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martes, 22 de octubre de 2013

Cuarenta velas en Asilah.








Aunque llevaba más de un año, soportando estoicamente el recurrente interrogatorio, he de reconocer que no le había dedicado ni un solo segundo de mi tiempo a pensarlo. Es más, admito que no fue hasta esa mañana de domingo, durante el opíparo desayuno en el patio recién regado, cuando de repente decidí cómo y dónde quería dar la bienvenida a esa nueva década. Eran sobre las diez de una mañana, inusualmente fresca, de verano. Absorta, como estaba, en la lectura del periódico digital mientras daba buena cuenta de una tostada de mantequilla y mermelada de ciruela, apenas reparé en la pregunta que, por enésima vez, me formulaban: -“¿Has decidido ya cómo vas a celebrar tus Cuarenta?”, el fastidio que experimenté lo fue, no tanto por la interrupción de la ávida lectura de la funesta actualidad, sino por lo reiterativo de su contenido, emití algún sonido de irritada contrariedad que me llevó a fijar, inconscientemente, la vista en la mimosa de un estridente amarillo limón que se doblaba ligeramente bajo el peso de las múltiples flores que en un estallido cromático se perfilaban sobre la pared, cuando un relámpago atravesó mi mente: - “Sí, ya he decidido cómo y dónde” dije sorprendiéndome al oír mi propia voz, - “Vaya…bueno, ¿entonces una fiesta con todos tus amigos?, tendremos que llamar a Kate… a Ciaram…”, -“No”, interrumpí, quizás demasiado bruscamente, el entusiasta discurso, nada más lejos de mi intención que organizar una fiesta multitudinaria a la que hacer venir a gente que vive fuera de España. No entraba en mis planes ninguna de esas excéntricas e interminables celebraciones, - “¿Entonces?”,  - “Asilah, Marruecos”,  - “¿Asi-qué?, … ¿pero que hay en ese sitio de Marruecos?”, - “Flores”, me limité simplemente a contestar ante aquella desconcertada pregunta, mientras volvía a posar mis ojos en la mimosa y sonreía para mis adentros, pensando ya  en el posible nombre de la nueva Reflexión - “Cuarenta velas en Asilah”- y retornaba al plácido deleite de mi desayuno dominical. No intuía yo, aquél entonces siquiera, cómo sería mi 40º Cumpleaños.

La caricia de los leves rayos de un sol de octubre sobre mi rostro me despertaron aquella mañana. La brisa arrastraba el sutil aroma marino, inflamando, a intervalos silenciosos, la cortina de un blanco níveo sobre mi cama. El rumor de las olas al romper en la playa me desorientó, confundiendo realidad y sueño, tras unos breves instantes fui consciente de que me encontraba en aquél pequeño hotel sobre el acantilado, en la Medina Antigua de Asilah. Era, en realidad, una casa de huéspedes, un negocio familiar, regentado por un simpático francés casado con una marroquí. Un Dar en el que cada detalle estaba cuidado al milímetro, pulcro hasta la exageración, y en el que la mano invisible de un exquisito decorador de interiores, casi con toda probabilidad compatriota de su propietario, flotaba en cada una de sus habitaciones, en las que convivían la tradición árabe más bizarra con unas líneas rectas y limpias que conferían una diáfana sensación de limpieza y frescura, tematizando, por colores, cada estancia con el nombre de una flor: lila, azahar, jazmín, rosa…

Me levanté de la cama, me envolví en la sábana, salí al balcón y me senté. La superficie marina que se extendía ante mí y cuyo límite no alcanzaba a vislumbrar, apenas si era alterada por la ligera brisa que provocaba el escamado argenta del mar. Pensé en un gran caleidoscopio girando en una vertiginosa espiral iridiscente. Todo estaba en calma, sobre la mesa de madera blanca, los restos de la cesta de fruta y dulces de tradición árabe que, como delicada muestra de cortesía habían depositado los dueños, al delatar mi pasaporte durante el registro, la fecha de mi nacimiento. Una botella de Moët Chandon  permanecía en la cubitera desde la noche anterior, intacta aún, decidí que era una buena forma de empezar mi cumpleaños y me serví una generosa copa tras descorcharla. Me desperecé lentamente, bajo una bóveda azul intenso, en cromática sintonía con el color cobalto de los alféizares de las ventanas, dibujados sobre el blanco refulgente de las paredes encaladas de las distintas construcciones que se extendían, diseminadas, a lo largo de aquella costa caliza. Cerré los ojos y elevé mi rostro hacia el sol, solazándome en el burbujeante sabor del vino espumoso.

Un repentino aguijoneo taladrando mis sienes, me recordó el exceso de alcohol durante la celebración de la noche anterior, que se había prolongado hasta altas horas de la madrugada cuando los primeros rayos de sol empezaban, tímidamente, a asomarse tras el horizonte. Sonreí. Había sido, sin el menor género de dudas, el mejor de todos los cumpleaños que había celebrado o, su víspera. Estrenaba decena: la de los cuarenta. Esa edad a la que se le presume, tradicionalmente, el “honor” de representar el pórtico de entrada a la madurez adulta. Siempre me he preguntado el motivo por el que se le confiere dicha cualidad, no creo ser distinta a la persona que era hace unos meses, ni creo, de ningún modo, que el hecho de tener cuarenta años ahora me haga ser una persona más madura, ni intelectual ni emocionalmente, tampoco. No encuentro la menor razón, convincente, que pueda explicar la celebración con un gran evento. Es otro cumpleaños, uno más, y es tan lícito celebrarlo como cualquier otro o no hacerlo, según la personal apetencia del interesado, así que eso es lo que hice: celebrarlo como se me antojó unos meses antes, en un sitio exótico y en la intimidad.

Apuré la copa y me dirigí hacia la playa, con el irreprimible deseo de sumergirme en la vigorizante frescura de aquél agua, descendí con gran lentitud por las escaleras de madera hacia la arena que, a aquellas horas, aún permanecía fresca, despidiendo una ligera humedad que resultaba muy agradable en los pies desnudos. La enorme playa, desierta, reflejaba la pureza, cristalina y cálida, de una espléndida mañana de sol marroquí. Poco a poco, me fui introduciendo en el mar, a pesar de estar dando comienzo el día, el agua no estaba tan fría como había pensado en un primer momento. Me sumergí y comencé a nadar, sintiendo su estimulante efecto sobre mi cuerpo, me dí la vuelta para contemplar, desde allí, el solitario arenal de dunas y dejé que el sol, al reflejarse sobre la superficie salada, me deslumbrara… La sensación era gratificante, aún así, volví a sumergirme. Cerré los ojos con fuerza y fue, en ese preciso instante, cuando por mi mente, como si se tratara de una antigua película de Super8, comenzaron a sucederse episodios de mi vida, aquellos más relevantes que el subconsciente decide almacenar en algún recóndito lugar de nuestra memoria, manteniéndolos indelebles, en perpetua y silente compañía, para hacerlos aflorar inopinadamente en el momento que aleatoriamente decide… Sin que lleguemos, jamás, a comprender la razón de tan caprichosa elección.

