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lunes, 9 de junio de 2014

La piel de la serpiente.



Desde que el Gran Duque de Ahumada, allá por el año 1.844, fundara la Guardia Civil, siempre ha habido presencia de mi familia en este Instituto, siendo, además, la misma por ambas ramas. Ocurre o así debe ocurrir, que este hecho, conlleva, supongo que imbuido en el propio ADN, el orgullo y el honor de nuestra vinculación con la Benemérita, lo que se ha ido transmitiendo y tengo el pleno convencimiento, genéticamente, junto con los rasgos físicos distintivos de mi familia. Así, tengo el recuerdo, ayer, de mis abuelos y de mis tíos, hoy, de mis primos y con toda probabilidad, mañana, de sus hijos; de amar, respetar y honrar, siempre, a la Guardia Civil.

La valentía, la dedicación, el sacrificio y el honor con el que todos y cada uno de sus miembros se entregan a la defensa de la Patria, pues optaron porque fuera éste su deber, ha provocado que sean los más castigados con una de las peores lacras que ha sufrido jamás nuestro país: el terrorismo cruento de ETA. Han asesinado, cobardemente, por la espalda y sin piedad, de un tiro en la nuca, a padres de familia que hicieron de la vocación de servicio, su medio de vida y el sustento de sus familias, culpables, sólo, de ser españoles y de estar dispuestos a dar su vida por España; han matado, también, a niños inocentes que dormían en las Casas Cuarteles y lo han hecho a traición: amparados por la oscuridad de la noche y con una bomba accionada con un detonador a distancia, que les garantizara una huída indemne. Cobardes, desalmados… Eso es lo que ha hecho y haría, si se lo permitieran, siempre ETA.

Después de oír las declaraciones de ese tal Pablo Iglesias sólo pude concluir diciendo que únicamente una alimaña puede justificar y amparar el comportamiento de otra alimaña. Es el despreciable sabor de la resaca, tras la borrachera de un inesperado éxito electoral, en una boca pastosa por la toxicidad de su propia bilis pútrida…

Desde mi privilegiada posición, ya de mera espectadora de nuestro panorama político, pues hace tiempo que me desvinculé de la participación activa, intentaba analizar los últimos resultados electorales, desde mi humilde perspectiva y no puedo por menos que compartir ahora mi análisis, al eclosionar la ponzoña de un vendedor de humo, salido de la cloaca de la indignación más injustificada, por vandálica y haragana, de una situación económica que, es cierto, nos ha mordido hasta lacerarnos el tuétano, no puede amparar comportamientos tan denigrantes ni desnaturalizados, como los que se vienen produciendo.

Así, reconozco que me alegro por ese voto de castigo dado, entre el que ha de contarse el mío propio, al bipartidismo corrupto, basado, hasta el momento, en el “como todo está justificado por el ‘anda que tú’ o el ‘tú más’, ahora me toca a mí que después ya volverás tú”, no puedo más que congratularme ante semejante varapalo que no evidencia sino cierta madurez democrática en nuestra población al ponderar su voto desde el intelecto que no desde el corazón. Es un gran paso o, al menos a mí, así me lo parece.

Pero cierto es, también, que me sorprende, nefastamente, que politólogos – o así se hacen llamar - oportunistas, mercaderes del vil estraperlo de la desesperación, consecuencia de la carestía generada por esta cruenta crisis en la que, paradójicamente, proliferan amparados por la turba, inculta y hambrienta de trasnochados ideales románticos, presa fácil de su manipulación, se muestren cuál Mesías, desgranando sin ningún pudor absurdas teorías que asemejan “la política con el boxeo” para pasar, a continuación, a consagrarse en los Anales de la más profunda Imbecilidad con la siguiente frase lapidaria: “Lo que se pierde en un campo de batalla, no se recupera en un Parlamento” y eso, en referencia al “problema vasco”. En ese momento, tras el estupor que semejante dislate me produjo, me pregunté qué tipo de ser execrable era capaz de modular aquél discurso, pues sólo tiene una posible lectura: la justificación del asesinato, dado que según sus palabras no se trata sino de una “guerra, librada en un campo de batalla”. La única respuesta que se me ocurrió fue precisamente que “sólo una alimaña, puede justificar el comportamiento de las alimañas”… ¿Qué ocurriría, entonces, si tales manifestaciones fueran tomadas como una declaración formal de guerra por parte del otro bando?, ¿acaso no se convertiría él, en otro enemigo a abatir?, pero claro, esto es un Estado de Derecho, se permite todo y su “enemigo”: las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, no asesina, no mata… Se somete a la Justicia que no ha sido, nunca,  muy generosa con ellos: las únicas víctimas. Me pregunto si repetiría esa estólida teoría suya del boxeo mirando a los ojos a las viudas y huérfanos de la Guardia Civil, si tendría los arrestos para decirlo ante cualquier español de bien, los que hemos llorado y sufrido cada una de esas muertes con rabia e impotencia.

Seguí reflexionando sobre quien no puede ser considerado sino como un mero y simple anormal, con el agravante de que a éste se le presume, lo que no implica que lo posea, cierta formación y nivel cultural, pero claro, eso de ser un “progre” desaliñado, con románticos ideales utópicos, sólo es posible en un Estado (Capitalista) del Bienestar, donde los parásitos invocan una infinidad de derechos sociales sin tener, o intuir si quiera, más obligación que la de mantenerse en el propio parasitismo en el que se han instalado… Claro, ser un comunista en Rusia, Cuba o Venezuela significa comerse las uñas, porque allí no hay otra cosa que echarse al coleto, ni tan siquiera las revueltas, porque cuando se producen, llueven los palos – me pregunto si no serán los que aquí, visto lo visto, tanto escasean-. Este politólogo cuando habla de República, habla de guillotina, de actos vandálicos, de violencia y de una bandera tricolor con evidentes connotaciones ideológicas tendentes a la izquierda, sin plantearse la posibilidad de que esa misma República pueda estar presidida por un partido de derechas. Yo no soy monárquica, no lo soy, pero reconozco que sólo la Corona otorga hoy la UNIDAD a este maltrecho país, cuestionándome, a fin de cuentas, si el gasto destinado, por ejemplo, a UGT o CCOO está o no tan justificado como pueda estarlo el de la representación institucional de una Nación, con sus más y sus menos, que últimamente la monarquía anda que lo tira… Pero me llama poderosamente la atención que este más que previsible futuro Premio Nobel critique el derecho hereditario cuando se refiere a la monarquía y no se pronuncie cuando ese mismo derecho hereditario se aplica a una dictadura como la Cubana.

