiples las cicatrices que me recuerdan mi condición, una por cada pleito encomendado, y las inherentes consecuencias de vestir la toga, pues los atributos que la recubren deben ornar, siempre, el proceder de quien la porta: lealtad, decoro, sensatez, dignidad, trabajo, honradez, esfuerzo, mesura, justicia y verdad, términos todos que, no exentos de cierta evocación romántica, son los que han de regir la andadura del Abogado, tanto en el plano profesional como en el personal, no pudiendo desligarse sin incurrir en una malsana bipolaridad, siendo que quien se postula como buen profesional ha de ser, necesariamente, buena persona primero, al excluirse naturalmente, en esta ecuación, los signos opuestos.

Pienso ahora, mientras me dispongo a disfrutar de una copa de Ribera, en esos traviesos guiños que, en ocasiones, te regala la vida como cuando alguien te muestra su sincero agradecimiento sólo por cumplir con tu deber. ¡Salud!.

“El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro y acompasarlo con el blanco para correr sin perder el equilibrio”.
(Platón)

miércoles, 27 de julio de 2016

En el Nombre del Padre.







Contemplo, horrorizada, a la circunspecta presentadora del informativo dar la noticia de un nuevo ataque yihadista en Normandía con el tétrico resultado de un sacerdote, de 86 años, degollado ante los fieles que asistían a la celebración de la Santa Misa, dos religiosas y dos laicos, mientras sus asesinos grababan el primer ataque perpetrado contra la Iglesia Católica.

Allah u-Akbar… Objeto de la ira más radicalizada, inoculada por el recién instaurado Califato de DAESH en ese caldo de cultivo que es la marginalidad y la falta de instrucción de las que salen los soldados de Allah. Estos muyahidines ya habían sembrado el terror en un supermercado judío, una redacción de prensa, un tren, en terrazas y bares, en una sala de conciertos, un colegio, un estadio deportivo, incluso en la vivienda de dos policías y en un paseo marítimo abarrotado de familias con niños que se disponían a celebrar su Fiesta Nacional, generando con esta abominable sacudida la fractura social de Francia, brutalmente golpeada, donde ha terminado por germinar, a partes iguales, el patriotismo xenófobo y la reivindicación de los derechos humanos de los refugiados. Pero hasta ayer, los sicarios islamistas habían respetado lo que mayor odio les suscita: la Iglesia Católica. Allah u-Akbar…

Esos ignorantes a quienes consiguen, desconozco el método empleado pero debe, sin duda, estar basado en la más pedestre de las quimeras cuando quienes saltan por los aires provienen de los estratos más bajos de la sociedad, de ese fangoso submundo del hampa y la delincuencia, empujar a la propia inmolación que les abrirá las puertas del Paraíso con la premisa de alcanzar mayor gloria en función del número de vidas infieles que arrebaten en su resurgimiento como mártires de la Yihad, se han atrevido, finalmente y en un osado acto de oprobio, con un hombre de Dios, no del suyo claro está, asaeteando las entrañas mismas del Catolicismo, llamando a una Nueva Cruzada, heredera de la descalabrada que auspiciara el rey francés Luis IX. La Historia sigue, inexorablemente, un recorrido cíclico y ha de empezar donde terminó, así ha venido sucediendo desde el inicio de los tiempos y así seguirá siendo. Con Francia terminó, con Francia habrá de principiar.


Se reabrirán las heridas que empujen, quizás, a la guerra entre sarracenos y cristiandad, proclamando mártires en uno y otro bando, una lucha en la que lo que menos importa será la religión, el mundo del siglo XXI sólo se mueve por intereses económicos y políticos, pero ¿eso qué más da?, no faltará, jamás, quien con el Corán en una mano y la cimitarra en la otra despoje de vida al infiel al grito de Allah u-Akbar, sin llegar a comprender, durante tal ignominia, la Sura 5.32 del Corán “quien matara a una persona que no hubiera matado a nadie, ni corrompido en la tierra, fuera como si hubiera matado a toda la Humanidad. Y quien salvara una vida, fuera como si hubiera salvado las vidas de toda la Humanidad”. Y, mientras tanto, los Cruzados, inermes y desarmados por la desidia de nuestros dignatarios, seguiremos recibiendo la cuchillada asesina en el Nombre del Padre.

"Dios, mi Señor, consigue con mi espada que aquellos que te buscan,
te encuentren.
Dame fuerza para los desalentados, dame esperanza para los oprimidos, 
dame misericordia para los arrepentidos,
sobretodo da tormento para los perversos y 
ante todo, da justicia a los excluidos".
(Oración de los Caballeros del  Temple antes de la batalla)

lunes, 25 de julio de 2016

Es la Festividad de mi Patrono, permítanme celebrarla: "¡Santiago y cierra España!".



Ya los mauros, sufrieron su peor derrota en la Batalla de Simancas, en la que fuera, bajo la protección del Apóstol, la mayor de las victorias que tuvieron lugar, engrandecida y mitificada por la pérdida del preciado ejemplar del Corán de Abderramán III, ante la constante amenaza musulmana. Aquél día, los valientes caballeros cristianos, arrodillados en el campo de batalla, encomendaban sus vidas al Altísimo antes de entablar contienda, conocedores de su desventaja ante las huestes moras, cuando abriéndose el cielo en dos descendió de él toda una cohorte de bravos guerreros capitaneados por Santiago, en su imponente corcel blanco, flanqueada su derecha por el joven mártir San Paio espada en alto, para auspiciar, en respuesta a sus plegarias, la victoria de las tropas del Rey leonés, Ramiro. Capitulación que, no obstante, no quedaría sin venganza, pues nuevamente y en aquella ocasión, los muyahidines, espoleados entonces por el sangriento Almanzor el Victorioso, cargaron y asolaron Santiago, sin atreverse, no obstante, a profanar el pequeño mausoleo donde reposaban los restos del Santo, sustrayendo, a modo de injuriosa humillación en aquella cruenta razzia, las campanas que fueron obligados a portar, sobre sus hombros, los prisioneros cristianos hasta su llegada a Córdoba, las mismas que tornarían, por idéntico camino, a espaldas musulmanas, tras la Reconquista cristiana doscientos años después.

