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miércoles, 28 de octubre de 2015

De Don Tancredo a Don Cipote, sobra trecho y falta capote.




A dos meses de las elecciones, ahí andamos entre los disfraces de la importada Halloween, los crisantemos para el cementerio y las compras, luego, navideñas. Y así nos va… algunos vaticinando el batacazo del progre trasnochado que obnubiló a los indignados con sus delirios de grandeza, otros, ansiando que el bienpeinado y lavado jovenzuelo ponga algo de cordura en este corrupto escenario que a su formación, de momento, no le ha salpicado y bien cree, el incauto, que se lo puede permitir, algunos, apoyando a un desgastado heredero de aquél mítico ZP hacedor de las grandes plagas de la era SOE que aún cargamos sobre nuestros maltrechos hombros y el resto, tapándose la nariz para engullir el amargo jarabe de dar su voto al PP que, al menos éstos, llevan a gala el título de “mejores gestores”.

Y, a dos meses de las elecciones, ahí ando yo: entre juicios y señalamientos, plazos y Cursos de formación continuada como Administradora Concursal. Espectadora, sufrida y abnegada, de los Don Tancredos de turno que si no es uno, es otro y si no, los dos, pues vienen a ser lo mismo. Un ejército de incompetentes en la gestión de la res publica. Me pregunto por qué si los profesionales estamos expuestos a reclamaciones de responsabilidad en nuestra actuación, no lo han de estar quienes manejan los designios de millones de españoles, quedando impune no ya su manifiesta ineptitud sino su más absoluta sinvergonzonería a la hora de afanar lo que es de todos, y así nos va, que no puede responder de su negligencia o dolo profesional quien no lo es, pues ésta, su distinguida profesión, queda exenta de responsabilidad: el indolente expolio de los carroñeros que hurgan entre los desechos costillares, magullados y lacerados, en el Cementerio de Elefantes que es lo que se ha terminado convirtiendo la España de siglo XXI. Pues, así habrá de reconocerse, España - la Grande entre las Grandes desde la época de los Trastámara - está condenada a su fenecimiento moral, tras el cual, sin duda, llegará el físico que ya lo dijo Don Ortega y Gasset y necio de aquél que no lo sepa escuchar cuando el hombre hablaba del “particularismo desintegrador”, pues a buen entendedor, ya se sabe que pocas palabras bastan, “una división en dos Españas diferentes, una compuesta por dos o tres regiones ariscas; otra, integrada por el resto, más dócil al poder Central” y seguía este visionario “pues tan pronto como existan un par regiones estatutarias, asistiremos en toda España a una pululación de demandas parejas, las cuales seguirán el tono de las ya concedidas que es más o menos, querámoslo o no, nacionalista, enfermo de particularidades”.

Y siguen los “profesionales de la vergüenza ajena” sacando pecho, en un prestablecido turno de reproches, tácitamente acatado, acusando al contendiente del pútrido pecado que oculta bajo su propia alfombra, que quien no es Don Tancredo ha de ser, irremisiblemente, Don Cipote y la distancia moral que los separa no es sino la de que falta trecho y sobra capote. Y ahí están los Don Tancredo de uno y otro signo, asistiendo impasibles a la desintegración axial paulatina, a modo de esa “Crónica de una muerte anunciada” que diría Don Gabriel, mientras los Don Cipote, se encuentran al acecho pues ya se sabe, como dijo una parlamentaria andaluza, que “los dineros públicos no son de nadie” y deben pensar éstos que mejor ir atribuyéndoles un dueño.

Y a dos meses de las elecciones, los españoles seguimos madrugando para trabajar largas jornadas, ya sea para contribuir al Erario Público de Don Montoro o ya para el pago del diezmo mensual a Don Banco pues, en el fondo, lo mismo nos da que quien desgobierne, sea Don Tancredo o sea Don Cipote, como ya se ha dicho pues, falta trecho y sobra capote.

“Juzgar los hechos amargos con sesgo optimista, equivale a no habernos enterado debidamente de ellos”.

(Ortega y Gasset).

Los rugidos lejanos del león ausente.







A veces la realidad supera a la ficción y ocurre que el absurdo, con frecuencia, no se inventa, simplemente sucede pues no es posible que tamaño dislate pueda tener un único autor intelectual. Estoy disfrutando de mi gin & tonic, tras una comida relajada de esas que, por suerte, aún podemos degustar durante los fines de semana. Es, en esa plácida sobremesa, cuando aprovecha la ocasión este joven, casposo y desmañado, para hacernos, al resto de los españoles, partícipes del especial universo paralelo en el que se ha instalado: “Yo seré Presidente de Gobierno y dentro de dos meses los periódicos de todo el mundo hablarán del Vicepresidente político más joven y brillante de la Europa Occidental” y en un alarde de osadía, dando así un paso más al frente o al abismo que depende de la perspectiva, nos vaticina que también contaremos con la versión patria de Stephen Hawking al postular a Echenique como flamante Ministro de Ciencia.

Sonrío para mis adentros, aquél fiero león antisistema, visionario Mesías prometido de los oprimidos por el malvado padre Estado Capitalista, enardecedor de masas indignadas es, apenas hoy, un pobre gato callejero, desmadejado y pendenciero, la otrora desafiante mirada de la bestia es huidiza, tímida… ausente, ahora. Las hordas que antaño auparon al Profeta se han convertido hoy, una vez más, pues nada nuevo hay bajo el sol, en las sombras que pueblan la cada vez menos concurrida Plaza de La Grève, mientras algunos románticos, habrá de concederles con generosidad, esperan la Coronación del más monstruoso y patético de los pretendientes heréticos a Sumo Papa de los Idiotas. Es el enaltecimiento del Elegido por tan dantesca comitiva.

Pienso en la realidad, en la de la mayoría, y es inevitable el paralelismo que establezco entre esa postura, a la vista está, cada más impostada de la utopía comunista –  amparando el atávico y descarnado radicalismo corrosivo, recalcitrante y supurante de un negro y amargo rencor – que, la Historia se ha encargado de declarar, está abocada al mayor y más estrepitoso de todos los fracasos y la que, por otro lado, mantenemos gran parte de los españoles, lacerados por esta cruenta crisis que nos ha dejado sin todo, menos sin el hambre de superarnos, de seguir en la lucha diaria, no de leones, sino de hormigas, de continuar con ese ritual que da inicio a una hora temprana, cuando el sonido del despertador taladra la oscuridad desgarrando así las entrañas de cada amanecer y nuevamente volvemos al trabajo, heroico y abnegado, por recomponer esta quebrantada y, paulatinamente, más invertebrada España nuestra. Defraudados pero esperanzados y postulando el esfuerzo, única renta universal, para el anhelado bienestar común.

Y es entonces cuando nuevamente percibimos, en la soledad del silencio de nuestra propia conciencia, los rugidos… Esos rugidos lejanos, los del león ausente.

“El vicio inherente al capitalismo es el desigual reparto de bienes.
 La virtud inherente al comunismo es el equitativo reparto de miseria”.

(W. Churchill)

martes, 8 de septiembre de 2015

Cantares Celtas.





Desconozco cuando comenzó mi personal idilio con Galicia. Supongo que fue en algún lejano momento durante aquellas cálidas y largas tardes de verano que mi abuelo dedicaba a hablarnos, durante el tedio que sucede a la comida, de nuestros orígenes, de la cuna de nuestro apellido, de frondosos bosques y de la lluvia ligera que les regala el peculiar color esmeralda intenso, de leyendas y construcciones de piedra… de Betanzos. Así, creo, es como me fui enamorando de Galicia, a través del recuerdo y de los ojos de Víctor.
Desde entonces, siempre se ha cernido sobre mí la sombra de las meigas, de los hórreos y de ese Camiño en pos de la estela del Santo que, en las noches despejadas, cruza el firmamento de este a oeste guiando los cansados pasos del peregrino.
A veces me sorprendo en ensoñaciones, permanezco en pie sobre un agreste acantilado que cae a un profundo mar plomizo, más allá del cuál no hay nada, es el punto en el que el sol se sumerge inflamando en llamas un horizonte al compás del llanto solitario de una gaita. Es… Finis Terrae…


        Empieza a atardecer. La atmósfera es diáfana y el ambiente fresco. Huele a tierra mojada. Estoy reclinada, meciéndome con el leve balanceo del columpio del porche mientras dejo que las últimas luces del día me arrastren por los laberintos de mi memoria hacia aquellas leyendas de meigas y bosques encantados de mi infancia. Hace tiempo que ha dado inicio una fina lluvia, casi imperceptible, que cae de un cielo encapotado, arrancando un crujiente repiqueteo a la frondosa vegetación del enorme jardín que se extiende hacia la orilla del río que, intuyo, fluye tranquilo y cristalino tras la arboleda y el enorme parterre de hortensias que configura sus límites.

            Me gusta ver atardecer. Es una sensación de placentera calma, observar cómo se adormece el día con el inicio de esa especial sinfonía de los sonidos nocturnos, el autillo acompaña, hoy, el canto del agua que discurre por el cauce del río hasta alcanzar el atlántico, en aquél punto que, la leyenda y las numerosas catástrofes de navegación, dieron en llamar A Costa da Morte…

         Imagino, no sé por qué me viene ahora a la mente, cómo serían las últimas horas de la tripulación del Serpent, aquella fatídica noche del 10 de noviembre de 1890, en fiera lucha contra un embravecido mar, la tormenta arreciando y una lluvia pertinaz mitigando, a violentas rachas, el miedo, exhalado junto con una respiración entrecortada, de los tripulantes del navío hasta que finalmente, un grito desgarrador partiera en dos la oscuridad de tan aciaga noche: “¡Sálvese quien pueda!”. Tras el ensordecedor estruendo originado por la fractura de la nave que zozobra inevitablemente.

             Oscuridad… sólo oscuridad y el agua gélida engullendo, con fiereza, a aquellos marinos que luego expulsa contra los arrecifes, cerca de Camariñas. Cuerpos rotos, marionetas inertes vapuleadas en un impasible mar de anhelos y recuerdos de aquellos a quienes ya no verán. Saciando así el hambre de muerte de aquella costa. Ojos vitriólicos, sin alma, vacíos, mirando, sin ver ya, la cercana ensenada que los acogerá por la eternidad en el, llamado, Cementerio de los Ingleses.