Así, en esa rápida sucesión de acontecimientos desfilaron momentos de mi infancia, de mi adolescencia luego, que se fueron encadenando, en un perfecto orden cronológico, hasta llegar a los más recientes, algunos felices y otros no tanto. Me mantuve bajo el agua durante todo ese tiempo, hasta que mis oídos empezaron a resentirse por la presión y sentí un tenue latigazo en la cabeza que me aconsejaba emerger. Salí a la superficie con la sensación purificante de haber dejado atrás toda esa vida, ya pasada, y con el firme convencimiento de empezar un nuevo tramo, desconocido por el momento, pero en el que, sin duda, tendría lugar toda una nueva serie de emocionantes acontecimientos, aún por descubrir, aún por vivir. Comencé a nadar hacia la playa, alcancé la orilla y salí para tumbarme en la arena, fina y dorada, sintiendo una vez más la calidez del sol sobre mi piel. Inhalé un par de veces el aire salino, profundamente, para ralentizar la agitada respiración que había provocado el ejercicio hasta que paulatinamente se fue serenando para llegar a un ritmo normal y tranquilo. Miré, haciendo visera con la mano, hacia la Medina en cuyas estrechas callejuelas ya debía empezar a bullir la vida de ese ritual del regateo continuo de los comerciantes, arte que sólo se encuentra intacto en las ciudades árabes. Permanecí un rato más bajo el sol, con los sentidos atentos a cualquier atisbo de compañía, embelesada en el silencio reinante a mi alrededor, sólo interrumpido por el arrullo de las olas y el lejano graznido de las gaviotas.

Lenta y plácidamente me fui sumiendo en un letargo que me inducía al sueño, un sueño tranquilo, ligero y dulce. El tiempo se había detenido, suspendido en algún punto del pasado, en Marruecos todo tiene su momento y éste, debía ser, sin duda, el mío.

No puedo precisar el tiempo que transcurrió hasta que el murmullo de unos pies descalzos caminando sobre la arena me hizo abrir los ojos, el sol estaba ya muy alto en el cielo y la claridad era cegadora, la silueta, recortándose a contraluz se fue acercando hasta que se sentó a mi lado:

- “Feliz Cumpleaños, Felices Cuarenta en Marruecos…”- un brazo desnudo me tendía mi cuaderno verde de notas, tras él, una amplia sonrisa me invitaba a plasmar por escrito mis Reflexiones, una vez más -.

Miré hacia el mar azul intenso que albergaba algunas embarcaciones lejanas, cuyas velas blancas aparecían como puntos titilantes sobre la superficie de cristal, meciéndose despreocupadamente. Saboreé la felicidad, deleitándome en ella, mientras daba inicio al primer día del resto de mi vida. Abrí la libreta por la última página escrita, y con el trazo firme de la tinta negra di comienzo: “Cuarenta velas en Asilah…”.

"As lot sal na jou toe kom, sal die ry met 'n kameel,
meer as jy wil verlaat, breek 'n string ".
- Proverb Berber -

“Si la suerte quiere ir a ti, la conducirás con un camello,
más si quiere irse, romperá una cadena”.
- Proverbio bereber -

miércoles, 9 de octubre de 2013

Un borrón en el "Cuaderno Dorado" de nuestro sistema.



Llevo unos días meditando sobre unas palabras de Doris Lessing que me parecieron, sin el menor género de duda, las más inteligentes y acertadas de las que últimamente me es posible recordar – sin gran esfuerzo, por otro lado, puesto que tengo la impresión de encontrarme, con más frecuencia de la que podría ser aconsejable, en El Camarote de los hermanos Marx -.

Es, en realidad, un extracto de una de las obras de esta Premio Nobel británica, “El Cuaderno Dorado”. Me pregunto por qué es tan habitual reconocer la valía de alguien sólo después de su muerte o, con algo más de suerte para el propio interesado, cuando se encuentra ya en las postrimerías de su vida. Pues debe ser una máxima que se cumpla: quien es un genio póstumo ha debido, necesariamente, serlo también en vida… Supongo que los genios, lo son precisamente por estar muy por encima de sus coetáneos, de ahí que tenga que venir una generación posterior a reconocerles el mérito, y empiezo a barruntarme que será, también éste, el caso de mi entrañable  Doris.

Ella viene a decir lo que no es, no puede ser, sino la más absoluta realidad que viene a explicar la razón última de esa pandemia tan peligrosamente extendida a la que le he dedicado más de una Reflexión ya: la imbecilidad humana, omnipresente y omnipotente. Su argumento – demoledor por simplista – es como sigue: “Aunque lo ideal sería decirle a los niños, en varias ocasiones a lo largo de su vida escolar algo similar a esto: Ustedes están en proceso de ser adoctrinados. Todavía no hemos desarrollado un sistema de educación que no sea, en sí, un sistema de adoctrinamiento. Lo lamentamos, pero es lo mejor que podemos ofrecerles. Lo que se les enseña aquí es una amalgama del perjuicio actual y las opciones de esta cultura particular. La más leve mirada a la Historia les mostrará como esto debe ser algo perpetuo. Vds. están siendo formados por personas que han sido capaces de acomodarse a un régimen de pensamiento, el establecido por sus predecesores, se trata de un sistema de auto-permanencia. Aquellos de Vds. que sean más brillantes y singulares que los demás, deben ser animados a salir y encontrar el modo de educarse a sí mismos: la formación de sus propios juicios. Aquellos que se queden deberán recordar, siempre y constantemente, que están siendo moldeados y modelados para adaptarse a las estrechas y particulares necesidades de esta sociedad concreta”.

Es decir, nuestro sistema educativo, que a la vista está, es un estruendoso fracaso, pues vamos a la zaga del resto de lo que podríamos llamar el Mundo Desarrollado, en cuanto a cálculo y comprensión lectora – índices que, personalmente, considero como sintomáticos de la agilidad mental que puede mitigar de modo efectivo la idiocia inducida a la que nos vemos condenados -, es un compendio de normas para adoctrinar y modelar mentes inmaduras, en proceso de desarrollo, al objeto de que tengan cabida en esta decadente estructura social nuestra, de modo que se acomoden en el más profundo aburguesamiento intelectual, no cuestionen ni critiquen decisiones de quienes ocupen, en cada momento, los cargos de decisión y se limiten a dejar transcurrir los días por su vacua existencia, sin mayor aspiración ni pretensión que la de tener una vida holgada y enfocada al vicio consumista, detentando el dudoso honor de ser, lo que no puede calificarse sino como un verdadero, analfabeto funcional. En cambio, otras mentes, aquellas que sean singulares por distintas, en cuanto a funcionamiento, a las del resto de los borregos del rebaño, se ven, necesariamente abocadas a forjarse a sí mismas, empleando para ello métodos autodidactas que formen su capacidad de discernimiento y les ayuden a fundamentar sus propios juicios. Le doy en ello, total y absolutamente, la razón a mi buena amiga Doris.