No es casualidad, pues, que ya desde la Reconquista, pasando por las guerras Imperiales y hasta nuestra historia moderna, las tropas españolas, antes de cada carga, se encomienden al Apóstol, invocando su protección al grito de “¡Santiago y cierra España!”. Tampoco es en vano Patrón de España: Santiago el Mayor, el Santiño, el Apóstol Guerrero, el Protector.

Y aunque haya quien, a estas alturas, aún no se haya enterado, nos hallamos ante otra Guerra Santa, la iniciada frente a Occidente por aquellos que han llamado a la Yihad desde el Califato del autodenominado Estado Islámico, hemos sufrido ya el zarpazo de la bestia en países vecinos, mientras esperamos, resignadamente y mirando hacia otro lado, como si esa indolencia nuestra fuera a indultarnos de una condena ya sentenciada y a expensas de su inexorable cumplimiento, que no seamos nosotros, moradores del extinto Al Andalus, quienes reciban el mandoble de la furia islámica, bañado en negro dolor y púrpura sangre, a la luz de una media luna siniestra que se yergue en la oscuridad de la noche, pues pesa sobre nosotros el lúgubre pronunciamiento: somos infieles y ocupamos el territorio que una vez conquistaron.

Así que aunque sólo se deba a que la intimidación propagandística de este radicalismo reviste serios tintes de veracidad, a la silente apatía de nuestros dirigentes que no son, ni podrán serlo jamás, como los fieros reyes astures o leoneses, o al profundo convencimiento de mi fe en el Apóstol: hoy es la Festividad de mi Patrono, permítanme celebrarla haciéndolo como desde hace siglos lo vienen haciendo nuestros ancestros, honorables predecesores de los, hoy, españoles de bien, y no puede ser sino al grito de ¡Santiago y cierra España!.

“Verás la maravilla del Camino,
 camino de soñada Compostela.
 ¡Oh lirio y oro! Peregrino en un llano entre copos de candela”
(Antonio Machado).


viernes, 22 de julio de 2016

El Maestro Armero.



                Entre el cansancio acumulado de un largo año, el calor sofocante que nos acecha desde una atmósfera preñada de ese rojizo polvo sahariano que escupe barro para arrancar, luego, fuego de la tierra y la histeria colectiva que se contagia, curiosamente, cada mes de julio, los finales de Curso Judicial son extenuantes, supongo que el maltrecho sistema nervioso se encuentra ya próximo al paroxismo y que cuanto más se anhela la llegada de un acontecimiento, más parece demorarse en el tiempo que, lejos de transcurrir con la rapidez habitual que te obliga a ir al límite en los plazos procesales, parece regodearse en una flemática parsimonia que roza la crueldad, infligiendo al ansioso, que se encuentra ya gravemente aquejado por ese recalcitrante síndrome pre-vacacional, el martirio de asistir a una indolente suspensión de los días en los vértices de un tiempo paralizado.

                Y así transcurren los finales de cada mes de julio, sumergidos en el sopor de un aletargamiento perpetuamente asaeteado por molestas llamadas telefónicas, urgiendo a la resolución de “lo mío, que… me tengo que ir unos días de vacaciones y me lo quiero yo dejar eso averigua’o…” o aquellas otras que, inopinadamente, te hacen estudiarte el asunto e interponer la demanda porque el 31 de julio va a acabarse el mundo, y es algo que no puede esperar a septiembre, “no vaya a ser que (en pleno apocalipsis) se tuerza la cosa luego”… Son inevitables, también, los demás contratiempos e inconvenientes que, por aquello de que todos los golpes van al mismo dedo, suelen suscitarse, irremisiblemente, cada final de julio: plazos, señalamientos de última hora que no tenías previstos y que, precisamente por ello, escuecen más. Esas últimas exigencias de “ajuste y cierre”, tan comunes en cualquier despacho, la extenuación y las ganas de desconectar hacen, al doliente Abogado adoptar el modo stand by desde mediados de mes y yo, claro, no iba a ser la excepción.

                Mientras intento poner algo de orden en los papeles que se acumulan en mi mesa, ubicando cada expediente en el sitio que le corresponde y cruzando los dedos para no encontrarme con ningún sobresalto con origen en la, tan temida, LexNet, doy inicio a la operación “desvío”, marcando inconscientemente un número: el del Maestro Armero.


martes, 5 de julio de 2016

La mala educación, ese valor en alza.



Lo mío con mi casa, he de reconocer, es una verdadera historia de amor. La descubrí, por casualidad, un día de febrero de hace ya casi diez años y me fue más que suficiente, la breve visita realizada, acompañada de la agente inmobiliaria, para enamorarme profundamente de ella y al cabo de no más de tres minutos decir, sin más: “Me la quedo”, ante el estupor de la solícita chica a quien no le hizo falta hablarme de las bondades del enclave, la calidad de los materiales, etc. Aquél apartamento, de nueva obra, integrado en un inmueble rehabilitado donde la piedra natural y la madera predominan, en pleno corazón del casco histórico, me cautivó hasta el extremo de decidir que aquél, y no otro, sería mi hogar. Tardé poco más de un mes en hacer algunas mejoras: un maravilloso suelo de madera oscura, un armario empotrado, construido en el mismo material, en la habitación, y un cabecero de escayola donde irían instalados diversos puntos de luz cálida que proyectarían su iluminación sobre los huecos donde colocaría algunas de mis láminas predilectas de Gvstav Klimt, yo ya lo veía en mi cabeza antes, incluso, de materializarse por los operarios siguiendo mis expresas indicaciones. Pero sin duda, lo que más me cautivó fue el patio interior, “aquí – me dije – será donde pase la mayor parte de mi tiempo libre leyendo o escribiendo, un oasis de paz que decoraré a base de plantas y flores y donde disfrutaré de la templanza de las noches de primavera”, con esa idea instalé una preciosa reja de forja en la puerta de acceso al mismo, a juego con la de la ventana del cuarto de baño, desde cuyo petril empezaron, rápidamente, a tomar ascendente posesión los potos, creando una tupida cortina entre la que, a retazos, aparece el hierro torneado. Sembré diversas plantas y lo terminé acomodando con algunos otros detalles decorativos de exterior: una mesa y dos sillones, un centro cerámico, velas de jardín y un farol marroquí. Pasó de este modo, aquél patio, a tomar un protagonismo especial con la aparición del buen tiempo y, hasta la fecha, es un ritual que se ha venido repitiendo con la llegada de cada primavera. El hecho de que la ventana del piso de al lado, que se corresponde con el pasillo de entrada a ese inmueble, se halle abierta al patio, nunca había supuesto inconveniente alguno, ese hueco, propiedad de la Comunidad, tiene como finalidad recibir luces, que no vistas y hasta hoy, la discreción de los diferentes moradores que, en régimen de alquiler, lo han ido ocupando sucesivamente, ha permitido que, en ocasiones, no llegara a conocer ni sus rostros… pero claro, eso ha sido hasta hace unos días…

