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lunes, 17 de noviembre de 2014

Yo no odio Halloween.



Desconozco el motivo de esa aversión que algunos dicen sentir hacia Halloween… total, aquí siempre hemos tenido los huesos de santo, las gachas, las visitas al cementerio que, en esas fechas, se convierte en una feria multicolor y… la omnipresente representación de Don Juan y Doña Inés. No sé por qué hay quien manifiesta un profundo fastidio por el hecho de reírse de la muerte que es lo que, en definitiva, supone Halloween. En la España profunda, ese día huele a castañas asadas, a crisantemos, a canela y a chocolate, en México a pan de muerto y calaveritas dulces, al color amarillo del cempasúchitl y al de las Catrinas – o "calaveras garbanceras" -, en EEUU a “trucos o tratos”, a calabazas siniestras y a risas infantiles. En definitiva, en todos los sitios se hace una fiesta de la muerte, recordando a los que, de los nuestros, ya nos han abandonado. Me pregunto qué más dará, que la forma de celebrar ese día tenga un acento u otro, si es, a la postre, la excusa perfecta para pasar, en familia, un rato de diversión y risas.

Este año he organizado una fiesta para mis sobrinos y… sinceramente, no nos lo pudimos pasar mejor, tengo que reconocer de este modo, que yo no odio Halloween. Es más, me encanta y tengo el presentimiento de que hemos instaurado lo que promete convertirse en una larga – y esperada – tradición familiar.

      Llegué a casa de mi hermana cargada de bolsas y paquetes del material que emplearía en la decoración, las golosinas y los disfraces para aquella fiesta, tras varios mensajes de WhatsApp que, la pequeña Irene, nerviosa y alterada, me había enviado desde el teléfono de su madre urgiéndome a ir, “se va a hacer de noche y tiene que estar todo preparado” o "ven ya", decía. Tan pronto como se abrió la puerta, los niños salieron a mi encuentro, solícitos a ayudarme con la carga. Unos minutos después nos encontrábamos en el sótano en plena labor. Esparcimos sobre la amplia mesa, guirnaldas, naranja y negro, globos, cartulina, tijeras y papel de celo ... y tras un par de horas de frenética actividad, bajo mi supervisión, terminamos de colgar aquellos adornos en el porche de la casa, Laura e Irene me miraban expectantes, había llegado el momento que tanto habían ansiado, así que fuimos a buscar las pinturas faciales. Media hora después, ya estábamos listas para salir por la urbanización a la caza y captura de algún incauto al que asustar que luego nos premiara con algún dulce o caramelo.


      Previamente, ya había advertido de nuestra visita a una colega –y, me gusta decir a modo de coletilla cuando me refiero a ella, “sin embargo buena amiga” -, que nos esperaba, algunas casas calle arriba, con una fuente atestada de dulces que ofreció a aquellos pequeños esqueletitos, en zapatillas deportivas, que aguardaban extendiendo una bolsa en forma de tétrica, pero simpática, calabaza mientras miraban sonrientes a su tía. Deshicimos el camino, saludando a brujas, demonios, momias, monstruos, zombies y otros seres espeluznantes de pequeño tamaño que, indefectiblemente, iban acompañados de otros de mayor estatura, e intercambiando con ellos caramelos, galletas y gominolas. Cuando llegamos, ya nos esperaban mis padres, la sorpresa fue que también ellos se habían puesto algún detalle para mimetizarse con el ambiente: el abuelo llevaba una horrorosa dentadura postiza que daba realmente pavor bajo aquél gorro pirata y la abuela unas gafas de las que salían unos ojos ensangrentados que se movían sujetos por un muelle, aquél atrezzo provocó las divertidas carcajadas de mis sobrinos que rieron divertidos mientras simulaban asustarse para luego, ser ellos los que asustaban a los abuelos que corrían despavoridos por el porche. Tras recibir a un par de grupos de “criaturillas del mal” a las que obsequiamos con el contenido de aquél enorme bol que habíamos preparado colocando esqueletos y arañas sobre los caramelos, nos sentamos a la mesa a cenar, no pudo faltar el postre típico: las gachas dulces, los huesos de santo y los buñuelos.

      Aquella noche en familia, se vio alterada en alguna ocasión, por las continuas llamadas a la puerta que atendíamos, turnándonos para ver quién debía abrir y quién asustar al incauto visitante.


      Cuando los niños se acostaron, cansados pero felices, y nos quedamos ya los mayores disfrutando de la placentera conversación que suele aderezar una tranquila copa, pensé que, con frecuencia y por fortuna, en mi caso, los que allí estábamos, siempre buscamos excusas para pasar más tiempo con la familia, lo de menos era si nos habíamos reunido para celebrar los Santos, la fiesta de los Muertos o Halloween, me pareció llamativo que mi propio padre, tan amante de sus raíces y reticente a todo lo que sea hacer propia una costumbre ajena, hubiera participado tan activamente aquella noche, pero tengo el firme convencimiento de que lo de menos fue el por qué, sino el qué y el qué se reduce a tener una familia como la nuestra, para la que siempre es poco el tiempo que se disfruta en compañía del resto. Desconozco cuál será el recuerdo que, cuando crezcan, puedan llegar a tener de aquél día mis sobrinos, yo, por mi parte, siempre lo guardaré en mi memoria como una noche más, de las muchas en las que he sido feliz en compañía de esos seres que, sin elegirlos, constituyen mi mayor riqueza y orgullo: mi propia FAMILIA.

    Así que no, no odio Halloween, no podría hacerlo, es más, supongo que me he acabado convirtiendo en una de sus mayores defensoras, como símbolo de unidad familiar: la preparación de la fiesta, la diversión en compañía de los más pequeños y obviamente, el conjuro más maravilloso de todos, aquél cuyos ingredientes son: unas gotitas de cariño, un chorrito de risas, un puñado de besos, un par de kilos de abrazos y toneladas de amor que dan como resultado… chispazos de felicidad durante una terrorífica cena en la que esqueletos y piratas, brujas y zombies terminan compartiendo una gran fuente de gachas dulces, huesos de santo y buñuelos, mientras aguardan la visita de otros seres aterradores para invitarlos a caramelos…



      “Es la noche de los espíritus y los muertos vivientes, caminando bajo la luna observarás la imagen de una bruja en la escoba, carcajeándose con una risa estridente… el mundo festeja el momento en que los vivos y los muertos se unen…”


     Como ya ha ocurrido en otras ocasiones, mi Reflexión de Halloween va dedicada a esas personitas que constituyen el corazón de la familia, el futuro de la perpetuidad y creo, que nuestro mayor orgullo... Para mis seis "terroríficos" duendes: Marta, Álvaro, Laura, Irene, Gonzalo y Victoria... Para que algún día seáis vosotros quienes busquen la excusa perfecta para compartir un rato en familia, la vuestra, la mía... la NUESTRA.

martes, 7 de octubre de 2014

La testosterona atrofió la neurona.