Así, ante el mayor caso de corrupción en la historia de España, unas penas descafeinadas y, me atrevería a decir que simbólicas, nos dejan impasibles; que unos padres, presunta pero más que probablemente, asesinen a su hija ya no nos conmociona, a pesar de ser un luctuoso hecho contra natura; o que una Ex – Ministra, Ex – Consejera que durante años ha estado burlando los medios de control para repartir a sus afines y acólitos un dinero público, tenga la indecencia de comparecer en un Juzgado manteniendo “la transparencia de su gestión y su absoluto desconocimiento sobre las irregularidades de los ERE” es una desfachatez de ingente magnitud… Que un adolescente le quite la vida a su madre a cuchilladas y con total frialdad, luego, lo comunique vía WhatsApp a sus amigos con el expreso apercibimiento de “Me váis a ver en las noticias”… Es simple y llanamente propio de una película surrealista, aunque no estoy muy segura de que este argumento pudiera haber germinado en la mente del gran Buñuel… O, puede que sí, pero no dejaría de ser eso: pura ficción ajena a la realidad.

Lo cierto es que nos encontramos en un país de sinvergüenzas, manejado a su antojo por cuatro descerebrados que van a seguir dirigiendo el destino de la panda de idiotas que ellos mismos se han encargado de adoctrinar para no cuestionarse absolutamente nada y seguimos cayendo, irremisiblemente, en ese juego burdo y soez, pues como Sísifo empujamos la pesada roca hasta la cumbre para dejarla caer y así, una y otra vez, porque es más cómodo adaptarse a la situación, por tóxica y nociva que nos resulte, que intentar cambiarla y digo ya sólo intentar, que no cambiar. Es innegable que no está el panorama para otra cosa que no sea la de intentar salir adelante, pero tampoco puede negarse que el desencanto nos haya de arrastrar necesariamente al conformismo del pusilánime. Cierto es, y así he de reconocerlo, que yo soy la primera que ha sufrido esa decepción incluso, en un alarde de osadía, afirmo sin pudor, que me siento, he terminado haciéndolo, absolutamente estafada, pero esto en modo alguno me ha hecho abandonar mis ideas, antes bien, las he fortalecido: que el Partido en el que he militado y al que he votado siempre, se dibuje hoy como incapaz de representar los valores en los que creo y seguiré creyendo – honestidad, honradez, integridad y esfuerzo - por el escándalo de los sobres, no me lleva a abandonar mi ideología, sólo a posicionarme en la férrea convicción de que ya no es, ni será, mi Partido y lo apoyé abiertamente, tras su grandiosa victoria, en una de mis Reflexiones en las que comparaba a Rajoy con Odoacro y a mí misma con uno de sus hérulos, pero le hacía una advertencia clara: tenía mi confianza, no mi voto incondicional. Así ha sido, rota la relación fiduciaria no hay motivo para seguir depositando más esperanzas en un fracaso.

Y como con eso, pasa con todo, a mí no me vale “¿pero entonces a quien voy a votar, si no?”, prefiero votar nulo, que no en blanco ni abstenerme, dejando así clara mi postura contraria a seguir en la inercia de una corriente que no lleva a ningún sitio más allá de la podredumbre de un agua estancada, viciada y corrompida.

Tampoco me parece de recibo y, por tanto, lo critico, el cinismo de la Sra. Magdalena Álvarez al tener la impudicia de presentarse ante una Juez a contar una milonga, prueba evidente, otra más, del desprecio y la subestima de quienes se creen habitantes de un Olimpo restringido al resto de los mortales, tanta fe debe tener ésta  en el sistema de adoctrinamiento que, al igual que otros de sus adeptos, no se plantean la remota posibilidad de que existan “brillantes y singulares” que hayan “salido y encontrado el modo de educarse a sí mismos: la formación de sus propios juicios”, pero por suerte son más de algunos los que ha optado por ser autodidactas: Mercedes Alaya, quizás sea – en este momento – la más mediática, pero paulatinamente van apareciendo más y ojalá la tendencia siga in crescendo.

Ser humanista es creer en el hombre, a pesar del hombre y eso significa inconformismo, análisis, crítica racional, lucha, esperanza y sobre todo: REBELDÍA, la negativa, en suma, a formar parte de un rebaño de ovejas bobaliconas que siguen al pastor a través de una senda predeterminada, se asustan de los ladridos del perro y se contentan con pastar sin mayor pretensión. Yo no soy oveja… ¿qué son Vds.?.


“Ideally, what should be said to every child, repeatedly, throughout his or her school life is something like this: 'You are in the process of being indoctrinated. We have not yet evolved a system of education that is not a system of indoctrination. We are sorry, but it is the best we can do. What you are being taught here is an amalgam of current prejudice and the choices of this particular culture. The slightest look at history will show how impermanent these must be. You are being taught by people who have been able to accommodate themselves to a regime of thought laid down by their predecessors. It is a self-perpetuating system. Those of you who are more robust and individual than others will be encouraged to leave and find ways of educating yourself — educating your own judgements. Those that stay must remember, always, and all the time, that they are being moulded and patterned to fit into the narrow and particular needs of this particular society.”

― Doris Lessing, The Golden Notebook -

jueves, 26 de septiembre de 2013

La Toga del Abogado: ¿una Patente de Corso?.




Lo he dicho con anterioridad en alguna ocasión e, incluso, le dediqué una Reflexión al significado de mi Profesión, a los valores inherentes a ella que debemos fomentar quienes nos dedicamos, por vocación y devoción a este Arte, “el Arte de lo Bueno y de lo Justo” que dijera Ulpiano. Ocurre, con frecuencia, que hay quien no vive de la Abogacía, sino del “negocio de la abogacía” y eso desvirtúa el Código de Honor de un ABOGADO, lo hace despreciable y mezquino, suele pasar, también, que ese rasgo distintivo del ser lo cataloga también como profesional, de donde se extrae la máxima de que “quien es mala persona no puede, por lógica, ser buen profesional”.
El Abogado, debe, ante todo, velar por los intereses de su Cliente con pleno sometimiento a la legalidad, dispensarle, como no podría ser de otro modo, el mayor de los respetos, siempre, pero jamás, a costa de denostar a quien es su Compañero y guía en toda  travesía judicial: el Procurador.
Cuando el Abogado cae en el error – y desfachatez por ende – de faltarle el respeto al Compañero, deja de serlo para convertirse en un MAJADERO al que la Toga le viene muy grande.

Hoy he pasado un mal rato y lo digo desde la sinceridad más absoluta, con frecuencia ocurre que los límites de una relación profesional terminan diluyéndose al transgredir los que dibujan una relación personal. Suele pasarme con cada uno de los Procuradores con quienes trabajo, de modo que llega un punto en el que si he depositado en ellos la confianza suficiente para encomendarles mi labor profesional en beneficio de mi Cliente, no puedo por menos que alcanzar tal grado de confianza y camaradería que termina convirtiéndose en amistad.