Es un sábado de julio, como cualquier otro, salgo al patio para regar las plantas y, sentarme tranquilamente, después, a disfrutar de un calmo desayuno, con la placidez del frescor del agua mientras me recreo en la lectura de los periódicos digitales del día. Es entonces cuando me topo con la turbadora visión de unas flores y hojas, de plástico, colocadas sobre los tres maceteros de terracota que ya se encontraban listos para ser repoblados con hortensias azules a cuya espera de recibir me encuentro y echo en falta, también entonces, el macetero rojo. Me llama poderosamente la atención la instalación de una pequeña valla de madera, anclada directa e inestablemente sobre el mantillo, a modo de esperpéntico colofón de ese atentado contra la estética al que asisto. Tras mi estupor incial, decido prudentemente no adulterar el clima de buena vecindad que debe regir en cualquier relación entre condueños y culmino mi tarea, intentando, en todo momento, evitar semejante visión, pero decidida a reivindicar mi propiedad tan pronto como tenga en mi poder la mercadería que hace unos días encargué en el vivero.

Poco después, salgo de casa y es cuando me encuentro en el rellano con el inquilino del inmueble, un joven greñudo con gafas, pero de simpática sonrisa que, a modo de saludo, me espeta: “¿Qué vecina, te gustan las flores que hemos puesto en la ventana?”, le sonrío y con toda la cordialidad de la que soy capaz, le aclaro: “Verás, esos maceteros son míos, en realidad, cada año con la llegada del buen tiempo, los repueblo con plantas naturales, preferentemente de flor, de hecho ya se encontraban limpios y listos para…”, no puedo concluir, su pareja se asoma en ese momento: “¿Perdona?, el casero me dijo que podía poner unas macetas ahí”, el tono que emplea ya no es tan afable, “Buenos días. Verás, el uso del patio me corresponde a mí y, sobre todo, es que los tiestos que habéis empleado son míos”, “¿Tuyos? – ahora parece titubear -, ah, pues… perdona entonces porque no lo sabía, lo mismo también es tuyo uno rojo que he cogido para ponerlo en mi patio”, “Pues sí, uno rojo tubular, de cerámica, donde suelo poner tulipanes, aunque su sitio habitual está en mi cocina”, contesto, para aclarar a continuación: “Pero vamos que hasta que no me avisen del vivero que puedo retirar las hortensias, no me importa que siga ahí ‘eso’ que has puesto”. Me mira de manera indescriptible pero no me dice nada, nos despedimos y cada uno se va a sus quehaceres, los propios, supongo, de un sábado por la mañana.

… (…)…

Es domingo y me encuentro disfrutando del solazado descanso al abrigo de unas maravillosas líneas del cuño de Kundera, envuelta por la aterciopelada voz de Annie Lennox, cuando me sobresalta el sonido del timbre. Con el fastidio propio de la interrupción me dirijo hacia la puerta, mientras voy ensayando una enorme sonrisa, no espero a nadie y aún menos el ceñudo rostro de mi vecina, la amante de la naturaleza ortopédica, que se me representa cuál fantasmagórica aparición:

-          “Oye, que vengo a decirte que las flores que puse ayer, se han caído a tu patio, volcando la valla de madera y los maceteros y que está todo en el suelo”.
-          “Buenos días – aunque la información me ha sentado como un puñetazo en pleno rostro, amplío la sonrisa -, ya, es que al no estar anclada, pues claro… Es que no deberías haberlo puesto porque…” – me resulta imposible terminar:
-          “¡¡Vamos a ver, que he llamado a mi casero, me he informado y me ha dicho que yo en ‘mi’ ventana puedo poner ‘lo que me salga del coño’ - ¡toma ya! - que tú no tienes por qué usarla para nada!!”.
-          “Verás – intento controlar las ganas de estamparla contra la pared, ya no sólo es que se dibuje como un grotesco ser, carente de instrucción y formación, es que es, en toda regla, el paradigma de la falta de educación en su más puro estado -, no es mi intención discutir contigo y, aún menos, en los términos que estás empleando, el uso y disfrute del patio es un derecho que tengo atribuido en exclusiva, lo que tú llamas ‘tu ventana’, no es tal sino ‘propiedad de la Comunidad’, tu casero puede decir lo que tenga a bien o se le antoje, pero, desde luego, lo que no puede hacer es: ni disponer, ni autorizar, tampoco, disposición alguna de sobre algo que no es suyo. Vuelve a tu casa y ahora te doy, por la ventana, lo que se ha caído”. –

Cierro la puerta, respiro profundamente y me dirijo al patio temiendo el estropicio que resulta ser aún peor de lo que me podía barruntar: me encuentro el suelo, limpio, lleno de tierra y esas “beldades” sintéticas diseminadas sobre unas preciosas baldosas de terracota que esmeradamente riego a diario, mientras la oigo mascullar: “¡¡¡Vamos, vamos, vamos…!!! a discutir, dice, que yo no he ido a discutir sino a avisarte, y que yo en ‘mi’ ventana pongo lo que me dé la gana, ¿pero esto qué es?, vas a venir tú ahora a decirme, a mí, lo que puedo o no hacer yo en mi puta casa. ¡A mí!”.

