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miércoles, 8 de marzo de 2017

El modernismo liberal que nos hace tan demócratas.






En esta España tan avanzada, tan laica, tan tolerante y tan demócrata, se omite, con frecuencia, que ese respeto impuesto -a “liberal” tuerca, por supuesto, que aquí no se obliga a nadie- a las tradiciones foráneas, consiste en defender –o castigar, según se mire- a quienes buscan cobijo en nuestro país, destino final de su desesperada huida de la miseria y el horror de los usos gestados en el de origen. Así, nuestro Estado, tan moderno y tan respetuoso, en lugar de liberarles del yugo, recurriendo a las útiles armas de la educación y la lucha gubernativa frente a quienes pretenden seguir esclavizándolos mediante el uso, a modo de perverso tentáculo, del nocivo y manido nombre de Alá, se aferra a concederles una libertad de credo que a los autóctonos –católicos, romanos y apostólicos- parece sernos negada. Quienes se sienten zaheridos por un escote, un bikini, una melena sin velo o un maquillado rostro descubierto, y se escandalizan ante un bocadillo de jamón o un buen vino, tendrán, de este modo, justificada la alarmante reacción que su fe ampara; son los mismos que pretenden implantar unas formas medievales –nuestro Estado les concede tal prebenda, ya lo ven ustedes-, mientras se benefician de un sistema de amplias libertades obtenidas tras siglos de ardua lucha, razón por la que se les habrá de negar, necesariamente, ese presunto derecho a imponer(nos) su fe. Nuestro país derramó mucha sangre, con dolor y gran sufrimiento, para librarse de lo que hoy –los progres más reaccionarios pero tolerantes con la pseudoreligión del ajusticiamiento en nombre de Dios- denominan “fanatismo de monjas y curas”… Y  tenemos todos aquí ya muchas ferias para que intenten bajarnos, otra vez, el dobladillo de las faldas o de las ideas. Pero esos demócratas institucionales, defensores a ultranza de una libertad desigual, siguen sin aprender la lección que nos brinda la Historia, olvidando que algunas obras, inspiradores frutos de mentes preclaras, que, a la vista está, supusieron una gran revolución -Copérnico era católico-, fueron condenadas a la pena de la excomunión literaria, desterradas al ostracismo de listas negras o sucumbieron en la hoguera pues la ignorancia o la soberbia, a veces, y la intolerancia -sea del signo que sea o profese la fe que profese- siempre, se erigen en despiadados verdugos de la palabra, la razón e, incluso, de las opiniones discordantes. A pesar de todos esos tribunales justicieros, autodenominados ortodoxos representantes de la ciencia o de la religión desde la cerrazón de su intransigencia; a pesar, también, de los fanatismos de uno u otro credo, negadores de todo lo que pueda desbordar su raquitismo intelectual, esa importada confesión –la mayor merecedora de todos los respetos en este país, por lo visto- sigue filtrándose, ¡bendita ósmosis!, en un adoctrinamiento alienante y reivindicador, porque pese al Ave Fénix que, se postula, pudiera resurgir de sus cenizas occidentalizadas en esa venturosa alianza de civilizaciones, se levanta aupada por el derecho a profesar sus creencias a toda costa, síntoma de una absoluta radicalización, pero cuando, por accidente, florece, en su libertad e individualismo, el católico –ese anacrónico y extraño ser sectario-, sufre el martirio de la bala o de la cruz, y con él fenecen, también, la desprendida generosidad, el perdón y las promesas de redención, ideas arcaicas y retrógradas todas, se entiende. Y aquí seguimos, dándole vueltas a la noria, abjurando del inhumano Torquemada y compañía pero loando al virtuoso Mahoma, pues es, al parecer, lo moderno y lo civilizado. Lo respetable y lo democrático. Y mientras tanto, en el lícito ejercicio del derecho que espero aún se me siga reconociendo, me pregunto qué patria me acogerá, garantizando mi libertad de religión, cuando España se convierta en el recuperado Al-Andalus, pues me temo que pocas son mis opciones.

Publicado en la columna de los lunes, Reflexiones de Butaca en VIVA JAÉN 30/01/17.


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