Creo que, con frecuencia, no somos conscientes del grado de profunda incultura en el que nos desenvolvemos en nuestro círculo cotidiano hasta que reparamos en las conversaciones que tienen lugar a nuestro alrededor. Es entonces cuando una se percata de que gran parte de la población se encuentra inmersa en esa amplia, por desgracia, categoría que podemos encuadrar bajo la denominación de ANALFABETISMO FUNCIONAL, desconozco si la responsabilidad ha de ser imputada a la LOGSE o a la nueva tecnología que ha ido invadiendo, rápida y paulatinamente, el terreno a la, siempre, enriquecedora lectura, de modo que hoy, los niños prefieren disfrutar de violentos videojuegos a adentrarse en la aventura escondida en páginas impresas. Hoy, los niños – adultos del mañana - se terminan “idiotizando”, al no ejercitar su capacidad de pensamiento con las herramientas más útiles que puedan existir para ello: los libros.
Mi Reflexión está basada en un episodio reciente que, tras provocarme, por vergonzante, el más bochornoso escándalo, dio paso luego a la risa interior más incontenible,  y más tarde ya, me ancló en el profundo convencimiento, íntimo y desesperanzador, de que España, sin duda, es el mejor vivero de futuros Premios Nobel… A los hechos me remito.

Es una noche como otra cualquiera, tras una larga y agotadora jornada de Despacho, me encuentro en el gimnasio, intentando deshacerme del estrés que genera el día de intensa actividad. Suelo ponerme música, pero hoy me he olvidado el MP3, así que es inevitable escuchar el diálogo de los dos veinteañeros que se encuentran próximos a mí, mirándose en el espejo mientras hacen ejercicios con las mancuernas. Los miro y pienso que a esos dos, sin duda, se les debe pasar por alto que las piernas, extremidades inferiores unidas al tronco, también forman parte del cuerpo humano y que por tanto deben ser ejercitadas junto con bíceps, tríceps, pectorales y abdominales para evitar el ridículo aspecto de un torso excesivamente musculado sobre dos flácidos hilillos colgantes… Me resulta cómico ver como se preocupan de intentar aumentar el tamaño de sus brazos y se pasan horas haciendo abdominales a la busca y captura de la tan ansiada “tableta”, mientras sus piernas flacuchas son las grandes olvidadas, aún así, las exhiben en esas poco favorecedoras mallas cortas y ajustadas que dejan ver la carne, trémula y blancuza de las pantorrillas. Me resulta igual de grotesco y esperpéntico ver los estudiados peinados esculpidos a golpe de espuma o gomina que impiden que, a pesar del movimiento y del copioso sudor que les perla la frente, se les mueva un solo pelo del sitio que han decidido es el que debe ocupar en esa larga, sin duda, liturgia de acicalamiento. Me encontraba yo perdida en tales cavilaciones cuando me sacó, inopinadamente, de ese ensimismamiento la frase que el más alto de los dos, profirió acerca del manido referéndum – hoy, afortunadamente, paralizado por nuestro Tribunal Constitucional – en Cataluña:

-          “Pues tío – decía el patán – a mí me parece muy bien que los catalanes quieran independizarse, quieren votar y eso es democrático. Habrá que dejarlos ¿no, tío?... Tienen derecho, vamos, digo yo...”

-          “Pues sí, tío, ya ves – contestaba el otro entre jadeos -, esto no es una dictadura… Si ellos quieren la independencia habrá que dársela, joder… ¿a nosotros qué más nos da, no?”- resoplaba, el compañero, subiendo la mancuerna hasta la altura de las clavículas, presentando su rostro un preocupante, por cada vez más intenso, color rojo, a causa de la congestión originada por el esfuerzo.

¿Y este par de zoquetes habrá estudiado, en algún momento, nuestra Historia?, - me pregunté - ¿si les pidiera que me dijeran con quién surgió la idea de Estado se remontarían a los Reyes de Castilla y Aragón?, es más: ¿sabrán quienes fueron los Trastámara…?. Si les nombrara – continué reflexionando - en este preciso momento, a Isabel la Católica, estoy absolutamente convencida, me contestarían con el atrevimiento de la ignorancia “que es el nombre de una Plaza en Granada y que por allí se tapea del carajo…”. Claro, me dije finalmente, preguntarles si han leído “La España Invertebrada” de Ortega y Gasset o si conocen los peligros de la desfragmentación de la Nación, motivaría que me miraran como a un alienígena hablándoles en una lengua extraña… Deseé con todas mis fuerzas que mis sobrinos, dentro de diez o doce años, no mantuvieran ese tipo de estólidas y absurdas conversaciones, mientras aplicaba mayor velocidad a la elíptica.

-          “Ea tío, si es que a mí me parece guay que aquí cada uno haga lo que quiera y le dé la realísima gana… que pa’ eso esto es una democracia… Y otra cosa te digo, yo voy a votar a Pablo Iglesias en las próximas, ¿eh tío?, estoy ya harto de tanta mierda y tanta corrupción. ‘Podemos’ sí que es un Partido, tío, dice ese que va a poner un “sueldo ciudadano”, macho, que todo el mundo tiene derecho a vivir con dignidad y que eso lo dice hasta la Constitución… tío, yo no lo sabía ¿sabes?, pero si tenemos derecho a ver por qué no nos van a dar ese sueldo… y si encima no tenemos ya que trabajar y podemos vivir de eso… Más tiempo para entrenar… El tío mola, dice verdades como puños…”.

¡¡¡¡¡¡Diiiiiiiiiios…!!!!!! - noté una oleada en mi interior, un calor abrasador en la garganta que me ascendía desde la boca del estómago. Me mordí la lengua - a ver, tarado, una democracia, pedazo de animal, es un sistema de organización o una forma de Estado que atribuye a la sociedad la titularidad y legitimidad del poder, mediante los mecanismos de participación directa o indirecta, a los representantes del pueblo que, necesaria e ineludiblemente, ha de estar sometida a la legalidad, de la que, por cierto cavernícola, la Constitución representa el marco donde las demás leyes encuentran su desarrollo… Te diré, además, que es, en su artículo 2, en el que se consagra a nuestro país como la “indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…”. Pero claro, eso para ti, debe ser rúnico… ¡Animal!. – creo que lo miré con tal intensidad que debí terminar atravesándolo, pues pude ver, con absoluta nitidez, la pared de detrás -.

Votar a Pablo Iglesias sólo por ese “sueldo ciudadano” - ¡será zángano el niñato! – y se queda tan pancho el muy bestia, ¿pero tú te has detenido un minuto a pensar de dónde sale el dinero para cubrir las pensiones, sueldos de los funcionarios, los servicios públicos de los que gozamos…?, Nene: de-los-im-pues-tos, de nuestra contribución tributaria al Erario Público, atontao, si ese visionario, de la izquierda más radical y pro terrorista, vende la falacia de este sueldo ciudadano es como medio de captación de adeptos, es un simple vendedor de humo… ¿cómo pretende pagar ese sueldo?, ¿lo has pensado...?,  ¿con billetillos del Monopoly, quizás?... Anda, anda… Séneca, que eres un Séneca. El “tío mola”, dice... sí, claro ese aire rebelde de cultureta progre y descuidado, coletita en ristre, obnubila a este pavo… Total- intenté convencerme - si es que tienes una mente más simple que el mecanismo de un chupete, hijo mío, y sí, no sólo se te olvida ejercitar las piernas, es evidente que también el cerebro… ¡Menudo pedazo de asno estás hecho, campeón…!