Cuando concluyó la entrevista que sin duda lo ha cubierto de toda la gloria que es posible detentar, viéndole ese aspecto descuidado de joven apasionado y crítico, pensé que era un pobre botarate, otro más, producto de la crispación del momento. Probablemente, dentro de unos años, cuando sea un Catedrático “de despacho”, plácidamente sentado en su cómodo y elegante sillón de Departamento, recordará ese tiempo de “batallitas” como algo propio del arrojo de la edad, los “descalabros de la juventud”, lo dará en llamar, con esa verborrea calmosa y nociva, y tras dar sus magistrales clases en alguna Universidad privada, subirá a su cochazo en dirección a La Moraleja, dejando, olvidada, sobre la percha esa vieja camisa: la piel, seca, de la serpiente que un día fue y que seguirá siendo, pues el reptil no deja de serlo por más veces que la mude.

Tras el asedio de nueve largos meses, al Santuario de la Virgen de la Cabeza en Sierra Morena, bajo las órdenes del Capitán Cortés, valientes Guardias Civiles y sus familias defendieron con ahínco sus vidas y su honor.
Finalizó el 1 de mayo de 1.937, el mismo día en que el Capitán Cortés es herido de muerte, y con tan sólo 14 hombres en disposición de luchar.
El Capitán, previamente, había hecho colgar un cartel con la leyenda “la Guardia Civil muere pero no se rinde”.

Yo me pregunto… ¿qué defiende y con qué decencia el patán que justifica los asesinatos de héroes cómo éstos?.

viernes, 16 de mayo de 2014

De contorsionistas, monos, payasos y de un loro llamado Bárcenas.



Si de pequeña esperaba algo durante todo el año con gran ilusión era mi cumpleaños. No por el hecho de la fiesta infantil, la tarta y los regalos, sino porque al tener lugar en plena Feria, era visita obligada la del Circo. Me encantaba el Circo y, de hecho, me sigue encantando: las fieras, los payasos, los trapecistas, ilusionistas, contorsionistas. El colorido y la atmósfera, mágica y bohemia que destila, cuando se encienden los focos sobre la pista central y aparece el maestro de ceremonias presentando los números que van teniendo lugar, tras ese redoble de tambores que incrementa la tensión… Hace unos días, uno de mis sobrinos le preguntó a mi madre qué era lo que más me gustaba a mí durante aquella etapa de mi vida, para mi asombro, pues no habría sido capaz de glosarlo mejor, le contestó sin dudar: “las estrellas, se pasaba las noches mirando por el telescopio y anotando en su cuaderno de anillas; los libros; la Guerra de las Galaxias y… el Circo”. 
Puedo ver, con total y absoluta nitidez, a una niña rubia, de apenas seis años, absorbiendo con la mirada, inocente, cuanto tenía lugar bajo la carpa. Hoy, treinta y cuatro años después y convertida en adulta, tengo el profundo convencimiento de estar asistiendo a una nueva sesión circense, sólo que en esta ocasión es a cargo de “EL GRAN CIRCO EUROPEO DE LOS HERMANOS DALTON”…

Me parece bochornoso el panorama político que nos vemos obligados a soportar, en el que el “anda que tú” o el "tú más”, se han convertido en muletillas recurrentes y manidas para todo aquél que se apresta, sin rubor, a subirse al carro de la “ineptitud profesional”… Así, nuestra clase política, lejos de encontrarse integrada por profesionales de lo que debiera ser “el arte del servicio al ciudadano”, está compuesta por “malos profesionales a los que el ciudadano debe prestar su servicio útil con el voto”, así, nos topamos con una amplia caterva de grandes inútiles: desde el mal médico, al inepto abogado, pasando por el economista mediocre o el pésimo maestro, sin olvidarnos, claro es, de la telefonista “que no estudió porque se aburría”, quienes, lejos de servir a la Sociedad desde su preparación específica, optan por integrar esa pléyade de cuatreros impenitentes, hambrientos de poder y dispuestos a vender su alma por un puñado de votos que los eleve al Olimpo de la Business Class.

Patético, simple y sencillamente patético.

Quienes se han evidenciado, a lo largo de todos estos años de bipartidismo, como manifiestamente incapaces de regir los designios de este Reino nuestro – hoy invertebrado y minado en sus cimientos, casi agónico y próximo al fenecimiento -, nos piden  nuestro apoyo para dar el salto a la pista central que acaba de iluminarse, mientras los espectadores aguardan ansiosos ese nuevo número del “más difícil todavía” que provocará mayor estupor en unos, o ácida algarabía, en otros. Y entonces sí se nos muestran como los más fieles servidores públicos, denostando al contrario con el dedo acusador que les tiembla, al no saberse ellos mismos libres de toda mácula, regalándole los oídos al incauto votante que quiere ver una luz de esperanza en las falsas promesas que profieren, entre insulto y ataque. Y así vamos… Que sólo están de acuerdo en que deben volar en Bussiness Class,  cuando aquí, los sufridos españolitos de a pie que venimos soportando la crisis – y aún así continuamos siendo dueños y señores de nuestro voto - vamos a trabajar a pie o en autobús y si, con suerte, podemos disfrutar de vacaciones o con más suerte aún, irnos de viaje, lo hacemos en Turista, que no hay para más.

