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martes, 5 de julio de 2016

La mala educación, ese valor en alza.



Lo mío con mi casa, he de reconocer, es una verdadera historia de amor. La descubrí, por casualidad, un día de febrero de hace ya casi diez años y me fue más que suficiente, la breve visita realizada, acompañada de la agente inmobiliaria, para enamorarme profundamente de ella y al cabo de no más de tres minutos decir, sin más: “Me la quedo”, ante el estupor de la solícita chica a quien no le hizo falta hablarme de las bondades del enclave, la calidad de los materiales, etc. Aquél apartamento, de nueva obra, integrado en un inmueble rehabilitado donde la piedra natural y la madera predominan, en pleno corazón del casco histórico, me cautivó hasta el extremo de decidir que aquél, y no otro, sería mi hogar. Tardé poco más de un mes en hacer algunas mejoras: un maravilloso suelo de madera oscura, un armario empotrado, construido en el mismo material, en la habitación, y un cabecero de escayola donde irían instalados diversos puntos de luz cálida que proyectarían su iluminación sobre los huecos donde colocaría algunas de mis láminas predilectas de Gvstav Klimt, yo ya lo veía en mi cabeza antes, incluso, de materializarse por los operarios siguiendo mis expresas indicaciones. Pero sin duda, lo que más me cautivó fue el patio interior, “aquí – me dije – será donde pase la mayor parte de mi tiempo libre leyendo o escribiendo, un oasis de paz que decoraré a base de plantas y flores y donde disfrutaré de la templanza de las noches de primavera”, con esa idea instalé una preciosa reja de forja en la puerta de acceso al mismo, a juego con la de la ventana del cuarto de baño, desde cuyo petril empezaron, rápidamente, a tomar ascendente posesión los potos, creando una tupida cortina entre la que, a retazos, aparece el hierro torneado. Sembré diversas plantas y lo terminé acomodando con algunos otros detalles decorativos de exterior: una mesa y dos sillones, un centro cerámico, velas de jardín y un farol marroquí. Pasó de este modo, aquél patio, a tomar un protagonismo especial con la aparición del buen tiempo y, hasta la fecha, es un ritual que se ha venido repitiendo con la llegada de cada primavera. El hecho de que la ventana del piso de al lado, que se corresponde con el pasillo de entrada a ese inmueble, se halle abierta al patio, nunca había supuesto inconveniente alguno, ese hueco, propiedad de la Comunidad, tiene como finalidad recibir luces, que no vistas y hasta hoy, la discreción de los diferentes moradores que, en régimen de alquiler, lo han ido ocupando sucesivamente, ha permitido que, en ocasiones, no llegara a conocer ni sus rostros… pero claro, eso ha sido hasta hace unos días…

Es un sábado de julio, como cualquier otro, salgo al patio para regar las plantas y, sentarme tranquilamente, después, a disfrutar de un calmo desayuno, con la placidez del frescor del agua mientras me recreo en la lectura de los periódicos digitales del día. Es entonces cuando me topo con la turbadora visión de unas flores y hojas, de plástico, colocadas sobre los tres maceteros de terracota que ya se encontraban listos para ser repoblados con hortensias azules a cuya espera de recibir me encuentro y echo en falta, también entonces, el macetero rojo. Me llama poderosamente la atención la instalación de una pequeña valla de madera, anclada directa e inestablemente sobre el mantillo, a modo de esperpéntico colofón de ese atentado contra la estética al que asisto. Tras mi estupor incial, decido prudentemente no adulterar el clima de buena vecindad que debe regir en cualquier relación entre condueños y culmino mi tarea, intentando, en todo momento, evitar semejante visión, pero decidida a reivindicar mi propiedad tan pronto como tenga en mi poder la mercadería que hace unos días encargué en el vivero.

Poco después, salgo de casa y es cuando me encuentro en el rellano con el inquilino del inmueble, un joven greñudo con gafas, pero de simpática sonrisa que, a modo de saludo, me espeta: “¿Qué vecina, te gustan las flores que hemos puesto en la ventana?”, le sonrío y con toda la cordialidad de la que soy capaz, le aclaro: “Verás, esos maceteros son míos, en realidad, cada año con la llegada del buen tiempo, los repueblo con plantas naturales, preferentemente de flor, de hecho ya se encontraban limpios y listos para…”, no puedo concluir, su pareja se asoma en ese momento: “¿Perdona?, el casero me dijo que podía poner unas macetas ahí”, el tono que emplea ya no es tan afable, “Buenos días. Verás, el uso del patio me corresponde a mí y, sobre todo, es que los tiestos que habéis empleado son míos”, “¿Tuyos? – ahora parece titubear -, ah, pues… perdona entonces porque no lo sabía, lo mismo también es tuyo uno rojo que he cogido para ponerlo en mi patio”, “Pues sí, uno rojo tubular, de cerámica, donde suelo poner tulipanes, aunque su sitio habitual está en mi cocina”, contesto, para aclarar a continuación: “Pero vamos que hasta que no me avisen del vivero que puedo retirar las hortensias, no me importa que siga ahí ‘eso’ que has puesto”. Me mira de manera indescriptible pero no me dice nada, nos despedimos y cada uno se va a sus quehaceres, los propios, supongo, de un sábado por la mañana.

… (…)…

Es domingo y me encuentro disfrutando del solazado descanso al abrigo de unas maravillosas líneas del cuño de Kundera, envuelta por la aterciopelada voz de Annie Lennox, cuando me sobresalta el sonido del timbre. Con el fastidio propio de la interrupción me dirijo hacia la puerta, mientras voy ensayando una enorme sonrisa, no espero a nadie y aún menos el ceñudo rostro de mi vecina, la amante de la naturaleza ortopédica, que se me representa cuál fantasmagórica aparición:

-          “Oye, que vengo a decirte que las flores que puse ayer, se han caído a tu patio, volcando la valla de madera y los maceteros y que está todo en el suelo”.
-          “Buenos días – aunque la información me ha sentado como un puñetazo en pleno rostro, amplío la sonrisa -, ya, es que al no estar anclada, pues claro… Es que no deberías haberlo puesto porque…” – me resulta imposible terminar:
-          “¡¡Vamos a ver, que he llamado a mi casero, me he informado y me ha dicho que yo en ‘mi’ ventana puedo poner ‘lo que me salga del coño’ - ¡toma ya! - que tú no tienes por qué usarla para nada!!”.
-          “Verás – intento controlar las ganas de estamparla contra la pared, ya no sólo es que se dibuje como un grotesco ser, carente de instrucción y formación, es que es, en toda regla, el paradigma de la falta de educación en su más puro estado -, no es mi intención discutir contigo y, aún menos, en los términos que estás empleando, el uso y disfrute del patio es un derecho que tengo atribuido en exclusiva, lo que tú llamas ‘tu ventana’, no es tal sino ‘propiedad de la Comunidad’, tu casero puede decir lo que tenga a bien o se le antoje, pero, desde luego, lo que no puede hacer es: ni disponer, ni autorizar, tampoco, disposición alguna de sobre algo que no es suyo. Vuelve a tu casa y ahora te doy, por la ventana, lo que se ha caído”. –

Cierro la puerta, respiro profundamente y me dirijo al patio temiendo el estropicio que resulta ser aún peor de lo que me podía barruntar: me encuentro el suelo, limpio, lleno de tierra y esas “beldades” sintéticas diseminadas sobre unas preciosas baldosas de terracota que esmeradamente riego a diario, mientras la oigo mascullar: “¡¡¡Vamos, vamos, vamos…!!! a discutir, dice, que yo no he ido a discutir sino a avisarte, y que yo en ‘mi’ ventana pongo lo que me dé la gana, ¿pero esto qué es?, vas a venir tú ahora a decirme, a mí, lo que puedo o no hacer yo en mi puta casa. ¡A mí!”.