Y en esas andábamos cuando, mirándome, me dice:

-          “¿Perdona?, ¿vas a utilizar el periódico?..”. – preguntó haciendo un gesto con la barbilla hacia el que estaba junto a mí, olvidado, sobre el sillín de una bicicleta estática-.
-          “No, no … claro, cógelo” – le apremié con la esperanza de que no todo estuviera aún perdido, de que aquél joven se ilustrara con la lectura, aún cuando fuera, de un Diario -.
-          Vale, guay, gracias… - lo cogió - , es que aquí hace un calor horroroso…” – soltó sonriente aquél bobalicón de enormes brazos y piernas delgaduchas mientras se abanicaba con las hojas impresas su rostro, rojo, sudoroso y congestionado.

La frustración del momento fue lo que me llevó a concluir que, definitivamente, debió ser la testosterona lo que terminó atrofiando la neurona. Y puse mayor ahínco en el ejercicio físico, como medio de evadirme de aquella realidad, tan musculada como zafia, que en aquél preciso instante me rodeaba.

“La abundancia de palabras y la ignorancia predominan en la mayor parte de los seres;
si quieres liberarte de la mayoría inútil, cultiva tu conocimiento y
envuélvete en nubes de silencio”.
(Cleóbulo, Filósofo Griego)



viernes, 3 de octubre de 2014

¿Quién teme a Peppa Pig?.





Desconozco el atractivo que puede suscitar una cerdita rosa cuya visión frontal nunca es posible, pues su creador debió pensar que su perfil resultaba mucho más favorecedor, para un bebé de un año, pero es evidente que lo tiene. Y mucho, habré, necesariamente, de reconocer.
Ya os hablé el año pasado de la llegada al mundo de mi sobrina Victoria en un post que, entonces, titulé “Una pequeña gran Victoria”, pues bien, el pasado 20 de septiembre celebramos su primer cumpleaños y como no podía ser de otro modo, tuvo lugar una fiesta infantil cuya temática, obviamente, versaba sobre Peppa Pig, a quien yo he decidido otorgar el apelativo de “la – reventante - cerdita feliz”, pues no negaré que más de un quebradero de cabeza me dio esta animación porcina, ya que, diligentemente y como tía mayor de la cumpleañera, me ofrecí a preparar tan importante evento: era el primer cumpleaños que Victoria celebraba y pensé que era de justicia festejarlo como merecía. Así que me armé de valor mientras me preguntaba retóricamente, con la única finalidad de darme ánimos en la acometida de tan ingente empresa: ¿Quién teme a Peppa Pig?.

Resoplé intentando mantener el atestado carrito derecho, me encontraba en dura pugna desde que su contenido sobresalía, en aquél ingente almacén de venta de artículos para fiestas infantiles, iba repleto de paquetes: banderines, guirnaldas, globos, piñata, mantenles y platos, incluso, una casita de tela desmontable, todo, claro, de esa animación que desde hacía cuarenta minutos se había convertido en mi peor pesadilla: (la odiosa para mí) Peppa Pig. Posé la mirada, distraída en la caja que contenía las caretas y gorritos en la que estaba impresa la faz del rosado personaje y le dije, quizás en voz demasiado alta: “Pero que mal me caes, pedazo de cerda… vamos, ¡me repateas!”, estaba a punto de perder la paciencia, pues cuantos más artículos depositaba en el carro, otros nuevos parecían interponerse en mi campo visual, como diciéndome: “A Victoria le encantará tenerme en su fiesta”.

-          “¿Perdón?” – me inquirió el empleado que reponía cajas sobre las estanterías, mirándome por encima de su hombro izquierdo -.

-          Oh no, hablaba sola… creo que he empezado a tomarle manía a la tal Peppa Pig… lo siento, no hablaba con Vd., perdone”.

Ruborizada continué mi periplo por aquellos larguísimos pasillos, intentando mantener dentro del atiborrado carrito metálico todo aquél contenido multicolor de cajas, bolsas y paquetes que había ido depositando, mientras intentaba componer en mi imaginación como quedaría la terraza de mi hermana tras la disposición, cuidada al máximo por mi parte, eso era seguro, de todo aquél material. Aunque, en aquél momento ni tan siquiera me barruntaba yo como sería el “making of” que me aguardaba, tan sólo, un par de días más tarde.

… (…)…

El día había amanecido nublado aunque caluroso, demasiado quizás, para tratarse de un sábado de mediados de septiembre. Desayuné rápidamente y tras una ducha fugaz salí disparada en dirección a casa de mi hermana consciente del trabajo que me esperaba aquella mañana. Tras depositar a la entrada de la terraza el cargamento, para lo que había precisado de varios viajes, respiré hondo y con un “¡Vamos allá!”, intenté convencerme de que aquello sería “pan comido”.



Me llevó algunas horas, hacer las flores con globos, rellenar y colgar la enorme piñata y decorar el escenario en el que tendría lugar la celebración del primer aniversario de mi sobrina más pequeña quien, por otro lado, me miraba atónita, intentando coger algunos de los globos que ya se iban acumulando para la decoración y jugando entre toda aquella montaña multicolor.
Nos encontrábamos bajo el gazebo central de la terraza, aprovecharíamos su existencia para ubicar precisamente allí la mesa infantil, ya habíamos colocado las guirnaldas y los banderines. El día era bochornoso y empecé a notar los efectos del trabajo manual. La espalda mojada, por la que resbalaban copiosos regueros de sudor, empezaba a resentirse. Desconozco si fue producto de la ansiedad que empezaba a embargarme, del calor sofocante que imperaba a mi alrededor o motivado por el grado de desesperación al que debí llegar, pero fue entonces cuando tuve la horrible visión de una cerdita rosa gigante que me miraba sonriente desde su perfil, a mi alrededor todo empezó a girar vertiginosamente, veía como aquella enorme cerdita que se dibujaba ante mí, se acercaba y  se alejaba, envuelta en un halo borroso. Notaba sus zarandeos y unas palabras ininteligibles proferidas con voz estridente, la angustia que atenazaba mi garganta se expandió hacia los oídos que comenzaron a zumbarme… desconozco el tiempo que duró aquél atornasolado estado de trance, sólo cuando la pequeña Victoria apoyó sus manitas en mis rodillas para intentar levantarse tras acercarse gateando recuperé plenamente la consciencia, sonreía mirándome mientras traía en la mano una de las caretas que yo ya había depositado, junto con otros artículos en la cesta con la que la anfitriona recibiría a sus invitados aquella tarde.