Desde mi asiento en la primera fila, veo pasar tan colorida comitiva: un enorme paquidermo de torpe ambular, los chillones y ruidosos monos despiojándose o abofeteándose entre sí, pues variable es su parecer, los payasos - esos engendros ridículos -, los contorsionistas, los escupefuegos, los ilusionistas y equilibristas… Ahí van, todos en tropel, en pugna por acaparar el mayor número de miradas y aplausos que para eso son "unos artistas". El vocerío se incrementa, los espectadores, presa del más demencial divertimento, estallan en sonoros aplausos, carcajadas y exclamaciones de asombro…

Yo, señores, me levanto y decido marcharme, eso sí, no sin antes dejar de manifiesto mi más sincera repulsa ante semejante espectáculo, pues de justicia es manifestarse para poder luego quejarse: mi voto, panda de forajidos pues me resisto a abstenerme, por primera vez en toda mi vida adulta y hasta que no cambien las cosas, es y será NULO, ninguno lo valéis.



“Doy mi voto al Loro Bárcenas.
Fdo. Carmina y Amén”.
- y conste que lo dijo una gran Sabia -

lunes, 12 de mayo de 2014

Los invitados.




Echó, satisfecha, una última mirada recreándose, lentamente, de arriba abajo, en el espejo del vestidor. La embargó un irreprimible sentimiento de euforia. Elevó la copa en un ficticio brindis hacia la imagen que le devolvía aquella superficie pulida y la apuró de un trago. No se podía negar que los carísimos emolumentos de aquél cirujano plástico habían merecido la pena: párpados, labios, mentón, pómulos y finalmente… el busto. “Sí – sonrió entornando los ojos para mostrar la más seductora de sus miradas -. A mis, casi, cincuenta años, parezco, aún, más próxima a los cuarenta”. Pensó, con desprecio, en todos aquellos imbéciles que le habían vaticinado una vida de fracasos y miseria, había hecho siempre lo que le había venido en gana, sin importarle, jamás, las consecuencias de sus actos y ahora poseía todo cuanto había deseado. Se sabía objeto de múltiples y agrias envidias y eso le originaba una triunfal sensación de superioridad. Se retocó, una vez más, la espesa capa de maquillaje que cubría su cutis – ese “pequeño retoque” debería esperar, al menos, un año, estaba demasiado ocupada en aquellos momentos, regodeándose en su triunfal situación y mostrando, indolente, al mundo su suntuosa existencia desde aquél pedestal –. Aplastó el cigarrillo que se consumía, ignorado, sobre el cenicero de cristal. Se dispensó a continuación un poco de spray bucal para mitigar los restos que, de alcohol y tabaco, pudieran quedar en su aliento y sobre sus altísimos tacones de Manolo Blahnik, se dirigió hacia el salón, donde ya deberían aguardar, expectantes, sus invitados aquella noche.

Asegurándose, a su paso, de que las llaves de su imponente automóvil resultaran claramente visibles – a modo de “descuidado olvido”- sobre la bandeja de plata de la mesita del pasillo, movió ligeramente la lamparita que proyectó su luz sobre éstas, sería, así, inevitable no verlas cuando cualquiera de sus amigos se dirigiera hacia al baño, le dio la vuelta al llavero, dejando a la vista el exclusivo anagrama comercial que se recortaba sobre la correspondencia, aún sin abrir, de aquél día. Sonrió complacida mientras deseaba una nueva copa.

Le llegaba, amortiguado, el rumor de la animada conversación que estaba teniendo lugar en el salón y decidió no hacer esperar más a quienes, presumía, aguardaban ansiosos su llegada, dispuesta a emborracharse con los efluvios de los múltiples halagos que, con toda seguridad, le dispensarían, pues no podría ser de otro modo. El vestido de Armani, que dejaba al descubierto la espalda hasta un punto excesivamente bajo, sería, sin la menor duda, objeto de profunda y sincera admiración, estaba convencida. Sobre su cuello, bronceado, destacaba la  gargantilla de oro blanco y diamantes que despedía unos destellos cegadores. La embargó una placentera sensación y pensó que no se podía deber a las tres copas de Hendrick's que había tomado mientras se arreglaba. No, no era eso. Se sentía joven, se sentía bella, se sentía deseada, envidiada, admirada… Era una triunfadora y todos, era evidente, se habían equivocado en sus aciagos pronósticos. Decidió anunciar sutilmente su presencia, incentivando así una hormigueante expectación en los demás, ansiosos por posar sus ojos en ella, imprimió una mayor presión a sus pasos, de manera que cada uno de ellos resultara audible, superponiéndose a la conversación que inundaba la amplia estancia decorada, a golpe de talonario, por afamados interioristas. A modo de cuenta atrás ralentizó, ligeramente, el tiempo en alcanzar la entrada, con calculados y acompasados golpes de tacón: tres, dos… uno. Compuso la más amplia de todas las sonrisas, exhibiendo el primoroso trabajo de blanqueamiento dental al que acababa de someterse, para presentarse ante sus amigos, envuelta en el fragante halo floral de Chanel, se detuvo sólo un instante, el tiempo justo, para que todos los ojos se volvieran hacia ella. Fue su momento de gloria. Paladeó, interiormente y henchida de su propia vanidad, las mieles de materializarse, cuán mitológica diosa, ante aquellos atónitos rostros como la “perfecta anfitriona” – atrás quedaron, entonces, las largas horas de cocina, tras el elevado cargo realizado por la adquisición de tan exquisitas viandas; el tedioso tiempo dedicado a su cuerpo en aquél Salón de Belleza: depilación, manicura, pedicura, peinado… Todo había merecido la pena sólo por gozar de aquél momento mágico, sublime y ansiado -.