Es así de simple: mi Cliente me elige a mí, y soy yo quien elige al Procurador – representante legal del primero en el Juzgado -. La regla básica es, por supuesto, exigirle el respeto debido al Cliente para con su Representante, respeto que no germina si no goza, primero, del mío. Algunos abogados  - y permítanme que no use la A mayúscula como es mi costumbre, dado que no es posible encuadrarlos en tan elevada categoría – tienen el vano convencimiento de que se encuentran en un estado superior al del Procurador, desconozco si el motivo radica en la diferencia cuantitativa de Honorarios devengados en cada procedimiento, si es, en el hecho de que nuestro trabajo implique mayor participación oral en la Sala de Vistas o, simplemente, porque presentan rasgos tan acuciados de imbecilidad profunda que les impide ver que la formación es la misma: Licenciatura en Derecho, pero que es la especialidad lo que, únicamente, varía: dirigir el pleito desde el Despacho, o mantenerlo vivo en el Juzgado. Sea como fuere, esta estúpida actitud, es algo más extendido de lo que sería aconsejable al bien común.

Estaba trabajando cuando ha aparecido, en el Despacho, una Procurador con la que colaboro asiduamente. Al inicio de nuestra colaboración era sólo una “Compañera”, hoy puedo decir que es una “Amiga” y si bien es cierto que ninguna tacha, en justicia, puede ponerse a su profesionalidad, no lo es menos que su valía personal y calidad humana la supera. Venía a recoger un escrito – sana costumbre ésta, la de los Procuradores de la Vieja Escuela que casi se ha perdido, trocándose por ese desagradable uso de los buzones en el Colegio de Procuradores, para mi gusto, pues atenta contra las bases el trato directo humano y debería desterrarse, pero eso será, sin duda, motivo de otra Reflexión –, al entrar, la perenne sonrisa que siempre alegra cada uno de nuestros encuentros, se ha quedado congelada en su rostro y, en un gesto de confianza, me ha contado un abyecto episodio protagonizado por alguien a quien, insisto, la Toga le viene muy grande.

Como era natural he permitido que se desahogara, es algo humano que con el ritmo de trabajo que llevamos, la presión de los plazos y los señalamientos y la, casi omnipresente, falta de tiempo, andemos siempre más vulnerables y es lo que me sorprende: no es suficiente con los malos ratos que nos vienen a diario, ya sea por el exceso de trabajo, una Sentencia desfavorable, un tropiezo con tal o cuál Cliente, sino que, además, no desaprovechamos la ocasión de vituperarnos entre nosotros. Otro indicio evidente de inteligencia en este colectivo, según lo veo yo.

Cuando se ha ido, me he dirigido a la estantería que denomino “Mis Incunables”, en la que descansan los Tomos que deben constituir la Ley Sagrada de todo Abogado. He cogido uno que suelo releer con frecuencia, encuadernado en fina piel color crema en la que se alternan los colores rojo y azul, en grandes letras doradas reza ESTATUTO Y CÓDIGO DEONTOLÓGICO DEL ABOGADO (“Esta es la Biblia que debe regir el ejercicio de la profesión que ahora comienzas” – fueron las palabras de quien me lo regaló tras mi Jura hace ya algunos años, a veces, más de los que puedo recordar – “Ámalo, respétalo y síguelo. Sólo así podrás llamarte ABOGADO”), lo he abierto:

“1. DE LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

1.2- Dignidad.-  El Abogado debe siempre actuar, conforme a las normas de HONOR y de DIGNIDAD de la profesión, absteniéndose de todo comportamiento que suponga infracción o descrédito.

1.3- Integridad.- El Abogado debe ser honesto, leal, veraz y diligente en el desempeño de su función y en la relación con sus clientes, COLEGAS y Tribunales; observará la mayor deferencia, evitando con los mismos posiciones de conflicto”.

Y me he quedado meditando…

Alguien dijo una vez, y fue por ello muy denostado, que el problema en nuestra profesión es que “la Abogacía se había proletarizado” yo, sinceramente, creo que simplemente se ha infectado, está plagada de personas que no viven del ejercicio lícito de este Arte, que se mueven, únicamente, por un marcado interés económico y un acentuado egolatrismo que relega a un segundo plano valores más importantes – dignidad, honor, dignidad, integridad -, son… majaderos a quienes la Toga, ya lo he dicho, les viene muy grande.

La Toga, no es, no puede serlo una “Patente de Corso” que nos habilite a actuar como piratas bajo su amparo, la Toga es sólo el símbolo externo de una condición, de una raza que ha de moverse bajo su propia Ley Sagrada: la DEONTOLOGÍA DEL ABOGADO

Porque… ¿qué sería de un Cirujano, por brillante que pudiera ser, sin un Anestesista que le mantuviera con vida al paciente durante la intervención quirúrgica?, es algo similar, salvando las distancias claro está, a lo que nos ocurre a los Abogados: no podríamos trabajar, por excelentes Letrados que pretendamos ser, si nuestro Compañero Procurador no mantiene “vivo” el pleito en sede Judicial.

Y hoy, esta Reflexión, la dedico a quien corresponda.


“La VANIDAD es la ciega propensión a considerarse como individuo (único), no siéndolo”.
(Friedrich Nietzsche).

lunes, 23 de septiembre de 2013

Una pequeña GRAN Victoria.





Supongo que los niños tienen el don de enternecernos el corazón, todos, en general y los nuestros, en particular. No hay ninguna otra noticia que me afecte tanto como la relacionada con ellos, ni crimen más atroz y cobarde que aquél que se comete contra la infancia, me parece a mí.
Tengo, en realidad, tenía hasta hoy, cinco sobrinos, ya son seis, por fin ha llegado Victoria, la pequeña GRAN Victoria, jamás un nombre resultó tan idóneo para quien lo lleva como éste que, dejando aparte, la arraigada tradición familiar, es el mejor, sin duda, que podría ostentar este nuevo pequeño ser, rubio y sonrosado que hoy ha pasado a engrosar mi familia.
Victoria es la primera hija de mi hermana pequeña, también Victoria, así que ya la llamamos “Victoria2” o “Victoria chiquitita”, cuando en realidad representa el mayor de todos los triunfos ante las contrariedades, la fortaleza, la constancia ,la valentía,  la esperanza y… el AMOR.
Si de algo me siento orgullosa es de mi familia, sé que no hay mérito alguno en ello, porque, a diferencia de nuestros amigos, no la elegimos nosotros, aunque cuando pienso en ello, es decir, en el hecho de poder elegir, jamás habría elegido ni otros padres, ni otras hermanas, ni por supuesto otros sobrinos distintos a los que tengo.
Mis niños, mis “duendes locos”, todos distintos y cada uno especial… A todos los quiero por igual, con alguno tengo mayor afinidad o comparto algo más, aunque los quiero muchísimo a cada uno de ellos. Si bien,  mi pequeña Victoria es especial, no quiero decir con esto que la quiera más que a cualquiera de sus cinco primos, porque en modo alguno es así, es simplemente que hoy no sólo la VIDA, sino la más ANSIADA VICTORIA ha llamado a la puerta…

Me revuelvo inquieta en la cama. Ha sido un día largo de trabajo, intenso y como siempre, cargado de complicaciones. Pero no es eso lo que me impide conciliar el sueño esta noche, vuelvo a echar un vistazo en la oscuridad al teléfono por si hay algún indicio de aviso. Sé que es algo absurdo, lo he mirado hace apenas unos minutos y la pantalla no mostraba nada más allá de la foto de THE QUEEN’S WALK de Londres que tengo como fondo.