            Imagino, también, cómo sería el posterior amanecer, calmo, luminoso y nítido. Esperanzador, tras aquella terrible tempestad. Una superficie plateada por los destellos del alba, despejada, cristalina… Sosiego. De la destrucción termina naciendo, siempre, belleza y aquél mar enfurecido que se tragó a los hombres, devuelve ahora sus cuerpos sin vida a la playa, queda y silentemente, parece arrullarlos con ternura, hasta que los deposita, finalmente, sobre la arena, con mimo, como pidiéndoles perdón, y les regala, entonces, la más bella visión: la salida del sol, una fría mañana de noviembre sobre un mar que, al igual que quita, regala vida… en una costa bautizada De la Muerte…


        Vuelvo a la realidad. Al momento, exacto y cierto, en el que me encuentro. La lluvia continúa acariciando la vegetación, cimbreándola, pertinaz pero sutilmente, impregnando mi alrededor del refrescante aroma de las hortensias mojadas que pronto se funde con el de la madera. La luz, lechosa y blanquecina, del día se va extinguiendo y se dibuja, ante mí, la visión imaginaria de una antigua locomotora a vapor, expeliendo una densa fumata azulada que asciende, en volutas, hacia un cielo grisáceo y encapotado, que anuncia el crepúsculo del día. Atraviesa un alto puente de piedra, con su paso cansino, de traqueteo metálico, chirriando sobre los carriles, mientras un niño pequeño, rubio, fija sus grandes ojos en la máquina y saluda su paso, levantando una mano regordeta. Maravillado por aquél paisaje de altos castaños y robles sobre una tupida alfombra, verde intenso, de tojos y brezos, tan distinto al del sitio donde él nació, al sur, muy al sur, “en el otro extremo de España” como su padre, aquél militar de semblante serio y enorme mostacho, oriundo de Betanzos, definía la tierra a la que fue destinado para cumplir con su deber…
 
          Esa imagen me viene, con frecuencia, a la mente cuando pienso en Galicia, es una fotografía color sepia que, de modo recurrente, aparece. Siempre una antigua locomotora, siempre un puente de piedra, siempre un frondoso bosque de altos árboles y siempre, un niño de pelo claro cuyas facciones me resultan extrañamente familiares y cercanas.



          Me cubro con la manta que me envuelve mientras me entrego, con las últimas luces del día, a ese reconfortante encuentro con mis Cantares Celtas… Canción da miña terra galega...






“Mientras más existimos, más breves parecen
Las sucesivas etapas de nuestra vida;
En la infancia un día simula un año,
Y un año, el paso de los siglos... (…)…”
(“El Río de la Vida” – Thomas Campell)


miércoles, 29 de julio de 2015

Caretas de cartón: el ridículo ante la templanza del conocimiento y los diez negritos.




Una noche de finales de julio, como otra cualquiera, me encontraba disfrutando, en buena compañía, de las bondades de la temperatura al caer el día, cuando la vegetación y el agua se alían en una terraza bajo el cielo de verano. La visión, entonces, de dos personas algunas mesas más allá, me hizo reparar en que ya me encontraba en las postrimerías de un Curso Judicial largo, tedioso y especialmente duro por extenuante… lejos de contrariarme, aquél encuentro visual con estos dos seres, me transportó a las deliciosas líneas de esa obra, producto de la genialidad de Agatha Christie, Diez Negritos…
Uno a uno, fueron desapareciendo… uno tras otro…
Son extrañas las asociaciones de ideas que la mente humana puede establecer, una noche de verano, cuando la bóveda estrellada inspira la brisa que refresca la templanza del conocimiento…

La noticia me asaltó de manera inopinada y violenta, a modo de una intensa descarga eléctrica que diera inicio en la base del cráneo para recorrer en sentido descendente toda mi columna vertebral, alcanzar las plantas de los pies y, nuevamente, culebrear hormigueante por el estómago hasta la frente, donde se instauró una relativa presión. Aún así, soy consciente, no provocó en mí el menor movimiento corporal. Leí, con atención, las líneas de aquél documento en PDF que me devolvía la pantalla del ordenador, absorbiendo cada una de las palabras contenidas en él que decretaban una situación procesal, cuanto menos, inmerecida. Aparté distraídamente la vista hacia el cigarrillo que se consumía olvidado en el cenicero, elevando una perezosa columnilla de humo azulado que se enlazaba, en sinuosas volutas, con las notas de aquella vieja canción que también, por enésima vez, ondulaba en mi despacho. Me perdí, por unos momentos, en su estribillo, la peculiar voz de Sting arrullaba mis neuronas, en aquél momento, transmitiendo a mi cerebro la información para poder procesarla.

Cerré los ojos mientras me reclinaba en el sillón, a modo de acto reflejo, en un intento de poner en orden mis pensamientos y tras unos breves segundos – los que tardé en tomar la decisión -, los abrí, sólo para buscar el teléfono inalámbrico que, con frecuencia, se encuentra bajo una montaña de expedientes y papeles, fuera de su soporte. La conversación fue breve y clara. Yo ya había tomado mi decisión y tenía cinco buenas razones en las que sustentarla. Con la determinación y seguridad que otorgan la experiencia, no acepté por respuesta sino la más absoluta conformidad instantánea y, a continuación, realicé otra llamada más, ésta ya algo más conciliadora, si bien, mi instinto me alertó acerca del displicente tono nasal percibido al otro lado de la línea y el conocimiento, relativo y cercenado, de la oscura persona que, lejos de presentar una actitud receptiva, destilaba una profunda desconfianza, e incluso, me atreví a pensar que cierta tiranía, disfrazada tras una modulación pausada y casi amistosa, aunque impostada, de su poco coherente, por superficial, discurso.

Hoy, desde la perspectiva del tiempo y deleitándome en el gratificante resultado de una encarnizada lucha sin cuartel, puedo afirmar que la ignorancia es atrevida y el desconocimiento peligroso, concurriendo ambos factores junto con cierta dosis de engreimiento y soberbia, es obvio cual es el predecible final. Mi experiencia profesional me dice que no es aconsejable asumir asuntos sobre los que no se tiene un conocimiento profundo, suponiendo lo contrario, no ya sólo una temeridad manifiesta, sino un reprobable acto de irresponsabilidad profesional, cuando de forma inconsciente se omiten las consecuencias de la actuación que, tan alegremente, se acomete. Desde ese convencimiento y porque, además, lo que estaba en juego me importaba – y lo seguirá haciendo siempre - más que ninguna otra cosa en el mundo, ofrecí desinteresadamente mi ayuda, pues si algo hay claro es que debe temerse, siempre, al “mono que empuña un revólver”, siendo más que prudente, aconsejable, controlar o prever sus posibles acciones. Conocía, perfectamente, la situación tras haber analizado tanto la documentación como las circunstancias objetivas que motivaron la misma y conocía, también, la legislación y el procedimiento. Un arma de doble y afilado filo si no sabe usarse diestramente. Me puse a trabajar como si la vida, o cinco vidas más, me fueran en ello. Estudié, examiné, valoré todas y cada una de las posibilidades para alcanzar mi fin que no era otro que el de dejar a salvo la honestidad y honradez de una víctima de la avaricia, la envidia y la maldad en su estado más puro. Llegó a obsesionarme hasta el punto de dedicarle, incluso, mi tiempo libre: pensar, sopesar, cavilar, medir y actuar… pensar, sopesar, cavilar, medir y actuar... Los días se sucedían y la acreditada impericia e ignorancia clamorosa de quien debía otorgarle celeridad a la resolución favorable a mis pretensiones, ralentizaban el normal discurrir procedimental, convirtiéndolo en una angustiosa tortura a la que no le veía, no le intuía siquiera, el fin.

Fue de madrugada, durante una de esas noches de insomnio – pensar, sopesar, cavilar, medir y actuar… pensar, sopesar, cavilar, medir y actuar -, cuando el teléfono me avisó de la entrada de un correo electrónico, lo leí y el estupor que me causó al inicio, pronto dejó paso a una reacción iracunda de impotencia absoluta: la torpeza propia no puede, jamás, proyectarse hacia los demás, culpabilizándolos de errores personales y aún menos, recurriendo al embuste y a la zafia mentira. Creo que fue ese el detonante. Una oleada de cólera me nubló, brevemente, el pensamiento. Me puede la mentira, lo ha hecho siempre, y más cuando lo que se esconde tras ella es la ineptitud, evidente y notoria, de alguien que no tiene los alcances suficientes para asumir la responsabilidad de sus actos ni las consecuencias que éstos pueden tener frente a terceras personas inocentes, a quienes no puede, no debe, caerles el peso de la idiocia ajena. Vino a mi mente, entonces, un rostro pusilánime, más parecido a una máscara o careta de cartón, hierática, inexpresiva y desagradable a la vista, innegable espejo de la más limitada inteligencia y fue en ese momento, envuelta, nuevamente, por la música de Sting y el humo de tabaco, cuando tomé mi segunda decisión, sobresaltada por la verbalización de mis pensamientos, que resonaron como un eco en el salón: “Lo he intentado por las buenas, ofreciéndote mi ayuda. Me lo has pagado con una total y absoluta desconfianza y, lo que es aún peor, con la mentira con la que intentas ocultar la realidad: no tienes ni la más remota idea de cómo resolver este asunto. Un asunto que, a mí, me afecta y así te lo he hecho saber. Voy a convertirme en tu peor pesadilla”. Y me juré, hasta en cinco ocasiones lo hice, que conseguiría que se hiciera justicia por encima de cualquier otra cosa. Fue cuando tomé, a las bravas, las riendas del desenlace que se hacía esperar. Dí inicio a un implacable plan de actuación, un engranaje que, al accionarse, fue engullendo y pulverizando entre sus ruedas dentadas la causa de todas mis angustias. Reduciendo los huesos, el cartón, a polvo, sometiendo el desconocimiento al ridículo, un ridículo público, lacerante… corrosivo.

Nueve meses después obtuve lo que quería, lo que en justicia debía obtenerse… lo que estuve ofreciendo, reiterada y generosamente, ante el rechazo sistemático de quien bien pudo evitarse nueve meses de escarnio. La ignorancia es atrevida y el desconocimiento peligroso, pero lo es aún más, el profundo conocimiento cuando algo te importa, pues no hay  en el mundo un animal más fiero que el león, si en peligro están sus crías…

Y sabed, amigos lectores, que esta guerra aún no ha terminado, pero eso, claro, es ya otra historia, la de las batallas que aún me quedan por librar con mis personales negritos…


“Diez negritos se fueron a cenar,
Uno de ellos se asfixió y quedaron
Nueve.
Nueve negritos trasnocharon mucho.
Uno de ellos no se pudo despertar y quedaron
Ocho.
Ocho negritos viajaron por el Devon,
Uno de ellos se escapó y quedaron
Siete.
Siete negritos cortaron leña con un hacha,
Uno se cortó en dos y quedaron
Seis.
Seis negritos jugaron con una avispa.
A uno de ellos le picó y quedaron
Cinco.
Cinco negritos estudiaron Derecho.
Uno de ellos se doctoró y quedaron
Cuatro.
Cuatro negritos fueron a nadar
Uno de ellos se ahogó y quedaron
Tres.
Tres negritos pasearon por el zoológico
Un oso les atacó y quedaron
Dos.
Dos negritos se sentaron a tomar el sol
Uno de ellos se quemó y quedó nada más que
Uno.
Un negrito se encontraba solo
Y se ahorcó y no quedó…
¡Ninguno!.”
(Poema Introductorio de la obra de Agatha Christie “Diez Negritos”)


jueves, 18 de junio de 2015

Tiempos de ira y de cólera.


