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jueves, 28 de noviembre de 2013

Retratos de una pasión bohemia: dos estancias, dos vidas y la Literatura. (El poder del pensamiento libre).



Un sofá claro, de líneas rectas. Una mesa bajita, de ratán y madera de teca, sosteniendo un cenicero y un vaso de whiskey de malta. Unos vaqueros usados hasta el límite del deterioro extremo y una camiseta del revés – para evitar el molesto roce de las costuras interiores y de las etiquetas acrílicas -. Los pies desnudos, desprovistos, como es usual, de las babuchas amarillas que suelo utilizar en casa, cuando no estoy descalza. Me encanta caminar percibiendo el tacto, rugoso y cálido, de la madera.

Horas de anhelada soledad en la mejor compañía: la de los libros. Y aunque, en su día y lo reconozco, fui reacia al uso del libro electrónico, que venía a considerar, entonces, una aberración por suponer la supresión del papel y con ello – creía yo- la cruenta  abolición del deleite de pasar cada una de las hojas impresas, aspirando ese peculiar aroma que desprende la tinta, al  beber con fruición las historias contenidas en cada ejemplar, escuchando el suave y rítmico crujido de las guardas, hoy, tengo que admitirlo, soy su mayor defensora.


Es un sábado por la tarde, como cualquier otro. Me encuentro plácidamente tumbada en el sofá de mi casa, leyendo en el e-reader. El silencio reinante lo acaricia la aterciopelada voz de María Callas que interpreta el aria Casta Diva de V. Bellini. La estancia se encuentra en esa semipenumbra que tanto me agrada, rota, en algunos puntos, por las múltiples velas que, en lugares estratégicos, proyectan tenues halos de luminosidad que atraviesan las sombras. Sobre la mesa, diseminados sin ningún orden, otros C.D.’s aguardando su introducción en el reproductor, un paquete de Camel y los restos de whiskey en un vaso labrado en cristal grueso. La luz led de la BlackBerry parpadea, avisando de la silente recepción de algún WhatsApp. Levanto la vista de aquellas líneas que, hasta hace un segundo, me tenían absorta en otra realidad distinta, aquella que nació en la mente de su autora para vivir luego en la de los lectores, transmitiéndose en su errático devenir con diferentes interpretaciones y rostros de los personajes que sólo presentan determinadas facciones, únicas, para cada uno de quienes les ofrecen vivir en su pensamiento, confiriéndoles así el perpetuo poder de una inmortalidad nómada.

Intento imaginarme la sublime delectación de aquellas horas a solas, en alguna habitación de la planta superior de una casa de campo ubicada en el Condado de Sussex, próxima al río Ouse. Desde cuya ventana, probablemente, se tuvieran las más bellas vistas de la campiña inglesa. La chimenea devora dos grandes troncos mientras una mujer de extrema delgadez se afana en su trabajo: un elegante tintero de plata nutre su pluma que se desliza con ágil rapidez sobre unos pliegos que, poco a poco, van perdiendo su nívea virginidad, albergando los renglones, trazados con movimientos casi espasmódicos pero firmes. No ha advertido, aún, mi presencia y decido no interrumpirla, observo sus rasgos desde el perfil izquierdo que se recorta sobre la ventana que enmarca un atardecer de invierno inflamado en tonos violáceos. A pesar de que la atmósfera es cálida, se cuela el leve aroma de la tierra mojada, matizando el de las flores frescas del jarrón de cristal que refleja las crepitantes llamas naranjas. Huele a madera y a tabaco. No me atrevo, si quiera, a moverme para no perturbar su concentración, pero creo que ella acaba de ser consciente de que alguien la observa, levanta la vista del papel y la dirige directamente hacia donde me encuentro, clava su mirada en la mía y sonrío pero parece no reparar en mí, pues vuelve a introducir la pluma en el tintero y continúa escribiendo de un modo que me atrevería a calificar de frenético.

Se oyen unos pasos al otro lado de la puerta y una voz masculina que se aclara la garganta antes de preguntar, al tiempo que da unos tímidos golpecitos, de modo medroso y titubeante:

-          “Hi, darling, you ok?. You’ve been there for hours, take a rest. You should eat something”.

-          “Yes, dear, I’m fine, just trying to do some work… - contesta la mujer, con total apatía y en evidente tono cansino, elevando los ojos al techo -. I don’t need a rest by the moment. Don’t worry about me, please. Maybe later, I’m totally right. Thank you hun”.

Supongo que le molestan las interrupciones, no imagina cuanto la puedo entender, a mí me ocurre igual cuando estoy concentrada en algo. La oigo resoplar contrariada y mascullar, entre dientes, algo que me resulta inaudible desde el lugar en el que aún permanezco. Deja caer la pluma y recuesta la frente sobre la mesa, sin duda es el efecto natural que ha provocado esa inoportuna preocupación de quien, supongo, debe ser su esposo. Se levanta y pasea inquieta por la habitación, enciende un cigarrillo y se detiene delante de la chimenea, clavando sus ojos en el fuego mientras parece hablar para sí misma en un imperceptible murmullo.
Gira, repentinamente, sobre sus talones y vuelve hacia la mesa de donde coge las hojas sueltas que ha dejado esparcidas y sin ningún orden aparente, las ojea un momento tras el cuál las arruga de modo exasperado y las arroja al interior de la chimenea, para salir, a continuación, dando un sonoro portazo. He tenido que apartarme para no ser arrollada a su vigoroso paso.

A pesar de mi rápida reacción, la mayor parte del papel ya ha resultado consumida cuando con cuidado lo extraigo, liberándolo de las llamas, aún así, se leen con claridad las palabras escritas con una letra picuda y ligeramente inclinada hacia la izquierda:

“Three years is a long time to leave a letter unanswered, and your letter has been lying without an answer even longer than that. I had hoped that it would answer itself, or that other people would answer it for me. But there it is with its question — How in your opinion are we to prevent war? — still unanswered.
It is true that many answers have suggested themselves, … (…)…”

Acabo de reconocer en esos renglones, sin el menor género de dudas, el inicio del maravilloso libro “Tres Guineas”, aquella mordaz radiografía de la realidad social vivida por Virginia Wolf que plasmara en 1.938 como respuesta a la pregunta que, en una misiva, le era formulada. Reflexiono, sin deshacerme de los pliegos dañados que aún sostengo, sobre el contenido de aquella obra que sólo puede resumirse como el lúcido recorrido de una inteligencia brillante por la época, equivocada, en la que le tocó vivir, abogando por el servicio incondicional del intelecto a la libertad y a la igualdad. No encuentro respuesta a mi interrogante de cómo se puede tachar de enferma o desordenada una mente que es capaz de tener tan preclara visión. Sonrío mirando la puerta cerrada por la que Virginia acaba de irse, me pregunto si no tuvo lugar la mayor de todas sus liberaciones aquél frío día en el que se sumergió en las aguas del río Ouse buscando en ellas, quizás, el reposo a las inquietudes y profunda desazón generadas por el comportamiento, zafio y rudimentario por convencional, de sus semejantes.