… (…) …

Respiro hondo, tras dejar el teléfono a mi lado, intentando relajarme… Me maravilla saber que tiene lugar ese milagro de la vida que no consiste sino en la capacidad del ser humano para perpetuarse, desde el inicio de los tiempos y así deberá seguir siendo hasta el final. No deja de asombrarme cómo nos ha sido concedido el regalo de otorgar nueva vida y cómo es algo inherente a nuestro instinto de supervivencia. Pienso en mis duendes locos, sin duda a estas horas aún deben estar durmiendo, también ellos parecen excitados por la llegada de la primita nueva, de “Victoria chiquitita”, que está a punto de nacer. Es un tema recurrente en sus conversaciones infantiles últimamente e, incluso, se disputan cuál de ellos va a cuidarla y a jugar con ella. Sonrío, es inevitable no hacerlo cuando me imagino a esas personitas esperando inquietos para conocer a Victoria…

Me levanto, nerviosa y agitada, el teléfono no suena, lo que significa que no hay novedad alguna… Quedan aún un par de horas para que amanezca, pero no puedo estar en la cama. Me levanto, me ducho, desayuno y me siento a escribir, supongo que ya es lo único que puede aplacar mis nervios.

… (…) …

Son las cuatro y media de la tarde del viernes, 20 de septiembre de 2.013, parecía que iba a ser un poco más rápido, pero la tensión acumulada desde esta mañana empieza a hacer mella en todos nosotros. Intentamos pasar el tiempo en la sala de espera, llenando las horas de conversaciones banales, mis padres, mis otras dos hermanas y los suegros de Victoria.

Pienso en mi hermana. Es mi hermana pequeña la que está dentro, aguardando la llegada de su primera hija. Y pese a saber bien que es una mujer adulta, tenaz, fuerte y luchadora, no consigo apartar de mi memoria aquél día de primeros de mayo de hace treinta y dos años. Cuando una niña de ocho años, acompañada por su padre y por sus otras dos hermanas menores, cruzaba el umbral de una habitación en una Clínica para conocer a la más pequeña que acababa de nacer: Victoria. Si hago un esfuerzo puedo recordar incluso el olor suave que desprendía aquél bebé sonrosado y regordete que mi madre depositó en mis brazos con sumo cuidado.
Sentí el calor de su cuerpecito, próximo al mío y entonces, sólo entonces, fui consciente de mi deber: proteger a aquella niña pequeñita el resto de mi vida… Yo me sentía tan mayor a su lado y la veía tan pequeña e indefensa… Ahora es ella, la que tras un embarazo de los denominados “de alto riesgo”, por otras complicaciones ajenas a la gestación y mucho sufrimiento y dolor, se encontraba dando a luz…

Una oleada de angustia me invadió, cuando ví salir a Gabriel, mi cuñado, inquieto. Se derrumbó en una silla y rompió a llorar. Algo iba mal, ¿por qué estaba él allí cuando se suponía que iba a asistir al parto?. La explicación fue breve y más que simple: “No saben si finalmente tendrán que practicar una cesárea por el riesgo que supone...”, dejé de oír. Miraba a Gabriel que hablaba o, al menos, movía los labios pero yo no era capaz de entender nada de lo que estaba diciendo. No recuerdo si me dejé caer sobre una silla o fue con posterioridad a sentarme, cuando todo a mi alrededor comenzó a girar. Noté el calor de las lágrimas resbalando por mis mejillas, la tensión había terminado saliendo. Me invadió la incertidumbre, la ansiedad por el desconocimiento de lo que ocurría detrás de aquella puerta, el miedo… Sí, me invadió un miedo amargo y desgarrador, atenazando mi cuerpo y aguijoneando mi mente con negros temores. La impotencia, el sufrimiento de mi hermana… Yo me juré protegerla de todo daño hace tanto tiempo y ahora yo no podía evitarle aquello. Pero sentía que su dolor, era, debía ser, mi dolor y que mi fuerza era, debía ser, su fuerza. Me concentré en eso: tenía que darle toda la fuerza de que fuera capaz, ya estábamos al final de la senda, no podía rendirse ahora. Yo no se lo iba a permitir.

Cuatro horas después, mi cuñado volvió a entrar cuando una enfermera lo llamó, al pasar pudimos oír con absoluta claridad: “Enhorabuena, una niña preciosa, grande y rubia. Las dos están bien”. Después, todos fuimos entrando para saludar al nuevo miembro de nuestra familia, la pequeña Victoria, que ya se encontraba tranquila durmiendo sobre el pecho de su madre. No pude evitar nuevamente las lágrimas, pero éstas ya de emoción y de alegría, mi Victoria pequeñita se había hecho grande, para dar paso a una nueva Victoria que pasaba así a ser la menor. Cuando la cogí en brazos, un antiguo sentimiento volvió a asaltarme: mi obligación de proteger a ese pequeño ser que sostenía, durante el resto de mi vida. Aspiré ese aroma, el mismo que mantenía en mi memoria olfativa y, por un momento, nada había cambiado: yo tenía ocho años y abrazaba, emocionada, el cuerpecito cálido de un bebé recién nacido. Abrazaba a Victoria...




“Me pregunto cómo es posible querer a alguien a quien acabas de ver por primera vez,
 pero por quien ya estarías dispuesta, sin dudarlo,  a dar la propia  vida…”
(Yo misma cuando cogí a Victoria en brazos).

jueves, 5 de septiembre de 2013

Un diálogo de Besugos.




Para cualquier Abogado, tradicionalmente, los meses de julio y septiembre son los peores de todo curso judicial. Julio porque, junto con el cansancio acumulado de todo el año, arrecian las llamadas telefónicas de los Clientes, algo lógico por otro lado, que ante su marcha de vacaciones se interesan por el estado de sus asuntos y se quejan, usualmente, de las demoras experimentadas en la Administración de Justicia y… Septiembre, porque a la vuelta de las vacaciones, esos mismos Clientes quieren conocer los avances, algo ya un tanto menos lógico puesto que como bien es sabido “en Agosto no funciona nada en España". En fin, que si toda incorporación tras el descanso estival es traumática para cualquier ciudadano, para el Abogado, permítanme decirlo, lo es más, especialmente la primera semana en la que el aluvión de notificaciones, junto con el volumen habitual de señalamientos, viene acompañado de continuas llamadas… Y todo a un ritmo frenético.
Lo que recreo a continuación es un episodio real que tuvo lugar el tercer día de trabajo de septiembre, vía telefónica. Esa mañana estaba preparando la vista oral de un juicio contra una Comunidad de Propietarios en reclamación de cantidad, a la que tenía que defender, llamé al teléfono de contacto que me habían facilitado: el del Presidente, pero fue la "Sra. Presidenta - consorte" quien me atendió:

… (…) …

-          "Que no, mire Vd., que no voy a ir al juicio que, además, el Presidente es mi marido y está trabajando... Y  tampoco va a ir él, no insista..."