Con frecuencia, las declaraciones realizadas, públicamente y sin ningún pudor, por parte de nuestros representantes políticos nos provocan, junto con el consiguiente y lógico rubor, la más profunda irritación, al sentirnos zaheridos en nuestra condición de seres humanos y por ende, racionales. Así, escuchar como alguien, aspirante a gobernar los designios de los españoles, llama “sinvergüenzas” a las víctimas de la barbarie etarra que ha golpeado durante décadas a nuestra nación hace que, junto con la irreprimible y acerba basca que asciende desde la boca del estómago ante tal inmundicia, nos aflore la legítima tentación de proferirle algún calificativo con el que, sin duda, menospreciaríamos a las profesionales del oficio más antiguo del mundo. Leer mensajes de un Concejal de Cultura, bromeando con el holocausto o riéndose de niñas asesinadas y violadas es, simplemente, lamentable, como lo es también, qué duda puede caber, reabrir viejas heridas, hoy restañadas al grito de “¡arderéis como en el 36!”, haciendo un llamamiento, si bien, según se defiende ahora, en clave jocosa, a la “quema de Bancos” o al “asesinato” y/o “empalamiento” de políticos democráticos… En pleno siglo XXI deberían ser inconcebibles episodios como éstos que nos devuelven a una época atávica en la que no era posible hablar de estulticia, sino de simple incultura. A aquellos tiempos nos trasladan estos seres que no suponen sino una mancilla para el resto de la raza humana… Tiempos de ira y de cólera promovidos por radicales, excretados, todos, por un Estado democrático y del Bienestar que garantiza, consagrándolo como derecho, la impunidad de conductas moral y éticamente reprobables.

Hay quien, recientemente, me ha tildado de verbalmente agresiva por mis declaraciones en las redes sociales, siempre en respuesta a otras, tan hirientes como corrosivas, vertidas con motivo del escarnio impunemente infligido a los más desprotegidos, esos desamparados, humillados y olvidados del Estado de Derecho que han sufrido junto con la dolorosa e imperdonable pérdida de sus seres queridos, la más absoluta indiferencia por parte de aquél por cuya defensa fueron mártires. Sí, mártires. Mártires por una democracia y una legalidad que ahora, gran traición, les vuelve la espalda desterrándolos al frío mar del olvido.

Vengo de una familia de larga y honrosa – para mí – tradición militar. De entre los valores que me fueron transmitidos y que hoy, me enorgullezco de decir, componen mi mayor riqueza, ocupa un lugar preferente la obligación y deber moral de proteger, siempre, al desvalido, al indefenso… Razón por la cual, ante el abuso e incontinencia verbal de ciertas alimañas despreciables, la primera reacción – iracunda y he de reconocerlo – es la de responder con el insulto fácil que, depende de en qué situación no puede considerarse tal, al tratarse únicamente del más fiel y absoluto reconocimiento de una verdad objetiva: pues hay que ser muy hijo de la grandísima puta para insultarlos a ellos: las grandes víctimas olvidadas, promoviendo y apoyando además, el ascenso al poder de quienes fueran sus verdugos, erigidos hoy, democráticamente, en el más vívido recuerdo de lo que un día fueron: viles y vulgares asesinos. Y he de decir que, aún cuando mis expresiones me han supuesto la irreparable pérdida de seguidores o, incluso, “amigos”, no me siento en la obligación de disculparme ante nadie y aún menos ante personas que, no obstante, no se sienten injuriadas ante tales dislates pero que, incomprensiblemente, sí se toman, al parecer, mis comentarios como algo personal y dirigidos, maliciosamente, a ellos…

Esto es, ha de ser, o se ha conseguido que sea, una democracia, un sistema que ampara, el insulto, la ofensa y la mayor y más profunda de todas las imbecilidades y desvaríos humanos, mientras se haga en “clave de humor”, siendo ésta, precisamente, la razón por la que humorísticamente yo, de manera democrática y haciendo uso de mi libertad, expreso mi opinión que no es, insisto en ello nuevamente, la de que hay que ser un verdadero y auténtico hijo de las mil putas.

Lamentando mucho que haya quien pueda darse por aludido por ello pero que, curiosa y contradictoriamente, no experimenta la menor reacción a la impúdica justificación del dolor ajeno, regodeándose en el mismo, no sé si es por falta de empatía, de formación o de inteligencia pero… cuando se dicen o amparan disparates, se ha de estar igualmente dispuesto a recibir la lógica respuesta que puedan provocar los mismos.

Podría seguir ahora reflexionando en relación a otras “perlas” relativas a las atrocidades cometidas durante ese nefasto episodio nacional que tuvo lugar durante el 36 al 39 en el que, curiosamente, quienes antes decidieron olvidarlo fueron los mal llamados “vencedores” puesto que, tengo el convencimiento, de aquél luctuoso enfrentamiento no salió otra cosa que grandes perdedores, al estar todos ellos lacerados por la crueldad de una lucha fratricida y que estos nuevos “visionarios” están empeñados en reabrir, supongo que a modo de vendetta.

Allá cada canalla con sus canalladas… no obstante yo ahora ya declino hacer ninguna otra referencia más para no alentar estos tiempos convulsos: tiempos de ira y de cólera.

“Omnia sunt communia… omnia sunt communia”


Me pregunto si realmente lo creen, pues cuando, aupados por la turba, abrazan el poder no hay manera de que lo suelten y eso que postulaban que “el perdón en política sólo se conjuga dimitiendo”, aunque a la vista de que su “programa electoral era sólo un conjunto de sugerencias”… seguiremos a la espera de que se les ocurra alguna otra igual de brillante como las de hasta ahora, si bien, habrán de permitirme que, mientras tanto, no permanezca impasible haciendo uso del, también mío, derecho de libertad de expresión.

miércoles, 3 de junio de 2015

El repugnante engendro canino y su grotesca propietaria.


Ha de respetarse que no a todo el mundo le gusten los animales en general o los perros, en particular. Especialmente si se trata de canes apestosos y sucios cuyos propietarios no han invertido, tampoco, ni un solo minuto de su tiempo en educarlos. A mí no me gustan los perros sucios – sus amos menos -, de hecho, me resultan desagradables, casi tanto como sus propios dueños quienes, obligada e indefectiblemente, deben gozar de precarios hábitos higiénicos a nivel personal cuando se muestran tan indiferentes hacia la suciedad de su mascota, lo que en modo alguno viene a significar que yo, personalmente, no disfrute de los perros. Siempre he tenido y lo que sí puedo garantizar es que jamás he permitido que el mío molestara o provocara repulsa en nadie…

Son apenas las nueve de la mañana cuando salgo de casa, bajo presurosa las escaleras y justo en el estrecho pasillo del portal me cruzo con la típica vecina indeseable, simplona e inexpresiva, que habita uno de los inmuebles del edificio. Un ser insustancial y soez pero carente de cualquier civismo como lo evidencia la ausencia de un cortés saludo y su clara afición a la crítica, nunca a la cara, o, y esto me resulta aún más sangrante, su morosa pasividad a la hora de contribuir a las cargas comunitarias. Viene acompañada, como es su costumbre, de ese ejemplar mestizo, poco agraciado a la vista y aún menos al oído, puesto que los aullidos y ladridos del esperpéntico animal se convierten, con frecuencia, en la banda sonora del inmueble durante sus, sin duda, largas horas de soledad. El perro, sucio y desmadejado, camina cojeando ligeramente, excedido de peso, jadeante y pestilente, me saluda el hedor que desprende y aunque intento hacerme a un lado, es inevitable el contacto con su pelaje casposo y deslucido que suele desprendérsele en las zonas comunes de los condueños, soltando sus babas en el ascensor, donde queda la diaria huella de su hocico, impresa, en la puerta metálica. Miro el pantalón blanco y con repugnancia intento sacudir los pelos que se han quedado adheridos al tejido “¡Qué asco…!” mascullo contrariada mientras intento componer el estado impoluto con el que, apenas dos minutos antes, he salido.

La estólida propietaria, airada, exclama “¡Más asco dan otras cosas…!” me clava la mirada desafiante que, por una vez, le resta comicidad a un rostro bobalicón, de risita nerviosa e insípida mirada, no puedo entonces reprimir el impulso y termino estallando:

-“Pues… sin duda a ti te lo debe producir pagar la Comunidad… porque con la deuda que mantienes, se comprende que sea porque te produzca cierta aversión contribuir a los gastos comunitarios, entre los que, me permito recordarte, están los de limpieza de la mierda que va soltando tu perro…”

Y es que ocurre, con más frecuencia de lo aconsejable, que estos seres incívicos y egoístas, presentan el evidente convencimiento de que se merecen todo y, por extensión, también los animalitos con quienes cohabitan y, aunque no es cuestionable que cada quien observe en su casa los hábitos, salubres o insalubres, que estime oportunos, se muestre, en mayor o menor grado, tolerante con la suciedad y el mal olor, no es aceptable imponer esos condicionantes a quienes, por suerte, gozamos de cierta afición al aseo. Que un inocente perrito, por feo y odioso que resulte, deposite su micción en el suelo del domicilio de su propietario quien, al parecer, y a juzgar por el aroma que impregna el rellano no lo recoge, me parece bien, pues el sufridor no deja de ser él, igual ocurre con las deposiciones excretas o con los molestos y antihigiénicos pelos, pero… que una persona, con un hábito sanitario medio, se caiga en el portal como consecuencia de resbalar sobre un gran charco de orín canino o se encuentre con una verdadera plasta perruna, viscosa y pestífera, a la salida de su casa, no puede admitirse y menos aún cuando la explicación que se recibe es que el bendito animal “está enfermo”… Pues mire Vd., si ese adefesio de perro que posee está malo, tendrá que llevarlo al veterinario o, cuanto menos, evitar que orine o defeque en espacios comunes y si, aún así, ello resulta ineludible, tenga Vd. el civismo, decencia y educación de recogerlo. Tenga presente que ese hediondo engendro ladrador es suyo, no del resto de los vecinos que no han tenido la libertad de elección ante la, siempre pestilente, compañía impuesta de ese ser, pero voy aún más allá, encontrándose Vd., es evidente, en el más bajo estadio del respeto y la buena vecindad, si el bicho asqueroso que pasea aquejado de no sé qué desventura estomacal va soltando “regalitos” que Vd. ni evita ni recoge luego, tenga, al menos, la dignidad de no retrasarse en los pagos a la Comunidad, puesto que es, con ese dinero, con el que se paga, entre otros servicios, a la "Sra. de la Limpieza" que se ve obligada a fregar la mierda que suelta su perrito.

Y así es, lectores amigos, como nos las gastamos en este pequeño reflejo de la realidad social que constituye la Comunidad donde resido, en la que no nos falta un solo espécimen de cuantas taras e incorrecciones humanas quepa esperar, donde las faltas de consideración son la cotidiana tónica dominante, dando inicio con los portazos y taconazos que acompañan a las primeras luces del día y continuando con el depósito de pelos y otros restos, prefiero pensar que de origen animal, en los sitios más insospechados. Ha sido, el de hoy, otro nuevo episodio de lo que, yo ya me barrunto, va a terminar convirtiéndose en toda una saga...

“Los que uno jamás ve de cerca son los vecinos ideales”

(Aldous Huxley)

jueves, 21 de mayo de 2015

Doy mi voto a la Candidatura presentada por…


Y a escasos días de la celebración de una nueva “ Gran Fiesta de la (Sacrosanta) Democracia”, otra más, ahí vamos: reflexionando y sopesando, conscientes de falsas promesas jamás cumplidas pero intentando justificar el signo de nuestro voto, en dura pugna entre la razón y el corazón, hastiados de corruptos de uno y otro bando – que aquí no se salva nadie, incluyendo en esta aciaga Lista de los Malditos a la cúpula de los ‘nuevos’ visionarios trasnochados que se postulan como los incastos salvadores de una sociedad quebrada y exprimida -.
Y ahí seguimos, a vueltas con el deber ciudadano de elegir a nuestros representantes que, empiezo a barruntarme, pesa más que la lícita reacción engendrada por la obscena inmundicia que nos rodea, de mandarlos a todos, sin excepción alguna, floridamente, pues las formas no han de perderse nunca, a la mismísima mierda.