“Authority has every reason to fear the skeptic,
 for authority can rarely survive in the face of doubt”
(Vitta Sackville-West).


martes, 19 de noviembre de 2013

Rosa cielo, azul piedra. Corazones de tiza.



  

Fue a la vuelta de un viaje cuando me sorprendió, en la carretera de La Mancha,  el atardecer de un gélido día de invierno. El cielo lucía un color rosáceo, de un tono tan intenso que sólo es posible apreciar en las frías tardes en las que el ocaso tiñe con esa peculiar tonalidad el firmamento, justo en el preciso instante que antecede a la caída de la oscuridad más profunda.

Iba mirando distraída por la ventanilla, embelesada en el espectáculo cromático que tenía lugar sobre las ruinas de una fortaleza militar medieval, situada en un montículo de aquella extensa llanura, cuando me vino a la memoria, – no sé por qué - en aquél momento el recuerdo, claro y vívido, de una pizarra de color verde oscuro, cuyo margen superior, a modo de zócalo, se encontraba dividido por un cuadrícula de líneas rojas sobre la que se articulaban en hilera, alternándose en su representación de mayúsculas y minúsculas, cada una de las letras del abecedario. Recordé con total nitidez la caja, de un brillante y achalorado color amarillo, que contenía las tizas de colores…

Debió ser durante una de aquellas tediosas convalecencias infantiles de alguno de esos ataques agudos de amigdalitis que te mantienen tres días en cama, con una fiebre alta y tres días, luego, fuera de ella: aburrida y deambulando por cada habitación con total hastío y un profundo sentimiento de frustrado aburrimiento, derramando zumo de naranja sobre las alfombras o saltando en el sofá, pero sin poder ir al Colegio, por temor al contagio de tus condiscípulos, cuando alguien me la regaló durante su visita. Pude incluso, desde algún recóndito lugar de mi memoria olfativa, rememorar el peculiar aroma de la tiza, aspirándolo hasta provocarme un ligero e irritativo picor en la nariz mientras escuchaba el chirriar del yeso sobre la superficie plana al tiempo que los trazos iban tomando forma. Me trasporté a aquella época, en la que pasaba, en pijama y zapatillas de paño de Tarta de Fresa, los tediosos días de mejoría, huyendo en vano por los pasillos de las medicinas, en sobrecitos de granulado para suspensión oral de sabores imposibles, y del termómetro. Reviví, de nuevo, las horas que llenaron de imaginación y divertimento infantil aquél cuarto de juegos en el que se amontonaban los juguetes pero en el que, inopinadamente, pasó a tener un indiscutible protagonismo la pizarra verde.

Supongo que acababa de descubrir, en aquella época de mi vida, las apasionantes aventuras del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda porque si había un dibujo, recurrente en la pizarra verde, era el de un castillo medieval, con troneras y estandartes, de un estridente azul cobalto – que, por aquél entonces, yo debía asemejar con el color de los bloques de piedra, dentro del limitado abanico de coloristas posibilidades que ofrecía la caja amarilla de tizas -, con una dama que caía rendida ante su príncipe, quien la había rescatado tras dar muerte al malvado dragón que la mantenía cautiva, presa de temores y miedos que la atenazaban entre los inexpugnables muros de piedra. Escena ésta - recuerdo - que tenía lugar, siempre, bajo un cielo rosa que estaba, en mi dibujo, tachonado de innumerables corazones de tiza, de diferentes tamaños, simbolizando el amor entre el príncipe que finalmente había rescatado a la dama de aquél horrible monstruo que la retenía en las entrañas del castillo, y su rubia princesa. Pensé en aquél dibujo infantil, reproduciendo cada uno de sus detalles con la añoranza de una vida pasada y ya muy lejana.

…"Arturo, Morgana, Mordred, Lancelot, Gawain, Percival, Merlín, Excalibur… Camelot.." - todos esos nombres se arremolinaron en mi mente, formando un torbellino de colores, olores y sabores de mi niñez: Sugus de cereza, una pegajosa bola de Bang Bang ocupando toda la boca mientras se adhería a los dientes imposibilitando ser deglutida, el olor del chocolate caliente y de la colonia Nenuco… El Barco Pirata de los clics de Famobil, las películas Disney de Cinexin, las barras de plastilina Jovi… Y la omnipresente pizarra verde cobijando, eternamente, la misma escena.

Volví, sonriendo, a mirar hacia la, ya cada vez más, lejana fortaleza en ruinas, que se recortaba sobre un cielo que iba perdiendo su color, diluyéndose hacia tonalidades malvas y grises.

-          “Rosa cielo, azul piedra… Corazones de tiza” – debí pensar en voz alta -.
-          “Perdona, ¿qué has dicho?...”

Lancé una última mirada hacia las postrimerías de un rosa, ya extinto, y sonreí:

-          Nada, que soy feliz… Ya no hay dragones en el castillo. Rosa cielo, azul piedra… Y corazones de tiza.

Y así transcurrió plácidamente el viaje de retorno, atravesando las llanuras de La Mancha, mientras la noche caía, lenta y fría, engullendo al dragón, haciéndolo desaparecer en el silencio gris y sordo de los tiempos perdidos en el eco de la memoria. Cerrando, para siempre, la puerta de la mazmorra y dibujando corazones de tiza sobre la piedra azul.



“Knowest thou aught of Arthur’s birth?
Then spake the hoary chamberlain and said,
Sir King, there be but two old men that know:
And each is twice as old as I, and one
Is Merlin, the wisest man that ever served
King Uther thro’ his magic art, and one
Is Merlin’s master (so they call him) Bleys,
Who taught him magic…”

(The Corning of Arthur’
The Idylls of the King
 Alfred, Lord Tennyson).

viernes, 8 de noviembre de 2013

Yo, la Reina. Yo, Isabel.