Sin dejar de sonreír se dirigió a cada uno de sus amigos. Comenzó por Sole, quien siempre había estado a su lado, desde hacía años, fue la primera en comprender que tras aquél nuevo desliz, su matrimonio se hubiera ido al traste y había colmado, con su silenciosa compañía, todas las horas de ausencia desde entonces, la besó en la mejilla. Y sin soltarla del brazo fue, saludando, uno a uno, a los presentes, mientras se dejaba regalar piropos y adulaciones que recibía con una estudiada, fingida y falsa humildad. En ese momento lo echó de menos. Reparó en que faltaba Al. Aquél simpático truhán era el más impuntual del mundo, bien es cierto que jamás faltaba a una cita, pero irremisiblemente, llegaba tarde a todas, inundando de alegría, en compensación a su demora, cualquier reunión con sus continuas risas y bromas. El dueño del arrollador carácter que lo caracterizaba y que siempre era bienvenido, también hoy se hacía esperar, pero vendría, estaba segura. Al jamás le había fallado y no iba a hacerlo hoy. Cogió una copa de la mesa y apenas si había probado su contenido cuando él apareció, anunciando su presencia con esa potente y cantarina voz suya, las carcajadas y las risas contagiosas no tardaron en aparecer y el ambiente, hasta el momento plácido y distendido, se tornó alegre, despreocupado… Beodo.

Miró entonces al grupo, atónito y fascinado por el brillo que irradiaba, rivalizando tan sólo con el de aquella casa, elegante y chic. Sonrió complacida, siguiendo las expresas indicaciones de su invitación, las mujeres acudieron impecablemente vestidas de fiesta, en tonos oscuros y ellos en elegante y favorecedor traje de smoking.

“Ya que, por fín, estamos todos – miró de soslayo a Al que, socarrón, hacía de las suyas mientras le dirigía amplias sonrisas - pasemos al comedor”, dijo posando la mirada, distraídamente y sin ver la hora, en el Rolex de su muñeca. Conforme a las normas del más estricto y pulcro protocolo, se había tomado la molestia de colocar el nombre de sus invitados en el lugar que debían ocupar en la mesa. No pudo reprimir la tentación de conferir los sitios preferentes: a su derecha e izquierda, respectivamente, a cada una de sus dos mejores amigas. Ellas, jamás la habían defraudado, cuando las había necesitado, allí habían estado. Siempre a su lado. Decidió que ambas merecían disfrutar de aquél gesto de público agradecimiento y profunda estima que les dispensaba por igual.

Las velas refulgían, proporcionado unos centelleantes destellos irisados a la vajilla, los cubiertos de plata aguardaban, en simétrica disposición, su uso y la refinada cristalería de Bohemia, lucía espectacular sobre el mantel. Aspiró con delectación el envolvente aroma, aquél discreto bouquet de flores le pareció que otorgaba el toque de coqueta, aunque sobria, elegancia necesario en toda mesa de bien.

Cuando en medio de aquella deliciosa velada, regada con abundante vino de Crimea y aderezada con una plácida conversación, sonó el timbre, nadie se sobresaltó. Aún cuando no hubiera sido invitada, ni se hubiera hecho, tampoco, referencia a ella, todos los presentes supieron quien aguardaba en la puerta. Intercambiando miradas de complicidad, se dispusieron, con total naturalidad, a que tuviera lugar su inevitable aparición, mientras el eco de la sonora carcajada de Al quedó suspendido en el aire. La atmósfera se hizo pesada, casi irrespirable. Atenazadora. El aire pareció quedar estancado.

… (…) …

Fue a primera hora de la mañana, cuando la asistenta filipina entró en la casa, le extrañó el inusual silencio que reinaba en ella. Sabía que la señora, así se lo dijo cuando la tarde anterior la despidió antes de lo habitual, había convocado a sus amigos íntimos a una cena y, probablemente, ésta se hubiera alargado hasta bien entrada la madrugada, pero por tarde que se fuera a dormir, la señora nunca se quedaba en la cama más allá de las ocho. Miró el reloj de pared para confirmar que eran, efectivamente, las nueve, a esas horas solía estar ya deambulando incesantemente por la casa, dando órdenes e instrucciones sobre las tareas domésticas que habían de acometerse, de manera histérica e iracunda, pues nunca estaba nada a su gusto. Dado su variable parecer, lo que un día debía hacerse de un modo determinado, al siguiente, tenía que cambiarse. Lo que decidía que debía cocinarse según una receta concreta, dejaba de gustarle para la siguiente ocasión. Y ello de forma cruel, lacerando e hiriendo, de manera injustificada e innecesaria, la diligencia de la sumisa asistenta que lo soportaba resignada y en absoluto mutismo. Sin levantar jamás la mirada.

Entró en el salón donde pudo apreciar los restos de la fiesta: botellas medio llenas, copas vacías y bandejas de canapés diseminadas sobre las mesas. La llamó pero no obtuvo respuesta. Se dirigió a la cocina, no estaba allí tampoco. Fue, luego, al dormitorio: la cama estaba perfectamente hecha, aunque sobre ella se amontonaba, en desorden, una infinidad de antiguas prendas de vestir, pasadas de moda – resopló, quejándose interiormente por la mañana que, sin duda, le esperaba. Guardar y colocar todo aquello le iba a llevar un buen rato, mientras aguantaba estoicamente las irritadas voces, insultos e improperios de la histriónica propietaria de todo aquél montón de ropa en desuso-, tras acceder al baño constató que nada parecía indicar que la ducha hubiera sido utilizada aquél día. Volvió a llamarla encontrando, tras el eco de su voz quebrada, el más profundo silencio por toda respuesta. Comenzó a preocuparse y, con cierto temor, se dirigió hacia el comedor, la puerta se encontraba entreabierta, permitiéndole la visión parcial de la mesa que ella misma había puesto durante la tarde anterior. La mano le temblaba cuando la apoyó en el picaporte plateado. Percibió entonces un aroma acre, como a almendras amargas o a flores marchitas impregnando la estancia.