Con el gesto pusilánime, de la más absoluta renuncia, extraigo del buzón los sobres de propaganda electoral, a duras penas reprimo el impulso de tirarlos a la papelera y los deposito en una esquina de la mesita del recibidor. Será más tarde cuando descubra, entre los nombres de los candidatos a ediles, a amigos y conocidos integrando el ‘elenco de la salvación’ de las diferentes opciones políticas, todas ellas erigidas ahora en paladines de la decencia y la honestidad en la gestión pública, claro, no podríamos esperar ya otra cosa: “los de antes, los de siempre – dicen – lo han hecho fatal, pero ahora nosotros venimos a arreglarlo”… Y es que no sé si son o muy idiotas o muy sinvergüenzas aunque ningún interés tengo ya en descubrirlo.

Sonrío, es inevitable no hacerlo, al repasar mentalmente no ya los eslóganes de campaña de cada formación, sino las palabras, vacías y absurdas, que he estado obligada a escuchar durante estas últimas semanas. Supongo que producto del desencanto, del más grande fiasco o del, simple y castizo, escarmiento, yo ya no me creo nada y me creo todo: no confío en las falsas promesas de honestidad porque los veo, a todos y sean del signo que sean, capaces de todo. “El poder corrompe”, dicen que dijo el bueno de Lord Acton, yo, por mi parte, soy de la llana opinión, por mi absoluto convencimiento de que el refranero popular es sabio, de que “jamás ha de pedirse a quien pidió, ni servir a quien sirvió” puesto que “si quieres saber quién es Periquillo… dale un carguillo”… aunque sea de Concejal, me veo en la necesidad de apostillar, que “por poco se empieza, si medrar quiere el trepa”.

Y ahí vamos… con las reservas y salvedades que cada uno quiera hacer, en el lícito ejercicio de su derecho, aunque creo que, probablemente, la solución pase por “profesionalizar” la res publica, pues, sin duda, habría en ello mayores beneficios que perjuicios, evitaríamos que el “mal” médico, “mal” abogado, “mal” maestro, “mal” economista, el inútil por vocación, en definitiva, que se ve abocado a vivir de algo ajeno a su profesión, se convierta así en ese “nefasto” político que hace de su propia ineptitud su medio de vida, castigando impunemente a quienes, en realidad, somos los auténticos y verdaderos soberanos: los ciudadanos que, sufrida y calladamente, venimos soportando una paulatina y progresiva subida de impuestos, hemos renunciado a esquiar en Baqueira Beret durante permisos carcelarios, así como a vivir en Palacetes situados en exclusivas zonas residenciales, no aspiramos a tener una prejubilación blindada en Consejos de Administración de grandes empresas, ni tampoco, aún menos, a una indemnización millonaria cuando pongamos fin a nuestra vida laboral para zambullirnos en el cálido estanque dorado de nuestro merecido descanso… No, nosotros, los verdaderos dueños y señores del poder, de ese poder de decisión, nos levantamos a las siete de la mañana, renunciamos a gastos que, siempre podremos convencernos, resultan absolutamente prescindibles con la finalidad de permitirnos, aún cuando sólo sea, una semana de vacaciones, pagamos religiosamente nuestros impuestos con el firme convencimiento de que su importe, lejos de acabar en alguna cuenta opaca, redundará en el bien común: hospitales, carreteras, educación, ayudas públicas… Y no es porque seamos tontos, sino porque, a la vista de lo que tenemos, ya nos lo hacemos.

Le echo, apática, un último vistazo a esas listas de nombres cuyos propietarios son caras familiares, en la mayoría de los casos, sintiendo por ellos más compasión que otra cosa, pues aunque reconozco que durante mi adolescencia hiciera “mis pinitos”, coqueteando con la política, por fortuna, rectifiqué a tiempo mi rumbo perdiendo, así, el romántico idealismo de la juventud, pero – y ahora lo sé - manteniendo a salvo mi conciencia. Aparto a un lado las papeletas necesariamente descartadas que habrán de cumplir, en un rato, su destino reposando en el fondo del cubo de basura, a modo de desdichada profecía respecto de quienes la sustentan. Me quedo con una mientras sopeso si, finalmente, seguirá o no el mismo camino… Pienso.

Y ahí voy… trabajando más de diez horas al día sólo para pagar impuestos, controlando gastos para poder atender mis deudas, deseando que llegue el mes de agosto para dar inicio a ese anhelado aunque exiguo descanso y ando también, cómo no, matándome con el Banco para que me suprima la cláusula suelo, a ver si, con suerte, consigo unos “ahorrillos” extra para mi retiro. Ahí voy… que yo no aspiro a dedicarme a la política, no señores, me veo muy capaz de seguir viviendo, dignamente, del ejercicio de mi profesión. Me veo muy capaz, sobre todo, de seguir durmiendo cada noche a “pierna suelta”, porque yo, señores, soy quien decide si quiere o no estar gobernada por una panda de cuatreros.

Y ahora, a seguir elucubrando… que el plazo se agota y toca decidir.

“El político se convierte en Estadista
cuando comienza a pensar en las próximas generaciones
y no en la próximas elecciones”.
(Sir Winston Churchill).


lunes, 4 de mayo de 2015

Crónicas de una Monster-Fiesta.


Cuando a finales del pasado año le pregunté a Laura cómo quería que fuera la celebración de su Primera Comunión, elevó la naricilla respingona hacia arriba enarcando una ceja y frunciendo los labios en un claro gesto pensativo que apenas duró unos segundos: “¡Quiero una Monster-Fiesta!”. La rotundidad de su respuesta no dejaba lugar a otras posibles alternativas, así que le contesté: “Pues será la mejor Monster-Fiesta que Draculaura podría imaginar”. Una sonrisa amplia se quedó grabada, a fuego, en mi memoria y fue cuando empecé a darle vueltas a mi creatividad. Desde entonces mil bocetos fueron tomando forma sobre el papel y así, con la valiosa ayuda de mis “pinches”, los dos hermanos mayores de Laura – Marta y Álvaro – a quienes otorgué el cargo de “Asistentes de Producción Ejecutiva”, dio inicio una cuidadosa preparación, basada en pequeños detalles y toneladas de cariño que culminó el pasado día 2 de mayo, cuando la homenajeada, al entrar en el salón del restaurante se topó con la fiesta que había pedido. Después de inmortalizar su cara de asombro e incontenible alegría en fotografías que no me canso de mirar por suponer la mejor recompensa a todo ese esfuerzo, realizado con frecuencia durante los fines de semana o durante noches que se alargaban hasta bien entrada la madrugada, vino a buscarme y me abrazó: “Yo sabía que la fiesta iba a ser perfecta, pero no TAAAAAAN perfecta. Gracias, tata. Eres la mejor montafiestas de la historia”, ahí queda eso… Y se dirigió a la mesa, donde la esperaba su sitio presidencial, dejándome el corazón rebosante de orgullosa alegría y el beso más dulce que jamás haya podido estamparse en ninguna mejilla.

Todo estaba preparado, perfectamente empaquetado en cajas de cartón que aguardaban, apiladas junto a la entrada de casa para ser cargadas en el maletero y dirigirnos hacia el restaurante donde al día siguiente tendría lugar la celebración de la esperada – con tanta ilusión por la familia – Primera Comunión de Laura. Laurita, nuestra Laurita, ya se hace mayor…
 
Eran las cinco y media de la tarde cuando comenzamos nuestra labor, cada uno conocía bien su cometido y cuál debía ser su actuación concreta, empezamos por decorar los paneles negros que limitarían el espacio de la zona infantil, donde irían colocados los carteles enmarcados con flores de globos fucsia y negro y guirnaldas de los mismos colores. Sacamos los materiales y nos pusimos a trabajar: chinchetas, tijeras, cintas, precinto, hilo, pegamento… Y una actividad desenfrenada, durante casi cinco horas, dio finalmente su fruto: todo estaba listo para que a la mañana siguiente una niña, mi Laurita, se convirtiera en la “Monster más feliz del mundo”.


Eché un último vistazo antes de apagar la luz y dejar que fuera la oscuridad la que provocara la apertura completa de los lilium blancos que había dispuesto en tres jarrones de cristal, en el lugar exacto que debían ocupar cuando los camareros montaran el servicio para los comensales. Cuando a la mañana siguiente, los invitados entraran en la estancia los recibiría, junto con el colorido atrezzo, el agradable y dulzón aroma de las flores que, había calculado, debían estar ya totalmente abiertas. Respiré hondo, estaba cansada, terriblemente cansada, pues no había sido fácil realizar todo el montaje sin algunos inconvenientes que tuvimos que salvar recurriendo al ingenio, aun así, todo había quedado más o menos como pretendía: perfecto. Laura me había pedido una Monster-Fiesta y yo le había prometido que sería la mejor, cuidando, incluso, las invitaciones cursadas a sus amigas, todas ellas recogiendo a una de las protagonistas: Draculaura, Cleo de Nile, Frankie, Clawdeen Wolf, Lagoona Blue… últimamente me encuentro tan familiarizada con esos personajes que conozco sus respectivas filiaciones, el nombre de sus mascotas y, por supuesto, las aventuras que comparten en ese “Monstruoso” Instituto donde estudian. Cerré la puerta y, cruzando los dedos, deseé que nada se moviera de su lugar por algún fallo de sujeción, todo debía encontrarse tal y como finalmente había quedado.


Aunque era tarde, aún nos quedaba otra tarea que hacer, de eso ya no se ocuparían los niños que estaban cansados y debían levantarse temprano al día siguiente, así que tras cenar en casa de mi hermana y darles las buenas noches, comenzó ya la última de las tareas, ensobrar las fotos de Laura en unos sobres en los que con letra primorosa y tinta dorada hube de escribir “Comunión de Laura 2 de mayo de 2015”, terminé por hacerlo de modo mecánico, como aquellos insufribles castigos escolares que consistían en escribir repetidamente la frase lapidaria que se quedaría indeleblemente impresa en la mente infantil a modo de fiel recordatorio para no incurrir en la misma falta. Tras lo cual, también tuvimos que meter en paquetitos las diferentes golosinas que cada niño recibiría por su asistencia a la celebración, dejando el espacio suficiente para que sobresaliera del envoltorio la calaverita ensartada en un tubito flexible.

Eran las dos de la mañana cuando, finalmente, me metí en la cama. Exhausta pero con la ilusión de que para Laura, mi pequeña Laurita, fuera un día inolvidable, creo que me dormí intentando imaginar la cara que pondría cuando viera lo que, con tanto cariño y amor, le habíamos preparado…


Con puntualidad británica me acomodé en uno de los bancos del templo, cercano al altar, mi hermana ya me había advertido de cuál sería el lugar que ocuparía Laura y estudié estratégicamente desde qué ángulo tendría la mejor visión de la niña. Me senté junto a otra de mis hermanas, justo detrás de mis padres, a mi lado, los hermanos pequeños de Laura: Irene y Gonzalo que en cuanto vio a mi hermana entrar con Victoria, su prima pequeña, salió disparado hacia ellas. La ceremonia fue entrañable y muy emotiva, los niños, después de los ensayos, no pudieron evitar algún momento de espontaneidad que nos arrancó más de una sonrisa y Laura, me devolvía con disimulo los guiños que yo le hacía desde mi sitio, sonriendo y en ocasiones, temí, a punto de soltar la carcajada. Leyó muy bien, vocalizando correctamente y con un tono de voz adecuado, siempre ha sido una niña despierta y muy piticlara y estuvo muy formal durante su intervención. Concluida la ceremonia, llegó el momento de las fotos. Impaciente, por comprobar que todo estaba como debía estar, antes de que llegara el resto de los invitados al restaurante, permanecí el tiempo justo para inmortalizar el acontecimiento en un par de instantáneas, antes de salir a toda prisa. 