Fue durante un paseo en una fría mañana de invierno, cuando desde las afueras de Granada, tuve la visión, imponente y soberbia, de la Alhambra. El día, un domingo como cualquier otro, comenzaba y la atmósfera era diáfana y fresca. Pensé en cuantas miradas, antes que la mía, se debían haber posado a lo largo de la historia en el Palacio Nazarí. ¿De cuantas vidas habrían sido testigo mudo las torres y alminares rojizos desde los que, sin duda, algún muecín efectuaba diariamente las cinco llamadas a la oración…?.
Repasaba mentalmente la historia del conjunto arquitectónico e imaginé cómo habría sido el refugio de Sawwar ben Hamrun en la Alcazaba, dibujé mentalmente la llegada del primer monarca nazarí siglos después: Mohamed I, al que le seguirían luego Mohamed II y III… Yusuf I, ..., Boabdil y, repentinamente, sin que aún hoy acierte a explicarme la razón,  me vino a la mente una imagen nítida: un rostro anguloso de tez clara, con unos penetrantes ojos verdes de largas pestañas me escrutaba desde algún recóndito punto de mi interior. Me asaltó una extraña sensación, una impetuosa y antagónica lucha debatiéndose en mi interior: temor- placidez, alegría – angustia, esperanza – desazón, razón – pasión, devoción - obligación…  No podría precisar cuanto duró aquella pugna, ni aún menos, su causa, sólo sé que fue un desgarrador graznido lo que me hizo elevar la vista al cielo: un águila imperial planeaba majestuosamente en círculos allá arriba, interponiéndose fugazmente sobre el disco solar que lucía con la languidez de una mañana invernal.

 
El temblor que, a estertores, sacude mi cuerpo en este acerbo amanecer, no obedece tanto a la gélida brisa que arrastra el olor, anaranjado y añil, del albor de un nuevo día, sino al miedo. Siento miedo. La noche ha sido tenebrosa y larga, poblada de temores que han aguijoneado mi reposo, cubriéndolo con la lóbrega escarcela del desasosiego de oscuros presagios.

Vuelvo a dirigir la mirada hacia Granada, aún permanece en mis labios el sabor de Fernando. Ha sido un beso fugaz antes de subir a su cabalgadura y dirigirse, al galope, hacia esa batalla final. Me envuelvo bien en el manto, aunque no consigo aprehender el calor de su abrigo. Hoy, las tenues hebras plateadas que afloran a mis sienes, me confieren la serena belleza de una madurez prematura. Helándose en mis labios la sonrisa que su recuerdo ha hecho aflorar, elevo la frente sintiendo, más que nunca, el peso de la corona que no debió pertenecerme jamás.

… Soy Isabel de Castilla por la gracia de Dios. Soy Isabel de Trastámara.

Diez años de guerras contra los moros han envejecido mi cuerpo, gastado ya por el dolor y el llanto de ver morir a quienes una vez amé y me abandonaron. Me asaltan, a efímeros retazos, episodios de una vida de felicidad muy lejana, tanto, que parece que jamás hubiera tenido lugar. ¿Alguna vez jugué con Alfonso bajo la atenta mirada de madre?, ¿aquellas risas infantiles existieron o son producto de mi imaginación?... Alfonso, mi Alfonso… ¡se fue tan pronto!.

Una lágrima resbala por la mejilla, abrasando mi piel a pesar del frío que, implacable, muerde cada uno de mis huesos lacerados.

… Soy la Reina Isabel de Castilla.

Estoy sola, no hay a mi alrededor indiscretas miradas ajenas que me impidan ser sólo Isabel. ¿Acaso una Reina no siente angustia ante los ataques de locura sufridos por su madre?, ¿no se permite, a una Reina, llorar la muerte del hermano niño?, ¿por qué no mostrar las cuitas por mi amado esposo, ante los peligros que le acechan en la batalla?, ¿quién prohíbe que me asalte la preocupación por el futuro, incierto, de mis hijos?... Una vez sólo fui la niña que recibía los tiernos abrazos de una madre que dejó de serlo cuando su juicio se quebrantó, sólo fui la niña que jugaba con su hermano en los campos de trigo de Castilla…
Mi madre se marchó, mi hermano también y aquella niña les siguió para no volver jamás.

… Soy Isabel, o quizás, lo fui.

Hoy, día que se cuenta veinte y uno del mes de diciembre del Año del Señor de mil cuatrocientos y noventa y uno, a una edad que no debería pero en la que me siento ya anciana, cansada de portar una carga que nunca debió corresponderme, huérfana de esperanzas, débil por la enfermedad y con el alma ajada por el sufrimiento de toda una vida, me difumino en los colores de un amanecer sobre el que se recorta la silueta de la fortaleza nazarí, me pregunto si después de tanta lucha y sacrificio, tanto estrago y dolor, ondeará sobre esas imponentes torres nuestro pendón... ¿Y él?, ¿volverá Fernando, salvo, tras esta batalla?... Una violenta basca asciende desde la boca del estómago instaurando en mi boca al amargo sabor de la bilis. Me llega, amortiguado, el siniestro sonido de una guerra: Mi guerra. Los ecos de las lombardas ahogan los gemidos y lamentos de los mutilados que claman por una muerte libertadora, el olor intenso de la pólvora mitiga el de la sangre. Mis tropas avanzan hacia un futuro inexorable que aún desconozco. Mis infantes y jinetes entregan la vida por su Reina Isabel. Desde esta atalaya, aterida por el frío de mis incertidumbres, yo, Isabel, lloro esas muertes. Soy Isabel, la madre; Isabel, la hija; Isabel, la hermana y también la esposa de esos valientes castellanos.

Mientras sola, aguardo el desenlace incierto, me abandono a ese Dios que hoy habrá de estar de nuestro lado.

Reparo en el planear majestuoso de un águila imperial que, sobre mí, surca el cielo violáceo iluminado por las primeras luces, su graznido descarnado me infunde un cierto auspicio: al tornase oscuro nuevamente, con la caída de este sol, poseeré el Reino de Granada…



“…Mi cuerpo sea sepultado en el monasterio de San Francisco que es en el Alhambra de la ciudad de Granada, en una sepultura baja que no tenga bulto alguno, salvo una losa en el suelo, llana, con sus letras en ella. Pero quiero e mando, que si el Rei eligiere sepultura en otra cualquier iglesia o monasterio de cualquier otra parte o lugar destos mis reinos, que mi cuerpo sea allí trasladado e sepultado junto”.


(Isabel I de Castilla)

miércoles, 6 de noviembre de 2013

El descubrimiento de la Solidaridad



Nuevamente he recibido una petición muy especial y como de costumbre, tampoco me he podido negar. Mi sobrina, toda una Agatha Christie en ciernes, me ha pedido que publique su último relato, el cuál no es producto de su voluntaria y espontánea iniciativa, sino un trabajo escolar sobre la SOLIDARIDAD. Lo he leído después de comer y, una vez más, me ha sorprendido el dominio de las reglas ortográficas, la riqueza de vocabulario y su facilidad para la construcción sintáctica… Marta esperaba expectante mi opinión, aunque tengo la sospecha de que era conocedora de la misma mucho antes de ofrecérsela. Le he sido muy sincera – aunque me vais a permitir que esas valoraciones queden en el ámbito de la privacidad entre la escritora y yo -, me ha dicho que soy su mejor crítica y tras haber concluido ambas en que “todo en la vida es manifiestamente mejorable” le he prometido que seguiré publicando en mi Blog sus relatos, si bien, con dos condiciones: la primera, deben ser de su total y plena autoría y, la segunda, deberá facilitarme, como mínimo, uno al mes. Ella, por supuesto y tal y como yo ya intuía, no ha puesto ninguna traba para asumir su parte del compromiso, por lo que, consiguiente y consecuentemente, yo tendré que cumplir, por mi parte, con lo convenido. Finalmente, he de reconocer que siento un íntimo orgullo por esta personita de sólo doce años que tanto me recuerda a la que yo era a esa edad, deseándole que encuentre en la literatura, al menos, la mitad de la satisfacción que yo he encontrado y tengo el más que profundo convencimiento de que lo hará y será antes que después...





