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miércoles, 9 de julio de 2014

De cuernos y borracheras en honor a un Santo Obispo de Amiens.




Desde mi, tengo que admitir, más profunda y, por tanto así, reconocida ignorancia confieso que no me suscita ningún interés la Fiesta Navarra de los Sanfermines, al menos, ninguno el grotesco espectáculo que ha terminado degenerando en la actualidad: guiris borrachos saltando desde la Fuente de Navarrería y, con suerte, dejándose sólo los dientes sobre los adoquines, cuando no se abren la cabeza en dos como un melón… Alardes, esperpénticos y desnaturalizados, de agresiones sexuales que quedan impunes entre risas etílicas y bromas vomitivas… Beodos, temerarios, corriendo delante de ingentes astados, morlacos de quinientos kilos… que llevan todos los números en la rifa del premio gordo de la cornada o, cuanto menos, de un revolcón que los dejará magullados.
Pero algo, no obstante, debe tener cuando Ernst Hemingway encontró en ellos la inspiración para su grandioso “The sun also rises”, obra conocida en la comunidad hispana como “Fiesta”, si bien, justo es reconocerle una mayor belleza plástica y riqueza lingüística en los giros empleados – tal suele ocurrir siempre –, a la obra en versión original, aunque a mí, personalmente, no me gusten los cuernos ni los accidentados espectáculos a los que, con frecuencia, conduce la incontrolada ingesta etílica masiva.

No doy crédito a lo que estoy viendo en el televisor, una horda beoda, duchándose, literalmente, en vino, caras desencajadas, risas estridentes, gente, mucha y muy joven, viviendo una auténtica bacanal, poseídos por el efluvio etílico y carentes de pudor y… casi me atrevería a decir que de dignidad, celebrando una fiesta patronal, la de San Fermín, el Santo de Amiens, decapitado a una, quizás demasiado, temprana edad… ¿será por eso que a partir del famoso “chupinazo” la gente pierde la cabeza?. Empiezo a planteármelo seriamente.

Soy – o al menos así lo afirmo – una férrea defensora de las costumbres y tradiciones populares y “si hay que correr delante de un toro, se corre” que debe ser todo un arte, amén de una evidente prueba de valor, pues ponerse delante de una fiera de quinientos kilos ondeando un fajín rojo no es algo, no debiera, que se haga a la ligera, pero digo yo ¿debe permitirse que el corredor se encuentre aquejado con una intoxicación etílica que ponga en riesgo tanto su vida como la del resto?, la respuesta habrá de ser necesariamente negativa, eso no es una tradición, es más bien, una verdadera temeridad, en toda regla además. Aunque supongo que esos dementes deben pensar que es una buena opción para matarse: si no es pateado o corneado por un toro, que sea rompiéndose el espinazo al saltar desde una columna de cuatro metros. Pero la cuestión en matarse y a poder ser, borracho.

Que la gente celebre, con gran algarabía, una Fiesta, me parece, incluso, aconsejable dada la época que atravesamos, pero que ello sea la excusa para justificar una ingesta excesiva de alcohol que provoque, no ya sólo el vómito, sino la desnaturalización de comportamientos humanos es… simplemente un dislate. ¿Es necesario comportarse como un verdadero animal para encontrar la diversión?, también la respuesta es, preceptivamente, negativa.

Y así vamos… lo que debería ser un reclamo para conocer las interesantes y ancestrales costumbres y tradiciones del pueblo navarro se ha convertido hoy, desafortunadamente, en una llamada al desorden para todos aquellos extranjeros que vienen dispuestos a hacer aquí lo que, de ninguna de las formas, harían jamás en sus países de procedencia.

Me imagino a ese Santo decapitado en compañía del gran Hemingway, compartiendo conversación, en una celestial Plaza del Castillo, ante un par de buenas chistorras y sendas copas de vino tinto, observando incrédulos lo que tiene lugar en Navarra durante esta semana de julio, un verdadero carnaval de excesos y extraños comportamientos que, se celebra siempre, vaya eso por delante, en honor de San Fermín.

“Always do sober what you said you’d do drunk…
that will teach you to keep your mouth shut”
(Ernest Hemingway)

lunes, 30 de junio de 2014

Ni más bagatelas, ni tantas fruslerías… ¡Otro Gin Tonic!, yo invito.




Todos tenemos algún escritor que, por una u otra razón, consigue atraparnos, haciendo que sus obras ocupen un lugar preferente en nuestra biblioteca. Yo tengo varios, pero sin duda, una de mis predilectas ha sido, es y será siempre, Ana María Matute, doña Ana María Matute, la Gran Dama de las letras en español.
Comencé a leerla a una edad muy temprana, supongo que mi padre me recomendó la lectura por la visión infantil con la que se encontraba redactada pero, con el tiempo, descubrí que esa apariencia inocua e inocente encerraba grandes metáforas de la realidad social española… Con “Los Abel”, su primera novela, dio inicio mi periplo, más tarde llegarían “Paulina, el mundo y las estrellas”, “Los niños tontos”, “Los hijos muertos", “El Polizón del Ulises”, “Algunos muchachos y otros cuentos”, “El aprendiz” o ese maravilloso “Olvidado rey Gudú”… y enumero ahora, sólo algunos de sus libros, pues no creo que haya dejado de leer ni uno sólo.
La Gran Dama nos ha dejado y lo ha hecho cuando se le ha antojado, pues jamás habría permitido, y así me consta, que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Mi relato de hoy es, tan sólo, mi humilde homenaje póstumo a la Señora del cabello nevado que se marchó tras el olvidado rey Gudú…



Tras calcular el tiempo que, a la mañana siguiente, me llevaría llegar desde mi hotel al Juzgado, para asistir a la vista, decidí callejear un poco por aquella desconocida ciudad. Aunque era un día de primeros de primavera, el calor apretaba a aquella hora de la tarde o, al menos, la sensación térmica era asfixiante, sin duda, por la humedad del mar a la que yo no estaba acostumbrada. Llegué casualmente a la puerta del Jardín Botánico, ya desde allí se percibía una temperatura más fresca y entré buscando el alivio a la sombra de aquellos enormes árboles. Estuve paseando un rato, maravillándome ante aquellas especies tan diversas, cuando descubrí una cafetería acristalada, sin duda se trataba de un antiguo invernadero reconvertido, a cuya entrada se diseminaban algunas mesas y sillas en forja blanca, sólo había dos ocupadas. Me senté y esperé a que un solícito camarero con chaleco y manguitos, perfectamente peinado a raya con abundante gomina y un bigotito de época, se acercara a recibir mi comanda. Me llamó la atención la amplia carta de ginebras que ofrecían en aquel curioso lugar, ambientado como un cafetín de finales del siglo XIX. Aguardé a que me sirvieran la Brockman con tónica por la que, finalmente, me había decantado, mientras sacaba mi cuaderno verde para tomar algunas notas, aquél sería el escenario de un nuevo relato, decidí. No sé el tiempo que transcurrió, cuando reparé en la señora de melena blanca sentada en la mesa de al lado. La anciana me escudriñaba sin ninguna expresión, fijaba sus ojos en mí y sonreía. Le devolví la sonrisa, algo incómoda, y retorné a las líneas que, aquella tarde, se resistían a ocupar, en renglones regulares, las impolutas páginas de aquél cuaderno que siempre llevaba en el bolso. La sorprendí un par de veces más, con la vista clavada en mí, entonces desistí. Cerré el cuaderno, dejando la pluma sobre él.