La horrible visión que tuvo en aquél instante no fue sino la confirmación del agorero presentimiento que la había embargado momentos antes. La señora se encontraba sentada, presidiendo una mesa inerte, vestida con aquél antiguo vestido del que tanto solía hablar, refiriéndose a tiempos lejanos y que se empecinaba en conservar como trofeo de alguna gloria pasada…o inventada, los ojos los tenía abiertos, vítreos y sin vida, la tétrica mirada que fijaba en la filipina se debía a aquella fallida operación de párpados, a la que se sometió muchos años atrás, el fin era elevarle la incipiente caída que ya comenzaban a experimentar, pero el celo del cirujano lo llevó a dejarlos tan cortos que, a raíz de entonces, adoleció de una sequedad ocular que la obligaba a un parpadeo continuo y un tanto artificial que, con el tiempo, se convirtió en un tic que intentaba esconder tras oscuras gafas de sol. Sin poder reprimir el estremecimiento que sacudió todo su cuerpo, se aproximó al cadáver y fue cuando reparó en las pequeñas tarjetas situadas sobre cada uno de los bajoplatos, intactos y sin servir. Fue leyéndolas, comenzando por el que la difunta tenía a su derecha: Soledad, Vanidad, Frustración, Envidia, Alcoholismo, Fracaso y… la última: Infidelidad, que correspondía al servicio que se encontraba a su izquierda, escritas a bolígrafo con la inconfundible letra, picuda y desmadejada, de aquella excéntrica y despiadada anciana. El único servicio que parecía haber sido utilizado era el de la señora.

Tras llamar a emergencias, se sentó junto al teléfono de la cocina, mientras aguardaba a que el agua de la tetera comenzara a hervir. No podía alejar de su mente aquél siniestro rostro, ajado y descompuesto en una mueca tétrica. La mirada, fría y desprovista de párpados, le recordó a la de un agónico pez fuera del agua. Reflexionó sobre la patética existencia que llevaba la mujer, alcohólica, infeliz y sola, que tan mal solía tratarla y se preguntó si aquella solitaria y anciana enferma mental no habría presentido su final y quiso aguardarlo en la única compañía, miserable, que tenía: la de aquellos invitados imaginarios que, al final, resultaron ser muy reales. Después ya no sintió nada, ni siquiera pena. Sólo un vacío gris, envolvente y silencioso. Se sirvió una taza de té que, poco después, arrojó con decisión por el fregadero. Fue directamente hacia el salón y rescató una botella de vino, aunque jamás bebía alcohol y era, además, demasiado temprano decidió que necesitaba esa copa, la sirvió generosamente y elevándola en dirección al comedor amagó un brindis: “¡Púdrete en el infierno, vieja loca!”, se sorprendió diciendo y esperó, pacientemente, a que llegara el Servicio Sanitario con una profunda sensación de alivio, no sabía por qué pero sintió que se había exorcizado de todos sus demonios. Un intenso olor a flores frescas flotaba en el ambiente. La luz del sol entraba, en haces oblicuos, desde las ventanas y podía ver en ella una infinidad de partículas en alegre suspensión.



“Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y
no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos,
 resultamos insoportablemente banales”.
(Dijo Miguel Delibes, y yo me atrevería a apostillar:
Algunos más que otros).



jueves, 8 de mayo de 2014

Fauna, filias y fobias: retazos de una vida.


 Me gustaría hoy, en primer lugar disculparme, pues llevo ya demasiados días, quizás, sin publicar ninguna entrada, debido básicamente a la carga de trabajo que vengo soportando y que, con más frecuencia de la deseable, me obliga a disponer, incluso, de parte de mi tiempo libre. En segundo lugar, daros, muy sinceramente, las gracias, pues hace tiempo que pasamos de las diez mil visitas al Blog - y ello en menos de un año -, agradeceros, del mismo modo, vuestros comentarios, ya sean éstos públicos o los que me hacéis en privado, vuestras sugerencias y sobre todo y fundamentalmente el hecho de que me leáis e, incluso, me pidáis que publique con más frecuencia.


Pero… también lamento ahora decir, ya para concluir, que seguiré escribiendo LO QUE, CÓMO y CUÁNDO se me antoje, según me de mi realísima gana o me permita la disponibilidad de tiempo y/o diversas e inexcusables prioridades, sintiendo, aún más, que al leerme, ciertas susceptibilidades se hieran, pues triste resultaría encontrar similitudes entre la ficción que yo decido narrar y las existencias de quienes se quieran dar por aludidos, en cuyo caso simple es, y será siempre, la solución. Ya lo dijo Michael Jackson: “THIS IS IT” lo que viene a traducirse, en términos más castizos, como “ES LO QUE HAY” y a quien no le guste, que no me lea. 

Cuando algo no te importa en absoluto, no te tomas la molestia de seguirlo, al menos, es así en mi caso, pues lo contrario evidencia que no es tan absoluta la indiferencia como se pretende.
 
 
Es una mañana cálida de un sábado de primavera. El viaje, por una carretera comarcal, se me antoja más que apetecible. Apenas si hay alguna nube blanca rasgando el añil intenso de un cielo iluminado por el sol, alto, muy alto ya. La atmósfera se presenta especialmente diáfana. A ambos lados de la calzada se extiende un inmenso mar de olivos, el verdor plateado devuelve, tamizados, los rayos solares que se proyectan de un modo oblicuo, contrastando con las manchas rojas que se diseminan caprichosamente entre los árboles. Percibo el siseo de las amapolas erguidas sobre sus delgadísimos tallos que, mecidas por una casi imperceptible brisa, parecen saludar mi paso con su balanceo. Bajo el cristal de la ventanilla y dejo que el aire acaricie mi cara que elevo hacia arriba, permitiendo el beso de la luz solar sobre mi rostro, cierro los ojos, supongo que en un inconsciente intento de agudizar mi oído más que por la molesta luz. Ningún sonido perturba, más allá de el del motor del coche, la quietud que destila aquél olivar. Una bandada de pájaros se ha detenido sobre los cables del tendido eléctrico que soportan unos altos postes, carcomidos y ajados, de madera. Sus trinos se hacen más acompasados, en un musical lenguaje incomprensible al oído humano, imagino que mantienen una solazada charla. Al girar una pronunciada curva es cuando tengo la imponente, aún más por inopinada, visión de un campo verde, cultivado con primor, cuya pendiente culmina en el único árbol solitario que puedo divisar a mi alrededor. Alto, frondoso y de un intenso color esmeralda oscuro. No puedo luchar contra la tentadora idea de tumbarme bajo la sombra de sus ramas. Me dejo llevar por el impulso y tan sólo unos minutos después me recuesto sobre el tronco rugoso, su sombra fresca es un alivio.