Era una fría tarde de invierno. Elisa leía un nuevo libro cómodamente hundida en el sofá más cómodo de la casa, tapada con una manta. El libro lo había adquirido aquella misma mañana en una tienda de antigüedades, lo encontró por casualidad, escondido en un armario. Tan pronto como salió del establecimiento se dirigió a su casa, impaciente por descubrir los secretos de su interior. Se titulaba “El Tesoro de la Solidaridad” y tenía algunos pasajes escritos en un idioma extraño llamado rúnico, según le dijo el anticuario. Estuvo leyendo durante un buen rato, hasta que vencida, cayó en un sueño profundo… Se despertó sobresaltada con el ruido que hizo el libro al caerse al suelo y de él se había deslizado una hoja de papel, deteriorado y amarillento, doblado en cuatro partes. Sin pensárselo dos veces y tras la sorpresa, lo desdobló con cuidado y fue entonces cuando pudo ver su contenido: un texto escrito en lengua rúnica. Era el siguiente:

สมบัติที่แท้จริงของความเป็นน้ำหนึ่งใจเดียวกันคือการช่วยให้คนอื่น ๆ รู้

Tras dudar unos momentos, pues aquello le pareció muy extraño, se decidió a llamar a Mary, quien había descubierto en la Biblioteca un libro escrito en lengua rúnica, también por accidente, cuando se volcó la estantería. Mary era una chica inglesa que se había mudado a su barrio cuando era muy pequeña, desde entonces habían sido amigas. Cuando telefoneó a Mary preguntándole por aquél misterioso libro, ésta la invitó a su casa, en efecto seguía teniéndolo en préstamo. Por supuesto Elisa no olvidó el suyo y le explicó a Mary todo lo ocurrido. Más tarde buscaron en el libro de Mary algo sobre aquellas misteriosas letras que había en el viejo papel. Fueron encontrando, página tras página, todos los lenguajes rúnicos, pero ninguno coincidía… De repente, Elisa y Mary comprobaron como dos páginas habían sido arrancadas, supusieron que en ellas debería estar la clave de aquél lenguaje puesto que al final del libro de Mary había un índice que contenía palabras similares a las del pliego de Elisa, incluso o así lo creían la misma frase escrita en él. Algo desconcertadas se les ocurrió consultar a la bibliotecaria, posiblemente ella supiera algo. Así que salieron decididas en busca de Paqui que llevaba en su puesto tantos años que conocía cada libro mejor que a sí misma. La respuesta de Paqui las dejó heladas: “Hace tiempo que no veía estos dos libros”, parecía muy sorprendida: “¿Cómo es que los tenéis vosotras?, no lo entiendo, seguidme por favor”. Las dos amigas se miraron antes de ir tras la bibliotecaria que ya se encaminaba hacia la pequeña habitación de descanso donde los empleados solían tomar café. Cerró la puerta tras ellas y les dijo en voz baja: “Hace años se produjo un extraño robo aquí. Robaron exactamente ese libro que tú tienes, Mary, el de las lenguas rúnicas. Misteriosamente lo devolvieron a los pocos días, pero faltaban dos páginas. Más tarde volvió a desaparecer del estante, definitivamente en esa ocasión hasta hoy que lo he vuelto a ver. Por lo que sé, había dos únicos ejemplares que hablaban de estos extraños lenguajes, uno era el que había aquí, el otro, supongo que es el que tú tienes, Elisa. Aunque las páginas deberían estar en este último…”. Elisa recordó, en ese instante, que cuando lo compró al anticuario junto al libro había dos rollos de pergamino en el armario, a los que no les hizo mucho caso entonces. Salió corriendo en dirección a la tienda, seguida de cerca por Mary que estaba muy desconcertada. Entraron y  dándole unas breves explicaciones al propietario se lanzó a abrir el armario. Tras abrirlo soltó un suspiro de alivio: en efecto, los pergaminos seguían allí. Los cogió y con la promesa de devolverlos a la mayor brevedad posible se dirigió nuevamente a la Biblioteca. Mary no entendía nada y Elisa estaba tan excitada que tampoco acertaba a explicarle su intuición. Cuando con la ayuda de Paqui y mucho cuidado desenrollaron los pergaminos, usaron las claves del libro de Mary para descifrar el mensaje: “Si el tesoro de la Solidaridad quieres encontrar, en lo más profundo deberás buscar”.

Ninguna de ellas llegó a comprender su significado, así que acordaron que fuera Paqui quien investigara en profundidad un poco más y que las llamara en cuanto descubriera algo. Ambas amigas salieron a la calle, la luz de los escaparates deslumbraba a Elisa y se puso el pergamino que llevaba en la mano frente a los ojos para evitar la luz directa. Fue entonces cuando vio que había algo en el papel, escrito quizás, con algún tipo de tinta invisible, al observarlo con más detenimiento tuvo la certeza y dijo: “Mary, sé por donde empezar a buscar” y empezó a correr calle abajo.

“¿A dónde vamos ahora?, gritó Mary a sus espaldas más sorprendida aún que antes.
“Al antiguo Teatro! – Elisa se detuvo en seco - ¡Mira!”.

Un niño pequeño, de unos seis años de edad, caminaba con un gato también muy pequeño, se lo mostró y tenía una herida en la patita derecha. Mary se la vendó con un trocito de tela de un pañuelo que tenía en el bolsillo de los vaqueros. Decidieron que no era aconsejable que un niño tan pequeño andara solo por la calle a aquellas horas de la tarde, pues ya empezaba a oscurecer y se ofrecieron a acompañarlo a casa, iban de camino a ella cuando por fin llegaron al Teatro los cuatro. Mary se acercó a la salida de artistas y se cayó por una trampilla que había en el suelo, camuflada y apenas visible, los demás cayeron detrás sin poder evitarlo dado lo sorpresivo. El lugar estaba muy oscuro, se oían voces y Elisa tuvo que acostumbrar los ojos a la oscuridad para poder orientarse, al fondo de la estancia en una mesa iluminada por un flexo había dos personas que sostenían otros libros, parecían tan antiguos como los de ellas y entonces supo que eran los autores del “extraño robo” que Paqui les había relatado. Con cuidado se sacó el móvil y marcó el número de la policía que llegó apenas unos minutos después para proceder al arresto de los dos malhechores. Cuando acompañadas por dos agentes se aproximaron a aquella mesa, pudieron ver los libros que manipulaban los ladrones. Había una traducción en un corcho, clavada con chinchetas, junto al extracto en rúnico del original, en letras mayúsculas de tinta negra se leía:

“ EL VERDADERO TESORO DE LA SOLIDARIDAD ES… DESCUBRIR COMO AYUDAR A LOS DEMÁS”.