-          “Es una pluma preciosa, joven. Yo también utilizo pluma, es una lástima que la tecnología la haya relegado, convirtiéndola en un utensilio difícil de encontrar en uso ya. La suya, sin duda, es un precioso ejemplar”.
-          “Sí, gracias” – contesté algo azorada -.
-          “¿Me permite verla?” – preguntó la octogenaria haciendo ademán de levantarse -.
-         “Por favor…” – me puse en pie rápidamente para evitar que hiciera lo que se me antojó debía parecerle, un ímprobo esfuerzo. En dos zancadas me aproximé tendiéndole la pluma que tomó con gran delicadeza de mi mano y se acercó a los ojos. Detecté entonces unos dedos maltratados por la artrosis, deformados y retorcidos, pero que habían sido, sin el menor género de dudas, elegantes en su día. Finos y largos aún retenían parte de la nívea belleza que un día hubieron de detentar.
-          “Sí, es desde luego, una auténtica belleza… ¿usa tinta negra?”.
-     "Sí, siempre he utilizado la tinta negra para escribir. La primera pluma, una Parker me la regalaron mis padres cuando empecé el Bachillerato y…desde entonces no he usado bolígrafo, supongo que ya no sabría escribir con él…”.
-          “He visto que anotaba algo en esa libreta Moleskine… ¿qué era?...” – inquirió con avidez -.

 Noté que me ruborizaba ligeramente y tardé unos segundos en contestar aquella pregunta directa que, a pesar de todo, no resultaba impertinente, el tono era educado aunque firme y denotaba un interés sincero.

-          “Bueno, verá… me gusta escribir y suelo tomar notas que luego desarrollo en relatos”.
-          “Interesante, me gustaría leerlo. ¿Puedo?”.
-          “Lo siento – me excusé con nuevo azoro – pero no suelo permitir que nadie lea mi cuaderno. Tengo un Blog y sólo cuando lo publico es cuando…”
-          “Me parece bien, joven. Esos apuntes forman parte de su intimidad, Vd. decide cuando o no pueden leerse. A mí me pasa igual, no me gusta que nadie husmee en mis cosas y menos aún en mis escritos. Si Vd. me hubiera permitido su lectura me habría defraudado, es más, aún cuando estuviera leyendo un manuscrito de Goytisolo me habría parecido una soberana estupidez…” – Sonrió, señalándome con un gesto la silla vacía junto a ella – “Siéntese, he visto que también toma gin tonic, tómese otro conmigo, por favor, yo invito”.

Dudé aún cuando su tono no dejaba lugar a ningún titubeo. Le pedí que me diera un segundo para recoger mis enseres de la mesa en la que había estado sentada, mientras intentaba procesar toda la información, oral y visual, que había recibido durante aquellos minutos: pelo blanco, bolsas muy marcadas bajo los ojos, anciana octogenaria, la referencia a Juan de Goytisolo, la pluma, ella escribía… ¡Dios!, ¡era ANA MARÍA MATUTE!. Cuando dejé el bolso junto a las dos botellas, ya vacías, de tónica dispuestas en hilera junto a su copa, aún experimentaba un ligero temblor.

-          “Antes ha pedido una Brockman… tiene un buen gusto para la ginebra, creo que yo tomaré otra”.
-          “Bueno… a lo mejor ya va a ser ya demasiado…” - miré inconscientemente los restos de tónica en los botellines y la copa de balón con el hielo ya derretido.
-          “Joven… Vd. no tiene la apariencia de permitir que nadie le diga lo que puede o no hacer: yo tampoco lo permito. Llevo, desde que tengo quince años, tomando gin tonics cada día, es más, me dan la lucidez suficiente para seguir escribiendo o… ¿acaso cree que cumplir años nos aparta de los pequeños placeres de la vida? – el tono severo quedó atenuado por una dulce sonrisa -. Y no cometa Vd. ahora la ordinariez de decirme que <<en su época…>> - impostó ligeramente la voz -, mi época, amiga mía, es exactamente ésta: la misma que la suya, Vd. con toda probabilidad no pase de los cuarenta, yo, seguramente, le doblo la edad, pero es mi época, tanto como suya. Y ahora déjemos ya de más bagatelas y tantas fruslerías… - buscó al camarero con la mirada - ¡Otro gin tonic!, yo invito a la señorita… Por cierto, llámeme Vd. Ana María…”

Clavó en mí una mirada cálida, inteligente y llena de vida y dio inicio a una larga conversación sobre la Literatura, vista por esta Gran Dama para la que las letras no fueron sino “el sentido mágico de la vida”.

“Ay, querida niña- dijo el Trasgo-, ¿qué son unos cuantos años más o menos para quien vive inmerso en los siglos de los siglos? Nada, querida niña, nada.
 Y bebió con fruición, no exenta de temblores, un buen trago de cierto vinillo sonrosado que guardaba para las grandes ocasiones. Pues el temor que le inspiraba la Vieja Dama sólo era comparable al cariño que sentía por la Reina Ardid”.
(“El olvidado rey Gudú” – Ana María Matute)


jueves, 19 de junio de 2014

El día de junio que cambió la Historia de España.




A pesar de los descalabros sufridos a lo largo de la Historia, ya sea ésta la pasada o la más reciente, me siento orgullosa de ser española, quiero a mi país y,  aún a riesgo de recibir la calificación de “facha” que, por otro lado, poco o nada me importa, debo decir que amo profundamente los colores de mi patria, aquellos que el propio Carlos III instaurara como enseña distintiva de nuestros buques y naves. Ayer, la bandera rojigualda ondeaba en mi balcón, jugaba mi Selección y perdió. Hoy, 19 de junio de 2014, continúa en él, orgullosa y altiva, como siempre debió ser. Nuestra Historia ha dado un giro inesperado, que gozará de mayores o menores aprobaciones, pero que atañe a mi país, a mi realidad, y quiera o no, formo y formaré parte, siempre, de esta nación de antiguos y memorables logros, valientes conquistas y luctuosas pérdidas y equivocaciones, pero es y será  España, la mía, siempre.


No soy monárquica, no lo he sido nunca y no creo, sinceramente, que termine por serlo algún día, aunque reconozco que Felipe despierta mi simpatía. No sólo porque comparta el nombre con aquél otro insigne bajo cuyo reinado “jamás llegaba a ponerse el sol”, ni tampoco – aunque así pueda pensarse dada mi especial predilección por lo castrense – porque en tan memorable día luzca el fajín rojo, distintivo de Capitán General o las Grandes Cruces al Mérito Militar, Naval y Aeronáutico. Verlo de uniforme, con tan regio porte, luciendo la banda de la Orden de Carlos III y asegurando, tras jurar la Constitución, que no escatimará esfuerzo alguno al servicio de esta Gran Nación que un día fue España, la España Imperial que jamás debió dejar de serlo, le ha hecho acreedor, cuanto menos y sin la menor duda, de mi profunda estima.