Me agacho para ir recogiendo, uno a uno, aquellos egendros “Made in China” enterrados entre el mantillo, así como ese listón de madera desmadejado, creo que lo más efectivo es poner fin a semejante discusión y le digo:

-          “Nadie te ha dicho que no hagas en tu casa lo que estimes procedente y más oportuno, pero permíteme que te insista en que este petril, antepecho o poyete, no es de tu propiedad, sino de la Comunidad, déjame que te reitere, también, que el uso exclusivo de la totalidad del patio es mío, pero vamos, que no voy a tener ningún inconveniente en que instales aquí lo que te apetezca siempre y cuando lo hagas en maceteros y tiestos de tu propiedad y procures que no ensucien el patio”.
-          “¡¡Ah sí!!, tú es que sabes muchas leyes, si ya me lo ha advertido mi casero, que eres abogada”…
-          “Mira – intento no perder la calma aunque noto una oleada de ácida irritación que me asciende desde la boca del estómago -, sinceramente, a tu casero y a ti tanto os debería dar que yo sea abogado o cajera de Carrefour… nuevamente te digo que no es mi intención discutir contigo y… para zanjar definitivamente esta cuestión, aunque ningún derecho te asista, si quieres decorar el petril, antepecho o poyete: hazlo – mastico con fruición mi venganza al cruzarse, rauda como un rayo por mi mente, la idea de instalar una celosía que evite, en lo sucesivo, este tipo de incidentes pero que, sin duda, va a perjudicar su pretendido disfrute visual-. Si bien, vuelvo una vez más a apercibirte  de que lo que se te ocurra poner, debe tener una doble limitación: ser de tu propiedad y no ensuciar el patio”. Concluyo así, retirando mis recién recuperados maceteros y apilándolos calmosamente en el suelo, próximos a la pared, mientras hago caso omiso a los visajes y a la absurda e inconexa retahíla cuya verbalización tiene lugar al otro lado de la dichosa ventana.

        Y así es, amigos lectores, cómo hoy me encuentro a la espera de instalar una preciosa celosía que ya tengo encargada como otro más de los elementos decorativos que ornan mi patio, ese remanso de paz ajeno a todo, incluso, a la mala educación, ese valor en alza…

          Y parafraseando a otro de mis escritores favoritos “Se necesitan dos años para aprender a hablar, y otros sesenta más para aprender a callar”, dijo Ernest Hemingway y yo me atrevo a apostillar, especialmente cuando no se sabe ni de lo que se habla pero se arroga, uno, el derecho “porque se lo ha dicho su casero” extremo que denota una soberana falta de entendederas, de modo que antes de enzarzarte en una absurda discusión con un idiota, rebajándote así al terreno de la supina idiotez, omítelo, porque en ese campo él te lleva ventaja y terminará ganando la partida.

        Solución: celosía que preserve mi intimidad y me evite, de paso, la espeluznante visión de naturalezas polímeras. Principio y fin de la discusión.



martes, 26 de abril de 2016

Lola (mi Lola) se va a los puertos.


Ya os he hablado en alguna ocasión de Lola. Mi amiga de la infancia que una vez se llamó Alejandra y os he narrado, también, algunos de los episodios que han tenido lugar a lo largo de nuestros muchos años de amistad. Hoy ha aparecido en el Despacho, sin avisar. Lola – que antes se llamaba Alejandra -, es así: se niega, por principio, a aceptar y reconocer convencionalismos, dice y hace, siempre, lo que le apetece y ha debido decidir que hoy era tan buen día como otro cualquiera para visitarme. Una de esas fugaces visitas por sorpresa que tanto le gustan…

Estaba enfrascada en la lectura de una demanda que debía contestar, absorta en la disección fáctica y jurídica que la fundamentaba cuando unos golpecitos en el cristal han terminado sacándome de mi ensimismamiento, entre las persianillas y el vinilo he conseguido atisbar el rostro sonriente de Lola. Mi amiga de la infancia. Le he hecho un gesto invitándola a pasar mientras me levantaba para abrirle la puerta. Un par de sonoros besos y algunos efusivos abrazos después nos encontrábamos sentadas cómodamente, una al lado de la otra.

-          “Tengo que contarte algo muy importante” – me ha disparado a bocajarro. Me esperaba cualquier cosa viniendo de ella, claro, y he guardado un absoluto mutismo como índice de que esperaba ávidamente a que me transmitiera qué era eso tan trascendente que había venido a decirme.

-          “Sabes que llevo tiempo, demasiado quizás, dejándome llevar por la rutina Siento que me asfixio y que me puede el aburrimiento, todos, absolutamente todos, los días son iguales, grises y monótonos… estoy empezando a pensar que esa apatía me anquilosa…”

Lola, desde que a los cuatro años decidió que era así como se llamaba y no Alejandra, siempre ha sido una persona inquieta y muy activa, supongo que en su concepción de vida no cabe el estatismo y jamás ha sido capaz de hacer, durante más de un tiempo razonable, lo mismo, ha viajado por medio mundo, ha trabajado en infinidad de actividades, pero Lola es así, dice que, como Ulises, navega en su personal odisea hacia Ítaca y que ese viaje finalizará cuando entreguen sus cenizas al familiar más próximo, y no es que sea alguien macabro – que en modo alguno lo es -, es que Lola es así: muy Lola.

-          “Así que… he decidido que me vendrá bien un cambio de aires… - ha sonreído enigmática y yo, por mi parte, he imaginado que se trasladaba al campo, donde tiene esa especie de exótico huerto donde cultiva las plantas a las que, a su muy libre antojo, le atribuye tal o cual efecto sanador, como ya sabéis por habéroslo participado en algunos de mis posts anteriores, he pensado que, en el fondo y dada su riqueza interior, sería feliz siguiendo una vida de eremita, pero unos instantes después supe que me equivocaba – ¡me voy a Tamiahua!, ha soltado de repente.

-          “¿Qué te vas a dónde…?” – casi le he gritado -.

-          “Tamiahua… verás, es un pequeño pueblo pesquero de Veracruz, en México”.

-          “Ah…”, en mi cabeza empezaban a tomar forma las miles de posibilidades por las que Lola había decidido, tan repentinamente, irse a un pueblo pesquero de México, se me ha ocurrido que hubiera conocido a alguien interesante por internet, que hubiera decidido establecerse allí temporalmente para estudiar la flora mexicana o que, incluso, hubiese aceptado una oferta de empleo, no obstante, y como no quería desilusionarla, le he preguntado, intentando imprimir un tono serio a la cuestión, con sincero interés - ¿Qué vas a hacer allí?, no sé…¿tienes pensado que sea por mucho tiempo… conoces a alguien…?