Afortunadamente el papel de celo y los alfileres hicieron su trabajo: nada se había movido del sitio en el que había sido colocado la noche anterior. Aguardé la llegada de Laura – mi hermana Victoria había sido la encargada de “demorar” un poco su entrada para darme tiempo, en caso de tener que realizar algún pequeño “retoque” que, por suerte, no fue preciso.


Laura entró en el salón, ante la expectación de todos nosotros y con esos ojos vivaces que se agrandaron, aún más, en un claro gesto de sorpresa, empezó a mirar, sonriente, de un sitio a otro: la mesa, el rincón de “Pinta Monster” donde se encontraban las pinturas faciales, el lugar de las golosinas, los banderines, el photocall… y entonces, girando sobre sus talones, me buscó y vino corriendo hacia mí. Me abrazó, me incliné para recibir aquél beso, el más dulce y tierno que jamás nadie me ha dado nunca y escuchar, a continuación, unas palabras que me sonaron a música celestial: “Yo sabía que la fiesta iba a ser perfecta, pero no TAAAAAAN perfecta. Gracias, tata. Eres la mejor montafiestas de la historia” y mientras notaba la calidez de aquél pequeño cuerpo que me apretaba con fuerza, me vino a la memoria la noche de un 29 de mayo de hace casi diez años, cuando por primera vez la vi: una niña de carita redonda y expresivos ojos oscuros, sobre una naricilla respingona, que miraba a su alrededor sin ser consciente de que por fin había llegado al seno de aquella familia que con tanto amor la recibía. Tras Laura, llegarían luego dos hermanos más y por último, Victoria, la más pequeña que lo seguirá siendo hasta el próximo mes de noviembre que esperamos, impacientes ya, a un nuevo miembro.

Me pregunto cuántas fiestas infantiles más me quedarán, aún, por organizar… Y tras cada una de ellas, esperaré siempre, ansiosa, ese sincero beso que, sin duda, recibiré y que es y será siempre la más valiosa recompensa a la dedicación y al amor infinito que pueda poner en cada una de ellas.

“Las tías no somos otra cosa más que madres disfrazadas de amigas”.
(Anónimo)




jueves, 30 de abril de 2015

Las Confesiones de Pick.





Creo que todos tenemos, o creemos tener, secretos inconfesables. Miserias que no nos atreveríamos jamás a contar a nadie e, incluso, ni a reconocer a alguien muy cercano. Son esos episodios escondidos en nuestra memoria que nos despiertan sentimientos como el sonrojo, la vergüenza y, en ocasiones, el arrepentimiento más profundo por algo que jamás deberíamos haber hecho, en definitiva, el temor a que éstos puedan, en algún inoportuno momento de nuestra vida, salir a la luz y quedar expuestos para nuestro propio bochorno.
Creo, también, que uno es tanto más feliz, cuanto menor es la inquietud que ese riesgo representa, ya sea porque se ha alcanzado ese grado de madurez que te permite estar por encima de cualquier opinión o comentario proferido por seres que te resultan indiferentes o bien, simplemente, porque se sea conocedor de que todos, absolutamente todos, tenemos secretos que guardar y que, por lo general, antes de criticar, lo aconsejable siempre es si no superar, sí al menos, alcanzar. Máxime si se asume que poco o escaso interés pueden suscitar en quien teniendo una vida plena no se interesa por la de los demás.

Es el final de una de esas tardes de primavera que invitan a sentarse en una terraza al sol y disfrutar de un gin tonic en la silente compañía de la lectura. Me encuentro sumergida en las bondades de Walt Whitman, ajena a la vida que transcurre a mi alrededor, absorta en las líneas paridas por la genialidad del ‘poeta vagabundo’, cuando una inesperada presencia pone fin a tan deliciosa lectura. Levanto la mirada y experimento un irreprimible sentimiento de apatía. No tengo la menor intención de departir, siendo evidente que ni me voy a tomar la molestia de hacer el intento.

No se hacen precisos absurdos convencionalismos tales como “¿te importa que me siente?”, “no quiero molestar” o “sí, por favor, siéntate y dime qué te apetece tomar”. Es una recíproca y tensa mirada, clavando un par de gélidos iris en otros pétreos y es, entonces, cuando da inicio un coloquio silencioso, pero revelador. Una conversación corrosiva e hiriente en un total y absoluto mutismo, denso y pegajoso como la pez. Preguntas y respuestas que se suceden lentamente, según un tácito orden establecido, cargadas de reproches o puede que sea sólo impostada suficiencia por una parte y sincera indiferencia  por la otra ¡qué más da!. Bebo, despreocupada, un trago de la copa en la que el hielo comienza a derretirse, emanando tenues bostezos cítricos que despiertan mi sensibilidad olfativa. Y es cuando encuentro la respuesta, tardía e inútil: “sólo me quise a mí”. Me pregunto por qué ahora, pues jamás formulé pregunta alguna, por conocer, sobradamente, la réplica y lo que en su día me importó, hoy ya me suscita el más profundo desinterés.

Esa es, sin lugar a dudas, mi inconfesable miseria: el hastío. Lo reconozco. Es mi profundo hastío.

Apago el cigarrillo en el cenicero dando por concluida la conversación y omitiendo cualquier despedida, más allá que la que manifiesta mi propio lenguaje corporal, retorno a la plácida lectura “Come, said my soul, such verses for my Body le tus write (for we are one), that should I after return, or, long, long hence, in other spheres, there to some group of mates the chants resuming…”.

Cuando vuelvo a levantar la vista, estoy nuevamente sola y es cuando pienso, esta vez ya sí en voz alta, “Estoy en esa etapa de mi vida en la que le vas a vacilar ya, a tu…” el gorjeo cantarín de los gorriones sobre las copas de los árboles que prestan esa sombra natural a la parte más alejada de la terraza, interrumpen la frase. Sonrío para mis adentros reconociendo que ese trino ha sido de lo más oportuno.

Y así fue como, tras obtener una confesión jamás solicitada, tomé consciencia de que poco o nada me importaba. Que aquél hecho ajeno, vergonzoso y vergonzante, siempre lo había conocido y, dado el tiempo transcurrido, incluso, olvidado. Sigo sin comprender qué movió a Pick aquél día a dar una respuesta, si no fue por el mero hecho de exorcizar su negra y pesada alma. Pese a que ya no era, ni sería nunca, asunto mío, como tampoco lo son el resto de las íntimas sordideces que los demás puedan, o no, ocultar con celo. Me resultan ajenas, total, profunda y absolutamente ajenas…

Y con eso, desnudo las mías, pues es evidente que peco del mayor desapego hacia lo soez y así aquí lo dejo expuesto.

“Lo único imperfecto en la Naturaleza es la raza humana”
(Fowler)

martes, 21 de abril de 2015

Llanto por un Jurista.


Supongo que, como ocurre con todo en la vida, sólo valoras lo que tienes cuando lo pierdes y no porque te resulte indiferente sino porque, suele ocurrir, te acostumbras a su presencia, integrándola en la cotidianeidad de los días, con la inconsciente convicción de que será imperdurable.
Hace unas semanas, despedimos a un gran Jurista, de los de “la Vieja Escuela”, la encarnación de un símbolo que todo Abogado debiera tener como referente, desde el inicio de su carrera hasta las postrimerías de la misma, pues siempre he tenido el convencimiento de que para ser un buen profesional, se ha de ser, primero, buena persona y es lo que, sin duda, concurría en D. Enrique del Castillo Rodríguez Acosta a quien me unía una relación personal que no me impidió, no obstante, conocerle también como Abogado, pues aún cuando ya se encontrara jubilado su incesante actividad intelectual, rasgo distintivo de su carácter, le impedía permanecer ajeno a nuestra profesión. Su honradez, su mesura, su templanza, su equidad, su objetividad y la minuciosidad en sus razonamientos hicieron de él lo que fue, es y será siempre, pues aunque, entre lágrimas lo despidiéramos la tarde de un Viernes Santo, seguirá vivo en nuestro recuerdo, máxime cuando la mayoría de todas esas cualidades las han heredado sus hijos, de quienes me precio de ser, AMIGA. Esta gran persona, discreta y humilde, jamás pasó desapercibida para quienes le conocimos y si, hoy, tuviera que aplicarle una calificación, habría de pasar, necesariamente, por la BONDAD… Don Enrique del Castillo era, es y será siempre, buena persona, buen esposo, buen padre, buen jurista y, por encima de todo, un gran SEÑOR, que lo fue y seguirá siendo. DON ENRIQUE DEL CASTILLO RODRÍGUEZ ACOSTA, Jurista y Señor por cuna y… por fortuna, para quienes le conocimos, me atrevo a afirmar.

El calor, aquella mañana de mediados de julio, era sofocante, apenas si habían dado las once y la atmósfera ya parecía estancada, provocando a los sufridos transeúntes una transpiración pegajosa que se mezclaba con el vapor que ascendía del asfalto y las bocanadas de aire caliente expelidas por las máquinas de aire acondicionado que ya trabajaban al límite del paroxismo en un vano afán de calmar el martirio de quienes, no teníamos otra opción que la de cumplir con nuestra obligación laboral, pese a que aquél aire resultaba irrespirable e inducía a un profundo sopor. Me dirigía, con un grueso expediente bajo el brazo, al Despacho de una compañera y, sin embargo, amiga íntima, Fátima del Castillo, para intercambiar con ella impresiones sobre aquél tedioso procedimiento judicial que se estaba prolongando en el tiempo más de lo que resulta saludable para cualquier sistema nervioso, a causa de recurrentes suspensiones por diferentes causas, absurdos escritos de más de quince folios presentados por la parte contraria y clamorosas providencias judiciales que suponían auténticos dislates jurídicos aunque, como diría Enrique, “sea dicho esto con el mayor de los respetos hacia el Tribunal, siempre”. Timbré en el porterillo y en seguida la puerta de acceso al portal cedió, fue un alivio momentáneo el frescor con el que me recibió aquél edificio del Paseo de la Estación y me aproximé al ascensor. Pulsé el botón de llamada que permaneció indiferente a la solicitud. Volví a hacerlo en dos ocasiones más: inútil, la pequeña luz de la botonera no se encendió por más presión que imprimí a su pulsación. Resoplé contrariada, el ascensor volvía a estar estropeado, fruto de un irreprimible impulso provocado por la impotencia, le solté una ruidosa patada y emprendí la ascensión de las nueve plantas, en la que, a partir del segundo piso, el expediente se resbalaba, dejando estampadas en la carátula esas horribles marcas de dedos que tanto me molestan, tendría que cambiar la carpeta tan pronto como regresara a mi despacho, pensé con cierta aprensión.