Hoy, a ese joven de sonrisa fácil y envidiable formación que podríamos, sin temor a equivocarnos, calificar de impecable y actual, pues no es sólo jurista, sino que tiene unos amplios conocimientos económicos, domina varias lenguas y parece ser un tipo sencillo y de gran sentido común, le han cedido una corona y un cetro que, ya me barrunto yo, deben pesar más de lo que parece. Hoy a Felipe, le han nombrado Rey, desconozco, no obstante, si por la gracia de Dios.

Si intento ponerme en su lugar, una sensación de vértigo me invade, pues la responsabilidad que ha asumido es ingente, no ya sólo porque los escrutadores ojos de la Historia se hayan posado en él, los mismos que antes lo hicieran sobre su regia estirpe, con sus claroscuros, que si por algo se han caracterizado los Trastámara, después los Austrias y, finalmente, los Borbones ha sido por ser, sobre cualquier otra cosa, humanos y no me refiero a esa cualidad de empática comprensión tan encomiable en toda persona de bien, sino a ser, precisamente, falibles y tener, todos ellos al igual que nosotros, miserias y deshonras más o menos expuestas pero que a la condición humana resultan inherentes. Si bien, en pleno siglo XXI éstas, sin duda – aunque obedezcan, siempre, a los mismos instintos – tendrán una mayor proyección… Sino, y sobre todo, porque a él y solo a él compete mantener la UNIDAD de este Reino “al revés” que ha heredado, pues en esta época convulsa en la que los más recalcitrantes republicanos de guillotina tricolor, sorprendidos por un resultado electoral que, indudablemente, no volverán a detentar, pregonan y postulan modelos educativos y sociales similares a los de los países nórdicos – monárquicos y capitalistas paradójicamente- o los nacionalistas más reaccionarios que pretenden tener una identidad propia y soberana fuera del seno materno pero sin dejar de chupar de la teta de España, todo ello, además, ante la indolente mirada de un pueblo lacerado por una crisis que parece no tener fin, enmarca un panorama en el que se ha instaurado la corrupción más impune que alcanza, incluso, a la propia institución real… Dichosa y bendita herencia ésta que yo para mí no quisiera.

Difícil lo tendrá, Majestad, que aquí si de algo estamos sobrados es de mala leche, no obstante, le diré que no encontrará en mí a su peor detractora, conformándome y exigiendo, también, no sólo el cumplimiento de sus obligaciones con lealtad, honor y ejemplaridad pues Vd., Ilustrísimo Señor, representa a mi noble país, del que pese a todo, me sigo sintiendo orgullosa, sino que deberá, además, demostrar que se preocupa por su Pueblo, ese que hoy ha salido a la calle con banderas nacionales a aclamarle como Monarca vitoreando su nombre, sea así, por tanto, cercano, protéjalo y empatice con él, en las alegrías y en los sufrimientos, que no son pocos. Pues no merecen menos al ser hijos de esta gran Nación a cuya cabeza se acaba de situar Vd. mismo.

Y así fue como, en un día de junio, dio inicio un nuevo capítulo de la Historia, mientras el Rey Felipe VI de Borbón y Grecia, salía a saludar a los españoles desde el balcón del Palacio de Oriente nuestras valientes y aguerridas huestes, en pantalón corto y botas de tacos, recibieron, tras una breve conquista de la supremacía futbolística, las cruentas venganzas de los rencorosos espíritus de Justino de Nassau y de Lautaro, cuyas sendas humillaciones, quedaran inmortalizadas, la primera, en ese cuadro de Velázquez que, si ya antes admiraba, ahora bien sabe Dios que idolatro: La rendición de Breda y la segunda, gracias a Alonso de Ercilla, en esa épica obra de La Araucana, con los brutales y despiadados mazazos de cinco y dos goles, respectivamente, que nos dejaron con la boca abierta y las nalgas al aire… pero ondeando, siempre, nuestra bandera.

Esperemos, Majestad, que no sea éste vaticinio alguno del reinado que ahora, tan ilusionado, emprende, pero si lo fuera, sepa Vd. que siempre quedará el orgullo patrio sosteniendo nuestra grandeza roja y amarillo gualdado, mientras viva un solo español, que de casta le viene al galgo.

¡Viva España, Viva el Rey!... ¡Santiago y cierra España!.


“Con la patria se está con razón o sin razón;
 como se está con el padre y con la madre”.

(Antonio Cánovas del Castillo)

jueves, 12 de junio de 2014

El Lenguaje Secreto de las Musarañas.



A todos, en alguna ocasión, se nos ha interpelado, intentado así inopinadamente captar nuestra atención, con el aforismo “¡Qué estás pensando en las musarañas!”, locución, ésta que, personalmente, considero errónea, puesto que, de conformidad con mi parecer, el sujeto en cuestión, en ese preciso instante en el que es sorprendido, no se encuentra “pensando en” sino “hablando con” las musarañas, inmerso en ese diálogo que tiene lugar en un lenguaje que resulta incomprensible para el molesto espectador. He aquí mi particular teoría:

Hace años, muchos, tantos que, en ocasiones, no soy capaz de datar el momento con precisión, descubrí un lenguaje que suelo practicar de manera, cada vez más, habitual y cotidiana. Siendo frecuentemente el momento propicio para ello aquél que se produce cuando la realidad que me rodea carece del más mínimo interés para mí, me resulta tediosa o… simplemente, empieza a germinar en mi interior una clara y repentina inapetencia a introducirme, tomando parte activa, en una conversación insustancial cualquiera, lo que, por otro lado, detecto que se produce con una recurrente, que no preocupante, frecuencia.

Es así como da inicio, entonces, mi especial diálogo con las musarañas que, irremisiblemente, me resultan siempre mejores conversadoras que la gran generalidad, siendo ésta una charla amena y distendida y llevada a cabo con una grandísima discreción… o así lo espero, sin que llegue, no obstante, a preocuparme lo contrario.

Reconozco que la gente, en general, me aburre y que, determinadas personas además, en particular, me cargan. No lo puedo – ni quiero – evitar. En estas cuatro décadas ya he trabado cuantas amistades precisaba y eran recomendables y durante todos estos años, las mismas, han llegado a conocerme perfectamente. Motivos ambos, por los que ni tengo ningún interés en engrosar mi lista de amigos, ni pierdo, tampoco, mi tiempo hablando, cuando lo que realmente importa son, siempre, los hechos.

Creo que no soy de hablar mucho, es más, prefiero escribir. Siempre lo he preferido. Jamás doy explicaciones, siendo la principal razón por la que, tampoco yo, las pido nunca. En definitiva, me dedico a estudiar y a practicar, cada día con mayor ahínco, si cabe, ese precioso idioma comprensible tan sólo para las musarañas, las mías. En realidad, son las únicas conversaciones que no terminan saturándome y ellas, mis musarañas, las singulares oradoras a quienes no considero un pestiño. Sí, lo reconozco: me encanta “estar” – aún cuando en mi personal concepción sea “conversar” – en las musarañas.

¿A quién no se le “ha pegado alguna vez un chicle en el zapato”? y con ello no aludo ahora al viscoso pisotón que adhiere la suela a la acera, sino al martirio sufrido cuando alguna persona “plomo” que, con gran insistencia por su parte y a costa de tu paciente educación, intenta “meterse a rosca” en tu vida, absorbiendo tu tiempo, libre o no que eso al coñazo de turno le resulta indiferente, y acaparando una atención que, desde luego, a ti no te suscita, al resultarte, desde todo punto, un ser insustancial o soez y, hasta el desafortunado momento en que entró en tu vida, total y absolutamente invisible. Bien, pues para mí, ese es el típico episodio en el que prefiero un largo coloquio con las musarañas, frente una realidad que se me antoja cargante en extremo, dado el hastío producido por la persona en cuestión.