Me agaché para cogerla en brazos y fue cuando, fortuitamente, la careta impactó en mi rostro – “¡¡¡como odio a la tal Peppa Pig de las narices!!!”, pensé resoplando interiormente mientras notaba el calor del golpe en la mejilla – mientras Victoria reía divertida ante la comicidad que, sin duda, presentaba para ella el “caretazo”  que acaba de recibir su tía.
Aquella tarde, los niños disfrutaron de lo grande de la fiesta temática de cumpleaños jugando en la casita que, a tales fines, también les había instalado escondiendo en su interior dulces y golosinas, aunque yo por mi parte sigo teniendo una especial e íntima aversión hacia ella: Peppa Pig, a modo de hastío o empacho tras el atracón que, necesariamente, se transforma cuando mi sobrina me entrega su peluche – de Peppa Pig -, me tiende su puzzle – de Peppa Pig –, me invita a beber de su biberón – de Peppa Pig – o a sentarme en la alfombrita de la omnipresente cerdita feliz.



Últimamente he llegado a cuestionarme, muy seriamente, si la razón no obedecerá  a que, inconscientemente, asimilo este odioso personaje animado a alguien de carne y hueso, si bien, vencida toda fobia corrosiva hacia la persona, supongo que llegaré a tolerar a la animación, motivo por el cuál termino preguntándome ¿Quién teme a Peppa Pig?.

Alguien dijo una vez:
“No eludas tus miedos, ni te ates a ellos. No los magnifiques, ni los minimices.
Abórdalos con llana franqueza, con tierna pero rigurosa honradez;
cada uno es sólo un eclipse: fugaz instante de noche en la vasta plenitud del día;

 rauda tiniebla que huye ante el más mínimo rayo de Verdad”…

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Los veranos al sol.



Para un preadolescente, el efecto más pernicioso que, sin la menor duda, el largo, tedioso y cálido verano puede tener, es caer en una rutina apática, en esa lenta inactividad de los asfixiantes días, ociosos y vacíos, en los que no hay nada que hacer, más allá de dejar pasar el tiempo al sol.

Mi abuelo solía organizar excursiones a Los Cañones, no ya sólo para mitigar el tedio que, transcurridas las dos primeras semanas de vacaciones escolares nos alcanzaba, hiriéndonos de una total y lasa inapetencia, sino para fomentar nuestro contacto y conocimiento de la Naturaleza y como medio efectivo de obligarnos a hacer ejercicio físico. Así, un día cualquiera de verano, recuerdo que se convertía en una emocionante aventura, mochila a la espalda y cangrejeras para evitar que  los molestos chinos del río nos lastimaran las plantas de los pies, nos adentrábamos por las diferentes rutas: tramos a pie y otros a nado con el espíritu del curioso aventurero. Lo mejor era, tras el cansancio de la caminata, el reparador baño en las gélidas y transparentes aguas del río, cuando salíamos – tiritando de frío y con los labios morados-, nos sentábamos al sol, a la impaciente  espera de los filetes empanados y la tortilla de patata que mi abuelo siempre llevaba en la tartera. Aún hoy recuerdo cada uno de esos días como instantáneas de unos veranos pasados.

Eran... mis veranos al sol.

Supongo que no es sólo porque, además de mi sobrino, sea mi ahijado, sino porque su nacimiento rompió la tónica dominante en mi familia, en la que las féminas hemos sido mayoría absoluta e incontestable. De modo que tras la venida al mundo de su hermana mayor, Marta, la suya fue doblemente esperada: era el primer niño que llegaba.

Álvaro ha ido creciendo y hoy tiene ya casi doce años que cumplirá el próximo diciembre, y, sin hacer distingos con el resto de mis otros cinco sobrinos, siempre nos hemos entendido muy bien, me precio de ser, al menos para él, “la Mejor Tía del Mundo”, de hecho, en mi Despacho hay un Diploma que así lo certifica emitido por él mismo y del que me enorgullezco más que de ningún otro de los que cubren las paredes.

Fue a la vuelta de mi habitual viaje de vacaciones estivales, a finales de agosto, cuando reparé en que se pasaba el día en la piscina, tumbado al sol, móvil en mano o con los videojuegos, pero siempre en una indolente actitud de total inactividad, me dijo que aparte de sus tareas escolares de repaso no hacía gran cosa, puesto que las clases de Pádel las habían suspendido por el calor. Esa tarde, estábamos sentados en el borde de la piscina y me pedía que le explicara con detalle todo lo que había visitado durante mi viaje y sobre el que estaba al tanto por haber sido numerosas las fotografías que le había ido mandando, vía WhatsApp.

-          “Pues no sé… a mí también me gustaría hacer algo distinto, ¿sabes Tata?... Correr una aventura que hiciera diferente este verano tan aburrido…”.

-          “¿Ah sí?... – no sé por qué me vinieron entonces a la memoria mis excursiones de cuando tenía, más o menos su edad -. Pues... me pregunto qué tal te vendría mañana acompañarme a un sitio…”

La cara se le iluminó, me consta que él disfruta tanto de mi compañía como yo de la suya, razón por la cuál ante cualquiera de mis propuestas su respuesta es siempre afirmativa y sólo después pregunta qué es lo que vamos a hacer o a dónde vamos a ir exactamente. Para evitar malos entendidos, motivados por la euforia que noté le embargaba en aquellos instantes, me apresuré a añadir:

-          “Me refiero a mañana, cuando termines tus actividades, evidentemente” – puse especial énfasis en el condicionante, nada más lejos de mi intención que recibir un sermón por parte de mi hermana acerca de la “responsable influencia” que, debo ser consciente, he de ejercer sobre sus vástagos, de forma más que legítima, por otro lado. “Bien, pues en ese caso, pasaré a buscarte sobre las doce y trae bañador, zapatillas y una gorra”.

Cuando a la mañana siguiente, unos minutos antes de la hora acordada me presenté en su casa, él ya estaba esperando, nervioso, en el porche. Mi hermana me contó que, para su asombro, se había levantado antes de lo habitual y sin que nadie le dijera nada, había hecho las páginas del cuadernillo de verano que le correspondían aquél día.

El viaje apenas si duró quince minutos, Álvaro estaba excitado y no dejaba de preguntar a dónde nos dirigíamos, le contesté con un enigmático “En seguida lo verás…”. Aparcamos bajo unos álamos y cogiendo la mochila, le dije:

-          “Bueno, vamos allá… A ver que descubrimos hoy en esta expedición…”

Supongo que para un niño de once años, acostumbrado a la ciudad, el hecho de ver un río ya le fascina, pero aún más adentrarse en sus aguas. Accedimos a la antigua Piscifactoría, hoy ya abandonada, y nos adentramos por el túnel. Tras una caminata de más de treinta minutos en la que no dejé de escuchar lo maravillado que mi sobrino estaba por aquél entorno, desconocido hasta entonces para él, pero tan cercano al mismo tiempo. Le pregunté:

-          “¿Entonces…?, ¿esto es algo distinto…?.