Y aunque, como digo, Lola ha formado parte importante de mi existencia desde que tengo recuerdos y sé que no debería sorprenderme absolutamente ninguna de sus decisiones, aún sigo atónita por la explicación que me ha dado:

-          “Necesitaba comprar tomates para una ensalada y esta mañana he ido temprano al mercado, iba distraída mirando los puestos cuando al pasar por una pescadería he visto una langosta preciosa: brillante y roja, me he acercado como atraída por un imán y al posar mi mano en su caparazón, he oído el mensaje: DEBES SALVAR A LAS LANGOSTAS, me ha dicho mirándome con esos ojillos negros lastimeros y, sinceramente, no he podido negarme, evidentemente, la he comprado y me la he llevado a casa, salvándola de una muerte segura, escalfada en algún caldero de agua hirviendo… Está bien, está bien, Ingrid está bien – se ha apresurado a tranquilizarme, al confundir, probablemente, mi gesto de estupor con el de preocupación -, está en la bañera y hemos tenido una larga charla, así que finalmente hemos decidido que viajaremos a Tamiahua y allí, las dos, crearemos un HOGAR PARA LANGOSTAS… hemos pensado ya hasta el nombre “LA CASA DE LOLA E INGRID – LAS LANGOSTAS SON Y SERÁN SIEMPRE BIEN RECIBIDAS EN NUESTRO HOGAR”. Por cierto, nos vamos mañana… “  - ha sentenciado a continuación poniendo punto y final –

Sé que no debería haberme impresionado ni su decisión, ni las razones que la han llevado a adoptarla, pero llevo sumida en el asombro desde entonces. Lola se ha levantado, pidiéndome que le deseara toda la suerte del mundo, me ha abrazado muy fuerte y se ha ido. Me he sentado, consternada, nuevamente ante el ordenador y sólo me ha vuelto a sacar de ese estado de abstracción en el que me ha dejado, cuando inopinadamente ha vuelto a abrir la puerta para preguntarme:

-          “¿Crees que podré llevar en cabina a Ingrid o me obligarán a que vaya en la bodega?”, sin esperar mi respuesta ha vuelto a desaparecer, afortunadamente, porque he de reconocer que desconozco las normas de las Compañías Aéreas en relación al “animal de compañía langosta”. Supongo que, dentro de unos días, recibiré algún e-mail o puede que, por ese sentido de un añejo romanticismo decimonónico que imbuye todo lo relacionado con Lola, reciba una postal de un precioso pueblo a orillas del Pacífico con un matasellos de Veracruz – México. No lo sé… la verdad es que no lo sé, tendremos que esperar.

Ya os contaré…


Ha sido, tras su marcha hace un rato, cuando, una vez más, me ha venido a la mente esa frase de Paulo Coelho que Lola repite como un mantra: “DEJA DE PENSAR EN LA VIDA Y RESUÉLVETE A VIVIRLA”. Me parece una buena filosofía vital ésta, la de mi amiga Lola.

viernes, 22 de abril de 2016

La invasión de los bárbaros famélicos.



En estos tiempos convulsos en los que, durante tres meses, no han sido capaces de ponerse de acuerdo, nuestros representantes, para formar un Gobierno estable, cumpliendo así el democrático mandato conferido por sus votantes. En estos tiempos revueltos en los que asistimos impertérritos a la animalización del ser humano: unos, muyahidines enviados de Allah, destruyendo tesoros arqueológicos a cuenta de una Guerra Santa, otros, bañando a sus hijos en charcos de un barro frío mientras, en su desesperada huida hacia ninguna parte, se hacinan suplicando se les dispense la dignidad que es claro, Europa se niega a otorgarles.

Me pregunto quien divide Oriente y Occidente trazando esa imaginaria línea cultural, que considera a quienes nacieron en el primero, unos ‘bárbaros’ y confiriendo a quienes tuvimos la suerte, accidental, de nacer en la “cuna de la civilización”, una superioridad que, a la vista está, no detentamos: ¿Quién permanece impasible ante la miseria de miles de seres asustados, ateridos de frío y flagelados por el hambre y el horror?, sin duda, aquí, en el ilustrado Occidente, no faltaría el filántropo de turno que respondiera sin dudar: “Sólo un bárbaro”…

Bárbaros. Es, en lo que indefectiblemente, nos hemos convertido: unos bárbaros. ¿Qué nos diferencia, a los “civilizados” moradores de la Europa del siglo XXI de aquellos otros que no pertenecían al Imperio Romano?, pueblos que, lejos de la sofisticación de la refinada Roma, no ofrecían otra cosa que costumbres “deshumanizadas”, adorando enormes monolitos donde esculpían un sinfín de símbolos extraños y practicando ciertas conductas que eran total y absolutamente reprobadas por la flor y nata del Senado Romano, una elevada intelectualidad que no alcanzaba a comprender no obstante y, por tanto, denostaba todo lo que pudiera contravenir la férrea organización política, ególatra y narcisista de un arte y una oratoria que los situaba en la cúspide de una pirámide fuera de la cual no había nada, sólo barbarie.

Mientras en Occidente, vamos acusando los estragos del sedentarismo sufriendo serios problemas de salud, hay quien intenta escapar de Oriente pagando, con frecuencia, un elevado precio por esa fuga que sólo persigue un Dorado: la opción de vivir fuera de la miseria. Mientras nuestros representantes, aquí, negocian y fijas las cuotas de asilados, los suyos, allí, se erigen en vanguardistas sátrapas, convirtiendo las vidas humanas en rentas y réditos. Nuestros niños aquí, tienen más de lo que necesitan, los suyos allí – o en esa tierra de nadie donde los mantienen en un régimen estabular – juegan entre el lodo; los nuestros sufren depresión infantil por cualquier carencia superflua de lo último que anuncian en televisión, los suyos, allí, no pierden la sonrisa mientras esperan pacientemente, un día y otro, a que Occidente les permita tener sólo unas migajas de la dignidad que les es negada.

Bárbaros… sólo son eso: unos bárbaros…

Y nos rasgamos las vestiduras: la gente civilizada, en Occidente, ha de mostrarse contraria a cualquier tipo de discriminación ya sea por razón de raza, sexo, ideología o religión; nos erigimos en paladines de la justicia y es cuando, con la mano en el pecho, condenamos el apartheid, el holocausto y los regímenes totalitarios.

Bárbaros… son sólo eso, unos pobres bárbaros y mientras, aquí, jugamos a ser Dios y decidimos quien sí y quien no es merecedor de tener la mínima posibilidad de tener una vida mejor, dejando claro que siempre serán ciudadanos de segunda: un refugiado, un asilado, un apátrida, un número de una cuota, alguien que “estará de prestado” y ello, claro, gracias a la desinteresada generosidad de los occidentales, de los superiores, de los privilegiados.

Bárbaros… les decimos, cuando nosotros sólo somos eso, unos pobres bárbaros que tememos una nueva invasión: la de los bárbaros famélicos del Oriente…

"Occidente parece inclinarse a unas formas de aislamiento creciente y egoísta"

(Karol Józef Wojtyła – San Juan Pablo II)

jueves, 18 de febrero de 2016

Imagina que creamos GRX IMAGINA.





Quienes me conocen saben de mi afición a las manualidades, al dibujo, a la caligrafía artística, a la decoración de espacios y, sobre todo, conocen mi capacidad creativa, así que supongo que, para mis amigos, no ha sido una gran sorpresa el nuevo proyecto en el que me he embarcado. Llevo años decorando y organizando fiestas, ya fueran infantiles o no, de carnaval, de Halloween, de cumpleaños, incluso, de Comunión. He encontrado en esa “creatividad” un modo de relajarme y, ciertamente, no se me da nada mal. Así que y por sugerencia expresa de mi compañera de viaje en esta aventura hemos creado GRX IMAGINA, una empresa dedicada a la organización y decoración de eventos. Hoy, al recordar como surgió, no puedo por menos que rememorar aquél espléndido atardecer en una isla del Mediterráneo, cuando el sol se ponía tras el horizonte de un plateado mar en calma, acariciando tímidamente, con sus últimos rayos, la Ciudad del Silencio: M’dina…

Las vistas desde aquella terraza eran espectaculares. Nos encontrábamos, en las postrimerías del día, disfrutando del descanso que nos brindaba el asueto que, necesariamente, sucede a una jornada de turismo. Después de haber visitado La Valeta, decidimos dirigir nuestros pasos hacia aquella población de callejuelas empedradas cargadas de historia. En mi mente se sucedían imágenes de Caballeros de la Orden deambulando por aquél angosto laberinto, mientras mi mirada vagaba de una iglesia a otra, la mayoría de planta octogonal. El camarero acaba de dejar sobre la mesa las bebidas que poco antes le habíamos solicitado y nos encontrábamos absortas en la visión que se nos presentaba ante los ojos, una de las más bellas que haya podido, jamás, presenciar. No sé por qué me acordé en aquél preciso instante en la fiesta que habíamos celebrado unos días antes: un cumpleaños infantil temático, de El Capitán América, superhéroe favorito de uno de mis sobrinos pequeños, desconozco el motivo pero lo cierto es que me sorprendí al escuchar mi propia voz verbalizando aquél recuerdo y fue así como dio inicio una, entonces aún no era consciente, fructífera conversación cuyo culmen ha sido GRX IMAGINA.