Me agacho para ir recogiendo, uno a uno, aquellos egendros “Made in China” enterrados entre el mantillo, así como ese listón de madera desmadejado, creo que lo más efectivo es poner fin a semejante discusión y le digo:

-          “Nadie te ha dicho que no hagas en tu casa lo que estimes procedente y más oportuno, pero permíteme que te insista en que este petril, antepecho o poyete, no es de tu propiedad, sino de la Comunidad, déjame que te reitere, también, que el uso exclusivo de la totalidad del patio es mío, pero vamos, que no voy a tener ningún inconveniente en que instales aquí lo que te apetezca siempre y cuando lo hagas en maceteros y tiestos de tu propiedad y procures que no ensucien el patio”.
-          “¡¡Ah sí!!, tú es que sabes muchas leyes, si ya me lo ha advertido mi casero, que eres abogada”…
-          “Mira – intento no perder la calma aunque noto una oleada de ácida irritación que me asciende desde la boca del estómago -, sinceramente, a tu casero y a ti tanto os debería dar que yo sea abogado o cajera de Carrefour… nuevamente te digo que no es mi intención discutir contigo y… para zanjar definitivamente esta cuestión, aunque ningún derecho te asista, si quieres decorar el petril, antepecho o poyete: hazlo – mastico con fruición mi venganza al cruzarse, rauda como un rayo por mi mente, la idea de instalar una celosía que evite, en lo sucesivo, este tipo de incidentes pero que, sin duda, va a perjudicar su pretendido disfrute visual-. Si bien, vuelvo una vez más a apercibirte  de que lo que se te ocurra poner, debe tener una doble limitación: ser de tu propiedad y no ensuciar el patio”. Concluyo así, retirando mis recién recuperados maceteros y apilándolos calmosamente en el suelo, próximos a la pared, mientras hago caso omiso a los visajes y a la absurda e inconexa retahíla cuya verbalización tiene lugar al otro lado de la dichosa ventana.

        Y así es, amigos lectores, cómo hoy me encuentro a la espera de instalar una preciosa celosía que ya tengo encargada como otro más de los elementos decorativos que ornan mi patio, ese remanso de paz ajeno a todo, incluso, a la mala educación, ese valor en alza…

          Y parafraseando a otro de mis escritores favoritos “Se necesitan dos años para aprender a hablar, y otros sesenta más para aprender a callar”, dijo Ernest Hemingway y yo me atrevo a apostillar, especialmente cuando no se sabe ni de lo que se habla pero se arroga, uno, el derecho “porque se lo ha dicho su casero” extremo que denota una soberana falta de entendederas, de modo que antes de enzarzarte en una absurda discusión con un idiota, rebajándote así al terreno de la supina idiotez, omítelo, porque en ese campo él te lleva ventaja y terminará ganando la partida.

        Solución: celosía que preserve mi intimidad y me evite, de paso, la espeluznante visión de naturalezas polímeras. Principio y fin de la discusión.



martes, 26 de abril de 2016

Lola (mi Lola) se va a los puertos.


Ya os he hablado en alguna ocasión de Lola. Mi amiga de la infancia que una vez se llamó Alejandra y os he narrado, también, algunos de los episodios que han tenido lugar a lo largo de nuestros muchos años de amistad. Hoy ha aparecido en el Despacho, sin avisar. Lola – que antes se llamaba Alejandra -, es así: se niega, por principio, a aceptar y reconocer convencionalismos, dice y hace, siempre, lo que le apetece y ha debido decidir que hoy era tan buen día como otro cualquiera para visitarme. Una de esas fugaces visitas por sorpresa que tanto le gustan…

Estaba enfrascada en la lectura de una demanda que debía contestar, absorta en la disección fáctica y jurídica que la fundamentaba cuando unos golpecitos en el cristal han terminado sacándome de mi ensimismamiento, entre las persianillas y el vinilo he conseguido atisbar el rostro sonriente de Lola. Mi amiga de la infancia. Le he hecho un gesto invitándola a pasar mientras me levantaba para abrirle la puerta. Un par de sonoros besos y algunos efusivos abrazos después nos encontrábamos sentadas cómodamente, una al lado de la otra.

-          “Tengo que contarte algo muy importante” – me ha disparado a bocajarro. Me esperaba cualquier cosa viniendo de ella, claro, y he guardado un absoluto mutismo como índice de que esperaba ávidamente a que me transmitiera qué era eso tan trascendente que había venido a decirme.

-          “Sabes que llevo tiempo, demasiado quizás, dejándome llevar por la rutina Siento que me asfixio y que me puede el aburrimiento, todos, absolutamente todos, los días son iguales, grises y monótonos… estoy empezando a pensar que esa apatía me anquilosa…”

Lola, desde que a los cuatro años decidió que era así como se llamaba y no Alejandra, siempre ha sido una persona inquieta y muy activa, supongo que en su concepción de vida no cabe el estatismo y jamás ha sido capaz de hacer, durante más de un tiempo razonable, lo mismo, ha viajado por medio mundo, ha trabajado en infinidad de actividades, pero Lola es así, dice que, como Ulises, navega en su personal odisea hacia Ítaca y que ese viaje finalizará cuando entreguen sus cenizas al familiar más próximo, y no es que sea alguien macabro – que en modo alguno lo es -, es que Lola es así: muy Lola.

-          “Así que… he decidido que me vendrá bien un cambio de aires… - ha sonreído enigmática y yo, por mi parte, he imaginado que se trasladaba al campo, donde tiene esa especie de exótico huerto donde cultiva las plantas a las que, a su muy libre antojo, le atribuye tal o cual efecto sanador, como ya sabéis por habéroslo participado en algunos de mis posts anteriores, he pensado que, en el fondo y dada su riqueza interior, sería feliz siguiendo una vida de eremita, pero unos instantes después supe que me equivocaba – ¡me voy a Tamiahua!, ha soltado de repente.

-          “¿Qué te vas a dónde…?” – casi le he gritado -.

-          “Tamiahua… verás, es un pequeño pueblo pesquero de Veracruz, en México”.

-          “Ah…”, en mi cabeza empezaban a tomar forma las miles de posibilidades por las que Lola había decidido, tan repentinamente, irse a un pueblo pesquero de México, se me ha ocurrido que hubiera conocido a alguien interesante por internet, que hubiera decidido establecerse allí temporalmente para estudiar la flora mexicana o que, incluso, hubiese aceptado una oferta de empleo, no obstante, y como no quería desilusionarla, le he preguntado, intentando imprimir un tono serio a la cuestión, con sincero interés - ¿Qué vas a hacer allí?, no sé…¿tienes pensado que sea por mucho tiempo… conoces a alguien…?