Me dejo caer, sudorosa, respiro fatigada por el esfuerzo de subir la pronunciada pendiente. Poco a poco voy recobrando el resuello, mientras oteo más allá de la carretera serpenteante, en cuyo arcén el coche refulge, en un rojo brillante, casi cegador. Decido quitarme los mocasines.

Es una sensación agradable, la de la hierba fresca al abrigo de las frondosas ramas, sobre los pies descalzos. Una refrescante brisa sopla de manera tímida, haciendo que la camisa ondee ligeramente mientras agradezco su liviano aliento. A lo lejos, recortándose contra el horizonte, los pétreos ojos grises de las montañas parecen vigilar el calmo desarrollo de la vida en el valle. Me pierdo en mis pensamientos, envuelta en el silencio, transparente, que impera a mi alrededor y sintiéndome en paz conmigo misma, en paz con el mundo. Noto un cosquilleo ascendente en mi tobillo izquierdo, de manera instintiva dirijo mi mano hacia él y topo con algo diminuto y duro. Miro hacia abajo para descubrir, entonces, una mariquita, extiendo el dedo para permitir que continúe su presuroso recorrido, sigue caminando sobre él mientras lo acerco a mi nariz y la observo con detenimiento. Me maravillan éstos insectos, siento fascinación por sus brillantes caparazones carmesí y los puntitos negros que se aglutinan sobre ellos. Me pregunto si la carretera que culebrea allá abajo sentía, momentos antes, el mismo cosquilleo bajo el coche rojo, un hormigueo agradable que eriza la piel o, en su caso, el inestable y deteriorado asfalto. Deposito a la mariquita con suavidad sobre la hierba y ella continúa su ascensión, poco después, por las retorcidas raíces del árbol que quedan al descubierto sobre el lecho mullido, ajena a mi presencia, ajena al mundo que la rodea.

Pienso en mi propio caminar por la vida, presuroso e indiferente a todo cuanto, yo misma, he decidido que lo sea. Reflexiono sobre mi escala de prioridades y también, claro, es inevitable, sobre la antagónica lista de todo cuanto me resulta insustancial. Detecto como, ésta última, ha ido engrosando con el transcurso de los años, y cómo, también, he ido componiendo un amplio puzzle en el que cada una de las piezas está, sencilla y simplemente, en el lugar que le corresponde, que siempre le correspondió. Es el mapa de mi vida: una miscelánea ensamblada de manera perfecta, en el orden equilibrado que deviene de la importancia de todos y cada uno de los elementos que yo he querido que lo compongan, para lo que se ha hecho preciso elegir, desechar, construir y en ocasiones, armonizar sentimientos encontrados, vivencias y experiencias que han ido ocupando, en el imperturbable estado de mi vida, el lugar exacto que habían estado aguardando desde el inicio y así habrá de ser hasta el final. Fracciones de un todo que, finalmente, se han unido hasta formar un engranaje que me permite seguir mi camino, indiferente a las realidades nocivas que puedan existir, ajena, cada vez más, a todas ellas. Feliz.

Le echo una rápida ojeada a la mariquita que continúa su incesante ascensión por el tronco. Imagino el paralelismo, entonces, con mi propia existencia y concluyo que se trata, sin el menor género de dudas, de un ser feliz. Inexplicablemente es el convencimiento que me embarga cuando, tras calzarme nuevamente, me encamino hacia el coche rojo en el que habré de continuar, yo también, mi recorrido, si bien no será tanto físico como vital…

Me pregunto ahora si el asfalto nota el cosquilleo…

"Muchas personas creen que cuando han superado un error
ya no necesitan volver a enmendarlo".
(Mariano José de Larra) 
 



miércoles, 2 de abril de 2014

Cien sombras chinescas, Platón y la más absoluta indiferencia.



“Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su ignorancia, qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz y, al hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese [515 d] que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora, en cambio, está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no piensas que se sentirá en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía eran más verdaderas que las que se le muestran ahora?...”
(Platón.- República. Libro VII).


Estoy leyendo. Es una noche de sábado, casi como otra cualquiera, digo casi porque no todas son iguales; aunque suele haber cierta habitualidad en el hecho de dedicar los sábados, aquellos que no ocupa cualquier otro compromiso social, a sumergirme en la solazada quietud de la lectura hasta altas horas de la madrugada. Mientras, con el cadencioso transcurrir del tiempo, la estancia se va volviendo oscura, hasta llegar a ese punto de penumbra que invita al encendido de alguna vela cuyo aroma y titilante luz inducen al intimismo introspectivo. Hace tiempo que hoy ya la encendí, oigo lejano el crepitar del pabilo y percibo la tenue fragancia a jazmín que regala mis fosas nasales. Levanto la vista del libro y reparo en la sombra de los objetos proyectados de espectral modo, en el que apenas si resulta reconocible el original, sobre la pared de piedra del extremo del salón. Sonrío. En cuestión de segundos, pues me asalta, vívido, un recuerdo, retrocedo en el tiempo hasta el aula en el que algunos afanados preuniversitarios repasan, a primeros del mes de mayo, el Mito de la Caverna, puedo verme a mí misma hace más de veinte años, comentando la alegoría del pensamiento platónico durante la preparación de la tan temida – entonces y por desconocimiento - Selectividad. Continúo en ese estado de regresión y me ubico ahora en mi infancia, es el patio de la casa de mis abuelos, estoy jugando con mis primos a “las sombras chinescas”, interponemos, en riguroso orden de alternancia previamente establecido, nuestras manos, pequeñas y regordetas, ante los haces de luz amarilla que derrama el farolillo del jardín durante las noches de verano en las que, tras la cena, solemos jugar: “el conejito comiendo alfalfa”, “la mariposa volando”…  Y realmente, reconozco, era lo que se veía: un conejo, una mariposa, un águila imperial, con total y absoluta nitidez.