-          “Ya lo creo… esto es chulísimo y yo no sabía que en Jaén, pudiera existir algo así”.

Me preguntaba, asombrado, cómo era posible que el agua del río hubiera podido hacer en la roca aquellos profundos socavones en el desfiladero, se fijó en la vegetación que nos rodeaba e intentaba reconocer las diferentes especies mientras me pedía, constantemente, que nos bañáramos para mitigar los efectos de la sofocante temperatura, hasta que, por fín, accedí, fue al llegar a un tramo, con un acceso de cierta dificultad, en el que existe un remanso constituido por una poza natural, el agua es cristalina, aunque fría, por encontrarse su nacimiento a pocos metros. Se fue adentrando lentamente, pero la temperatura no lo disuadió, y se zambulló de golpe, supongo que para neutralizar sus efectos. Comenzó luego a bracear, primero lentamente y luego a más velocidad. Se volvió y me gritó para que le acompañara, lo hice. Algunos minutos después nadábamos en dirección al nacimiento del agua, río arriba, con los músculos entumecidos, entre risas y bromas. Cuando por fín alcanzamos el nacimiento, en el que agua brota con fuerza desde una cascada, nos pusimos en pie, pues allí, apenas si nos llegaba a la cintura y jadeando nos dirigimos hacia el margen izquierdo, donde había algunas piedras de gran tamaño, nos sentamos sobre ellas intentando acompasar la respiración, agitada por el esfuerzo físico que acabábamos de hacer. Álvaro elevó la cara, bronceada por aquél interminable verano, permitiendo que los rayos de sol se posaran sobre ella, tenía los ojos cerrados y una inmensa sonrisa pintada en el rostro.

-          “Entonces… ¿podemos considerar este verano un poco diferente del resto? – le pregunté -.

Abrió un ojo y me miró por el rabillo antes de contestar socarrón:

-          “Es un verano estupendo, Tata. ¡Un verano de aventura!” – y salió corriendo para volver a zambullirse de un salto. Yo lo miraba orgullosa jugar en el agua, sumergirse en ella, para salir poco después con una sonrisa radiante, salpicarme, entre ruidosas carcajadas y apremiarme para volver hasta donde habíamos dejado la mochila para dar buena cuenta de las viandas que, yo ya le había adelantado, guardaba en ella. Se han repetido después, en alguna otra ocasión más, estos días de diversión en plena naturaleza y, para ser sinceros, no sé quién de los dos los disfruta más. Supongo que tácitamente hemos instaurado, como tradición familiar, nuestras, cada vez menos esporádicas, visitas al río.

Es curioso como, cuando crecemos, tendemos a volver a aquellos años infantiles de los que somos capaces de afirmar, sin dudar, que fueron nuestra época más feliz, pensé mientras compartía con mi sobrino un almuerzo a la orilla de un río cristalino, bajo la agradable sombra de unos álamos, tras una excursión que nos había dejado exhaustos y hambrientos en un día de verano al sol…

“La infancia es un privilegio de la vejez.
No sé por qué la recuerdo actualmente, con más claridad que nunca”.
(Mario Benedetti)

miércoles, 9 de julio de 2014

De cuernos y borracheras en honor a un Santo Obispo de Amiens.




Desde mi, tengo que admitir, más profunda y, por tanto así, reconocida ignorancia confieso que no me suscita ningún interés la Fiesta Navarra de los Sanfermines, al menos, ninguno el grotesco espectáculo que ha terminado degenerando en la actualidad: guiris borrachos saltando desde la Fuente de Navarrería y, con suerte, dejándose sólo los dientes sobre los adoquines, cuando no se abren la cabeza en dos como un melón… Alardes, esperpénticos y desnaturalizados, de agresiones sexuales que quedan impunes entre risas etílicas y bromas vomitivas… Beodos, temerarios, corriendo delante de ingentes astados, morlacos de quinientos kilos… que llevan todos los números en la rifa del premio gordo de la cornada o, cuanto menos, de un revolcón que los dejará magullados.
Pero algo, no obstante, debe tener cuando Ernst Hemingway encontró en ellos la inspiración para su grandioso “The sun also rises”, obra conocida en la comunidad hispana como “Fiesta”, si bien, justo es reconocerle una mayor belleza plástica y riqueza lingüística en los giros empleados – tal suele ocurrir siempre –, a la obra en versión original, aunque a mí, personalmente, no me gusten los cuernos ni los accidentados espectáculos a los que, con frecuencia, conduce la incontrolada ingesta etílica masiva.

No doy crédito a lo que estoy viendo en el televisor, una horda beoda, duchándose, literalmente, en vino, caras desencajadas, risas estridentes, gente, mucha y muy joven, viviendo una auténtica bacanal, poseídos por el efluvio etílico y carentes de pudor y… casi me atrevería a decir que de dignidad, celebrando una fiesta patronal, la de San Fermín, el Santo de Amiens, decapitado a una, quizás demasiado, temprana edad… ¿será por eso que a partir del famoso “chupinazo” la gente pierde la cabeza?. Empiezo a planteármelo seriamente.

Soy – o al menos así lo afirmo – una férrea defensora de las costumbres y tradiciones populares y “si hay que correr delante de un toro, se corre” que debe ser todo un arte, amén de una evidente prueba de valor, pues ponerse delante de una fiera de quinientos kilos ondeando un fajín rojo no es algo, no debiera, que se haga a la ligera, pero digo yo ¿debe permitirse que el corredor se encuentre aquejado con una intoxicación etílica que ponga en riesgo tanto su vida como la del resto?, la respuesta habrá de ser necesariamente negativa, eso no es una tradición, es más bien, una verdadera temeridad, en toda regla además. Aunque supongo que esos dementes deben pensar que es una buena opción para matarse: si no es pateado o corneado por un toro, que sea rompiéndose el espinazo al saltar desde una columna de cuatro metros. Pero la cuestión en matarse y a poder ser, borracho.

Que la gente celebre, con gran algarabía, una Fiesta, me parece, incluso, aconsejable dada la época que atravesamos, pero que ello sea la excusa para justificar una ingesta excesiva de alcohol que provoque, no ya sólo el vómito, sino la desnaturalización de comportamientos humanos es… simplemente un dislate. ¿Es necesario comportarse como un verdadero animal para encontrar la diversión?, también la respuesta es, preceptivamente, negativa.

Y así vamos… lo que debería ser un reclamo para conocer las interesantes y ancestrales costumbres y tradiciones del pueblo navarro se ha convertido hoy, desafortunadamente, en una llamada al desorden para todos aquellos extranjeros que vienen dispuestos a hacer aquí lo que, de ninguna de las formas, harían jamás en sus países de procedencia.

Me imagino a ese Santo decapitado en compañía del gran Hemingway, compartiendo conversación, en una celestial Plaza del Castillo, ante un par de buenas chistorras y sendas copas de vino tinto, observando incrédulos lo que tiene lugar en Navarra durante esta semana de julio, un verdadero carnaval de excesos y extraños comportamientos que, se celebra siempre, vaya eso por delante, en honor de San Fermín.