Y aunque, como digo, Lola ha formado parte importante de mi existencia desde que tengo recuerdos y sé que no debería sorprenderme absolutamente ninguna de sus decisiones, aún sigo atónita por la explicación que me ha dado:

-          “Necesitaba comprar tomates para una ensalada y esta mañana he ido temprano al mercado, iba distraída mirando los puestos cuando al pasar por una pescadería he visto una langosta preciosa: brillante y roja, me he acercado como atraída por un imán y al posar mi mano en su caparazón, he oído el mensaje: DEBES SALVAR A LAS LANGOSTAS, me ha dicho mirándome con esos ojillos negros lastimeros y, sinceramente, no he podido negarme, evidentemente, la he comprado y me la he llevado a casa, salvándola de una muerte segura, escalfada en algún caldero de agua hirviendo… Está bien, está bien, Ingrid está bien – se ha apresurado a tranquilizarme, al confundir, probablemente, mi gesto de estupor con el de preocupación -, está en la bañera y hemos tenido una larga charla, así que finalmente hemos decidido que viajaremos a Tamiahua y allí, las dos, crearemos un HOGAR PARA LANGOSTAS… hemos pensado ya hasta el nombre “LA CASA DE LOLA E INGRID – LAS LANGOSTAS SON Y SERÁN SIEMPRE BIEN RECIBIDAS EN NUESTRO HOGAR”. Por cierto, nos vamos mañana… “  - ha sentenciado a continuación poniendo punto y final –

Sé que no debería haberme impresionado ni su decisión, ni las razones que la han llevado a adoptarla, pero llevo sumida en el asombro desde entonces. Lola se ha levantado, pidiéndome que le deseara toda la suerte del mundo, me ha abrazado muy fuerte y se ha ido. Me he sentado, consternada, nuevamente ante el ordenador y sólo me ha vuelto a sacar de ese estado de abstracción en el que me ha dejado, cuando inopinadamente ha vuelto a abrir la puerta para preguntarme:

-          “¿Crees que podré llevar en cabina a Ingrid o me obligarán a que vaya en la bodega?”, sin esperar mi respuesta ha vuelto a desaparecer, afortunadamente, porque he de reconocer que desconozco las normas de las Compañías Aéreas en relación al “animal de compañía langosta”. Supongo que, dentro de unos días, recibiré algún e-mail o puede que, por ese sentido de un añejo romanticismo decimonónico que imbuye todo lo relacionado con Lola, reciba una postal de un precioso pueblo a orillas del Pacífico con un matasellos de Veracruz – México. No lo sé… la verdad es que no lo sé, tendremos que esperar.

Ya os contaré…


Ha sido, tras su marcha hace un rato, cuando, una vez más, me ha venido a la mente esa frase de Paulo Coelho que Lola repite como un mantra: “DEJA DE PENSAR EN LA VIDA Y RESUÉLVETE A VIVIRLA”. Me parece una buena filosofía vital ésta, la de mi amiga Lola.

viernes, 22 de abril de 2016

La invasión de los bárbaros famélicos.



En estos tiempos convulsos en los que, durante tres meses, no han sido capaces de ponerse de acuerdo, nuestros representantes, para formar un Gobierno estable, cumpliendo así el democrático mandato conferido por sus votantes. En estos tiempos revueltos en los que asistimos impertérritos a la animalización del ser humano: unos, muyahidines enviados de Allah, destruyendo tesoros arqueológicos a cuenta de una Guerra Santa, otros, bañando a sus hijos en charcos de un barro frío mientras, en su desesperada huida hacia ninguna parte, se hacinan suplicando se les dispense la dignidad que es claro, Europa se niega a otorgarles.

Me pregunto quien divide Oriente y Occidente trazando esa imaginaria línea cultural, que considera a quienes nacieron en el primero, unos ‘bárbaros’ y confiriendo a quienes tuvimos la suerte, accidental, de nacer en la “cuna de la civilización”, una superioridad que, a la vista está, no detentamos: ¿Quién permanece impasible ante la miseria de miles de seres asustados, ateridos de frío y flagelados por el hambre y el horror?, sin duda, aquí, en el ilustrado Occidente, no faltaría el filántropo de turno que respondiera sin dudar: “Sólo un bárbaro”…

Bárbaros. Es, en lo que indefectiblemente, nos hemos convertido: unos bárbaros. ¿Qué nos diferencia, a los “civilizados” moradores de la Europa del siglo XXI de aquellos otros que no pertenecían al Imperio Romano?, pueblos que, lejos de la sofisticación de la refinada Roma, no ofrecían otra cosa que costumbres “deshumanizadas”, adorando enormes monolitos donde esculpían un sinfín de símbolos extraños y practicando ciertas conductas que eran total y absolutamente reprobadas por la flor y nata del Senado Romano, una elevada intelectualidad que no alcanzaba a comprender no obstante y, por tanto, denostaba todo lo que pudiera contravenir la férrea organización política, ególatra y narcisista de un arte y una oratoria que los situaba en la cúspide de una pirámide fuera de la cual no había nada, sólo barbarie.

Mientras en Occidente, vamos acusando los estragos del sedentarismo sufriendo serios problemas de salud, hay quien intenta escapar de Oriente pagando, con frecuencia, un elevado precio por esa fuga que sólo persigue un Dorado: la opción de vivir fuera de la miseria. Mientras nuestros representantes, aquí, negocian y fijas las cuotas de asilados, los suyos, allí, se erigen en vanguardistas sátrapas, convirtiendo las vidas humanas en rentas y réditos. Nuestros niños aquí, tienen más de lo que necesitan, los suyos allí – o en esa tierra de nadie donde los mantienen en un régimen estabular – juegan entre el lodo; los nuestros sufren depresión infantil por cualquier carencia superflua de lo último que anuncian en televisión, los suyos, allí, no pierden la sonrisa mientras esperan pacientemente, un día y otro, a que Occidente les permita tener sólo unas migajas de la dignidad que les es negada.