-          " (¿¿¿¿¿¿¿INSISTENCIA???????) Mire Sra., (de entrada ya, no sé que *** pinta Vd. opinando y dirigiendo el “cotarro”, ni *** la falta que hace que vaya Vd. ese día, pero por salud mental de quienes estemos en la Sala de Vistas, principalmente) si yo me hago cargo, perfectamente, de que comparecer en un Juzgado no es nada agradable y me parece muy bien que no quieran ir, pero que su esposo, como Presidente (y no Vd. como consorte que no pinta nada aquí, pedazo de “dominante” - resoplido interno -), tendrá que ir a apoderar antes a la Procuradora al menos, si es que no le apetece, no quiere o no puede ir el día del juicio, pero alguien tiene que ir en representación y apoderado por la Comunidad..."

-          "Pero vamos a ver, ¿la aboga'a no es Vd?. ¡Pues vaya Vd. al juicio, joer!".

-          "No lo dude (obvio Sra., es Vd. más tonta que Abundio), con la siempre honrosa presencia de su esposo o sin ella, yo VOY A TENER QUE IR SÍ O SÍ. El problema es que si no hay poder de representación procesal, no podemos actuar en su nombre... (¿Lo vamos captando ahora?) Que a quien le reclaman esa cantidad es a la Comunidad y no a mí... Y que, como Vd. comprenderá, es la Comunidad la que la va a pagar y no yo. ¿Lo entiende Vd., Señora? (*¡¿@**·#)".

-          "¿Aaaaah… osea que si no vamos, hay que pagarlo encima, aunque no se haga el juicio...?"

-          "Señora, veo que Vd. las coge al vuelo (¡por Dios, a ver si entra ya en razón de una vez!... Miro el reloj y luego la agenda con un montón de anotaciones pendientes, mientras empiezo a sentir una irrefrenable propensión homicida), sí, esa podría decirse que es la versión breve, otra, un poco más larga, se completaría diciendo que, además, van a tener que pagar las costas: del Abogado y del Procurador contrario..."

-          "Errrrrm …  ¿¿¿¿Cómo, cómo, cómo…? ¿¿¿¿Pero… pero … Eso como va a ser así...????, ¡si no vamos pues no se podrá darle la razón a los otros sin escucharnos si quiera!, ¡digo yo!, porque vamos eso no debería ser así... ¡¡¡¡¡Nos van a obligar a pagar un dinero sin que nosotros contemos nuestra versión hooooombre!!!!!… ¡Hasta ahí podríamos llegar!.. Si por…"

-          "Sra.: las quejas al Poder Legislativo de este país. Ahora por favor, dígame si van a ir a darle poder a la Procuradora o si ese día puedo dedicar mi (valioso) tiempo a otros menesteres (más productivos)..."
(Breve lapso de tiempo en silencio que se ve repentinamente alterado).

-          "¡Pues sí!, claro, iremos, tal y como me lo está Vd. poniendo habrá que ir... ¡Cómo si quedara otra, vamos!.. Porque vamos esto, esto, esto es...".

-          "Muy bien, muchas gracias. Que tenga Vd. buenos días..." CLICK. (Largo suspiro de alivio, si no la interrumpo es capaz, ahora, de ponerse a disertar sobre la dolorosa injusticia que se ve obligada a soportar la Humanidad por el capricho de comerse una manzana que tuvo Eva).

Me pregunto con cierta frecuencia, y a pesar de todo ello no acabo de acostumbrarme, cómo la gente puede llegar a ser tan obtusa... Veamos señora, que no me hacen ningún favor a mí, que si no comparecen, ni personalmente ni debidamente representados por un Procurador, y les cae una condena en rebeldía... ¡La pagan Vds., no yo! y que si me evitan tener que ir a hacer un juicio, yo, sinceramente, se lo agradezco, pues tengo mucho trabajo que seguir atendiendo en el Despacho… 

¡Y encima con quejas y enmiendas a la Ley Procesal!... ¡¡¿Y A MÍ QUE ME CUENTA?!!... Pensé tras colgar el teléfono y volver al estudio de otro asunto…

“Nada en el mundo es más peligroso que
la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda”.
(Martin Luther King).

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Londoners (Looking back to my past just in front the eyes).





Salí de la Estación de Tower Hill con la reconfortante sensación de estar llegando a casa. El día era apacible sin llegar a ser caluroso y la vida seguía su devenir normal de prisas y trasiego en la City a esas horas de la mañana. Aspiré, como intentando aprehenderlo, el aroma propio de esa parte de la ciudad, a caballo entre el olor del Támesis y la comida basura preparada en los abundantes puestos callejeros que tanto habían proliferado en aquellos últimos años en la zona. Para mi sorpresa, seguía habituada a ese olor característico que aún permanecía intacto en algún lugar de mi memoria olfativa.

Me dirigí, con paso lento, hacia The Minories, deleitándome en la cotidianeidad de la ciudad. Absorbiendo su vida: sus sonidos, su gente, su color y sus altos edificios, cuyas soberbias siluetas recortándose contra ese familiar cielo plomizo,  permanecían indelebles en mi retina. Quería demorar un poco más la vuelta a mi antiguo apartamento, así que decidí tomar una pinta de Stella en aquél viejo Pub, el olor a madera y moqueta se mantenía intacto, según pude comprobar al atravesar la puerta.

Tras la barra, cuán aguerrido capitán de nao, no sé por qué me sorprendió tanto, continuaba Danny, el legendario y barbudo camarero de aspecto fiero – debido a la gran cantidad de piercings y tatuajes que adornaban su cuerpo -, pero de corazón  y sentimientos tan nobles que, al poco de conocerle ya se había ganado, por derecho propio, el título de “una de las mejores personas que he conocido nunca”. No se había percatado aún de mi presencia, afanado, como estaba, en secar los vasos que acaba de extraer del lavavajillas, mientras tarareaba la canción de The Monkees “I’m a Believer” que sonaba en aquél momento y tuve que llamar su atención con un impostado “Hi there!. You’re rite, mate, yeah?”, levantó la mirada que, en apenas unos instantes, se iluminó con la amplia sonrisa que se dibujó en su cara tan pronto como terminé la frase y de un salto, casi acrobático, se colocó a mi lado. Un abrazo efusivo y un par de exclamaciones de asombro después, nos encontrábamos sentados en una de las mesas en compañía de sendas cervezas. Aún era temprano y el local estaba vacío. Nos pusimos al día de lo que habían sido nuestras vidas durante los últimos años y tras un rato que se me antojó, en realidad, más fugaz, tuve que prescindir de su siempre agradable presencia. Tan pronto como el reloj anunció que era ya más de mediodía. En breve empezarían a acudir los empleados de las oficinas cercanas en busca de su receso para el almuerzo, lo que significaba que, para Danny, ya había concluido el suyo.