Entre risas, recordamos la cara de Gonzalo cuando, sin esperarlo, se topó con toda aquella decoración que habíamos preparado en secreto para celebrar su cuarto cumpleaños, fue inevitable la carcajada al rememorar a un niño rubio, de enormes ojos castaños, saltando alrededor de la mesa al grito de “¡bien, bien, bien que fiestón de 'superheure'!”… aquellos recuerdos nos llevaron a otros que, en un orden cronológico inverso, se fueron sucediendo: el cumple de Mickey, un bautizo muy especial, otro cumpleaños de Frozen, la Comunión de las Monsters High, aquél otro de Peppa Pig, la celebración de los 40 de mi hermana, luego de mi cuñado… Es reconfortante e infinitamente gratificante ver la cara de felicidad, la sonrisa, amplia y sincera que se pinta en el rostro de alguien como consecuencia de lo que ideo y materializo luego. Se lo dije, entonces, a Patricia: “Cuando veo la cara de la persona a quien se dedica la celebración, me siento feliz… Es increíble cuánta felicidad puedes provocar en alguien con tan poco…”. Me miró y tras unos segundos entrecerrando los ojos, en ese gesto suyo tan particular, me dijo: - “Hagámoslo”, me desconcertó: -“¿Que hagamos qué exactamente?” le pregunté confusa, pues, aunque solemos entendernos a la perfección por conocernos desde hace más de veinte años, con frecuencia, sus propuestas y ocurrencias me asaltan totalmente desprevenida, no suele exteriorizar sus pensamientos hasta que los mismos no han tomado forma, algo que es antagónico a mi forma de ser, pues a mí me ayuda expresarlos como el medio más efectivo de ir componiéndolos. “Tienes las ideas, la imaginación y la habilidad… yo tengo la capacidad de organización y… sobre todo… la PACIENCIA…” e hizo hincapié en esto último, siendo ambas plenamente conocedoras de que precisamente, ser tan distintas es lo que nos hace ser el tándem perfecto en cada uno de los proyectos que acometemos, algo así como el mutuo complemento de los déficits de la otra. No lo dudé: “- Imagina que creamos GRX IMAGINA”…

Y así fue como, al final de un día de enero en Malta, en una terraza con vistas a un mar Mediterráneo que se iba oscureciendo entre reflejos irisados de un atardecer naranja, se gestó lo que ha terminado convirtiéndose en un nuevo proyecto cargado de ilusión e ideas y que responde, únicamente, a contribuir en la medida de nuestras posibilidades a hacer a la gente un poquito más feliz.

“El mundo es una cadena de un eslabón tras otro”, reza un viejo proverbio maltés y, efectivamente, así debe ser, aún no consigo explicarme cómo de un viaje pudo salir lo que, finalmente, hoy ya es una realidad. Para mí “imagina que creamos GRX IMAGINA”, siempre estará unido, extrañamente, a una preciosa puesta de sol bañada por el Mediterráneo, con los sabores de las especias y el aroma del vino tinto…


Podéis visitar nuestra página de Facebook https://www.facebook.com/grximagina/?ref=hl

lunes, 14 de diciembre de 2015

Confesiones de una asesina: "Yo maté al Gordo".



El aire, diáfano, gravitaba perfumado por el aroma de una lluvia que, a intervalos rabiosos, se había derramado durante toda esa tarde de un cielo encapotado y plomizo. El horizonte empezaba a emborronarse con el tono violeta oscuro de la caída de las tardes lluviosas de invierno y apenas si empezaban a encenderse las primeras farolas, arrojando lechosos haces que se reflejaban en los numerosos charcos diseminados a lo largo de la acera.

Los pasos resonaban sobre el pavimento mojado, emitiendo un sonido casi metálico: el de las pisadas presurosas del único viandante que se podía ver en la calle desierta y silenciosa a aquella hora. Aspiré con fuerza inundando  mis pulmones de una dolorosa y gélida sensación y me subí el cuello del abrigo en un intento de paliar el frío que penetraba la ropa clavándose en el tuétano de los huesos.

Miré el reloj, aún faltaban diez minutos y para aplacar el nerviosismo, me encendí un pitillo. Me embargaba esa sensación hormigueante que, en ocasiones, paraliza y en otras te obliga a emprender la huida sin conocer, con certeza, tu destino. Intenté serenarme, alentándome con la esperanza de que, en poco menos de un cuarto de hora, todo habría terminado, me convencí de que un acto individual de valentía pondría fin al silente sufrimiento de tantas otras personas que, quizás, no reunían el valor, pero anhelaban secretamente el final que le esperaba a aquél viejo despiadado y usurpador de costumbres ancestrales.

Introduje la mano derecha en el bolsillo y noté el frío tacto del metal, deslicé los dedos hacia las cachas de marfil y sujeté con fuerza el revólver. Según el chivatazo, el Gordo, aparecería poco después de las ocho de la tarde para introducirse en el bajo de aquella destartalada casa donde, se decía, tenía instalado el taller clandestino en el que trabajaba infatigablemente durante las noches, en la semipenumbra – me imaginaba – de un sótano pestilente y enmohecido por la herrumbrosa humedad de las paredes.

Me sobresaltó el triste maullido, quejumbroso y ronco, de un gato empapado, de pelaje deslucido y manchado de barro que clavaba sus ojos en mí como mendigando una caricia o quizás, algo de comida, elevó el lomo e intentó frotarse contra mi pierna, lo espanté de un puntapié y fijé mi atención en la esquina de la calle peatonal por donde, de ser cierta la información, aparecería en breve el Gordo, ajeno al fin que le aguardaba. El frío empezaba a calar el grueso abrigo, la humedad del ambiente entumecía mis brazos e, inconscientemente, empecé a alternar el peso de mi cuerpo sobre una y otra pierna. La sensación de tener un tremendo agujero en el estómago fue aumentando, ascendiendo de él una quemazón que atenazaba mi garganta. Arrojé el cigarrillo y me apresté a esperar la inminente llegada de aquél desgraciado. El tañido metálico de las campanas de algún reloj cercano, anunció, de ocho cansinos aldabonazos, el preludio del fin de mi espera. Elevé la vista hacia la mortecina farola que derramaba, entre un chisporroteo eléctrico, un tenue rayo de luz que, sin embargo, sería suficiente para dejar al descubierto mi identidad. Busqué con la mirada hasta encontrar una pequeña piedra, blanca y fuera de lugar en pleno acerado, me agaché para cogerla y la arrojé contra la bombilla que se hizo añicos, cayendo en fragmentos, a continuación, sobre el pavimento. El ruido, aunque ligero, me pareció un descomunal estallido en el silencio algodonoso de la calle solitaria. Me estreché contra la pared, mientras me aseguraba de que el cristal, al romperse, no hubiera alertado a ningún curioso. La confirmación no se hizo esperar: no hubo ruido de persianas ni de ventanas abriéndose. Todo permanecía en absoluto silencio y tranquilidad. Me encontraba al abrigo de indiscretas miradas que pudieran ser testigos de mi presencia, aquella tarde, junto al destartalo inmueble, cuya pintura desconchada, albergaba la causa de todos los males que nos asolaban desde hacía algunos años. Apreté los dientes y entorné los ojos. El Gordo acababa de aparecer tras la esquina, su presencia, imponente, destilaba cierta seguridad, un andar pausado pero majestuoso, bajo una gorra de cuadros escoceses, su nívea barba; se pertrechaba en una gabardina a punto de estallar en las costuras laterales, el cinturón se tensaba bajo su enorme barriga. Calzaba botas de suela de goma que emitían un desagradable chirrido al adherirse, a cada paso, sobre las baldosas y que delataban su llegada. Se fue aproximando sin ser consciente de que le aguardaba, ciertamente, su fin. Me pareció escucharle un alegre silbido que identifiqué con alguna melodía navideña típica de los países escandinavos. Comencé a caminar en su dirección mientras empuñaba el arma que inopinadamente saqué de mi bolsillo cuando me encontraba a escasos pasos de él: ¡¡BANG, BANG…!!... Dos detonaciones y la mirada glauca del Gordo clavándose en la mía, un rostro barbudo y congestionado se contraía en una mueca de sorpresa mientras llevaba sus manos al pecho, donde empezaba a extenderse una pastosa mancha de un brillante color rojo oscuro. Se oyó un golpe seco, el del cuerpo inerme al desplomarse y luego unos tacones alejándose del cadáver en plena calle peatonal. Los míos. Sólo al llegar a la Plaza me di cuenta de que había empezado a llover nuevamente, miré hacia atrás, donde ya sólo se percibía un bulto e imaginé que la sangre, diluida por la lluvia, se iba expandiendo alrededor de su colosal anatomía muerta, tiñendo las baldosas bajo aquél cuerpo sin vida.