“Always do sober what you said you’d do drunk…
that will teach you to keep your mouth shut”
(Ernest Hemingway)

lunes, 30 de junio de 2014

Ni más bagatelas, ni tantas fruslerías… ¡Otro Gin Tonic!, yo invito.




Todos tenemos algún escritor que, por una u otra razón, consigue atraparnos, haciendo que sus obras ocupen un lugar preferente en nuestra biblioteca. Yo tengo varios, pero sin duda, una de mis predilectas ha sido, es y será siempre, Ana María Matute, doña Ana María Matute, la Gran Dama de las letras en español.
Comencé a leerla a una edad muy temprana, supongo que mi padre me recomendó la lectura por la visión infantil con la que se encontraba redactada pero, con el tiempo, descubrí que esa apariencia inocua e inocente encerraba grandes metáforas de la realidad social española… Con “Los Abel”, su primera novela, dio inicio mi periplo, más tarde llegarían “Paulina, el mundo y las estrellas”, “Los niños tontos”, “Los hijos muertos", “El Polizón del Ulises”, “Algunos muchachos y otros cuentos”, “El aprendiz” o ese maravilloso “Olvidado rey Gudú”… y enumero ahora, sólo algunos de sus libros, pues no creo que haya dejado de leer ni uno sólo.
La Gran Dama nos ha dejado y lo ha hecho cuando se le ha antojado, pues jamás habría permitido, y así me consta, que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Mi relato de hoy es, tan sólo, mi humilde homenaje póstumo a la Señora del cabello nevado que se marchó tras el olvidado rey Gudú…



Tras calcular el tiempo que, a la mañana siguiente, me llevaría llegar desde mi hotel al Juzgado, para asistir a la vista, decidí callejear un poco por aquella desconocida ciudad. Aunque era un día de primeros de primavera, el calor apretaba a aquella hora de la tarde o, al menos, la sensación térmica era asfixiante, sin duda, por la humedad del mar a la que yo no estaba acostumbrada. Llegué casualmente a la puerta del Jardín Botánico, ya desde allí se percibía una temperatura más fresca y entré buscando el alivio a la sombra de aquellos enormes árboles. Estuve paseando un rato, maravillándome ante aquellas especies tan diversas, cuando descubrí una cafetería acristalada, sin duda se trataba de un antiguo invernadero reconvertido, a cuya entrada se diseminaban algunas mesas y sillas en forja blanca, sólo había dos ocupadas. Me senté y esperé a que un solícito camarero con chaleco y manguitos, perfectamente peinado a raya con abundante gomina y un bigotito de época, se acercara a recibir mi comanda. Me llamó la atención la amplia carta de ginebras que ofrecían en aquel curioso lugar, ambientado como un cafetín de finales del siglo XIX. Aguardé a que me sirvieran la Brockman con tónica por la que, finalmente, me había decantado, mientras sacaba mi cuaderno verde para tomar algunas notas, aquél sería el escenario de un nuevo relato, decidí. No sé el tiempo que transcurrió, cuando reparé en la señora de melena blanca sentada en la mesa de al lado. La anciana me escudriñaba sin ninguna expresión, fijaba sus ojos en mí y sonreía. Le devolví la sonrisa, algo incómoda, y retorné a las líneas que, aquella tarde, se resistían a ocupar, en renglones regulares, las impolutas páginas de aquél cuaderno que siempre llevaba en el bolso. La sorprendí un par de veces más, con la vista clavada en mí, entonces desistí. Cerré el cuaderno, dejando la pluma sobre él.

-          “Es una pluma preciosa, joven. Yo también utilizo pluma, es una lástima que la tecnología la haya relegado, convirtiéndola en un utensilio difícil de encontrar en uso ya. La suya, sin duda, es un precioso ejemplar”.
-          “Sí, gracias” – contesté algo azorada -.
-          “¿Me permite verla?” – preguntó la octogenaria haciendo ademán de levantarse -.
-         “Por favor…” – me puse en pie rápidamente para evitar que hiciera lo que se me antojó debía parecerle, un ímprobo esfuerzo. En dos zancadas me aproximé tendiéndole la pluma que tomó con gran delicadeza de mi mano y se acercó a los ojos. Detecté entonces unos dedos maltratados por la artrosis, deformados y retorcidos, pero que habían sido, sin el menor género de dudas, elegantes en su día. Finos y largos aún retenían parte de la nívea belleza que un día hubieron de detentar.
-          “Sí, es desde luego, una auténtica belleza… ¿usa tinta negra?”.
-     "Sí, siempre he utilizado la tinta negra para escribir. La primera pluma, una Parker me la regalaron mis padres cuando empecé el Bachillerato y…desde entonces no he usado bolígrafo, supongo que ya no sabría escribir con él…”.
-          “He visto que anotaba algo en esa libreta Moleskine… ¿qué era?...” – inquirió con avidez -.

 Noté que me ruborizaba ligeramente y tardé unos segundos en contestar aquella pregunta directa que, a pesar de todo, no resultaba impertinente, el tono era educado aunque firme y denotaba un interés sincero.

-          “Bueno, verá… me gusta escribir y suelo tomar notas que luego desarrollo en relatos”.
-          “Interesante, me gustaría leerlo. ¿Puedo?”.
-          “Lo siento – me excusé con nuevo azoro – pero no suelo permitir que nadie lea mi cuaderno. Tengo un Blog y sólo cuando lo publico es cuando…”
-          “Me parece bien, joven. Esos apuntes forman parte de su intimidad, Vd. decide cuando o no pueden leerse. A mí me pasa igual, no me gusta que nadie husmee en mis cosas y menos aún en mis escritos. Si Vd. me hubiera permitido su lectura me habría defraudado, es más, aún cuando estuviera leyendo un manuscrito de Goytisolo me habría parecido una soberana estupidez…” – Sonrió, señalándome con un gesto la silla vacía junto a ella – “Siéntese, he visto que también toma gin tonic, tómese otro conmigo, por favor, yo invito”.

Dudé aún cuando su tono no dejaba lugar a ningún titubeo. Le pedí que me diera un segundo para recoger mis enseres de la mesa en la que había estado sentada, mientras intentaba procesar toda la información, oral y visual, que había recibido durante aquellos minutos: pelo blanco, bolsas muy marcadas bajo los ojos, anciana octogenaria, la referencia a Juan de Goytisolo, la pluma, ella escribía… ¡Dios!, ¡era ANA MARÍA MATUTE!. Cuando dejé el bolso junto a las dos botellas, ya vacías, de tónica dispuestas en hilera junto a su copa, aún experimentaba un ligero temblor.

