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miércoles, 28 de octubre de 2015

De Don Tancredo a Don Cipote, sobra trecho y falta capote.




A dos meses de las elecciones, ahí andamos entre los disfraces de la importada Halloween, los crisantemos para el cementerio y las compras, luego, navideñas. Y así nos va… algunos vaticinando el batacazo del progre trasnochado que obnubiló a los indignados con sus delirios de grandeza, otros, ansiando que el bienpeinado y lavado jovenzuelo ponga algo de cordura en este corrupto escenario que a su formación, de momento, no le ha salpicado y bien cree, el incauto, que se lo puede permitir, algunos, apoyando a un desgastado heredero de aquél mítico ZP hacedor de las grandes plagas de la era SOE que aún cargamos sobre nuestros maltrechos hombros y el resto, tapándose la nariz para engullir el amargo jarabe de dar su voto al PP que, al menos éstos, llevan a gala el título de “mejores gestores”.

Y, a dos meses de las elecciones, ahí ando yo: entre juicios y señalamientos, plazos y Cursos de formación continuada como Administradora Concursal. Espectadora, sufrida y abnegada, de los Don Tancredos de turno que si no es uno, es otro y si no, los dos, pues vienen a ser lo mismo. Un ejército de incompetentes en la gestión de la res publica. Me pregunto por qué si los profesionales estamos expuestos a reclamaciones de responsabilidad en nuestra actuación, no lo han de estar quienes manejan los designios de millones de españoles, quedando impune no ya su manifiesta ineptitud sino su más absoluta sinvergonzonería a la hora de afanar lo que es de todos, y así nos va, que no puede responder de su negligencia o dolo profesional quien no lo es, pues ésta, su distinguida profesión, queda exenta de responsabilidad: el indolente expolio de los carroñeros que hurgan entre los desechos costillares, magullados y lacerados, en el Cementerio de Elefantes que es lo que se ha terminado convirtiendo la España de siglo XXI. Pues, así habrá de reconocerse, España - la Grande entre las Grandes desde la época de los Trastámara - está condenada a su fenecimiento moral, tras el cual, sin duda, llegará el físico que ya lo dijo Don Ortega y Gasset y necio de aquél que no lo sepa escuchar cuando el hombre hablaba del “particularismo desintegrador”, pues a buen entendedor, ya se sabe que pocas palabras bastan, “una división en dos Españas diferentes, una compuesta por dos o tres regiones ariscas; otra, integrada por el resto, más dócil al poder Central” y seguía este visionario “pues tan pronto como existan un par regiones estatutarias, asistiremos en toda España a una pululación de demandas parejas, las cuales seguirán el tono de las ya concedidas que es más o menos, querámoslo o no, nacionalista, enfermo de particularidades”.

Y siguen los “profesionales de la vergüenza ajena” sacando pecho, en un prestablecido turno de reproches, tácitamente acatado, acusando al contendiente del pútrido pecado que oculta bajo su propia alfombra, que quien no es Don Tancredo ha de ser, irremisiblemente, Don Cipote y la distancia moral que los separa no es sino la de que falta trecho y sobra capote. Y ahí están los Don Tancredo de uno y otro signo, asistiendo impasibles a la desintegración axial paulatina, a modo de esa “Crónica de una muerte anunciada” que diría Don Gabriel, mientras los Don Cipote, se encuentran al acecho pues ya se sabe, como dijo una parlamentaria andaluza, que “los dineros públicos no son de nadie” y deben pensar éstos que mejor ir atribuyéndoles un dueño.

Y a dos meses de las elecciones, los españoles seguimos madrugando para trabajar largas jornadas, ya sea para contribuir al Erario Público de Don Montoro o ya para el pago del diezmo mensual a Don Banco pues, en el fondo, lo mismo nos da que quien desgobierne, sea Don Tancredo o sea Don Cipote, como ya se ha dicho pues, falta trecho y sobra capote.

“Juzgar los hechos amargos con sesgo optimista, equivale a no habernos enterado debidamente de ellos”.

(Ortega y Gasset).

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