Respiré profundamente un par de veces hasta serenar mis nervios. El temblor de mis manos fue cediendo paulatinamente, me apresuré en dirección a casa, cruzándome, en aquél laberíntico recorrido de callejas del casco antiguo, con algunas personas en cuyas miradas me pareció descubrir un atisbo de inmensa gratitud, como si supieran lo que acababa de acontecer y me lo agradecieran sinceramente. Introduje la llave en la cerradura y me envolvió, repentinamente, la calidez de la calefacción, me quité el abrigo que arrojé sobre el sofá y me desprendí de los zapatos, mientras con la espalda apoyada contra la pared fui dejándome caer sobre la madera del entarimado, sumiéndome en una placentera sensación de alivio infinito: había matado al Gordo. Sonreí, entonces, feliz.

Me encontraba inmersa en una duermevela inducida por la descarga de la tensión sufrida un rato antes, teniendo en la mente la única visión de un rostro tumefacto, cuyos ojos azules parecían salirse de las cuencas tras impactar contra su pecho el segundo de los proyectiles. La imagen se repetía cíclica e indefectiblemente, como a cámara lenta… Me sacó de aquél trance, cuya duración aún hoy no puedo precisar, el aviso del Smartphone, cuya luz led parpadeaba cuando, tras percatarme de la vibración en el bolsillo de atrás de los vaqueros, lo extraje para comprobar el mensaje recibido:

“ÚLTIMA HORA: Encuentran muerto a Santa Claus en la puerta de su taller de juguetes. Se sospecha que haya podido ser obra de alguna facción radical partidaria de Sus Altezas Reales los Reyes Magos de Oriente. Seguiremos informando”.

Sonreí, una vez más, satisfecha. La noticia ya había corrido como la pólvora y tenía el convencimiento de que miles de personas – adultos y niños – celebraban, en sus hogares, mi crimen como la más absoluta de las liberaciones de aquél yugo impuesto. Me levanté y entré en la cocina para prepararme un chocolate caliente. Unos minutos después, paladeando el espeso cacao, me dispuse a escribir una misiva:

“Queridos Reyes Magos:
Este año, sé que os consta, soy merecedora por derecho propio de vuestra mayor generosidad y gratitud. Así que, conocedora de que no os podréis negar, desearía la totalidad de los artículos que paso a detallaros en esta minuciosa lista:
… (...)...
Fdo. La Asesina del Gordo”.




martes, 1 de diciembre de 2015

El disputado voto del Sr. Cayo y otros nuevos viejos usos

Por Carmen Millán Cerceda
Miro las dos caras de la misma moneda: la de una generación perdida. Un joven querubín limpísimo, casi almidonado, y su contrapunto: la casposa, desmañada y diabólica imagen del ángel caído. Ambos blandiendo el estandarte de su propia “regeneración” con consignas que recuerdan más a la vieja y rancia política que a ese pretendido “descubrimiento de la pólvora” que ambos reivindican como logro propio. Uno, aturullándose en un discurso acelerado y carente de pausas, bien memorizado y estudiado, el otro, incendiando con soflamas jacobinas a una, cada vez más, dispersa marea indignada que se diluye a modo del vaticinio de un “batacazo electoral anunciado”.
Y están los cachorros de uno y otro bando, pues los mayores han declinado el enfrentamiento dialéctico a cuatro bandas, en fiera pugna, sintiéndose los delfines del casi extinto bipartidismo. Los escucho a los dos, uno, guiado por una tierna y cándida bisoñez, el otro, inflamado por la ira que dejó de corromper las entrañas de la sociedad española hace más de cincuenta años. Un soñador frente a un resentido. Ambos postulándose como único mesías de una salvación que, sabemos ya, no va a llegar. Inexpertos e incapaces, uno por ingenuo y otro por atávico, ninguno está preparado para asumir la responsabilidad del gobierno de este maltrecho estado nuestro.
Llevo un rato escuchando las diatribas que tienen lugar en el escenario de la Carlos III, una estructurada cadena de opiniones que, en un turno prestablecido y tácitamente acatado por ambos contendientes, provocan aplausos ante una y otra intervención. Decido que me aburren, me aburre el discurso, manido, de ambos, por más vanguardia que intenten imprimir a sus palabras, no dejan de ser sino los meritorios herederos de la añeja bipolaridad de siempre, la de toda la vida, agravada por la osadía del que carece de experiencia. No, no me convencen, uno por pluscuamperfecto, el otro por encontrarse ideológicamente en mis antípodas, tampoco éstos se harán merecedores de mi encomienda, son más de lo mismo y acabarán convirtiéndose, precisamente, en aquello que ambos – por razones muy distintas – denostan.
Y es cuando se me vienen a la memoria aquellas magistrales líneas de Delibes:
“La voz de Rafa se fue haciendo, progresivamente, más cálida, hasta alcanzar un tono mitinesco:
- Ahora es un problema de opciones, ¿me entiende?. Hay partidos para todos y usted debe votar la opción que más le convenza. Nosotros, por ejemplo. Nosotros aspiramos a redimir el proletariado, al campesino. Mis amigos son los candidatos de una opción, la opción del pueblo, la opción de los pobres, así de fácil. El señor Cayo le observaba con concentrada atención, como si asistiera a un espectáculo, con una chispita de perplejidad en la mirada. Dijo tímidamente:
-Pero yo no soy pobre”.
Y sintiéndome, hoy más que nunca, como aquél hombre, taciturno y tozudo, de un recóndito pueblo montañoso, digo que yo ya no estoy para más tonterías: ni de los de antes, ni de los que se presentan ahora como moderna opción al defenestrado arte de la altruista política y como florido precedente a desconectarme de la emisión online del debate que tiene lugar, les dirijo la misma tímida respuesta “Pero yo no soy pobre” y me refiero a esa pobreza intelectual que lo mismo aboca al “indigente” a la apatía política que a la radicalidad. Dejo a los “niños” jugar, mientras tengo la absoluta certeza de que sus “mayores” los miran desde una pretendida superioridad pero con la tranquilidad que les confiere saber que tienen ya dignos sucesores en este “Juego de Tronos”.
- “Pero, tal como se explica, señor Cayo, usted aquí ni pun. Así se hunda el mundo, usted ni se entera.
- ¡Too! Y ¿qué quiere que haga yo si el mundo se hunde?”.
(De El disputado voto del señor Cayo – Miguel Delibes).