Otro supuesto se da cuando, por razones totalmente involuntarias, te ves obligado a soportar, con gran estoicismo, un discurso que no tiene, para ti, el menor interés, ya sea por cuestiones laborales – un Cliente que te da todo tipo de explicaciones, para las que se remonta a la época de los visigodos, por respuesta a la pregunta, simple y precisa, de “¿cuándo firmó Vd. el contrato del que me habla?” – o bien, sociales: pienso ahora en una de esas reuniones convencionales, en las que, agotada ya la siempre acertada, por típica y esperada, posibilidad de conversar sobre la climatología, da inicio, primero tímidamente y luego ya de un modo locuaz, de irritante incontinencia verbal, una retahíla de batallitas sobre las monerías de los hijos ajenos o chismes intrascendentes, por resultarte indiferente la persona sobre la que los mismos versan y que, nuevamente a mí, me abocan a esa solazada charla con las musarañas.

Y, por supuesto, no puede faltar este diálogo interior cuando, en plena sala de vistas, el Compañero que toma la palabra para dar trámite a su Informe de Conclusiones, se excede en su celo, reproduciendo, literalmente, todos y cada uno de los términos empleados – signos ortográficos incluidos - en su demanda, o bien, en su contestación, durante unos largos, tediosos e insufribles quince minutos de intensa agonía... Empieza entonces un hormigueo en la base de la nuca que se va extendiendo lentamente hacia arriba, reconozco en él la llamada de atención, inequívoca y ansiada, de las musarañas que, inmediatamente, captan mi atención, pues el diálogo con ellas es más agradable e, infinitamente, más interesante.

En definitiva, según mi personal experiencia, creo que cumplir años, al menos es así en mi caso, se reduce a un incremento, cada vez mayor, de mis usuales conversaciones con las musarañas. La realidad que nos rodea y los seres que, a mi pesar, la integran, aún cuando intente mantenerlos fuera de mi vida, ya sea por petulantes, aburridos, nocivos o estólidos, cada vez se dibuja menos interesante, encontrando, de este modo, todo el encanto en ese mundo interior en el que sólo mis amadas musarañas poseen un lugar preferente, junto con mi familia y amigos, bajo un cielo azul en el que se mecen las nubes de algodón al soplo de un vientecillo tibio que me trae esa paz del espíritu.

“¿Qué hace falta para ser feliz?: un poco de cielo azul sobre la cabeza,
un vientecillo tibio y… la paz del espíritu”.

(Andrè Maurois – Novelista y ensayista francés).

lunes, 9 de junio de 2014

La piel de la serpiente.



Desde que el Gran Duque de Ahumada, allá por el año 1.844, fundara la Guardia Civil, siempre ha habido presencia de mi familia en este Instituto, siendo, además, la misma por ambas ramas. Ocurre o así debe ocurrir, que este hecho, conlleva, supongo que imbuido en el propio ADN, el orgullo y el honor de nuestra vinculación con la Benemérita, lo que se ha ido transmitiendo y tengo el pleno convencimiento, genéticamente, junto con los rasgos físicos distintivos de mi familia. Así, tengo el recuerdo, ayer, de mis abuelos y de mis tíos, hoy, de mis primos y con toda probabilidad, mañana, de sus hijos; de amar, respetar y honrar, siempre, a la Guardia Civil.

La valentía, la dedicación, el sacrificio y el honor con el que todos y cada uno de sus miembros se entregan a la defensa de la Patria, pues optaron porque fuera éste su deber, ha provocado que sean los más castigados con una de las peores lacras que ha sufrido jamás nuestro país: el terrorismo cruento de ETA. Han asesinado, cobardemente, por la espalda y sin piedad, de un tiro en la nuca, a padres de familia que hicieron de la vocación de servicio, su medio de vida y el sustento de sus familias, culpables, sólo, de ser españoles y de estar dispuestos a dar su vida por España; han matado, también, a niños inocentes que dormían en las Casas Cuarteles y lo han hecho a traición: amparados por la oscuridad de la noche y con una bomba accionada con un detonador a distancia, que les garantizara una huída indemne. Cobardes, desalmados… Eso es lo que ha hecho y haría, si se lo permitieran, siempre ETA.

Después de oír las declaraciones de ese tal Pablo Iglesias sólo pude concluir diciendo que únicamente una alimaña puede justificar y amparar el comportamiento de otra alimaña. Es el despreciable sabor de la resaca, tras la borrachera de un inesperado éxito electoral, en una boca pastosa por la toxicidad de su propia bilis pútrida…

Desde mi privilegiada posición, ya de mera espectadora de nuestro panorama político, pues hace tiempo que me desvinculé de la participación activa, intentaba analizar los últimos resultados electorales, desde mi humilde perspectiva y no puedo por menos que compartir ahora mi análisis, al eclosionar la ponzoña de un vendedor de humo, salido de la cloaca de la indignación más injustificada, por vandálica y haragana, de una situación económica que, es cierto, nos ha mordido hasta lacerarnos el tuétano, no puede amparar comportamientos tan denigrantes ni desnaturalizados, como los que se vienen produciendo.

Así, reconozco que me alegro por ese voto de castigo dado, entre el que ha de contarse el mío propio, al bipartidismo corrupto, basado, hasta el momento, en el “como todo está justificado por el ‘anda que tú’ o el ‘tú más’, ahora me toca a mí que después ya volverás tú”, no puedo más que congratularme ante semejante varapalo que no evidencia sino cierta madurez democrática en nuestra población al ponderar su voto desde el intelecto que no desde el corazón. Es un gran paso o, al menos a mí, así me lo parece.

Pero cierto es, también, que me sorprende, nefastamente, que politólogos – o así se hacen llamar - oportunistas, mercaderes del vil estraperlo de la desesperación, consecuencia de la carestía generada por esta cruenta crisis en la que, paradójicamente, proliferan amparados por la turba, inculta y hambrienta de trasnochados ideales románticos, presa fácil de su manipulación, se muestren cuál Mesías, desgranando sin ningún pudor absurdas teorías que asemejan “la política con el boxeo” para pasar, a continuación, a consagrarse en los Anales de la más profunda Imbecilidad con la siguiente frase lapidaria: “Lo que se pierde en un campo de batalla, no se recupera en un Parlamento” y eso, en referencia al “problema vasco”. En ese momento, tras el estupor que semejante dislate me produjo, me pregunté qué tipo de ser execrable era capaz de modular aquél discurso, pues sólo tiene una posible lectura: la justificación del asesinato, dado que según sus palabras no se trata sino de una “guerra, librada en un campo de batalla”. La única respuesta que se me ocurrió fue precisamente que “sólo una alimaña, puede justificar el comportamiento de las alimañas”… ¿Qué ocurriría, entonces, si tales manifestaciones fueran tomadas como una declaración formal de guerra por parte del otro bando?, ¿acaso no se convertiría él, en otro enemigo a abatir?, pero claro, esto es un Estado de Derecho, se permite todo y su “enemigo”: las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, no asesina, no mata… Se somete a la Justicia que no ha sido, nunca,  muy generosa con ellos: las únicas víctimas. Me pregunto si repetiría esa estólida teoría suya del boxeo mirando a los ojos a las viudas y huérfanos de la Guardia Civil, si tendría los arrestos para decirlo ante cualquier español de bien, los que hemos llorado y sufrido cada una de esas muertes con rabia e impotencia.