Bárbaros… sólo son eso: unos bárbaros…

Y nos rasgamos las vestiduras: la gente civilizada, en Occidente, ha de mostrarse contraria a cualquier tipo de discriminación ya sea por razón de raza, sexo, ideología o religión; nos erigimos en paladines de la justicia y es cuando, con la mano en el pecho, condenamos el apartheid, el holocausto y los regímenes totalitarios.

Bárbaros… son sólo eso, unos pobres bárbaros y mientras, aquí, jugamos a ser Dios y decidimos quien sí y quien no es merecedor de tener la mínima posibilidad de tener una vida mejor, dejando claro que siempre serán ciudadanos de segunda: un refugiado, un asilado, un apátrida, un número de una cuota, alguien que “estará de prestado” y ello, claro, gracias a la desinteresada generosidad de los occidentales, de los superiores, de los privilegiados.

Bárbaros… les decimos, cuando nosotros sólo somos eso, unos pobres bárbaros que tememos una nueva invasión: la de los bárbaros famélicos del Oriente…

"Occidente parece inclinarse a unas formas de aislamiento creciente y egoísta"

(Karol Józef Wojtyła – San Juan Pablo II)

jueves, 18 de febrero de 2016

Imagina que creamos GRX IMAGINA.





Quienes me conocen saben de mi afición a las manualidades, al dibujo, a la caligrafía artística, a la decoración de espacios y, sobre todo, conocen mi capacidad creativa, así que supongo que, para mis amigos, no ha sido una gran sorpresa el nuevo proyecto en el que me he embarcado. Llevo años decorando y organizando fiestas, ya fueran infantiles o no, de carnaval, de Halloween, de cumpleaños, incluso, de Comunión. He encontrado en esa “creatividad” un modo de relajarme y, ciertamente, no se me da nada mal. Así que y por sugerencia expresa de mi compañera de viaje en esta aventura hemos creado GRX IMAGINA, una empresa dedicada a la organización y decoración de eventos. Hoy, al recordar como surgió, no puedo por menos que rememorar aquél espléndido atardecer en una isla del Mediterráneo, cuando el sol se ponía tras el horizonte de un plateado mar en calma, acariciando tímidamente, con sus últimos rayos, la Ciudad del Silencio: M’dina…

Las vistas desde aquella terraza eran espectaculares. Nos encontrábamos, en las postrimerías del día, disfrutando del descanso que nos brindaba el asueto que, necesariamente, sucede a una jornada de turismo. Después de haber visitado La Valeta, decidimos dirigir nuestros pasos hacia aquella población de callejuelas empedradas cargadas de historia. En mi mente se sucedían imágenes de Caballeros de la Orden deambulando por aquél angosto laberinto, mientras mi mirada vagaba de una iglesia a otra, la mayoría de planta octogonal. El camarero acaba de dejar sobre la mesa las bebidas que poco antes le habíamos solicitado y nos encontrábamos absortas en la visión que se nos presentaba ante los ojos, una de las más bellas que haya podido, jamás, presenciar. No sé por qué me acordé en aquél preciso instante en la fiesta que habíamos celebrado unos días antes: un cumpleaños infantil temático, de El Capitán América, superhéroe favorito de uno de mis sobrinos pequeños, desconozco el motivo pero lo cierto es que me sorprendí al escuchar mi propia voz verbalizando aquél recuerdo y fue así como dio inicio una, entonces aún no era consciente, fructífera conversación cuyo culmen ha sido GRX IMAGINA.

Entre risas, recordamos la cara de Gonzalo cuando, sin esperarlo, se topó con toda aquella decoración que habíamos preparado en secreto para celebrar su cuarto cumpleaños, fue inevitable la carcajada al rememorar a un niño rubio, de enormes ojos castaños, saltando alrededor de la mesa al grito de “¡bien, bien, bien que fiestón de 'superheure'!”… aquellos recuerdos nos llevaron a otros que, en un orden cronológico inverso, se fueron sucediendo: el cumple de Mickey, un bautizo muy especial, otro cumpleaños de Frozen, la Comunión de las Monsters High, aquél otro de Peppa Pig, la celebración de los 40 de mi hermana, luego de mi cuñado… Es reconfortante e infinitamente gratificante ver la cara de felicidad, la sonrisa, amplia y sincera que se pinta en el rostro de alguien como consecuencia de lo que ideo y materializo luego. Se lo dije, entonces, a Patricia: “Cuando veo la cara de la persona a quien se dedica la celebración, me siento feliz… Es increíble cuánta felicidad puedes provocar en alguien con tan poco…”. Me miró y tras unos segundos entrecerrando los ojos, en ese gesto suyo tan particular, me dijo: - “Hagámoslo”, me desconcertó: -“¿Que hagamos qué exactamente?” le pregunté confusa, pues, aunque solemos entendernos a la perfección por conocernos desde hace más de veinte años, con frecuencia, sus propuestas y ocurrencias me asaltan totalmente desprevenida, no suele exteriorizar sus pensamientos hasta que los mismos no han tomado forma, algo que es antagónico a mi forma de ser, pues a mí me ayuda expresarlos como el medio más efectivo de ir componiéndolos. “Tienes las ideas, la imaginación y la habilidad… yo tengo la capacidad de organización y… sobre todo… la PACIENCIA…” e hizo hincapié en esto último, siendo ambas plenamente conocedoras de que precisamente, ser tan distintas es lo que nos hace ser el tándem perfecto en cada uno de los proyectos que acometemos, algo así como el mutuo complemento de los déficits de la otra. No lo dudé: “- Imagina que creamos GRX IMAGINA”…

Y así fue como, al final de un día de enero en Malta, en una terraza con vistas a un mar Mediterráneo que se iba oscureciendo entre reflejos irisados de un atardecer naranja, se gestó lo que ha terminado convirtiéndose en un nuevo proyecto cargado de ilusión e ideas y que responde, únicamente, a contribuir en la medida de nuestras posibilidades a hacer a la gente un poquito más feliz.

“El mundo es una cadena de un eslabón tras otro”, reza un viejo proverbio maltés y, efectivamente, así debe ser, aún no consigo explicarme cómo de un viaje pudo salir lo que, finalmente, hoy ya es una realidad. Para mí “imagina que creamos GRX IMAGINA”, siempre estará unido, extrañamente, a una preciosa puesta de sol bañada por el Mediterráneo, con los sabores de las especias y el aroma del vino tinto…


Podéis visitar nuestra página de Facebook https://www.facebook.com/grximagina/?ref=hl

lunes, 14 de diciembre de 2015

Confesiones de una asesina: "Yo maté al Gordo".