Cuando llegué al rellano del piso noveno no había ni un solo centímetro de mi piel por el que no corriera un abundante reguero de sudor. Respiré hondo varias veces para serenar mi agitada respiración y llamé. Me abrió Fátima que no pudo contener la carcajada, sin duda, al ver en mi cara, congestionada por el esfuerzo, la contrariedad pintada. “Se me ha olvidado decirte que el ascensor estaba estropeado”, me saludó atascándosele las palabras en la risa que intentaba contener. Entré y pude ver, a mi paso, que en el despacho del fondo, el más amplio y luminoso, ya se encontraba su padre, Enrique, leyendo el periódico sobre aquél escritorio de madera noble y en la sola compañía de su gran pasión: la ópera. Como era mi costumbre, entré a saludarle, habitualmente le daba un beso en la mejilla y mantenía una breve charla con él, siempre agradable, ya fuera acerca de los viajes que, frecuentemente, hacíamos Fátima y yo, sobre la actualidad, la política o… cómo no, el trabajo.

Apenas unos minutos después, me senté ya en el despacho que ocupa Fátima y al otro lado de la mesa, extendí la documentación y los numerosos escritos que se habían ido integrando en las actuaciones, plagados de anotaciones marginales y 'post it', a grandes rasgos, le expliqué entonces, cuál sería mi estrategia, el acerbo enconamiento con la contraparte, el cansancio de todo aquél curso judicial y la bochornosa temperatura de aquellos últimos días, sin duda, empezaban a hacer mella en mí, pues tendía a perderme, abundando en detalles totalmente superfluos, por obvios y evidentes, en la resolución del procedimiento, razonamientos redundantes que provocaban un profundo hastío en Fátima que, a pesar de ello, me escuchaba emitiendo algún resoplido tras sus comentarios, más que acertados, en los que me sugería ser más sintética, siempre desatendidos por mí, que seguía, obcecadamente, con aquella letanía…

Y en aquellas lides nos encontrábamos, cuando apareció en el quicio de la puerta Enrique, venía a despedirse, pero que al ver la escena se interesó por aquello que provocaba tan vehemente defensa por mi parte, se lo expliqué, aturullándome, en un intento de trasladarle el más nimio detalle y él, pacientemente, tras concluir yo aquella espesa disertación, con ese gesto reflexivo, tan suyo, sentenció: “El acto de celebración de la prueba no consiste en repetir los argumentos que se han empleado en la demanda o en la contestación, que de sobra son conocidos por el Juez, sino en hacer una breve valoración de la misma. Un sucinto razonamiento, lógico y objetivo, del resultado que avale nuestros argumentos. Y ahora, hijas mías, voy a hacer unas gestiones… Quedad con Dios”, dándose media vuelta dejó, tras de sí, suspendido a su marcha, un mudo estupor primero que, más tarde, se transformó en la más sincera admiración hacia su gran pragmatismo y apabullante sentido común.

Me mantuve en el más absoluto silencio durante un largo rato que creo llegó, incluso, a preocupar a Fátima quien, he de reconocer, es muy parecida a su padre, y cerrando el expediente, le dije: “Creo que mejor bajamos y nos tomamos un café con hielo. No hay quien aguante este calor”...

Ésta es sólo una anécdota, de las múltiples que guardo y guardaré de él, pues aunque son muchos los años a lo largo de los cuales he mantenido una estrecha relación, cuando hoy me he puesto a escribir, ha sido la primera que se me ha venido a la cabeza y no sé por qué fue, también, la que me vino cuando una voz temblorosa, al otro lado de la línea telefónica, me advertía de su marcha.

Enrique, amigo mío, sigue inspirándonos desde el Cielo para no perder, nunca, ese sentido práctico de la vida, de la profesión y de las relaciones humanas que te hizo diferente a ti y que, con tanta maestría, supiste transmitir a tus hijos.

A Don Enrique del Castillo Rodríguez Acosta, de quien tengo el convencimiento
Graham Greene hubiera dicho:
“La humanidad avanza gracias no solo a los potentes empujones de sus grandes hombres, sino también a los modestos impulsos de cada hombre responsable”, y él, Don Enrique, lo es.

D.E.P.

lunes, 20 de abril de 2015

Los Descendientes de la Diosa.


Ya he publicado, en anteriores ocasiones, relatos escritos no por mí, sino por mi sobrina Marta quien, por su parte y debido a su agudo ingenio, ha protagonizado algunas de mis Reflexiones. Hoy, una orgullosísima tía materna, tiene la satisfacción de publicar la narración con la que ha ganado, a sus trece años, el Certamen Literario Anual de su Centro Docente, en lo que también la precedí durante mi época de Bachillerato y luego COU, obteniendo ese mismo galardón durante cuatro años consecutivos. Hoy, me embarga, de la misma manera y junto con la nostalgia de aquella época, el convencimiento más profundo de que Marta, es, sin ninguna duda, mi más legítima sucesora en el profundo amor a la Literatura, pues esta escritora en ciernes, que ya firma sus historias bajo el seudónimo de ‘Bluerose’, no cesa de escribir y me llama la atención no sólo su creatividad e imaginación inagotables, sino el uso que hace del lenguaje.
Dándole nuevamente la enhorabuena, como ya lo he hecho antes, cuando me ha llamado para comunicarme la noticia, os dejo con la lectura de esta promesa de las letras: 'Bluerose', de quien, algo me dice, pronto ocuparán un lugar preferente en mi biblioteca sus futuras obras… 



Cuenta la leyenda, que una chica llamada Kisar fue llamada por la Naturaleza, y tuvo que entrar en la Torre Géminis para pasar unas pruebas que la llevarían a un destino dudoso… 

Diana abrió los ojos, pero solo halló oscuridad. Había dormido fatal y estaba muy cansada, y es que últimamente tenía unos sueños muy raros. Soñaba que una mujer de tez blanca como el algodón, cabello dorado y ojos del color del mar, le decía que ella era el alma de la Naturaleza, que debía cumplir su destino. Ella pensaba que aquello era fruto de su imaginación, pues al fin y al cabo, todo el mundo decía que estaba loca porque hablaba con los animales y las flores, escuchaba con atención el canto de las aves, y podía oír los gemidos de los robles cuando los talaban para hacer muebles en la carpintería de Pandora.

Pandora era la gran ciudad situada en el centro de Gea, el país en el que vivía. Diana vivía en los límites del enorme bosque que había al norte de Pandora, en una casa de paredes blancas y tejado verde. Allí, vivía con sus padres, sin ningún hermano, lo que hacía que pasase mucho tiempo sola, vagando por aquel frondoso bosque, pero nunca cruzaba el río. El único amigo que tenía era Sam. Sam era alto y robusto, moreno y con los ojos color miel. Él jamás dijo que estuviera loca, se limitaba a escuchar con atención las historias que Diana le contaba sobre los animales del bosque, o las flores del jardín. Siempre, desde pequeños, hacían breves excursiones al río y comían allí. Luego escuchaban, juntos, los cantares de los pájaros.

Aquel día era el cumpleaños de Diana, y tenían previsto ir al río a celebrar sus dieciséis años haciendo un picnic. Se miró al espejo. Era una chica alta y esbelta, con el pelo del color del trigo y los ojos verde intenso. Ella siempre asemejaba el color de sus ojos al verde del bosque en verano. Se puso su vestido favorito, el verde, que hacía juego con sus ojos, y fue a desayunar. Saludó a sus padres, quienes la felicitaron. Tomó su desayuno muy rápido, y ya estaba en la puerta cuando su madre le llamó.

-Hija- dijo lentamente, con una extraña expresión triste -¿adónde vas tan temprano?.
-Voy a ir al río a comer con Sam- respondió con nerviosismo – pero antes quiero ir un rato al bosque a pasear.
-No tardéis mucho en volver, te voy a hacer tu postre favorito para cenar.
-Está bien- dijo saliendo por fin.

Entró en el bosque, alegre, porque iba a comer pastel de rosas e iba a ver a Sam. Dio un paseo hasta el río y se recostó en un árbol a esperar, pues había quedado allí con él. Allí, a la sombra de un árbol, escuchando el suave cantar de los pájaros, se quedó dormida. Tuvo de nuevo un sueño agitado, esta vez la mujer le llamaba y le decía que cruzara el río, que no tuviera miedo.

-Pero... ¡yo jamás he cruzado el río!, mis padres dicen que es muy peligroso.
-Pequeña, no debes temer, debes seguirme e ir a la Torre para cumplir el destino que te aguarda.
-Nunca he ido allí, ¿cómo sabré orientarme? y ¿cuál es ese destino del que hablas? No entiendo nada...
-No tienes que entender, tan solo sigue mi llamada... la llamada de la Naturaleza... -dijo la mujer, mientras su voz se hacía más leve y su rostro más borroso.

Diana se despertó sobresaltada, justo cuando Sam llegaba a su lado, y decidió seguir normalmente su día sin contar nada a nadie. Estuvieron paseando por aquel bosque tan maravilloso, y les pareció que cada día aprendían algo nuevo de él. Llegó la hora de comer, y abrieron la cesta de Sam para preparar las cosas. Diana preparó los platos, y Sam puso en ellos unos panecillos recién hechos, un trozo de queso y un estofado que a Diana le encantaba.

Comieron hasta hartarse, y decidieron dormir un rato, pero Diana no tenía ya nada de sueño, así que esperó a que Sam se durmiera, y se dirigió hacia las orillas del río. Siempre había sido una chica muy valiente, y empezó a saltar una roca, después otra, una más...

Había tenido el valor suficiente para cruzar el río, pero ahora estaba aterrorizada. No conocía nada de aquella parte del bosque, y conforme se iba adentrando, encontraba vegetación más extraña y algún que otro animal desconocido. Llevaba ya un buen rato caminando cuando sintió verdadero pánico. ¿Sabría volver?. Era algo que desconocía, pero tenía un presentimiento que le decía que hiciera caso a la extraña mujer que se le aparecía en sueños y que siguiera adelante, así que siguió. Estaba cansada y se preguntaba si Sam estaría ya despierto, si estaría preocupado, y cuanto más pensaba en ello, más ganas tenía de dar la vuelta y echar a correr. Estaba a punto de hacerlo cuando apareció ante sus ojos una torre descomunal, con enormes piedras preciosas incrustadas en la fachada, y con un gran portón dorado. Diana, boquiabierta, caminó lentamente hacia el portón pero un ruido cercano la sobresaltó. Asustada, salió corriendo por donde había venido. Llevaba ya un rato corriendo cuando se encontró con el río a sus pies. Lo cruzó a toda prisa y, nada más pisar la otra orilla se desplomó en el suelo.

Sam llegó al poco rato.