Publicado en El Español 1/12/2015 http://www.elespanol.com/blog_del_suscriptor/20151130/83311671_7.html

lunes, 30 de noviembre de 2015

La curiosidad mató al gato que, en realidad, no quería saber.


Creo, sinceramente, que las redes sociales y esa creciente adicción que todos, sálvese el que pueda, presentamos a la hora de hacer partícipe a aquél que tenga el menor interés en nuestra existencia, o bien se vea abocado por el tedioso aburrimiento a hurgar en los perfiles ajenos, nos expone excesivamente. Ya sea porque el “exhibicionista” en cuestión quiera, en un momento de exaltación, compartir su felicidad, ya porque pretenda alardear de placeres y lujos vetados a la gran generalidad o porque, como digo, en ocasiones, los adictos pierden la consciencia del alcance de sus actos, lo cierto es que nos encontramos ante una absoluta pérdida de privacidad.
Yo no lo critico, entiendo que cada cuál es muy dueño de publicitar lo que le dé su realísima gana que para eso están las herramientas paliativas o el útil bloqueo a usuarios molestos, pero ocurre que, con frecuencia, ciertos seres presentan una acuciada y casi enfermiza tendencia a interesarse por las vidas ajenas que si, en su día, ya los hicieron insufribles y soporíferos, andado el tiempo, los terminan convirtiendo en la más empalagosa pesadilla, como ese inoportuno chicle que se adhiere a la suela del zapato provocando un fastidio momentáneo pese a la insignificancia de lo que, en esencia, constituye: un trozo desechado, descolorido e insípido, de goma de mascar esputado sobre el acerado…

Es increíble la pertinaz insistencia de seres que, una vez expulsados de tu vida, presentan un comportamiento histriónico y obstinadamente enfermizo a seguir formando parte de ella. Ocurre además, siendo algo característico y común a estos individuos, que su curiosidad les lleva a ocupar su miserable tiempo en indagar en las vidas ajenas, lo que indefectiblemente, les supone el inevitable bloqueo en redes sociales, pues no resulta apetecible y menos aún agradable, encontrarte la jeta  del interfecto/-a como “sugerencia de amigo/-a” o bien como “usuario que ha visualizado tu perfil”, provocándote una profunda basca la mera visión ya de un rostro estólido de bobalicona sonrisa que, en algún momento anterior, te ha saturado hasta la extenuación, acechando ahora tu privacidad, al intentar arañar algunos datos de tu vida que bien corroboren o refuten la que su retorcida y calenturienta mente ha inventado. A mí me ha ocurrido – supongo que como a la generalidad – y es cuando, sin alterar mi actitud de solazada pasividad absoluta, dedico sólo dos segundos, dos, a desintegrar al murmurador del espacio cibernético, desterrándolo a ese limbo de los bloqueados donde purga sus pecados de incontinencia verbal y curiosidad malsana que le otorgaran, en su día, el título de persona tóxica.

Por más que lo intento no termino de entender qué espuria intencionalidad puede mover a alguien a quien ignoras a mantener esa imperturbable tozudez por saber… Saber de tu vida, de tus asuntos, de si escribes o no escribes, arrogándose, en este último supuesto, una importancia de la que, es obvio, carece, al encontrarse reflejado en algunos de los relatos, o pensar, con tan gran susceptibilidad como petulancia por su parte, que le estás dedicando unas líneas en la publicación.

Me viene ahora a la cabeza el refrán de “La curiosidad mató al gato…”, supongo que, para este tipo de personas, la justificación viene dada por el complemento de una segunda parte “… pero al menos murió sabiendo”, deben pensar sin duda, y es cuando me pregunto si realmente quieren saber, porque puede ocurrir que descubran algo que no les gustaría conocer, pues interesadas, como demuestran estar en esas existencias ajenas, suelen desatender las propias, por funestas o monótonas, encontrándose de este modo, inopinadamente, con algún episodio – vergonzoso o vergonzante – que desconocían pero que les atañe muy directamente y que, hasta ese preciso instante, se les mantenía en la más absoluta ignorancia, ocupadas y preocupadas por las existencias foráneas, terminan con ello topándose, así, con la cara oculta de sus propias miserias, justa penalidad al culpable de fisgoneo al constituir, de manera natural, el más efectivo óbice para continuar fijando su atención y su lengua en el parroquiano que vive ajeno a esa vacía existencia, letárgica y triste, del indiscreto calumniador.

Y es de donde, tengo el convencimiento, se extrae la mayor moraleja: “Zapatero, a tus zapatos” cuya lectura no puede ser otra que la de “dedícate a lo tuyo que tú bastante tienes, no sea que por intentar espiar a través del ojo de la cerradura, vayas a presenciar lo que no quisieras conocer”.

Y así es, amigos lectores, como el tiempo, sabio y justo, termina poniendo las cosas en su exacto sitio, cribando y separando la mies y el grano, pues de justicia es ocupar el lugar que, legítimamente, a cada quien pertenece y, en eso, el tiempo tiene experiencia.



“Hasta la curiosidad y el espanto terminan por cansarse” (F. Nietzsche)

lunes, 23 de noviembre de 2015

El Llanto de las Quimeras.











Es una noche clara de otoño, las siluetas de la Torre Eiffel y del Sacre Coeur se recortan, imponentes, sobre el cielo despejado. El bullicio de la vida nocturna asciende en un rumor amortiguado que embellece, aún más, la ciudad iluminada. El olor de las brasseries invade las calles, especialmente animadas este viernes. Me pierdo en la visión de los alegres jóvenes arremolinados a las puertas de un restaurante de comida rápida, bromean y ríen despreocupados. Más allá, las mesas en la terraza de Le Carrillon, todas ocupadas, me detengo unos minutos, un matrimonio de edad mediana comparte lo que parece ser una amena cena, miran sonrientes el móvil, comentan las fotos de sus nietos que la hija acaba de enviarles por WhatsApp, felicitándoles por su aniversario de bodas. Reparo en la familia que ocupa la mesa de la esquina: turistas, el padre les traduce a los niños los suculentos platos del Menú causando la risa de los hermanos ante un impostado acento francés, la madre termina de limpiar las manos al más pequeño con una toallita infantil. Se respira tranquilidad. La tranquilidad de las noches parisinas, en el mismo corazón de la ciudad, vestida con los colores del otoño.

Al principio no me percato de las sombras negras que se mueven con sigilo pero con gran rapidez, es, sólo, al escuchar la primera detonación cuando se cierne el fantasma del miedo atenazando mi garganta. Intento gritar, no puedo. Se suceden las deflagraciones durante un intervalo que parece no tener fin. Se hace la más profunda oscuridad, el silencio y luego sólo unas pisadas resonando sobre un frío asfalto ensangrentado, cristales rotos, cuerpos maltrechos y lamentos. Vidas inocentes derramadas a los pies de los pasos presurosos que proclaman la grandeza a Allah mientras se alejan.

La atmósfera, antes fresca y diáfana, se estanca, el olor a pólvora se expande como una nube de muerte sobre París. Sirenas, llanto, miedo… Heridos deambulando sin rumbo en un intento desesperado de escapar al castigo traidor de quienes se dicen “guerreros de Dios”. No puedo moverme, tampoco gritar, fijo mi atención en el niño muerto sobre el charco de sangre en la que se mezcla la de su madre que yace al lado intentando inútilmente protegerlo… Una nueva estampida de personas huyendo hacia ninguna parte. Gritos, desconcierto, sangre y muerte. Terror en la noche parisina, en el mismo corazón de la ciudad, vestida, ahora, con los colores de la muerte.