Marta Beltrán Millán – 1º ESO

martes, 22 de octubre de 2013

Cuarenta velas en Asilah.








Aunque llevaba más de un año, soportando estoicamente el recurrente interrogatorio, he de reconocer que no le había dedicado ni un solo segundo de mi tiempo a pensarlo. Es más, admito que no fue hasta esa mañana de domingo, durante el opíparo desayuno en el patio recién regado, cuando de repente decidí cómo y dónde quería dar la bienvenida a esa nueva década. Eran sobre las diez de una mañana, inusualmente fresca, de verano. Absorta, como estaba, en la lectura del periódico digital mientras daba buena cuenta de una tostada de mantequilla y mermelada de ciruela, apenas reparé en la pregunta que, por enésima vez, me formulaban: -“¿Has decidido ya cómo vas a celebrar tus Cuarenta?”, el fastidio que experimenté lo fue, no tanto por la interrupción de la ávida lectura de la funesta actualidad, sino por lo reiterativo de su contenido, emití algún sonido de irritada contrariedad que me llevó a fijar, inconscientemente, la vista en la mimosa de un estridente amarillo limón que se doblaba ligeramente bajo el peso de las múltiples flores que en un estallido cromático se perfilaban sobre la pared, cuando un relámpago atravesó mi mente: - “Sí, ya he decidido cómo y dónde” dije sorprendiéndome al oír mi propia voz, - “Vaya…bueno, ¿entonces una fiesta con todos tus amigos?, tendremos que llamar a Kate… a Ciaram…”, -“No”, interrumpí, quizás demasiado bruscamente, el entusiasta discurso, nada más lejos de mi intención que organizar una fiesta multitudinaria a la que hacer venir a gente que vive fuera de España. No entraba en mis planes ninguna de esas excéntricas e interminables celebraciones, - “¿Entonces?”,  - “Asilah, Marruecos”,  - “¿Asi-qué?, … ¿pero que hay en ese sitio de Marruecos?”, - “Flores”, me limité simplemente a contestar ante aquella desconcertada pregunta, mientras volvía a posar mis ojos en la mimosa y sonreía para mis adentros, pensando ya  en el posible nombre de la nueva Reflexión - “Cuarenta velas en Asilah”- y retornaba al plácido deleite de mi desayuno dominical. No intuía yo, aquél entonces siquiera, cómo sería mi 40º Cumpleaños.

La caricia de los leves rayos de un sol de octubre sobre mi rostro me despertaron aquella mañana. La brisa arrastraba el sutil aroma marino, inflamando, a intervalos silenciosos, la cortina de un blanco níveo sobre mi cama. El rumor de las olas al romper en la playa me desorientó, confundiendo realidad y sueño, tras unos breves instantes fui consciente de que me encontraba en aquél pequeño hotel sobre el acantilado, en la Medina Antigua de Asilah. Era, en realidad, una casa de huéspedes, un negocio familiar, regentado por un simpático francés casado con una marroquí. Un Dar en el que cada detalle estaba cuidado al milímetro, pulcro hasta la exageración, y en el que la mano invisible de un exquisito decorador de interiores, casi con toda probabilidad compatriota de su propietario, flotaba en cada una de sus habitaciones, en las que convivían la tradición árabe más bizarra con unas líneas rectas y limpias que conferían una diáfana sensación de limpieza y frescura, tematizando, por colores, cada estancia con el nombre de una flor: lila, azahar, jazmín, rosa…

Me levanté de la cama, me envolví en la sábana, salí al balcón y me senté. La superficie marina que se extendía ante mí y cuyo límite no alcanzaba a vislumbrar, apenas si era alterada por la ligera brisa que provocaba el escamado argenta del mar. Pensé en un gran caleidoscopio girando en una vertiginosa espiral iridiscente. Todo estaba en calma, sobre la mesa de madera blanca, los restos de la cesta de fruta y dulces de tradición árabe que, como delicada muestra de cortesía habían depositado los dueños, al delatar mi pasaporte durante el registro, la fecha de mi nacimiento. Una botella de Moët Chandon  permanecía en la cubitera desde la noche anterior, intacta aún, decidí que era una buena forma de empezar mi cumpleaños y me serví una generosa copa tras descorcharla. Me desperecé lentamente, bajo una bóveda azul intenso, en cromática sintonía con el color cobalto de los alféizares de las ventanas, dibujados sobre el blanco refulgente de las paredes encaladas de las distintas construcciones que se extendían, diseminadas, a lo largo de aquella costa caliza. Cerré los ojos y elevé mi rostro hacia el sol, solazándome en el burbujeante sabor del vino espumoso.

Un repentino aguijoneo taladrando mis sienes, me recordó el exceso de alcohol durante la celebración de la noche anterior, que se había prolongado hasta altas horas de la madrugada cuando los primeros rayos de sol empezaban, tímidamente, a asomarse tras el horizonte. Sonreí. Había sido, sin el menor género de dudas, el mejor de todos los cumpleaños que había celebrado o, su víspera. Estrenaba decena: la de los cuarenta. Esa edad a la que se le presume, tradicionalmente, el “honor” de representar el pórtico de entrada a la madurez adulta. Siempre me he preguntado el motivo por el que se le confiere dicha cualidad, no creo ser distinta a la persona que era hace unos meses, ni creo, de ningún modo, que el hecho de tener cuarenta años ahora me haga ser una persona más madura, ni intelectual ni emocionalmente, tampoco. No encuentro la menor razón, convincente, que pueda explicar la celebración con un gran evento. Es otro cumpleaños, uno más, y es tan lícito celebrarlo como cualquier otro o no hacerlo, según la personal apetencia del interesado, así que eso es lo que hice: celebrarlo como se me antojó unos meses antes, en un sitio exótico y en la intimidad.