-          “Antes ha pedido una Brockman… tiene un buen gusto para la ginebra, creo que yo tomaré otra”.
-          “Bueno… a lo mejor ya va a ser ya demasiado…” - miré inconscientemente los restos de tónica en los botellines y la copa de balón con el hielo ya derretido.
-          “Joven… Vd. no tiene la apariencia de permitir que nadie le diga lo que puede o no hacer: yo tampoco lo permito. Llevo, desde que tengo quince años, tomando gin tonics cada día, es más, me dan la lucidez suficiente para seguir escribiendo o… ¿acaso cree que cumplir años nos aparta de los pequeños placeres de la vida? – el tono severo quedó atenuado por una dulce sonrisa -. Y no cometa Vd. ahora la ordinariez de decirme que <<en su época…>> - impostó ligeramente la voz -, mi época, amiga mía, es exactamente ésta: la misma que la suya, Vd. con toda probabilidad no pase de los cuarenta, yo, seguramente, le doblo la edad, pero es mi época, tanto como suya. Y ahora déjemos ya de más bagatelas y tantas fruslerías… - buscó al camarero con la mirada - ¡Otro gin tonic!, yo invito a la señorita… Por cierto, llámeme Vd. Ana María…”

Clavó en mí una mirada cálida, inteligente y llena de vida y dio inicio a una larga conversación sobre la Literatura, vista por esta Gran Dama para la que las letras no fueron sino “el sentido mágico de la vida”.

“Ay, querida niña- dijo el Trasgo-, ¿qué son unos cuantos años más o menos para quien vive inmerso en los siglos de los siglos? Nada, querida niña, nada.
 Y bebió con fruición, no exenta de temblores, un buen trago de cierto vinillo sonrosado que guardaba para las grandes ocasiones. Pues el temor que le inspiraba la Vieja Dama sólo era comparable al cariño que sentía por la Reina Ardid”.
(“El olvidado rey Gudú” – Ana María Matute)


jueves, 19 de junio de 2014

El día de junio que cambió la Historia de España.




A pesar de los descalabros sufridos a lo largo de la Historia, ya sea ésta la pasada o la más reciente, me siento orgullosa de ser española, quiero a mi país y,  aún a riesgo de recibir la calificación de “facha” que, por otro lado, poco o nada me importa, debo decir que amo profundamente los colores de mi patria, aquellos que el propio Carlos III instaurara como enseña distintiva de nuestros buques y naves. Ayer, la bandera rojigualda ondeaba en mi balcón, jugaba mi Selección y perdió. Hoy, 19 de junio de 2014, continúa en él, orgullosa y altiva, como siempre debió ser. Nuestra Historia ha dado un giro inesperado, que gozará de mayores o menores aprobaciones, pero que atañe a mi país, a mi realidad, y quiera o no, formo y formaré parte, siempre, de esta nación de antiguos y memorables logros, valientes conquistas y luctuosas pérdidas y equivocaciones, pero es y será  España, la mía, siempre.


No soy monárquica, no lo he sido nunca y no creo, sinceramente, que termine por serlo algún día, aunque reconozco que Felipe despierta mi simpatía. No sólo porque comparta el nombre con aquél otro insigne bajo cuyo reinado “jamás llegaba a ponerse el sol”, ni tampoco – aunque así pueda pensarse dada mi especial predilección por lo castrense – porque en tan memorable día luzca el fajín rojo, distintivo de Capitán General o las Grandes Cruces al Mérito Militar, Naval y Aeronáutico. Verlo de uniforme, con tan regio porte, luciendo la banda de la Orden de Carlos III y asegurando, tras jurar la Constitución, que no escatimará esfuerzo alguno al servicio de esta Gran Nación que un día fue España, la España Imperial que jamás debió dejar de serlo, le ha hecho acreedor, cuanto menos y sin la menor duda, de mi profunda estima.

Hoy, a ese joven de sonrisa fácil y envidiable formación que podríamos, sin temor a equivocarnos, calificar de impecable y actual, pues no es sólo jurista, sino que tiene unos amplios conocimientos económicos, domina varias lenguas y parece ser un tipo sencillo y de gran sentido común, le han cedido una corona y un cetro que, ya me barrunto yo, deben pesar más de lo que parece. Hoy a Felipe, le han nombrado Rey, desconozco, no obstante, si por la gracia de Dios.

Si intento ponerme en su lugar, una sensación de vértigo me invade, pues la responsabilidad que ha asumido es ingente, no ya sólo porque los escrutadores ojos de la Historia se hayan posado en él, los mismos que antes lo hicieran sobre su regia estirpe, con sus claroscuros, que si por algo se han caracterizado los Trastámara, después los Austrias y, finalmente, los Borbones ha sido por ser, sobre cualquier otra cosa, humanos y no me refiero a esa cualidad de empática comprensión tan encomiable en toda persona de bien, sino a ser, precisamente, falibles y tener, todos ellos al igual que nosotros, miserias y deshonras más o menos expuestas pero que a la condición humana resultan inherentes. Si bien, en pleno siglo XXI éstas, sin duda – aunque obedezcan, siempre, a los mismos instintos – tendrán una mayor proyección… Sino, y sobre todo, porque a él y solo a él compete mantener la UNIDAD de este Reino “al revés” que ha heredado, pues en esta época convulsa en la que los más recalcitrantes republicanos de guillotina tricolor, sorprendidos por un resultado electoral que, indudablemente, no volverán a detentar, pregonan y postulan modelos educativos y sociales similares a los de los países nórdicos – monárquicos y capitalistas paradójicamente- o los nacionalistas más reaccionarios que pretenden tener una identidad propia y soberana fuera del seno materno pero sin dejar de chupar de la teta de España, todo ello, además, ante la indolente mirada de un pueblo lacerado por una crisis que parece no tener fin, enmarca un panorama en el que se ha instaurado la corrupción más impune que alcanza, incluso, a la propia institución real… Dichosa y bendita herencia ésta que yo para mí no quisiera.

Difícil lo tendrá, Majestad, que aquí si de algo estamos sobrados es de mala leche, no obstante, le diré que no encontrará en mí a su peor detractora, conformándome y exigiendo, también, no sólo el cumplimiento de sus obligaciones con lealtad, honor y ejemplaridad pues Vd., Ilustrísimo Señor, representa a mi noble país, del que pese a todo, me sigo sintiendo orgullosa, sino que deberá, además, demostrar que se preocupa por su Pueblo, ese que hoy ha salido a la calle con banderas nacionales a aclamarle como Monarca vitoreando su nombre, sea así, por tanto, cercano, protéjalo y empatice con él, en las alegrías y en los sufrimientos, que no son pocos. Pues no merecen menos al ser hijos de esta gran Nación a cuya cabeza se acaba de situar Vd. mismo.