El aire, diáfano, gravitaba perfumado por el aroma de una lluvia que, a intervalos rabiosos, se había derramado durante toda esa tarde de un cielo encapotado y plomizo. El horizonte empezaba a emborronarse con el tono violeta oscuro de la caída de las tardes lluviosas de invierno y apenas si empezaban a encenderse las primeras farolas, arrojando lechosos haces que se reflejaban en los numerosos charcos diseminados a lo largo de la acera.

Los pasos resonaban sobre el pavimento mojado, emitiendo un sonido casi metálico: el de las pisadas presurosas del único viandante que se podía ver en la calle desierta y silenciosa a aquella hora. Aspiré con fuerza inundando  mis pulmones de una dolorosa y gélida sensación y me subí el cuello del abrigo en un intento de paliar el frío que penetraba la ropa clavándose en el tuétano de los huesos.

Miré el reloj, aún faltaban diez minutos y para aplacar el nerviosismo, me encendí un pitillo. Me embargaba esa sensación hormigueante que, en ocasiones, paraliza y en otras te obliga a emprender la huida sin conocer, con certeza, tu destino. Intenté serenarme, alentándome con la esperanza de que, en poco menos de un cuarto de hora, todo habría terminado, me convencí de que un acto individual de valentía pondría fin al silente sufrimiento de tantas otras personas que, quizás, no reunían el valor, pero anhelaban secretamente el final que le esperaba a aquél viejo despiadado y usurpador de costumbres ancestrales.

Introduje la mano derecha en el bolsillo y noté el frío tacto del metal, deslicé los dedos hacia las cachas de marfil y sujeté con fuerza el revólver. Según el chivatazo, el Gordo, aparecería poco después de las ocho de la tarde para introducirse en el bajo de aquella destartalada casa donde, se decía, tenía instalado el taller clandestino en el que trabajaba infatigablemente durante las noches, en la semipenumbra – me imaginaba – de un sótano pestilente y enmohecido por la herrumbrosa humedad de las paredes.

Me sobresaltó el triste maullido, quejumbroso y ronco, de un gato empapado, de pelaje deslucido y manchado de barro que clavaba sus ojos en mí como mendigando una caricia o quizás, algo de comida, elevó el lomo e intentó frotarse contra mi pierna, lo espanté de un puntapié y fijé mi atención en la esquina de la calle peatonal por donde, de ser cierta la información, aparecería en breve el Gordo, ajeno al fin que le aguardaba. El frío empezaba a calar el grueso abrigo, la humedad del ambiente entumecía mis brazos e, inconscientemente, empecé a alternar el peso de mi cuerpo sobre una y otra pierna. La sensación de tener un tremendo agujero en el estómago fue aumentando, ascendiendo de él una quemazón que atenazaba mi garganta. Arrojé el cigarrillo y me apresté a esperar la inminente llegada de aquél desgraciado. El tañido metálico de las campanas de algún reloj cercano, anunció, de ocho cansinos aldabonazos, el preludio del fin de mi espera. Elevé la vista hacia la mortecina farola que derramaba, entre un chisporroteo eléctrico, un tenue rayo de luz que, sin embargo, sería suficiente para dejar al descubierto mi identidad. Busqué con la mirada hasta encontrar una pequeña piedra, blanca y fuera de lugar en pleno acerado, me agaché para cogerla y la arrojé contra la bombilla que se hizo añicos, cayendo en fragmentos, a continuación, sobre el pavimento. El ruido, aunque ligero, me pareció un descomunal estallido en el silencio algodonoso de la calle solitaria. Me estreché contra la pared, mientras me aseguraba de que el cristal, al romperse, no hubiera alertado a ningún curioso. La confirmación no se hizo esperar: no hubo ruido de persianas ni de ventanas abriéndose. Todo permanecía en absoluto silencio y tranquilidad. Me encontraba al abrigo de indiscretas miradas que pudieran ser testigos de mi presencia, aquella tarde, junto al destartalo inmueble, cuya pintura desconchada, albergaba la causa de todos los males que nos asolaban desde hacía algunos años. Apreté los dientes y entorné los ojos. El Gordo acababa de aparecer tras la esquina, su presencia, imponente, destilaba cierta seguridad, un andar pausado pero majestuoso, bajo una gorra de cuadros escoceses, su nívea barba; se pertrechaba en una gabardina a punto de estallar en las costuras laterales, el cinturón se tensaba bajo su enorme barriga. Calzaba botas de suela de goma que emitían un desagradable chirrido al adherirse, a cada paso, sobre las baldosas y que delataban su llegada. Se fue aproximando sin ser consciente de que le aguardaba, ciertamente, su fin. Me pareció escucharle un alegre silbido que identifiqué con alguna melodía navideña típica de los países escandinavos. Comencé a caminar en su dirección mientras empuñaba el arma que inopinadamente saqué de mi bolsillo cuando me encontraba a escasos pasos de él: ¡¡BANG, BANG…!!... Dos detonaciones y la mirada glauca del Gordo clavándose en la mía, un rostro barbudo y congestionado se contraía en una mueca de sorpresa mientras llevaba sus manos al pecho, donde empezaba a extenderse una pastosa mancha de un brillante color rojo oscuro. Se oyó un golpe seco, el del cuerpo inerme al desplomarse y luego unos tacones alejándose del cadáver en plena calle peatonal. Los míos. Sólo al llegar a la Plaza me di cuenta de que había empezado a llover nuevamente, miré hacia atrás, donde ya sólo se percibía un bulto e imaginé que la sangre, diluida por la lluvia, se iba expandiendo alrededor de su colosal anatomía muerta, tiñendo las baldosas bajo aquél cuerpo sin vida.