Apuré la copa y me dirigí hacia la playa, con el irreprimible deseo de sumergirme en la vigorizante frescura de aquél agua, descendí con gran lentitud por las escaleras de madera hacia la arena que, a aquellas horas, aún permanecía fresca, despidiendo una ligera humedad que resultaba muy agradable en los pies desnudos. La enorme playa, desierta, reflejaba la pureza, cristalina y cálida, de una espléndida mañana de sol marroquí. Poco a poco, me fui introduciendo en el mar, a pesar de estar dando comienzo el día, el agua no estaba tan fría como había pensado en un primer momento. Me sumergí y comencé a nadar, sintiendo su estimulante efecto sobre mi cuerpo, me dí la vuelta para contemplar, desde allí, el solitario arenal de dunas y dejé que el sol, al reflejarse sobre la superficie salada, me deslumbrara… La sensación era gratificante, aún así, volví a sumergirme. Cerré los ojos con fuerza y fue, en ese preciso instante, cuando por mi mente, como si se tratara de una antigua película de Super8, comenzaron a sucederse episodios de mi vida, aquellos más relevantes que el subconsciente decide almacenar en algún recóndito lugar de nuestra memoria, manteniéndolos indelebles, en perpetua y silente compañía, para hacerlos aflorar inopinadamente en el momento que aleatoriamente decide… Sin que lleguemos, jamás, a comprender la razón de tan caprichosa elección.

Así, en esa rápida sucesión de acontecimientos desfilaron momentos de mi infancia, de mi adolescencia luego, que se fueron encadenando, en un perfecto orden cronológico, hasta llegar a los más recientes, algunos felices y otros no tanto. Me mantuve bajo el agua durante todo ese tiempo, hasta que mis oídos empezaron a resentirse por la presión y sentí un tenue latigazo en la cabeza que me aconsejaba emerger. Salí a la superficie con la sensación purificante de haber dejado atrás toda esa vida, ya pasada, y con el firme convencimiento de empezar un nuevo tramo, desconocido por el momento, pero en el que, sin duda, tendría lugar toda una nueva serie de emocionantes acontecimientos, aún por descubrir, aún por vivir. Comencé a nadar hacia la playa, alcancé la orilla y salí para tumbarme en la arena, fina y dorada, sintiendo una vez más la calidez del sol sobre mi piel. Inhalé un par de veces el aire salino, profundamente, para ralentizar la agitada respiración que había provocado el ejercicio hasta que paulatinamente se fue serenando para llegar a un ritmo normal y tranquilo. Miré, haciendo visera con la mano, hacia la Medina en cuyas estrechas callejuelas ya debía empezar a bullir la vida de ese ritual del regateo continuo de los comerciantes, arte que sólo se encuentra intacto en las ciudades árabes. Permanecí un rato más bajo el sol, con los sentidos atentos a cualquier atisbo de compañía, embelesada en el silencio reinante a mi alrededor, sólo interrumpido por el arrullo de las olas y el lejano graznido de las gaviotas.

Lenta y plácidamente me fui sumiendo en un letargo que me inducía al sueño, un sueño tranquilo, ligero y dulce. El tiempo se había detenido, suspendido en algún punto del pasado, en Marruecos todo tiene su momento y éste, debía ser, sin duda, el mío.

No puedo precisar el tiempo que transcurrió hasta que el murmullo de unos pies descalzos caminando sobre la arena me hizo abrir los ojos, el sol estaba ya muy alto en el cielo y la claridad era cegadora, la silueta, recortándose a contraluz se fue acercando hasta que se sentó a mi lado:

- “Feliz Cumpleaños, Felices Cuarenta en Marruecos…”- un brazo desnudo me tendía mi cuaderno verde de notas, tras él, una amplia sonrisa me invitaba a plasmar por escrito mis Reflexiones, una vez más -.

Miré hacia el mar azul intenso que albergaba algunas embarcaciones lejanas, cuyas velas blancas aparecían como puntos titilantes sobre la superficie de cristal, meciéndose despreocupadamente. Saboreé la felicidad, deleitándome en ella, mientras daba inicio al primer día del resto de mi vida. Abrí la libreta por la última página escrita, y con el trazo firme de la tinta negra di comienzo: “Cuarenta velas en Asilah…”.

"As lot sal na jou toe kom, sal die ry met 'n kameel,
meer as jy wil verlaat, breek 'n string ".
- Proverb Berber -

“Si la suerte quiere ir a ti, la conducirás con un camello,
más si quiere irse, romperá una cadena”.
- Proverbio bereber -

miércoles, 9 de octubre de 2013

Un borrón en el "Cuaderno Dorado" de nuestro sistema.



Llevo unos días meditando sobre unas palabras de Doris Lessing que me parecieron, sin el menor género de duda, las más inteligentes y acertadas de las que últimamente me es posible recordar – sin gran esfuerzo, por otro lado, puesto que tengo la impresión de encontrarme, con más frecuencia de la que podría ser aconsejable, en El Camarote de los hermanos Marx -.

Es, en realidad, un extracto de una de las obras de esta Premio Nobel británica, “El Cuaderno Dorado”. Me pregunto por qué es tan habitual reconocer la valía de alguien sólo después de su muerte o, con algo más de suerte para el propio interesado, cuando se encuentra ya en las postrimerías de su vida. Pues debe ser una máxima que se cumpla: quien es un genio póstumo ha debido, necesariamente, serlo también en vida… Supongo que los genios, lo son precisamente por estar muy por encima de sus coetáneos, de ahí que tenga que venir una generación posterior a reconocerles el mérito, y empiezo a barruntarme que será, también éste, el caso de mi entrañable  Doris.

Ella viene a decir lo que no es, no puede ser, sino la más absoluta realidad que viene a explicar la razón última de esa pandemia tan peligrosamente extendida a la que le he dedicado más de una Reflexión ya: la imbecilidad humana, omnipresente y omnipotente. Su argumento – demoledor por simplista – es como sigue: “Aunque lo ideal sería decirle a los niños, en varias ocasiones a lo largo de su vida escolar algo similar a esto: Ustedes están en proceso de ser adoctrinados. Todavía no hemos desarrollado un sistema de educación que no sea, en sí, un sistema de adoctrinamiento. Lo lamentamos, pero es lo mejor que podemos ofrecerles. Lo que se les enseña aquí es una amalgama del perjuicio actual y las opciones de esta cultura particular. La más leve mirada a la Historia les mostrará como esto debe ser algo perpetuo. Vds. están siendo formados por personas que han sido capaces de acomodarse a un régimen de pensamiento, el establecido por sus predecesores, se trata de un sistema de auto-permanencia. Aquellos de Vds. que sean más brillantes y singulares que los demás, deben ser animados a salir y encontrar el modo de educarse a sí mismos: la formación de sus propios juicios. Aquellos que se queden deberán recordar, siempre y constantemente, que están siendo moldeados y modelados para adaptarse a las estrechas y particulares necesidades de esta sociedad concreta”.