Seguí reflexionando sobre quien no puede ser considerado sino como un mero y simple anormal, con el agravante de que a éste se le presume, lo que no implica que lo posea, cierta formación y nivel cultural, pero claro, eso de ser un “progre” desaliñado, con románticos ideales utópicos, sólo es posible en un Estado (Capitalista) del Bienestar, donde los parásitos invocan una infinidad de derechos sociales sin tener, o intuir si quiera, más obligación que la de mantenerse en el propio parasitismo en el que se han instalado… Claro, ser un comunista en Rusia, Cuba o Venezuela significa comerse las uñas, porque allí no hay otra cosa que echarse al coleto, ni tan siquiera las revueltas, porque cuando se producen, llueven los palos – me pregunto si no serán los que aquí, visto lo visto, tanto escasean-. Este politólogo cuando habla de República, habla de guillotina, de actos vandálicos, de violencia y de una bandera tricolor con evidentes connotaciones ideológicas tendentes a la izquierda, sin plantearse la posibilidad de que esa misma República pueda estar presidida por un partido de derechas. Yo no soy monárquica, no lo soy, pero reconozco que sólo la Corona otorga hoy la UNIDAD a este maltrecho país, cuestionándome, a fin de cuentas, si el gasto destinado, por ejemplo, a UGT o CCOO está o no tan justificado como pueda estarlo el de la representación institucional de una Nación, con sus más y sus menos, que últimamente la monarquía anda que lo tira… Pero me llama poderosamente la atención que este más que previsible futuro Premio Nobel critique el derecho hereditario cuando se refiere a la monarquía y no se pronuncie cuando ese mismo derecho hereditario se aplica a una dictadura como la Cubana.

Cuando concluyó la entrevista que sin duda lo ha cubierto de toda la gloria que es posible detentar, viéndole ese aspecto descuidado de joven apasionado y crítico, pensé que era un pobre botarate, otro más, producto de la crispación del momento. Probablemente, dentro de unos años, cuando sea un Catedrático “de despacho”, plácidamente sentado en su cómodo y elegante sillón de Departamento, recordará ese tiempo de “batallitas” como algo propio del arrojo de la edad, los “descalabros de la juventud”, lo dará en llamar, con esa verborrea calmosa y nociva, y tras dar sus magistrales clases en alguna Universidad privada, subirá a su cochazo en dirección a La Moraleja, dejando, olvidada, sobre la percha esa vieja camisa: la piel, seca, de la serpiente que un día fue y que seguirá siendo, pues el reptil no deja de serlo por más veces que la mude.

Tras el asedio de nueve largos meses, al Santuario de la Virgen de la Cabeza en Sierra Morena, bajo las órdenes del Capitán Cortés, valientes Guardias Civiles y sus familias defendieron con ahínco sus vidas y su honor.
Finalizó el 1 de mayo de 1.937, el mismo día en que el Capitán Cortés es herido de muerte, y con tan sólo 14 hombres en disposición de luchar.
El Capitán, previamente, había hecho colgar un cartel con la leyenda “la Guardia Civil muere pero no se rinde”.

Yo me pregunto… ¿qué defiende y con qué decencia el patán que justifica los asesinatos de héroes cómo éstos?.

viernes, 16 de mayo de 2014

De contorsionistas, monos, payasos y de un loro llamado Bárcenas.



Si de pequeña esperaba algo durante todo el año con gran ilusión era mi cumpleaños. No por el hecho de la fiesta infantil, la tarta y los regalos, sino porque al tener lugar en plena Feria, era visita obligada la del Circo. Me encantaba el Circo y, de hecho, me sigue encantando: las fieras, los payasos, los trapecistas, ilusionistas, contorsionistas. El colorido y la atmósfera, mágica y bohemia que destila, cuando se encienden los focos sobre la pista central y aparece el maestro de ceremonias presentando los números que van teniendo lugar, tras ese redoble de tambores que incrementa la tensión… Hace unos días, uno de mis sobrinos le preguntó a mi madre qué era lo que más me gustaba a mí durante aquella etapa de mi vida, para mi asombro, pues no habría sido capaz de glosarlo mejor, le contestó sin dudar: “las estrellas, se pasaba las noches mirando por el telescopio y anotando en su cuaderno de anillas; los libros; la Guerra de las Galaxias y… el Circo”. 
Puedo ver, con total y absoluta nitidez, a una niña rubia, de apenas seis años, absorbiendo con la mirada, inocente, cuanto tenía lugar bajo la carpa. Hoy, treinta y cuatro años después y convertida en adulta, tengo el profundo convencimiento de estar asistiendo a una nueva sesión circense, sólo que en esta ocasión es a cargo de “EL GRAN CIRCO EUROPEO DE LOS HERMANOS DALTON”…

Me parece bochornoso el panorama político que nos vemos obligados a soportar, en el que el “anda que tú” o el "tú más”, se han convertido en muletillas recurrentes y manidas para todo aquél que se apresta, sin rubor, a subirse al carro de la “ineptitud profesional”… Así, nuestra clase política, lejos de encontrarse integrada por profesionales de lo que debiera ser “el arte del servicio al ciudadano”, está compuesta por “malos profesionales a los que el ciudadano debe prestar su servicio útil con el voto”, así, nos topamos con una amplia caterva de grandes inútiles: desde el mal médico, al inepto abogado, pasando por el economista mediocre o el pésimo maestro, sin olvidarnos, claro es, de la telefonista “que no estudió porque se aburría”, quienes, lejos de servir a la Sociedad desde su preparación específica, optan por integrar esa pléyade de cuatreros impenitentes, hambrientos de poder y dispuestos a vender su alma por un puñado de votos que los eleve al Olimpo de la Business Class.

Patético, simple y sencillamente patético.

Quienes se han evidenciado, a lo largo de todos estos años de bipartidismo, como manifiestamente incapaces de regir los designios de este Reino nuestro – hoy invertebrado y minado en sus cimientos, casi agónico y próximo al fenecimiento -, nos piden  nuestro apoyo para dar el salto a la pista central que acaba de iluminarse, mientras los espectadores aguardan ansiosos ese nuevo número del “más difícil todavía” que provocará mayor estupor en unos, o ácida algarabía, en otros. Y entonces sí se nos muestran como los más fieles servidores públicos, denostando al contrario con el dedo acusador que les tiembla, al no saberse ellos mismos libres de toda mácula, regalándole los oídos al incauto votante que quiere ver una luz de esperanza en las falsas promesas que profieren, entre insulto y ataque. Y así vamos… Que sólo están de acuerdo en que deben volar en Bussiness Class,  cuando aquí, los sufridos españolitos de a pie que venimos soportando la crisis – y aún así continuamos siendo dueños y señores de nuestro voto - vamos a trabajar a pie o en autobús y si, con suerte, podemos disfrutar de vacaciones o con más suerte aún, irnos de viaje, lo hacemos en Turista, que no hay para más.