Respiré profundamente un par de veces hasta serenar mis nervios. El temblor de mis manos fue cediendo paulatinamente, me apresuré en dirección a casa, cruzándome, en aquél laberíntico recorrido de callejas del casco antiguo, con algunas personas en cuyas miradas me pareció descubrir un atisbo de inmensa gratitud, como si supieran lo que acababa de acontecer y me lo agradecieran sinceramente. Introduje la llave en la cerradura y me envolvió, repentinamente, la calidez de la calefacción, me quité el abrigo que arrojé sobre el sofá y me desprendí de los zapatos, mientras con la espalda apoyada contra la pared fui dejándome caer sobre la madera del entarimado, sumiéndome en una placentera sensación de alivio infinito: había matado al Gordo. Sonreí, entonces, feliz.

Me encontraba inmersa en una duermevela inducida por la descarga de la tensión sufrida un rato antes, teniendo en la mente la única visión de un rostro tumefacto, cuyos ojos azules parecían salirse de las cuencas tras impactar contra su pecho el segundo de los proyectiles. La imagen se repetía cíclica e indefectiblemente, como a cámara lenta… Me sacó de aquél trance, cuya duración aún hoy no puedo precisar, el aviso del Smartphone, cuya luz led parpadeaba cuando, tras percatarme de la vibración en el bolsillo de atrás de los vaqueros, lo extraje para comprobar el mensaje recibido:

“ÚLTIMA HORA: Encuentran muerto a Santa Claus en la puerta de su taller de juguetes. Se sospecha que haya podido ser obra de alguna facción radical partidaria de Sus Altezas Reales los Reyes Magos de Oriente. Seguiremos informando”.

Sonreí, una vez más, satisfecha. La noticia ya había corrido como la pólvora y tenía el convencimiento de que miles de personas – adultos y niños – celebraban, en sus hogares, mi crimen como la más absoluta de las liberaciones de aquél yugo impuesto. Me levanté y entré en la cocina para prepararme un chocolate caliente. Unos minutos después, paladeando el espeso cacao, me dispuse a escribir una misiva:

“Queridos Reyes Magos:
Este año, sé que os consta, soy merecedora por derecho propio de vuestra mayor generosidad y gratitud. Así que, conocedora de que no os podréis negar, desearía la totalidad de los artículos que paso a detallaros en esta minuciosa lista:
… (...)...
Fdo. La Asesina del Gordo”.




martes, 1 de diciembre de 2015

El disputado voto del Sr. Cayo y otros nuevos viejos usos

Por Carmen Millán Cerceda
Miro las dos caras de la misma moneda: la de una generación perdida. Un joven querubín limpísimo, casi almidonado, y su contrapunto: la casposa, desmañada y diabólica imagen del ángel caído. Ambos blandiendo el estandarte de su propia “regeneración” con consignas que recuerdan más a la vieja y rancia política que a ese pretendido “descubrimiento de la pólvora” que ambos reivindican como logro propio. Uno, aturullándose en un discurso acelerado y carente de pausas, bien memorizado y estudiado, el otro, incendiando con soflamas jacobinas a una, cada vez más, dispersa marea indignada que se diluye a modo del vaticinio de un “batacazo electoral anunciado”.
Y están los cachorros de uno y otro bando, pues los mayores han declinado el enfrentamiento dialéctico a cuatro bandas, en fiera pugna, sintiéndose los delfines del casi extinto bipartidismo. Los escucho a los dos, uno, guiado por una tierna y cándida bisoñez, el otro, inflamado por la ira que dejó de corromper las entrañas de la sociedad española hace más de cincuenta años. Un soñador frente a un resentido. Ambos postulándose como único mesías de una salvación que, sabemos ya, no va a llegar. Inexpertos e incapaces, uno por ingenuo y otro por atávico, ninguno está preparado para asumir la responsabilidad del gobierno de este maltrecho estado nuestro.
Llevo un rato escuchando las diatribas que tienen lugar en el escenario de la Carlos III, una estructurada cadena de opiniones que, en un turno prestablecido y tácitamente acatado por ambos contendientes, provocan aplausos ante una y otra intervención. Decido que me aburren, me aburre el discurso, manido, de ambos, por más vanguardia que intenten imprimir a sus palabras, no dejan de ser sino los meritorios herederos de la añeja bipolaridad de siempre, la de toda la vida, agravada por la osadía del que carece de experiencia. No, no me convencen, uno por pluscuamperfecto, el otro por encontrarse ideológicamente en mis antípodas, tampoco éstos se harán merecedores de mi encomienda, son más de lo mismo y acabarán convirtiéndose, precisamente, en aquello que ambos – por razones muy distintas – denostan.
Y es cuando se me vienen a la memoria aquellas magistrales líneas de Delibes:
“La voz de Rafa se fue haciendo, progresivamente, más cálida, hasta alcanzar un tono mitinesco:
- Ahora es un problema de opciones, ¿me entiende?. Hay partidos para todos y usted debe votar la opción que más le convenza. Nosotros, por ejemplo. Nosotros aspiramos a redimir el proletariado, al campesino. Mis amigos son los candidatos de una opción, la opción del pueblo, la opción de los pobres, así de fácil. El señor Cayo le observaba con concentrada atención, como si asistiera a un espectáculo, con una chispita de perplejidad en la mirada. Dijo tímidamente:
-Pero yo no soy pobre”.
Y sintiéndome, hoy más que nunca, como aquél hombre, taciturno y tozudo, de un recóndito pueblo montañoso, digo que yo ya no estoy para más tonterías: ni de los de antes, ni de los que se presentan ahora como moderna opción al defenestrado arte de la altruista política y como florido precedente a desconectarme de la emisión online del debate que tiene lugar, les dirijo la misma tímida respuesta “Pero yo no soy pobre” y me refiero a esa pobreza intelectual que lo mismo aboca al “indigente” a la apatía política que a la radicalidad. Dejo a los “niños” jugar, mientras tengo la absoluta certeza de que sus “mayores” los miran desde una pretendida superioridad pero con la tranquilidad que les confiere saber que tienen ya dignos sucesores en este “Juego de Tronos”.
- “Pero, tal como se explica, señor Cayo, usted aquí ni pun. Así se hunda el mundo, usted ni se entera.
- ¡Too! Y ¿qué quiere que haga yo si el mundo se hunde?”.
(De El disputado voto del señor Cayo – Miguel Delibes).

Publicado en El Español 1/12/2015 http://www.elespanol.com/blog_del_suscriptor/20151130/83311671_7.html