Es decir, nuestro sistema educativo, que a la vista está, es un estruendoso fracaso, pues vamos a la zaga del resto de lo que podríamos llamar el Mundo Desarrollado, en cuanto a cálculo y comprensión lectora – índices que, personalmente, considero como sintomáticos de la agilidad mental que puede mitigar de modo efectivo la idiocia inducida a la que nos vemos condenados -, es un compendio de normas para adoctrinar y modelar mentes inmaduras, en proceso de desarrollo, al objeto de que tengan cabida en esta decadente estructura social nuestra, de modo que se acomoden en el más profundo aburguesamiento intelectual, no cuestionen ni critiquen decisiones de quienes ocupen, en cada momento, los cargos de decisión y se limiten a dejar transcurrir los días por su vacua existencia, sin mayor aspiración ni pretensión que la de tener una vida holgada y enfocada al vicio consumista, detentando el dudoso honor de ser, lo que no puede calificarse sino como un verdadero, analfabeto funcional. En cambio, otras mentes, aquellas que sean singulares por distintas, en cuanto a funcionamiento, a las del resto de los borregos del rebaño, se ven, necesariamente abocadas a forjarse a sí mismas, empleando para ello métodos autodidactas que formen su capacidad de discernimiento y les ayuden a fundamentar sus propios juicios. Le doy en ello, total y absolutamente, la razón a mi buena amiga Doris.

Así, ante el mayor caso de corrupción en la historia de España, unas penas descafeinadas y, me atrevería a decir que simbólicas, nos dejan impasibles; que unos padres, presunta pero más que probablemente, asesinen a su hija ya no nos conmociona, a pesar de ser un luctuoso hecho contra natura; o que una Ex – Ministra, Ex – Consejera que durante años ha estado burlando los medios de control para repartir a sus afines y acólitos un dinero público, tenga la indecencia de comparecer en un Juzgado manteniendo “la transparencia de su gestión y su absoluto desconocimiento sobre las irregularidades de los ERE” es una desfachatez de ingente magnitud… Que un adolescente le quite la vida a su madre a cuchilladas y con total frialdad, luego, lo comunique vía WhatsApp a sus amigos con el expreso apercibimiento de “Me váis a ver en las noticias”… Es simple y llanamente propio de una película surrealista, aunque no estoy muy segura de que este argumento pudiera haber germinado en la mente del gran Buñuel… O, puede que sí, pero no dejaría de ser eso: pura ficción ajena a la realidad.

Lo cierto es que nos encontramos en un país de sinvergüenzas, manejado a su antojo por cuatro descerebrados que van a seguir dirigiendo el destino de la panda de idiotas que ellos mismos se han encargado de adoctrinar para no cuestionarse absolutamente nada y seguimos cayendo, irremisiblemente, en ese juego burdo y soez, pues como Sísifo empujamos la pesada roca hasta la cumbre para dejarla caer y así, una y otra vez, porque es más cómodo adaptarse a la situación, por tóxica y nociva que nos resulte, que intentar cambiarla y digo ya sólo intentar, que no cambiar. Es innegable que no está el panorama para otra cosa que no sea la de intentar salir adelante, pero tampoco puede negarse que el desencanto nos haya de arrastrar necesariamente al conformismo del pusilánime. Cierto es, y así he de reconocerlo, que yo soy la primera que ha sufrido esa decepción incluso, en un alarde de osadía, afirmo sin pudor, que me siento, he terminado haciéndolo, absolutamente estafada, pero esto en modo alguno me ha hecho abandonar mis ideas, antes bien, las he fortalecido: que el Partido en el que he militado y al que he votado siempre, se dibuje hoy como incapaz de representar los valores en los que creo y seguiré creyendo – honestidad, honradez, integridad y esfuerzo - por el escándalo de los sobres, no me lleva a abandonar mi ideología, sólo a posicionarme en la férrea convicción de que ya no es, ni será, mi Partido y lo apoyé abiertamente, tras su grandiosa victoria, en una de mis Reflexiones en las que comparaba a Rajoy con Odoacro y a mí misma con uno de sus hérulos, pero le hacía una advertencia clara: tenía mi confianza, no mi voto incondicional. Así ha sido, rota la relación fiduciaria no hay motivo para seguir depositando más esperanzas en un fracaso.

Y como con eso, pasa con todo, a mí no me vale “¿pero entonces a quien voy a votar, si no?”, prefiero votar nulo, que no en blanco ni abstenerme, dejando así clara mi postura contraria a seguir en la inercia de una corriente que no lleva a ningún sitio más allá de la podredumbre de un agua estancada, viciada y corrompida.

Tampoco me parece de recibo y, por tanto, lo critico, el cinismo de la Sra. Magdalena Álvarez al tener la impudicia de presentarse ante una Juez a contar una milonga, prueba evidente, otra más, del desprecio y la subestima de quienes se creen habitantes de un Olimpo restringido al resto de los mortales, tanta fe debe tener ésta  en el sistema de adoctrinamiento que, al igual que otros de sus adeptos, no se plantean la remota posibilidad de que existan “brillantes y singulares” que hayan “salido y encontrado el modo de educarse a sí mismos: la formación de sus propios juicios”, pero por suerte son más de algunos los que ha optado por ser autodidactas: Mercedes Alaya, quizás sea – en este momento – la más mediática, pero paulatinamente van apareciendo más y ojalá la tendencia siga in crescendo.

Ser humanista es creer en el hombre, a pesar del hombre y eso significa inconformismo, análisis, crítica racional, lucha, esperanza y sobre todo: REBELDÍA, la negativa, en suma, a formar parte de un rebaño de ovejas bobaliconas que siguen al pastor a través de una senda predeterminada, se asustan de los ladridos del perro y se contentan con pastar sin mayor pretensión. Yo no soy oveja… ¿qué son Vds.?.


“Ideally, what should be said to every child, repeatedly, throughout his or her school life is something like this: 'You are in the process of being indoctrinated. We have not yet evolved a system of education that is not a system of indoctrination. We are sorry, but it is the best we can do. What you are being taught here is an amalgam of current prejudice and the choices of this particular culture. The slightest look at history will show how impermanent these must be. You are being taught by people who have been able to accommodate themselves to a regime of thought laid down by their predecessors. It is a self-perpetuating system. Those of you who are more robust and individual than others will be encouraged to leave and find ways of educating yourself — educating your own judgements. Those that stay must remember, always, and all the time, that they are being moulded and patterned to fit into the narrow and particular needs of this particular society.”

― Doris Lessing, The Golden Notebook -

jueves, 26 de septiembre de 2013

La Toga del Abogado: ¿una Patente de Corso?.