Desde mi asiento en la primera fila, veo pasar tan colorida comitiva: un enorme paquidermo de torpe ambular, los chillones y ruidosos monos despiojándose o abofeteándose entre sí, pues variable es su parecer, los payasos - esos engendros ridículos -, los contorsionistas, los escupefuegos, los ilusionistas y equilibristas… Ahí van, todos en tropel, en pugna por acaparar el mayor número de miradas y aplausos que para eso son "unos artistas". El vocerío se incrementa, los espectadores, presa del más demencial divertimento, estallan en sonoros aplausos, carcajadas y exclamaciones de asombro…

Yo, señores, me levanto y decido marcharme, eso sí, no sin antes dejar de manifiesto mi más sincera repulsa ante semejante espectáculo, pues de justicia es manifestarse para poder luego quejarse: mi voto, panda de forajidos pues me resisto a abstenerme, por primera vez en toda mi vida adulta y hasta que no cambien las cosas, es y será NULO, ninguno lo valéis.



“Doy mi voto al Loro Bárcenas.
Fdo. Carmina y Amén”.
- y conste que lo dijo una gran Sabia -

lunes, 12 de mayo de 2014

Los invitados.




Echó, satisfecha, una última mirada recreándose, lentamente, de arriba abajo, en el espejo del vestidor. La embargó un irreprimible sentimiento de euforia. Elevó la copa en un ficticio brindis hacia la imagen que le devolvía aquella superficie pulida y la apuró de un trago. No se podía negar que los carísimos emolumentos de aquél cirujano plástico habían merecido la pena: párpados, labios, mentón, pómulos y finalmente… el busto. “Sí – sonrió entornando los ojos para mostrar la más seductora de sus miradas -. A mis, casi, cincuenta años, parezco, aún, más próxima a los cuarenta”. Pensó, con desprecio, en todos aquellos imbéciles que le habían vaticinado una vida de fracasos y miseria, había hecho siempre lo que le había venido en gana, sin importarle, jamás, las consecuencias de sus actos y ahora poseía todo cuanto había deseado. Se sabía objeto de múltiples y agrias envidias y eso le originaba una triunfal sensación de superioridad. Se retocó, una vez más, la espesa capa de maquillaje que cubría su cutis – ese “pequeño retoque” debería esperar, al menos, un año, estaba demasiado ocupada en aquellos momentos, regodeándose en su triunfal situación y mostrando, indolente, al mundo su suntuosa existencia desde aquél pedestal –. Aplastó el cigarrillo que se consumía, ignorado, sobre el cenicero de cristal. Se dispensó a continuación un poco de spray bucal para mitigar los restos que, de alcohol y tabaco, pudieran quedar en su aliento y sobre sus altísimos tacones de Manolo Blahnik, se dirigió hacia el salón, donde ya deberían aguardar, expectantes, sus invitados aquella noche.

Asegurándose, a su paso, de que las llaves de su imponente automóvil resultaran claramente visibles – a modo de “descuidado olvido”- sobre la bandeja de plata de la mesita del pasillo, movió ligeramente la lamparita que proyectó su luz sobre éstas, sería, así, inevitable no verlas cuando cualquiera de sus amigos se dirigiera hacia al baño, le dio la vuelta al llavero, dejando a la vista el exclusivo anagrama comercial que se recortaba sobre la correspondencia, aún sin abrir, de aquél día. Sonrió complacida mientras deseaba una nueva copa.

Le llegaba, amortiguado, el rumor de la animada conversación que estaba teniendo lugar en el salón y decidió no hacer esperar más a quienes, presumía, aguardaban ansiosos su llegada, dispuesta a emborracharse con los efluvios de los múltiples halagos que, con toda seguridad, le dispensarían, pues no podría ser de otro modo. El vestido de Armani, que dejaba al descubierto la espalda hasta un punto excesivamente bajo, sería, sin la menor duda, objeto de profunda y sincera admiración, estaba convencida. Sobre su cuello, bronceado, destacaba la  gargantilla de oro blanco y diamantes que despedía unos destellos cegadores. La embargó una placentera sensación y pensó que no se podía deber a las tres copas de Hendrick's que había tomado mientras se arreglaba. No, no era eso. Se sentía joven, se sentía bella, se sentía deseada, envidiada, admirada… Era una triunfadora y todos, era evidente, se habían equivocado en sus aciagos pronósticos. Decidió anunciar sutilmente su presencia, incentivando así una hormigueante expectación en los demás, ansiosos por posar sus ojos en ella, imprimió una mayor presión a sus pasos, de manera que cada uno de ellos resultara audible, superponiéndose a la conversación que inundaba la amplia estancia decorada, a golpe de talonario, por afamados interioristas. A modo de cuenta atrás ralentizó, ligeramente, el tiempo en alcanzar la entrada, con calculados y acompasados golpes de tacón: tres, dos… uno. Compuso la más amplia de todas las sonrisas, exhibiendo el primoroso trabajo de blanqueamiento dental al que acababa de someterse, para presentarse ante sus amigos, envuelta en el fragante halo floral de Chanel, se detuvo sólo un instante, el tiempo justo, para que todos los ojos se volvieran hacia ella. Fue su momento de gloria. Paladeó, interiormente y henchida de su propia vanidad, las mieles de materializarse, cuán mitológica diosa, ante aquellos atónitos rostros como la “perfecta anfitriona” – atrás quedaron, entonces, las largas horas de cocina, tras el elevado cargo realizado por la adquisición de tan exquisitas viandas; el tedioso tiempo dedicado a su cuerpo en aquél Salón de Belleza: depilación, manicura, pedicura, peinado… Todo había merecido la pena sólo por gozar de aquél momento mágico, sublime y ansiado -.

Sin dejar de sonreír se dirigió a cada uno de sus amigos. Comenzó por Sole, quien siempre había estado a su lado, desde hacía años, fue la primera en comprender que tras aquél nuevo desliz, su matrimonio se hubiera ido al traste y había colmado, con su silenciosa compañía, todas las horas de ausencia desde entonces, la besó en la mejilla. Y sin soltarla del brazo fue, saludando, uno a uno, a los presentes, mientras se dejaba regalar piropos y adulaciones que recibía con una estudiada, fingida y falsa humildad. En ese momento lo echó de menos. Reparó en que faltaba Al. Aquél simpático truhán era el más impuntual del mundo, bien es cierto que jamás faltaba a una cita, pero irremisiblemente, llegaba tarde a todas, inundando de alegría, en compensación a su demora, cualquier reunión con sus continuas risas y bromas. El dueño del arrollador carácter que lo caracterizaba y que siempre era bienvenido, también hoy se hacía esperar, pero vendría, estaba segura. Al jamás le había fallado y no iba a hacerlo hoy. Cogió una copa de la mesa y apenas si había probado su contenido cuando él apareció, anunciando su presencia con esa potente y cantarina voz suya, las carcajadas y las risas contagiosas no tardaron en aparecer y el ambiente, hasta el momento plácido y distendido, se tornó alegre, despreocupado… Beodo.

Miró entonces al grupo, atónito y fascinado por el brillo que irradiaba, rivalizando tan sólo con el de aquella casa, elegante y chic. Sonrió complacida, siguiendo las expresas indicaciones de su invitación, las mujeres acudieron impecablemente vestidas de fiesta, en tonos oscuros y ellos en elegante y favorecedor traje de smoking.