-¡¿Dónde estabas?! ¡¿En qué estabas pensando?!- le gritó Sam, enfadado.
Entonces decidió contarle sus extraños sueños, pues ahora sabía que eran verdaderos. Le contó todo lo que había soñado, que había cruzado el río siguiendo su instinto y que había visto una torre.
-Bueno- dijo Sam al final, aparentemente más tranquilo -si es que existe esa torre de la que hablas, deberíamos ir a verla.
Y Diana volvió a cruzar el río, esta vez acompañada de Sam. Siguieron el camino que anteriormente había seguido la chica, y al cabo de un rato, Sam empezó a preocuparse.
-¿Estás segura de que sabes a dónde vamos?- preguntó inseguro.
-Claro, confía en mí.
Y tenía razón, pues además de ser valiente, tenía muy buena memoria, por lo que al poco rato llegaron al claro en el que se había encontrado la torre, pero para su sorpresa, allí no había nada.
-No lo entiendo... ¡sé lo que vi!
-Diana, nos has hecho venir para nada. ¡Puede que no sepamos volver! No debería haberte hecho caso...
-Porque estoy loca, ¿no? Eso es lo que piensan todos, ¡no me hace falta que tú me creas!
Se fue corriendo, con las saladas lágrimas recorriendo su rostro, pensando que estaba sola en este mundo, y que lo estaría siempre. Estaba equivocada.
Decidió volver a ir a la torre, pero, de nuevo, sola. Cruzó el río por quinta vez ese día, y, después de un tiempo que pareció eterno, llegó al dichoso claro. Estaba totalmente confusa, pues ante ella se erguía la descomunal torre. Se sintió desfallecer por un instante, pero recordó su misión y dirigió su mirada hacia el portón. Caminó lentamente hacia él, y, nada más su mano se cerró alrededor de la anilla para llamar, un movimiento en el follaje captó su atención. Se volvió, aterrada, y vio emerger de la oscuridad una figura femenina, no más alta que ella, pero aparentemente mayor.
-Vaya, qué gusto conocerte al fin, prima- dijo la chica, sin atisbo de felicidad.
-¿Quién eres?
-Oh, ¿no me conoces? eso me duele- respondió, poniendo tal mueca que a Diana se le heló la sangre en las venas -. Yo, pequeña inútil, soy Coral, ¡la verdadera alma de la Naturaleza! ¡la que debió ser elegida!
-¿De qué estas hablando?- espetó Diana, enfadada por el insulto de la desconocida.
-¿No sabes nada? Qué desgraciada eres, niña- dijo, con aires de suficiencia-. Yo te contaré tu verdadero origen. Hace trescientos años, la Naturaleza misma, al ver tan despreciables humanos maltratando su esencia (talando árboles para construir casas, destruyendo ecosistemas, provocando con esto que hermosos animales se extinguieran...), decidió que enviaría una parte de esta esencia al corazón de una mortal, que debía convertirse a sus dieciséis años en el Árbol Magistral, situado en lo alto de esta torre, que extiende sus raíces hasta el centro de la Tierra, haciendo brotar de nuevo árboles, ríos y nuevos animales. Hubo una primera chica, llamada Kisar, que cumplió su destino haciéndose árbol,(y solo sus descendientes pueden heredar la esencia), y otra chica, que debía ser su guardiana, llamada Esmeralda (ella construyó esta torre que solo pueden ver los descendientes de Kisar). Pero este árbol no podía durar para siempre, por eso la Naturaleza decidió que enviaría otra mortal, una descendiente de Kisar, cada cien años, así, Kisar podría ser libre, y se convirtió en la diosa Kisar, la Dama Verde. La siguiente fue Gaia quien es actualmente el árbol, pero ya le queda poco, por eso yo fui a la torre con mi amiga Rea, pero, al llegar arriba, tras pasar todas esas estúpidas pruebas, llegué a la última... y la fallé. Rea jamás volverá...- una lágrima asomó de sus ojos oscuros - y no podrá ser la guardiana; tomé prisionera a Jazmín, la que debió ser la guardiana Gaia, por lo que la tonta Esmeralda todavía sigue aquí- repuso, volviendo a adoptar su anterior aire de suficiencia -¡y yo al fin superaré la última prueba y adquiriré el poder de la Naturaleza durante cien años! Tan solo hay un pequeño obstáculo. Tú- sacó un cuchillo de su túnica y se acercó a Diana.

Lo que vino a continuación pasó muy rápido para que Diana lo entendiera al instante. Coral saltó hacia ella para asesinarla, pero una figura alta la detuvo y la lanzó al suelo. Entonces lo comprendió. Sam había vuelto. Había vuelto porque la creía.

-Tan sólo recuerda mis palabras niña- dijo al final, abatida, alejándose de ellos- ¡Cuidado con lo que eliges!- y huyó para no volver jamás.
Recuperaron el aliento, y se abrazaron.
-Te creo, Diana, volví para disculparme, pues sabía que estarías aquí, y oí toda la historia que contó Coral. Lo siento, fui estúpido.
-No pasa nada, debo disculparme yo pero, vamos, no hay tiempo que perder si es cierto que Jazmín está prisionera. Esto se le cayó a Coral, no sé si servirá de ayuda, pero es mejor que la guardemos.
Diana avanzó hasta el portón, agarró la anilla con fuerza y llamó. Las puertas se abrieron con un chirrido ensordecedor, y Sam pudo ver el interior de aquella torre, pero no el exterior, pues él poco tenía que ver con la profecía. O eso creía él. Entraron juntos, con pasos vacilantes, a una oscuridad absoluta.
Allí dentro no se veía nada, y la única luz que percibían venía del  portón por el que acababan de entrar, pero poco después de que entraran se cerró con un estrépito desagradable que hizo que se quedaran completamente a oscuras. Anduvieron a tientas hasta que, de repente, se encendieron unas luces, que venían de unas extrañas lámparas que jamás habían visto ni jamás verían en ninguna otra parte, y se iluminó la estancia. Era un lugar enorme, con una escalera de caracol en el centro que parecía infinita. A cada lado de la habitación había jardines con plantas y árboles, rodeados por murallas y, si te fijabas bien, se podían ver insectos y animales escondidos entre las flores. Más allá de los jardines había dos paredes con numerosas puertas y, al otro lado del pie de la escalera, había un segundo portón dorado que en esos momentos se estaba abriendo. De él asomó una mujer ataviada con un vestido blanco cubierto de esmeraldas, y llevaba en la mano un cetro dorado rematado con una esfera verde. Su cabello era anaranjado y sus ojos del color de las esmeraldas que llevaba en el vestido. Era alta y esbelta, y tenía expresión solemne en el rostro.
-Os estaba esperando, Diana y Sam. Venid conmigo.
Y sin pensárselo dos veces, siguieron a la mujer a través del portón dorado. Recorrieron un largo pasillo hasta una habitación redonda con tres puertas y una mesa dorada con sillas en medio. Se sentaron, y la mujer habló.
-Yo soy Esmeralda, la guardiana de la diosa Kisar, que fue sustituida hace cien años por Gaia. Desgraciadamente, Coral se llevó prisionera a Jazmín, y yo no puedo ser libre si no la liberamos. Está encerrada en una de las numerosas habitaciones de esta torre, subiendo la escalera de caracol. Recuperé la llave que Coral robó, pero no se me permite subir la escalera, solamente el día que me sustituyan, y yo no puedo liberarla. Por eso, vosotros, Diana y Sam, debéis sacarla, superar las pruebas que se os presentarán antes de llegar a la cima y subir para completar la última.
-¿Y después qué?-preguntó Diana, aunque ya sabía la respuesta, pero necesitaba confirmarla.
-Te convertirás en el nuevo Árbol Magistral.
Diana sabía que iba a decir eso, pero, sin embargo, le golpeó de lleno en la cara. ¿Jamás volvería a ver a Sam después de aquello? ¿Y a sus padres? ¿Lo sabían ellos?
-Pero, entonces... ¿Qué pasará con mis padres? Ellos no saben nada de mí desde esta mañana.
-No te preocupes por tus padres, Diana, ellos lo saben todo desde hace mucho.
Por eso había notado triste a su madre por la mañana, nunca habría pensado que no volvería a verla, en cuanto a su padre, lo vió por última vez la noche anterior a esa. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
-No llores, saben que les quieres, y eso basta- le dijo Esmeralda pasándole una mano por el pelo a Diana-. Ahora que sabéis vuestra misión, descansad en los aposentos que he preparado y yo iré a los míos. Os avisaré cuando llegue la hora- y señaló las puertas que había al fondo de la estancia en la que estaban.
Sam había permanecido callado hasta entonces, pero, ahora que Diana lo miraba, veía sus amargas lágrimas. No soportaba la idea de perder a su mejor amiga. Entre ellos jamás había habido nada, es más, eran como hermanos. Él tenía más amigos en la escuela, pero siempre estaba con Diana, y por ello recibía toda clase de críticas: desde que Diana le gustaba hasta que hacía cosas de niñas. Pero a él le daba igual, era su mejor amiga. Se volvió y se abrazaron. Ambos lloraron. Después de un rato que pareció eterno, Sam habló.
-Te echaré de menos más que a nada en el mundo, pero antes de que te vayas, una última aventura, por los viejos tiempos.
-Por los viejos tiempos- respondió, esbozando una sonrisa.
Se fueron a sus habitaciones y durmieron profundamente. Nunca sabrán el tiempo que habían estado durmiendo, pero no parecía mucho. Esmeralda los llamó, y después de tomar una exquisita comida, les dio instrucciones de que tuvieran cuidado, que tendrían que superar pruebas mortales y ser astutos para superarlas.

- Y recordad este acertijo, pues es lo más importante en vuestro camino:
                               "En la Torre que pocos humanos pueden ver,
                              aguarda el secreto que pocos pueden obtener.
                                      Una espada en su corazón clavarás,
                                                  pero le verás despertar
                                             y el gran tesoro tuyo será."