Terminé la bebida y cogiendo la pequeña maleta de mano me encaminé hacia Goodman’s Yard, despidiéndome de aquél pintoresco y viejo amigo, con la promesa de una pronta visita. Cuando abandoné el local, empecé a experimentar un leve hormigueo de impaciencia por reencontrarme con el que había sido mi hogar durante una de las épocas más felices y enriquecedoras de mi vida en aquella Babel. Noté como había acelerado el paso inconscientemente y me obligué a ir más despacio, sólo me llevaría un par de minutos acceder a aquella calle tranquila donde se ubicaba, en la primera planta de un moderno edificio, el apartamento.

Alex, el solícito conserje de color, me mostró con su saludo una hilera de dientes blancos y perfectos, antes de ayudarme, diligentemente, con el equipaje y acompañarme hasta la puerta, momento éste, en el que ofreciéndose amablemente para lo que pudiera precisar, volvió a su puesto escaleras abajo. Agradecí el gesto, pues necesitaba estar sola cuando, tras marcar mi código de seguridad, la puerta se abriera y me diera de bruces con mi pasado. Respiré hondo un par de veces, intentando hacer acopio de todo el valor para recibir, de nuevo, a mi antigua vida. Marqué los cuatro dígitos, se encendió una lucecita verde y el picaporte cedió para dejarme entrar en el alma de mi hogar en Londres.

Me tomé unos segundos más, sólo para echarle un vistazo desde la entrada. Todo permanecía igual. Sonreí. Aquella estructura diáfana de apenas cuarenta acogedores metros cuadrados seguía manteniendo el mismo aspecto que cuando la dejé, si no fuera porque el trabajo concienzudo de la asistenta, el día anterior, había dejado sin una mota de polvo el mobiliario que se encontraba dispuesto en el mismo orden, casi maniático y obsesivo, con el que lo abandoné a mi marcha. Dejé la maleta sobre la cama y me dirigí hacia el ventanal para subir el estor y permitir que la luz del día inundara la estancia. Sonreí, de nuevo, mirando el río que, con reflejos irisados, proyectaba la tenue luz solar que, a intervalos, se filtraba entre las nubes. Abrí el cajón del escritorio, y saqué aquella libreta, de ajadas cubiertas en piel marrón, que durante mi vida allí, había sido testigo de todos mis pensamientos y cavilaciones. La ojeé, despreocupada, recorriendo los renglones de tinta negra que la poblaban y que recogían episodios pasados: una noche de fiesta en Camden, las divertidas aventuras que habían tenido lugar en Notting Hill durante un Carnaval ya olvidado, los ociosos paseos por el corazón de la ciudad antigua, mis relatos cortos susurrados al oído por la brisa de primavera en Saint James Park… Aquél concierto de Sinead O'Connor… Volví a dejarla en su sitio y cerraba ya el cajón cuando el timbrazo estridente del teléfono me sobresaltó, desterrándome, inopinadamente, del nebuloso reino de mis ensoñaciones. Descolgué y la cantarina voz de Obs me daba la bienvenida a la ciudad, sin dejar opción a una negativa, me anunciaba que en veinte minutos pasaría a recogerme, estaba en camino y lo evidenciaba el estruendoso sonido de claxons que se oía de fondo.
Habíamos quedado en The Plough, según me indicaba, nuestros amigos habían pedido permiso en el trabajo, unos, o se habían organizado en sus quehaceres, otros, y estaban deseando encontrarse conmigo. En ese momento fue cuando la tarjeta del móvil inglés, que había insertado unos minutos antes en la BlackBerry, comenzó a avisar de múltiples mensajes de WhatsApp: Kate, Ciaram, Rob, Anna me comunicaban que, en apenas media hora, estarían esperándome en The Plough… “just as old times was”…

Volví a sonreír una vez más. Fui consciente de mi felicidad. Una vez me fui de Londres, pero todo seguía igual allí. Nada parecía haber cambiado. Como cualquier otro día iba a disfrutar de mis amigos, los que habían estado ahí siempre, esperándome.

Cuando salí del coche, Obs galantemente se había adelantado a abrirme la puerta ya, no tenía la sensación de que hubiera transcurrido más que un par de días desde la última vez. Sonó la señal de activación de alarma del cierre del vehículo y bajo el brazo protector de mi amigo – siempre me he sentido muy segura a su lado, el casi 1’95 de su estatura me reconforta hasta otorgar a su presencia un evidente sentimiento de seguridad – caminé hacia la puerta del local. Me sujetó la puerta sonriente guiñándome un ojo mientras con un ademán me invitó a entrar, cediéndome el paso. Instintivamente miré hacia la mesa del fondo: la nuestra, la que ocupábamos siempre y… allí estaban todos.

Entonces supe que, a pesar del tiempo, nada había cambiado en Londres, en ese preciso instante tuve, también, el convencimiento de que, una vez más, había regresado a mi pasado y me reencontraba con él. 

Se dice que las almas de los melancólicos terminan vagando eternamente por sus calles, obligados a caminar por ellas como un soplo de brisa...

“This melancholy London.
I sometimes imagine that the souls of the lost
are compelled to walk through its streets perpetually.
One feels them passing like a whiff of air”.
(William Butler Yeats)

lunes, 5 de agosto de 2013

El vals de medianoche en el Jardín de Transilvania.



Desde hace algunos años, en realidad, desde que me mudé a mi actual apartamento, suelo ir a hacer la compra semanal al mismo supermercado. La habitualidad con la que me atiende, siempre, la misma Cajera, es lo que me ha hecho imaginarme el episodio que narro a continuación, no quiero con ello decir que sea real o que se base en esta persona en concreto, pues ni existe Celestino Ríos Navidad, ni conozco, tampoco y en modo alguno, la vida de la dicharachera Cajera, careciendo de interés en ello, por otro lado. Simplemente me he limitado a imaginar cómo sería la tediosa vida de una persona en las circunstancias que he inventado o puede que, de forma inconsciente, haya creado una “oda a una Choni cualquiera”. En todo caso, y como decía Don Ramón María del Valle – Inclán en sus Luces de Bohemia “el sentido trágico de la vida española, sólo puede ofrecerse con una estética sistemáticamente deformada”, que es donde encuentra razón de ser el esperpento, no tanto como objeto de burla sino como el reflejo de la patética realidad cotidiana.

