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miércoles, 18 de diciembre de 2013

El comentario ignorado. Yo, caracol.






A veces, quizás con más frecuencia de la deseable, suelo omitir toda respuesta a determinados comentarios o comportamientos que, concediendo a quien los realiza, el beneficio de la duda de gozar de una mente que pudiéramos calificar, en términos generales, como “sana”, generosamente habrán de considerarse “desafortunados” o simples dislates con origen, cierto y probable, en un “encabronamiento” o, bien, en el efecto postergado de algún efluvio etílico, razón por la cuál no les dedico ni un solo minuto de mi tiempo. No creo, sinceramente, que lo merezcan cuando además, no voy a negarlo, me da una terrible pereza, que es, quizás, el más contundente de todos los motivos que me impiden abandonar ese placentero estado de “inactividad” ante los mismos, más allá del evidente sonrojo por la vergüenza ajena que me producen o la carcajada, irreprimible, ante tan pedestre comportamiento.

Esto ha implicado, en multitud de ocasiones, cariñosos reproches relativos a por qué no responder y evitar la impresión de “que no me defiendo”, reproches que han obtenido, siempre, una recurrente respuesta: “No merece la pena. Paso”. Y es la verdad más absoluta: Paso. No me produce ningún interés.

Pero hoy, a colación de una conversación, tan interesante como enriquecedora en demasía al recordar un episodio pasado, he estado reflexionando sobre los mismos. Al final, he decidido llamarlos “enfermos descalabros” o “irrisorios dislates de una mente desordenada” que, no obstante y  en modo alguno, van a propiciar que varíe mi reacción frente a ellos, insisto en esta profunda pereza y en cómo la misma se va acuciando con el inevitable transcurso de los años… Y, en el fondo, me encanta por lo que tampoco me esfuerzo por salir de ella.


Cuando alguien publica sus pensamientos, legitima, sin el menor género de duda, a sus lectores a realizar las consideraciones y valoraciones que los mismos les susciten, con total derecho a ello puesto que se les hace expresamente partícipes al no excluir a nadie de su lectura, si bien sería lícito exigir, como única limitación, a sus expresiones: el respeto hacia quien, en el uso de su libertad, decide compartir sus ideas.

No obstante de justicia es, también, reconocer que la zafiedad de algunos les impide dispensar el respeto debido, encontrando en los estólidos fundamentos del insulto o la difamación, el consuelo a su insignificancia y frustración, hecho cierto y sobradamente probado sobre el que huelga realizar cualquier otra conjetura, pues sería tanto como conferirle una importancia de la que, es claro, adolecen, por calificarse a sí mismos a través de sus propias palabras de la manera más fiel y exacta posible. La Humanidad ha sido, es y seguirá siendo así: soez por propia naturaleza.

De este modo, ante determinadas afirmaciones insidiosas, cabría lícitamente responder – por más que en ocasiones mi indiferencia o hastío me aboque a su ignorancia – en similares términos, si bien, serían, los empleados, bastante más refinados y elegantes en la forma, que no digo yo que también en cuanto al fondo, pues supondría descender al nivel de la inmundicia que los provoca. A veces y no lo niego, no podría hacerlo pues sería tanto como negar la evidencia, me ha provocado la más estrepitosa carcajada el hecho de intentar comprender qué mueve a alguien a escupir semejantes idioteces, y sin duda, lo que más me sorprendió fue no detectar, curiosamente, falta de ortografía alguna en esa retahíla de dislates, simples y  burdos, no sólo por faltos de chispa sino de cabida en lo que es el raciocinio más elemental. Divirtiéndome – y lo admito – a costa de la reacción provocada en otras personas que, sin ninguna mesura pero con gran ingenio y justo es reconocerlo, respondieron al temerario(-a) bufón que, escondiéndose tras el pretendido "anonimato", recibió así el escarnio en su íntimo pundonor que no en su rostro cobarde, al haberse encargado de intentar cubrirlo para la generalidad, aunque no para mí, lo que hizo aún más ridícula su postura y por ende, más solazada mi visión de indolente pero, siempre, alborozada espectadora.

Me sorprende constatar cómo después de tanto tiempo se siguen interesando, de modo avieso y malsano e, incluso, envidioso por las vidas que discurren plácidamente, ajenas a esa existencia mediocre, necia, vacía, chabacana e impostada, por infeliz y frustrada… Cómo, tras múltiples intentos, tan fallidos como grotescos, se empecinan en seguir, no ya formando parte de una realidad en la que no tienen cabida, sino en llamar la atención de alguien, quien, insisto, llevada por el hastío o la indiferencia más profunda, no les puede dispensar, siquiera ya, ni el respeto que debieran merecer para darles una respuesta ni, mucho menos aún, interés alguno por cuanto guarde la más ínfima relación con sus invisibles y espasmódicas existencias bipolares.

“Pues sí, la verdad es que me gustaría ser caracol…” he pensado mientras miraba el lento recorrido seguido, macetero arriba, por aquél pequeño ser: “molusco gasterópodo provisto de concha espiral, invertebrado, que se mueve con gran lentitud, alternando contracciones y elongaciones de su cuerpo y produciendo un mucus que facilita su desplazamiento” – escudriñé en mi memoria aquellas lejanas lecciones de Ciencias Naturales -.

A nadie le extraña la pasiva indiferencia de los caracoles hacia el resto de los mortales. Pues va implícito en su propia esencia, por más que esto pueda resultar incomprensible o, incluso, tedioso. Discurriendo su vida, sosegada y felizmente, al margen de la de los demás, y omitiendo legítima y displicentemente, toda respuesta a las reacciones exógenas a su propia concha. Siendo, generalmente, la suya, una presencia ignota que no produce reacción a su alrededor, como justa y valiosa contraprestación a su, ya de por sí, colmada existencia.

Así, he de concluir diciendo que admiro a los caracoles, a su infinita e inadvertida sabiduría y, cada día más, me mimetizo con su proceder.
Yo, caracol.


“La hipocresía (estimada y conocida “anónima”) es el colmo
de todas las  maldades”.
Molière.

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