Lo he dicho con anterioridad en alguna ocasión e, incluso, le dediqué una Reflexión al significado de mi Profesión, a los valores inherentes a ella que debemos fomentar quienes nos dedicamos, por vocación y devoción a este Arte, “el Arte de lo Bueno y de lo Justo” que dijera Ulpiano. Ocurre, con frecuencia, que hay quien no vive de la Abogacía, sino del “negocio de la abogacía” y eso desvirtúa el Código de Honor de un ABOGADO, lo hace despreciable y mezquino, suele pasar, también, que ese rasgo distintivo del ser lo cataloga también como profesional, de donde se extrae la máxima de que “quien es mala persona no puede, por lógica, ser buen profesional”.
El Abogado, debe, ante todo, velar por los intereses de su Cliente con pleno sometimiento a la legalidad, dispensarle, como no podría ser de otro modo, el mayor de los respetos, siempre, pero jamás, a costa de denostar a quien es su Compañero y guía en toda  travesía judicial: el Procurador.
Cuando el Abogado cae en el error – y desfachatez por ende – de faltarle el respeto al Compañero, deja de serlo para convertirse en un MAJADERO al que la Toga le viene muy grande.

Hoy he pasado un mal rato y lo digo desde la sinceridad más absoluta, con frecuencia ocurre que los límites de una relación profesional terminan diluyéndose al transgredir los que dibujan una relación personal. Suele pasarme con cada uno de los Procuradores con quienes trabajo, de modo que llega un punto en el que si he depositado en ellos la confianza suficiente para encomendarles mi labor profesional en beneficio de mi Cliente, no puedo por menos que alcanzar tal grado de confianza y camaradería que termina convirtiéndose en amistad.

Es así de simple: mi Cliente me elige a mí, y soy yo quien elige al Procurador – representante legal del primero en el Juzgado -. La regla básica es, por supuesto, exigirle el respeto debido al Cliente para con su Representante, respeto que no germina si no goza, primero, del mío. Algunos abogados  - y permítanme que no use la A mayúscula como es mi costumbre, dado que no es posible encuadrarlos en tan elevada categoría – tienen el vano convencimiento de que se encuentran en un estado superior al del Procurador, desconozco si el motivo radica en la diferencia cuantitativa de Honorarios devengados en cada procedimiento, si es, en el hecho de que nuestro trabajo implique mayor participación oral en la Sala de Vistas o, simplemente, porque presentan rasgos tan acuciados de imbecilidad profunda que les impide ver que la formación es la misma: Licenciatura en Derecho, pero que es la especialidad lo que, únicamente, varía: dirigir el pleito desde el Despacho, o mantenerlo vivo en el Juzgado. Sea como fuere, esta estúpida actitud, es algo más extendido de lo que sería aconsejable al bien común.

Estaba trabajando cuando ha aparecido, en el Despacho, una Procurador con la que colaboro asiduamente. Al inicio de nuestra colaboración era sólo una “Compañera”, hoy puedo decir que es una “Amiga” y si bien es cierto que ninguna tacha, en justicia, puede ponerse a su profesionalidad, no lo es menos que su valía personal y calidad humana la supera. Venía a recoger un escrito – sana costumbre ésta, la de los Procuradores de la Vieja Escuela que casi se ha perdido, trocándose por ese desagradable uso de los buzones en el Colegio de Procuradores, para mi gusto, pues atenta contra las bases el trato directo humano y debería desterrarse, pero eso será, sin duda, motivo de otra Reflexión –, al entrar, la perenne sonrisa que siempre alegra cada uno de nuestros encuentros, se ha quedado congelada en su rostro y, en un gesto de confianza, me ha contado un abyecto episodio protagonizado por alguien a quien, insisto, la Toga le viene muy grande.

Como era natural he permitido que se desahogara, es algo humano que con el ritmo de trabajo que llevamos, la presión de los plazos y los señalamientos y la, casi omnipresente, falta de tiempo, andemos siempre más vulnerables y es lo que me sorprende: no es suficiente con los malos ratos que nos vienen a diario, ya sea por el exceso de trabajo, una Sentencia desfavorable, un tropiezo con tal o cuál Cliente, sino que, además, no desaprovechamos la ocasión de vituperarnos entre nosotros. Otro indicio evidente de inteligencia en este colectivo, según lo veo yo.

Cuando se ha ido, me he dirigido a la estantería que denomino “Mis Incunables”, en la que descansan los Tomos que deben constituir la Ley Sagrada de todo Abogado. He cogido uno que suelo releer con frecuencia, encuadernado en fina piel color crema en la que se alternan los colores rojo y azul, en grandes letras doradas reza ESTATUTO Y CÓDIGO DEONTOLÓGICO DEL ABOGADO (“Esta es la Biblia que debe regir el ejercicio de la profesión que ahora comienzas” – fueron las palabras de quien me lo regaló tras mi Jura hace ya algunos años, a veces, más de los que puedo recordar – “Ámalo, respétalo y síguelo. Sólo así podrás llamarte ABOGADO”), lo he abierto:

“1. DE LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

1.2- Dignidad.-  El Abogado debe siempre actuar, conforme a las normas de HONOR y de DIGNIDAD de la profesión, absteniéndose de todo comportamiento que suponga infracción o descrédito.

1.3- Integridad.- El Abogado debe ser honesto, leal, veraz y diligente en el desempeño de su función y en la relación con sus clientes, COLEGAS y Tribunales; observará la mayor deferencia, evitando con los mismos posiciones de conflicto”.

Y me he quedado meditando…

Alguien dijo una vez, y fue por ello muy denostado, que el problema en nuestra profesión es que “la Abogacía se había proletarizado” yo, sinceramente, creo que simplemente se ha infectado, está plagada de personas que no viven del ejercicio lícito de este Arte, que se mueven, únicamente, por un marcado interés económico y un acentuado egolatrismo que relega a un segundo plano valores más importantes – dignidad, honor, dignidad, integridad -, son… majaderos a quienes la Toga, ya lo he dicho, les viene muy grande.

La Toga, no es, no puede serlo una “Patente de Corso” que nos habilite a actuar como piratas bajo su amparo, la Toga es sólo el símbolo externo de una condición, de una raza que ha de moverse bajo su propia Ley Sagrada: la DEONTOLOGÍA DEL ABOGADO…

Porque… ¿qué sería de un Cirujano, por brillante que pudiera ser, sin un Anestesista que le mantuviera con vida al paciente durante la intervención quirúrgica?, es algo similar, salvando las distancias claro está, a lo que nos ocurre a los Abogados: no podríamos trabajar, por excelentes Letrados que pretendamos ser, si nuestro Compañero Procurador no mantiene “vivo” el pleito en sede Judicial.

Y hoy, esta Reflexión, la dedico a quien corresponda.


“La VANIDAD es la ciega propensión a considerarse como individuo (único), no siéndolo”.
(Friedrich Nietzsche).