Tina que, en realidad, se llamaba Celestino Ríos Navidad, frisaba la cincuentena y era cajera de un supermercado de barrio. De proporciones ingentes, caminaba muy erguida – como consecuencia de los continuos reprendimientos y violentos mojicones maternos, sufridos en su adolescencia –, con los hombros ligeramente encogidos hacia arriba, lo que le confería el efecto óptico de carecer de cuello al habérsele insertado la cabeza a presión directamente sobre el tronco.
Su andar, patoso y desgarbado, obedecía a unas piernas excesivamente largas que se unían demasiado desde su inicio hasta las rodillas, punto a partir del cuál se proyectaban en diagonal hacia afuera.
Vestía con un estridente mal gusto que le otorgaba una esperpéntica apariencia, dejando de manifiesto la evidente confusión de géneros que había dado lugar a determinados sobrenombres, más que ajustados a su aspecto y así habrá de reconocerse.
Sufría de continuos tics faciales que le acompañaban desde su infancia, provocando el rítmico levantamiento del labio superior que dejaba al descubierto dos grandes dientes conejiles, al tiempo que dilataba, con cíclicos espasmos, las aletas nasales y abría exageradamente su ojo derecho, castigado con los aguijonazos constantes de un flequillo color panocha que se le clavaba, había adquirido, por ello, la costumbre de soplar hacia arriba como efectivo y cómodo medio de retirarse el molesto pelo de los ojos.
Su tendencia a engordar la mantenía sumida en una dieta perpetua que había motivado, tras la progresiva pérdida de grasa, que la cara y el cuello se le descolgaran, presentando así el abúlico rostro de un pavo en vísperas de Nochebuena. Sí, recordaba, en efecto, la patética imagen de un enorme pavo de papada colgante a punto de ser inmolado.
Hacía años que había adoptado una hembra de cerdo vietnamita, sólo para poder hablar “de su hija” en las estólidas conversaciones que, cada día, intentaba entablar con sus clientas mientras iba pasando, mecánica y pausadamente por la registradora, los productos adquiridos, éstas con educada indiferencia y sofocando algún resoplido de impaciencia aguantaban, estoicamente, las novedades de lo que, creían, era tan sólo una “adolescente problemática y rebelde por encontrarse en la edad, es normal”. Tenía también un loro, desplumado y escuálido, “este no me da ningún problema, es muy estudioso y va para arquitecto, ingeniero o médico, ya podía aprender de él su hermana que cualquier día me mata de un disgusto”, decía henchida de orgullo maternal,  - piii…una caja de galletas, piiii…un cartón de huevos, piii….una botella de agua mineral, piii…-, “¿has visto que está de oferta el solomillo, guapa?, piiii… “te veo muy bien hoy con ese malva”… piii “¿quieres bolsa?”… “Me han dicho que tu hijo ha sacado las oposiciones… Enhorabuena, ¡me alegro tanto!, ahora ya a ganar pasta…”. El afán de congraciarse y caer simpática era lo que le dispensaba el calificativo de “pesada insufrible” entre las clientas del supermercado que, lejos de sentirse halagadas por tal servilismo, experimentaban la mayor repulsión hacia aquella “mujer-hombre” amorfa y parlanchina, ahogadiza y espesa.
Cada día se levantaba muy temprano, más de lo necesario para estar puntual en su línea de caja a la hora de apertura del establecimiento, dedicaba cuarenta minutos a probarse ceremoniosamente diferentes conjuntos que se quitaba y volvía a ponerse de manera recurrente, como quien exhibe ante el distinguido público parisino una colección de alta costura, para finalmente, terminar vistiéndose con lo mismo que había llevado el día anterior y que volvería a ponerse al siguiente: aquél poco favorecedor uniforme de empleada de supermercado. Se plantaba a continuación ante el espejo para maquillarse con las muestras que las dependientas de una droguería cercana le regalaban y terminaba perfumándose con alguna de esas colonias, tan penetrantes como baratas, que su amiga Paqui representaba y vendía, a domicilio, a las aburridas amas de casa.
Al final de la jornada volvía a su casa, comía con sus “hijos” a los que “el cretino de su padre, un funcionario mediocre, desequilibrado y celoso, - decía – no les pasa ni un duro desde el momento en que firmamos los papeles del divorcio y, claro, yo sola tengo que sacarlos adelante” – insistía para justificar el motivo de su ocupación laboral, puesto que, según contaba, “venía de buena familia, gente de posibles… y ya ves tú…” -. Durante la comida, realizaba continuas correcciones al ejemplar de cerdo vietnamita sobre las formas y maneras que “una señorita debía presentar en la mesa”, “cierra la boca, no apoyes los codos en la mesa…” , “no comas tanto, tienes que cuidar tu línea…” y poniendo siempre como ejemplo al loro desplumado quien, de manera taciturna y resignada, observaba la repetición diaria del mismo espectáculo desde un extremo de la mesa de la cocina hundiendo, a intervalos, el pico en el cuenco de semillas dispuesto ante él y emitiendo algún sonido, al escupir las cáscaras de las pipas, que Tina entendía como de agradecimiento por la exquisita comida, “de nada, corazón, me alegro de que te guste, anoche estuve cocinando hasta tarde…” y volvía a reponer el cuenco con el paquete de “comida para loros” que había cogido del estante de “mascotas” en el supermercado antes de irse. Los continuos gruñidos y ruidos, naturales y propios, por otro lado, del cerdo vietnamita que ella tomaba como insolentes protestas, terminaban sacándola de quicio y con un sonoro “¡a tu habitación ahora mismo y no salgas hasta que te lo diga!” daba por concluida la placentera velada familiar, momento en el que el orondo animal daba media vuelta y se introducía, sumisamente, en la terraza-lavadero donde había, junto a la lavadora, un colchón y un bebedero de agua, de plástico, color morado y con topos verde chillón.
Y así transcurría la miserable vida de Tina que, en realidad, se llamaba Celestino Ríos Navidad y que no tenía hijos, sino un cerdo vietnamita y un loro desplumado y bobalicón. Pero cada noche, cuando los “niños” dormían, era su momento. El anhelado momento diario de glamour y merecido esparcimiento… Vestida con una elegante bata acrílica de 9 euros, de la exclusiva marca “Made in China” anudada a su prominente cintura de forma graciosa y coqueta,  descorchaba una botella de sidra “El Gaitero” que mantenía fresca llenando el fregadero de agua en la que previamente había vaciado dos bandejas de hielo, servía una copa – la única que le quedaba del juego de seis comprado en IKEA – y tras retirar la mesa de la cocina a un lado, haber encendido dos velas anti-tabaco con aroma a canela y recolocado con mimo las polvorientas rosas de plástico que reposaban en un desportillado jarrón de loza, sobre el frigorífico, danzaba girando en torno a sí misma, disfrutando íntimamente de la envidiable vida que llevaba, e imaginando como sus amigas - Paqui, la alcohólica distribuidora a domicilio de cosméticos y Mari Trini, aquella engreída, menopáusica y neurótica, que trabajaba como ordenanza en un Banco y con las que, con frecuencia, iba a caminar en chándal por la vía verde evitando siempre ser la ausente, pues la que faltaba se convertía, irremisiblemente, en el blanco de las más ácidas y descarnadas críticas de las otras dos arpías - se pondrían de la envidia, cuando al día siguiente, durante el café matutino, les contara que a medianoche, “había tomado champagne y que, a la luz de las velas, teniendo como únicos testigos una docena de rosas rojas cuyo cautivador aroma impregnaba la estancia, había bailado un vals…”. El vals de medianoche en el jardín de Transilvania.

“Si, en las personas, no aparece el lado ridículo, es…
que no lo hemos buscado bien”.
(François de la Rochefoucauld)