Esmeralda los guió hasta la escalera, y se despidió de ellos. Diana miró hacia el centro de las escaleras de caracol, en el que había unas enormes raíces que provenían de arriba y que parecían seguir hasta lo más profundo de la Tierra. Contuvo el aliento y subió seguida de Sam la primera escalera y luego otra, hasta llegar muy lejos. Se les estaban empezando a cansar las piernas justo cuando vieron la primera puerta delante de sus ojos. En ella había una placa plateada donde ponía en letras mayúsculas: <<PRIMERA PRUEBA: CONFIANZA>>. Tenía una cerradura, y Diana recordó la llave que se le había caído a Coral. Cogió la llave y la hundió en la cerradura, y se le iluminó el rostro al ver que encajaba. La puerta se abrió con un fuerte chirrido. Allí dentro solo había oscuridad. Tragó saliva y entró.
Solamente pisó una baldosa y todo aquello se iluminó. No era una luz como la de las lámparas de Esmeralda, sino más o menos como la luz de la luna. Vió una estancia sin fin, toda llena de espejos, y tuvo miedo. En la puerta ponía confianza. ¿Qué quería decir aquello? Lo comprendió un instante después, cuando se acercó a ver un cartel de plata situado a la derecha de la puerta. Ponía: <<CONFIANZA. En esta prueba debes demostrar que confías en tus seres queridos para llegar al final del laberinto de espejos. No todo es lo que parece. No te fíes de las apariencias>>. No entendía muy bien eso, pero tenían que entrar, así que se armó de valor y entró. Sam la seguía.
Torció varias veces antes de entender el significado del cartel. Vio su reflejo en un espejo y se paró. Le parecía que estaba cambiando, y así lo hizo, hasta ver no su reflejo sino el de su madre. No daba crédito a lo que veía.
-¡Mamá!- gritó, y corrió hacia el espejo. Recordó a su madre, que no se había despedido de ella, y la expresión se su madre cambió. Estaba triste y furiosa a la vez.
-Eres la peor hija del mundo, ni siquiera te despides de mí y te vas a correr aventuras por ahí para no volver. ¡Te odio!
Diana retrocedió, aterrorizada, hasta chocar con otro espejo. Se volvió, pero esta vez era su padre quien la miraba.
-¡Te odio, hija estúpida!- repitió él.
Diana gritó, pues en todos los espejos que veía estaban sus padres. Corrió llamando a Sam, con las manos en las orejas, pues quería evitar aquel sufrimiento. De repente, escuchó a Sam llamarla, giró una esquina y chocó contra él. Enseguida lo abrazó y le contó la horrible situación que había presenciado.
-Ahora lo entiendo lo que decía el cartel. Diana, todo eso era falso, tus padres te quieren mucho, y están en tu casa, a salvo. No debes escucharles, confía en mí.
Siguieron andando, juntos, y Diana todavía veía las imágenes falsas de sus padres, pero no les escuchaba. Incluso ahora veía a Sam en los espejos, diciéndole cosas horribles. Cada vez que lo veía cerraba los ojos con fuerza y se agarraba fuerte a Sam. Él también tenía que estar pasándolo mal, pues, a juzgar por su expresión, también veía cosas horribles en los espejos. Al cabo de un rato, Diana dejó de prestar atención a los espejos y se percató de algo más. Oía gritos, gritos de chica. Corrió hasta el pasillo siguiente y vio a una chica tumbada en el suelo gritando, con las manos en la cabeza. Fue hasta ella y la sacudió, y, aterrorizada, dejó de gritar y levantó la cabeza. Cuando la vió, le agarró del rostro y le gritó que la sacara de allí. La puso en pie con ayuda de Sam y siguieron su camino. Durante un tiempo que les pareció eterno, estuvieron dando vueltas por el laberinto, y a la chica a veces le daban ataques de histeria y se ponía a gritar, pero al final encontraron un lugar donde no continuaban los espejos. Corrieron hasta allí y vieron una puerta y un cartel como los de la entrada, pero en este cartel ponía: << Enhorabuena, has pasado la primera prueba, cruza esta puerta y continúa tu camino>>. Abrieron la puerta y la cruzaron, y una vez fuera sintieron un gran alivio, pero también  hambre y sed. ¿Cuánto tiempo habían estado allí? ¿Horas? ¿Días? puede que incluso semanas. Hacia arriba continuaban las escaleras, pero a un lado de esta había una bandeja con abundantes alimentos. Corrieron y comieron hasta hartarse, y la chica parecía setar mucho mejor. Decidieron hablar con ella.
-Bueno, ahora que estás mejor- comenzó Sam -¿puedes contarnos quién eres y qué hacías allí dentro?
La chica asintió, y comenzó a hablar.
-Me llamo Jazmín, y vine aquí con mi amiga Gaia porque era su detino ser el Árbol Magistral. Yo debí ser la guardiana de Gaia, pero una chica llamada Coral quería ocupar el siguiente puesto de Árbol Magistra y conseguir poder, pero ella había fallado la prueba, matando así a su compañera, y antes de que me hiciese la oficial guardiana, me secuestró y me trajo al laberinto. Supongo que quiere utilizarme para que sea su guardiana, pero ya no lo conseguirá.
-Es cierto, pues se rindió y huyó al bosque- comentó Diana, pero había algo más serio que rondaba su cabeza. Las desdendientes anteriores a ella tenían una compañera. ¿Significaba eso que su guardiana sería Sam? No quería pensar en ello en ese momento, así que se centró en la misión -. Deberíamos continuar.

Siguieron su camino escaleras arriba durante pisos y más pisos. Al cabo de mucho tiempo, llegaron a otro cartel plateado, pero no había puerta. En el cartel ponía: <<SEGUNDA PRUEBA: En esta prueba, debes tener cuidado y no confiar demasiado en lo que pasa a tu alrededor. Es tan malo ser demasiado crédulo como incrédulo>>.

Aunque el cartel los había prevenido, no notaban nada raro en la escalera, así que subieron. Llevaban ya un rato subiendo, y ya pensaban que no existía segunda prueba cuando un escalón debajo del pie de Sam chirrió. Al poco tiempo después toda la escalera se desmoronaba, y Diana agarró a Sam de la mano a tiempo para que no cayera, pero fue en vano, pues Sam se soltó. Y cayó al vacío.

Diana se quedó helada. Sam acababa de caer de la escalera, en cuestión de segundos estaría muerto. Ella lo había dejado caer. Gritó con todas sus fuerzas y sufrió un ataque de histeria. Jazmín intentó calmarla, pero solo consiguió que empeorara. Subió unas cuantas escaleras más y se acurrucó contra el frío mármol. Un minuto después se oyó un lejano grito que se hacía más cercano a cada segundo, hasta que un chico moreno aterrizó junto a Diana. Había caído desde arriba.

Diana levantó la cabeza y tan pronto como lo entendió todo, abrazó a Sam con todas sus fuerzas. Todo lo que caía hacia abajo desde aquel nivel de las escaleras volvía a caer por arriba. Arrojaron unos cuantos trozos de baldosa desprendida para comprobarlo, y comprobaron que era cierto. Gritaron de alegría y subieron las escaleras a todo correr, antes de que les diera tiempo a romperse a más baldosas. Estaban cansadísimos y a punto de dejarse caer en el suelo cuando se encontraron de nuevo un cartel de plata que decía: <<Enhorabuena, habéis superado ya dos pruebas, continuad vuestro camino>>.

Exhaustos, se sentaron al lado del cartel y descansaron, pero sabían que pronto tendrían que volver a ponerse en marcha. Diana miró hacia abajo y descubrió que las escaleras rotas se habían recompuesto. Aquella torre la sorprendía y fascinaba cada vez más.
Cuando creyeron conveniente, reanudaron su camino y siguieron subiendo escaleras. Diana estaba harta de subir, y empezaba a pensar en rendirse. Subieron durante una eternidad de tiempo, arrastrando los pies cansados sobre las baldosas de mármol, hasta que encontraron el final de las escaleras. Terminaban en el vacío, y a un lado, había un enorme portón dorado con una placa que decía:<<TERCERA PRUEBA: VALOR>>. Tenía una cerradura, y probaron la llave, que encajaba. Empujaron la puerta, que se abrió con un chirrido. Detrás del portón estaba la sala más maravillosa que hubieran visto jamás. Tenía las paredes forradas de oro, y el suelo, con un tapiz color escarlata. Tenía lámparas en el techo, con formas extrañas, que daban luz a la estancia. A un lado de esta, había una vitrina llena de espadas de todos los tamaños y formas; desde espadas de diamante hasta espadas de bronce. Al fondo, estaba el portón plateado más grande que habían visto nunca. Al otro lado de la habitación había otro cartel de plata. En este ponía:<<Para superar esta prueba debéis elegir la espada correcta y hacer con ella lo que nunca harías. Solo una es mágica. Solo una te hará pasar la prueba>>. Y recordó el enigma que le planteó Esmeralda. Decía:<<...una espada en su corazón clavarás...>>. Se le heló la sangre cuando lo entendió. Debía clavarle a Sam una espada en el corazón. La espada correcta. Si elegía la equivocada, asesinaría a Sam. Volvió la cabeza hacia él, y él también lo entendió. Se le puso tal cara de terror que Diana pensó que iba a salir corriendo, pero, sin embargo, habló.

-Confío en ti, Diana, sé que elegirás la correcta. Adelante.
Empezó a caminar lentamente hacia la vitrina, y de repente se encontró frente a frente con la enorme estantería toda llena de espadas. Caminó a lo largo de la vitrina, observando con atención todas las espadas. Primero vio una, de bronce oxidado; luego, una de oro macizo decorado con todo tipo de piedras preciosas. Vio todo tipo de espadas, hasta que llegó a una de hierro decorada con hojas y flores que le llamó la atención. La rozó con las yemas de los dedos y el corazón empezó a latirle más rápido. La observó durante una eternidad.
-Esta es la correcta- dijo empuñándola.
-Adelante- repitió Sam.
<<Todo irá bien. Esta es la correcta>> repetía una y otra vez en su cabeza.

Empuñó la espada con todas sus fuerzas, y armándose de valor, cerró los ojos y hundió la espada en el corazón de Sam.

De repente, un haz de luz recorrió la habitación y Diana cayó hacia atrás. Cuando abrió los ojos, encontró el portón abierto y a Sam tendido en el suelo, pero no había ni rastro de la espada ni de sangre. Tardó un rato en asimilarlo todo, pero cuando lo hizo, se arrodilló en el suelo y sacudió a Sam. Sam abrió los ojos, y Diana lloró de alegría y lo abrazó. Se levantaron y se dirigieron hacia la puerta. Cruzaron el umbral, y Diana no sabría decir si era el gran árbol que había en el centro de la habitación o la habitación en sí lo que hacía brotar lágrimas de sus ojos. De pie, mirando el árbol, había una figura femenina.

-Os esperaba- dijo la mujer, volviéndose.
-Esmeralda, hemos superado todas las pruebas- dijo Diana.
-Lo sé- respondió Esmeralda -, y también se que Jazmín viene con vosotros. Acércate chica.
Jazmín se acercó al árbol y tocó su corteza. Esmeralda le tocó con su báculo en la frente, y seguidamente, en la corteza del árbol. Entonces, el árbol se encogió hasta transformarse en una hermosa chica, que se levantó y abrazó a Jazmín.
-¡Gaia!Te he echado muchísimo de menos.
-Y yo a ti, y ahora estaremos juntas siempre.
Permanecieron abrazadas un tiempo, hasta que Jazmín se volvió.
-Muchísimas gracias por rescatarme, os estaré agradecida siempre.
Se dió la vuelta, y, de la mano de Gaia, desapareció con un destello.
-¿Adónde han ido?- dijo Diana, impresionada.
-Ahora son libres. Jazmín debió sustituirme, pero no fue así, así que debe hacerlo tu amigo.
Y las sospechas de Diana se confirmaron.
-Seré el guardián de Diana- dijo Sam muy serio -. Yo te sustituiré.
-Bien. Llegó el momento, pequeña.

Diana abrazó a Sam, y se dirigió al hueco que había dejado Gaia. Esmeralda le rozó la frente con el báculo, y sus piernas se prolongaron hasta convertirse en raíces. Sus brazos y su cabello subieron hacia arriba, transformándose en ramas. En poco menos de un minuto, la bella joven de dieciséis años que había entrado en la torre desapareció. Sam miró todo este cambio con lágrimas en los ojos, y dijo adiós a su mejor amiga en silencio.

-Hasta dentro de cien años.
Después, Esmeralda le rozó a él.
-Cedo mis poderes de guardiana durante cien años- dijo en voz alta -, a este valiente guardián.
 Le dio el bastón, y caminó hacia el nuevo árbol. De él salió una mujer, que le dio la mano.
-Adiós, valientes Diana y Sam, hasta que nuestros caminos se vuelvan a cruzar- Y por primera vez, Sam vio a Esmeralda sonreír.
Y se fue con la mujer. Entonces Sam comprendió que aquella mujer era Kisar.
Se dirigió hacia el árbol y lo rozó con los dedos.
-Nos vemos.
Tocó el báculo y, con un destello, se encontró en el pie de las escaleras. Entró en los aposentos y se tumbó en la cama que había utilizado cuando entró en la torre.
-Nos vemos- repitió.


                                                                                                                                               Bluerose