Lentamente el cielo comienza a tornarse violáceo, sucediéndose entonces una gama de rosas y anaranjados, como en una acuarela atornasolada, mientras se emborrona el horizonte con las diferentes tonalidades que se diluyen sin distinguir límites cromáticos. Amanece sobre París. El día parece resistirse a arrojar luz sobre la ciudad que se despereza aún con el miedo en el rostro demudado. El aroma del café recién hecho hoy está ausente, huele a dolor y a muerte. Miro hacia lo que horas antes constituía un escenario dantesco de cuerpos inermes y ensangrentados convertido ya en un improvisado altar a su memoria. El alba, iluminada por las velas se imbuye del aroma de las flores que arropan la sangre derramada, intentando imponerse al miedo. París empieza a vestirse con los colores que, una vez, enarbolara Marianne, pequeños puntos de luz comienzan a titilar diseminados por toda la ciudad y es cuando la visión se vuelve borrosa por las lágrimas que pugnan por salir, dejando así escapar un sufrimiento contenido. Es el llanto de las Quimeras que se derrama sobre Notre Dame...


''Quiconque tuerait une personne non coupable d'un meurtre ou d'une corruption sur la terre, c'est comme s'il avait tué tous les hommes. Et quiconque lui fait don de la vie, c'est comme s'il faisait don de la vie à tous les hommes'' (Coran 5:32)

Publicado en el Blog de El Español, el 23 de noviembre de 2015  http://www.elespanol.com/blog_del_suscriptor/20151122/81311869_7.html

martes, 10 de noviembre de 2015

Los temporales de otoño.


Os dejo el enlace donde podéis leer el nuevo post publicado en El Blog de El Español, de Pedro J. Ramírez el día 10 de noviembre de 2015. Creo que muy a propósito de la realidad que recientemente vivimos en esta España nuestra.

http://www.elespanol.com/blog_del_suscriptor/20151106/77312279_7.html

martes, 3 de noviembre de 2015

Ácratas en la corte de Dios.

Buenos días, os dejo el link de mi colaboración en el Blog de El Español. Empezaré a alternar publicaciones en Reflexiones de Butaca, con los artículos que vaya publicando en este nuevo periódico digital capitaneado por Pedro J. Ramírez. 

http://www.elespanol.com/blog_del_suscriptor/20151102/76312371_7.html

miércoles, 28 de octubre de 2015

De Don Tancredo a Don Cipote, sobra trecho y falta capote.




A dos meses de las elecciones, ahí andamos entre los disfraces de la importada Halloween, los crisantemos para el cementerio y las compras, luego, navideñas. Y así nos va… algunos vaticinando el batacazo del progre trasnochado que obnubiló a los indignados con sus delirios de grandeza, otros, ansiando que el bienpeinado y lavado jovenzuelo ponga algo de cordura en este corrupto escenario que a su formación, de momento, no le ha salpicado y bien cree, el incauto, que se lo puede permitir, algunos, apoyando a un desgastado heredero de aquél mítico ZP hacedor de las grandes plagas de la era SOE que aún cargamos sobre nuestros maltrechos hombros y el resto, tapándose la nariz para engullir el amargo jarabe de dar su voto al PP que, al menos éstos, llevan a gala el título de “mejores gestores”.

Y, a dos meses de las elecciones, ahí ando yo: entre juicios y señalamientos, plazos y Cursos de formación continuada como Administradora Concursal. Espectadora, sufrida y abnegada, de los Don Tancredos de turno que si no es uno, es otro y si no, los dos, pues vienen a ser lo mismo. Un ejército de incompetentes en la gestión de la res publica. Me pregunto por qué si los profesionales estamos expuestos a reclamaciones de responsabilidad en nuestra actuación, no lo han de estar quienes manejan los designios de millones de españoles, quedando impune no ya su manifiesta ineptitud sino su más absoluta sinvergonzonería a la hora de afanar lo que es de todos, y así nos va, que no puede responder de su negligencia o dolo profesional quien no lo es, pues ésta, su distinguida profesión, queda exenta de responsabilidad: el indolente expolio de los carroñeros que hurgan entre los desechos costillares, magullados y lacerados, en el Cementerio de Elefantes que es lo que se ha terminado convirtiendo la España de siglo XXI. Pues, así habrá de reconocerse, España - la Grande entre las Grandes desde la época de los Trastámara - está condenada a su fenecimiento moral, tras el cual, sin duda, llegará el físico que ya lo dijo Don Ortega y Gasset y necio de aquél que no lo sepa escuchar cuando el hombre hablaba del “particularismo desintegrador”, pues a buen entendedor, ya se sabe que pocas palabras bastan, “una división en dos Españas diferentes, una compuesta por dos o tres regiones ariscas; otra, integrada por el resto, más dócil al poder Central” y seguía este visionario “pues tan pronto como existan un par regiones estatutarias, asistiremos en toda España a una pululación de demandas parejas, las cuales seguirán el tono de las ya concedidas que es más o menos, querámoslo o no, nacionalista, enfermo de particularidades”.

Y siguen los “profesionales de la vergüenza ajena” sacando pecho, en un prestablecido turno de reproches, tácitamente acatado, acusando al contendiente del pútrido pecado que oculta bajo su propia alfombra, que quien no es Don Tancredo ha de ser, irremisiblemente, Don Cipote y la distancia moral que los separa no es sino la de que falta trecho y sobra capote. Y ahí están los Don Tancredo de uno y otro signo, asistiendo impasibles a la desintegración axial paulatina, a modo de esa “Crónica de una muerte anunciada” que diría Don Gabriel, mientras los Don Cipote, se encuentran al acecho pues ya se sabe, como dijo una parlamentaria andaluza, que “los dineros públicos no son de nadie” y deben pensar éstos que mejor ir atribuyéndoles un dueño.

Y a dos meses de las elecciones, los españoles seguimos madrugando para trabajar largas jornadas, ya sea para contribuir al Erario Público de Don Montoro o ya para el pago del diezmo mensual a Don Banco pues, en el fondo, lo mismo nos da que quien desgobierne, sea Don Tancredo o sea Don Cipote, como ya se ha dicho pues, falta trecho y sobra capote.

“Juzgar los hechos amargos con sesgo optimista, equivale a no habernos enterado debidamente de ellos”.

(Ortega y Gasset).

Los rugidos lejanos del león ausente.







A veces la realidad supera a la ficción y ocurre que el absurdo, con frecuencia, no se inventa, simplemente sucede pues no es posible que tamaño dislate pueda tener un único autor intelectual. Estoy disfrutando de mi gin & tonic, tras una comida relajada de esas que, por suerte, aún podemos degustar durante los fines de semana. Es, en esa plácida sobremesa, cuando aprovecha la ocasión este joven, casposo y desmañado, para hacernos, al resto de los españoles, partícipes del especial universo paralelo en el que se ha instalado: “Yo seré Presidente de Gobierno y dentro de dos meses los periódicos de todo el mundo hablarán del Vicepresidente político más joven y brillante de la Europa Occidental” y en un alarde de osadía, dando así un paso más al frente o al abismo que depende de la perspectiva, nos vaticina que también contaremos con la versión patria de Stephen Hawking al postular a Echenique como flamante Ministro de Ciencia.