“Ya que, por fín, estamos todos – miró de soslayo a Al que, socarrón, hacía de las suyas mientras le dirigía amplias sonrisas - pasemos al comedor”, dijo posando la mirada, distraídamente y sin ver la hora, en el Rolex de su muñeca. Conforme a las normas del más estricto y pulcro protocolo, se había tomado la molestia de colocar el nombre de sus invitados en el lugar que debían ocupar en la mesa. No pudo reprimir la tentación de conferir los sitios preferentes: a su derecha e izquierda, respectivamente, a cada una de sus dos mejores amigas. Ellas, jamás la habían defraudado, cuando las había necesitado, allí habían estado. Siempre a su lado. Decidió que ambas merecían disfrutar de aquél gesto de público agradecimiento y profunda estima que les dispensaba por igual.

Las velas refulgían, proporcionado unos centelleantes destellos irisados a la vajilla, los cubiertos de plata aguardaban, en simétrica disposición, su uso y la refinada cristalería de Bohemia, lucía espectacular sobre el mantel. Aspiró con delectación el envolvente aroma, aquél discreto bouquet de flores le pareció que otorgaba el toque de coqueta, aunque sobria, elegancia necesario en toda mesa de bien.

Cuando en medio de aquella deliciosa velada, regada con abundante vino de Crimea y aderezada con una plácida conversación, sonó el timbre, nadie se sobresaltó. Aún cuando no hubiera sido invitada, ni se hubiera hecho, tampoco, referencia a ella, todos los presentes supieron quien aguardaba en la puerta. Intercambiando miradas de complicidad, se dispusieron, con total naturalidad, a que tuviera lugar su inevitable aparición, mientras el eco de la sonora carcajada de Al quedó suspendido en el aire. La atmósfera se hizo pesada, casi irrespirable. Atenazadora. El aire pareció quedar estancado.

… (…) …

Fue a primera hora de la mañana, cuando la asistenta filipina entró en la casa, le extrañó el inusual silencio que reinaba en ella. Sabía que la señora, así se lo dijo cuando la tarde anterior la despidió antes de lo habitual, había convocado a sus amigos íntimos a una cena y, probablemente, ésta se hubiera alargado hasta bien entrada la madrugada, pero por tarde que se fuera a dormir, la señora nunca se quedaba en la cama más allá de las ocho. Miró el reloj de pared para confirmar que eran, efectivamente, las nueve, a esas horas solía estar ya deambulando incesantemente por la casa, dando órdenes e instrucciones sobre las tareas domésticas que habían de acometerse, de manera histérica e iracunda, pues nunca estaba nada a su gusto. Dado su variable parecer, lo que un día debía hacerse de un modo determinado, al siguiente, tenía que cambiarse. Lo que decidía que debía cocinarse según una receta concreta, dejaba de gustarle para la siguiente ocasión. Y ello de forma cruel, lacerando e hiriendo, de manera injustificada e innecesaria, la diligencia de la sumisa asistenta que lo soportaba resignada y en absoluto mutismo. Sin levantar jamás la mirada.

Entró en el salón donde pudo apreciar los restos de la fiesta: botellas medio llenas, copas vacías y bandejas de canapés diseminadas sobre las mesas. La llamó pero no obtuvo respuesta. Se dirigió a la cocina, no estaba allí tampoco. Fue, luego, al dormitorio: la cama estaba perfectamente hecha, aunque sobre ella se amontonaba, en desorden, una infinidad de antiguas prendas de vestir, pasadas de moda – resopló, quejándose interiormente por la mañana que, sin duda, le esperaba. Guardar y colocar todo aquello le iba a llevar un buen rato, mientras aguantaba estoicamente las irritadas voces, insultos e improperios de la histriónica propietaria de todo aquél montón de ropa en desuso-, tras acceder al baño constató que nada parecía indicar que la ducha hubiera sido utilizada aquél día. Volvió a llamarla encontrando, tras el eco de su voz quebrada, el más profundo silencio por toda respuesta. Comenzó a preocuparse y, con cierto temor, se dirigió hacia el comedor, la puerta se encontraba entreabierta, permitiéndole la visión parcial de la mesa que ella misma había puesto durante la tarde anterior. La mano le temblaba cuando la apoyó en el picaporte plateado. Percibió entonces un aroma acre, como a almendras amargas o a flores marchitas impregnando la estancia.

La horrible visión que tuvo en aquél instante no fue sino la confirmación del agorero presentimiento que la había embargado momentos antes. La señora se encontraba sentada, presidiendo una mesa inerte, vestida con aquél antiguo vestido del que tanto solía hablar, refiriéndose a tiempos lejanos y que se empecinaba en conservar como trofeo de alguna gloria pasada…o inventada, los ojos los tenía abiertos, vítreos y sin vida, la tétrica mirada que fijaba en la filipina se debía a aquella fallida operación de párpados, a la que se sometió muchos años atrás, el fin era elevarle la incipiente caída que ya comenzaban a experimentar, pero el celo del cirujano lo llevó a dejarlos tan cortos que, a raíz de entonces, adoleció de una sequedad ocular que la obligaba a un parpadeo continuo y un tanto artificial que, con el tiempo, se convirtió en un tic que intentaba esconder tras oscuras gafas de sol. Sin poder reprimir el estremecimiento que sacudió todo su cuerpo, se aproximó al cadáver y fue cuando reparó en las pequeñas tarjetas situadas sobre cada uno de los bajoplatos, intactos y sin servir. Fue leyéndolas, comenzando por el que la difunta tenía a su derecha: Soledad, Vanidad, Frustración, Envidia, Alcoholismo, Fracaso y… la última: Infidelidad, que correspondía al servicio que se encontraba a su izquierda, escritas a bolígrafo con la inconfundible letra, picuda y desmadejada, de aquella excéntrica y despiadada anciana. El único servicio que parecía haber sido utilizado era el de la señora.

Tras llamar a emergencias, se sentó junto al teléfono de la cocina, mientras aguardaba a que el agua de la tetera comenzara a hervir. No podía alejar de su mente aquél siniestro rostro, ajado y descompuesto en una mueca tétrica. La mirada, fría y desprovista de párpados, le recordó a la de un agónico pez fuera del agua. Reflexionó sobre la patética existencia que llevaba la mujer, alcohólica, infeliz y sola, que tan mal solía tratarla y se preguntó si aquella solitaria y anciana enferma mental no habría presentido su final y quiso aguardarlo en la única compañía, miserable, que tenía: la de aquellos invitados imaginarios que, al final, resultaron ser muy reales. Después ya no sintió nada, ni siquiera pena. Sólo un vacío gris, envolvente y silencioso. Se sirvió una taza de té que, poco después, arrojó con decisión por el fregadero. Fue directamente hacia el salón y rescató una botella de vino, aunque jamás bebía alcohol y era, además, demasiado temprano decidió que necesitaba esa copa, la sirvió generosamente y elevándola en dirección al comedor amagó un brindis: “¡Púdrete en el infierno, vieja loca!”, se sorprendió diciendo y esperó, pacientemente, a que llegara el Servicio Sanitario con una profunda sensación de alivio, no sabía por qué pero sintió que se había exorcizado de todos sus demonios. Un intenso olor a flores frescas flotaba en el ambiente. La luz del sol entraba, en haces oblicuos, desde las ventanas y podía ver en ella una infinidad de partículas en alegre suspensión.



“Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y
no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos,
 resultamos insoportablemente banales”.
(Dijo Miguel Delibes, y yo me atrevería a apostillar:
Algunos más que otros).



jueves, 8 de mayo de 2014

Fauna, filias y fobias: retazos de una vida.


 Me gustaría hoy, en primer lugar disculparme, pues llevo ya demasiados días, quizás, sin publicar ninguna entrada, debido básicamente a la carga de trabajo que vengo soportando y que, con más frecuencia de la deseable, me obliga a disponer, incluso, de parte de mi tiempo libre. En segundo lugar, daros, muy sinceramente, las gracias, pues hace tiempo que pasamos de las diez mil visitas al Blog - y ello en menos de un año -, agradeceros, del mismo modo, vuestros comentarios, ya sean éstos públicos o los que me hacéis en privado, vuestras sugerencias y sobre todo y fundamentalmente el hecho de que me leáis e, incluso, me pidáis que publique con más frecuencia.


Pero… también lamento ahora decir, ya para concluir, que seguiré escribiendo LO QUE, CÓMO y CUÁNDO se me antoje, según me de mi realísima gana o me permita la disponibilidad de tiempo y/o diversas e inexcusables prioridades, sintiendo, aún más, que al leerme, ciertas susceptibilidades se hieran, pues triste resultaría encontrar similitudes entre la ficción que yo decido narrar y las existencias de quienes se quieran dar por aludidos, en cuyo caso simple es, y será siempre, la solución. Ya lo dijo Michael Jackson: “THIS IS IT” lo que viene a traducirse, en términos más castizos, como “ES LO QUE HAY” y a quien no le guste, que no me lea. 

Cuando algo no te importa en absoluto, no te tomas la molestia de seguirlo, al menos, es así en mi caso, pues lo contrario evidencia que no es tan absoluta la indiferencia como se pretende.
 
 
Es una mañana cálida de un sábado de primavera. El viaje, por una carretera comarcal, se me antoja más que apetecible. Apenas si hay alguna nube blanca rasgando el añil intenso de un cielo iluminado por el sol, alto, muy alto ya. La atmósfera se presenta especialmente diáfana. A ambos lados de la calzada se extiende un inmenso mar de olivos, el verdor plateado devuelve, tamizados, los rayos solares que se proyectan de un modo oblicuo, contrastando con las manchas rojas que se diseminan caprichosamente entre los árboles. Percibo el siseo de las amapolas erguidas sobre sus delgadísimos tallos que, mecidas por una casi imperceptible brisa, parecen saludar mi paso con su balanceo. Bajo el cristal de la ventanilla y dejo que el aire acaricie mi cara que elevo hacia arriba, permitiendo el beso de la luz solar sobre mi rostro, cierro los ojos, supongo que en un inconsciente intento de agudizar mi oído más que por la molesta luz. Ningún sonido perturba, más allá de el del motor del coche, la quietud que destila aquél olivar. Una bandada de pájaros se ha detenido sobre los cables del tendido eléctrico que soportan unos altos postes, carcomidos y ajados, de madera. Sus trinos se hacen más acompasados, en un musical lenguaje incomprensible al oído humano, imagino que mantienen una solazada charla. Al girar una pronunciada curva es cuando tengo la imponente, aún más por inopinada, visión de un campo verde, cultivado con primor, cuya pendiente culmina en el único árbol solitario que puedo divisar a mi alrededor. Alto, frondoso y de un intenso color esmeralda oscuro. No puedo luchar contra la tentadora idea de tumbarme bajo la sombra de sus ramas. Me dejo llevar por el impulso y tan sólo unos minutos después me recuesto sobre el tronco rugoso, su sombra fresca es un alivio.

Me dejo caer, sudorosa, respiro fatigada por el esfuerzo de subir la pronunciada pendiente. Poco a poco voy recobrando el resuello, mientras oteo más allá de la carretera serpenteante, en cuyo arcén el coche refulge, en un rojo brillante, casi cegador. Decido quitarme los mocasines.

Es una sensación agradable, la de la hierba fresca al abrigo de las frondosas ramas, sobre los pies descalzos. Una refrescante brisa sopla de manera tímida, haciendo que la camisa ondee ligeramente mientras agradezco su liviano aliento. A lo lejos, recortándose contra el horizonte, los pétreos ojos grises de las montañas parecen vigilar el calmo desarrollo de la vida en el valle. Me pierdo en mis pensamientos, envuelta en el silencio, transparente, que impera a mi alrededor y sintiéndome en paz conmigo misma, en paz con el mundo. Noto un cosquilleo ascendente en mi tobillo izquierdo, de manera instintiva dirijo mi mano hacia él y topo con algo diminuto y duro. Miro hacia abajo para descubrir, entonces, una mariquita, extiendo el dedo para permitir que continúe su presuroso recorrido, sigue caminando sobre él mientras lo acerco a mi nariz y la observo con detenimiento. Me maravillan éstos insectos, siento fascinación por sus brillantes caparazones carmesí y los puntitos negros que se aglutinan sobre ellos. Me pregunto si la carretera que culebrea allá abajo sentía, momentos antes, el mismo cosquilleo bajo el coche rojo, un hormigueo agradable que eriza la piel o, en su caso, el inestable y deteriorado asfalto. Deposito a la mariquita con suavidad sobre la hierba y ella continúa su ascensión, poco después, por las retorcidas raíces del árbol que quedan al descubierto sobre el lecho mullido, ajena a mi presencia, ajena al mundo que la rodea.

Pienso en mi propio caminar por la vida, presuroso e indiferente a todo cuanto, yo misma, he decidido que lo sea. Reflexiono sobre mi escala de prioridades y también, claro, es inevitable, sobre la antagónica lista de todo cuanto me resulta insustancial. Detecto como, ésta última, ha ido engrosando con el transcurso de los años, y cómo, también, he ido componiendo un amplio puzzle en el que cada una de las piezas está, sencilla y simplemente, en el lugar que le corresponde, que siempre le correspondió. Es el mapa de mi vida: una miscelánea ensamblada de manera perfecta, en el orden equilibrado que deviene de la importancia de todos y cada uno de los elementos que yo he querido que lo compongan, para lo que se ha hecho preciso elegir, desechar, construir y en ocasiones, armonizar sentimientos encontrados, vivencias y experiencias que han ido ocupando, en el imperturbable estado de mi vida, el lugar exacto que habían estado aguardando desde el inicio y así habrá de ser hasta el final. Fracciones de un todo que, finalmente, se han unido hasta formar un engranaje que me permite seguir mi camino, indiferente a las realidades nocivas que puedan existir, ajena, cada vez más, a todas ellas. Feliz.

Le echo una rápida ojeada a la mariquita que continúa su incesante ascensión por el tronco. Imagino el paralelismo, entonces, con mi propia existencia y concluyo que se trata, sin el menor género de dudas, de un ser feliz. Inexplicablemente es el convencimiento que me embarga cuando, tras calzarme nuevamente, me encamino hacia el coche rojo en el que habré de continuar, yo también, mi recorrido, si bien no será tanto físico como vital…

Me pregunto ahora si el asfalto nota el cosquilleo…

"Muchas personas creen que cuando han superado un error
ya no necesitan volver a enmendarlo".
(Mariano José de Larra)