Y así fue como, en un día de junio, dio inicio un nuevo capítulo de la Historia, mientras el Rey Felipe VI de Borbón y Grecia, salía a saludar a los españoles desde el balcón del Palacio de Oriente nuestras valientes y aguerridas huestes, en pantalón corto y botas de tacos, recibieron, tras una breve conquista de la supremacía futbolística, las cruentas venganzas de los rencorosos espíritus de Justino de Nassau y de Lautaro, cuyas sendas humillaciones, quedaran inmortalizadas, la primera, en ese cuadro de Velázquez que, si ya antes admiraba, ahora bien sabe Dios que idolatro: La rendición de Breda y la segunda, gracias a Alonso de Ercilla, en esa épica obra de La Araucana, con los brutales y despiadados mazazos de cinco y dos goles, respectivamente, que nos dejaron con la boca abierta y las nalgas al aire… pero ondeando, siempre, nuestra bandera.

Esperemos, Majestad, que no sea éste vaticinio alguno del reinado que ahora, tan ilusionado, emprende, pero si lo fuera, sepa Vd. que siempre quedará el orgullo patrio sosteniendo nuestra grandeza roja y amarillo gualdado, mientras viva un solo español, que de casta le viene al galgo.

¡Viva España, Viva el Rey!... ¡Santiago y cierra España!.


“Con la patria se está con razón o sin razón;
 como se está con el padre y con la madre”.

(Antonio Cánovas del Castillo)

jueves, 12 de junio de 2014

El Lenguaje Secreto de las Musarañas.



A todos, en alguna ocasión, se nos ha interpelado, intentado así inopinadamente captar nuestra atención, con el aforismo “¡Qué estás pensando en las musarañas!”, locución, ésta que, personalmente, considero errónea, puesto que, de conformidad con mi parecer, el sujeto en cuestión, en ese preciso instante en el que es sorprendido, no se encuentra “pensando en” sino “hablando con” las musarañas, inmerso en ese diálogo que tiene lugar en un lenguaje que resulta incomprensible para el molesto espectador. He aquí mi particular teoría:

Hace años, muchos, tantos que, en ocasiones, no soy capaz de datar el momento con precisión, descubrí un lenguaje que suelo practicar de manera, cada vez más, habitual y cotidiana. Siendo frecuentemente el momento propicio para ello aquél que se produce cuando la realidad que me rodea carece del más mínimo interés para mí, me resulta tediosa o… simplemente, empieza a germinar en mi interior una clara y repentina inapetencia a introducirme, tomando parte activa, en una conversación insustancial cualquiera, lo que, por otro lado, detecto que se produce con una recurrente, que no preocupante, frecuencia.

Es así como da inicio, entonces, mi especial diálogo con las musarañas que, irremisiblemente, me resultan siempre mejores conversadoras que la gran generalidad, siendo ésta una charla amena y distendida y llevada a cabo con una grandísima discreción… o así lo espero, sin que llegue, no obstante, a preocuparme lo contrario.

Reconozco que la gente, en general, me aburre y que, determinadas personas además, en particular, me cargan. No lo puedo – ni quiero – evitar. En estas cuatro décadas ya he trabado cuantas amistades precisaba y eran recomendables y durante todos estos años, las mismas, han llegado a conocerme perfectamente. Motivos ambos, por los que ni tengo ningún interés en engrosar mi lista de amigos, ni pierdo, tampoco, mi tiempo hablando, cuando lo que realmente importa son, siempre, los hechos.

Creo que no soy de hablar mucho, es más, prefiero escribir. Siempre lo he preferido. Jamás doy explicaciones, siendo la principal razón por la que, tampoco yo, las pido nunca. En definitiva, me dedico a estudiar y a practicar, cada día con mayor ahínco, si cabe, ese precioso idioma comprensible tan sólo para las musarañas, las mías. En realidad, son las únicas conversaciones que no terminan saturándome y ellas, mis musarañas, las singulares oradoras a quienes no considero un pestiño. Sí, lo reconozco: me encanta “estar” – aún cuando en mi personal concepción sea “conversar” – en las musarañas.

¿A quién no se le “ha pegado alguna vez un chicle en el zapato”? y con ello no aludo ahora al viscoso pisotón que adhiere la suela a la acera, sino al martirio sufrido cuando alguna persona “plomo” que, con gran insistencia por su parte y a costa de tu paciente educación, intenta “meterse a rosca” en tu vida, absorbiendo tu tiempo, libre o no que eso al coñazo de turno le resulta indiferente, y acaparando una atención que, desde luego, a ti no te suscita, al resultarte, desde todo punto, un ser insustancial o soez y, hasta el desafortunado momento en que entró en tu vida, total y absolutamente invisible. Bien, pues para mí, ese es el típico episodio en el que prefiero un largo coloquio con las musarañas, frente una realidad que se me antoja cargante en extremo, dado el hastío producido por la persona en cuestión.

Otro supuesto se da cuando, por razones totalmente involuntarias, te ves obligado a soportar, con gran estoicismo, un discurso que no tiene, para ti, el menor interés, ya sea por cuestiones laborales – un Cliente que te da todo tipo de explicaciones, para las que se remonta a la época de los visigodos, por respuesta a la pregunta, simple y precisa, de “¿cuándo firmó Vd. el contrato del que me habla?” – o bien, sociales: pienso ahora en una de esas reuniones convencionales, en las que, agotada ya la siempre acertada, por típica y esperada, posibilidad de conversar sobre la climatología, da inicio, primero tímidamente y luego ya de un modo locuaz, de irritante incontinencia verbal, una retahíla de batallitas sobre las monerías de los hijos ajenos o chismes intrascendentes, por resultarte indiferente la persona sobre la que los mismos versan y que, nuevamente a mí, me abocan a esa solazada charla con las musarañas.

Y, por supuesto, no puede faltar este diálogo interior cuando, en plena sala de vistas, el Compañero que toma la palabra para dar trámite a su Informe de Conclusiones, se excede en su celo, reproduciendo, literalmente, todos y cada uno de los términos empleados – signos ortográficos incluidos - en su demanda, o bien, en su contestación, durante unos largos, tediosos e insufribles quince minutos de intensa agonía... Empieza entonces un hormigueo en la base de la nuca que se va extendiendo lentamente hacia arriba, reconozco en él la llamada de atención, inequívoca y ansiada, de las musarañas que, inmediatamente, captan mi atención, pues el diálogo con ellas es más agradable e, infinitamente, más interesante.

En definitiva, según mi personal experiencia, creo que cumplir años, al menos es así en mi caso, se reduce a un incremento, cada vez mayor, de mis usuales conversaciones con las musarañas. La realidad que nos rodea y los seres que, a mi pesar, la integran, aún cuando intente mantenerlos fuera de mi vida, ya sea por petulantes, aburridos, nocivos o estólidos, cada vez se dibuja menos interesante, encontrando, de este modo, todo el encanto en ese mundo interior en el que sólo mis amadas musarañas poseen un lugar preferente, junto con mi familia y amigos, bajo un cielo azul en el que se mecen las nubes de algodón al soplo de un vientecillo tibio que me trae esa paz del espíritu.

“¿Qué hace falta para ser feliz?: un poco de cielo azul sobre la cabeza,
un vientecillo tibio y… la paz del espíritu”.

(Andrè Maurois – Novelista y ensayista francés).