Sonrío para mis adentros, aquél fiero león antisistema, visionario Mesías prometido de los oprimidos por el malvado padre Estado Capitalista, enardecedor de masas indignadas es, apenas hoy, un pobre gato callejero, desmadejado y pendenciero, la otrora desafiante mirada de la bestia es huidiza, tímida… ausente, ahora. Las hordas que antaño auparon al Profeta se han convertido hoy, una vez más, pues nada nuevo hay bajo el sol, en las sombras que pueblan la cada vez menos concurrida Plaza de La Grève, mientras algunos románticos, habrá de concederles con generosidad, esperan la Coronación del más monstruoso y patético de los pretendientes heréticos a Sumo Papa de los Idiotas. Es el enaltecimiento del Elegido por tan dantesca comitiva.

Pienso en la realidad, en la de la mayoría, y es inevitable el paralelismo que establezco entre esa postura, a la vista está, cada más impostada de la utopía comunista –  amparando el atávico y descarnado radicalismo corrosivo, recalcitrante y supurante de un negro y amargo rencor – que, la Historia se ha encargado de declarar, está abocada al mayor y más estrepitoso de todos los fracasos y la que, por otro lado, mantenemos gran parte de los españoles, lacerados por esta cruenta crisis que nos ha dejado sin todo, menos sin el hambre de superarnos, de seguir en la lucha diaria, no de leones, sino de hormigas, de continuar con ese ritual que da inicio a una hora temprana, cuando el sonido del despertador taladra la oscuridad desgarrando así las entrañas de cada amanecer y nuevamente volvemos al trabajo, heroico y abnegado, por recomponer esta quebrantada y, paulatinamente, más invertebrada España nuestra. Defraudados pero esperanzados y postulando el esfuerzo, única renta universal, para el anhelado bienestar común.

Y es entonces cuando nuevamente percibimos, en la soledad del silencio de nuestra propia conciencia, los rugidos… Esos rugidos lejanos, los del león ausente.

“El vicio inherente al capitalismo es el desigual reparto de bienes.
 La virtud inherente al comunismo es el equitativo reparto de miseria”.

(W. Churchill)

martes, 8 de septiembre de 2015

Cantares Celtas.





Desconozco cuando comenzó mi personal idilio con Galicia. Supongo que fue en algún lejano momento durante aquellas cálidas y largas tardes de verano que mi abuelo dedicaba a hablarnos, durante el tedio que sucede a la comida, de nuestros orígenes, de la cuna de nuestro apellido, de frondosos bosques y de la lluvia ligera que les regala el peculiar color esmeralda intenso, de leyendas y construcciones de piedra… de Betanzos. Así, creo, es como me fui enamorando de Galicia, a través del recuerdo y de los ojos de Víctor.
Desde entonces, siempre se ha cernido sobre mí la sombra de las meigas, de los hórreos y de ese Camiño en pos de la estela del Santo que, en las noches despejadas, cruza el firmamento de este a oeste guiando los cansados pasos del peregrino.
A veces me sorprendo en ensoñaciones, permanezco en pie sobre un agreste acantilado que cae a un profundo mar plomizo, más allá del cuál no hay nada, es el punto en el que el sol se sumerge inflamando en llamas un horizonte al compás del llanto solitario de una gaita. Es… Finis Terrae…


        Empieza a atardecer. La atmósfera es diáfana y el ambiente fresco. Huele a tierra mojada. Estoy reclinada, meciéndome con el leve balanceo del columpio del porche mientras dejo que las últimas luces del día me arrastren por los laberintos de mi memoria hacia aquellas leyendas de meigas y bosques encantados de mi infancia. Hace tiempo que ha dado inicio una fina lluvia, casi imperceptible, que cae de un cielo encapotado, arrancando un crujiente repiqueteo a la frondosa vegetación del enorme jardín que se extiende hacia la orilla del río que, intuyo, fluye tranquilo y cristalino tras la arboleda y el enorme parterre de hortensias que configura sus límites.

            Me gusta ver atardecer. Es una sensación de placentera calma, observar cómo se adormece el día con el inicio de esa especial sinfonía de los sonidos nocturnos, el autillo acompaña, hoy, el canto del agua que discurre por el cauce del río hasta alcanzar el atlántico, en aquél punto que, la leyenda y las numerosas catástrofes de navegación, dieron en llamar A Costa da Morte…

         Imagino, no sé por qué me viene ahora a la mente, cómo serían las últimas horas de la tripulación del Serpent, aquella fatídica noche del 10 de noviembre de 1890, en fiera lucha contra un embravecido mar, la tormenta arreciando y una lluvia pertinaz mitigando, a violentas rachas, el miedo, exhalado junto con una respiración entrecortada, de los tripulantes del navío hasta que finalmente, un grito desgarrador partiera en dos la oscuridad de tan aciaga noche: “¡Sálvese quien pueda!”. Tras el ensordecedor estruendo originado por la fractura de la nave que zozobra inevitablemente.

             Oscuridad… sólo oscuridad y el agua gélida engullendo, con fiereza, a aquellos marinos que luego expulsa contra los arrecifes, cerca de Camariñas. Cuerpos rotos, marionetas inertes vapuleadas en un impasible mar de anhelos y recuerdos de aquellos a quienes ya no verán. Saciando así el hambre de muerte de aquella costa. Ojos vitriólicos, sin alma, vacíos, mirando, sin ver ya, la cercana ensenada que los acogerá por la eternidad en el, llamado, Cementerio de los Ingleses.

            Imagino, también, cómo sería el posterior amanecer, calmo, luminoso y nítido. Esperanzador, tras aquella terrible tempestad. Una superficie plateada por los destellos del alba, despejada, cristalina… Sosiego. De la destrucción termina naciendo, siempre, belleza y aquél mar enfurecido que se tragó a los hombres, devuelve ahora sus cuerpos sin vida a la playa, queda y silentemente, parece arrullarlos con ternura, hasta que los deposita, finalmente, sobre la arena, con mimo, como pidiéndoles perdón, y les regala, entonces, la más bella visión: la salida del sol, una fría mañana de noviembre sobre un mar que, al igual que quita, regala vida… en una costa bautizada De la Muerte…


        Vuelvo a la realidad. Al momento, exacto y cierto, en el que me encuentro. La lluvia continúa acariciando la vegetación, cimbreándola, pertinaz pero sutilmente, impregnando mi alrededor del refrescante aroma de las hortensias mojadas que pronto se funde con el de la madera. La luz, lechosa y blanquecina, del día se va extinguiendo y se dibuja, ante mí, la visión imaginaria de una antigua locomotora a vapor, expeliendo una densa fumata azulada que asciende, en volutas, hacia un cielo grisáceo y encapotado, que anuncia el crepúsculo del día. Atraviesa un alto puente de piedra, con su paso cansino, de traqueteo metálico, chirriando sobre los carriles, mientras un niño pequeño, rubio, fija sus grandes ojos en la máquina y saluda su paso, levantando una mano regordeta. Maravillado por aquél paisaje de altos castaños y robles sobre una tupida alfombra, verde intenso, de tojos y brezos, tan distinto al del sitio donde él nació, al sur, muy al sur, “en el otro extremo de España” como su padre, aquél militar de semblante serio y enorme mostacho, oriundo de Betanzos, definía la tierra a la que fue destinado para cumplir con su deber…
 
          Esa imagen me viene, con frecuencia, a la mente cuando pienso en Galicia, es una fotografía color sepia que, de modo recurrente, aparece. Siempre una antigua locomotora, siempre un puente de piedra, siempre un frondoso bosque de altos árboles y siempre, un niño de pelo claro cuyas facciones me resultan extrañamente familiares y cercanas.



          Me cubro con la manta que me envuelve mientras me entrego, con las últimas luces del día, a ese reconfortante encuentro con mis Cantares Celtas… Canción da miña terra galega...






“Mientras más existimos, más breves parecen
Las sucesivas etapas de nuestra vida;
En la infancia un día simula un año,
Y un año, el paso de los siglos... (…)…”
(“El Río de la Vida” – Thomas Campell)