Es el juego de las sombras chinescas.

Un juego que, tras su descubrimiento en algún momento de nuestra infancia, se instaura con tal raigambre en nuestra esencia que nos acompaña el resto de la vida: luces y sombras. Verdad y falsedad.

Vuelvo a la realidad de la mano de esa reflexión que considero muy acertada. Es curioso cómo, en ocasiones y ya durante la época adulta, vivimos condenados a ver sólo las sombras que se proyectan sobre la pared del único lado de la caverna que nos resulta visible, aunque intuyamos a veces, como acto de rebeldía, que existe otra realidad distinta y sin duda mejor. Es el atisbo de un vértice, el de la confluencia de ambos mundos: el sensible y el inteligible, o lo que es lo mismo, el mundo en el que nos empecinamos, dolorosamente, en permanecer y el que nos aguarda más adelante, encontrándonos, mientras tanto, sumidos en esa, voluntaria o involuntaria, condena que nos obliga a considerar como única VERDAD la oscura sombra proyectada ante nuestros ojos, pues las cadenas que nos laceran cuello y piernas nos impiden girar la cabeza, es la verdad que conocemos y como tal la acatamos, la aceptamos e, incluso, nos resignamos a tan esperpéntica hegemonía, aún cuando la intentemos justificar en nobles y elevados sentimientos, hasta que un día, el más inesperado, nos vemos libres de esas ataduras que nos ofrecen la visión, engañosa y falsa, de una realidad que no es tal. Y abandonamos la caverna, tras ascender por una escarpada pendiente, saliendo así al cegador encuentro “del Sol y de lo que le es propio” y entonces, sólo entonces, pues es en ese momento y no en otro, cuando, teniendo la percepción completa de lo que es la verdadera realidad y su tétrica proyección, el antiguo prisionero que habita en nuestro interior toma consciencia del submundo en el que ha estado morando, conformándose entonces sólo con oscuros y funestos reflejos de lo que, sabe ahora, es lo puro, real y verdadero que aprecia en todo su esplendor, desplegándose ante sus maravillados ojos a la luz solar, cálida y clara.

Suelo imaginarme ese tránsito redentor como algo súbito, difícil y fatigoso, pues supone la ardua ascensión por una superficie inclinada, si bien al culminarla nos apresta, como justa recompensa, a la absoluta liberación de las cadenas opresoras y a la más profunda sensación de inmunidad frente a lóbregas sombras pasadas, ornada con la abolición de una oscuridad anterior que inundaba el habitáculo, claustrofóbico y hediondo, manteniendo adormecidos los sentidos, bajo la tiránica y narcótica opresión del dictador que nos impedía, recurriendo a la vil mordaza del chantaje emocional, contemplar la luz solar.

Se escuchan en la calle ahora, aún cuando ya pasan de las nueve, unas voces infantiles, niños corriendo y que juegan sacándome de mi ensimismamiento, y yo, inevitablemente, vuelvo a mi infancia, al momento de las sombras chinescas. Intento reproducirlas, si bien esta vez con menor éxito. Sonrío. Sabio Platón y sabia la vida que termina por conceder a cada quien el lugar que siempre le correspondió, ya sea dentro o fuera de la caverna. En el mundo sensible o en el inteligible: en la falsedad o en la verdad.


 “No basta decir solamente la verdad,
más conviene mostrar la causa de la falsedad”.
(Platón)

domingo, 2 de marzo de 2014

En el Jardín de los Eucaliptos.



La camiseta y el ligero pantalón corto resultan insuficientes, a pesar de ser un caluroso día de verano, y comienzo a tiritar. El ambiente es húmedo y el rincón, al que no accede la luz del sol, resulta fresco, demasiado quizás, por lo que hace tiempo que mi guarida dejó ya de ser un ansiado alivio ante el calor imperante con el que se ha despertado este día de mediados de agosto. Tengo la piel de gallina, pero me resisto a abandonar el escondite que, hace unos días, descubrí por casualidad. Es un sitio estupendo para observar sin ser vista y para mantener a salvo los tesoros que guardo en la lata de Cola Cao: mis clicks de Famobil, el rotulador mágico que desaparece al pasarle el de color blanco por encima, los sellos que traían las cartas que enviaba el tío desde distintos puntos del otro extremo del mundo, un sobre de Peta Zetas sabor cola, el "yo-yo" de Pipi Calzaslargas, doce cromos de Tarzán y una moneda, brillante y con extraños símbolos, de un lejano país cuyo nombre no consigo recordar que me dio mi abuelo el año pasado. Miro mi rodilla derecha, la tirita que cubre la herida se ha desplazado ligeramente, dejando a la vista el borde del rasguño, la coloco con cuidado en su lugar haciendo una ligera presión en los extremos, a pesar de que el adhesivo ha perdido eficacia debido a la humedad de la sudoración, y sé que pronto volverá a desprenderse.

Huele a eucalipto y a tierra húmeda, aspiro el aroma que me cautiva con los ojos cerrados, en un intento de aprehenderlo. Es éste, el jardín de los eucaliptos, que se sitúa en la parte trasera de la casa, el que perfuma el aire, su olor puede percibirse desde la distancia. 

Puede que lleve aquí, en este aromático remanso, toda la vida pero no ha sido hasta hace poco cuando he descubierto una pequeña oquedad en un tronco que da paso al interior del árbol, ya muerto. Es la reducida estancia, en penumbra, en la que ahora me encuentro. Es difícil percibirla desde fuera, al encontrarse en una hondonada natural del terreno, rodeada de otros árboles más altos. Saco el paquete de chicles Bang Bang del bolsillo, aún me quedan dos y decido que es un buen momento para tomarme uno. En apenas unos segundos la boca queda invadida por una enorme masa pegajosa y excesivamente dulce que se me adhiere a los dientes, los intentos por mascarla motivan un pertinaz dolor en las mandíbulas que, aunque va en aumento, me parece muy placentero, sigo masticando con insistencia hasta conseguir que el chicle se reblandezca, mientras el azúcar glassè asciende por mis fosas nasales, provocándome un agradable picor que no deja de hormiguearme por la nariz. Ya puedo hacer pompas. Me encanta hacer estallar las de Bang Bang de fresa, he conseguido, con gran dedicación, instaurarlo como todo un arte, soy capaz de insuflar pompas gigantes, de esas que al explotar dejan restos pegados en la punta de la nariz e, incluso, en las cejas o en la raíz del pelo. Termino de quitarme los últimos pegotes de chicle con una sensación viscosa en la cara. Me froto los brazos y las piernas en un intento de desentumecerlos y de aliviar el frío. Me limpio las manos en la camiseta para coger el comic de Spiderman que he traído conmigo. Es nuevo y lo he estado reservando hasta encontrar el momento adecuado para empezar a leerlo sin sufrir las molestas interrupciones de invitaciones, por parte de mis hermanas, a aburridos juegos en los que siempre me niego a participar. Es éste el instante idóneo, estoy sola en un lugar tranquilo y apacible, me rodea el silencio que tanto me gusta escuchar, interrumpido tan sólo, por mi respiración y alguna chicharra lejana. Como quien da inicio a un rito litúrgico, abro el librillo con animaciones del Superhéroe, ceremoniosamente, aspirando el olor de la tinta, intentando no deteriorar sus páginas que acaricio con mimo y luchando, sobre todo, contra la tentación de anticiparme y ver las escenas finales...

Cuando por fín termino de leer la última viñeta, tras una nueva y más que previsible victoria del alter ego de Peter Parker sobre el mal que acecha la ciudad de Nueva York, en esta ocasión encarnado por el enfurecido Rino, ya he perdido la noción del tiempo, aunque debe ser la hora de la comida, imagino, el estómago empieza a emitir esos ruidos sintomáticos de la falta de alimento. Me arrepiento, ahora, de no haber cogido un par de esas ciruelas que había en el frutero de la mesa de la cocina, podría haber alargado, así, un poco más mi excursión. Pienso en las hermosas ciruelas rojas, brillantes y jugosas… La boca se me hace agua, mientras me pregunto qué habrá hoy para comer, me ha parecido ver sobre la encimera, cuando he salido a hurtadillas, en dirección a mi escondite, una gran cesta de vegetales aguardando para ser lavados. “Ojalá haya espinacas, me encantan las espinacas”. Enrollo con mucho cuidado el comic para poder llevarlo en el bolsillo trasero del pantalón sin que se estropee, me aseguro de que la lata que contiene mis tesoros secretos sigue cerrada y en su sitio y salgo del interior del tronco después de tomar todas las precauciones, innecesarias, para abandonarlo sin ser vista, no quiero que mi escondite privado deje de serlo por alguna mirada indiscreta que me obligue a compartir su existencia. La luz resplandeciente del sol me golpea la cara a la salida, cegándome momentáneamente, parpadeo un par de veces hasta acostumbrarme a la claridad y recibo la cálida caricia de sus rayos sobre mis hombros. Miro hacia arriba, las ramas de los eucaliptos refulgen con irisaciones doradas y plateadas sobre mi cabeza. Oigo entonces a mi madre que, imponiéndose al ensordecedor estruendo de las chicharras, me llama. “Ojalá haya espinacas”, vuelvo a desear, mientras me apresuro corriendo hacia el porche y veo que la mesa está puesta, y mis padres y mis hermanas ya están sentados en sus respectivos sitios en animada charla. Hasta mí llega el apetitoso olor de las espinacas recién cocinadas…

Abro los ojos y sólo percibo la luz del sol que, a retazos, se filtra por los minúsculos agujeros del sombrero de paja con el que me he cubierto la cara antes de tumbarme sobre el banco de madera. Creo que he dormido un buen rato. Me desperezo lentamente mientras me envuelve el penetrante aroma de los eucaliptos y la calidez del ambiente soleado de esa mañana, deleitándome en la diáfana atmósfera que se expande a mi alrededor. Oigo, entre los árboles, el asombro y la excitación pintando unas cantarinas voces infantiles, las de mis sobrinos, alertándose entre ellos del descubrimiento de un “fuerte secreto” en el interior del viejo tronco de la hondonada. Sonrío, me incorporo y mientras me calo el sombrero, haciendo visera sobre los ojos para evitar el molesto impacto de la luz solar, veo a la pequeña Irene correr hacia mí. Tiene las mejillas arreboladas, del mismo color de la hermosa ciruela, roja y brillante que, a medio mordisquear, sostiene en su mano derecha. Se acerca y me mira sonriente: “Hemos encontrado un escondite secreto dentro de un árbol… Y había, también, un cofre del tesoro… ¡Ven, corre!, si no se lo dices a nadie te enseño dónde está...”. Sin dejar de sonreir tomo la mano, pequeña y regordeta, que me tiende y me encamino con ella hacia el lugar al que me guía, tan excitada como ajena al hecho de que en ese mismo escondite, hace muchos años, yo leía comics de Spiderman mientras hacía estallar pompas de chicle de fresa y guardaba mis “tesoros” en una lata de Cola Cao. Era, como ahora lo es de ellos, mi escondite secreto en el jardín de los eucaliptos.

"La INFANCIA tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir;
nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras".
(J.J. Rousseau)